Tres ideas y una conclusión sobre la libertad de prensa en España

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El debate sobre la libertad de prensa en España corre el peligro de perderse en un popurrí de ideas tópicas y pobretonas que nos alejan de un diagnóstico más o menos razonable sobre su estado. Escuchamos demasiados mensajes apocalípticos sobre la libertad de prensa y, como postre, soltamos conclusiones tremendas que se acompasan bien poco con la realidad.

Sobre este particular, merecen destacarse tres ideas:

En primer lugar, si lo comparamos con otros países, el estado de nuestra libertad de prensa no es tan negativo. No es idílico, pero tampoco tan terrible como en otros lugares. Aquí no hay detenciones ni asesinatos de periodistas y el periodismo no es una profesión de riesgo. Lo que acabo de decir es una obviedad, lo sé; pero conviene recordarlo cuando leemos sentencias tan exageradas y simplonas sobre el estado de nuestra libertad de prensa que normalmente se emiten desde la comodidad de un sofá o la silla de una redacción. Pregúntenle, por ejemplo, a los periodistas de Venezuela, de México o de Rusia y sabrán lo que es de verdad trabajar en una profesión peligrosa donde un periodista se puede jugar literalmente la vida por ejercer su profesión.

En segundo lugar, lo que ocurre en España, como en otros países de nuestro entorno, es otra cosa. Preocupante, pero nada que ver con lo anterior. Aquí, nuestros males, que son graves, vienen por otros caminos. La corrupción, el clientelismo, la utilización torticera de los medios como canales de presión en favor de determinados intereses, la baja calidad general de los contenidos periodísticos, la banalización de la información reconvertida en espectáculo para masas cada vez más acríticas, la proliferación de las noticias falsas y el activismo demagógico de algunos periodistas y medios han terminado por causar confusión y un descrédito cada vez mayor del periodismo y de los periodistas.

Todas las crisis contienen sus oportunidades. Y ésta también. La credibilidad bajo cero de los medios de comunicación abre la oportunidad a quienes quieran trabajar en proyectos periodísticos de largo aliento en los que se haga una apuesta por la calidad como fórmula más o menos razonable para seguir adelante, es decir, que se alejen de esta carrera alocada por los clicks tan  parecido al pan para hoy y hambre para mañana en el que se han embarcado la mayoría de los medios.

Pero aquí viene la tercera idea de este artículo: nada de esto último será posible sin la complicidad y la toma de conciencia de los ciudadanos. O, al menos, de esa parte de la ciudadanía que sea más consciente de que, si queremos tener una sociedad  que sea capaz de consolidar sus instituciones democráticas, necesitamos también un sistema de medios de comunicación públicos y privados que participen en el control de esos poderes y sean capaces de fortalecer el debate público mediante el análisis y la reflexión de los asuntos que nos conciernen a todos.

Menos activismo de salón y más compromiso real con nuestros medios

En demasiadas ocasiones, nos hartamos de reclamarle a los periodistas que sean valientes y ejerzan su profesión sin miedo a las presiones que se reciben en un oficio como éste, pero luego somos incapaces de pagar un solo euro por un periódico, somos alérgicos a las suscripciones a los medios y buscamos cualquier medio para evitar la publicidad con la que, hasta ahora y con permiso de Google y de las redes sociales, financian las informaciones que publican.

Cabe entonces preguntarse cuál es el verdadero compromiso que tenemos los ciudadanos con la libertad de prensa, entendida ésta como una pieza clave en el engranaje de cualquier sociedad democrática.  Podemos seguir vociferando contra todos los males que amenazan al periodismo y quejarnos de cómo los malos corrompen a los medios para fastidiar a los buenos, pero si nuestro compromiso cívico se limita a soltar en Twitter o en Facebook unas cuantas soflamas pomposas del estilo de que “sin periodismo no hay democracia” y luego somos incapaces de comprometernos de alguna manera con los medios que leemos y escuchamos, ya os digo que el futuro puede pintar más negro aún de lo que os pensáis.

No hay nada mejor para tener una prensa fuerte, de calidad y creíble que una sociedad que sea capaz de reconocerse en esa prensa y que esté dispuesta a luchar por ella para defenderla. Pero eso no se hace limpiando nuestras conciencias de activistas de salón detrás de un hastag más o menos incendiario o sentimental, sino financiando en la medida de nuestras posibilidades a quienes ejercen ese periodismo que tanto decimos defender.

Ah, y que no se me olvide una cosa más. Hace ya muchos años, cuando empecé a trabajar en la Cadena SER a principios de los noventa, le escuché a alguien decir que la mejor manera de que un medio de comunicación sea independiente es que tenga las cuentas saneadas. Qué razón tenía y qué razón sigue teniendo. Salvo excepciones, que siempre las hay, a mayor independencia económica, mayor independencia editorial. Eso es así. Y el que no lo quiera ver, que despierte.

Podemos parte en dos bandos al periodismo español

Foto. Web de eldiario.es
Ha pasado sólo día y medio desde que la Asociación de la Prensa de Madrid denunciara a Podemos por sus presuntas coacciones y amenazas a periodistas y la tribu periodística patria ya se ha dividido sin remedio y sin matices entre los que muestran su fobia a Podemos y los que han decidido que Podemos es el paraíso y Pablo Iglesias su mesías.
 
 
1. Podemos tiene razón en quejarse de que se les acuse de algo tan grave sin que se hayan aportado pruebas.
2. Es entre angelical y surrealista que algunos se hayan dado cuenta ahora que los partidos políticos, instituciones públicas de todo pelaje y empresas privadas con buenos bíceps en sus cuentas de resultados presionen a los medios (y, por cierto, cuidado con que no te presionen que, entonces, será señal de que no tienes influencia ni relevancia ni nada que se le parezca)
Y 3. Pues claro que Podemos tiene una idea del periodismo más propia de regímenes totalitarios que de sociedades democráticas. Y a muchos de los suyos les parece de lo más normal del mundo hacerle un escrache al periodista que ose criticarles. Lo normal en quien prefiere un modelo de prensa más parecido al de Ecuador o Bolivia que al de Suecia, Alemania o Francia. ¿O no nos habíamos dado cuenta hasta ahora?
 
Pero a lo que iba. Lo que sorprende es el hooliganismo ciego de algunos compañeros y compañeras que se han puesto la camiseta de sus devociones personales para denunciar que o bien Podemos es, en este caso, la reencarnación de Satán con coletas, o bien es poco menos que una agrupación de unos heroicos e inmaculados ciudadanos sometidos al escrutinio de unos malvados que se venden por un plato de lentejas o por unas entradas para ver al Real Madrid desde algún palco del Bernabéu de Florentino Pérez.
Un poco de equilibrio, por favor.
Lo de Podemos y los periodistas es inaceptable, lamentable y denunciable. Pero igual que otros casos que también se han denunciado. El respeto no cotiza en la bolsa de las relaciones de los informadores, las instituciones y los ciudadanos.
Y sí, el periodismo español tiene problemas muy graves como la precariedad, los despidos, el miedo a que te despidan, el derrumbe del modelo tradicional de los periódicos, la caída de la publicidad, la falta de adaptación a nuevos modelos marcados por el uso del móvil y las redes sociales y unos cuantos problemas más que no cuento para no deprimir a más gente de la cuenta.
Pero eso no es excusa para que muchos compañeros se muestren tan condescendientes con un partido, Podemos, cuya concepción del periodismo dista mucho de lo que hasta ahora entendíamos que era la libertad de prensa en los países democráticos.Y si no, decidme: ¿es normal que su única manera de defender a Podemos sea decir que el resto también presiona? ¿es eso una defensa propia de un periodista que pretende ser honesto consigo mismo y con los valores de la profesión? ¿de verdad que veis normal y hasta admisible lo que hacen o es que ya todo vale?

Podemos y sus problemas con el periodismo

Pablo Iglesias. Podemos. Foto: web de El País.

La Asociación de la Prensa de Madrid ha recibido una petición de amparo de un grupo de periodistas por el supuesto acoso y presión que sufren a manos de altos cargos de Podemos. Y en vista de las pruebas documentales aportadas por estos compañeros, ha emitido una nota pública en la que exige a este partido político “que deje de una vez por todas la campaña sistematizada de acoso personal y en redes que viene llevando a cabo contra profesionales de distintos medios, a los que amedrenta y amenaza cuando está en desacuerdo con sus informaciones”.

En primer lugar, no parece recomendable lanzar una acusación tan grave sin aportar las pruebas que confirmen las denuncias. Si hay periodistas que se sienten amedrentados, desde mi punto de vista deberían de decirlo públicamente. Con sus nombres y apellidos (no sería la primera vez: ya hemos visto casos de periodistas que han tenido que defenderse de ataques lamentables) y cuanto antes. Y si tienen miedo o prefieren no dar sus nombres porque no quieren ser protagonistas de nada, que salga la APM y el resto de asociaciones de prensa y que demuestre lo que está diciendo, pero con pruebas y testimonios. Podemos, como cualquiera, tiene derecho a saber exactamente de qué se le acusa y quién le acusa. Es elemental.

En segundo lugar, que no se nos olvide que la presión de políticos y medios (y también en ocasiones en sentido contrario) es consustancial al ejercicio del periodismo político y no entiende de siglas ni de ideologías. Puede ocurrir en cualquier parte y afectarle a cualquiera. También al PP, al PSOE, a Ciudadanos y al último de los grupúsculos políticos que conozcamos. Y también puede ocurrir con la Banca, con las grandes empresas y con otras instituciones con mayor o menor fuerza. Es ley de vida y hay que saber en qué territorio nos movemos. Las presiones a los periodistas no son patrimonio de Podemos. Así que, por favor, no nos caigamos de un guindo ni tampoco en visiones maniqueas.

Otra cuestión es el nivel al que lleva Podemos sus presiones y la concepción que tiene Podemos de los periodistas y en general del periodismo, más propia de regímenes populistas semitotalitarios que de democracias avanzadas de corte occidental.

Muchos dirigentes de esta formación, empezando por Pablo Iglesias, han demostrado en su trayectoria un gran desprecio por la mayor parte del trabajo periodístico de este país y se han encargado de calificar cualquier crítica a su labor como un ataque de periodistas lacayos y miedosos que están las 24 horas del día al servicio de una malvada oligarquía de intereses políticos y empresariales cuya única labor es fastidiar a Podemos por ser quien de verdad representa al pueblo.

No hay que bucear en hemerotecas ni navegar mucho por Google para saber lo que piensa Pablo Iglesias de los periodistas. Sólo soporta a los que él considera que están de su lado, del lado de la verdad, y encima hasta se molesta con aquellos de los suyos que, en un momento dado, osan discrepar.

A los demás, que son mayoría, no los puede ni ver, los detesta. Y ya sabemos qué es lo que haría con los medios de comunicación privados. Así que tampoco puede sorprender que los ataque o que mande a sus terminales en las redes sociales a vociferar contra los periodistas. Total, si lo hicieron el día de la Nochebuena con Íñigo Errejón, que es uno de los suyos, ¿por qué no lo van a hacer con un periodista que por su condición de informador pasa a ser de inmediato un enemigo del pueblo que no merece ni el beneficio de la duda?

 

 

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

Honestos contra malvados: la última gresca de los periodistas

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Dos grandes medios de España, El País y El Mundo, titulan del mismo modo sus ediciones de papel el día posterior al fracaso en la investidura de Rajoy como presidente del Gobierno y las redes sociales se inundan de artículos y comentarios, hasta de algunos de sus periodistas de esos medios, dejando caer que es la demostración irrefutable de que el periodismo de este país ha sido tomado por los corruptos y los dueños de las empresas del ÍBEX 35, que para el caso deben ser más o menos lo mismo.

Portadas de El País y El Mundo. Fuente: lamarea.com

Una cadena de radio como la SER prescinde de cuatro de sus tertulianos y los comentarios se centran en cómo los bancos y otras instituciones del lado más oscuro del poder se han confabulado con el Darth Vader de los editores españoles, Juan Luis Cebrián, para apagar las voces discordantes con la ‘gran coalición’/abstención que defiende Prisa, grupo que, a su vez,  se ha enzarzado en una guerra con La Sexta y ha pasado de editar el diario independiente de la mañana a la categoría de brazo ejecutor de las brigadas del capitalismo malvado tras su conversión a las fuerzas del mal.

Sobra tremendismo

Ambas acusaciones pueden ser discutibles, pero sobra algo de tremendismo en el debate acerca de las nuevas líneas editoriales de nuestros medios.

El periodismo en España está atrapado en un bucle tóxico.

Sufrimos una doble crisis, económica y de adaptación al modelo digital, que ha derivado en una  crisis de confianza que ha aumentado la debilidad de los propios medios. Y esa debilidad ha traído como consecuencia la precariedad entre cientos y cientos de periodistas que han terminado por marcarse como prioridad seguir pagando las hipotecas de sus casas y los colegios de sus hijos y la polarización de muchos medios, cada día más alineados ideológicamente para fidelizar a sus lectores, recibir publicidad o para ambas cosas.

Ahora bien, el que éste pueda ser el diagnóstico de lo que estamos viviendo, que no lo niego,  no puede llevarnos a hacer una enmienda a la totalidad de todo lo que se hace en los periódicos o emisoras de mayor audiencia ni a ponernos en plan maniqueo a distinguir entre los medios malos, que se ponen a las órdenes de los ejércitos de Lucifer, y los buenos, inmaculados e impolutos que nos defienden del mal y que son poseedores casi en exclusiva de las banderas de la libertad, de la rigurosidad y de la honestidad.

Como en tantas cosas de la vida, en el debate sobre la independencia de los medios también hay matices. Y lo mismo que se puede denunciar el estado comatoso de la prensa tradicional, también hay que asumir que dos periódicos pueden titular un día de la misma manera sin que eso signifique que estan rendidos al Leviatán financiero o que una emisora de radio puede cambiar a algunos de sus colaboradores  sin que eso implique que haya violado la libertad de expresión de esos periodistas, cuya solvencia, por cierto, está más que constrastada.

Necesitamos compromiso

Y una cosa más, si queremos medios fuertes y creíbles, aparte de clamar contra los malvados, sean quienes sean, igual conviene pensar más en comprometernos en favor de una prensa más libre. Y no sólo poniéndonos un avatar solidario en facebook o vociferando en twitter contra los poderes fácticos. Igual lo que hay que hacer es pagar más o simplemente pagar algo por las noticias que consumimos. E igual entonces, y sólo entonces, tendremos esos medios que tanto deseamos.