Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

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Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

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Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

Los periódicos ‘resucitan’ las newsletters

pixabay.com

La práctica del periodismo en plena era de las redes sociales y de las nuevas posibilidades tecnológicas viene marcada por un cierto postureo en el uso de las herramientas que se ponen a disposición de los periodistas en el ejercicio del oficio.

Nos hemos puesto tan estupendos que ahora nos afanamos por entender cómo se hace un periodismo distinto desde los teléfonos móviles gracias al uso de los gifs, memes; cómo trabajar los datos y las historias  (como si antes de internet los periodistas trabajásemos en la metalurgia o en la industria de la madera) o, por ejemplo, cómo trabajar con la realidad aumentada.

Todo eso está muy bien, pero no deja llamar la atención que, en medio de este deslumbramiento en el que a veces se nos olvida que lo fundamental es seguir ejerciendo el periodismo sea en el soporte que sea, se acabe colando una herramienta que algunos ya calificaban de vintage: el correo electrónico.

Tanto hablar de las redes sociales, de las búsquedas por Google o de cómo los lectores abandonan las portadas de los portales informativos para terminar abonándonos todos a la idea de que no hay nada mejor que llegar a las bandejas de entradas de esos mismos lectores. Hace poco, podíamos decir que era una moda que resurgía. Ahora, es mucho más que eso.

Hay medios nuevos que han hecho del correo electrónico el centro de su modelo informativo, como The Skimm o Quartz, pero en líneas generales es un revival al que se han apuntado casi todas las grandes cabeceras periodísticas de todo el mundo, pues permite ganar tráfico y, lo más importante, fideliza a una audiencia que se suele comprometer más con aquellos medios que consultan cuando abren su correo electrónico, o sea, en la mayoría de los casos todos los días.

Así, los medios bombardean a los lectores cada vez que acceden a alguna de sus informaciones implorándoles y rogándoles casi de rodillas que se suscriban y les permitan enviarles las notificaciones del medio y,  de otra parte, estos mismos medios se han apuntado a una alocada carrera por ver quién pone en marcha más newsletters de contenidos.

Newsletters. Fuente: pixabay.com
Newsletters. Fuente: pixabay.com

¿Y por qué el éxito de las newsletters y por qué ahora?

A la primera cuestión ya hemos respondido: a pesar de la competencia (redes sociales, canales de mensajería como Whatsapp o Telegram), sigue siendo imbatible la comodidad de recibir la información en la bandeja de entrada de una herramienta que seguimos usando como quien abre la nevera o enciende la televisión.

Y en cuanto a la segunda, ahora resurge porque conforme caminamos hacia la oferta infinita de la información (tenemos en tiempo real todas las noticias a nuestro alcance), se hace más necesario que alguien sea capaz de elegir entre tanta abundancia qué contenidos hay que leer y ofrecerlos a través de un medio tan rápido y eficaz como éste. A esto se le llama curación de contenidos, aporta un valor y, aún más importante, puede ser también una nueva fuente de ingresos para los medios de comunicación. De ahí la resurrección tan fulgurante y pasmosa de un soporte como el correo electrónico para la distribución de las noticias.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Bloqueando a los bloqueadores de publicidad

Fuente: ad-blocker.co

El periódico El Mundo ha instalado un sistema para invitar a quienes tienen instalados bloqueadores de publicidad a que desinstalen esos dispositivos si quieren seguir leyendo el periódico en formato digital. Quienes hayan leído algunos de los artículos que he escrito sobre los bloqueadores recordará que comparto la idea de que los medios de comunicación tienen que empezar a pensar a vivir menos de la publicidad y mucho más de lo que antes podían llamarse los ingresos atípicos (contenidos patrocinados, eventos, suscripciones…). Es difícil ponerle puertas al campo y resulta suicida a día de hoy  mantener un modelo de negocio basado como hasta ahora sólo en la publicidad (a menudo tan invasiva e infumable) cuando resulta tan fácil eliminarla con sólo descargarse una aplicación y darle al botón de ‘instalar’.

Bloqueador. Fuente: El Mundo
Bloqueador. Fuente: El Mundo

Pero cuidado, eso no significa que no sean legítimas y comprensibles medidas anti-bloqueo como las que están implantando Unidad Editorial y otros grupos editoriales. A un periódico tradicional se le debe pedir que sea capaz de abordar la transformación digital y que se adapte a la nueva realidad de nuestra industria, marcada ya por la supremacía de lo móvil, de los motores de búsqueda y de las redes sociales. Pero lo que no se le puede exigir es que ceda su producto informativo sin dejarle ni la más remota posibilidad de rentabilizar su trabajo por la vía publicitaria y que, encima, no pueda hacer nada al respecto.

Eso no es adaptarse, eso es rendirse al primer revés. Y no hay por qué hacerlo.

Insisto: los medios de comunicación deben empezar a diversificar sus fuentes de ingresos y explorar nuevos yacimientos en los que buscar los beneficios publicitarios que están perdiendo a manos de Google, de Facebook y hasta de las propias empresas que bloquean la publicidad. Un modelo de negocio periodístico que se enroque en mantener el modo en el que ha ganado dinero antes de la llegada de internet y que no se arriesgue a innovar tiene los días contados. Pero hasta en tanto esto no suceda, tampoco les pidamos a los periódicos que sean masoquistas. Al menos, en este momento tan delicado para la industria. El uso de los bloqueadores crece sin parar, pero eso no significa que haya que abrirles las puertas alegremente.

A los medios de comunicación les interesan todos los lectores que acuden a ellos, pero básicamente les interesan aquellos que comprenden que la información no es gratis y que las empresas periodísticas necesitan financiarse de alguna manera, bien sea mediante la publicidad convencional o bien sea mediante cualquier otra vía alternativa de ingresos que pueda establecerse.

Queda muy bien decir que el periodismo es un oficio indispensable para la consolidación de la democracia, pero no nos olvidemos que también es un negocio y que, por tanto, los editores tienen que cuidar más a sus lectores fieles y menos a los que les importa bien poco lo que le pueda pasar a tu cuenta de resultados al final del año.

Por resumir: es mejor trabajar por tener más comunidad que hacerlo para tener más visitas. Se trata de dos cosas más diferentes de lo que puede parecer.

Los lectores que no sólo no pagan por el producto informativo que les ofreces sino que se niegan a pasar por el peaje de la publicidad están en todo su derecho de instalar un bloqueador, pero que tampoco se lleven las manos a la cabeza si el medio también les bloquea el paso a sus informaciones. Es de sentido común. Si tú no me das nada, tampoco me pidas nada a cambio. Y si no te gusta, busca en otro lado. Hay muchísimo en donde elegir. Es la ley del mercado. Y funciona también en el periodismo. 

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

¿Y si The Times tiene razón al apearse de la guerra de las actualizaciones?

Hace años tuve un director de periódico que decía siempre que no le importaba no ser el primero en dar una noticia, sino que lo que le importaba de verdad era ser el mejor en darla. Lo decía con convicción, pero tenía un problema: se olvidaba de su teoría cada vez que se producía una última hora (unas veinte o treinta veces diarias) o que la competencia sacaba algún tema que nosotros no habíamos ni olido.

En esos casos, sacaba al periodista de raza que era y sufría esos ataques de adrenalina que sólo conocen quienes han vivido la redacción de un periódico y se han levantado en medio de la noche pensando que se te había escapado una errata o que tu rival podía mojarte la oreja en la edición del día siguiente.

Había que darlo todo y cuanto antes. Y lo demás pasaba a noveno o décimo plano.

Todo eso se acabó, pero lo que queda, lo que aún perdura, es esa obsesión casi genética de los periodistas por seguir siendo los Usain Bolt de las noticias de última hora.

Todos queremos sacar alguna exclusiva, un último detalle, algo fresco que podamos contar en twitter. Y nos da igual si trabajamos para un anuario, como freelance, en una radio o en un boletín semanal sobre los avatares de la pesca del salmón en las aguas de Noruega.

En todos los casos, nos puede la ansiedad y el impulso frenético por ser el primero de entre los primeros, por ser el primus inter pares de la tribu.

Ahora, hay un viejo elefante de la prensa que ha decidido apearse de esta guerra que se antoja de otra época.

Ahora, The Times anuncia que abandona esa carrera y que se apea de la guerra de las actualizaciones: refrescará su web apenas tres veces al día y sólo se saldrá de la norma cuando haya una noticia cuya importancia requiera de su publicación fuera de los horarios marcados.

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La medida choca en esta era compulsiva donde lo queremos todo al instante en la pantalla de nuestros móviles: internet no tiene horarios y el flujo continuo de las noticias no va a desaparecer ni aunque resucite Gutenberg y las imprentas vivan un nuevo amanecer tan dorado como glorioso. Pero si se mira con atención, la decisión guarda una cierta coherencia. 

The Times no es un producto abierto a todos. Es un producto de pago para sus 152.000 suscriptores. Y es un producto que, por tanto, debe ofrecer algo más a esos clientes que invierten sus libras esterlinas, sus euros o sus dólares en leer la visión del mundo que les ofrece este rotativo.

Y ese ‘algo más’ consiste en: 1. Salirse del delirio informativo de querer convertir todos los periódicos en un carrusel deportivo sin paciencia ni perspectiva y 2. Ofrecerles un producto más reposado, más analítico, más jerarquizado y más enriquecido que sea capaz de competir en el hipermercado de las noticias en el que se ha convertido una industria que lo sacrifica todo en el altar de la viralidad y de los clicks enfebrecidos.

Para lograrlo, lo que hace The Times es decirles tanto a sus redactores como a sus lectores lo que me contaba ese director del periódico que tuve hace años: que lo importante no es ser el primero en dar una noticia, sino ser el mejor en darla. Y que ése es el camino para no seguir cayendo en la histeria mediática.

¿Acaso no se supone que estamos en el negocio de la calidad y no en el de la cantidad? ¿No se supone que vendemos periodismo y no impresiones de página al por mayor como si estuviéramos en una pescadería? Pues entonces, parecen decir desde The Times, ¿a qué estamos esperando para tener una estrategia que dedique sus recursos a la calidad antes que a la cantidad?

Si eso es lo que pretende, el anuncio de este periódico tendrá una lógica que respaldará la decisión. Si no, serán simples ganas de ordenar un torrente digital que, por definición, ni tiene orden ni lo va a tener, salvo que alguien sea capaz de cerrar internet a las siete de la tarde.

 

The Guardian: un gran éxito editorial…y una máquina perfecta de perder dinero

The Guardian es el dios del periodismo en abierto, el becerro de oro al que todos los conversos del digital en las redes hemos adorado hasta extremos casi fanáticos y desterrando cualquier aproximación crítica a su modelo de negocio.

Los artículos laudatorios hacia su estrategia de transformación han colapsado Google y el resto de los motores de búsqueda. las referencias y reverencias hacia  Alan Rudsbridger han convertido a quien ha sido su director durante veinte años en el gran profeta del cambio.

Rusbridger es el Moisés que tuvo la visión de convertir un periódico de papel para ingleses con el alma a la izquierda en una de las principales plataformas periodísticas del mundo, uno de los pilares más prestigiosos de la industria globalizada de la información.

La realidad detrás del ‘paraíso’

The Guardian anuncia ahora 250 despidos, cien de ellos de periodistas de periodistas que trabajan en el Reino Unido, y avisa de que dejará de cubrir otros 60 puestos de redactores que estaban vacantes. El objetivo: dejar de ser una máquina perfecta…de perder dinero.

El anuncio sorprenderá a quien sólo ha escuchado el sonido de las arpas y los violines cada vez que Allan Rusbridger entonaba la melodía de las bondades de su proyecto, gratuito y abierto, pero no a quienes se hayan asomado alguna vez a los gráficos de evolución de pérdidas e ingresos del periódico. 

The Guardian ya llevaba mucho tiempo martilleando las cuentas de resultados de sus accionistas con pérdidas que en cualquier otro lugar hubieran catapultado a sus directivos a la jubilación anticipada.

Le ha salvado, hasta ahora, que The Guardian pertenece a una fundación, la Scott Trust, que se dedica a salvaguardar la integridad del diario gracias a los ingresos que logra con su compañía de anuncios clasificados de coches, Auto trader.

Foto de la web de The Guardian.
Foto de la web de The Guardian.

¿Qué ha cambiado, entonces, para que ahora se haya cerrado el maná de la fundación/mecenas que patrocinaba The Guardian?

Pues una conjunción de tres factores, dos de ellos explicados por la propia directora actual del medio, Katherine Viner:

 

 

  1.  El periódico se ha centrado en el digital y ahora resulta que una parte importante de los ingresos publicitarios del mercado digital se los llevan Google y Facebook, quienes van camino de convertir la industria en un duopolio de tintes orwellianos.
  2. Los operadores de telefonía móvil, con sus recursos financieros en perfecto estado de revista,se han embarcado en el negocio de los contenidos, aumentando la competencia a niveles insoportables.
  3. Los propietarios del fondo, por muy mecenas que se sientan de la integridad del periódico, se han cansado de perder dinero y quieren parar el desparrame de pérdidas mediante la reducción drástica de los costes.

Conclusiones

Primera conclusión. The Guardian ha logrado ser un ejemplo de éxito en la transformación de un modelo de contenidos centrado en un periódico de papel  inglés a uno que pivota sobre una gran marca periodística en la red que ha sido capaz de extender su ámbito de influencia a Estados Unidos y el resto de países de habla inglesa. Pero no ha demostrado que sea capaz de convertir este modelo en un negocio.  

Segunda conclusión: la fiesta del The Guardian se ha acabado. Si quieren ver cómo tiene éxito un proceso de transformación digital de un medio, habrá que mirar al The Washington Post, inmerso en un proceso de cambio financiado con el dinero personal de Jeff Bezos, el dueño de Amazon. Los dueños de The Guardian se han cansado de esperar. Bezos sigue experimentando.

Y tercera y última conclusión. Eso no significa que haya fracasado. Si The Guardian se hubiera quedado como estaba, tal vez ahora estaría pensando en cerrar su edición de papel  y hubiera terminado entonando la marcha más fúnebre del sector. Mirad estos días los casos del The independent y del Diario Económico de Portugal.

Sin embargo, hoy en día, la marca del The Guardian es una de las más valiosas del orbe mediático. The Guardian equivale a prestigio, equivale a calidad. Y eso tiene un precio.

Su estrategia de ‘cuanta más audiencia, mejor’ le ha colocado en una posición de preeminencia y ahora toca pasar a una fase inevitable, la de cómo hacer para ganar de una vez por todas el dinero suficiente para preservar un modelo que ha dado algunas de las mejores páginas de periodismo que hemos podido ver en los últimos veinte años.

 

 

El País y el invierno de la prensa escrita

Diario ElPaís

La carta que ha enviado el director de El País, Antonio Caño, a sus redactores anunciándoles una vuelta de tuerca más en el proceso de transformación digital del periódico puede calificarse de lo que se quiera, pero si hay algún adjetivo que no le cuadra es el de sorpresivo. En todo caso, lo que nos debería de sorprender es que alguien se sienta sorprendido.

Hace ya mucho tiempo que los gestores de este periódico han declarado en todos los foros y escenarios posibles que El País será más pronto que tarde un diario esencialmente digital y con vocación de liderazgo en América Latina. Y hace ya mucho tiempo que este periódico, como el resto de los grandes buques de papel, es mucho más leído en los teléfonos móviles y en las tablets que en sus ediciones impresas.

La venta de ejemplares decrece. Pero la lectura no. Al contrario. Cada día se consume más y más información, sólo que en otros soportes. Se trata de un hecho objetivo que se ha convertido en una obviedad, pero, reconozcámoslo, en una obviedad que todavía es capaz de causar una gran inquietud en la industria de la comunicación.

¿Por qué? En primer lugar, porque no se despide uno del papel y de toda una manera de entender la producción y distribución el periodismo durante generaciones como quien dice adiós al fin de semana.

En segundo lugar, porque un cambio de estas características aventura también la posibilidad de más recortes laborales en una plantilla que ha sufrido como tantas la gran crisis de la industria del periodismo impreso. Y eso, vistos los antecedentes, se mira con recelo y resquemor en ése y en cualquier cabecera del planeta de las noticias.

Y en tercer lugar, porque no se trata de un periódico cualquiera, porque El País sigue siendo el principal diario de España y seguramente el más importante en lengua española del mundo, porque ha sido el estandarte informativo de unas cuantas generaciones de españoles y porque cualquier movimiento que se haga en este periódico se puede tomar como referencia para lo que le puede llegar al resto de la industria mediática en menos tiempo de lo que muchos se esperan.

Las alusiones más o menos veladas al final de El País como rotativo impreso hacen pensar a muchos que el invierno de la prensa escrita está a punto de llegar. Puede ser. Pero, en ese caso, puede ser que también nos tengamos que preguntar si vale la pena aferrarse a modos de distribución de las noticias que se antojan decimonónicos y, sobre todo, si todavía vale la pena mantener la ficción de que los ciudadanos volverán a comprar periódicos de papel cuando hayamos dejado atrás la crisis.

¿No sería más rentable reconocer la realidad y asumir que los lectores decidieron, también hace ya mucho tiempo, que a ellos lo que les gusta es leer las noticias en las pantallas de sus móviles y en los muros de sus redes sociales?

¿No sería mejor  adaptarse que quedarse atrapado en la nostalgia de un pasado que no tiene intención de volver?

En El País parece que ya han decidido su respuesta. Pronto sabremos en qué consiste realmente.