Desmontando una leyenda urbana: los medios digitales no existen

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Vamos a intentar desmontar un leyenda urbana que circula por las carreteras del periodismo patrio: la que afirma con total naturalidad que los medios digitales existen. No, no hagáis caso, por favor, no caigáis en la trampa dialéctica: el periodismo digital no existe. Los periodistas digitales no existen. Y lo que existe menos todavía es el muro que separa a los supuestos periódicos digitales de los periódicos de papel.Y si alguien piensa todavía con esos esquemas mentales preconcebidos y propios de la era de las linotipias, le recomiendo que le vaya dando al F-5 de su cerebro para refrescarse las neuronas: ese mundo en el que todavía cree vivir ya no existe más allá de su mente y la de los miembros del club de los nostálgicos de la tinta y las televisiones con tubo catódico.

No deja de ser una anacronía fascinante que a estas alturas de la cuestión todavía haya quien siga hablando de los medios digitales como si se tratara de unos avenedizos que han venido a tocarles las cosquillas a los periódicos de toda la vida abriendo portales sin conciencia aprovechándose de la barra libre de internet.

Pero es verdad: todavía hay gente que piensa así. Y lo peor para algunos de esos “medios digitales” es que parte de esa gente anclada en el día de la marmota sigue estando muy presente en los puestos de relevancia en los que, por ejemplo, se manejan los presupuestos que destinan instituciones, empresas y colectivos a hacer publicidad en los medios de comunicacion y, desde no hace tanto, en Google y en las redes sociales.

Las inercias del pasado de la prensa

Se trata de inercias de un pasado que se cae a pedazos, pero siguen estando entre nosotros. Lo notan los compañeros de esos medios digitales cuando las instituciones y compañías planifican las estrategias publicitarias y hay quienes les dicen que “es que nosotros no invertimos en digitales…”, pero también lo notamos todos cuando vemos en televisión o escuchamos en la radio los resúmenes de las portadas de algunos periódicos cuya influencia real se mide en realidad…por su capacidad para aparecer en las televisiones, en las radios y en algunas redes sociales.

La ‘pirámide’ mediática

Y no, no podemos seguir viviendo en un sistema de castas en el que los mal llamados medios digitales pertenecerían al estrato más bajo de la pirámide mediática. ¿Por qué, si cada vez son más leídos y cada vez son más influyentes? Mirad, los medios son medios de comunicación siempre, más allá del soporte en el que distribuyan sus contenidos. Y querer ponerle apellidos de digitales o de lo que consideremos más oportuno es más una idea gastada que otra cosa, o si se quiere, son ganas de etiquetar sin pararse a preguntarnos si lo que estamos haciendo, de verdad, responde a la realidad de los hechos.

 

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

La Sexta, la política y el espectáculo de la televisión

La Sexta noche

Leo en un blog muy recomendable de televisión de La información que La Sexta TV ha arrasado en las audiencias del sábado con sus programas maratonianos de cobertura de la crisis del PSOE. A quien haya seguido esta crisis en las redes sociales no le ha podido sorprender. Un número nada desdeñable de usuarios comentaba las últimas jugadas del partido a partir de los datos, opiniones y análisis que proporcionaba esta cadena de televisión y otros tantos cuantos alababan o despotricaban a Antonio García Ferreras, a Ana Pastor y a otros integrantes del universo mediático de la Sexta como si todos ellos también votaran en ese Comité Federal o trabajaran en favor o en contra de alguien.

Vehemencias y esoterismos editoriales aparte, lo de ayer en La Sexta  es un acierto más de una cadena que ha sabido posicionarse y que sabe aprovechar cualquier acontecimiento de este tipo para consolidarse como una marca de referencia cuando se trata de seguir lo que ocurre en la política en España.

Hasta no hace tanto, cada vez que ocurría algo importante todos poníamos el telediario de TVE. Ahora no, ahora ponemos La Sexta. Y les aseguro que no es porque las hadas se han confabulado en favor de un canal por razones desconocidas.

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Posicionados en un nicho de mercado

La cadena de perfil progresista de Atresmedia ha encontrado su nicho en un ecosistema saturado y lo aprovecha hasta exprimir la última gota del share. Y muy bien que hace.

La fórmula es hija de quien dirige informativamente la cadena: Antonio García Ferreras. Pasión por la política, pasión por el periodismo de trinchera que se arriesga en el área, sentido del espectáculo y un sentido del ritmo que es marca de la casa desde que García Ferreras empezó a trabajar en la Cadena SER a finales de los ochenta.

Antonio Garcçia Ferreras.

La Sexta es el nuevo ‘Parlamento catódico’ de España

La Sexta se ha convertido en el nuevo Parlamento catódico que alimenta a las redes sociales, en un Congreso escorado a la izquierda pero donde todos los adictos a la política de cualquier sensibilidad ideológica se sienten más o menos representados.

Y todo eso es porque se ha especializado, ha focalizado sus esfuerzos y ha sabido entender que para hacerse un hueco en el ecosistema de la televisión, tenía que buscar una voz muy definida y a la que todo el mundo pudiera identificar.

Ese objetivo ha sido alcanzado. La Sexta se ha convertido en la CNN de las noticias en español y ahora se dedica a consolidar su posición y a ampliar su nicho en el mercado. Como vimos el sábado, lo está consiguiendo.