Diez enseñanzas de Mark Thompson sobre la comunicación en la política

Acabo de terminar la lectura del ensayo de Mark Thompson ‘Sin palabras. ¿ Qué ha pasado con el lenguaje de la política?’ (Editorial Debate) y quería trasladaros algunas de las conclusiones a las que llega quien ha sido durante unos cuantos años director general de la BBC y ahora es el principal ejecutivo de The New York Times.

Es un libro clarificador sobre la deriva simplista y emocional del lenguaje de los políticos y, por extensión, del que se usa en prácticamente todos los órdenes del debate público. No voy a ser tan atrevido de resumir en unas líneas un libro de 400 páginas, pero sí que os voy a pasar aquí algunas de esas ideas que expresa Thompson a modo de resumen en uno de los últimos capítulos del ensayo.

1. Si dices una cosa y luego haces otra, la opinión pública perderá su confianza en ti. Es una obviedad estratosférica, pero vemos tantos cambios de criterio que no son explicados, tantas incoherencias, tantos olvidos y tantas incongruencias, que parecemos olvidar lo esencial: los políticos pueden cambiar de opinión cuántas veces sea necesario (los prefiero flexibles y pactistas a inflexibles y rocosos), pero tienen que ser coherentes consigo mismos y con los demás.

2. No intentes engañar al público acerca de quién eres. Añadiría sólo un matiz: no lo hagas, aunque sólo sea a efectos prácticos. Se nota mucho a los políticos artificiosos.

3. Si los votantes van a verte como un político profesional, el sentido común sugiere que te lo pienses dos veces antes de verter cubos de estiércol sobre tus colegas y sobre ti mismo. Los jueces, los médicos y los generales no lo hacen. Pues sí, se falta demasiado al respeto; se sueltan acusaciones gravísimas sin aportar pruebas; se deshumaniza al adversario…y luego, quienes lo hacen se sorprenden de que a ellos también se les falte al respeto, se les acuse sin pruebas y se les deshumanice. ¿Pero qué esperaban? Si se meten en el fango, comerán fango.

4. Trata a la opinión pública como a adultos. Comparte con la gente que quieres que te vote parte de lo que piensas de verdad sobre políticas concretas, incluidos los sacrificios delicados que te esperan. Los ciudadanos no son menores de edad a los que hay que persuadir a base de emociones primarias reflejadas en frases simplonas. Esa estrategia emocional puede valer en el corto plazo, pero en el largo es muy dañina para quien la práctica (salvo en las democracias iliberales) y para el resto de la sociedad.

5. No escondas la realidad debajo de la alfombra. No niegues los hechos por conveniencia ideológica. Sé que es difícil y que quien es capaz de reconocer aciertos del contrario o fallas del discurso propio es tachado de ingenuo, pero no veo así la realidad política: si creemos que la política es, o debe ser, un ejercicio de coherencia, hay que empezar practicándola con uno mismo y con los suyos.

6. Destilar unas políticas públicas complejas en lenguaje llano es difícil, pero hay que hacerlo. En gran medida, el gobierno moderno es comunicación. Poco más se puede decir: el lenguaje oscuro y enrevesado de la Administración y de sus representantes es una falta de respeto a los ciudadanos y una señal de mediocridad rampante. No se trata de simplificar el lenguaje, se trata de hacerlo accesible. ¿Es tan difícil de entender? Eso sí que sería revolucionario: que los políticos y las Administraciones hablaran y se expresaran en sus documentos con claridad.

7. Llena tu departamento de comunicación de escritores de verdad, incluye algún que otro artista gráfico, y de paso videógrafos y productores multimedia. Y ya que estás en ello, insiste en que el ejército de tecnócratas de los que dependes también reciba algún curso de expresión lúcida y no condescendiente. Amén.

8. El lenguaje maquiavélico de las noticias todavía puede ser eficaz en las sociedades controladas, donde es posible que no te pasen factura ni siquiera las mentiras más descaradas (Putin), pero en nuestro Occidente, con su conexión digital 360 grados, la negatividad ya no es lo que era. Exacto. Ahora es muy muy fácil detectar las mentiras y exponerlas públicamente. Se puede llenar la opinión pública de noticias falsas, pero más pronto que tarde se pillan.

9. La única empatía que podrá juzgar la opinión pública será la tuya. Ya puedes tener una legión de expertos en la fabricación de eslóganes de usar y tirar o en minería de datos, que lo importante es que seas capaz de transmitir autenticidad y que ésta sea honesta y empática con los demás. Y eso se tiene o no se tiene, no se fabrica, aunque se puede forjar, como dice Thompson, con “el talento y las lecciones que se adquieren con una larga experiencia”.

Y 10. El don de escuchar de verdad es igual de importante para el orador (político) que cualquier talento relacionado con el habla; en realidad, forma parte del mismo talento. Seguramente, el punto que lo resume casi todo: si sabes escuchar a los demás, sabrás comunicarte con ellos. Y eso vale para la política, para el periodismo y para la comunicación en cualquier orden de la vida.

Como veréis, el libro de Thompson me ha entusiasmado. Es muy recomendable para cualquiera interesado en la deriva del debate público hacia una suerte de república de las emociones más primarias, donde sin más importantes las frases publicitarias que las ideas articuladas. Pero, sobre todo, es muy recomendable para quienes se dedican al oficio de comunicar. Si os apetece, leedlo y creo que os será de mucha ayuda en vuestra tarea.

Y la contaminación tambien mató al periodismo

Los españoles hemos sido bombardeados en los últimos días con noticias en torno a las restricciones del tráfico en Madrid a causa de la contaminación atmosférica. No exagero con el verbo que he empleado: hemos sido bombardeados, asediados por televisiones, radios y periódicos hasta que no ha quedado un solo español vivo en el planeta tierra que no sepa lo que les ha pasado a los sufridos conductores de la capital del Reino, reconvertidos en mártires de la movilidad por mor de las decisiones de su alcaldesa, calificada directamente de heroína o bruja en función de a quien se pregunte.

Así, al episodio de contaminación atmosférica le ha sucedido otro de contaminación informativa que nos ha permitido comprobar el desmesurado centralismo que destila el paisaje periodístico español y cómo, para unos cuantos medios de comunicación y periodistas, España es lo que hay entre el paseo de la Castellana, la Gran Vía, unas cuantas calles colindantes y poco más. Más o menos como si más allá de la M-30 se dibujara un mundo oscuro y tenebroso en el que, a lo sumo, pasan cosas que luego sirven para rellenar las secciones de sucesos.

Pero más allá de esta endogamia tan jartible incluso para quienes nos encanta una ciudad como Madrid, lo que nos tendría que preocupar, como periodistas, es que el debate sobre la contaminación haya sido un ejemplo de cómo nos resulta más cómodo montar un espectáculo antes que contar qué está pasando y, sobre todo, por qué está pasando.

Como en tantas ocasiones, hemos visto en los medios muchos testimonios ciudadanos que aportaban poco y a unos cuantos políticos y tertulianos que aportaban todavía menos en su afán por convertir cualquier cosa y asunto en una trifulca política e ideológica para consumo de sus hooligans más fanatizados (y dejo a un lado lo de Esperanza Aguirre, cuyo encierro en su casa parecía más propio de un sketch de Los Morancos de Triana que otra cosa).

¿Y qué hemos echado en falta? Pues supongo que lo que casi siempre: información más precisa de lo que está ocurriendo, explicaciones sobre la contaminación y sus consecuencias y más contexto para entender el problema al que se enfrentan los habitantes de las grandes ciudades europeas. O sea, algo más de periodismo y algo menos de ruido y de crispación catódica.Ha habido muchos ejemplos de buen periodismo. Pero, por desgracia, éstos se han visto ahogados ante la fuerza del vodevil rancio en el que se ha convertido una discusión tan inevitable como la de saber qué demonios se puede hacer en una gran capital a la que cubre una  boina negra de contaminación.

La gota malaya de los socios de eldiario.es

Escuchamos tanto sobre las cifras de tráfico y de suscriptores de los grandes periódicos que cuando ahora llega uno como eldiario.es y nos anuncia hoy que han llegado a los 20.000 socios, puede que haya quien tenga la tentación de responder: ¿20.000 nada más? ¿tan sólo 20.000? Pues sí, 20.000, pero no “nada más”, sino “nada menos que 20.000”. Eldiario.es tiene sólo cuatro años de existencia y en este tiempo ha logrado esa cifra de socios y también 5,6 millones de usuarios únicos en el primer semestre de 2016 según Comscore. No está mal para un grupo de periodistas que se jugó sus ahorros y muy poco más.

 

Este portal informativo ha cumplido su objetivo de hacerse un hueco en el mercado con una propuesta de periodismo enfocado y anclado ideológicamente en la izquierda y con un modelo de negocio mixto en el que a la casa madre de la redacción central se le unen las franquicias regionales y una verdadera infinidad de portales temáticos especializados a la que ahora se unen acuerdos como el suscrito con The Guardian o compras como la de vertele.com que les ayudan a ganar tráfico. Todo un universo mediático en torno a una marca central. Y, por cierto, controlado por los periodistas fundadores del proyecto, lo que les permite ampliar su libertad editorial.

No es fácil lo que han logrado. Eldiario.es se dirige a un público comprometido y susceptible de pagar por un periodismo que se asemeje a lo que ellos reclaman. Pero para qué negarlo. Una cosa es tener potenciales suscriptores y otra cosa bien distinta es tener suscriptores de verdad. Y si además, a esos suscriptores se les dice que van a pagar para que los demás puedan leer todas las informaciones y opiniones del medio, las posibilidades de que esos potenciales y comprometidos socios te den un corte de mangas en la cara y se pongan de perfil a la hora de dar el número de la cuenta bancaria se multiplican de forma exponencial.

Ah, y una cosa más: te piden que te hagas socio igual que te lo piden unos cuantos medios más que se sitúan en su misma horquilla ideológica (de memoria, recuerdo ahora a los compañeros de Infolibre, a los de Contexto y a los de La Marea), con lo cual nos podemos encontrar con la situación paradójica de que hay una bolsa de lectores de esa determinada horquilla ideológica que sufren un verdadero bombardeo de ofertas de donaciones,  suscripciones y afiliaciones que no hay bolsillo que resista, salvo que me digáis que conocéis a mucha gente que está suscrita a cuatro o cinco medios digitales, en cuyo caso empezaré a pensar que tenéis unos amigos muy extraños.

El caso es que eldiario.es está creciendo. Poco a poco, como gotas malayas que suman una a una, han logrado una cifra estimable que socios que pagan a partir de cinco euros al mes cada uno de ellos para que el resto de los ciudadanos pueda leer eldiario.es. A cambio, además de la gratitud infinita y el aplauso de los periodistas que promueven el proyecto, tienen las noticias unas horas antes que los demás y poquito más.

A mi juicio, eldiario.es se ha movido en el alambre editorial propio de una apuesta arriesgada, pero con inteligencia, apostando por una propuesta informativa sólida y entendiendo que había un hueco entre un tipo de lector joven, inconformista y de izquierdas que estaba buscando una oferta periodística que ya no encontraba entre los medios de comunicación tradicionales más cercanos (El País).

Y si no lo creéis así, os invito a que veais algunas de las entrevistas que hicieron a los primeros socios del proyecto y que detectéis qué producto reclamaban estos lectores. Yo pongo siempre este vídeo en las clases que doy porque explica muy claramente lo que estoy diciendo.

Ese producto innovador fue eldiario.es, un proyecto hijo de un momento determinado de este país (15-M, movimientos sociales, la nueva izquierda…) y de la audacia editorial de un puñado de periodistas como Ignacio Escolar o Juan Luis Sánchez a los que la jugada editorial les ha salido más que bien, algo de lo que deberíamos alegrarnos todos los que creemos que todavía se puede hacer, como dice su lema, “periodismo a pesar de todo”. Enhorabuena. Y a seguir.

La marca personal sí que cuenta. El ejemplo de Rosa María Palacios

Rosa María Palacios. Fuente: blog de RMP

A través de un tuit de José Luis Orihuela me llega un análisis de un semanario peruano sobre la marca personal de la abogada y periodista Rosa María Palacios, un ejemplo de libro de una articulista que ha sabido trabajar su relevancia hasta el punto de que su blog de política peruana es un medio de comunicación en sí mismo y ella misma cuenta con una legión de seguidores en las redes sociales (en twitter, más de dos millones).

El análisis, firmado por Marco Eyzaguirre, pone el acento en características que son universales en todo aquel periodista que es capaz de generar una fuerte marca personal.

 

Rosa María Palacios es constante (publica cada dos o tres días) y “vende una postura”, algo que, si no me equivoco mucho, implica un par de cosas: 1. que se moja en los temas de los que habla y 2. que es capaz de generar una gran conversación en torno a sus artículos, calificados como “inflamables”.

El resultado es que Rosa María Palacios ha creado en torno a su marca una comunidad de lectores que sigue lo que escribe y que le permite ser a día de hoy una de las periodistas y blogueras más influyentes de su país.

¿Vive de eso? Directamente del blog parece que no (no he visto publicidad en un primer vistazo a su portal), pero Eyzaguirre subraya que el fortalecimiento de su marca le permite colaborar en otros medios que sí le generan negocio, en su caso una columna en un diario y la dirección de un programa de radio en Lima.

Haciendo memoria, su caso me recuerda al de periodistas españoles como Ignacio Escolar, cuyo blog, escolar.net, fue su medio de referencia hasta que éste empezó a alojarse en las grandes marcas que dirigió y dirige (Público y eldiario.es).

En todos estos casos, los periodistas han sabido captar cuál es el valor añadido de su marca personal y lo han sabido explotar en un ecosistema que permite que un simple individuo sea capaz de competir en igualdad de oportunidades con un gran medio en busca de la atención de los lectores. Algo impensable hace no tantos años.

Naturalmente, la mayoría de los que intentan hacer lo mismo no logran la relevancia ni de Rosa María Palacios ni de Ignacio Escolar u otros casos similares. Pero bueno, no me digáis que no es un buen ejemplo de que la marca personal sí importa a la hora de buscarse la vida en este negocio del periodismo. Cuanto más nos conozcan, mejor. Estamos en el negocio de la relevancia. Y el que mejor lo comprende, es el que termina ganando.

Uniendo fuerzas en el periodismo

Reunión de medios promotores de 'El Salto'. Fuente: Diagonal

Esta semana he leído que un grupo de unos veinte medios españoles con posiciones ideológicas de izquierda han decidido unirse para crear una marca común que, como ellos mismos sostienen, les permita dar lo que ellos mismos llaman El Salto. En este artículo de Diagonal que os acabo de enlazar tenéis información de una iniciativa que, más allá de sus filias ideológicas, es muy interesante como asunción de una realidad: Mejor unidos que haciendo cada uno la guerrilla de trincheras por su cuenta.

No es fácil. Algunos de sus promotores han tenido que digerir un par de ideas con mucha sustancia: la primera es asumir que por separado no iban a llegar muy lejos y la segunda es entender que la gente no está tan dispuesta a a financiar sus proyectos de periodismo. O al menos, no la gente suficiente.

Lo explica muy bien en un artículo en Contexto Naiara Puertas, así que no me detendré mucho más en este aspecto. Cuando se ponga en marcha, veremos en qué queda este experimento con el inconfundible aroma asambleario de la izquierda de Podemos y las también inevitables ínfulas de todos aquellos proyectos de periodismo que abominan de lo que se puede leer ahora en las cabeceras tradicionales.

Lo que sí me interesa resaltar, y es en positivo, es que se trata de un movimiento que entiende la necesidad de unir fuerzas para evitar que la fragmentación te expulse del mercado. Y que esa comprensión nace tras asumir la falta de viabilidad de proyectos que recelan de la publicidad, pero que ni tienen músculo financiero ni son capaces de generar ingresos por la vía de las donaciones y de las suscripciones.

Si hay dos, tres, diez o quince pequeños portales de información que compiten por el mismo tipo de lector, no puede haber razones para no intentar trabajar con un sistema de economía en escala, que, por un lado, puede ahorrar costes, y por el otro, puede hacerse más atractivo para los lectores y también para los potenciales anunciantes del medio. Bueno, esto último para el caso de que no rechacen a las empresas como si fueran Belcebús con contables y cuentas de resultados.

El ecosistema español de los medios está rompiéndose, pero precisamente por eso es tan importante empezar a trabajar en acuerdos de colaboración entre medios que permitan ganar en tráfico que, a su vez, permita hacer ofertas competitivas con las que ganar el dinero que se necesita para hacer viables a los medios.

Lo hemos visto últimamente con el acuerdo al que han llegado Publico y Contexto, con los convenios de colaboración que está firmando El Español con portales como Crónica Global o Bluper o con las alianzas y compras que está haciendo eldiario.es. Si se quiere competir con los grandes, hay que ganar en tráfico, pero cuidando de no ganar en costes. Y eso se consigue con acuerdos como el que pretenden los promotores de esta iniciativa. Ojalá consigan sus objetivos. Cuanta más pluralidad, mejor. Y cuanto antes aprendamos los periodistas a hacer sostenibles nuestros proyectos, todavía mejor.

El periodismo y la leyenda urbana de la presunción de inocencia

Justicia.

He participado en unas jornadas de la Unión de juristas independientes de Andalucía en torno al proceso penal, los medios de comunicación y la presunción de inocencia. Y quiero pasaros algunas de las reflexiones que trasladé sobre una presunción que, a mi juicio, ni existe ni se la espera en el mundo del periodismo y los periodistas.

Vamos a dejarnos de correcciones políticas. A día de hoy, no existe la presunción de inocencia en los medios de comunicación. La que habita entre nosotros es otra, es la presunción de la culpabilidad de casi todo el que se vea envuelto en cualquier causa penal. Y en ocasiones, incluso de los que ni siquiera han sido llamados por la Justicia.

Discutir, hoy día, si existen o no las denominadas penas de telediario es una cuestión tan estéril como debatir si internet ha cambiado o no nuestras vidas. Pues claro que sí. Y además han amplificado su espectro gracias a las redes sociales, unas herramientas que fabrican Torquemadas en cantidades industriales dispuestos a condenar a quien se les ponga por delante con la sola ayuda de un smartphone y de una cuenta en Twitter o en Facebook.

 La prensa

Si quieren buscar culpables, no hagan generalizaciones ni se dirijan a quienes hacen información política, judicial o policial. A ellos sí que se les puede aplicar la presunción de inocencia. Lo digo tras conocer a grandísimos profesionales especializados en la información de tribunales y de sucesos, gente que se ha pateado hasta la última comisaría de barrio y a la que le han crecido las uñas haciendo guardias a las puertas de los juzgados de instrucción.

Por supuesto que los hay que cargan con ligereza en los adjetivos y que usan el dedo acusatorio en sus crónicas como si en vez de periodistas fueran jueces omnímodos, pero no son mayoría. Aunque a algunos se los parezca, no lo son.

Lo que ocurre es que hay derivas que tienen sus consecuencias. Y en el periodismo son palpables. Me voy a referir a dos de ellas que están relacionadas: la precariedad laboral y la deriva hacia el periodismo espectáculo.  

Con tantísimos despidos en los medios, no había que ser Einstein para pensar que las redacciones se iban a llenar de compañeros  que no tienen ni la solvencia ni el conocimiento necesario para enfrentarse a determinados asuntos. No es su culpa. Eso se gana con el tiempo y aprendiendo de los más veteranos. Y en periodismo, ya no hay tiempo y casi que no hay ni veteranos: han sido expulsados.

Y en segundo lugar, como vivimos a la caza del click o de un par de puntos más de audiencia, los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Y lo estamos pagando también con el descrédito.

Basta con acercarse al soporte donde se conforma y moldea la opinión pública, la televisión, y al tratamiento que se le dan a las informaciones judiciales ligadas con la política.

Los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Los programas políticos de las televisiones de mayor audiencia son una reencarnación catódica de las tabernas medievales en las que gana quien grita más y quien conecta mejor con una audiencia que reclama un castigo fulminante a quienes supuestamente nos roban y nos saquean.

Los platós se convierten en escenarios de películas de Berlanga donde el pueblo, soberano, pide la cabeza de todos los sinvergüenzas que  nos explotan. Y el público, el pueblo o como quieran llamarlo, pide justicia, pero no de la que se asienta en el Estado de Derecho sino de la que algunos utilizan sin pudor como sinónimo de carnaza y de linchamiento.

Pues bien, en ese contexto: ¿alguien nos va a decir de verdad que la presunción de inocencia se cuida, o que al menos intentamos recordar que existe? Estamos hartos de condenar a la gente sin necesidad de que lleguen a juicio. Y en eso, los medios de comunicación tenemos nuestra parte de culpa. ¿O es que alguien nos obliga a convertirnos en tribunales populares?

La balanza de la justicia. Fuente: pixabay.com
La balanza de la justicia.

No se trata de que quienes nos dedicamos a esta profesión tengamos la maldad en nuestras venas. En ocasiones, simplemente nos olvidamos de que existe porque nos creemos que lo que dice un juez, la Policía o la Guardia Civil en la instrucción de un caso es más o menos la palabra de Dios y que, por tanto, todo aquello que ellos concluyan en sus investigaciones no puede ser puesto en cuarentena.

Pero en lo que sí tenemos mucha responsabilidad, y en eso por supuesto me incluyo el primero, es en haber pervertido el lenguaje por encima de nuestras posibilidades:

Pondré un ejemplo clasico, el de la utilización torticera del término ‘imputado’. Yo estudié Derecho en la Universidad de Sevilla en los años ochenta y, si mal no me acuerdo, a mí me dijeron que la imputación era una garantía procesal.

Vargas Llosa se hacía en el arranque de su obra ‘Conversación en la Catedral’ la pregunta de ¿cuándo se jodió el Perú? Parafraseándolo, yo me sigo preguntando como periodista cuándo se jodió la palabra imputación y cuándo decidimos los medios de comunicación que si alguien era imputado (ahora es investigado), automáticamente había que tratarlo como alguien condenado en sentencia más que firme.

La dictadura de la afirmación rotunda

Los periodistas cometemos errores, pero una cosa es cometer errores y otra bien distinta es instaurar la dictadura de la afirmación rotunda, un régimen de verdades absolutas que condena a los encausados sin dejarles ni el derecho a la más mínima defensa.

¿Qué podemos hacer? En las mismas jornadas a las que asistí le escuché decir al periodista Diego Suárez que una de las mejores maneras de luchar contra nuestros errores es apostar más si cabe por la especialización de los profesionales, que son quienes tienen que aportar el rigor y la solvencia con la que hay que manejarse en estos asuntos.

Pues sí, así que sólo añadiré tres ingredientes a esta receta: una mayor templanza y mesura por parte de quienes dirigen las redacciones, libertad editorial para no dejarse llevar por intereses espurios y, sobre todo, no olvidarnos que los periodistas nos podemos equivocar y que podremos ser más subjetivos que objetivos, pero que sobre todo lo que tenemos es que ser honestos con la audiencias y con nosotros mismos. No hay otra.

La Sexta, la política y el espectáculo de la televisión

La Sexta noche

Leo en un blog muy recomendable de televisión de La información que La Sexta TV ha arrasado en las audiencias del sábado con sus programas maratonianos de cobertura de la crisis del PSOE. A quien haya seguido esta crisis en las redes sociales no le ha podido sorprender. Un número nada desdeñable de usuarios comentaba las últimas jugadas del partido a partir de los datos, opiniones y análisis que proporcionaba esta cadena de televisión y otros tantos cuantos alababan o despotricaban a Antonio García Ferreras, a Ana Pastor y a otros integrantes del universo mediático de la Sexta como si todos ellos también votaran en ese Comité Federal o trabajaran en favor o en contra de alguien.

Vehemencias y esoterismos editoriales aparte, lo de ayer en La Sexta  es un acierto más de una cadena que ha sabido posicionarse y que sabe aprovechar cualquier acontecimiento de este tipo para consolidarse como una marca de referencia cuando se trata de seguir lo que ocurre en la política en España.

Hasta no hace tanto, cada vez que ocurría algo importante todos poníamos el telediario de TVE. Ahora no, ahora ponemos La Sexta. Y les aseguro que no es porque las hadas se han confabulado en favor de un canal por razones desconocidas.

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Posicionados en un nicho de mercado

La cadena de perfil progresista de Atresmedia ha encontrado su nicho en un ecosistema saturado y lo aprovecha hasta exprimir la última gota del share. Y muy bien que hace.

La fórmula es hija de quien dirige informativamente la cadena: Antonio García Ferreras. Pasión por la política, pasión por el periodismo de trinchera que se arriesga en el área, sentido del espectáculo y un sentido del ritmo que es marca de la casa desde que García Ferreras empezó a trabajar en la Cadena SER a finales de los ochenta.

Antonio Garcçia Ferreras.

La Sexta es el nuevo ‘Parlamento catódico’ de España

La Sexta se ha convertido en el nuevo Parlamento catódico que alimenta a las redes sociales, en un Congreso escorado a la izquierda pero donde todos los adictos a la política de cualquier sensibilidad ideológica se sienten más o menos representados.

Y todo eso es porque se ha especializado, ha focalizado sus esfuerzos y ha sabido entender que para hacerse un hueco en el ecosistema de la televisión, tenía que buscar una voz muy definida y a la que todo el mundo pudiera identificar.

Ese objetivo ha sido alcanzado. La Sexta se ha convertido en la CNN de las noticias en español y ahora se dedica a consolidar su posición y a ampliar su nicho en el mercado. Como vimos el sábado, lo está consiguiendo.