Pedir ayuda no es un modelo de negocio para los periódicos (ni para nadie)

The Guardian tira de filantropía, pero no para ayudar a quien lo necesite, sino para que les ayuden a ellos. Lo leo en la edición en español de The New York Times: los gestores del rotativo británico han puesto en marcha en Estados Unidos una sociedad sin fines de lucro para recabar fondos con los que hacer periodismo en asuntos como los derechos humanos o el cambio climático. La filanr

Que lo haga en Estados Unidos tiene su lógica: en esa sociedad está más arraigado este concepto de la filantropía y ya se ha aplicado con un cierto éxito a algunas organizaciones periodísticas (de memoria recuerdo ahora el caso de ProPublica, que nació de la iniciativa de un matrimonio con residencia en el estado de Florida que sentían que el periodismo de investigación estaba en peligro).

Lo que llama la atención es el hecho en sí y lo que trasluce. The Guardian, un periódico obrero de Manchester en sus primeras décadas de vida, se transformó por completo hasta convertirse en el paradigma del periodismo en abierto bajo el mandato de Allan Rusbridger. Nada de fórmulas de pago en internet. Todos los contenidos abiertos para todos. Resultado: un grandísimo éxito editorial y una ruina económica que ya no podía soportar la fundación sin ánimo de lucro que pagaba los costes del periódicos.

Después de aquello, otro giro de 180 grados. Búsqueda de nuevos ingresos en internet, cesiones a las fórmulas de pago y anuncios de despidos y reestructuraciones. La consecuencia: mejoraron sus cuentas, pero muy por debajo de los números necesarios para cuadrarlos.

Y ahora, vuelta, en parte, a los orígenes: otra vez pidiendo a alguien que sufrague el periodismo en vista de que los lectores no están por la labor de hacerlo.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Tal ve en esto resida la razón de tantos tumbos y cambios de orientación. En esta era del marketing aplicado al periodismo donde tan de moda se ha puesto a hablar del engagedment, o sea, del compromiso de los lectores, resulta que ese compromiso de los lectores/ciudadanos no pasa de algunas muestras de solidaridad o de afecto que se sustancian en alguna frase de apoyo en Twitter, en Facebook o en Instagram.

Preferimos darle a un ‘Me gusta’ antes que pagar un euro por un periódico o cinco o seis euros por suscribirse a un medio digital. Y así no hay quien sobreviva. Ni haciendo periodismo ni vendiendo clavos o botones. Le está pasando al The Guardian, que ya no sabe qué hacer para que sus lectores paguen por lo que produce, y le está pasando al resto. Y así nos va.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Hace poco, precisamente, leía a Rusbridger advirtiendo que Facebook se estaba llevando los ingresos de la prensa y volvía a pensar en lo mismo. Seguimos echándole la culpa de la situación de los medios a los agregadores, a las redes sociales, a internet en general y a todo el que se nos ponga por delante, pero seguimos siendo muy cuidadosos a la hora de no enfadar a los ciudadanos recordándoles que ellos también tienen su parte de culpa en lo que está ocurriendo. Y que si quieren de verdad medios de calidad, hay que comprometerse, pero no sólo firmando en Change.org o dándole un retuit a alguna frase pomposa y hueca en defensa de los periodistas, sino pagando de alguna manera para que se siga haciendo periodismo. Hasta en tanto no pase así, no vamos a hacer otra cosa que ir a peor.

The Guardian: un gran éxito editorial…y una máquina perfecta de perder dinero

The Guardian es el dios del periodismo en abierto, el becerro de oro al que todos los conversos del digital en las redes hemos adorado hasta extremos casi fanáticos y desterrando cualquier aproximación crítica a su modelo de negocio.

Los artículos laudatorios hacia su estrategia de transformación han colapsado Google y el resto de los motores de búsqueda. las referencias y reverencias hacia  Alan Rudsbridger han convertido a quien ha sido su director durante veinte años en el gran profeta del cambio.

Rusbridger es el Moisés que tuvo la visión de convertir un periódico de papel para ingleses con el alma a la izquierda en una de las principales plataformas periodísticas del mundo, uno de los pilares más prestigiosos de la industria globalizada de la información.

La realidad detrás del ‘paraíso’

The Guardian anuncia ahora 250 despidos, cien de ellos de periodistas de periodistas que trabajan en el Reino Unido, y avisa de que dejará de cubrir otros 60 puestos de redactores que estaban vacantes. El objetivo: dejar de ser una máquina perfecta…de perder dinero.

El anuncio sorprenderá a quien sólo ha escuchado el sonido de las arpas y los violines cada vez que Allan Rusbridger entonaba la melodía de las bondades de su proyecto, gratuito y abierto, pero no a quienes se hayan asomado alguna vez a los gráficos de evolución de pérdidas e ingresos del periódico. 

The Guardian ya llevaba mucho tiempo martilleando las cuentas de resultados de sus accionistas con pérdidas que en cualquier otro lugar hubieran catapultado a sus directivos a la jubilación anticipada.

Le ha salvado, hasta ahora, que The Guardian pertenece a una fundación, la Scott Trust, que se dedica a salvaguardar la integridad del diario gracias a los ingresos que logra con su compañía de anuncios clasificados de coches, Auto trader.

Foto de la web de The Guardian.
Foto de la web de The Guardian.

¿Qué ha cambiado, entonces, para que ahora se haya cerrado el maná de la fundación/mecenas que patrocinaba The Guardian?

Pues una conjunción de tres factores, dos de ellos explicados por la propia directora actual del medio, Katherine Viner:

 

 

  1.  El periódico se ha centrado en el digital y ahora resulta que una parte importante de los ingresos publicitarios del mercado digital se los llevan Google y Facebook, quienes van camino de convertir la industria en un duopolio de tintes orwellianos.
  2. Los operadores de telefonía móvil, con sus recursos financieros en perfecto estado de revista,se han embarcado en el negocio de los contenidos, aumentando la competencia a niveles insoportables.
  3. Los propietarios del fondo, por muy mecenas que se sientan de la integridad del periódico, se han cansado de perder dinero y quieren parar el desparrame de pérdidas mediante la reducción drástica de los costes.

Conclusiones

Primera conclusión. The Guardian ha logrado ser un ejemplo de éxito en la transformación de un modelo de contenidos centrado en un periódico de papel  inglés a uno que pivota sobre una gran marca periodística en la red que ha sido capaz de extender su ámbito de influencia a Estados Unidos y el resto de países de habla inglesa. Pero no ha demostrado que sea capaz de convertir este modelo en un negocio.  

Segunda conclusión: la fiesta del The Guardian se ha acabado. Si quieren ver cómo tiene éxito un proceso de transformación digital de un medio, habrá que mirar al The Washington Post, inmerso en un proceso de cambio financiado con el dinero personal de Jeff Bezos, el dueño de Amazon. Los dueños de The Guardian se han cansado de esperar. Bezos sigue experimentando.

Y tercera y última conclusión. Eso no significa que haya fracasado. Si The Guardian se hubiera quedado como estaba, tal vez ahora estaría pensando en cerrar su edición de papel  y hubiera terminado entonando la marcha más fúnebre del sector. Mirad estos días los casos del The independent y del Diario Económico de Portugal.

Sin embargo, hoy en día, la marca del The Guardian es una de las más valiosas del orbe mediático. The Guardian equivale a prestigio, equivale a calidad. Y eso tiene un precio.

Su estrategia de ‘cuanta más audiencia, mejor’ le ha colocado en una posición de preeminencia y ahora toca pasar a una fase inevitable, la de cómo hacer para ganar de una vez por todas el dinero suficiente para preservar un modelo que ha dado algunas de las mejores páginas de periodismo que hemos podido ver en los últimos veinte años.