Menos ‘SEO cost’ y más ganarse la confianza de los lectores

Hace tiempo que sostengo que los medios de comunicación deben obsesionarse menos con el SEO, sin dejar de usarlo, y más con construir comunidades en torno a sus proyectos editoriales y de negocio que se basen en la confianza que sean capaces de generar. Una confianza que, por cierto, es la gran y casi única ventaja competitiva que tienen en un mundo marcado por la saturación de las noticias, la depreciación del valor de la información y la eclosión de la industria de las noticias falsas.

Cuando no sabemos a quién creer, nos encontramos con un grave problema como sociedad, pero, también, en el ámbito del periodismo. con una oportunidad para los medios de comunicación, pues los ciudadanos terminan buscando referencias fiables a las que agarrarse cuando buscan la información que necesitan para comprender el mundo que les rodea.

https://twitter.com/LabDePeriodismo/status/1139037199444402176?s=20

Pensad en vosotros mismos. Si queréis entreteneros, picoteáis en vuestras redes sociales o bien os asomáis por alguna web o alguna cadena de radio o de televisión para “estar al día” y poco más, pero si tenéis una necesidad real de informaros y queréis tener la tranquilidad de que esa información sea de calidad, vais a determinados medios de comunicación de los que os fiáis de verdad. Es decir, que buscáis refugio en vuestros medios de referencia.

Sobre esto habla Ismael Nafría en un buen artículo en El País que merece la pena que leáis:

Pues bien, ahora que la basura viral se expande como los plásticos en los océanos y las noticias falsas contaminan hasta el último grupo de whatsapp del planeta tierra, ha llegado el momento de que los medios de comunicación dejen de rendirle este culto excesivo al Dios SEO y dediquen más esfuerzo real a su negocio real: la construcción de comunidades de confianza que sean capaces, a medio plazo, a comprometerse con sus marcas informativas…pagando por ellas.

No digo que no haya que trabajar pensando en el gran motor de búsqueda de la red (sería una ingenuidad nivel top cuando es ahí donde se siguen moviendo todavía los volúmenes publicitarios que aún no han migrado a Facebook…y a la misma Google), pero sí que afirmo que los medios tienen que centrarse en hacer SEO con sus artículos de calidad, con los que aportan información, contexto y comprension y no seguir con esta proporción descabellada de 1×10: por cada noticia que aporta valor, diez piezas de SEO cost, a cada cual más surrealista, de perros que dejan a sus novias en los altares caninos, de retos virales propios de gente aletargada o muy pasada de todo, de las andanzas de Malú o del último cantante hortera de reggaeton. ††††††

Los medios viven del negocio del volumen. Y hay que asumirlo. Pero en esta carrera loca por ganarlo, hemos pasado del negocio de la información al negocio del espectáculo, de buscar lectores a cazar clicks cueste lo que cueste y hemos pasado de hacer periodismo a hacer algo que en muchos casos no se acerca al periodismo ni siendo magnánimos en la evaluación.

Claro que hay que ganar tráfico, pero sin seguir sacrificando lo que somos y sin aceptar algo así como que que las ballenas son animales de compañía en nombre de un SEO al que se atribuyen cualidades casi divinas, pero que no hace más que deteriorar más y más las marcas periodísticas.

Periódicos de papel:¿llegó el momento de verdad de ceder el paso a internet?

Los periódicos de papel suponen un anacronismo en un mundo digital en el que los propios medios empiezan a rentabilizar sus ediciones de internet.
— Leer en www.nobbot.com/general/periodicos-de-papel/

Zuckerberg, aclárate

He escrito en el portal de tecnología Nobbot, de Orange, sobre la relación errática y contradictoria que está teniendo en los últimos años Facebook con los medios de comunicación. Aunque no le guste a Zuckerberg, Facebook es ya el mayor editor y distribuidor de noticias de la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, tiene una responsabilidad sobre aquello que se publica en su plataforma. La proliferación de noticias falsas en sus muros, la ‘apropiación’ del negocio publicitario que antes monopolizaban los medios y su escaso cuidado hacia estos últimos le puede pasar factura. Zuckerberg tiene que saber cuál quiere que sea su relación con los medios. Y los medios tienen que preguntarse qué relación y qué grado de dependencia quieren de un gigante que amenaza con difuminar sus marcas.

Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

Diversificación y transformación digital: la estrategia de Vocento

He escrito hoy en Extradigital.es sobre la estrategia que Vocento ha presentado a los inversores para ganar la confianza de los mercados. Se traza sobre dos ejes: diversificación y transformación digital. Ambos ejes son vitales en cualquier estrategia de cambio de una empresa que nació como una compañía de periódicos de papel, pero que, ahora, es mucho más que eso: una empresa de medios y de servicios que cotiza en bolsa.

Desde este blog hemos defendido hace ya tiempo que, hoy en día, los medios ya no pueden depender en exclusiva de la publicidad para garantizar su sostenibilidad (de la venta de ejemplares de papel, mejor ni hablamos) y que tienen que trabajar en una estrategia de diversificación de ingresos que se centre en lo que, hasta ahora, era el perímetro del negocio: foros, eventos, formación, servicios de comunicación, contenidos patrocinados, canales verticales de nicho, etcétera.

Vocento es, a mi juicio, un caso de estudio de un grupo que, a sabiendas de la dificultad del empeño, está sabiendo acometer el proceso de transformación digital y de conversión de una empresa de medios de papel a una compañía digital de medios y también de servicios con una fuerte implantación territorial (Una docena de periódicos regionales más ABC y Colpisa) que, por cierto, es otra de sus ventajas competitivas.

Vocento, como el resto de las marcas vive en el centro de una disrupción tecnológica que ha roto todos los esquemas editoriales y de negocio de la industria. Pero al menos tiene un plan. Y tiene visos de que le puede funcionar. Suerte.

Por cierto, la idea de escribir está entrada sobre Vocento me ha surgido tras leer este artículo de Agustín Monzón en El Independiente:

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos, y de Kloshletter en España.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Las redes sociales no acabarán con las empresas periodísticas

Esta pasada semana me hacía eco en mi colaboración en Extradigital.es de las declaraciones de Soledad Gallego-Díaz, directora de El País’ en las que se quejaba amargamente de que los medios tradicionales no lograban imponer su agenda de temas en las redes sociales y hacía un vaticinio muy negro de la situación, pues aseguraba que si no lograban este objetivo, podrían desaparecer. Su argumentación es sólida, pero cuesta compartir estas conclusiones ni a la hora de buscar culpables (las redes sociales) ni a la de encontrar posibles soluciones. Por aquí os dejo la entrada:

http://www.extradigital.es/las-redes-sociales-no-llevan-a-los-medios-a-su-desaparicion/

Qué puede hacer un periodista para luchar contra las fake news

El periodista y profesor de Comunicación en Loyola Andalucía David Varona ha ofrecido en la sede en Sevilla de Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA) un taller para periodistas muy práctico y solvente sobre fake news y verificación de las noticias titulado “Los medios después de Facebook. El periodismo en tiempos de fake news”.

Varona profundiza tanto en el análisis y diagnóstico del problema de las noticias falsas como en las respuestas que pueden darse contra ellas desde los medios de comunicación.

Os paso algunas de las ideas expuestas.

  1. Los bulos funcionan a una velocidad infinitamente mayor que los desmentidos que los desmontan. Y sus fabricantes son más rápidos que quienes luchan contra ellos. Toca asumirlo.

  2. Es aún más difícil luchar contra las fake news ahora que la conversación de los asuntos públicos se desplaza desde entornos públicos con una cierta vocación de transparencia a circuitos cerrados sin controles de verificación (ejemplo: los grupos de amigos y familias en whatsapp o los grupos cerrados de los partidos políticos en Facebook).

  3. Las redes sociales (en especial Facebook) tienen una cuota de responsabilidad en la distribución masiva de falsedades, pero no más que eso: una parte. Los responsables últimos son quienes escriben y hacen circular esos bulos a través de estas plataformas y, en muchos casos, se lucran con el tráfico de infamias.

  4. Si hablamos de dinero, no nos centremos tampoco en Facebook como si fuera la reencarnación del Satán más mentiroso. No es el único. Si nos fijamos en el rastro del dinero, veremos que la cadena viral de la fabricación industrial de las mentiras empieza en las empresas que las fabrican, sigue en Facebook, que es donde se viralizan y se comienza a ganar dinero (a a través de los anuncios de FB) y acaba en Google, que también recibe su porcentaje del negocio por los clicks que proporcionan estas noticias falsas.

  1. Los fabricantes de fake news siempre van por delante de quienes luchan contra ellas. Y esto no es nada si lo comparamos a lo que puede pasar cuando se popularicen las deep news, noticias falsas que usan audios e imágenes manipulados casi imposibles de detectar.

  2. La lucha contra las noticias falsas es también una oportunidad de negocio para quienes quieran emprender en la industria del periodismo. En España, los dos ejemplos más claros son Maldito Bulo y Newtral. Y David Varona hace también referencia a ejemplos como los de Full Fact (Gran Bretaña) o Basta Bufale (Italia).Y también hay herramientas de verificación al alcance de todos, como First Draft, Tin eye o Poletika.

Y, por cierto, Facebook también está logrando avances.

  1. Y, por último, unos consejos que David Varona ofrece a los periodistas y medios y que éstos deberían de recordar en su día a día.

/ Si quieres detectar una noticia falsa, atento siempre a la fuente de la noticia. ¿Quién la da? ¿Es un medio o una fuente fiable? ¿Confiamos en ella?

/ Cuidado con los pantallazos. Es muy fácil imitar el diseño de una web de un medio creíble.

/ Atento al astroturfing: hay fabricantes que se inventan personas falsas en las redes sociales para distribuir su mercancía tóxica (sí, ya lo sé, todo esto parece una distopía, pero es así).

/ Fijaros en las URL. Los creadores de fake news usan direcciones muy similares a las de los medios que tienen credibilidad.

/ No difundáis sin contrastar. Sí, es una obviedad, pero vivimos en una época en la que a muchos, también a los periodistas, hay que recordarles algo tan obvio.

/ No os quedéis sólo con el titular. No os sorprenderá si os digo que mucha gente sólo lee titulares. El resto, como si no existiera. Lo sabemos desde siempre.

/ Verificad fechas, comprobad las imágenes y los vídeos.

/ Y, sobre todo, trabajad con conciencia crítica. Si nosotros los periodistas no lo hacemos, qué ejemplo le daremos al resto de los ciudadanos.

Sobre el ’lado oscuro’ de la comunicación y las relaciones públicas

El periodista y consultor Miguel Ángel Robles ha escrito un ensayo sobre el oficio de la comunicación que he tenido la suerte de prologar. Se titula ‘El lado oscuro. Diez falacias sobre las relaciones públicas‘ y ha sido editado por Fragua. El ensayo es una reivindicación honesta y muy bien escrita sobre la comunicación en el ámbito de las empresas y las instituciones y es también un alegato contra ciertos deslumbramientos que vivimos en la era digital y una defensa de lo racional frente a las emociones primarias que pueblan el discurso público en nuestras sociedades. Si os interesa esta pasión que es la comunicación, os recomiendo de verdad que busquéis el libro (en Amazon, por ejemplo) y que lo leáis. Os va a valer la pena,

Os paso por aquí el prólogo que escribí para el ensayo:

Una advertencia previa que tal vez disguste a los editores de este libro: el texto que tienen ustedes entre sus manos no es para todos los públicos. Absténganse, por tanto, de su lectura todos aquellos que piensen que la gente que ya no lee, que a la gente hay que darle la información bien masticadita y que lo importa no es informar a la gente, sino epatarla.

Y si no quieren abstenerse, cosa que le agradecerá también el autor, al menos, háganse un favor y hágannoslo a todos los demás: despójense durante unas cuantas horas del pack de visiones estereotipadas y políticamente correctas con el que se despachan a diario en sus quehaceres personales y profesionales y acepten el reto de leer un ensayo que les obligará a pensar y a repensar, que no pretende engancharles sino animarles a una discusión despojada de prejuicios sobre el papel de la comunicación corporativa en esta era de la democracia emocionalque nos ha tocado vivir.

Este libro, ya les anticipo, ni es cool ni lo pretende. No es un libro tribunero de un tipo que le da al público lo que quiere. Se lee excepcionalmente bien porque Miguel Ángel Robles tiene el veneno de la escritura en el cuerpo y cada párrafo contiene sangre y contiene alma. Pero el autor no aspira a ser el Paulo Coelho de la comunicación corporativa. En todo caso, aspira a lo contrario: a desmontar a quienes nos venden la peor de las alquimias para disfrazar la realidad con sus juegos verbales y visuales. Y aquí, se lo puedo asegurar, lo consigue con la solvencia de quien sabe de lo que escribe.  

El lado oscuro es un libro honesto de alguien que, sospecho, sufre de una alergia irremediable cada vez que se topa con un predicador de emociones vacías dispuesto a explicarle al orbe terráqueo cómo es la nueva comunicación y porqué él es su mesías. Es, así, una denuncia de determinados fenómenos que nos deslumbran y a los que damos pábulo sin que sepamos las razones de por qué lo hacemos. Y también es una reivindicación, a veces hasta dolorida, de determinados valores de la comunicación clásica que se están perdiendo entre tanta histeria y tanta historia.   

Robles estructura su ensayo como un decálogo en el que desmonta, una a una, las diez falacias que contaminan la imagen de marca de la comunicación, entre ellas, y voy a citar sólo algunas, el famoso mito del lado oscuro, las teorías conspiranoicas sobre las relaciones públicas y los poderosos, la prostitución de la compra de los espacios informativos, la exaltación de lo emocional, el nirvana del storytelling  o, por ejemplo, el deslumbramiento acrítico ante todo lo que huela a digital.

En todas estas falacias puede que haya hasta un cierto poso de verdad (un poquito de autocrítica, ¿vale?), pero cuando se rasca en ellas, se observa con claridad que todas ellas son también hijas de la pereza mental y de nuestra afición a calificar a los demás en función de nuestros prejuicios ideológicos y sociales.

Robles nos propone, así, un paseo por un parque temático repleto de supuestas verdades que no lo son, por falacias que en ocasiones adquieren la categoría de infamias. Pero su texto es mucho más que el desmontaje de unas mentiras prefabricadas que apenas se sostienen después de una discusión.

Si miramos más allá, es, también, un alegato apasionado en favor de los principios y valores de la ilustración y en contra del adocenamiento intelectual; una defensa del pensamiento crítico y racional y un ataque a quienes sólo ven la realidad que nos rodea desde el trazo grueso de las simplificaciones más demagógicas.

Miguel Ángel Robles toma partido a sabiendas de que no se ganará con ello el favor de las mayorías. Pero se intuye entre líneas que necesitaba dejar negro sobre blanco su denuncia de los efectos más perversos de una comunicación líquida y acrítica queprima las emociones sobre la reflexión, invitando a sentir antes que a pensar; una comunicación que subvierte los valores clásicos de la profesión, despojándola de su armazón ético hasta convertirla en una carcasa vacía que sólo ofrece sensaciones. 

Y al hacerlo, me recuerda mucho a las batallas de sus primos hermanos, los periodistas, cuando defienden que lo importante del periodismo, en estos tiempos de transformación y de deslumbramiento digital, sigue siendo el respeto a unas reglas del juego basadas en la honestidad y la búsqueda de la veracidad. 

En comunicación corporativa, ya sea desde una institución pública, desde organizaciones sociales o desde empresas de cualquier tamaño, los criterios son exactamente iguales que en el periodismo. Y los valores, también. Y lo digo desde la experiencia de haber estado en ambos lados: como periodista y como comunicador, relaciones públicas o como demonios queráis denominar a quienes nos hemos dedicado en algún momento de nuestras vidas a esto de comunicación corporativa. 

Hace tiempo que la comunicación se ha convertido en un hipermercado donde cientos de clientes intentan situar sus productos en las estanterías atestadas de los medios de comunicación y de las redes sociales. Pero para colocar estas ofertas, las reglas son las mismas de siempre: ten un buen producto, véndelo con honestidad y sin engaños y procura que sea atractivo, pero sin deslizarse por pendientes emocionales. En nuestro negocio, por mucho que los cínicos inviten a pensar lo contrario, la credibilidad y la confianza siguen cotizando al alza. Y lo vendemos, unos y otros, no es otra cosa que reputación, que una buena reputación.  

Este oficio puede que esté lleno de vendehumos y vendepatrias, pero este no es su hábitat, sino el de quienes respetan esas reglas porque saben que es la única de serles fieles a sus clientes, a la sociedad en la que prestan sus servicios y, por qué no decirlo, a ellos mismos. 

Y si no estáis de acuerdo, sólo puedo emplazaros a discutirlo cuando queráis, pero con una condición: que antes leáis este vigoroso ensayo de Miguel Ángel Robles y reflexionéis sobre lo que sostiene y porqué lo sostiene. Y, quién sabe, igual, a lo mejor, después de leerlo, hasta igual cambiáis de opinión.    

No dejéis que la realidad os estropee un buen bulo (algunas propuestas contra las fake news)

Resumo algunas mentiras recogidas un día cualquiera en la cuenta de Twitter de Maldito Bulo, una empresa informativa que, por cierto, ha descubierto que luchar contra las noticias falsas es también un (modelo de) negocio:

  1. No, el teniente legionario y golpista Castejón no es el abuelo de Pedro Sánchez…Pérez-Castejon.

  2. No, Albert Rivera no se opone a que haya controles de droga en el Parlamento.

  3. No, Pablo Casado no ha tuiteado ni luego borrado que en Andalucía todavía quedan muchos enemigos de España y que los populistas se niegan a trabajar.

  4. No, Podemos no propone que todos los inmigrantes cobren 1.200 euros al mes, incluidos los ilegales.

  5. Recopilación de bulos sobre RTVE, entre ellos que Pablo Iglesias dirige los informativos y que la misa del domingo será eliminada.

  6. El revival del bulo de la prohibición del consumo de carne de cerdo y de jamón en los centros educativos.

Insoportable, ¿no? Pues así estamos todos los días a todas horas.

Siempre ha habido propaganda, intoxicación y desinformación. Pero ahora la oferta de noticias falsas tiende al infinito. Las fake news suelen ser burdas y hasta groseras, muy fáciles de identificar, pero, sin embargo, cuentan con la aceptación generalizada de una parte nada desdeñable de ciudadanos dispuestos a creer aquello que reafirma sus convicciones. Y cuando los bulos están más elaborados o son más sofisticados, entonces nos cuesta a todos distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es. Las deep fakes asoman. Y no es fácil identificarlas con precisión, sobre todo si, como digo, lo que afirman entra en nuestras coordenadas ideológicas y morales.

Trump en los Estados Unidos y su utilización compulsiva y manipuladora de Twitter; Bolsonaro y sus cadenas de whatsapp en Brasil o la misma campaña de los partidarios del Brexit en el Reino Unido son los ejemplos recurrentes que se ponen siempre para avisar de lo que se nos viene a todos encima. Pero hay muchísimos más. En todas partes y por todos los canales. El virus se ha expandido.

La ventanilla tóxica del whatsapp

En una ponencia del congreso digital de periodismo que se celebró la pasada semana en Huesca se afirmaba que prácticamente un tercio de la información que se movía en España se distribuía a través de whatsapp (sobre un 36%). Eso es más de un tercio de la industria de las noticias. Un tercio de la información circulando por un canal donde no hay intermediarios y donde no hay filtro de verificación alguno. Un canal por donde circulan compulsivamente cadenas de infamias y de manipulaciones que llegan directamente a los ciudadanos sin que nadie sepa hasta ahora cómo detener esta hemorragia de desinformación.

Pongo un par de ejemplos más de estas últimas semanas.

De un lado, recuerdo la reunión de altos directivos de Facebook con dirigentes de los principales partidos políticos españoles en las que se supone (si no es mucho suponer) que la red de Palo Alto les habrá garantizado que harán todo lo posible para que Facebook y Whatsapp (y en menor medida Instagram) no sigan siendo el mayor contenedor de mentiras de la historia de la humanidad.

Del otro, la decisión de la BBC de no darle cancha alguna en sus debates a los conocidos como los negacionistas, personas carentes de toda formación científica pero dispuestos a refutar todas las evidencias empíricas que sean necesarias para convencer de las bondades de sus teorías conspiratorias…y, literalmente, de sus bulos.

Hace poco más de un año escribí un artículo donde afirmaba que la mejor manera de combatir las noticias falsas era con el buen periodismo. Sí, me quedé corto. Los periodistas y los medios tienen que luchar contra esta plaga haciendo buen periodismo y ofreciendo productos de calidad. Obvio, ésta es su función, pero es evidente que con esto no basta. Hay que hacer más, muchísimo más. Y no sólo los medios, sino también los dueños de las plataformas y canales de distribución y, por supuesto, las Administraciones públicas.

Cada uno tiene su responsabilidad y debe ejecutarla.

  1. Los medios, haciendo el mejor periodismo posible, alejándose de la peor viralidad y trabajando en proyectos rigurosos en los que se pueda confiar. Pero, y lo pongo aquí como propuesta, abriendo también secciones fijas donde se combata a diario la profusión de noticias falsas.

  2. Las plataformas y canales como Facebook, Twitter y Whatsapp, asumiendo de verdad que están contribuyendo a la mayor expansión de morralla mediática de la historia y que no pueden eludir su responsabilidad y, por tanto, invirtiendo muchísimo más en verificadores y controladores de los contenidos que circulan en sus soportes.

  3. Las Administraciones, exigiendo y apoyando a medios y plataformas para que tomen medidas contra la desinformación y trabajando en proyectos de alfabetización mediática (¿tal vez desde las escuelas? ¿no se necesita una educación mediática igual que una educación vial?) y de concienciación de la ciudadanía (qué menos que usar las televisiones públicas para este cometido con programas específicos: yo propondría secciones fijas en los telediarios).

  4. Y, por último, los mismos ciudadanos, reconociendo que no pueden seguir compartiendo bulos en sus grupos de whatsapp y en sus muros de Facebook como si no hubiera un mañana.

  • He escrito este artículo tomando como base las ideas que he preparado para mi intervención en una mesa redonda sobre fake news celebrada en la Universidad Loyola de Andalucia. Desde aquí, mi agradecimiento a la institución, al moderador de la mesa, David Varona, a mi compañero de mesa Javier Blanco y, por supuesto, gracias por la invitación a Manolo Prieto, delegado de Atresmedia. !Enhorabuena por el acto!

Lo que SÍ nos puede enseñar The New York Times

Compartí hace unos días en las redes sociales una entrevista del suplemento XLSemanal al editor de The New York Times (NYT), Arthur Gregg Sulzberger, en la que éste hablaba sobre las estrategias editoriales de la gran dama del periodismo norteamericano, la cabecera por excelencia de la industria mediática.

Los que paráis por este blog ya sabéis que soy de los que piensan que hay que tener cuidado con colocar a NYT como modelo de referencia para los medios tradicionales que empiezan a abordar sus procesos de adaptación al entorno digital y para los nativos que han iniciado sus pasos directamente en internet. NYT sólo hay uno y no veo fácilmente trasplantable su modelo a otros territorios y cabeceras. Yo puedo querer que mi club de barrio siga los pasos del Real Madrid o el Barça, pero nunca tendré ni su potencial ni el caudal de compromiso y fe de sus seguidores más entusiastas. Conviene darse cuenta cuanto antes.

Pero merece la pena fijarse en algunas de las reflexiones de quien lleva las riendas empresariales del periódico más importante del mundo… y el más exitoso en su proceso de transformación digital:

  1. El mayor cambio de estos últimos cinco años ha sido precisamente que ya no nos vemos como un periódico que tiene una versión digital, sino como un medio digital de noticias que también imprime un periódico”. Esta frase es el paradigma del cambio. El NYT ya no es un periódico que aprovecha internet para multiplicar sus audiencias. Es un medio (digital) que tiene ediciones en papel, que es muy distinto.

2. Y sigue: “En un futuro relativamente cercano ya no podremos seguir confiando en la versión impresa para financiar como ahora nuestra labor periodística. Los ingresos digitales tienen que alcanzar una cuantía que nos permita mantener oficinas en Irak y Afganistán, enviar reporteros al frente, hacer investigaciones de 18 meses sobre la fortuna del presidente de Estados Unidos y pagar una delegación en Washington con 100 periodistas. Por eso, nuestro foco está puesto en ganar dinero con lo digital”.

Y lo están consiguiendo: en torno a cuatro millones de suscriptores y un alcance de 150 millones de personas. La mudanza digital es una realidad. Y tienen quien se la pague. Lo que me pregunto es si hay tantos medios que apuesten por ese mismo periodismo de calidad (para hacerlo hay que contratar periodistas, no despedirlos a mansalva)…y si hay tantos lectores dispuestos a pagarlo hemos da a mí que no muchos).

3. Su apuesta por el periodismo de calidad y su convicción de que la gente sí quiere pagar por ese periodismo de calidad se combina con la capacidad para arriesgarse con nuevos formatos. No le tienen alergia al error. Un par de ejemplos: el podcast The Daily y su próxima incursión en la producción de programas de TV. Y aquí me pregunto: .¿son “un medio digital de noticias” o son una productora de periodismo de calidad que factura productos de excelente calidad periodística para todo tipo de soportes?

Y 4. “La prensa en papel seguirá viva durante mucho más tiempo de lo que la mayoría cree. Un millón de personas paga por el periódico, es un público fiel que dedica mucho tiempo a su lectura. Además, el negocio de la publicidad sigue siendo grande y rentable. Espero que, mientras la gente quiera leer noticias impresas, nosotros podamos ofrecérselas“.

Lo último es obvio: si tienes un millón de lectores en papel, mímalos. Pero tengo un par de dudas al respecto: la primera es que si tiene cuatro millones de suscriptores y sólo un millón de lectores de papel, lo que es todavía más evidente es que tres cuartas partes de tu negocio están ya en el digital (no digo de los ingresos) y por tanto es donde tienes que centrarte. Y la segunda es que si de verdad piensas que el negocio de la publicidad seguirá siendo grande y rentable, ¿por qué llevan cinco años con una estrategia de negocio que gira hacia la suscripción y la creación de comunidad y se aleja de la publicidad?

Si le pedimos transparencia a los políticos, por qué no a los periodistas

A través de José Luis Rojas llegó a un artículo de The Nieman Lab en el que da cuenta de una nueva iniciativa de medios como el USA Today consistente en la introducción de despieces en las crónicas informativas en las que se explica cómo se han elaborado esos artículos. El objetivo: mejorar el grado de confianza de los lectores hacia sus marcas informativas, abriéndose en canal y aportando transparencia al proceso de producción de las noticias.

Esta iniciativa no es la única en tal sentido en los últimos meses (recordad, por ejemplo, la propuesta The trust proyect). Y seguramente vengan algunas más en este sentido.

El cordón umbilical entre los medios de comunicación tradicionales y sus usuarios se ha erosionado. La desconfianza hacia las empresas periodísticas ha crecido con la crisis económica y política que ha asolado a las sociedades occidentales desde 2008 y, con posterioridad, no se ha mitigado a la misma vez que se restablecía la economía.

Crisis de credibilidad

El “todos los políticos mienten” que se ha instalado en la opinión pública como consecuencia de la fiebre populista ha tenido su versión mediática en el “todos los periódicos engañan“, una afirmación injusta por generalizada que ha hecho mucho daño a unos medios que, a la misma vez que sufrían esta crisis de credibilidad, tenían que abordar sus procesos de transformación por el impacto de internet en sus modelos de negocio. Una tormenta perfecta.

Y ahora que se ha hecho moneda común en el sector la idea de que hay que recuperar esa confianza como base imprescindible para la creación de las comunidades que permitirán crear negocios sostenibles en torno a las marcas periodísticas, los medios apuestan por la transparencia más cruda para reforzar esa confianza.

A mi juicio, no hay mejor manera de recuperar esa confianza que trabajando con rigurosidad y con honestidad en productos sólidos de los que termines fiándote a largo plazo, es decir, que trabajen en el día a día para ganarse la mejor reputación. Pero, en cualquier caso, bienvenidas siempre iniciativas como éstas, Siempre les pedimos a los políticos que cuanta más transparencia, mejor, ¿Y por qué no también los periodistas y los medios de comunicación?

Ciudadanos en busca de un periodismo que les sirva

Leo el siguiente titular en el siempre recomendable boletín semanal de noticias de periodismo de la Fundación Luca de Tena: “Un estudio de Reuters concluye que los lectores eligen las noticias por la relevancia que tienen en sus vidas”. Puede ser una obviedad, pero conviene recalcar la importancia de esta conclusión de los expertos de Reuters. En pleno éxtasis del click desaforado, de la compra ansiosa de tráfico en el mercado de las redes sociales y de los titulares frivolones a la caza del SEO, resulta que los lectores se detienen en aquellas informaciones que pueden ser importantes para sus vidas. Vaya, a ver si es que el periodismo debe responder a una necesidad real de sus usuarios…

Pudiera ser que quienes hayan respondido a las preguntas de Reuters sean como esos ciudadanos que declaran ser adictos a los documentales culturales de las televisiones públicas cuando en realidad son consumidores compulsivos de programas de telerrealidad (algo de eso puede haber si se echa un vistazo a los titulares más impactantes que aparecen con frecuencia en las listas de los más leídos de la web), pero aceptemos que dicen la verdad y asumamos que los lectores buscan en las noticias aquello que es importante para sus vidas.

¿Qué nos dice eso? Pues algo tan sencillo como que la mejor manera para que los medios de comunicación tengan éxito no reside en buscar el click por el click sino en centrarse en hacer un producto que les sirva a sus lectores. Y eso tiene un nombre: periodismo de servicios, que no es sólo contar cómo está el tráfico a primera hora de la mañana o si lloverá por la tarde, sino contar historias que ayuden a los lectores a comprender el mundo y a tener una opinión rigurosa y alejada de las estridencias partidistas sobre los asuntos que están en el debate público de las comunidades en las que viven.

Sólo así, desde esa concepción de los medios como prestadores de un servicio, lograrán ser útiles y, por tanto, imprescindibles en la dieta informativa de los ciudadanos a quienes se dirigen.

Tal vez el problema no sea Twitter sino nosotros mismos

Está adquiriendo una gran repercusión un artículo firmado por el columnista del The New York Times Farjad Manhoo en el que, básicamente, recomienda a los periodistas que abandonen Twitter o que luchen contra su adicción a esta red social.

Manhoo hace una aproximación provocadora al asunto para llamar la atención de los lectores, pero lo que sostiene tampoco le convierte en el típico enfant terrible del periodismo que sólo busca impactar exponiendo con fuegos de artificio alguna teoría audaz o pretendidamente innovadora.

Su mensaje es de sentido común: si no eres capaz de controlar Twitter, déjalo antes de que Twitter te controle a ti. Y si no, regula su uso. ¿Quién puede no estar de acuerdo?

Todos los que sois periodistas sabéis que nuestro perfil medio encaja en el del adicto a una red que nos ofrece una oferta casi infinita de lo que más nos atrae.

Twitter es el sitio donde encontramos todas las noticias las 24 horas de los siete días de la semana. Nos gusta consultar nuestro timeline a la hora de levantarnos de la cama, cuando nos desplazamos, cuando trabajamos, en cuanto tenemos un descanso, por las noches en el sofá, y luego cuando nos acostamos, apagamos las luces del dormitorio y sólo queda la luz de la pantalla de nuestro móvil.

Pero también es nuestra particular hoguera de las vanidades, el lugar al que acudimos a exponer nuestras mercancías (a veces, antes incluso que en nuestros medios o directamente sin pasar por ellos), a demostrar ingenio o a buscar el aplauso fácil y la carantoña de los cercanos.

Y lo peor es que en demasiadas ocasiones es el sitio donde nos agriamos y nos indignamos compulsivamente, practicando un pensamiento tribunero que nos obliga a opinar casi de todo y a hacer juicios sumarísimos de cuanto ocurre a nuestro alrededor.

Una herramienta irresistible para nuestros egos, para nuestras filias y en especial para nuestras fobias.

Twitter nos crispa en exceso, nos distrae demasiado, nos hace sumergirnos alegremente en una burbuja endogámica donde casi todos piensan igual y también nos roba casi todas las horas del día. Pero, tal vez, el problema no esté en Twitter sino en nosotros mismos.

Twitter es una aplicación. Nada más. Y las aplicaciones están al servicio de los consumidores. No al revés. Como herramienta es extraordinaria para el trabajo periodístico, pero requiere de unas pautas mínimas de comportamiento. Pautas sencillas y aplicables en cualquier orden de la vida.

Yo soy periodista y pienso seguir en Twitter, pero ya he asumido que debo de cuidarme y administrar mi dosis diaria para no convertir esta herramienta en una adicción que me impida, por ejemplo, ver una película o leer un libro o un artículo largo sin evitar la tentación de echarle un vistazo a mi teléfono cada cuarto de hora. Y, por supuesto, no pienso usar esta aplicación para derramar bilis hasta que no me quede nada ácido dentro de mi cuerpo.

Twitter es ya la gran plaza pública del periodismo y seguramente lo siga siendo por bastante tiempo. Pero vivir allí a todas horas no es bueno para los periodistas. Y usarlo para ajustar cuentas con el mundo, menos todavía. Al menos, para nuestra salud mental.

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

El periodismo esclavo de la viralidad

Pixabay.com

Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

¿Preferimos los virales al buen periodismo? (el caso de Publimetro Colombia)

La viralidad en el periodismo. Foto: pixabay.com

He leído un tuit del periodista Nacho Requena en el que cuenta la respuesta que le dio en twitter el periódico Publimetro Colombia a una lectora que ironizaba sobre una información ligera y viral que había publicado este diario y se reía de la supuesta importancia de dicha noticia.

La pregunta y la respuesta de este tuit encierran unas cuantas claves de lo que le está pasando al periodismo en la era de los mensajes relampagueantes y de los memes, los vídeos y los artículos virales que se consumen como la comida rápida de las hamburgueserías.

Es cierto, y eso lo ve cualquiera que se asome a los portales de los medios de referencia de casi todos los países, que un buen número de periódicos ha apostado por la viralidad (y también por la ordinariez y el punto entre freaky y tabernario) para lograr los clicks que necesita para sobrevivir en un mercado que sigue pivotando sobre un modelo de negocio basado en la publicidad que llega a las audiencias generalistas.

La viralidad que está matando a la calidad

Y, en consecuencia, los periodistas terminamos quejándonos con excesiva frecuencia de que la viralidad esta matando a la calidad. Pero igual habría que poner en contexto una queja que tiene algo de razón, pero que también empieza a sonar más a juicio preconcebido y a tópico que a cualquier otra cosa.

En primer lugar, porque no se trata de un fenómeno nuevo. Siempre han enganchado más aquellos contenidos ligados al espectáculo y el entretenimiento que a la reflexión y el análisis y, en muchas ocasiones, han financiado las partes más serias de los medios de comunicación.

Y en segundo lugar, porque no parece precisamente riguroso contraponer la información seria con la viral como si la primera fuese algo que por su naturaleza tuviese que ser aburrida, tediosa o farragosa como la lectura de los boletines oficiales del Estado y que, por tanto, no le llega a los lectores ni les engancha.

El buen periodismo no tiene que ser ni plomizo, ni plúmbeo ni cargante (eso, en todo caso, es periodismo cenizo).

No tiene que ser entretenido por decreto, pero, en líneas generales, es aquel que atrapa al lector con una buena historia, conecta con sus emociones sin apelar a sus sentimientos más primarios y desvela informaciones que ayudan a la sociedad en la que vive a ser mejor.

Y ese tipo de periodismo de calidad también puede financiar las cuentas de los medios de comunicación, sobre todo si queremos tener lectores que prefieran el periodismo a los virales.