Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

El Post y la nostalgia por un periodismo…que no ha desaparecido

No he visto aún Los archivos del Pentágono (The Post, en su versión original), la película de Spielberg sobre el Washington Post, pero sí he leído algunos comentarios de periodistas en los que se percibe la añoranza de épocas pasadas e idealizadas que se contraponen con el periodo actual, supuestamente marcado por la derrota del periodismo ante no sé cuántas fuerzas del mal.

Sobre la película y los hechos que narra, poco puedo decir más allá de recomendar la lectura de un par de libros imprescindibles para quienes amamos este oficio: La vida de un periodista, de Ben Bradlee, y Una historia personal, la autobiografía de la editora del Post Katharine Graham. Es difícil leerlos y no terminar queriendo dedicarse al periodismo. Vaya lecciones de honestidad y de compromiso con un oficio tan adictivo como el nuestro.

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Katharine Graham, la mítica editora del The Washington Post, y quien fuera también director del periódico durante la cobertura del caso de los papeles del Pentágono, Ben Bradlee.

Pero sí que me parece que hay que hacer algunas puntualizaciones sobre el presunto apocalipsis mediático que estamos soportando para no dejarnos llevar por el trazo grueso y el tremendismo.

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Como punto de partida, no les quito razón a quienes piensan que el periodismo vive inmerso en un agujero negro. El cambio en los hábitos de consumo de la información propiciado por el nuevo entorno digital ha devastado el engranaje industrial en el que nos hemos movido los periodistas desde poco después de que Gutenberg inventara la imprenta. Y eso se ha traducido en oleadas masivas de despidos, en la precarización del empleo y en un recorte de las expectativas laborales que son insoportables.

Si a tal paisaje le añadimos que la debilidad de la industria, y lo que eso ha generado en la proliferación de prácticas muy poco profesionales (y no sólo hablo de las noticias falsas), se ha llevado también por delante el prestigio social del periodista, pues poco más se puede comentar.

No os dejéis llevar por el pesimismo

Pero creo que nos equivocamos si analizamos esta situación dejándonos llevar por la melancolía, el escepticismo o la desazón. Seguramente no sea mejor momento para motivar a quienes quieran ser periodistas, pero eso no significa que sea un mal momento para hacer periodismo.

Salvo que nos queramos poner catastróficos, todos los días podemos ver, leer y escuchar buenos ejemplos de periodismo en los medios de comunicación tradicionales y en los que han nacido en el nuevo entorno, Hay mucha más basura que antes, pero si se sabe buscar, también hay muchísimas más posibilidades de encontrar buenas piezas periodísticas. Todo se multiplica de forma exponencial. Basta con disponer de una buena conexión a internet. 

En ese sentido, no me gustaría que nos quedáramos con la idea de que el periodismo que se ve en la película sea ya una parte de la historia que jamás volverá. Por muy mal que esté todo (y lo está), el periodismo no es un oficio en vías de extinción, sino en vías de transformación, que es muy distinto.

Lo que toca es comprometerse

Por eso, lo que más me interesa es el debate que puede generar esta película en torno a la función social del periodismo como contrapeso de los poderes políticos, económicos y sociales y a la necesidad de que los ciudadanos tomen conciencia de que, si quieren sociedades democráticas fuertes, con instituciones sólidas, también necesitan comprometerse sin postureo alguno con los medios de comunicación de esa sociedad. 

Y eso, reitero, implica no quedarse anclado en el discurso de decir que todos los periodistas somos unos malvados y unos vendidos o limitarse a solidarizarse con quienes  pierden sus puestos de trabajo, sino que nos debería llevar a un paso más, a algo en realidad tan sencillo como reconocer que si queremos medios fuertes, tendremos que pagar por ellos. 

En eso nos puede ayudar una película así, en recordarle una vez más al gran público que el periodismo, el buen periodismo, sólo puede sobrevivir, ahora que la publicidad se hunde, si hay alguien que lo paga y ese alguien no esconde intenciones que tiene muy poco que ver con el derecho a una infomación veraz y honesta.

Toca mojarse como ciudadanos. Y si no, entonces sí que podrá decirse que corren tiempos peores para los periodistas…y también para el periodismo.

P.D. (I). Merece muchísimo la pena leer este artículo del periodista Vicente Lozano, a quien la película le ha permitido recordar la importancia de tener empresas periodísticas fuertes si se quiere hacer el mejor periodismo. Muy interesante.

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Y P.D. (II) Decía al principio de este artículo que todavía no había visto la película. Bueno, tal vez lo haga, pero reconozco que, pese a mi afición peliculera, apenas piso ya las salas de cine. Ahora lo consumo en casa a través de una plataforma de contenidos a la que pago una cantidad asequible y que me permite disfrutar de una cartelera amplísima en la pantalla de nuestra televisión familiar con el resultado de que ahora veo más películas que antes. 

Algo que nos está pasando a casi todos con las películas y las series y que también puede valer para el periodismo. ¿O no nos hemos dado cuenta de que a, pesar de nuestra fuga de los quioscos, hoy en día se consume muchísimo más periodismo que cuando nuestra oferta de contenidos era tan escasa? Todo cambia. Y ante el cambio, no cabe otra que adaptarse para sobrevivir. Y eso vale para cualquier sector. Por supuesto, también para el periodismo.

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Por qué la radio aguanta casi todo lo que le echen

Hace unos días, asistía a la presentación de la programación de este año de uno de los mejores comunicadores radiofónicos de este país, Carlos Herrera, y en ella alguien le preguntaba a Herrera que cómo iba a ser la radio del futuro. El periodista insignia de la Cope respondió citando a otro grande de los micrófonos, Iñaki Gabilondo, quien suele decir que para saber cómo será la radio del futuro lo que hay que saber es cómo será la sociedad del futuro. Y eso es porque ha demostrado una capacidad de adaptación fuera de lo común.  Una habilidad que, además, le ha permitido salvarse de la quema a la que se están viendo abocados, entre otros, sus hermanos del papel.

Pensadlo por un momento: hemos leído y discutido hasta el infinito sobre el fin del modelo de negocio de los periódicos de papel; sobre las dificultades de los medios que viven en el entorno digital o sobre si la televisión generalista que gana dinero a espuertas también tiene fecha de caducidad por la llegada de los netflix de turno… pero la radio tiene muy poca literatura al respecto. Todos hemos dado por hecho que es capaz de superar lo que se le ponga por delante y que sigue gozando de una salud más o menos estable y va camino de robustecerse.

No todo es idílico. La radio que conocemos no tiene casi nada que ver con la que había antes de esta crisis de tintes glaciares. Después de años con márgenes de beneficios que llegaban a impresionar, las plantillas de las principales empresas (Ser, Onda Cero, Cope…) han adelgazado fruto de la crisis y el periodismo más próximo y cercano ha pasado a un segundo plano en favor de unas parrillas saturadas de opinión de low cost, con el resultado de que las emisoras han focalizado sus esfuerzos en sus redacciones centrales dejando semivacíos los centros regionales y locales, con la consiguiente pérdida de calidad.

Pero el caso es que, pese a todo, la radio está sobreviviendo, y con fuerza, a la transformación digital y ha sido capaz de adaptarse a ella y a los cambios en los hábitos de consumo de la información de los ciudadanos. Os paso, para atestiguarlo, un dato que he leído hace unos días en El Español: la facturación del sector creció un 3% entre enero y septiembre del presente año. Si dejamos de lado a los dos gigantes del duopolio televisivo, ¿conocéis algún ejemplo de mejora publicitaria como éste? Ya quisiéramos, pero no.

Las cuentas de los medios de prensa siguen en caída libre y los despidos se suceden mientras los editores se devanan los sesos en busca de nuevas ingresos que mitiguen el derrumbe. Pero la radio, sin embargo, sí se salva de esta quiebra generalizada.

¿Por qué? Por aquí aporto un par de posibles razones:

En primer lugar, se trata de un soporte que, como señalaba al principio, ha sabido adaptarse a las transformaciones digitales y las ha incorporado con naturalidad a las parrillas de la programación. Basta escuchar cualquier programa. Todos integran sus redes sociales, emiten audios de voz de sus oyentes o leen correos electrónicos de los mismos. Y los más avanzados, empiezan a hacer incursiones en los podcast y buscan ingresos publicitarios en las nuevas formas de hacer radio en internet. En suma, no sólo no le ha hecho ascos a la digitalización como si éste fuera el Armageddon que iba a acabar con ellos sino que la ha sabido llevar a su terreno.

Un valor refugio para los anunciantes

Y, en segundo lugar, aunque pueda parecer paradójico en esta era en la que las transformaciones y las innovaciones navegan en fibra óptica y en tiempo real, la radio sigue teniendo un valor añadido que viene de fábrica: sigue siendo el único soporte que se consume mientras se hace cualquier otra tarea, ya sea trabajar en una oficina de la Seguridad Social, tender la ropa mojada o conducir un camión.

Este factor adquiere ahora un valor aún mayor porque le permite a este soporte no tener que competir en esta guerra feroz por la atención en la que se han embarcado el resto de los medios. Hoy en día, los medios compiten entre sí, pero luchan también por el tiempo que consumen los ciudadanos viendo memes en sus grupos de whatsapp, cotilleando fotos en Instagram, viendo titulares en Twitter o jugando con la última aplicación de juegos que se haya puesto de moda.

La radio no entra en ese juego. Y eso le ayuda, pues la convierte en un valor refugio para los anunciantes. Sigue siendo un soporte que transmite credibilidad, cercanía y calidez. Sigue siendo una radio de autor en la que alguien que te cuenta una historia y alguien la escucha, estableciendo un cordón umbilical de confianza y una sensación de pertenencia a una comunidad, la de los oyentes, que vale cada día más en un entorno tan cambiante, veloz y huidizo como el que vivimos en esta era de la explosión digital.

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

Los periódicos ‘resucitan’ las newsletters

pixabay.com

La práctica del periodismo en plena era de las redes sociales y de las nuevas posibilidades tecnológicas viene marcada por un cierto postureo en el uso de las herramientas que se ponen a disposición de los periodistas en el ejercicio del oficio.

Nos hemos puesto tan estupendos que ahora nos afanamos por entender cómo se hace un periodismo distinto desde los teléfonos móviles gracias al uso de los gifs, memes; cómo trabajar los datos y las historias  (como si antes de internet los periodistas trabajásemos en la metalurgia o en la industria de la madera) o, por ejemplo, cómo trabajar con la realidad aumentada.

Todo eso está muy bien, pero no deja llamar la atención que, en medio de este deslumbramiento en el que a veces se nos olvida que lo fundamental es seguir ejerciendo el periodismo sea en el soporte que sea, se acabe colando una herramienta que algunos ya calificaban de vintage: el correo electrónico.

Tanto hablar de las redes sociales, de las búsquedas por Google o de cómo los lectores abandonan las portadas de los portales informativos para terminar abonándonos todos a la idea de que no hay nada mejor que llegar a las bandejas de entradas de esos mismos lectores. Hace poco, podíamos decir que era una moda que resurgía. Ahora, es mucho más que eso.

Hay medios nuevos que han hecho del correo electrónico el centro de su modelo informativo, como The Skimm o Quartz, pero en líneas generales es un revival al que se han apuntado casi todas las grandes cabeceras periodísticas de todo el mundo, pues permite ganar tráfico y, lo más importante, fideliza a una audiencia que se suele comprometer más con aquellos medios que consultan cuando abren su correo electrónico, o sea, en la mayoría de los casos todos los días.

Así, los medios bombardean a los lectores cada vez que acceden a alguna de sus informaciones implorándoles y rogándoles casi de rodillas que se suscriban y les permitan enviarles las notificaciones del medio y,  de otra parte, estos mismos medios se han apuntado a una alocada carrera por ver quién pone en marcha más newsletters de contenidos.

Newsletters. Fuente: pixabay.com
Newsletters. Fuente: pixabay.com

¿Y por qué el éxito de las newsletters y por qué ahora?

A la primera cuestión ya hemos respondido: a pesar de la competencia (redes sociales, canales de mensajería como Whatsapp o Telegram), sigue siendo imbatible la comodidad de recibir la información en la bandeja de entrada de una herramienta que seguimos usando como quien abre la nevera o enciende la televisión.

Y en cuanto a la segunda, ahora resurge porque conforme caminamos hacia la oferta infinita de la información (tenemos en tiempo real todas las noticias a nuestro alcance), se hace más necesario que alguien sea capaz de elegir entre tanta abundancia qué contenidos hay que leer y ofrecerlos a través de un medio tan rápido y eficaz como éste. A esto se le llama curación de contenidos, aporta un valor y, aún más importante, puede ser también una nueva fuente de ingresos para los medios de comunicación. De ahí la resurrección tan fulgurante y pasmosa de un soporte como el correo electrónico para la distribución de las noticias.

Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

Cómo demonios ganar dinero con el periodismo

Pixabay.com

Salta un titular del presidente del The New York Times en el que afirma que “la gente pagará por las noticias” y, casi de repente, la entrevista publicada por El Mundo con Mark Thompson empieza a viralizarse por las redes sociales del mismo modo que se compartiría un descubrimiento científico de primer orden para erradicar alguna enfermedad maligna o la concesión de algún prestigioso galardón para algún caballero o dama de las letras o de las ciencias.

Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.
Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.

En la entrevista, Thompson disecciona el modelo de negocio del rotativo neoyorkino y hace predicciones muy sugerentes sobre la industria del periodismo. Y, pese a lo que pueda desprenderse del titular, no juega a ser un gurú dispuesto a certificar con toda rotundidad qué año, qué día y a qué hora desaparecerán los periódicos de papel de la superficie de la tierra.

Ofrece sus opiniones y punto. Con brillantez, sí, pero sobre todo con prudencia y sin dogmatismos. Y, sin embargo, sus declaraciones se han expandido como si el que hablara no fuera un curtido directivo de medios que sabe lo que se trae entre manos (antes la BBC y ahora el The New York Times) sino directamente un Moisés redivivo que bajara del Monte con las tablas de los Diez Mandamientos necesarios para afrontar la transformación del periodismo.

La pregunta que nos tenemos que hacer, entonces, es por qué tanta agitación en torno a sus palabras.

Es evidente que una razón objetiva es que quien traza la tendencia de por dónde irá esta industria no es precisamente un mindundi con ínfulas de Ciudadano Kane sino un señor que dirige la organización de noticias más prestigiosa del planeta, un periódico que, además, está reinventándose con éxito en esta era digital (muy interesante, por cierto, el libro de Ismael Nafría sobre esta reinvención).

Pero creo que no es la única razón. Hay otras y también de calado. Por ejemplo, que hay tanta perplejidad y tanta incertidumbre sobre los nuevos modelos de negocio que sostendrán al oficio que necesitamos personas que, desde su solvencia, sean capaces de ir más allá de los diagnósticos obvios y ofrecer soluciones que ya han sido comprobadas, como es el caso del The New York Times.

Los periodistas necesitamos una ‘garganta profunda’ como la del Watergate que sea capaz de decirnos dónde está el dinero. Y por eso, cuando llega alguien como Thompson y dice lo que dice, sus declaraciones se convierten en un asidero, en un deseo ansioso de que la profecía se cumpla y de que los lectores vuelvan a pagar por las noticias que consumen del mismo modo que lo hacían antes de que se extendiera la idea de que había que dar gratis en internet lo que se se vendía en papel.

El problema, para quienes piensan así, es que las soluciones a este problema no son universales.

El pago por noticias puede ser una buena salida para medios de referencia como The New York Times, para periódicos que aportan un valor añadido diferencial (pensemos por ejemplo en los diarios económicos como el Finantial Times) y para aquellos que sean capaces de lograr un fuerte compromiso de los lectores que termine sustanciándose en un pago por contenidos (y aquí, por poner un par de ejemplos, recuerdo los casos del francés Mediapart y, en España, de eldiario.es).

Pero nadie ha dicho que esta solución valga para todos.

Las grandes cabeceras seguirán apostando por ser las líderes globales de audiencia y lograr acceder a los grandes caladeros de la publicidad (con permiso de Google y Facebook, que amenazan con comérselo todo). Y el resto tendrá que seguir innovando, pensando menos en el dinero que les llega de la publicidad y buscando nuevos ingresos explotando el perímetro del negocio, es decir, desde la publicidad nativa a los contenidos patrocinados, la organización de eventos y todo aquello que se les pueda pasar por la imaginación para hacer dinero gracias a la confianza y la credibilidad que despiertan sus marcas informativas.

Ya lo dije en otro artículo: no hay recetas mágicas ni atajos en forma de muros de pago. Cada medio tendrá que buscar el modelo que le conviene y mimar a su comunidad de lectores. Y aun así, tampoco tendrán nada garantizado.

El negocio del periodismo se ha instalado en la incertidumbre. Y no va a salir de ahí en mucho tiempo. Toca acostumbrarse y aceptar la necesidad de cambio como una constante vital que nos acompañará durante unas cuantas generaciones de periodistas. No hay otra.

Dos maneras muy distintas de buscarse la vida: Antítesis y SDPnoticias

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Si diéramos a elegir a cualquier periodista entre si prefiere trabajar en un medio que apuesta por la calidad o en otro que apuesta por la cantidad y por la viralidad, la mayor parte de los sondeados se decantará por la primera de las opciones. Nos gusta pensar que trabajamos en organizaciones que se toman en serio el periodismo y siguen pensando que los medios de comunicación no son revistas de cómics y nos gusta pensar que trabajamos en la industria de la información y no en la del espectáculo.

Pienso en ello después de haber descubierto en las redes sociales un par de publicaciones latinoamericanas que se acercan a esos dos estereotipos: el portal mexicano SDPnoticias y la revista digital Antítesis, que acaba de nacer en Chile y en Argentina.

Poniendo contexto a las noticias

Antítesis arranca con una declaración de intenciones que firmaríamos muchos de nosotros. Sus fundadoras, Jimena Travieso y Lorena Tasca, apuestan por un periodismo atemporal que ponga contexto a los hechos y transmita las emociones de las buenas historias. Y pretenden financiar este tipo de periodismo con un modelo de negocio que se aleja de la publicidad y busca (buscará)  ingresos a través de vías que están en el perímetro como, por ejemplo, la organización de cursos, la financiación colectiva (quiero pensar que hablan de algún tipo de crowdfunding) o el patrocinio de determinados contenidos.

Foto: Puro Periodismo
Lorena Tasca y Jimena Travieso. Foto: Web Puro Periodismo (Perú)

Ojalá tengan suerte y su apuesta por la calidad sea recompensada por una comunidad capaz de comprometerse con la publicación. Ellas demuestran tener las ideas claras acerca de cómo se puede financiar el periodismo que quieren hacer y no se llaman a engaños: nacen con menos pomposidad de lo normal (no es raro encontrarte con medios que supuestamente vienen a cambiar la historia del periodismo y otros retos igual de esotéricos) y no parecen engañarse sobre la dificultad de su empeño, como podréis comprobar en este artículo que se publica en el portal peruano Puroperiodismo.

Su apuesta no es fácil. Pocos medios nuevos han logrado hacerse un hueco sin apenas inversión y apostando casi que en exclusiva por la calidad de sus informaciones, pero ya que estamos en plena exploración de nuevos modelos de negocio para vivir del periodismo, mejor intentarlo con fórmulas que respeten las reglas del juego más elementales del oficio.

Innovación y viralidad con acento mejicano

En cuanto al otro ejemplo que os menciono, SDPnoticias, parece situarse en las antípodas de Antítesis. Apuesta por la viralidad de todo lo que publica y ha demostrado tal pericia en la explotación de las redes sociales y otras herramientas en favor de su marca que han logrado la atención de una empresa tan mastodóntica como Televisa, que ha adquirido el 50% de las acciones de la compañía.

SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)
SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)

En este artículo de El País que os comparto se cuenta la historia de este medio, que en menos de diez años y con una plantilla de sólo 15 personas cuenta con una audiencia de siete millones de usuarios únicos.

Por lo que se observa, SDPnoticias entiende perfectamente lo que busca un lector de noticias que picotea lo que le llega a sus redes sociales y poco más. Nada que objetar, al contrario, lo que toca es darles la enhorabuena y reconocer su labor, pero mucho cuidado también de donde se ponen las líneas que distinguen al periodismo que apuesta por la rigurosidad (que, por cierto, no equivale a ser aburrido ni tibio ni nada que se le parezca) del que está dispuesto a casi todo en su búsqueda salvaje de clicks con los que hacerse un hueco en un mercado, el de la publicidad, donde las visitas se venden al peso.

En el artículo que os cito, el promotor del proyecto, Federico Arreola, muestra su desinterés por contar con periodistas para su proyecto (me gustaría que se hubiera podido explicar algo mejor, la verdad) y un cierto desprecio por todo lo que tenga que ver con la verificación de las noticias, lo que nos puede llevar a pensar que este proyecto es menos riguroso de lo que correspondería. Esto último no es más que una simple suposición, pero después de leer lo que sostiene el fundador de este portal se antoja, y ojalá que me equivoque, que es una presunción fundada.

Evidentemente, no es cuestión de elegir entre uno y otro modelo…salvo que se acepte el rumor como periodismo y las noticias falsas como una mercancía que se puede vender como una verdad prefabricada.

Ambos modelos, en principio, son válidos. Y tambien complementarios. Nadie ha dicho que las apuestas de calidad tengan que ser obligatoriamente minoritarias y tampoco está escrito que los medios virales tengan que ser, por definición, frívolos y faltos de ética periodística.

Estoy convencido de que se puede buscar un equilibrio y que en él se encuentran los medios de comunicación que encontrarán un hueco en el mercado. Por mucho que algunos se empeñen, la viralidad y la calidad no son incompatibles. Y menos en el negocio del periodismo. Así que suerte al que lo intente…pero, eso sí, siempre que respete las reglas de un oficio tan adictivo y apasionante como el del periodismo

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

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Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

El periodismo necesita innovación, pero también volver a sus raíces

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Como no puede ser de otra manera, os recomiendo encarecidamente que sigáis las jornadas del congreso de periodismo digital que se celebra estos días en Huesca. Se trata de una cita imprescindible para todos a quienes nos interesa el periodismo y se sigue con facilidad en el streaming que ha habilitado la organizadora de estas jornadas.

Allí seguro que se hablará de las noticias falsas que invaden nuestras redes sociales y nuestras cuentas de whatsapp, de Trump y el periodismo, del periodismo de datos, de la omnipresencia del móvil en la era de las pantallas, de la realidad virtual, del periodismo inmersivo, de nuevos proyectos y modelos de negocio y de todas esas cosas que se hablan en los congresos y en las páginas especializadas del sector.

Sólo les reclamaría algo a los organizadores de un congreso de tantísima calidad: que, si se tercia, hagan más hincapié también en las herramientas personales que debe tener cualquier periodista para desenvolverse en la profesión, incluidos aquellos que se apellidan como periodistas digitales a una altura de la historia en la que quien no es digital literalmente ya no es nada.

La innovación está muy  bien, pero conviene no olvidarnos de nuestras raíces, de lo que somos y a lo que nos dedicamos. Me explico: tengo la sensación de que últimamente hablamos mucho de todo lo que rodea al periodismo y bastante menos de lo que de verdad tiene que hacer el periodista. Como si nos importara más el continente que el contenido.

Y sí, es importante saber cómo se distribuyen y se consumen ahora las noticias y que exploremos nuevos formatos y narrativas para hacer periodismo, pero, desde mi punto de vista, a veces ponemos demasiado acento en la innovación, que es importantísima, y nos olvidamos de transmitir los principios y valores que hay que aprender para desempeñar un oficio que para muchos de nosotros es una vocación y también una pasión. Y digo yo que se podrán conciliar ambas perspectivas, ¿no?

Espíritu innovador, sí, pero también espíritu periodístico

A un periodista de hoy en día hay que pedirle que entienda cómo se distribuyen las noticias y que aprenda a hacer vídeos, gráficos o infografías, pero sobre todo hay que reclamarle que aprenda a buscar noticias y a poner contexto a la actualidad con honestidad, con rigurosidad y con sentido crítico. Y también hay que pedirle que lea mucho, que sea curioso y que cuide su escritura. O sea, que sea periodista en el sentido más humanista de la palabra. Igual así, de paso, además de estar a la última de la última en innovaciones y deslumbramientos tecnológicos, ganamos también algo en credibilidad ante los ciudadanos, que falta nos hace, y mucha.

Y dicho esto, no perdáis el tiempo y poneros a ver y escuchar lo que se dice en Huesca, que merece muchísimo la pena.

 

Contexto, otro ejemplo más de que en periodismo “sí se puede”

Me gusta la propuesta de la revista digital Contexto y la manera en la que hace comunidad en un mercado periodístico español saturado de propuestas que a veces son difíciles de distinguir entre sí por su extraña afición a repetir hasta la extenuación las mismas noticias y el mismo tipo de análisis informativos en portales de información que son casi clónicos.

Contexto, una revista digital con formato de semanario fundada hace un par de años por catorce periodistas dirigidos por el ex periodista de El País Miguel Mora, sí ha logrado hacerse con ese lugar en el paisaje periodístico y lo ha conseguido con una actitud combativa y con una apuesta por los artículos, reportajes y entrevistas de largo aliento que se agradece ahora que algunos confunden el periodismo con el espectáculo y con los telegramas de 140 caracteres y consideran que un artículo largo es un post de Facebook y poco más.

No innova en formatos ni se devana en pensar en nuevos lenguajes. Ofrece periodismo que explica, periodismo que pone contexto. Y le va bien. Ha logrado crear una comunidad en torno a sus contenidos y se acerca poco a poco a la sostenibilidad. Sus cuentas de resultados son modestas, pero sus gastos también lo son. Y eso ayuda.

Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Contexto tiene una fuerte vocación política y cultural y no esconde su escoramiento ideológico: es de izquierdas y defiende con vehemencia sus posicionamientos ideológicos, cercanos a las tesis de Podemos y otros grupos a la izquierda del PSOE. Pero no es una revista sectaria y eso lo agradecemos especialmente quienes no compartimos la mayor parte de sus postulados ideológicos, pero sí nos gusta bucear en sus páginas en busca de buenos artículos que siempre aparecen.

Puede que en ocasiones se exceda a la hora de distinguir entre la prensa libre e independiente (ellos y otros medios de su horquilla ideológica) y el resto, pero eso es otro debate.

Y aquí lo que nos interesa subrayar es cómo una pequeña publicación que nació casi de la nada y con muy pocos recursos propios hace sólo dos años ha conseguido en tan poco tiempo ser una marca reconocida para un público dispuesto a comprometerse, en algunos casos pagando suscripciones de hasta sesenta euros al año, con los medios de comunicación que quiere leer.

En 2016 sellaron un acuerdo con publico.es que les permite ser mucho más conocidos y ahora andan en la aventura de sacar una revista mensual de papel que se llama ‘El dobladillo’. De momento, lo que han demostrado es que no se han doblado frente a las dificultades que surgen a la hora de montar un medio de comunicación y que mantienen su espíritu irreverente e independiente. Enhorabuena y adelante.

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

El odio enfermizo al periodismo del nuevo ‘Mister tuit’

CNN.com

A Trump no sólo no le gustan los periodistas, sino que parece haber decretado una orden de alejamiento que les impide acercarse a él. Los quiere cuanto más lejos mejor. Ya ha demostrado que se puede ganar en las elecciones presidenciales despreciando a los medios. Y ahora está empeñado en demostrar que se puede gobernar sin comparecer ante ellos y tratándolos como a enemigos del pueblo soberano.

Han pasado más de dos meses desde que los estadounidenses le eligiesen como presidente del país más poderoso del planeta y el nuevo inquilino de la Casa Blanca sigue sin dar ruedas de prensa ni entrevistas. Si quitamos las que concedió a las pocas horas de su victoria, el balance es cero. Nada de nada. Como si los medios estadounidenses de referencia no existiesen. Y los periodistas, menos todavía.

Dos factores juegan a favor de Trump: el primero es que su desprecio por la prensa es compartido por muchos que ven a los medios de comunicación como otros representantes de ese sistema tradicional, el stablishment, que ellos rechazan con ahínco por considerarlo la fuente de todos sus males. Y el segundo es que ahora tiene alternativas para comunicarse con los ciudadanos que antes no existían: las redes sociales. Y está más que dispuesto a emplearlas.

Trump lo sabe bien. Y por eso se ha convertido en mister Tuit, el nuevo rey Midas de Twitter. El millonario que ha ganado las elecciones bramando contra todo y casi todos ha convertido esta red social en su oráculo personal, en un inmenso megáfono desde el que suelta sus comentarios a golpe de tuit.

Le da igual el asunto: lo mismo desvela las intenciones de la nueva Casa Blanca sobre la política de armamento nuclear de los Estados Unidos que sale al paso de los ataques más que justificados de Meryl Streep en la entrega de los Globos de oro. Todo se puede comunicar en 140 caracteres. Y encima sin tener que responder a las preguntas supuestamente insidiosas de los periodistas. El paraíso para cualquier político con pocas ganas de responder a la prensa crítica.

 

Se puede suponer que cuando sea designado presidente, Trump deberá comparecer ante los medios, pero esto no deja de ser una suposición. La tentación de seguir dirigiéndose a los norteamericanos sólo desde su teléfono móvil a través de Twitter o retransmitiendo mensajes televisados para todo el mundo desde la web oficial de la Casa Blanca está ahí. Y no es para nada descartable. Trump está dispuesto a ir a la guerra contra los medios tradicionales. Y su primera intención es ningunearlos. ¿Lo conseguirá? A mi juicio, no sólo no lo va a lograr, sino que los va a terminar fortaleciendo. Y como muestra, mirad lo que ha pasado con los medios a los que ha atacado con saña, como el New York Times o el Vanity Fair, que han visto cómo aumentaban sus suscripciones gracias a los ataques del inminente presidente.

La relación de Trump con los medios promete ser huracanada, pero quién sabe, igual se trata de huracanes con efecto boomerang. Al tiempo.

P.D. El vídeo de Meryl Streep en el que ataca a Trump y defiende los valores del periodismo para hacer frente a los excesos del nuevo presidente norteamericano es literalmente imprescindible. Echadle un vistazo y lo comprobaréis. Fantástico.

Y segunda P.D: Trump ha dado por fin una rueda de prensa. Y sólo puede aventurarse una conclusión: si alguien pensaba que iba a moderar su discurso, ya puede ir despertándose del sueño. Se ha mostrado tan zafio, histérico, conspiranoico y maleducado como siempre. Y ha seguido atacando a la prensa como si fuese la reencarnación americana de Jesús Gil. Un santísimo desastre que se va a sentar en el sillón más poderoso de la tierra en muy pocos días.

La clave está en el móvil: de las cinco columnas a las cinco pulgadas

Leo una reflexión del periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron que condensa en sólo 140 caracteres uno de los males que nos aquejan como periodistas: nuestro ensimismamiento cósmico.

Pues sí, es así. Trabajamos en un negocio que se desarrolla preferentemente en los móviles, que vive en torno a ellos. Pero nos seguimos comportando como si esta historia no fuera con nosotros. Si sois periodistas o editores, haced la prueba. Y hacedla con honestidad. Cuando escribís, ¿lo hacéis pensando en cómo quedará vuestra pieza en el móvil? Y cuando pensáis en vuestro negocio editorial, ¿tiene como eje central las pantallas táctiles de cinco pulgadas o sigue anclado en las cinco columnas del periódico de papel? ¡Y todo eso cuando la mayoría de nuestros lectores sólo nos leen a través de esos aparatos que guardamos en los bolsillos¡

La situación ha cambiado para bien en los últimos años. Ya quedan pocos abanderados de la nostalgia comportándose como luditas de lo digital y quien más quien menos todo el mundo entiende el cambio. Pero no nos hagamos trampas a nosotros mismos, que además de feo es estéril: una cosa es aceptar a regañadientes la realidad que vivimos y otra bien distinta es asumirla y actuar de forma coherente.

Los periodistas vivimos en una burbuja contradictoria. Somos adictos a las redes, abominamos de la publicidad invasiva de las webs y ya casi que no nos acercamos a los quioscos, pero luego clamamos porque haya más periódicos, nos quejamos de que la gente pone bloqueadores de publicidad en sus dispositivos o de que sólo se informe a través del facebook… y nos preocupamos más bien poco de cómo se ven nuestras noticias en los dispositivos móviles y menos todavía acerca de si se puede hacer dinero a través de las pantallas de nuestros celulares.

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Fuente: Pixabay.com

Y lo hacemos pese a pertenecer a un gremio como el nuestro en el que nuestra adicción es de tal tamaño que sólo nos falta acostarnos con los móviles y en el que es de lo más normal encontrar a gente capaz de tuitear 18 horas al día pontificando sobre la actualidad después de haber consultado su teléfono móvil en torno a unas 120 veces en un solo día.

¿No sería mejor, entonces, acercar nuestros modelos de negocio a esa realidad que es la nuestra antes que esperar ilusamente a que la realidad vuelva a ser la que era antes de la llegada de los móviles, las redes sociales y hasta la propia internet, o sea, en el pleistoceno informativo? Igual hasta nos iría mejor.

El cambio del Washington Post: una cuestión de talento, de liderazgo…y de dinero, de muchísimo dinero

Fuente: El espectador.

Andamos todos últimamente glosando las bondades del gran cambio que ha experimentado el Washington Post (WP) desde que fuera comprado por Jeff Bezos, el dueño de Amazon. El periódico de las élites norteamericanas, hasta hace poco con más pasado que futuro, ha pasado de ser el diario local de la capital de los Estados Unidos a ser un diario nacional con vocación global que le disputa el liderazgo en usuarios únicos en la web al New York Times. Y encima es rentable. Y todo esto ha pasado en sólo tres años.

Bezos dice que hay tres factores que son clave para poder acometer una transformación tan radical: talento, perseverancia y dinero. Y se afana en que al Washington Post no le falte ninguna de las tres cosas. De hecho, el WP, a diferencia de otros grandes medios, se ha dedicado a contratar en vez de a despedir y ha invertido en periodistas con perfiles digitales y en desarrolladores que les están ayudando a entender mejor a su audiencia y a ofrecerles mejores productos informativos que les han permitido, en un bucle perfecto, ganar visitas en sus portales y en las cuentas que tienen abiertas en las redes sociales.

Fuente: Clases de periodismo.
Fuente: Clases de periodismo.

Todo esto ya es conocido. Por eso me voy a centrar en dos cuestiones que a mi juicio son determinantes a la hora de analizar este proceso.

En primer lugar, Bezos sabe que el futuro pasa por experimentar todas las posibilidades que le ofrece el entorno digital con el objetivo de crear grandes comunidades de seguidores de su marca en este territorio. Y por eso se dedica sin descanso a invertir tiempo, talento, dinero y toda su experiencia en Amazon en lograr su objetivo cueste lo que cueste.

Su visión y su objetivo son claros. A diferencia de otros grandes medios cuyos propietarios vienen de ganar muchísimo dinero en la era analógica, no tiene dudas. Bueno, no tiene dudas y no tiene intereses creados que satisfacer ni lastres imposibles de soltar. Aquí no hay grandes debates sobre qué hacer con el periódico de papel o sobre qué pasará en un futuro con las rotativas del planeta. Le da exactamente igual. Todas las energías las concentra en que se siga haciendo buen periodismo y en mejorar la experiencia del usuario en el entorno digital. Y la apuesta le está saliendo más que bien.

Ahora bien, debe quedar claro que el ejemplo del WP no puede generalizarse (en esto se parece al New York Times). No todos los medios pueden contar con un mecenas experto en las innovaciones disruptivas que les ponga sobre la mesa todo el dinero que necesiten, permitiéndoles olvidarse de la cuenta de resultados.

Bezos es como esos inversores asiáticos que llegan al fútbol europeo y son capaces de cambiar el curso de un equipo a base de cheques y talones. Puede que haya algunos más como él, pero seguramente se puedan contar con los dedos de una mano.Y no todos pueden tener su claridad de criterio y su visión de futuro.

El Washington Post tiene la suerte de contar con él, pero la gran mayoría no puede hacerlo. Y sin la ayuda de un mecenas que tenga el dinero para hacer este cambio y la claridad de criterio para ejecutarlo, la transformación se hace más cuesta arriba. Se puede y se debe acometer, pero es más difícil y cuesta un dinero que la mayoría ni tiene ni puede soñar con tener algún día.

Zuckerberg y los problemas del mayor periódico de la historia: el ‘Facebook Times’

Marck Zuckerberg. Fuente: SiliconBeat

Facebook está reventando de éxito. En su carrera impetuosa con Google por ver quién de los dos se convierte en el Gran Hermano global que controlará internet ha mostrado sus poderes. Uno de cada cuatro habitantes del planeta tierra tiene abierta una cuenta en la red social y se entretiene, cotillea o se informa en la plataforma de Palo Alto. Facebook gana muchísimo dinero con ellos y quiere más. Pero antes, va a tener que solucionar un par de problemas. Uno grave y el otro gravísimo.

El problema grave es que en los últimos cuatro meses, Facebook ha tenido que reconocer que ha cometido hasta cuatro errores a la hora de medir las métricas de sus anuncios publicitarios. Ha inflado los resultados de visitas como si hubieran engordado las visualizaciones con productos que jamás pasarían un control antidoping de audiencias y  los han pillado. Imaginaos cómo les puede sentar esta catarata de errores a los anunciantes.

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Ilustración. The Valley Report

Y el problema gravísimo es que los muros de facebook se han llenado de trolls y no tan trolls que han descubierto el inmenso negocio que supone publicar noticias falsas en la red social más visitada del mundo.

En un primer momento, Zuckerberg restaba importancia a estos problemas y subrayaba, en una peculiar versión del “a mí que me registren”,  que Facebook no era ningún medio, sino que se limitaba a poner la plataforma para que los demás distribuyeran allí sus contenidos, como si Facebook fuera la autopista por donde circulaban los coches de las noticias y poco más.

Pero la fuerza de los hechos le está obligando a rectificar y a reconocer que sí, que Facebook sí es un medio. Para ser exactos, es el mayor medio de la historia del planeta, una especie de ‘Facebook Times, un lugar al que acuden a día de hoy decenas y decenas de millones de ciudadanos a informarse de lo que ocurre en su entorno más cercano. Y esa condición obliga a Zuckerberg a reconocer su responsabilidad y adoptar decisiones para evitar lo que más le puede doler a un medio, por muy grande y poderoso que sea: que pierda la credibilidad.

Si Facebook engorda sus métricas y convierte en territorio abonado a los farsantes, los freakies y los trileros de medio pelo, no tardará entonces el día en el que esta máquina de hacer dinero se gripe porque los mismos consumidores que son devotos de esta red social se trasladen en masa a otra red social en la que empiecen a confiar más. Ha pasado en otras ocasiones y puede volver a ocurrir. Y ese día, a nadie le importará que Facebook publique noticias falsas o que infle sus anuncios, pero porque se habrán olvidado hasta de la contraseña con la que entran en la red de los likes.

La gota malaya de los socios de eldiario.es

Escuchamos tanto sobre las cifras de tráfico y de suscriptores de los grandes periódicos que cuando ahora llega uno como eldiario.es y nos anuncia hoy que han llegado a los 20.000 socios, puede que haya quien tenga la tentación de responder: ¿20.000 nada más? ¿tan sólo 20.000? Pues sí, 20.000, pero no “nada más”, sino “nada menos que 20.000”. Eldiario.es tiene sólo cuatro años de existencia y en este tiempo ha logrado esa cifra de socios y también 5,6 millones de usuarios únicos en el primer semestre de 2016 según Comscore. No está mal para un grupo de periodistas que se jugó sus ahorros y muy poco más.

 

Este portal informativo ha cumplido su objetivo de hacerse un hueco en el mercado con una propuesta de periodismo enfocado y anclado ideológicamente en la izquierda y con un modelo de negocio mixto en el que a la casa madre de la redacción central se le unen las franquicias regionales y una verdadera infinidad de portales temáticos especializados a la que ahora se unen acuerdos como el suscrito con The Guardian o compras como la de vertele.com que les ayudan a ganar tráfico. Todo un universo mediático en torno a una marca central. Y, por cierto, controlado por los periodistas fundadores del proyecto, lo que les permite ampliar su libertad editorial.

No es fácil lo que han logrado. Eldiario.es se dirige a un público comprometido y susceptible de pagar por un periodismo que se asemeje a lo que ellos reclaman. Pero para qué negarlo. Una cosa es tener potenciales suscriptores y otra cosa bien distinta es tener suscriptores de verdad. Y si además, a esos suscriptores se les dice que van a pagar para que los demás puedan leer todas las informaciones y opiniones del medio, las posibilidades de que esos potenciales y comprometidos socios te den un corte de mangas en la cara y se pongan de perfil a la hora de dar el número de la cuenta bancaria se multiplican de forma exponencial.

Ah, y una cosa más: te piden que te hagas socio igual que te lo piden unos cuantos medios más que se sitúan en su misma horquilla ideológica (de memoria, recuerdo ahora a los compañeros de Infolibre, a los de Contexto y a los de La Marea), con lo cual nos podemos encontrar con la situación paradójica de que hay una bolsa de lectores de esa determinada horquilla ideológica que sufren un verdadero bombardeo de ofertas de donaciones,  suscripciones y afiliaciones que no hay bolsillo que resista, salvo que me digáis que conocéis a mucha gente que está suscrita a cuatro o cinco medios digitales, en cuyo caso empezaré a pensar que tenéis unos amigos muy extraños.

El caso es que eldiario.es está creciendo. Poco a poco, como gotas malayas que suman una a una, han logrado una cifra estimable que socios que pagan a partir de cinco euros al mes cada uno de ellos para que el resto de los ciudadanos pueda leer eldiario.es. A cambio, además de la gratitud infinita y el aplauso de los periodistas que promueven el proyecto, tienen las noticias unas horas antes que los demás y poquito más.

A mi juicio, eldiario.es se ha movido en el alambre editorial propio de una apuesta arriesgada, pero con inteligencia, apostando por una propuesta informativa sólida y entendiendo que había un hueco entre un tipo de lector joven, inconformista y de izquierdas que estaba buscando una oferta periodística que ya no encontraba entre los medios de comunicación tradicionales más cercanos (El País).

Y si no lo creéis así, os invito a que veais algunas de las entrevistas que hicieron a los primeros socios del proyecto y que detectéis qué producto reclamaban estos lectores. Yo pongo siempre este vídeo en las clases que doy porque explica muy claramente lo que estoy diciendo.

Ese producto innovador fue eldiario.es, un proyecto hijo de un momento determinado de este país (15-M, movimientos sociales, la nueva izquierda…) y de la audacia editorial de un puñado de periodistas como Ignacio Escolar o Juan Luis Sánchez a los que la jugada editorial les ha salido más que bien, algo de lo que deberíamos alegrarnos todos los que creemos que todavía se puede hacer, como dice su lema, “periodismo a pesar de todo”. Enhorabuena. Y a seguir.

La marca personal sí que cuenta. El ejemplo de Rosa María Palacios

Rosa María Palacios. Fuente: blog de RMP

A través de un tuit de José Luis Orihuela me llega un análisis de un semanario peruano sobre la marca personal de la abogada y periodista Rosa María Palacios, un ejemplo de libro de una articulista que ha sabido trabajar su relevancia hasta el punto de que su blog de política peruana es un medio de comunicación en sí mismo y ella misma cuenta con una legión de seguidores en las redes sociales (en twitter, más de dos millones).

El análisis, firmado por Marco Eyzaguirre, pone el acento en características que son universales en todo aquel periodista que es capaz de generar una fuerte marca personal.

 

Rosa María Palacios es constante (publica cada dos o tres días) y “vende una postura”, algo que, si no me equivoco mucho, implica un par de cosas: 1. que se moja en los temas de los que habla y 2. que es capaz de generar una gran conversación en torno a sus artículos, calificados como “inflamables”.

El resultado es que Rosa María Palacios ha creado en torno a su marca una comunidad de lectores que sigue lo que escribe y que le permite ser a día de hoy una de las periodistas y blogueras más influyentes de su país.

¿Vive de eso? Directamente del blog parece que no (no he visto publicidad en un primer vistazo a su portal), pero Eyzaguirre subraya que el fortalecimiento de su marca le permite colaborar en otros medios que sí le generan negocio, en su caso una columna en un diario y la dirección de un programa de radio en Lima.

Haciendo memoria, su caso me recuerda al de periodistas españoles como Ignacio Escolar, cuyo blog, escolar.net, fue su medio de referencia hasta que éste empezó a alojarse en las grandes marcas que dirigió y dirige (Público y eldiario.es).

En todos estos casos, los periodistas han sabido captar cuál es el valor añadido de su marca personal y lo han sabido explotar en un ecosistema que permite que un simple individuo sea capaz de competir en igualdad de oportunidades con un gran medio en busca de la atención de los lectores. Algo impensable hace no tantos años.

Naturalmente, la mayoría de los que intentan hacer lo mismo no logran la relevancia ni de Rosa María Palacios ni de Ignacio Escolar u otros casos similares. Pero bueno, no me digáis que no es un buen ejemplo de que la marca personal sí importa a la hora de buscarse la vida en este negocio del periodismo. Cuanto más nos conozcan, mejor. Estamos en el negocio de la relevancia. Y el que mejor lo comprende, es el que termina ganando.

Nadia, el periodismo y el espectáculo de la verdad

Los periodistas nos hemos puesto en modo plañidera con el caso de Nadia y el padre que se inventaba historias sobre la enfermedad de su hija con la que ganaba dinero que no iba a parar a los cuidados de la niña. Propósitos de enmienda se mezclan con juramentos al estilo de Scarlett, el personaje de Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó: “Jamás, nunca jamás volveremos a caer en un engaño semejante”.

Bueno, seamos sinceros, volveremos a caer. Y si seguimos por la senda de transformar a los medios de comunicación en versiones informativas de los telemaratones donde se trafica con el cariño y con la ternura que inspiran dramas como el de la niña Nadia, caeremos mucho más pronto que tarde.

Es paradójico: nos preocupamos por las noticias falsas que aparecen en Facebook, pero se nos apagan las señales de alerta cuando vemos que una noticia, un titular o un reportaje triunfa en las redes sociales. Ahí se nos apagan todas las neuronas que hemos acumulado en años de oficio y decidimos que para qué vamos a dejar que la realidad nos estropee una buena historia. Y así, somos capaces de aceptar hasta que el padre de Nadia se fuese a una cueva de Afganistán en busca de un tratamiento para su hija y otros exotismos que, antes, jamás habrían pasado por el filtro de los editores de un periódico.

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Fernando y su hija Nadia. Fuente. La Información.

En realidad, aquí lo importante no es que una noticia sea una verdad o una de esas patrañas a las que ahora calificamos de hijas de la posverdad. Lo importante es que nos hemos postrado de tal manera ante el altar del dios de la viralidad y el tráfico fácil que  estamos convirtiendo a los medios en teatros donde sacrificamos casi todo en busca de las visitas que salvarán los numeros de nuestras compañias. No nos interesa informar, nos interesa emocionar. Y si vemos que la emoción multiplica nuestros likes y nuestros retuits, se nos nubla la razón y aceptamos ballenas como animales de compañía sin que nadie sea capaz de advertinos de la barbaridad que estamos cometiendo.

Y, por cierto, esto no es un problema particular de Pedro Simón (un excelente periodista que ha cometido un error) o de el diario El Mundo (¡Con la de buenos periodistas que tiene en sus tareas de edición, por Dios¡). Esto es un problema que en mayor o menor medida sufrimos casi todos los periodistas y casi todos los medios. O decidme si no: ¿no os ha pasado alguna vez que habéis contado una historia que no habíais contrastado lo suficiente?  Venga, decid la verdad: ¿A que sí?

Pero mirad, vamos a ver también aquí el lado positivo de las cosas. Esto del caso Nadia es un toque de atención, pero también el descubrimiento de una verdad que se nos estaba empezando a olvidar: si perdemos los filtros de verificación, los medios ya no seremos medios. Pero si insistimos en ellos, si insistimos en controlar todo lo que publicamos y decimos, si insistimos en ser más creíbles, a lo mejor, hay ciudadanos que empiezan a recuperar su confianza en nosotros y terminamos por distinguirnos de quienes convierten las emociones en mercancía destinada a engordar sus cuentas de resultados.

Y ese día, descubriremos que el periodismo tiene que ser entretenido y tiene que emocionar, pero que jamás, nunca jamás, tiene que confundirse con un espectáculo donde lo que menos importa es que lo que se cuente sea o no sea verdad.

P.D. Mirad este vídeo del actor norteamericano Denzel Washington sobre el periodismo y la verdad. En menos de un minuto, disecciona y diagnostica uno de los peores males que aquejan al periodismo actual: esa carrera alocada en la que lo de menos es si contamos verdades, medias verdades o mentiras. Imprescindible.

 

El EGM, las audiencias de los periódicos y la mudanza digital

Se podrían analizar muchas cosas sobre el estudio general que mide la audiencia de los medios de comunicación en España, el EGM. Utiliza criterios discutidos en el seno de la industria del periodismo, pero es el medidor que usan las agencias, las empresas y las instituciones para colocar la publicidad en los soportes informativos. Y mientras siga siendo así, el EGM será la biblia de este negocio para los periódicos impresos y las radios.

Hoy, que se han publicado los datos de la última oleada de audiencias, me quería detener en un aspecto llamativo. Algunos portales se han apoyado en ellos para certificar el desplome de los grandes periódicos de este país, haciendo hincapié en las pérdidas de lectores de sus ediciones impresas por encima de los dos dígitos en casos tan señalados como los de El País y El Mundo.

Los números no son nada sorprendentes en un contexto de abandono masivo del papel como elemento transmisor y distribuidor de las noticias (¿de verdad alguien se va a extrañar en la era de los móviles, las pantallas planas y las redes sociales), pero sí que hay que ponerlos en cuarentena en todo lo que supone de certificado del presunto desplome de las grandes cabeceras.

No, las audiencias de las grandes marcas periodísticas no están desapareciendo. Lo que están haciendo es trasladarse al digital.Y si algo se desploma no son las marcas, sino un modelo de distribución industrial que hunde sus raíces no en el siglo XX, sino incluso en el anterior. Nada más.

Voy a poner simplemente el ejemplo de El País y El Mundo. Leemos que el principal diario de Prisa ha perdido en un año el 16,2% de sus seguidores hasta quedarse en 1,2 millones de lectores y que el de Unidad Editorial ha bajado un 15,5% y se sitúa en la frontera de los 700.000.

Los datos no son discutibles, pero no dan una idea exacta de la importancia de las marcas si no les sumamos sus audiencias digitales. Aquí también hay mucho vaivén de cifras, pero me quedaré con la polémica que desataron los últimos datos de Comscore.

En noviembre El Mundo y El País se enzarzaban en una pelea pública por ver quién era de verdad el líder de medios en este país.El primero decía ser el líder con 14 millones de usuarios en octubre y el segundo reclamaba ese liderazgo afimando tener 15 millones.

La discusión nos dice mucho sobre el gran camino que aún queda por recorrer para medir de forma correcta las audiencias digitales, pero en este caso las cifras sí que nos sirven para medir el alcance real de estos medios. Ni El País tiene sólo 1,2 millones de lectores ni El Mundo tienen 700.000. En todo caso, tendrán unos 15 millones de lectores. O al menos eso es lo que yo defendería si trabajara en esos medios y tuviera que convencer a los anunciantes de que apostara por mis productos.

Las grandes cabeceras ya son mucho más que sus ediciones de papel. Pero hace falta que se lo crean ellas mismas: que salgan de sus zonas de confort y que defiendan más sus ofertas digitales.

No hace mucho, leía un artículo en el que Michael Golden, vicepresidente del The New York Times, decía que ellos no eran un periódico con una página web, sino una compañía digital de medios de comunicación que saca un diario. Igual hace falta que aquí, en España, los grandes medios se den cuenta también de que no son periódicos, sino compañías digitales de noticias que, no se sabe por cuánto tiempo, todavía sacan un diario a diario.

Uniendo fuerzas en el periodismo

Reunión de medios promotores de 'El Salto'. Fuente: Diagonal

Esta semana he leído que un grupo de unos veinte medios españoles con posiciones ideológicas de izquierda han decidido unirse para crear una marca común que, como ellos mismos sostienen, les permita dar lo que ellos mismos llaman El Salto. En este artículo de Diagonal que os acabo de enlazar tenéis información de una iniciativa que, más allá de sus filias ideológicas, es muy interesante como asunción de una realidad: Mejor unidos que haciendo cada uno la guerrilla de trincheras por su cuenta.

No es fácil. Algunos de sus promotores han tenido que digerir un par de ideas con mucha sustancia: la primera es asumir que por separado no iban a llegar muy lejos y la segunda es entender que la gente no está tan dispuesta a a financiar sus proyectos de periodismo. O al menos, no la gente suficiente.

Lo explica muy bien en un artículo en Contexto Naiara Puertas, así que no me detendré mucho más en este aspecto. Cuando se ponga en marcha, veremos en qué queda este experimento con el inconfundible aroma asambleario de la izquierda de Podemos y las también inevitables ínfulas de todos aquellos proyectos de periodismo que abominan de lo que se puede leer ahora en las cabeceras tradicionales.

Lo que sí me interesa resaltar, y es en positivo, es que se trata de un movimiento que entiende la necesidad de unir fuerzas para evitar que la fragmentación te expulse del mercado. Y que esa comprensión nace tras asumir la falta de viabilidad de proyectos que recelan de la publicidad, pero que ni tienen músculo financiero ni son capaces de generar ingresos por la vía de las donaciones y de las suscripciones.

Si hay dos, tres, diez o quince pequeños portales de información que compiten por el mismo tipo de lector, no puede haber razones para no intentar trabajar con un sistema de economía en escala, que, por un lado, puede ahorrar costes, y por el otro, puede hacerse más atractivo para los lectores y también para los potenciales anunciantes del medio. Bueno, esto último para el caso de que no rechacen a las empresas como si fueran Belcebús con contables y cuentas de resultados.

El ecosistema español de los medios está rompiéndose, pero precisamente por eso es tan importante empezar a trabajar en acuerdos de colaboración entre medios que permitan ganar en tráfico que, a su vez, permita hacer ofertas competitivas con las que ganar el dinero que se necesita para hacer viables a los medios.

Lo hemos visto últimamente con el acuerdo al que han llegado Publico y Contexto, con los convenios de colaboración que está firmando El Español con portales como Crónica Global o Bluper o con las alianzas y compras que está haciendo eldiario.es. Si se quiere competir con los grandes, hay que ganar en tráfico, pero cuidando de no ganar en costes. Y eso se consigue con acuerdos como el que pretenden los promotores de esta iniciativa. Ojalá consigan sus objetivos. Cuanta más pluralidad, mejor. Y cuanto antes aprendamos los periodistas a hacer sostenibles nuestros proyectos, todavía mejor.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?

El Vogue se harta de las blogueras

Cuatro periodistas de Vogue han firmado un artículo contra las blogueras de moda cuyo contenido tiene más de alegato y de desahogo que cualquier otro adjetivo que queramos emplear. Según leo en El País, el alegato las describe como unas adolescentes advenedizas incapaces de mantener un estilo más o menos definido y las acusa de ser las futuras causantes de la muerte de la industria de la moda. Así, sin matices ni mayores explicaciones.

Más allá del berrinche, lo que llama la atención no es la virulencia del ataque, sino lo que se esconde detrás de él. Si un transantlántico del glamour como Vogue arremete de esta forma contra unas blogueras es que algo está cambiando en una industria editorial, la del periodismo de moda, que mueve millones de dólares y de euros y que parecía salvarse del gran cambio provocado por la irrupción de internet.

Vogue, con Anna Wintour a la cabeza, se ha vanagloriado durante décadas de ser la revista que marcaba las tendencias en el mundo de la moda. Y ahora se encuentra con que el enemigo que les está comiendo el terreno no es ninguna otra revista o publicación del sector, sino un grupo de blogueras que viven en Youtube y en Instagram y que desde allí marcan tendencia que siguen religiosamente millones y millones de seguidores de todo el mundo.

En el reino de las ‘influencers’

En un mundo en el que las grandes marcas editoriales se construyen a base de tiempo, constancia y calidad, las blogueras han roto todas las hojas de ruta del manual de cómo ser una reina de las revistas y se han convertido en unas influencers capaces de cambiar en cuestión de días las modas que se dictaban en los despachos de Manhattan de las grandes publicaciones del sector.

En realidad, algo así no nos debe sorprender. Internet ha roto las barreras del acceso a la información y ha permitido la entrada de nuevos actores en una industria como la del periodismo que funcionaba como un coto cerrado al que sólo podía acceder quien tuviera el músculo financiero para hacerlo.

Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue
Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue

Y en el terreno que nos ocupa, ha permitido que muchas personas se hayan convertido en medios en sí mismos con una capacidad para conectar e influir en sus seguidores que ya quisieran para sí muchas publicaciones tradicionales.

El resultado es que todos conocemos a aficionados al fútbol que tienen más influencia que unos cuantos periódicos deportivos, a cinéfilos de cuya crítica depende que una película vaya bien en las taquillas mucho más que lo que pueda decir una revista de cine o a algún bloguero o bloguera de moda que tienen medio millón de me gusta cuando ponen una foto con su pantalón favorito.

Ante ello, las marcas periodísticas que son líderes en sus segmentos tienen dos opciones: intentar atraerlos a la causa, integrándolos en el sistema, o arremeter estérilmente contra los nuevos enemigos. A juzgar por su pataleta editorial, el Vogue ha elegido la primera opción y se ha decidido por defender agresivamente su imperio ante la llegada de estas bárbaras armadas con sus smartphones y sus cuentas de Instagram.

El tiempo dirá si esta arremetida les sirve para algo más que para un desahogo.

Manual de darwinismo para periodistas

Están disfrutando un eco más que merecido las ideas lanzadas por el director del Washington Post Martin Baron durante la entrega de los premios de periodismo García Márquez en Colombia. Por resumir telegráficamente, el periodista hace hincapié en la necesidad de que los periodistas y las organizaciones de noticias aceptemos la necesidad de adaptarnos a un ecosistema donde no podemos esperar a que los lectores se nos acerquen, sino que hay que ir a por ellos.

Baron no ve alternativas. Casi todas las noticias llegarán a los lectores través de los teléfonos móviles y serán distribuidas en las redes sociales. Y para competir en ese terreno, será necesario  establecer todo tipo de alianzas tecnológicas en un mundo incierto y cambiante que no sabemos quién terminará liderándolo.

A mi juicio, lo más determinante del discurso no son sus predicciones sobre los móviles o las redes (tienen mucho de apoteosis de la obviedad), sino la actitud mental y predisposición de Martin Baron, un señor periodista que, entre otros galones profesionales, dirigió el Boston Globe cuando este periódico destapó los abusos sexuales a niños de miembros de la Iglesia Católica, una historia luego llevada al cine en la película Spotlihgt.

Ponerse de parte de la solución o del problema

Martin Baron ni se deslumbra ni recela de las nuevas realidades tecnológicas, pero hace algo esencial: ponerse de parte de la solución y no del problema, o sea, asumir que el cambio ha venido para quedarse y que no hay otra opción que aceptar el darwinismo digital de adaptarse o morir con las rotativas puestas.

Martin Baron juega con ventaja, pues no es lo mismo trabajar en un medio donde las cuentas de resultados terminan en ERES y despidos que hacerlo teniendo a un editor como el propietario de Amazon, Jeff Bezos, que se comporta como un mecenas  dispuesto a poner dinero para financiar esta transformación digital.

Pero lo importante no es eso, sino que sabe aprovechar esa ventaja para exprimirla y ponerla de parte del periodismo.

¿Cómo? Asumiendo que ponerle puertas al campo en el que ya jugamos todos es una tarea estéril que no evitará lo inevitable y que la única opción es utilizarlas para seguir haciendo más y mejor periodismo que luego se consumirá dónde y como quieran los lectores.

La Sexta, la política y el espectáculo de la televisión

La Sexta noche

Leo en un blog muy recomendable de televisión de La información que La Sexta TV ha arrasado en las audiencias del sábado con sus programas maratonianos de cobertura de la crisis del PSOE. A quien haya seguido esta crisis en las redes sociales no le ha podido sorprender. Un número nada desdeñable de usuarios comentaba las últimas jugadas del partido a partir de los datos, opiniones y análisis que proporcionaba esta cadena de televisión y otros tantos cuantos alababan o despotricaban a Antonio García Ferreras, a Ana Pastor y a otros integrantes del universo mediático de la Sexta como si todos ellos también votaran en ese Comité Federal o trabajaran en favor o en contra de alguien.

Vehemencias y esoterismos editoriales aparte, lo de ayer en La Sexta  es un acierto más de una cadena que ha sabido posicionarse y que sabe aprovechar cualquier acontecimiento de este tipo para consolidarse como una marca de referencia cuando se trata de seguir lo que ocurre en la política en España.

Hasta no hace tanto, cada vez que ocurría algo importante todos poníamos el telediario de TVE. Ahora no, ahora ponemos La Sexta. Y les aseguro que no es porque las hadas se han confabulado en favor de un canal por razones desconocidas.

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Posicionados en un nicho de mercado

La cadena de perfil progresista de Atresmedia ha encontrado su nicho en un ecosistema saturado y lo aprovecha hasta exprimir la última gota del share. Y muy bien que hace.

La fórmula es hija de quien dirige informativamente la cadena: Antonio García Ferreras. Pasión por la política, pasión por el periodismo de trinchera que se arriesga en el área, sentido del espectáculo y un sentido del ritmo que es marca de la casa desde que García Ferreras empezó a trabajar en la Cadena SER a finales de los ochenta.

Antonio Garcçia Ferreras.

La Sexta es el nuevo ‘Parlamento catódico’ de España

La Sexta se ha convertido en el nuevo Parlamento catódico que alimenta a las redes sociales, en un Congreso escorado a la izquierda pero donde todos los adictos a la política de cualquier sensibilidad ideológica se sienten más o menos representados.

Y todo eso es porque se ha especializado, ha focalizado sus esfuerzos y ha sabido entender que para hacerse un hueco en el ecosistema de la televisión, tenía que buscar una voz muy definida y a la que todo el mundo pudiera identificar.

Ese objetivo ha sido alcanzado. La Sexta se ha convertido en la CNN de las noticias en español y ahora se dedica a consolidar su posición y a ampliar su nicho en el mercado. Como vimos el sábado, lo está consiguiendo.

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

Enlace

La web ya no es el macho alfa de la distribución de las noticias

Web informativas

Cada cierto tiempo tiempo leemos en los papeles sobre periodismo que las webs informativas están muertas. Es un poco como lo de la desaparición de las novelas o la de los blogs, a los que hemos matado sin esperar a que dejen de respirar.

Algo de cierto hay, sin embargo: las webs ya no son el centro de la atención informativa y su importancia como casa madre desde la que distribuir las noticias ha ido reduciéndose hasta el punto de que hoy nos podemos preguntar seriamente si las organizaciones informativas pueden seguir dedicándole el tiempo que le dedican.

Las webs no estan muertas. Pero les ha salido un competidor que les obliga a repensar su papel, el de las webs informativas en la era de las redes sociales como Twitter, Facebook o Instagram y de los canales de mensajería instantánea como Whatsapp o Telegram.

Basta que hagáis una prueba nada científica para comprobarlo. Pensad cuánto tiempo dedicáis al día a consumir información. ¿Lo habéis hecho? Pues ahora calculad cuánto tiempo les dedicábais hace tres años a leer las noticias accediendo directamente a las webs de los medios y pensad cuánto tiempo les dedicáis ahora.

En la mayoría de los casos, la respuesta va a ser coincidente: el tiempo que destinábais a navegar por las carpetas del escritorio de vuestro portátil lo dedicáis ahora a rastrear en vuestros teléfonos móviles de última generación el timeline de vuestra cuenta de Twitter y vuestro muro de Facebook y a echarle un vistazo a la noticia que alguien ha colgado en el grupo de whatsap que compartís con los padres del colegio o con los amigos y amigas del gimnasio.

No hay que ‘enterrar’ a las webs, al menos todavía

¿Significa eso que hay que pensar en presentarle el despido procedente a la web? En absoluto. Las webs siguen siendo indispensables para cualquier medio digital, tanto en términos editoriales como de modelo de negocio. Lo que ocurre es que su peso específico se ha reducido de forma drástica.

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Fuente: diario El País

La web, o para ser más exactos la portada de la web, ya no es el macho alfa de la manada periodística. Ese rol le corresponde ahora a cada uno de los artículos y formatos que mandamos a la guerra de la atención en las redes sociales.

Cada artículo se convierte en una portada en sí misma y casi en una web en sí misma.

¿Y qué quiere decir eso? Pues algo tan sencillo como que nos tenemos que preocupar mucho menos por lo que hagamos con nuestras webs y con las portadas de nuestros medios digitales y muchísimo más por la manera en la que presentemos y distribuyamos cada uno de nuestros artículos en esa feria de las vanidades en la que se han convertido las nuevas plazas públicas de las redes sociales.

Es lo que toca.