Los hooligans invaden el periodismo deportivo

Ronaldo y Messi

El periodista y profesor universitario José Luis Rojas ha hecho hincapié este pasado fin de semana en un hecho bastante llamativo: el diferente tratamiento que le han dispensado los grandes periódicos deportivos de España a las finales de la Copa de Europa de fútbol jugadas por el Barcelona (2015) y el Real Madrid (2017) frente a la Juventus. Así, en un fotomontaje, contraponía lo que publicaban en las visperas el Marca y los dos grandes diarios de la Ciudad Condal, Sport y Mundo Deportivo. En el primero de los casos, el diario deportivo de Madrid titulaba con una foto a toda página de Messi y un titular en el que aventuraba lo obvio: que la estrella argentina podría ser la clave de esa final. Y en el segundo de los casos, los dos periódicos catalanes se sumaban a la fiebre transalpina y jaleaban como tifosis al equipo turinés.

No voy a entrar a comparar una y otras portadas y en el sesgo de cada una de ellas, pero sí que voy a poner el acento en lo que representan: una vuelta de tuerca más en el fenómeno de hooliganización que está viviendo el periodismo deportivo en España (y también, porqué no decirlo, el propio periodismo político, cada vez más hundido en una guerra de trincheras ideológicas en la que muchos periodistas se reconvierten en militantes de las causas de sus diarios y en la que la primera víctima es la credibilidad).

Después de ver estas portadas y algunos otros comportamientos propios del periodismo ultra (y aquí caen casi todos, no sólo los dos grandes periódicos de Barcelona), cabe preguntarse es en qué momento algunos periódicos deportivos y algunos canales, sobre todo de televisión, terminaron convirtiéndose en algo similar a un medio oficial de club y, en los peores casos, en panfletos alejadísimos del periodismo deportivo donde sólo parecen escribir exaltados y hasta payasos mediáticos dispuestos a prender todas las mechas que tengan a mano en defensa de las causas más bélicas del lugar.

Es legítimo que los periódicos muestren cercanía con un club y que empleen un lenguaje en el que se apele a las emociones, a la épica y a la pasión (de las mejores crónicas que he leído nunca, una parte importante han sido piezas deportivas). Y es comprensible también que en ocasiones se confunda hacer periodismo con dar espectáculo, sobre todo en la televisión. Pero no hay ningún manual de estilo que obligue a los medios a comportarse como las barras bravas de los clubes argentinos ni a tratar a sus lectores, oyentes o telespectadores como a exaltados cuyas pasiones hay que exarcebar para poder hacerse un hueco.

El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo 'El chiringuito'.
El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo ‘El chiringuito’.

No sé si será porque la crisis aprieta, porque hay más competencia o porque se juega mucho dinero en torno al espectáculo del fútbol, pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, un sector de la información deportiva de este país ha sido tomado por los hooligans periodísticos, quienes han impuesto la ley de que gana el que más grita y el que más rebuzna.

Tal vez por eso, tantos aficionados empezamos a refugiarnos en otro tipo de programas y medios de información deportiva que han apostado por no subir los decibelios, por no practicar el forofismo fanático y, lo que es más importante, por intentar hablar o escribir de fútbol haciendo lo de siempre, haciendo periodismo, que ya es suficiente tarea.

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?