Zuckerberg, aclárate

He escrito en el portal de tecnología Nobbot, de Orange, sobre la relación errática y contradictoria que está teniendo en los últimos años Facebook con los medios de comunicación. Aunque no le guste a Zuckerberg, Facebook es ya el mayor editor y distribuidor de noticias de la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, tiene una responsabilidad sobre aquello que se publica en su plataforma. La proliferación de noticias falsas en sus muros, la ‘apropiación’ del negocio publicitario que antes monopolizaban los medios y su escaso cuidado hacia estos últimos le puede pasar factura. Zuckerberg tiene que saber cuál quiere que sea su relación con los medios. Y los medios tienen que preguntarse qué relación y qué grado de dependencia quieren de un gigante que amenaza con difuminar sus marcas.

Peretti lanza un SOS para los medios virales… y lo vende como si quisiera “salvar internet”

El editor de BuzzFeed Jonah Peretti es uno de los tipos más interesantes de la industria del periodismo. Pero tiene un problema. Vende su producto con la convicción megalómana de Larry Page, Serge Brin o Mark Zuckerberg. Pero su Buzzfeed ni es Google ni es Facebook.

Peretti es un profeta de la viralidad, un editor disruptivo que nos anunció que iba a revolucionar el paradigma de los medios de comunicación con la irrupción de marcas como la suya, que se aprovecharían de la distribución de sus contenidos en Google, Facebook y otras plataformas sociales para solucionar el gran problema al que se enfrenta la industria: cómo demonios ganar con el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Peretti se entregó a la causa y levantó un medio donde supuestamente reinventó el periodismo llenando su portal con noticias virales, memes y fotos de gatitos y de famosos.

Al igual que otros medios como Vice o Mic, abrió canales más serios para blanquear su oferta de entretenimiento informativo y ganar dinero con el tráfico que generaba su web. Nunca consiguió que lo consideraran un medio serio, pero ganaba dinero, muchísimo dinero. Y eso lo tapaba todo. Era uno de los dos grandes ejemplos a seguir para los angustiados por el derrumbe del ecosistema periodístico (el otro, en sus antípodas, es The New York Times).

Pero, en ésas, Facebook cambió su logaritmo y dejó de mimar a los medios virales. Y lo que se derrumbó fue su sueño y el de otros tantos adalides del click ansioso. Crisis en este tipo de productos informativos, caídas bruscas de audiencia y de ingresos. Y vuelta a pensar en…cómo demonios ganar dinero con el periodismo.

Estos días leemos que Peretti ha pedido una alianza entre las grandes plataformas y buscadores como Google y Facebook y los medios de comunicación. El editor de BuzzFeed sostiene que las plataformas no han hecho sus deberes en la lucha contra las noticias falsas provocando, con su inacción, que internet no sea el mejor de los lugares, y pide un gran acuerdo entre todos porque “juntos podemos salvar internet”.

Mucha grandilocuencia para esconder una obviedad: más que “salvar internet”, lo que este editor quiere es “salvar BuzzFeed”, un empeño muy legítimo, pero que tiene también muy poco que ver con las pretensiones tan elevadas que dice tener este gurú de la viralidad.

Peretti y el resto de los editores de medios virales están en tierra de nadie.

No tienen credibilidad suficiente para crear una comunidad en torno a ellos sobre la que puedan construir un modelo de negocio sostenible (si a la gente le cuesta pagar por un medio más o menos fiable que aporte noticias, qué podemos decir de lo que querrán pagar por un portal de titulares SEO y de fotos epatantes).

Y tampoco van a lograr llamar a la conciencia generosa de Google y Facebook, quienes, en el caso de que se apresten a negociar algo con los medios de comunicación, lo harían con otro tipo de marcas (un ejemplo: los grandes diarios y cadenas norteamericanas y europeas) y por otras razones (otro ejemplo, la lucha contra las noticias falsas en las campañas electorales).

El modelo de Peretti ha demostrado ser esclavo…de su propio modelo. Lograron la cima atados a la viralidad y se han despeñado por culpa de ella. Y por una simple razón: la viralidad no la controlaban ellos, sino los dueños de los buscadores y de las redes sociales. Cuando estos han dicho “basta”, el negocio se ha acabado. Pero no el de ese internet que presuntamente hay que salvar, sino el de ellos. Nada más.

Sobre el mito de los ‘Spotify’ del periodismo

Estoy muy de acuerdo con lo que dice David Chavern, presidente de la News Media Alliance, cuando sostiene que un Spotify para las noticias no es una solución para la crisis estructural que atraviesa la industria (tradicional) de los medios. Añadiría sólo que, a tenor de las experiencias de los últimos años, esa misma idea vale para cualquier proyecto de quiosco digital en el que se puedan leer un buen número de medios o artículos sueltos a cambio de una suscripción.

Las noticias no son canciones que escuchas una y otra vez en los cascos que conectas a tu teléfono móvil. Salvo en el caso de los textos de largo aliento y que no atienden a la actualidad más inmediata, se trata casi siempre de productos perecederos. En la mayoría de los supuestos, nacen y mueren en horas. Y eso está en las antípodas de cómo funcionan modelos de negocio como el de Spotify o, con algunos matices, el mismo de las plataformas de streaming como Netflix, HBO o Movistar.

Pero aparte de este hecho, hay otros dos factores que me resultan también claves para entender porqué es difícil que funcionen estas plataformas de noticias.

En primer lugar, no veo por ningún lado qué ganan las empresas periodísticas dándole el poder a terceros que se encargarían de distribuir las noticias. Ya sabemos, por la experiencia de los últimos dos años, que los medios no pueden depositar sus esperanzas de salir adelante en manos de gigantes como Facebook, Apple o Google. Entonces, ¿para qué darle este poder a otra plataforma, aunque supuestamente fuera controlada por los propios medios? ¿no choca este planteamiento con la idea de que las marcas informativas tienen que dedicarse a crear relaciones de confianza con sus lectores y a controlar sus propios procesos de distribución para no depender de terceros?

Y en segundo lugar, como le pasa a muchos, yo le encuentro valor a apuntarme a una plataforma para ver series o escuchar música, pero no le encuentro ese mismo atractivo a pagar una suscripción para apuntarme a un quiosco digital de noticias. Al menos ahora que la oferta libre es tan abundante… y tiene la misma calidad que la de estas potenciales plataformas.

Hazte la pregunta a ti mismo: ¿pagas por ver series o escuchar música? ¿y pagarías por un quiosco digital? Tal vez cuando los muros de pago de casi todos los grandes medios estén a la orden del día, haya un hueco para que estas plataformas puedan tener posibilidades de éxito. Pero, ahora, parecen una quimera.

Apple también quiere quedarse parte del negocio de las noticias

Leo en Xataka.com que Apple trabaja en la creación de un servicio de noticias por suscripción que permitiría leer las grandes cabeceras periodísticas del mundo por un precio fijo y se supone que sin anuncios. De lo que ha trascendido sobre las negociaciones de la tecnológica con las empresas editoriales, se sabe que Apple quiere quedarse con el 50% de los ingresos de cada suscripción y que, además, se haría con los datos personales de cada uno de los usuarios que se suscribiesen a su servicio. La compañía de Tim Cook repetiría así la jugada que ha hecho en el sector de la música y en las películas, pero reservándose mayor porcentaje de las futuras ganancias del servicio (50/50 frente al 30/70 de los otros servicios).

Las condiciones del acuerdo se antojan leoninas para los medios de comunicación, pero tendrán que ser las propias empresas periodísticas las que evalúen si les interesa explorar esta potencial nueva vía de ingresos o si les conviene más quedarse fuera de este nuevo canal de distribución. Nadie les pone una pistola en el pecho para que firmen. Si las condiciones no les parecen las propias de un secuestro con petición de rescate, que firmen; y si sí se lo parecen o simplemente no se encaja con sus estrategias de futuro, pues que no lo hagan.

Pero, en cualquier caso, el plan de Apple para la creación de este quiosco universal de la información sí que nos hace reflexionar sobre dos ideas ligadas entre sí que me parecen capitales para entender el futuro de los medios.

En primer lugar, refrenda la idea de que la distribución masiva de las noticias ya no depende de las compañías periodísticas sino de terceros como Google, Facebook o la misma Apple que deciden cuáles son las reglas del juego porque para eso son quienes tienen la llave de acceso al tráfico de estas noticias.

Y, en consecuencia, en segundo lugar, parece dar la razón a quienes entienden que los medios tienen que trabajar también en el control de la distribución de las noticias para no depender en exclusiva de unos terceros que defienden los intereses de sus accionistas y no de los accionistas de esos medios. De ahí este fiebre suscriptora que alcanza a los medios de comunicación de casi todo el planeta.

Al respecto, tengo curiosidad por saber qué van a hacer en esta negociación todas esas empresas, con The New York Times a la cabeza, que han decidido centrarse en sus suscriptores mediante el establecimiento de muros de pago y otras estrategias centradas en crear comunidad alrededor de sus marcas. Entrar en la plataforma de Apple puede generarles ingresos, pero les aleja de la filosofía que ha marcado sus últimos pasos y les haría volver a ser dependientes de un canal que no controlan, con todo lo que eso significa. Veremos si les salen las cuentas.

Os paso por aquí un punto de vista distinto, el de Enrique Dans:

Facebook y los medios: pan para hoy…y una guillotina para mañana

Facebook. Fuente: pixabay.com

En un margen de menos de cinco minutos aparecen en mi cuenta de Twitter un par de informaciones que abundan en la idea del descalabro que vive la industria del periodismo. En la primera, El Confidencial hace recuento de los despidos en España en las últimas semanas en Playground, BuzzFeed y Eslang. Y en la segunda, Vox Populi hace hincapié en el dato de que las cuatro principales cabeceras de prensa de papel de este país venden ya juntas menos ejemplares que lo que vendía solo El País hace ahora diez años.

Si siguiéramos pensando con el esquema mental de las secciones de los periódicos, no sería exagerado decir que, de un tiempo a esta parte, las noticias sobre los medios de comunicación sólo aparecen en la página de las esquelas. Y los periodistas hemos empezado a pensar que la mejor noticia sobre los medios de comunicación es que no haya noticia, que a la pregunta de “¿Qué? ¿Y tú medio cómo va?”, la respuesta más esperanzadora sea “bueno, parece que bien, no nos dicen nada”.

Si algo nos dice la visión de conjunto de estas dos informaciones es que estamos viviendo una vuelta de tuerca en la reconversión digital de la industria de los medios. O, si se prefiere, de una suma de crisis superpuestas. Al declive inevitable de los periódicos y revistas se suma ahora la caída de los productos periodísticos digitales cuyo modelo editorial y de negocio se basaba en la viralidad multiplicada casi hasta el infinito por Facebook.

Ambos casos son distintos. El primero, el del papel, está más que diagnosticado y no merece ya mayor discusión. El segundo tiene sus raíces en la relación de primero amor y después odio que han establecido los medios de comunicación con la red social de Mark Zuckerberg. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de medios: aquéllos que quisieron aumentar sus audiencias con Facebook y aquéllos cuyo tráfico vivía en exclusiva de esta red social.

https://www.eldiario.es/tecnologia/quizzes-listicles-busqueda-exito-Internet_0_864414287.html

Cuando Facebook cambió el pasado año su algoritmo para primar las historias personales por encima de las de los medios, los primeros vieron cómo su tráfico disminuía, pero seguían teniendo lectores que accedían a través de otros canales. Los segundos, no. Los segundos, según descubrimos, sólo vivían gracias a Facebook. Y cuando éste dijo basta, adiós medios y adiós puestos de trabajo en los denominados medios virales, engordados con el clembuterol de los algoritmos.

Como consecuencia, hemos vuelto a entender que los medios necesitan establecer relaciones de confianza con sus comunidades que les permitan obtener ingresos que los hagan sostenibles sin necesidad de depender por completo de las redes sociales o de Google. Y ésa es la razón que hay detrás de la fiebre de las suscripciones y de los anuncios de muros de pago en buena parte de la prensa española.

https://www.nobbot.com/firmas/medios-de-informacion-pago/

Y, si se quiere, un par de lecciones de lo que está ocurriendo: 1. hay que volver a tomar el control en la relación entre los medios de comunicación como proveedores capaces de generar confianza y los lectores como clientes dispuestos a comprometerse pagando por los productos informativos. Y 2. por muy importante que sea el tráfico que viene de una red social, depender de un tercero como Facebook puede ser pan para hoy y una guillotina para mañana.

Tal vez el problema no sea Twitter sino nosotros mismos

Está adquiriendo una gran repercusión un artículo firmado por el columnista del The New York Times Farjad Manhoo en el que, básicamente, recomienda a los periodistas que abandonen Twitter o que luchen contra su adicción a esta red social.

Manhoo hace una aproximación provocadora al asunto para llamar la atención de los lectores, pero lo que sostiene tampoco le convierte en el típico enfant terrible del periodismo que sólo busca impactar exponiendo con fuegos de artificio alguna teoría audaz o pretendidamente innovadora.

Su mensaje es de sentido común: si no eres capaz de controlar Twitter, déjalo antes de que Twitter te controle a ti. Y si no, regula su uso. ¿Quién puede no estar de acuerdo?

Todos los que sois periodistas sabéis que nuestro perfil medio encaja en el del adicto a una red que nos ofrece una oferta casi infinita de lo que más nos atrae.

Twitter es el sitio donde encontramos todas las noticias las 24 horas de los siete días de la semana. Nos gusta consultar nuestro timeline a la hora de levantarnos de la cama, cuando nos desplazamos, cuando trabajamos, en cuanto tenemos un descanso, por las noches en el sofá, y luego cuando nos acostamos, apagamos las luces del dormitorio y sólo queda la luz de la pantalla de nuestro móvil.

Pero también es nuestra particular hoguera de las vanidades, el lugar al que acudimos a exponer nuestras mercancías (a veces, antes incluso que en nuestros medios o directamente sin pasar por ellos), a demostrar ingenio o a buscar el aplauso fácil y la carantoña de los cercanos.

Y lo peor es que en demasiadas ocasiones es el sitio donde nos agriamos y nos indignamos compulsivamente, practicando un pensamiento tribunero que nos obliga a opinar casi de todo y a hacer juicios sumarísimos de cuanto ocurre a nuestro alrededor.

Una herramienta irresistible para nuestros egos, para nuestras filias y en especial para nuestras fobias.

Twitter nos crispa en exceso, nos distrae demasiado, nos hace sumergirnos alegremente en una burbuja endogámica donde casi todos piensan igual y también nos roba casi todas las horas del día. Pero, tal vez, el problema no esté en Twitter sino en nosotros mismos.

Twitter es una aplicación. Nada más. Y las aplicaciones están al servicio de los consumidores. No al revés. Como herramienta es extraordinaria para el trabajo periodístico, pero requiere de unas pautas mínimas de comportamiento. Pautas sencillas y aplicables en cualquier orden de la vida.

Yo soy periodista y pienso seguir en Twitter, pero ya he asumido que debo de cuidarme y administrar mi dosis diaria para no convertir esta herramienta en una adicción que me impida, por ejemplo, ver una película o leer un libro o un artículo largo sin evitar la tentación de echarle un vistazo a mi teléfono cada cuarto de hora. Y, por supuesto, no pienso usar esta aplicación para derramar bilis hasta que no me quede nada ácido dentro de mi cuerpo.

Twitter es ya la gran plaza pública del periodismo y seguramente lo siga siendo por bastante tiempo. Pero vivir allí a todas horas no es bueno para los periodistas. Y usarlo para ajustar cuentas con el mundo, menos todavía. Al menos, para nuestra salud mental.

Un manual de supervivencia para Medium

Medium es una plataforma con estilo. Un sitio donde publicar en el que tratan bien tanto a los que escriben como a los que leen. Buenos textos, bien editados y sin una publicidad tan insoportable que te entran ganas de instalar de inmediato en tu dispositivo un bloqueador de anuncios. Medium no es así. Medium es cool. Pero tiene un problema. Y nada anecdótico: no da dinero.

La plataforma creada por Evan Williams, también fundador en su día de Twitter, ha asumido la realidad. Los contenidos patrocinados no da de sí para sostener el invento. Y si insiste en su idea de no competir por las grandes campañas publicitarias (con lo que eso conlleva de luchar por los clicks y abonarse a la carrera alocada por la viralidad), sólo le queda una alternativa: cobrar por las lecturas.

Medium no quiere cobrar a todo el que acceda, pero sí quiere implantar sistemas de suscripción para quienes quieran acceder a un contenido exclusivo.

Como idea, es aventurada. La mayor parte de los modelos de suscripción tienen graves dificultades para acceder al número de lectores necesario para hacer sostenible. Se necesita una información que ofrezca realmente valor añadido (por ejemplo, prensa económica como Finantial Times) y una clara apuesta de compromiso por parte de los lectores con medios considerados como prensa de calidad (pongo dos ejemplos distintos: The New York Times y el francés Mediapart).

Pero hay dos factores que pueden ayudar a Medium a lograr su objetivo:

En primer lugar, hay una conciencia clara de que los proyectos que se aposentan en torno a la caza de los cliks tienen un recorrido muy corto. O eres el líder y accedes a las principales campañas publicitarias o no tienes nada que hacer.

Y en segundo lugar, empieza a percibirse que cada vez hay más lectores dispuestos a pagar por informarse pese a que tienen a su alcance, a un solo golpe de clikc y de forma gratuita, toneladas y toneladas de noticias. Crece el número de personas dispuestas a comprometerse con un medio de comunicación y dispuestas a pagar para que ese medio pueda seguir haciendo periodismo.

¿Por qué? Porque cada vez hay más gente que quiere medios capaces de hacer de contrapeso a los poderes estabecidos que desprecian la verdad. El caso más paradigmático es el del crecimiento elevadísimo del número de suscriptores de aquellos periódicos norteamericanos que han recibido los ataques furibundos de Donald Trump, pero no es aventurado decir que este fenómeno también se va a extender a otros países y favorecerá a todos aquellos que quieran apostar por un periodismo que no sólo quiera contar la actualidad, sino que pretenda interpretarla.

El pago por suscripción se está abriendo paso. Y Medium quiere aprovecharlo. Si lo consigue, habrá conseguido su lugar en el periodismo. Y si no, mucho me temo que seguirá el paso de otras plataformas que llegaron para cambiar el mundo de la información y se quedaron por el camino.