Podemos parte en dos bandos al periodismo español

Foto. Web de eldiario.es
Ha pasado sólo día y medio desde que la Asociación de la Prensa de Madrid denunciara a Podemos por sus presuntas coacciones y amenazas a periodistas y la tribu periodística patria ya se ha dividido sin remedio y sin matices entre los que muestran su fobia a Podemos y los que han decidido que Podemos es el paraíso y Pablo Iglesias su mesías.
 
 
1. Podemos tiene razón en quejarse de que se les acuse de algo tan grave sin que se hayan aportado pruebas.
2. Es entre angelical y surrealista que algunos se hayan dado cuenta ahora que los partidos políticos, instituciones públicas de todo pelaje y empresas privadas con buenos bíceps en sus cuentas de resultados presionen a los medios (y, por cierto, cuidado con que no te presionen que, entonces, será señal de que no tienes influencia ni relevancia ni nada que se le parezca)
Y 3. Pues claro que Podemos tiene una idea del periodismo más propia de regímenes totalitarios que de sociedades democráticas. Y a muchos de los suyos les parece de lo más normal del mundo hacerle un escrache al periodista que ose criticarles. Lo normal en quien prefiere un modelo de prensa más parecido al de Ecuador o Bolivia que al de Suecia, Alemania o Francia. ¿O no nos habíamos dado cuenta hasta ahora?
 
Pero a lo que iba. Lo que sorprende es el hooliganismo ciego de algunos compañeros y compañeras que se han puesto la camiseta de sus devociones personales para denunciar que o bien Podemos es, en este caso, la reencarnación de Satán con coletas, o bien es poco menos que una agrupación de unos heroicos e inmaculados ciudadanos sometidos al escrutinio de unos malvados que se venden por un plato de lentejas o por unas entradas para ver al Real Madrid desde algún palco del Bernabéu de Florentino Pérez.
Un poco de equilibrio, por favor.
Lo de Podemos y los periodistas es inaceptable, lamentable y denunciable. Pero igual que otros casos que también se han denunciado. El respeto no cotiza en la bolsa de las relaciones de los informadores, las instituciones y los ciudadanos.
Y sí, el periodismo español tiene problemas muy graves como la precariedad, los despidos, el miedo a que te despidan, el derrumbe del modelo tradicional de los periódicos, la caída de la publicidad, la falta de adaptación a nuevos modelos marcados por el uso del móvil y las redes sociales y unos cuantos problemas más que no cuento para no deprimir a más gente de la cuenta.
Pero eso no es excusa para que muchos compañeros se muestren tan condescendientes con un partido, Podemos, cuya concepción del periodismo dista mucho de lo que hasta ahora entendíamos que era la libertad de prensa en los países democráticos.Y si no, decidme: ¿es normal que su única manera de defender a Podemos sea decir que el resto también presiona? ¿es eso una defensa propia de un periodista que pretende ser honesto consigo mismo y con los valores de la profesión? ¿de verdad que veis normal y hasta admisible lo que hacen o es que ya todo vale?

Podemos y sus problemas con el periodismo

Pablo Iglesias. Podemos. Foto: web de El País.

La Asociación de la Prensa de Madrid ha recibido una petición de amparo de un grupo de periodistas por el supuesto acoso y presión que sufren a manos de altos cargos de Podemos. Y en vista de las pruebas documentales aportadas por estos compañeros, ha emitido una nota pública en la que exige a este partido político “que deje de una vez por todas la campaña sistematizada de acoso personal y en redes que viene llevando a cabo contra profesionales de distintos medios, a los que amedrenta y amenaza cuando está en desacuerdo con sus informaciones”.

En primer lugar, no parece recomendable lanzar una acusación tan grave sin aportar las pruebas que confirmen las denuncias. Si hay periodistas que se sienten amedrentados, desde mi punto de vista deberían de decirlo públicamente. Con sus nombres y apellidos (no sería la primera vez: ya hemos visto casos de periodistas que han tenido que defenderse de ataques lamentables) y cuanto antes. Y si tienen miedo o prefieren no dar sus nombres porque no quieren ser protagonistas de nada, que salga la APM y el resto de asociaciones de prensa y que demuestre lo que está diciendo, pero con pruebas y testimonios. Podemos, como cualquiera, tiene derecho a saber exactamente de qué se le acusa y quién le acusa. Es elemental.

En segundo lugar, que no se nos olvide que la presión de políticos y medios (y también en ocasiones en sentido contrario) es consustancial al ejercicio del periodismo político y no entiende de siglas ni de ideologías. Puede ocurrir en cualquier parte y afectarle a cualquiera. También al PP, al PSOE, a Ciudadanos y al último de los grupúsculos políticos que conozcamos. Y también puede ocurrir con la Banca, con las grandes empresas y con otras instituciones con mayor o menor fuerza. Es ley de vida y hay que saber en qué territorio nos movemos. Las presiones a los periodistas no son patrimonio de Podemos. Así que, por favor, no nos caigamos de un guindo ni tampoco en visiones maniqueas.

Otra cuestión es el nivel al que lleva Podemos sus presiones y la concepción que tiene Podemos de los periodistas y en general del periodismo, más propia de regímenes populistas semitotalitarios que de democracias avanzadas de corte occidental.

Muchos dirigentes de esta formación, empezando por Pablo Iglesias, han demostrado en su trayectoria un gran desprecio por la mayor parte del trabajo periodístico de este país y se han encargado de calificar cualquier crítica a su labor como un ataque de periodistas lacayos y miedosos que están las 24 horas del día al servicio de una malvada oligarquía de intereses políticos y empresariales cuya única labor es fastidiar a Podemos por ser quien de verdad representa al pueblo.

No hay que bucear en hemerotecas ni navegar mucho por Google para saber lo que piensa Pablo Iglesias de los periodistas. Sólo soporta a los que él considera que están de su lado, del lado de la verdad, y encima hasta se molesta con aquellos de los suyos que, en un momento dado, osan discrepar.

A los demás, que son mayoría, no los puede ni ver, los detesta. Y ya sabemos qué es lo que haría con los medios de comunicación privados. Así que tampoco puede sorprender que los ataque o que mande a sus terminales en las redes sociales a vociferar contra los periodistas. Total, si lo hicieron el día de la Nochebuena con Íñigo Errejón, que es uno de los suyos, ¿por qué no lo van a hacer con un periodista que por su condición de informador pasa a ser de inmediato un enemigo del pueblo que no merece ni el beneficio de la duda?

 

 

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

El odio enfermizo al periodismo del nuevo ‘Mister tuit’

CNN.com

A Trump no sólo no le gustan los periodistas, sino que parece haber decretado una orden de alejamiento que les impide acercarse a él. Los quiere cuanto más lejos mejor. Ya ha demostrado que se puede ganar en las elecciones presidenciales despreciando a los medios. Y ahora está empeñado en demostrar que se puede gobernar sin comparecer ante ellos y tratándolos como a enemigos del pueblo soberano.

Han pasado más de dos meses desde que los estadounidenses le eligiesen como presidente del país más poderoso del planeta y el nuevo inquilino de la Casa Blanca sigue sin dar ruedas de prensa ni entrevistas. Si quitamos las que concedió a las pocas horas de su victoria, el balance es cero. Nada de nada. Como si los medios estadounidenses de referencia no existiesen. Y los periodistas, menos todavía.

Dos factores juegan a favor de Trump: el primero es que su desprecio por la prensa es compartido por muchos que ven a los medios de comunicación como otros representantes de ese sistema tradicional, el stablishment, que ellos rechazan con ahínco por considerarlo la fuente de todos sus males. Y el segundo es que ahora tiene alternativas para comunicarse con los ciudadanos que antes no existían: las redes sociales. Y está más que dispuesto a emplearlas.

Trump lo sabe bien. Y por eso se ha convertido en mister Tuit, el nuevo rey Midas de Twitter. El millonario que ha ganado las elecciones bramando contra todo y casi todos ha convertido esta red social en su oráculo personal, en un inmenso megáfono desde el que suelta sus comentarios a golpe de tuit.

Le da igual el asunto: lo mismo desvela las intenciones de la nueva Casa Blanca sobre la política de armamento nuclear de los Estados Unidos que sale al paso de los ataques más que justificados de Meryl Streep en la entrega de los Globos de oro. Todo se puede comunicar en 140 caracteres. Y encima sin tener que responder a las preguntas supuestamente insidiosas de los periodistas. El paraíso para cualquier político con pocas ganas de responder a la prensa crítica.

 

Se puede suponer que cuando sea designado presidente, Trump deberá comparecer ante los medios, pero esto no deja de ser una suposición. La tentación de seguir dirigiéndose a los norteamericanos sólo desde su teléfono móvil a través de Twitter o retransmitiendo mensajes televisados para todo el mundo desde la web oficial de la Casa Blanca está ahí. Y no es para nada descartable. Trump está dispuesto a ir a la guerra contra los medios tradicionales. Y su primera intención es ningunearlos. ¿Lo conseguirá? A mi juicio, no sólo no lo va a lograr, sino que los va a terminar fortaleciendo. Y como muestra, mirad lo que ha pasado con los medios a los que ha atacado con saña, como el New York Times o el Vanity Fair, que han visto cómo aumentaban sus suscripciones gracias a los ataques del inminente presidente.

La relación de Trump con los medios promete ser huracanada, pero quién sabe, igual se trata de huracanes con efecto boomerang. Al tiempo.

P.D. El vídeo de Meryl Streep en el que ataca a Trump y defiende los valores del periodismo para hacer frente a los excesos del nuevo presidente norteamericano es literalmente imprescindible. Echadle un vistazo y lo comprobaréis. Fantástico.

Y segunda P.D: Trump ha dado por fin una rueda de prensa. Y sólo puede aventurarse una conclusión: si alguien pensaba que iba a moderar su discurso, ya puede ir despertándose del sueño. Se ha mostrado tan zafio, histérico, conspiranoico y maleducado como siempre. Y ha seguido atacando a la prensa como si fuese la reencarnación americana de Jesús Gil. Un santísimo desastre que se va a sentar en el sillón más poderoso de la tierra en muy pocos días.

Zuckerberg y los problemas del mayor periódico de la historia: el ‘Facebook Times’

Marck Zuckerberg. Fuente: SiliconBeat

Facebook está reventando de éxito. En su carrera impetuosa con Google por ver quién de los dos se convierte en el Gran Hermano global que controlará internet ha mostrado sus poderes. Uno de cada cuatro habitantes del planeta tierra tiene abierta una cuenta en la red social y se entretiene, cotillea o se informa en la plataforma de Palo Alto. Facebook gana muchísimo dinero con ellos y quiere más. Pero antes, va a tener que solucionar un par de problemas. Uno grave y el otro gravísimo.

El problema grave es que en los últimos cuatro meses, Facebook ha tenido que reconocer que ha cometido hasta cuatro errores a la hora de medir las métricas de sus anuncios publicitarios. Ha inflado los resultados de visitas como si hubieran engordado las visualizaciones con productos que jamás pasarían un control antidoping de audiencias y  los han pillado. Imaginaos cómo les puede sentar esta catarata de errores a los anunciantes.

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Ilustración. The Valley Report

Y el problema gravísimo es que los muros de facebook se han llenado de trolls y no tan trolls que han descubierto el inmenso negocio que supone publicar noticias falsas en la red social más visitada del mundo.

En un primer momento, Zuckerberg restaba importancia a estos problemas y subrayaba, en una peculiar versión del “a mí que me registren”,  que Facebook no era ningún medio, sino que se limitaba a poner la plataforma para que los demás distribuyeran allí sus contenidos, como si Facebook fuera la autopista por donde circulaban los coches de las noticias y poco más.

Pero la fuerza de los hechos le está obligando a rectificar y a reconocer que sí, que Facebook sí es un medio. Para ser exactos, es el mayor medio de la historia del planeta, una especie de ‘Facebook Times, un lugar al que acuden a día de hoy decenas y decenas de millones de ciudadanos a informarse de lo que ocurre en su entorno más cercano. Y esa condición obliga a Zuckerberg a reconocer su responsabilidad y adoptar decisiones para evitar lo que más le puede doler a un medio, por muy grande y poderoso que sea: que pierda la credibilidad.

Si Facebook engorda sus métricas y convierte en territorio abonado a los farsantes, los freakies y los trileros de medio pelo, no tardará entonces el día en el que esta máquina de hacer dinero se gripe porque los mismos consumidores que son devotos de esta red social se trasladen en masa a otra red social en la que empiecen a confiar más. Ha pasado en otras ocasiones y puede volver a ocurrir. Y ese día, a nadie le importará que Facebook publique noticias falsas o que infle sus anuncios, pero porque se habrán olvidado hasta de la contraseña con la que entran en la red de los likes.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

Periodistas: el problema no son los ‘comerciales’

Un buen artículo de Ricardo Galli en el que alerta sobre la pérdida del control del producto periodístico a manos de los comerciales que dirigen las organizaciones de medios me invita a pensar que, en esta cuestión, estamos mirando más al dedo que a la luna por la sencilla razón de que, en líneas generales, nos cuesta hacernos a la idea de la magnitud del cambio que estamos viviendo en la industria de los medios.

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No rebato las tesis de Galli, un profesional que sabe muy bien de lo que habla, pero sí que pienso que necesitan ponerse en contexto para entender lo que nos está pasando.

Lo que estamos viviendo, a mi juicio, no es un choque frontal entre periodistas y comerciales en el que estos últimos han ganado la partida, convirtiendo los medios en portales invasivos con publicidades infumables. Ojalá fuera tan sencillo, pero no.

En realidad, lo que estamos afrontando es un proceso de cambio constante y radical en el que los medios estamos perdiendo el monopolio de la distribución de las noticias en favor de las redes sociales y de los motores de búsqueda y en el que nos hemos encontrado con que otros han ocupado nuestro lugar en la plaza pública del pueblo. 

El asunto, pues, es mucho más complejo: no es que estemos perdiendo el control del producto en favor de los comerciales y las agencias de anunciantes, deseosos de engordar la cuenta de resultados sin importarles qué pasa con el periodismo;  es que lo estamos perdiendo en favor de Google, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp…¡y hasta de Telegram¡

Y sí, podemos seguir quejándonos de lo mal que está todo (lo está), de que la mayoría quiere que se lo den todo gratis (la ‘desvalorización’ de la información es un hecho objetivo en un mundo saturado de noticias), de que Google y Facebook canibalizan nuestros contenidos y de que no hay manera de que alguien encuentre un modelo que permita a un medio ser viable haciendo exactamente lo mismo que hacía hasta ahora.

Pero nada de eso va a cambiar la realidad: los lectores, cada vez más, buscan la información en las redes sociales y en los motores de búsqueda y la quieren en sus teléfonos móviles.

Las redes sociales son los nuevos 'medios'.
Las redes sociales son los nuevos ‘medios’.

Y eso no se arregla diciendo que hay que recuperar el control de nuestro producto arrebatándoselo a los comerciales o, como parecen querer en algunas organizaciones tradicionales, pidiéndoles a nuestros lectores casi que desconecten Google o que se prohíban a sí mismos utilizar sus smartphone para consumir noticias fuera de los medios.

Por mucho que nos quejemos, nadie, absolutamente nadie, va a parar un cambio que supone el fin de una época y el nacimiento de otra. Y si no, mirad este video sobre las tendencias que vienen y decidme si no es verdad.

Tal vez, pues, haya llegado el momento de desterrar debates como el de los periodistas contra los comerciales y centrarnos en hacernos preguntas más productivas, como por ejemplo:

1. Si de verdad es tan grave perder el control de nuestro producto cuando de lo que se trata es de intentar buscar otras fuentes de ingresos junto a esas redes sociales y motores de búsqueda que están cambiando el modo en el que nos relacionbamos con los demás.

Y 2.  Si lo que debemos intentar es concienciar a los ciudadanos más concienciados de que si quieren información de calidad la tendran que pagar… o al menos tendrán que desintalar el bloqueador de anuncios de su portátil o de su celular.

Los medios más proactivos (Washington Post, The Guardian, El País, El Confidencial, eldiario.es y unos cuantos más..) se han puesto a ello. Los demás, lo tendrán que hacer si quieren sobrevivir en un mundo que no espera a nadie.

Los periódicos de papel y los profetas de la devastación

Hablamos de la muerte de los periódicos de papel. Hablamos hasta agotarnos. Hablamos hasta tal punto de su defunción como de un hecho indiscutible que hemos terminado por convertir el augurio en un negocio gracias al cual algunos han vivido muy bien.

Para esos algunos, esta discusión en torno al fallecimiento de los herederos de Gutenberg ha derivado en toda una industria de las profecías.

Esta industria ha prosperado en las dos últimas décadas, pero da señales de agotamiento, como si la era de los profetas de la devastación impresa llegara a su fin.

Ya casi nadie hace cálculos sobre la fecha exacta en que las rotativas se pararán. Ya nadie se para en una entrevista porque le digan en un titular que el papel es parte del pasado y que hay que abrazar internet como el nuevo grial. Los gurús han dejado de lado a los periódicos y han entendido que no se pueden dedicar un minuto más a lanzar vaticinios de videntes. Entre otras cosas, porque no se discute sobre una obviedad: ¡pues claro que la prensa de papel se está muriendo¡

¿Significa eso que la industria está cambiando? Sí, pero no nos vengamos arriba. Algunos están actuando de avanzadilla, pero la mayoría sigue enrocada en sus zonas de confort.

Los enrocados

Hay muchas razones para que esto pase, pero hay una que sobresale sobre cualquier otra. Pese al descenso imparable en las ventas de ejemplares, los números les siguen dando la razón…por ahora: la publicidad impresa sigue siendo la principal y casi única fuente de ingresos.

Podremos decirles que el problema es que tienen que centrarse en lograr que sus ingresos digitales sean superiores a los del papel, pero en la mayoría de los casos, vuestras advertencias serán tomadas como las chifladuras de un freaky que se ha creído que es Steve Jobs sólo porque lleva un smartphone en el bolsillo.

La mudanza digital tiene varias velocidades. Los consumidores van en quinta cuando los anunciantes todavía ni han arrancado el coche. Y el resultado es paradójico: en los periódicos de papel, la mayor parte de su audiencia se traslada a sus productos en la red, pero los anuncios se concentran en lo impreso.

561337969Para entender esta contradicción, hay que aplicar lo que algún experto ha llamado ‘la prueba del refrigerador’. Es muy sencilla: abrid la nevera de una familia media y separad a un lado los productos que se anuncian en soportes tradicionales y al otro los que se promocionan en nuevos medios digitales. Lo habéis acertado: se supone que casi todo el mundo se fía más de lo que se anuncia “en un papel” que “lo que se dice” en internet. Cuestión de fiabilidad.

La estrategia Loreal

No voy a negar que esto sea así, y que todos llenemos nuestras neveras sólo con productos que vemos en los periódicos (más bien me parece que se llena con los productos que salen en TV), pero no parece que el argumento sea muy científico. Más bien al contrario, se basa en una nebulosa de percepciones que podríamos calificar como la estrategia Loreal, la estrategia del “te vas a anunciar conmigo porque yo lo valgo”…aunque ese “yo lo valgo” empiece a ser sólo una cuestión de fe.

En una época donde se puede medir hasta el aire que consumimos, un periódico de papel puede decir, por ejemplo, que sus 200.000 lectores se leen todas y cada una de las 80 páginas que editan a diario, y que además lo hacen los siete días a la semana. Pensadlo bien: eso significa que cada lector se lee de media cada semana 756 páginas de periódicos, es decir, que se engulle más de 3.000 páginas de periódico al mes. Disculpadme, pero si alguien se cree que un ciudadano lee de media 36.000 páginas de periódico de papel al año, es que se ha fumado algo que no es un simple cigarrillo.

Seamos serios. Ya no es momento de más discusiones bizantinas ni de profecías, pero tampoco de vender una realidad que ya sólo existe cuando hablamos con los anunciantes . Ahora de lo que se trata es de adaptarse a un entorno que cambia por días. El mundo es el que es. La sociedad es la que es. Y la industria de la comunicación, también. Y todo lo que sea no querer amoldarse al cambio es un esfuerzo que no es que conduzca a la melancolía, es que puede conducir a medio plazo a la desaparición…incluso aunque ya no lo pregonen los profetas profesionales de la devastación.