Periodistas: menos soflamas y más análisis

No es una deriva nueva, pero en los últimos tiempos asistimos en España a una vuelta de tuerca nada casual en un debate público cada día más crispado, cada día más asfixiante. El trazo grueso se ha apoderado de la discusión general por razones ligadas a la competición política tanto a derecha como a izquierda y ya ni nos inmutamos cuando, por poner un ejemplo reciente, unos acusan de traidores a España a los otros ni cuando esos otros ponen en funcionamiento la máquina que descubre fascistas hasta detrás de los armarios. Qué asfixiante.

Las descalificaciones más gruesas invaden los argumentarios de las formaciones políticas y abonan el terreno para la deshumanización del adversario. Y, como consecuencia inevitable, la opinión pública se polariza y radicaliza, la conversación social elimina cualquier atisbo de templanza y los matices desaparecen. No hay sitio para los moderados, tibios incapaces de tomar partido.

Los medios de comunicación no viven ajenos a estas malas prácticas e incluso algunos participan de este aquelarre insultante por intereses que tienen más que ver con sus modelos de negocio que con sus líneas editoriales. Y en el caso de algunos periodistas, usan sus medios y las redes sociales para amplificar mensajes que en demasiadas ocasiones tienen más que ver con el ejercicio del activismo que con el del periodismo.

En esta conversión de la sociedad de la información a sociedad del espectáculo informativo, las noticias políticas ya son una parte más del género del entretenimiento y constituyen un terreno cada vez más propicio para estas prácticas tan cuestionables.

Pero no nos pongamos apocalípticos. Como decía al principio, este fenómeno no es nuevo, como tampoco lo es la endogamia político-periodística ni la deriva hacia un debate público en el que priman las emociones primarias y los sentimientos por encima del pensamiento racional.

Y la respuesta es siempre la misma: la mejor manera de luchar contra estos malos hábitos desde los medios de comunicación es una dieta del periodismo que también es el de siempre, de un periodismo que puede y debe ser tan riguroso como ameno, de un periodismo que no se limite a transcribir declaraciones o repetir consignas simplonas sino a exponer datos contrastándolos e interpretándolos y de un periodismo que, en definitiva, abandone la pereza y vuelva a cuestionarse y a poner en duda todos los mensajes que le lleguen.

Ese periodismo existe y se practica más de lo que algunos piensan (me niego a abonar ese mantra de que todos los periodistas mienten y falacias similares: eso lo dicen los que jamás leen un periódico). Y sospecho que irá creciendo porque cubre una necesidad imperiosa: la de los ciudadanos necesitados de información crítica y veraz, una información que supere los prejuicios y los marcos mentales prefabricados y que se ponga al servicio de la sociedad.

Aquí podría poner ejemplos de periodistas que están diseñando nuevos productos que responden a esta necesidad (se me ocurren sobre la marcha los ejemplos excelentes de Newtral o de Maldito bulo, que merecen el reconocimiento de la profesión), pero como esto no va solo de hacer buen periodismo, sino de contribuir a mejorar el debate público y fomentar y alentar el espíritu crítico que nos hace mejores como sociedad, quiero sobre todo detenerme en casos como el de Agenda Pública o el de Piedras de papel, portales y blogs de análisis políticos y económicos cuyos autores aparecen en las páginas de los principales diarios y cabeceras del país.

En la mayoría de los casos, los firmantes de los artículos de estos portales son sociólogos, politólogos, economistas y profesionales en su mayor parte del ámbito académico que trasladan sus análisis a estos nuevos medios-nicho, aportando calidad y conocimiento a un debate público que necesita menos soflamas incendiarias y más opiniones formadas.

El quehacer de estos portales es un buen ejemplo de lo que se necesita para comprender la realidad política, social y económica de este país, pero constituye también una prueba de que aquí tenemos también un buen modelo de negocio para los medios. Como ya he dicho en otra ocasión, el derrame incesante de bilis, propaganda tóxica, juicios sumarísimos, linchamientos varios, infamias y bulos virales ofrece a las empresas periodísticas la oportunidad de convertirse en marcas-refugio en donde buscar la información y el análisis que huye del tremendismo imperante.

Se trata de hacer de contrapeso a la viralidad de los mensajes crispados desmontando falsedades. Y de encontrar ahí un nuevo motivo para seguir siendo útiles desde el periodismo a los ciudadanos, que al fin y al cabo, es lo que se les pide a quienes quieran dedicarse al periodismo.

Os pongo por aquí un buen ejemplo:

Tal vez el problema no sea Twitter sino nosotros mismos

Está adquiriendo una gran repercusión un artículo firmado por el columnista del The New York Times Farjad Manhoo en el que, básicamente, recomienda a los periodistas que abandonen Twitter o que luchen contra su adicción a esta red social.

Manhoo hace una aproximación provocadora al asunto para llamar la atención de los lectores, pero lo que sostiene tampoco le convierte en el típico enfant terrible del periodismo que sólo busca impactar exponiendo con fuegos de artificio alguna teoría audaz o pretendidamente innovadora.

Su mensaje es de sentido común: si no eres capaz de controlar Twitter, déjalo antes de que Twitter te controle a ti. Y si no, regula su uso. ¿Quién puede no estar de acuerdo?

Todos los que sois periodistas sabéis que nuestro perfil medio encaja en el del adicto a una red que nos ofrece una oferta casi infinita de lo que más nos atrae.

Twitter es el sitio donde encontramos todas las noticias las 24 horas de los siete días de la semana. Nos gusta consultar nuestro timeline a la hora de levantarnos de la cama, cuando nos desplazamos, cuando trabajamos, en cuanto tenemos un descanso, por las noches en el sofá, y luego cuando nos acostamos, apagamos las luces del dormitorio y sólo queda la luz de la pantalla de nuestro móvil.

Pero también es nuestra particular hoguera de las vanidades, el lugar al que acudimos a exponer nuestras mercancías (a veces, antes incluso que en nuestros medios o directamente sin pasar por ellos), a demostrar ingenio o a buscar el aplauso fácil y la carantoña de los cercanos.

Y lo peor es que en demasiadas ocasiones es el sitio donde nos agriamos y nos indignamos compulsivamente, practicando un pensamiento tribunero que nos obliga a opinar casi de todo y a hacer juicios sumarísimos de cuanto ocurre a nuestro alrededor.

Una herramienta irresistible para nuestros egos, para nuestras filias y en especial para nuestras fobias.

Twitter nos crispa en exceso, nos distrae demasiado, nos hace sumergirnos alegremente en una burbuja endogámica donde casi todos piensan igual y también nos roba casi todas las horas del día. Pero, tal vez, el problema no esté en Twitter sino en nosotros mismos.

Twitter es una aplicación. Nada más. Y las aplicaciones están al servicio de los consumidores. No al revés. Como herramienta es extraordinaria para el trabajo periodístico, pero requiere de unas pautas mínimas de comportamiento. Pautas sencillas y aplicables en cualquier orden de la vida.

Yo soy periodista y pienso seguir en Twitter, pero ya he asumido que debo de cuidarme y administrar mi dosis diaria para no convertir esta herramienta en una adicción que me impida, por ejemplo, ver una película o leer un libro o un artículo largo sin evitar la tentación de echarle un vistazo a mi teléfono cada cuarto de hora. Y, por supuesto, no pienso usar esta aplicación para derramar bilis hasta que no me quede nada ácido dentro de mi cuerpo.

Twitter es ya la gran plaza pública del periodismo y seguramente lo siga siendo por bastante tiempo. Pero vivir allí a todas horas no es bueno para los periodistas. Y usarlo para ajustar cuentas con el mundo, menos todavía. Al menos, para nuestra salud mental.