Los quiosqueros no quieren saber nada de Amazon ni de nada que se le parezca

Foto: eldiario.es

El diario El País ha decidido probar la venta de ejemplares de su periódico de papel a través de Amazon y, de momento, sólo para lectores de Madrid y su área netropolitana. La medida es disruptiva en un negocio cuyo producto se ha vendido siempre casi en exclusiva a través de las redes de quioscos. Y como cualquier otra disrupción, tiene sus detractores. Uber y Cabify tienen en contra a los taxistas. Y El País tiene en contra a los quiosqueros, quienes claman contra la decisión y amenazan con esconder el periódico en sus puntos de venta si Prisa insiste en utilizar estas plataformas electrónicas de venta para la distribución de sus periódicos.

Los quiosqueros defienden legítimamente su negocio, pero, a largo plazo, es muy difícil, por no decir imposible, que sus quejas puedan frenar el legítimo derecho de los editores a buscar otras nuevas vías de distribución de sus productos que se acomoden a los nuevos hábitos de los consumidores.

El paisaje de los periódicos de papel no invita precisamente al acomodamiento, sino a la innovación. Y lo mínimo que tienen que hacer los editores que quieren mantener sus productos de papel, porque consideran que sus modelos de negocio siguen cimentándose sobre los ingresos de sus periódicos, es probar y experimentar nuevos sistemas de distribución y venta que animen el mercado y hagan más fácil el consumo de este producto.

Particularmente, no creo que medidas como la de enviar el periódico por Amazon vaya a frenar la caída en la venta de los ejemplares porque el problema de los periódicos de papel no reside en la distribución, sino en el rechazo del producto de papel por parte de generaciones de lectores que ya sólo leen las noticias que les llegan a través de las aplicaciones que tienen instaladas en sus teléfonos móviles.

Aferrados al pasado

Pero del mismo modo que le tengo poca fe a estas iniciativas, pienso que si quieres seguir en el negocio del papel, no tienes más remedio que aplicar recetas innovadoras con las que insuflar sangre y energía a los periódicos.

Pongo sobre la mesa un par de datos: en primer lugar, la OJD que verifica la difusión de los periódicos ha certificado en marzo de este año que en España ya no hay un solo periódico que venda más de cien mil ejemplares diarios. Y en segundo lugar, en los últimos doce años han desaparecido en España 5.000 quioscos, lo que implica que ahora cuesta mucho más ir a un quiosco a comprar un periódico por la sencilla razón de que ese quiosco puede haber dejado de existir o ha dejado de vender diarios. Y si no me créeis, pues intentad, por ejemplo, comprar un periódico una tarde de domingo y ya me diréis si es fácil, difícil, muy difícil o imposible.

Y no creáis, además, que los periódicos tienen mucho tiempo para actuar. Por mucho que insistan en que siguen siendo los actores más influyentes del mercado informativo, lo cierto es que sus ventas siguen descendiendo de forma dramática y que se necesitan soluciones urgentes para evitar que el negocio se venga abajo de forma estrepitosa en menos tiempo del que nos podamos pensar.

Los periódicos de papel necesitan reinventarse cuanto antes. Con Amazon o sin Amazon. Con los quiosqueros o sin ellos. Pero reinventarse probando y experimentando. Y cuanto antes lo hagan, mejor. No tienen otra alternativa.

 

 

Autocrítica para periodistas

Los periodistas somos como somos. Contradictorios hasta la bipolaridad. Usamos compulsivamente teléfonos inteligentes pero queremos vivir de la tinta y de las bovinas; entregamos nuestro trabajo al altar global de twitter, pero reclamamos que la gente retorne a los quioscos siguiendo a los suscriptores de Hamelín; hace años que no compramos un periódico de papel entre semana, pero exigimos que los demás sí lo hagan.

Quinientos años de imprenta se han borrado en cinco. Y nosotros hemos decidido que todo el mundo debe saber lo mal que lo estamos pasando. Otros sufren igual o más, pero nadie como los periodistas para convertir las redes sociales en la mayor reunión de plañideras virtuales de la historia de la humanidad.

El apocalipsis vende

Los periodistas pujan por su entrada en la categoría de especies en extinción. Y reclaman ayuda. O mejor, ayudas, da igual si son estatales, autonómicas o locales. Lo que importa es que nos ayuden a pagar nuestras hipotecas y las matrículas de los colegios de nuestros hijos.

Nos han dicho que nos tenemos que reinventar, que o nos aclimatamos o nos ‘aclimorimos’, que debemos pasar de ser dinosaurios a ser ardillas, y unas cuantas metáforas gastadas más, pero nos pasa como a los padres primerizos: no nos han dado el manual de instrucciones para sobrellevar este vendaval y caemos en la confusión y en la desesperanza.

Sentimos que algo no encaja

Nos habían dicho que nuestro trabajo era esencial para la consolidación de la democracia, que sin nosotros el sistema se desoronaría y que los corruptos harían y desharían en la impunidad más descarada. Nos creímos indispensables. La piedra sobre la que descansaba casi todo. El cuarto poder reconvertido en el primero. Y ya no lo tenemos tan claro.
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Nos cuesta reconocerlo porque nos creemos depositarios de un derecho inalienable del ciudadano y nos aterra reconocer la realidad, nos desespera reconocer que este oficio no es un sacerdocio, que este oficio es un negocio.

Malditos tópicos y malditos prejuicios

Hemos sido víctimas de las verdades aposentadas que ni eran verdades ni estaban aposentadas, de los tópicos que no nos hemos molestado en desmentir y de la pereza que nos invade cada vez que hay que desmontar un lugar común referido a nosotros mismos.

Y, sobre todo, hemos sido víctimas de nosotros mismos, de nuestra petulancia, de nuestra arrogancia y de nuestra ceguera ante la realidad.

Hemos fallado. No hemos querido entender casi nada. Y ahora estamos pagando de la peor de las maneras nuestra incapacidad para adaptarnos a la realidad.

Contamos las víctimas como quien recuenta las bajas de una carnicería. Despidos y cierres. El derrumbe de la inversión publicitaria. La caída generalizada de las audiencias. Y los medios de masas que ya no lo son tanto.

El público que antes se fiaba de nosotros se ha trasladado a los medios sociales y consume su tiempo enredado en las pantallas de sus móviles. Los medios tradicionales han perdido su centralidad y las redes se han convertido en la nueva plaza donde se discuten los asuntos públicos al mismo tiempo que se juega al Candy Crush o se ve el último viral de algún bebé lamido por un gatito.
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Hemos perdido nuestra silla y vamos camino de no recuperarla nunca más. Los medios y los periodistas colocan sus productos en las redes para ser alguien en la conversación global y sus formatos convencionales se hacen aún más prescindibles para la audiencia y para los anunciantes.

Un bucle tóxico

Es un bucle tóxico y no encontramos antídoto para él por nuestra obsesión por echarle la culpa de todos nuestros males a internet, a las empresas, a los oligopolios mediáticos, al capitalismo, al Club Bilderberg y al que se tercie.

Trasladamos a todo el que nos quiera escuchar que nuestro mundo ha sido arrasado. Y le estamos diciendo a los que vienen por detrás que no sigan por nuestro camino, que se dediquen a cualquier cosa menos al periodismo.

Os lo digo ya. Lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos es de torpes, pero lo que les estamos haciendo a los que vienen por detrás es que no tiene perdón.

Vale con que nos hayamos cansado de transmitir el oficio porque estamos muy preocupados intentando sobrevivir a la última purga laboral, pero dónde está dicho que tengamos que repetirles una y mil veces que lo que hacemos es patético y que es una locura dedicarse al periodismo.

Vamos a dejar el cinismo para las horas libres. Si tanto odiamos el periodismo, porqué no le damos la oportunidad a los chavales de que lo odien por su cuenta.

Pensadlo bien. ¿No es hora de dejar de comportarnos como plañideras?

Sólo si somos capaces de deshacernos de todos nuestros prejuicios, tendremos una oportunidad de sobrevivir en un mundo donde la competencia se nos ha multiplicado hasta el infinito. Sólo si somos capaces de hacer un diagnóstico efectivo sobre la realidad y sobre lo que se nos viene encima, seremos capaces de sobrevivir en este entorno laboral.

Algunos ya lo han hecho. Que cunda el ejemplo.