Un cortafuegos para el cuñadismo extremo de los bulos de Doñana

Foto de eldiario.es

Por razones de trabajo, he seguido casi todo lo que se ha dicho y escrito sobre el incendio desatado en el entorno del Parque Nacional de Doñana que ha arrasado 8.486 hectáreas en parajes de alto valor de una zona comprendida entre Moguer, Mazagón y Matalascañas, en la provincia de Huelva, en el sur de España.

El fuego ha concitado una atención extraordinaria por su cercanía a una de las reservas naturales más valiosas del continente europeo y ha servido para comprobar un par de cuestiones: la primera es que, en líneas generales, los medios de comunicación siguen teniendo un papel relevante a la hora de trasladar con rigor, en sus soportes y en sus redes sociales, la información de servicio que se requiere en situaciones tan extremas como las que se ha vivido en la zona afectada; y la segunda es que es muy difícil luchar contra los bulos, pero que también se pueden organizar cortafuegos para que estos bulos y leyendas urbanas no terminen por arraigarse y crecer como monstruos en cuestión de minutos o de horas.

Me detendré en este segundo punto. No pasaron ni horas de que se desatase el fuego y ya empezaron a circular por las redes unos cuantos bulos inflamables que parecían imposibles de controlar. Y en concreto, había uno que resumía todas las teorías conspiranoicas y que se extendía de una forma inusitada por las autopistas de Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp. Leedlo con atención:

1498485907_740728_1498486174_sumario_normal

Os reconozco mi fascinación con este mensaje. Quien lo ha escrito es un intoxicador capaz de urdir en segundos toda una trama conspiranoica sin fundamento alguno para el deleite de los consumidores de leyendas urbanas fabricadas para su distribución en las cadenas de whatsapp y similares.

La teoría es delirante. Un ejercicio de cuñadismo extremo. Pero no os os creáis que se quedó entre las cuatro paredes de los conspiranoicos que estuviera de guardia ese fin de semana. Este mensaje caló tanto que en muy pocas horas se organizó hasta una recogida de firmas en Change.org para que la Junta reforeste Doñana e impida las recalificaciones que, al día en que escribo estas líneas, lleva casi trescientas mil firmas.

Algunos medios escribieron artículos muy interesantes desmontando estas teorías tan delirantes (os paso por aquí las de El Confidencial y las del portal Verne, de El País), pero el bulo sigue. Y tengo la sensación de que ni se ha apagado ni va a terminar de apagarse nunca. Y en este caso, no por responsabilidad de quien lo propaga, sino de quienes son capaces de tragarse cualquier bulo o difamación con tal de reafirmarse en sus convicciones truculentas.

Seguramente todos conocemos gente que ha propagado estos bulos desde la buena fe, pero también conocemos a transmisores de infamias que saben perfectamente que se trata de mentiras siderales y, aun así, las siguen propagando.

Y eso pasa porque todo esto que conocemos como posverdad (las patrañas, bulos y mentiras de toda la vida) no son patrimonio de algunos políticos y periodistas, sino que también son frecuentemente usados por muchos ciudadanos que anteponen su activismo a la verdad y que, en consecuencia, aplican eso tan cínico de no dejar que la realidad les estropee un buen titular o un buen tuit.

Foto tomada de El Confidencial
Foto tomada de El Confidencial

No pasa nada por reconocerlo. Algunos guardianes de la pureza democrática que ejercen en las redes sociales se hinchan de proferir proclamas tan denagógicas como alejadas de la verdad. Y os puedo asegurar que les importa más bien poco que lo que digan sea o no sea mentira ni el daño que hagan con sus delirios. Lo que importa es que sus discursos prendan. Y cuanto más, mejor. Y ante eso, poco se puede hacer más que seguir confiando en quienes se lo merecen (tanto en los soportes tradicionales como en las redes) y seguir poniendo cortafuegos para las mentiras mediante la transparencia y el rigor. No hay otra.

 

P.D. Al inicio del artículo os decía que he seguido con intensidad las incidencias del incendio por motivos de trabajo. Aprovecho para explicaros: desde hace un par de semanas, ejerzo como portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía. Un reto del que me siento muy orgulloso y que me tiene lo suficientemente ocupado como para dedicarle menos tiempo a alimentar este blog y el grupo sobre periodismo que monté en Facebook. Quiero seguir escribiendo sobre este oficio y esta industria que tanto quiero, pero si veis que escribo menos, ya sabéis porqué. Un abrazo para todos.

Tres ideas y una conclusión sobre la libertad de prensa en España

pixabay.com

El debate sobre la libertad de prensa en España corre el peligro de perderse en un popurrí de ideas tópicas y pobretonas que nos alejan de un diagnóstico más o menos razonable sobre su estado. Escuchamos demasiados mensajes apocalípticos sobre la libertad de prensa y, como postre, soltamos conclusiones tremendas que se acompasan bien poco con la realidad.

Sobre este particular, merecen destacarse tres ideas:

En primer lugar, si lo comparamos con otros países, el estado de nuestra libertad de prensa no es tan negativo. No es idílico, pero tampoco tan terrible como en otros lugares. Aquí no hay detenciones ni asesinatos de periodistas y el periodismo no es una profesión de riesgo. Lo que acabo de decir es una obviedad, lo sé; pero conviene recordarlo cuando leemos sentencias tan exageradas y simplonas sobre el estado de nuestra libertad de prensa que normalmente se emiten desde la comodidad de un sofá o la silla de una redacción. Pregúntenle, por ejemplo, a los periodistas de Venezuela, de México o de Rusia y sabrán lo que es de verdad trabajar en una profesión peligrosa donde un periodista se puede jugar literalmente la vida por ejercer su profesión.

En segundo lugar, lo que ocurre en España, como en otros países de nuestro entorno, es otra cosa. Preocupante, pero nada que ver con lo anterior. Aquí, nuestros males, que son graves, vienen por otros caminos. La corrupción, el clientelismo, la utilización torticera de los medios como canales de presión en favor de determinados intereses, la baja calidad general de los contenidos periodísticos, la banalización de la información reconvertida en espectáculo para masas cada vez más acríticas, la proliferación de las noticias falsas y el activismo demagógico de algunos periodistas y medios han terminado por causar confusión y un descrédito cada vez mayor del periodismo y de los periodistas.

Todas las crisis contienen sus oportunidades. Y ésta también. La credibilidad bajo cero de los medios de comunicación abre la oportunidad a quienes quieran trabajar en proyectos periodísticos de largo aliento en los que se haga una apuesta por la calidad como fórmula más o menos razonable para seguir adelante, es decir, que se alejen de esta carrera alocada por los clicks tan  parecido al pan para hoy y hambre para mañana en el que se han embarcado la mayoría de los medios.

Pero aquí viene la tercera idea de este artículo: nada de esto último será posible sin la complicidad y la toma de conciencia de los ciudadanos. O, al menos, de esa parte de la ciudadanía que sea más consciente de que, si queremos tener una sociedad  que sea capaz de consolidar sus instituciones democráticas, necesitamos también un sistema de medios de comunicación públicos y privados que participen en el control de esos poderes y sean capaces de fortalecer el debate público mediante el análisis y la reflexión de los asuntos que nos conciernen a todos.

Menos activismo de salón y más compromiso real con nuestros medios

En demasiadas ocasiones, nos hartamos de reclamarle a los periodistas que sean valientes y ejerzan su profesión sin miedo a las presiones que se reciben en un oficio como éste, pero luego somos incapaces de pagar un solo euro por un periódico, somos alérgicos a las suscripciones a los medios y buscamos cualquier medio para evitar la publicidad con la que, hasta ahora y con permiso de Google y de las redes sociales, financian las informaciones que publican.

Cabe entonces preguntarse cuál es el verdadero compromiso que tenemos los ciudadanos con la libertad de prensa, entendida ésta como una pieza clave en el engranaje de cualquier sociedad democrática.  Podemos seguir vociferando contra todos los males que amenazan al periodismo y quejarnos de cómo los malos corrompen a los medios para fastidiar a los buenos, pero si nuestro compromiso cívico se limita a soltar en Twitter o en Facebook unas cuantas soflamas pomposas del estilo de que “sin periodismo no hay democracia” y luego somos incapaces de comprometernos de alguna manera con los medios que leemos y escuchamos, ya os digo que el futuro puede pintar más negro aún de lo que os pensáis.

No hay nada mejor para tener una prensa fuerte, de calidad y creíble que una sociedad que sea capaz de reconocerse en esa prensa y que esté dispuesta a luchar por ella para defenderla. Pero eso no se hace limpiando nuestras conciencias de activistas de salón detrás de un hastag más o menos incendiario o sentimental, sino financiando en la medida de nuestras posibilidades a quienes ejercen ese periodismo que tanto decimos defender.

Ah, y que no se me olvide una cosa más. Hace ya muchos años, cuando empecé a trabajar en la Cadena SER a principios de los noventa, le escuché a alguien decir que la mejor manera de que un medio de comunicación sea independiente es que tenga las cuentas saneadas. Qué razón tenía y qué razón sigue teniendo. Salvo excepciones, que siempre las hay, a mayor independencia económica, mayor independencia editorial. Eso es así. Y el que no lo quiera ver, que despierte.