Diversificación y transformación digital: la estrategia de Vocento

He escrito hoy en Extradigital.es sobre la estrategia que Vocento ha presentado a los inversores para ganar la confianza de los mercados. Se traza sobre dos ejes: diversificación y transformación digital. Ambos ejes son vitales en cualquier estrategia de cambio de una empresa que nació como una compañía de periódicos de papel, pero que, ahora, es mucho más que eso: una empresa de medios y de servicios que cotiza en bolsa.

Desde este blog hemos defendido hace ya tiempo que, hoy en día, los medios ya no pueden depender en exclusiva de la publicidad para garantizar su sostenibilidad (de la venta de ejemplares de papel, mejor ni hablamos) y que tienen que trabajar en una estrategia de diversificación de ingresos que se centre en lo que, hasta ahora, era el perímetro del negocio: foros, eventos, formación, servicios de comunicación, contenidos patrocinados, canales verticales de nicho, etcétera.

Vocento es, a mi juicio, un caso de estudio de un grupo que, a sabiendas de la dificultad del empeño, está sabiendo acometer el proceso de transformación digital y de conversión de una empresa de medios de papel a una compañía digital de medios y también de servicios con una fuerte implantación territorial (Una docena de periódicos regionales más ABC y Colpisa) que, por cierto, es otra de sus ventajas competitivas.

Vocento, como el resto de las marcas vive en el centro de una disrupción tecnológica que ha roto todos los esquemas editoriales y de negocio de la industria. Pero al menos tiene un plan. Y tiene visos de que le puede funcionar. Suerte.

Por cierto, la idea de escribir está entrada sobre Vocento me ha surgido tras leer este artículo de Agustín Monzón en El Independiente:

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Sobre el ’lado oscuro’ de la comunicación y las relaciones públicas

El periodista y consultor Miguel Ángel Robles ha escrito un ensayo sobre el oficio de la comunicación que he tenido la suerte de prologar. Se titula ‘El lado oscuro. Diez falacias sobre las relaciones públicas‘ y ha sido editado por Fragua. El ensayo es una reivindicación honesta y muy bien escrita sobre la comunicación en el ámbito de las empresas y las instituciones y es también un alegato contra ciertos deslumbramientos que vivimos en la era digital y una defensa de lo racional frente a las emociones primarias que pueblan el discurso público en nuestras sociedades. Si os interesa esta pasión que es la comunicación, os recomiendo de verdad que busquéis el libro (en Amazon, por ejemplo) y que lo leáis. Os va a valer la pena,

Os paso por aquí el prólogo que escribí para el ensayo:

Una advertencia previa que tal vez disguste a los editores de este libro: el texto que tienen ustedes entre sus manos no es para todos los públicos. Absténganse, por tanto, de su lectura todos aquellos que piensen que la gente que ya no lee, que a la gente hay que darle la información bien masticadita y que lo importa no es informar a la gente, sino epatarla.

Y si no quieren abstenerse, cosa que le agradecerá también el autor, al menos, háganse un favor y hágannoslo a todos los demás: despójense durante unas cuantas horas del pack de visiones estereotipadas y políticamente correctas con el que se despachan a diario en sus quehaceres personales y profesionales y acepten el reto de leer un ensayo que les obligará a pensar y a repensar, que no pretende engancharles sino animarles a una discusión despojada de prejuicios sobre el papel de la comunicación corporativa en esta era de la democracia emocionalque nos ha tocado vivir.

Este libro, ya les anticipo, ni es cool ni lo pretende. No es un libro tribunero de un tipo que le da al público lo que quiere. Se lee excepcionalmente bien porque Miguel Ángel Robles tiene el veneno de la escritura en el cuerpo y cada párrafo contiene sangre y contiene alma. Pero el autor no aspira a ser el Paulo Coelho de la comunicación corporativa. En todo caso, aspira a lo contrario: a desmontar a quienes nos venden la peor de las alquimias para disfrazar la realidad con sus juegos verbales y visuales. Y aquí, se lo puedo asegurar, lo consigue con la solvencia de quien sabe de lo que escribe.  

El lado oscuro es un libro honesto de alguien que, sospecho, sufre de una alergia irremediable cada vez que se topa con un predicador de emociones vacías dispuesto a explicarle al orbe terráqueo cómo es la nueva comunicación y porqué él es su mesías. Es, así, una denuncia de determinados fenómenos que nos deslumbran y a los que damos pábulo sin que sepamos las razones de por qué lo hacemos. Y también es una reivindicación, a veces hasta dolorida, de determinados valores de la comunicación clásica que se están perdiendo entre tanta histeria y tanta historia.   

Robles estructura su ensayo como un decálogo en el que desmonta, una a una, las diez falacias que contaminan la imagen de marca de la comunicación, entre ellas, y voy a citar sólo algunas, el famoso mito del lado oscuro, las teorías conspiranoicas sobre las relaciones públicas y los poderosos, la prostitución de la compra de los espacios informativos, la exaltación de lo emocional, el nirvana del storytelling  o, por ejemplo, el deslumbramiento acrítico ante todo lo que huela a digital.

En todas estas falacias puede que haya hasta un cierto poso de verdad (un poquito de autocrítica, ¿vale?), pero cuando se rasca en ellas, se observa con claridad que todas ellas son también hijas de la pereza mental y de nuestra afición a calificar a los demás en función de nuestros prejuicios ideológicos y sociales.

Robles nos propone, así, un paseo por un parque temático repleto de supuestas verdades que no lo son, por falacias que en ocasiones adquieren la categoría de infamias. Pero su texto es mucho más que el desmontaje de unas mentiras prefabricadas que apenas se sostienen después de una discusión.

Si miramos más allá, es, también, un alegato apasionado en favor de los principios y valores de la ilustración y en contra del adocenamiento intelectual; una defensa del pensamiento crítico y racional y un ataque a quienes sólo ven la realidad que nos rodea desde el trazo grueso de las simplificaciones más demagógicas.

Miguel Ángel Robles toma partido a sabiendas de que no se ganará con ello el favor de las mayorías. Pero se intuye entre líneas que necesitaba dejar negro sobre blanco su denuncia de los efectos más perversos de una comunicación líquida y acrítica queprima las emociones sobre la reflexión, invitando a sentir antes que a pensar; una comunicación que subvierte los valores clásicos de la profesión, despojándola de su armazón ético hasta convertirla en una carcasa vacía que sólo ofrece sensaciones. 

Y al hacerlo, me recuerda mucho a las batallas de sus primos hermanos, los periodistas, cuando defienden que lo importante del periodismo, en estos tiempos de transformación y de deslumbramiento digital, sigue siendo el respeto a unas reglas del juego basadas en la honestidad y la búsqueda de la veracidad. 

En comunicación corporativa, ya sea desde una institución pública, desde organizaciones sociales o desde empresas de cualquier tamaño, los criterios son exactamente iguales que en el periodismo. Y los valores, también. Y lo digo desde la experiencia de haber estado en ambos lados: como periodista y como comunicador, relaciones públicas o como demonios queráis denominar a quienes nos hemos dedicado en algún momento de nuestras vidas a esto de comunicación corporativa. 

Hace tiempo que la comunicación se ha convertido en un hipermercado donde cientos de clientes intentan situar sus productos en las estanterías atestadas de los medios de comunicación y de las redes sociales. Pero para colocar estas ofertas, las reglas son las mismas de siempre: ten un buen producto, véndelo con honestidad y sin engaños y procura que sea atractivo, pero sin deslizarse por pendientes emocionales. En nuestro negocio, por mucho que los cínicos inviten a pensar lo contrario, la credibilidad y la confianza siguen cotizando al alza. Y lo vendemos, unos y otros, no es otra cosa que reputación, que una buena reputación.  

Este oficio puede que esté lleno de vendehumos y vendepatrias, pero este no es su hábitat, sino el de quienes respetan esas reglas porque saben que es la única de serles fieles a sus clientes, a la sociedad en la que prestan sus servicios y, por qué no decirlo, a ellos mismos. 

Y si no estáis de acuerdo, sólo puedo emplazaros a discutirlo cuando queráis, pero con una condición: que antes leáis este vigoroso ensayo de Miguel Ángel Robles y reflexionéis sobre lo que sostiene y porqué lo sostiene. Y, quién sabe, igual, a lo mejor, después de leerlo, hasta igual cambiáis de opinión.    

Lo que SÍ nos puede enseñar The New York Times

Compartí hace unos días en las redes sociales una entrevista del suplemento XLSemanal al editor de The New York Times (NYT), Arthur Gregg Sulzberger, en la que éste hablaba sobre las estrategias editoriales de la gran dama del periodismo norteamericano, la cabecera por excelencia de la industria mediática.

Los que paráis por este blog ya sabéis que soy de los que piensan que hay que tener cuidado con colocar a NYT como modelo de referencia para los medios tradicionales que empiezan a abordar sus procesos de adaptación al entorno digital y para los nativos que han iniciado sus pasos directamente en internet. NYT sólo hay uno y no veo fácilmente trasplantable su modelo a otros territorios y cabeceras. Yo puedo querer que mi club de barrio siga los pasos del Real Madrid o el Barça, pero nunca tendré ni su potencial ni el caudal de compromiso y fe de sus seguidores más entusiastas. Conviene darse cuenta cuanto antes.

Pero merece la pena fijarse en algunas de las reflexiones de quien lleva las riendas empresariales del periódico más importante del mundo… y el más exitoso en su proceso de transformación digital:

  1. El mayor cambio de estos últimos cinco años ha sido precisamente que ya no nos vemos como un periódico que tiene una versión digital, sino como un medio digital de noticias que también imprime un periódico”. Esta frase es el paradigma del cambio. El NYT ya no es un periódico que aprovecha internet para multiplicar sus audiencias. Es un medio (digital) que tiene ediciones en papel, que es muy distinto.

2. Y sigue: “En un futuro relativamente cercano ya no podremos seguir confiando en la versión impresa para financiar como ahora nuestra labor periodística. Los ingresos digitales tienen que alcanzar una cuantía que nos permita mantener oficinas en Irak y Afganistán, enviar reporteros al frente, hacer investigaciones de 18 meses sobre la fortuna del presidente de Estados Unidos y pagar una delegación en Washington con 100 periodistas. Por eso, nuestro foco está puesto en ganar dinero con lo digital”.

Y lo están consiguiendo: en torno a cuatro millones de suscriptores y un alcance de 150 millones de personas. La mudanza digital es una realidad. Y tienen quien se la pague. Lo que me pregunto es si hay tantos medios que apuesten por ese mismo periodismo de calidad (para hacerlo hay que contratar periodistas, no despedirlos a mansalva)…y si hay tantos lectores dispuestos a pagarlo hemos da a mí que no muchos).

3. Su apuesta por el periodismo de calidad y su convicción de que la gente sí quiere pagar por ese periodismo de calidad se combina con la capacidad para arriesgarse con nuevos formatos. No le tienen alergia al error. Un par de ejemplos: el podcast The Daily y su próxima incursión en la producción de programas de TV. Y aquí me pregunto: .¿son “un medio digital de noticias” o son una productora de periodismo de calidad que factura productos de excelente calidad periodística para todo tipo de soportes?

Y 4. “La prensa en papel seguirá viva durante mucho más tiempo de lo que la mayoría cree. Un millón de personas paga por el periódico, es un público fiel que dedica mucho tiempo a su lectura. Además, el negocio de la publicidad sigue siendo grande y rentable. Espero que, mientras la gente quiera leer noticias impresas, nosotros podamos ofrecérselas“.

Lo último es obvio: si tienes un millón de lectores en papel, mímalos. Pero tengo un par de dudas al respecto: la primera es que si tiene cuatro millones de suscriptores y sólo un millón de lectores de papel, lo que es todavía más evidente es que tres cuartas partes de tu negocio están ya en el digital (no digo de los ingresos) y por tanto es donde tienes que centrarte. Y la segunda es que si de verdad piensas que el negocio de la publicidad seguirá siendo grande y rentable, ¿por qué llevan cinco años con una estrategia de negocio que gira hacia la suscripción y la creación de comunidad y se aleja de la publicidad?

El homo digital éramos nosotros

Hasta los que han hecho del escepticismo digital una marca casi personal han terminado por rendirse: la tecnología ha cambiado nuestra forma de andar por la vida. Y en algunas ocasiones, en un sentido casi literal, como estamos viendo estos días en el Mobile World Congress que se está celebrando en Barcelona.

Nos levantamos con el sonido de las alarmas de sus teléfonos móviles, miramos el tiempo en Google, repasamos la prensa y miramos fotos de Facebook o de Instagram en pantallas de cinco o seis pulgadas, compramos en Amazon, suscribimos hipotecas digitales, nos desplazamos en Uber y Cabify y vemos las películas y las series que nos recomiendan los algoritmos de Netflix o de Movistar. Casi todos nos hemos convertido en cazadores de wifi en busca de la mejor cobertura. Y todos lo queremos todo. Al instante y en tiempo real. 

Las empresas lo saben. Incluso las más reactivas. Y comprenden también que no se pueden quedar quietas ante una disrupción que está transformando nuestra forma de pensar y de relacionarnos y nuestros hábitos de consumo. 

La digitalización de las empresas tiene ya muy poco que ver con designar con el fenómeno del ‘Cuñadity manager’: ese familiar o amigo jovenzuelo al que se pide que nutra de contenidos la página web de la empresa o que se haga cargo de las cuentas de la misma en Twitter, Instagram o Facebook.  

Esa etapa ya la hemos pasado. Ahora, hemos entrado en otra fase, si se quiere más avanzada. Si uno, por ejemplo, lee a menudo las páginas económicas de los diarios, rara será la mañana en la que no se encuentre alguna referencia a la ineludible necesidad de implantar sistemas de inteligencia artificial en sus empresas, trabajar en minerías de datos o, por ejemplo,  establecer sistemas de blockchain

El mantra de la digitalización se ha extendido, ha crecido y ha madurado. Y la transformación disruptiva también ha alcanzado al ecosistema tradicional de la comunicación. 

Sus efectos no se circunscriben a las empresas periodísticas y de comunicación, sino que se extienden al resto de las organizaciones empresariales, pues han transformado el modo en el que nos comunicamos y los canales y soportes en los que distribuimos (o nos distribuyen) la información sobre nuestras marcas. 

Donde antes había unas cuantas televisiones, radios y periódicos que se podían manejar, ahora hay una oferta infinita de canales donde conviven los medios tradicionales con los nativos digitales, los blogs personales con las redes sociales, los canales de mensajería instantánea como whatsapp con los correos electrónicos. 

El magma digital

Y las empresas tienen que moverse ahí, en ese magma infinito donde no parece haber ni orden ni concierto y donde todo es susceptible de mejorar, pero también de empeorar si no se saben manejar ciertos códigos y, como consecuencia, se termina adoptando una actitud compulsiva y, a veces, hasta errática. 

Las nuevas tecnologías y sistemas de información, el big data, la eclosión de las redes sociales y la multiplicación de los canales de comunicación abren un periodo de oportunidades extraordinarias para aquellas empresas que sepan entender el cambio y aprovechar las potencialidades de una comunicación infinitamente más abierta que la que disponíamos en la era analógica previa a internet. 

El tipo que antes compraba un par de periódicos y compraba en las tiendas de toda la vida es ahora un homo digital las 24 horas del día. Toca adaptarse. Y de inmediato.

  • Este artículo es una versión para el blog del prólogo que escribí para un libro sobre la transformación digital en las empresas escrito a dúo por el periodista y amigo Fernando Arnáiz y la profesora Silvia Pinto, a quienes agradezco que me hayan permitido participar de esta manera en su proyecto. Por cierto, el libro se llama ‘Te lo vendo o te lo cuento” y es manifiestamente recomendable.

Preparando el cuerpo para los muros de pago en los grandes diarios

En las últimas semanas leemos en las principales cabeceras españolas artículos de información centrados en cómo el pago por noticias se está instaurando en los países europeos de nuestro entorno. Los modelos de negocio basados en las cifras millonarias de visitas y la venta de publicidad se estan viniendo abajo por la llegada de los grandes elefantes digitales (Google, Facebook, Apple, Amazon…) y las grandes marcas periodísticas viran ya hacia modelos mas tradicionales centrados en el pago de las noticias.

Hay quienes enmarcan estas informaciones en una campaña de los propios medios de comunicación españoles para hacerle el cuerpo a los lectores, que así irían asimilando que van a terminar pagando más pronto que tarde por la información que buscan en cabeceras de tanta relevancia como El País, El Mundo, Abc o La Vanguardia.

Tal vez sea así, pero, en cualquiera de los casos, responde a hechos objetivos que merecen la pena ser destacados. Estamos ante uno de los cambios más importantes a los que se ha enfrentado la industria del periodismo en el último siglo y en él se le va a pedir más complicidad a los lectores que confían en sus marcas periodísticas de referencia.

Tres décadas después de la irrupción de internet, el imperio del todo gratis en el consumo de las noticias se viene abajo.

Unos cuantos medios seguirán viviendo de la publicidad, pero otros tantos ya no lo podrán hacer y por eso están buscando nuevas vías de ingresos con estrategias que, en líneas generales, empiezan por trasladar a los usuarios de esas noticias la idea de que producir periodismo de calidad cuesta dinero y que, como hemos dicho ya en muchas ocasiones, sólo tendremos ese periodismo de calidad si alrededor de las marcas hay una comunidad comprometida de ciudadanos dispuesta a pagar por él.

¿Tendremos noticias pronto sobre esta reconversión? Todo indica que no tardarán en llegar. Y, por cierto, tampoco se enmarcarán en un movimiento en solitario de un grupo sino a algún anuncio conjunto de las grandes cabeceras. Atentos..que esto está a la vuelta de la esquina.

Actualización:

Bezos, la Super Bowl y el precio de unas cuantas bolsas de plástico

El propietario del The Washington Post, Jeff Bezos, se ha gastado en torno a diez millones de dólares para que los norteamericanos vean en el intermedio de la final de la Súper Bowl un anuncio de este periódico que es, en sí mismo, una reivindicación general de los principios y valores de siempre del periodismo.

Tal vez para el también dueño de Amazon el desembolso de esa decena de millones de dólares suponga para sus bolsillos lo mismo que supone para cualquiera de nosotros los cinco céntimos que pagamos por las bolsas de plástico de los supermercados, pero la acción se agradece igual.

La crisis de fiabilidad que han vivido los medios no termina. Las noticias falsas forman ya parte del paisaje mediático y debilitan aún más a unas empresas periodísticas que, ya de por sí, sufren las consecuencias de un modelo de negocio, el de la publicidad, que se ha hundido ante la fuerza de competidores tan abrasivos como Google y Facebook.

La gran mayoría de los medios se comporta como los cazadores de la prehistoria que salen en busca de nuevos espacios donde encontrar el alimento que necesitan para sobrevivir. Y en esa exploración, piensan en nuevas estrategias que les hagan depender menos de terceros como las plataformas sociales y los motores de búsqueda y que les permitan pensar en proyectos que se sostengan más allá de la publicidad tradicional.

Quien más quien menos, todo el mundo habla en esta industria de la necesidad de convertir a los lectores en suscriptores y en la generación de ingresos en lo que antes era el perímetro del negocio (eventos, contenido publicitario, servicios de agencias de comunicación…), pero para poder virar hacia estas estrategias de negocio, hace falta que la relación entre esos medios y sus potenciales usuarios vaya mucho más allá de los clicks aislados, que sea de verdad una relación entre una marca y el lector que se compromete y forma parte de una comunidad que comparte un medio…y hasta una forma de vivir en sociedad.

El problema es que no basta con hacer productos que respeten los principios y valores del periodismo riguroso y honesto. Lo que se necesita es que haya un número suficiente de ciudadanos que sepan valorar esos productos rigurosos y honestos y que entiendan la necesidad de mojarse para defenderlos y hacerlos sostenibles, es decir, que se comprometan de verdad.

Por eso es tan importante defender y difundir la idea de que el buen periodismo mejora las sociedades a las que presta servicio y las hace más prósperas, más libres y más justas. Y por eso es tan importante que personas como Jeff Bezos sean capaces de gastarse diez millones de dólares por un anuncio que reivindica ese periodismo, que es el de siempre, ante la mayor audiencia televisada del año en los Estados Unidos. Porque nos jugamos mucho. Más incluso de lo que muchos se puedan imaginar. Esto no va de salvar periódicos, radios o televisiones. Va de tener democracias sólidas o de no tenerlas. Bezos lo sabe. Y nosotros, también.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’

He escrito hoy en el portal de tecnología Nobbot sobre una de mis ‘obsesiones’ recurrentes: la necesidad de que los periodistas aceptemos el cambio disruptivo que ha cambiado nuestro modo de trabajar y el modelo de negocio sobre el que ha pivotado el ejercicio del periodismo durante la era de la imprenta. Y lo hago desde la perspectiva de quienes siguen aquejados de esa especie de síndrome de la plañidera que nos invita a quejarnos permanentemente de lo mal que nos va todo y de quienes, por el contrario, han decidido que hay que dejar a un lado los lamentos y dedicarse a explorar nuevas posibilidades de hacer periodismo y buscar nuevas vías de ingresos que hagan sostenible su ejercicio.

Si os apetece leerla, os paso por aquí la reflexión:

Los periodistas somos devotos seguidores de la religión del ombligo. Nos gusta regodearnos en los males que nos aquejan. Por cada problema, un lamento antes que una solución. Somos víctimas del síndrome de la plañidera. Y nos cuesta desembarazarnos de él por mucho que asumamos que así no vamos a lado alguno.

Internet ha destrozado el modelo de negocio gracias al que hemos vivido los últimos dos siglos (del dios Gutenberg hemos pasado al dios Zuckerberg) y ahora deambulamos a lágrima viva por las redes sociales mendigando el cariño de los lectores que antes leían las páginas de nuestros periódicos y ahora se conforman con picotear lo que les llega a sus muros de Facebook o a sus cuentas de Twitter, sin importarles demasiado, por cierto,  si lo que leen ha pasado por un mínimo control de verificación o se trata de una intoxicación salida de alguna granja de noticias falsas.

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El periodismo plañidera

 

 

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El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Rediseñando los periódicos no se arreglan sus problemas

Diario Marca. Fuente: Unidad Editorial

Marca renueva su diseño en papel. El periódico deportivo líder en España remoza sus páginas para “adaptar el periódico de siempre a las necesidades y los gustos de la audiencia actual”. Todavía no he visto el cambio, pero seguro que lo moderniza y le da viveza y frescura. En España hay excelentes diseñadores y abundan los ejemplos de creatividad y de imaginación a la hora de aportarle frescura, energía y modernidad a un periódico de papel.

marca
El rediseño del Marca

No tengo dudas, pues, de que el rediseño mejorará el producto, pero sí las tengo sobre el hecho de que se empleen muchos esfuerzos en rediseñar los periódicos, cuando la crisis que sufren los diarios de papel no es una crisis de diseño, sino de producto.

Los lectores no rechazan los diseños y los formatos que llegan a los quioscos, lo que rechazan cada vez más es el producto en sí: un paquete de unas ochenta páginas que reciben a diario a cambio de algo más de un euro por ejemplar.

En tal sentido, me pasa con esto del Marca lo mismo que me pasa cuando leo los innumerables intentos de reflotar las revistas dominicales de los periódicos con diseños cada vez más innovadores y espectaculares: me parecen un esfuerzo estéril que no logra de modo alguno su objetivo de remontar o, al menos, frenar la sangría en la venta de ejemplares.

Ojalá consigan su objetivo y cumplan sus objetivos de ventas y difusión, pero se antoja una aventura enormemente complicada. De hecho, confío ya tan poco en estos rediseños que he llegado a la conclusión de que aunque consiguiesen que Cervantes, Shakespeare, Tolstoi y Flaubert resucitaran y empezasen a escribir en sus periódicos, tampoco así lograrían resucitar sus ventas en papel.

Con esto no quiero decir que no se deban rediseñar los periódicos, pero sí que me parece infinitamente más productivo que los editores y directivos de las compañías de prensa centren más sus esfuerzos en trabajar su transformación digital, en diversificar sus ingresos y en buscar nuevos negocios en el ámbito digital, que es el lugar en el que están ahora gran parte de sus lectores.

La tormenta de los medios ha devenido en tsunami. Y más les valdría discutir a los editores discutir menos sobre cómo defender su negocio tradicional y discutir más sobre cómo adaptarse al nuevo ecosistema en el que pretender seguir haciendo sus negocios.

Y, por cierto, termino con una confesión personal. Soy un gran lector de noticias deportivas. Y mi hijo pequeño, también. De hecho, tiene al Marca entre sus portales favoritos y acude a diario a sus páginas. Eso sí, no hace mucho que se ha enterado de que el Marca también tiene un periódico. Él siempre pensó que el Marca era una aplicación.

¿Y si The Times tiene razón al apearse de la guerra de las actualizaciones?

Hace años tuve un director de periódico que decía siempre que no le importaba no ser el primero en dar una noticia, sino que lo que le importaba de verdad era ser el mejor en darla. Lo decía con convicción, pero tenía un problema: se olvidaba de su teoría cada vez que se producía una última hora (unas veinte o treinta veces diarias) o que la competencia sacaba algún tema que nosotros no habíamos ni olido.

En esos casos, sacaba al periodista de raza que era y sufría esos ataques de adrenalina que sólo conocen quienes han vivido la redacción de un periódico y se han levantado en medio de la noche pensando que se te había escapado una errata o que tu rival podía mojarte la oreja en la edición del día siguiente.

Había que darlo todo y cuanto antes. Y lo demás pasaba a noveno o décimo plano.

Todo eso se acabó, pero lo que queda, lo que aún perdura, es esa obsesión casi genética de los periodistas por seguir siendo los Usain Bolt de las noticias de última hora.

Todos queremos sacar alguna exclusiva, un último detalle, algo fresco que podamos contar en twitter. Y nos da igual si trabajamos para un anuario, como freelance, en una radio o en un boletín semanal sobre los avatares de la pesca del salmón en las aguas de Noruega.

En todos los casos, nos puede la ansiedad y el impulso frenético por ser el primero de entre los primeros, por ser el primus inter pares de la tribu.

Ahora, hay un viejo elefante de la prensa que ha decidido apearse de esta guerra que se antoja de otra época.

Ahora, The Times anuncia que abandona esa carrera y que se apea de la guerra de las actualizaciones: refrescará su web apenas tres veces al día y sólo se saldrá de la norma cuando haya una noticia cuya importancia requiera de su publicación fuera de los horarios marcados.

TT

La medida choca en esta era compulsiva donde lo queremos todo al instante en la pantalla de nuestros móviles: internet no tiene horarios y el flujo continuo de las noticias no va a desaparecer ni aunque resucite Gutenberg y las imprentas vivan un nuevo amanecer tan dorado como glorioso. Pero si se mira con atención, la decisión guarda una cierta coherencia. 

The Times no es un producto abierto a todos. Es un producto de pago para sus 152.000 suscriptores. Y es un producto que, por tanto, debe ofrecer algo más a esos clientes que invierten sus libras esterlinas, sus euros o sus dólares en leer la visión del mundo que les ofrece este rotativo.

Y ese ‘algo más’ consiste en: 1. Salirse del delirio informativo de querer convertir todos los periódicos en un carrusel deportivo sin paciencia ni perspectiva y 2. Ofrecerles un producto más reposado, más analítico, más jerarquizado y más enriquecido que sea capaz de competir en el hipermercado de las noticias en el que se ha convertido una industria que lo sacrifica todo en el altar de la viralidad y de los clicks enfebrecidos.

Para lograrlo, lo que hace The Times es decirles tanto a sus redactores como a sus lectores lo que me contaba ese director del periódico que tuve hace años: que lo importante no es ser el primero en dar una noticia, sino ser el mejor en darla. Y que ése es el camino para no seguir cayendo en la histeria mediática.

¿Acaso no se supone que estamos en el negocio de la calidad y no en el de la cantidad? ¿No se supone que vendemos periodismo y no impresiones de página al por mayor como si estuviéramos en una pescadería? Pues entonces, parecen decir desde The Times, ¿a qué estamos esperando para tener una estrategia que dedique sus recursos a la calidad antes que a la cantidad?

Si eso es lo que pretende, el anuncio de este periódico tendrá una lógica que respaldará la decisión. Si no, serán simples ganas de ordenar un torrente digital que, por definición, ni tiene orden ni lo va a tener, salvo que alguien sea capaz de cerrar internet a las siete de la tarde.

 

The Guardian: un gran éxito editorial…y una máquina perfecta de perder dinero

The Guardian es el dios del periodismo en abierto, el becerro de oro al que todos los conversos del digital en las redes hemos adorado hasta extremos casi fanáticos y desterrando cualquier aproximación crítica a su modelo de negocio.

Los artículos laudatorios hacia su estrategia de transformación han colapsado Google y el resto de los motores de búsqueda. las referencias y reverencias hacia  Alan Rudsbridger han convertido a quien ha sido su director durante veinte años en el gran profeta del cambio.

Rusbridger es el Moisés que tuvo la visión de convertir un periódico de papel para ingleses con el alma a la izquierda en una de las principales plataformas periodísticas del mundo, uno de los pilares más prestigiosos de la industria globalizada de la información.

La realidad detrás del ‘paraíso’

The Guardian anuncia ahora 250 despidos, cien de ellos de periodistas de periodistas que trabajan en el Reino Unido, y avisa de que dejará de cubrir otros 60 puestos de redactores que estaban vacantes. El objetivo: dejar de ser una máquina perfecta…de perder dinero.

El anuncio sorprenderá a quien sólo ha escuchado el sonido de las arpas y los violines cada vez que Allan Rusbridger entonaba la melodía de las bondades de su proyecto, gratuito y abierto, pero no a quienes se hayan asomado alguna vez a los gráficos de evolución de pérdidas e ingresos del periódico. 

The Guardian ya llevaba mucho tiempo martilleando las cuentas de resultados de sus accionistas con pérdidas que en cualquier otro lugar hubieran catapultado a sus directivos a la jubilación anticipada.

Le ha salvado, hasta ahora, que The Guardian pertenece a una fundación, la Scott Trust, que se dedica a salvaguardar la integridad del diario gracias a los ingresos que logra con su compañía de anuncios clasificados de coches, Auto trader.

Foto de la web de The Guardian.
Foto de la web de The Guardian.

¿Qué ha cambiado, entonces, para que ahora se haya cerrado el maná de la fundación/mecenas que patrocinaba The Guardian?

Pues una conjunción de tres factores, dos de ellos explicados por la propia directora actual del medio, Katherine Viner:

 

 

  1.  El periódico se ha centrado en el digital y ahora resulta que una parte importante de los ingresos publicitarios del mercado digital se los llevan Google y Facebook, quienes van camino de convertir la industria en un duopolio de tintes orwellianos.
  2. Los operadores de telefonía móvil, con sus recursos financieros en perfecto estado de revista,se han embarcado en el negocio de los contenidos, aumentando la competencia a niveles insoportables.
  3. Los propietarios del fondo, por muy mecenas que se sientan de la integridad del periódico, se han cansado de perder dinero y quieren parar el desparrame de pérdidas mediante la reducción drástica de los costes.

Conclusiones

Primera conclusión. The Guardian ha logrado ser un ejemplo de éxito en la transformación de un modelo de contenidos centrado en un periódico de papel  inglés a uno que pivota sobre una gran marca periodística en la red que ha sido capaz de extender su ámbito de influencia a Estados Unidos y el resto de países de habla inglesa. Pero no ha demostrado que sea capaz de convertir este modelo en un negocio.  

Segunda conclusión: la fiesta del The Guardian se ha acabado. Si quieren ver cómo tiene éxito un proceso de transformación digital de un medio, habrá que mirar al The Washington Post, inmerso en un proceso de cambio financiado con el dinero personal de Jeff Bezos, el dueño de Amazon. Los dueños de The Guardian se han cansado de esperar. Bezos sigue experimentando.

Y tercera y última conclusión. Eso no significa que haya fracasado. Si The Guardian se hubiera quedado como estaba, tal vez ahora estaría pensando en cerrar su edición de papel  y hubiera terminado entonando la marcha más fúnebre del sector. Mirad estos días los casos del The independent y del Diario Económico de Portugal.

Sin embargo, hoy en día, la marca del The Guardian es una de las más valiosas del orbe mediático. The Guardian equivale a prestigio, equivale a calidad. Y eso tiene un precio.

Su estrategia de ‘cuanta más audiencia, mejor’ le ha colocado en una posición de preeminencia y ahora toca pasar a una fase inevitable, la de cómo hacer para ganar de una vez por todas el dinero suficiente para preservar un modelo que ha dado algunas de las mejores páginas de periodismo que hemos podido ver en los últimos veinte años.

 

 

Autocrítica para periodistas

Los periodistas somos como somos. Contradictorios hasta la bipolaridad. Usamos compulsivamente teléfonos inteligentes pero queremos vivir de la tinta y de las bovinas; entregamos nuestro trabajo al altar global de twitter, pero reclamamos que la gente retorne a los quioscos siguiendo a los suscriptores de Hamelín; hace años que no compramos un periódico de papel entre semana, pero exigimos que los demás sí lo hagan.

Quinientos años de imprenta se han borrado en cinco. Y nosotros hemos decidido que todo el mundo debe saber lo mal que lo estamos pasando. Otros sufren igual o más, pero nadie como los periodistas para convertir las redes sociales en la mayor reunión de plañideras virtuales de la historia de la humanidad.

El apocalipsis vende

Los periodistas pujan por su entrada en la categoría de especies en extinción. Y reclaman ayuda. O mejor, ayudas, da igual si son estatales, autonómicas o locales. Lo que importa es que nos ayuden a pagar nuestras hipotecas y las matrículas de los colegios de nuestros hijos.

Nos han dicho que nos tenemos que reinventar, que o nos aclimatamos o nos ‘aclimorimos’, que debemos pasar de ser dinosaurios a ser ardillas, y unas cuantas metáforas gastadas más, pero nos pasa como a los padres primerizos: no nos han dado el manual de instrucciones para sobrellevar este vendaval y caemos en la confusión y en la desesperanza.

Sentimos que algo no encaja

Nos habían dicho que nuestro trabajo era esencial para la consolidación de la democracia, que sin nosotros el sistema se desoronaría y que los corruptos harían y desharían en la impunidad más descarada. Nos creímos indispensables. La piedra sobre la que descansaba casi todo. El cuarto poder reconvertido en el primero. Y ya no lo tenemos tan claro.
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Nos cuesta reconocerlo porque nos creemos depositarios de un derecho inalienable del ciudadano y nos aterra reconocer la realidad, nos desespera reconocer que este oficio no es un sacerdocio, que este oficio es un negocio.

Malditos tópicos y malditos prejuicios

Hemos sido víctimas de las verdades aposentadas que ni eran verdades ni estaban aposentadas, de los tópicos que no nos hemos molestado en desmentir y de la pereza que nos invade cada vez que hay que desmontar un lugar común referido a nosotros mismos.

Y, sobre todo, hemos sido víctimas de nosotros mismos, de nuestra petulancia, de nuestra arrogancia y de nuestra ceguera ante la realidad.

Hemos fallado. No hemos querido entender casi nada. Y ahora estamos pagando de la peor de las maneras nuestra incapacidad para adaptarnos a la realidad.

Contamos las víctimas como quien recuenta las bajas de una carnicería. Despidos y cierres. El derrumbe de la inversión publicitaria. La caída generalizada de las audiencias. Y los medios de masas que ya no lo son tanto.

El público que antes se fiaba de nosotros se ha trasladado a los medios sociales y consume su tiempo enredado en las pantallas de sus móviles. Los medios tradicionales han perdido su centralidad y las redes se han convertido en la nueva plaza donde se discuten los asuntos públicos al mismo tiempo que se juega al Candy Crush o se ve el último viral de algún bebé lamido por un gatito.
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Hemos perdido nuestra silla y vamos camino de no recuperarla nunca más. Los medios y los periodistas colocan sus productos en las redes para ser alguien en la conversación global y sus formatos convencionales se hacen aún más prescindibles para la audiencia y para los anunciantes.

Un bucle tóxico

Es un bucle tóxico y no encontramos antídoto para él por nuestra obsesión por echarle la culpa de todos nuestros males a internet, a las empresas, a los oligopolios mediáticos, al capitalismo, al Club Bilderberg y al que se tercie.

Trasladamos a todo el que nos quiera escuchar que nuestro mundo ha sido arrasado. Y le estamos diciendo a los que vienen por detrás que no sigan por nuestro camino, que se dediquen a cualquier cosa menos al periodismo.

Os lo digo ya. Lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos es de torpes, pero lo que les estamos haciendo a los que vienen por detrás es que no tiene perdón.

Vale con que nos hayamos cansado de transmitir el oficio porque estamos muy preocupados intentando sobrevivir a la última purga laboral, pero dónde está dicho que tengamos que repetirles una y mil veces que lo que hacemos es patético y que es una locura dedicarse al periodismo.

Vamos a dejar el cinismo para las horas libres. Si tanto odiamos el periodismo, porqué no le damos la oportunidad a los chavales de que lo odien por su cuenta.

Pensadlo bien. ¿No es hora de dejar de comportarnos como plañideras?

Sólo si somos capaces de deshacernos de todos nuestros prejuicios, tendremos una oportunidad de sobrevivir en un mundo donde la competencia se nos ha multiplicado hasta el infinito. Sólo si somos capaces de hacer un diagnóstico efectivo sobre la realidad y sobre lo que se nos viene encima, seremos capaces de sobrevivir en este entorno laboral.

Algunos ya lo han hecho. Que cunda el ejemplo.