Atrapados por los algoritmos

En la última entrada de este blog especulaba sobre la idea de que estamos viviendo una suerte de dictadura del algoritmo merced a la cual los medios de comunicación han empezado a dedicarse casi en exclusiva a producir sólo aquellas noticias que les resultan placenteras y gratificantes a sus lectores con el objetivo de buscar el mayor número posible de clicks, necesarios para lograr los ingresos publicitarios que necesitan para sobrevivir. 

Este asunto se está volviendo recurrente en las últimas semanas a raíz de artículos como éste de mediatics en los que se sostiene que los logaritmos pueden salvar a la industria del periodismo, pues afinan con aquello que reclaman los ciudadanos y, por tanto, permiten centrarse en la elaboración de contenidos con más probabilidad de ser exitosos. 

Esta tesis ha sido muy mal recibida por estudiosos periodísticos como José A. Avilés o Ramón Salaverria, quienes defienden, por el contrario, que los logaritmos no pueden venir a sustituir a los periodistas y su intuición y criterio periodístico.

 Ya he dicho en otro artículo que comparto la idea de que la utilización de los algoritmos para la publicación y distribución de las noticias jamás podrá sustituir a los periodistas. Y mucho menos a su intuición, que es la base de casi todo en este negocio.

Pero me parece que, en este caso, como en tantos otros, no valen las posiciones maximalistas. Ni hay que abrazar la llegada de los logaritmos como el advenimiento de un nuevo tiempo en el que las máquinas sustituirán a los periodistas ni, tampoco, hay que menospreciar su uso.

Hoy en día, ya es excepcional encontrar un medio que no haga análisis de sus métricas y que las utilice a la hora de decidir algunos de sus contenidos. !Como para no hacerlo cuando las ganancias pueden depender de cómo conozcas a tus lectores! Y, también, se trabaja ya con robots capaces de buscar la información que circula por la red, procesarla, editarla, empaquetarla y llevarla a los lectores del mismo modo en que lo harían los periodistas y editores de un medio de comunicación tradicional. 

Mirad este caso de medio de comunicación made in Japón.

La analítica de datos y el uso de algoritmos forman parte del paisaje de la industria del periodismo. Y su uso irá a más en una sociedad que ha asumido que el progreso y la prosperidad dependerán de su capacidad de procesar esos datos y de hacer, a partir de ellos, productos que compitan en los mercados. 

Está pasando en casi todos los sectores y hay que asumirlo así, como se aprecia, y pongo aquí un ejemplo, en el caso de Netflix y cómo su utilización científica de los datos para la producción/distribución de sus contenidos ha terminado por lograr que esta compañía tenga mucho más valor que cualquier majors de Hollywood.

Pero el que se usen estos algoritmos para la fabricación y distribución de las noticias no significa que haya que caer postrados ante ellos como si fueran un vellocino de oro capaz de sustituir a los humanos que se dedican a ejercer el periodismo sin pensar en fórmulas matemáticas a la hora de escribir sus textos. 

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Los algoritmos nos ayudan a los periodistas a tomar decisiones más basadas en la ciencia que en la intuición y a las empresas de comunicación a generar valor añadido, pero, por el momento, no sustituyen la capacidad de jerarquizar, ni aportan criterio a la hora de elaborar una información.

Puede que en un futuro que por ahora es ficción haya algoritmos que piensen y escriban mejor que los periodistas, pero por ahora no son más que una ayuda para estos últimos.

Mejor con inteligencia artificial que sin ella

Eso sí, cuidado con aquellos medios y periodistas que sigan despreciando su uso porque se pueden encontrar con un serio problema de viabilidad de sus modelos de negocio. El que no nos deslumbremos con el uso de la inteligencia artificial en el ejercicio de este oficio no puede hacernos olvidar que, a día de hoy, aquellos medios que no la utilicen para hacer sus análisis de datos y la elaboración de sus informaciones tienen una desventaja competitiva que puede acabar con ellos. 

El procesamiento artificial que permiten los algoritmos no sustituirá a los periodistas. Pero sin ellos, será mucho más difícil seguir ejerciendo el periodismo. Y mucho más pronto que tarde, todos en este negocio tendrán que asumirlo. 

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

El cambio del Washington Post: una cuestión de talento, de liderazgo…y de dinero, de muchísimo dinero

Fuente: El espectador.

Andamos todos últimamente glosando las bondades del gran cambio que ha experimentado el Washington Post (WP) desde que fuera comprado por Jeff Bezos, el dueño de Amazon. El periódico de las élites norteamericanas, hasta hace poco con más pasado que futuro, ha pasado de ser el diario local de la capital de los Estados Unidos a ser un diario nacional con vocación global que le disputa el liderazgo en usuarios únicos en la web al New York Times. Y encima es rentable. Y todo esto ha pasado en sólo tres años.

Bezos dice que hay tres factores que son clave para poder acometer una transformación tan radical: talento, perseverancia y dinero. Y se afana en que al Washington Post no le falte ninguna de las tres cosas. De hecho, el WP, a diferencia de otros grandes medios, se ha dedicado a contratar en vez de a despedir y ha invertido en periodistas con perfiles digitales y en desarrolladores que les están ayudando a entender mejor a su audiencia y a ofrecerles mejores productos informativos que les han permitido, en un bucle perfecto, ganar visitas en sus portales y en las cuentas que tienen abiertas en las redes sociales.

Fuente: Clases de periodismo.
Fuente: Clases de periodismo.

Todo esto ya es conocido. Por eso me voy a centrar en dos cuestiones que a mi juicio son determinantes a la hora de analizar este proceso.

En primer lugar, Bezos sabe que el futuro pasa por experimentar todas las posibilidades que le ofrece el entorno digital con el objetivo de crear grandes comunidades de seguidores de su marca en este territorio. Y por eso se dedica sin descanso a invertir tiempo, talento, dinero y toda su experiencia en Amazon en lograr su objetivo cueste lo que cueste.

Su visión y su objetivo son claros. A diferencia de otros grandes medios cuyos propietarios vienen de ganar muchísimo dinero en la era analógica, no tiene dudas. Bueno, no tiene dudas y no tiene intereses creados que satisfacer ni lastres imposibles de soltar. Aquí no hay grandes debates sobre qué hacer con el periódico de papel o sobre qué pasará en un futuro con las rotativas del planeta. Le da exactamente igual. Todas las energías las concentra en que se siga haciendo buen periodismo y en mejorar la experiencia del usuario en el entorno digital. Y la apuesta le está saliendo más que bien.

Ahora bien, debe quedar claro que el ejemplo del WP no puede generalizarse (en esto se parece al New York Times). No todos los medios pueden contar con un mecenas experto en las innovaciones disruptivas que les ponga sobre la mesa todo el dinero que necesiten, permitiéndoles olvidarse de la cuenta de resultados.

Bezos es como esos inversores asiáticos que llegan al fútbol europeo y son capaces de cambiar el curso de un equipo a base de cheques y talones. Puede que haya algunos más como él, pero seguramente se puedan contar con los dedos de una mano.Y no todos pueden tener su claridad de criterio y su visión de futuro.

El Washington Post tiene la suerte de contar con él, pero la gran mayoría no puede hacerlo. Y sin la ayuda de un mecenas que tenga el dinero para hacer este cambio y la claridad de criterio para ejecutarlo, la transformación se hace más cuesta arriba. Se puede y se debe acometer, pero es más difícil y cuesta un dinero que la mayoría ni tiene ni puede soñar con tener algún día.

Zuckerberg y los problemas del mayor periódico de la historia: el ‘Facebook Times’

Marck Zuckerberg. Fuente: SiliconBeat

Facebook está reventando de éxito. En su carrera impetuosa con Google por ver quién de los dos se convierte en el Gran Hermano global que controlará internet ha mostrado sus poderes. Uno de cada cuatro habitantes del planeta tierra tiene abierta una cuenta en la red social y se entretiene, cotillea o se informa en la plataforma de Palo Alto. Facebook gana muchísimo dinero con ellos y quiere más. Pero antes, va a tener que solucionar un par de problemas. Uno grave y el otro gravísimo.

El problema grave es que en los últimos cuatro meses, Facebook ha tenido que reconocer que ha cometido hasta cuatro errores a la hora de medir las métricas de sus anuncios publicitarios. Ha inflado los resultados de visitas como si hubieran engordado las visualizaciones con productos que jamás pasarían un control antidoping de audiencias y  los han pillado. Imaginaos cómo les puede sentar esta catarata de errores a los anunciantes.

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Ilustración. The Valley Report

Y el problema gravísimo es que los muros de facebook se han llenado de trolls y no tan trolls que han descubierto el inmenso negocio que supone publicar noticias falsas en la red social más visitada del mundo.

En un primer momento, Zuckerberg restaba importancia a estos problemas y subrayaba, en una peculiar versión del “a mí que me registren”,  que Facebook no era ningún medio, sino que se limitaba a poner la plataforma para que los demás distribuyeran allí sus contenidos, como si Facebook fuera la autopista por donde circulaban los coches de las noticias y poco más.

Pero la fuerza de los hechos le está obligando a rectificar y a reconocer que sí, que Facebook sí es un medio. Para ser exactos, es el mayor medio de la historia del planeta, una especie de ‘Facebook Times, un lugar al que acuden a día de hoy decenas y decenas de millones de ciudadanos a informarse de lo que ocurre en su entorno más cercano. Y esa condición obliga a Zuckerberg a reconocer su responsabilidad y adoptar decisiones para evitar lo que más le puede doler a un medio, por muy grande y poderoso que sea: que pierda la credibilidad.

Si Facebook engorda sus métricas y convierte en territorio abonado a los farsantes, los freakies y los trileros de medio pelo, no tardará entonces el día en el que esta máquina de hacer dinero se gripe porque los mismos consumidores que son devotos de esta red social se trasladen en masa a otra red social en la que empiecen a confiar más. Ha pasado en otras ocasiones y puede volver a ocurrir. Y ese día, a nadie le importará que Facebook publique noticias falsas o que infle sus anuncios, pero porque se habrán olvidado hasta de la contraseña con la que entran en la red de los likes.

La gota malaya de los socios de eldiario.es

Escuchamos tanto sobre las cifras de tráfico y de suscriptores de los grandes periódicos que cuando ahora llega uno como eldiario.es y nos anuncia hoy que han llegado a los 20.000 socios, puede que haya quien tenga la tentación de responder: ¿20.000 nada más? ¿tan sólo 20.000? Pues sí, 20.000, pero no “nada más”, sino “nada menos que 20.000”. Eldiario.es tiene sólo cuatro años de existencia y en este tiempo ha logrado esa cifra de socios y también 5,6 millones de usuarios únicos en el primer semestre de 2016 según Comscore. No está mal para un grupo de periodistas que se jugó sus ahorros y muy poco más.

 

Este portal informativo ha cumplido su objetivo de hacerse un hueco en el mercado con una propuesta de periodismo enfocado y anclado ideológicamente en la izquierda y con un modelo de negocio mixto en el que a la casa madre de la redacción central se le unen las franquicias regionales y una verdadera infinidad de portales temáticos especializados a la que ahora se unen acuerdos como el suscrito con The Guardian o compras como la de vertele.com que les ayudan a ganar tráfico. Todo un universo mediático en torno a una marca central. Y, por cierto, controlado por los periodistas fundadores del proyecto, lo que les permite ampliar su libertad editorial.

No es fácil lo que han logrado. Eldiario.es se dirige a un público comprometido y susceptible de pagar por un periodismo que se asemeje a lo que ellos reclaman. Pero para qué negarlo. Una cosa es tener potenciales suscriptores y otra cosa bien distinta es tener suscriptores de verdad. Y si además, a esos suscriptores se les dice que van a pagar para que los demás puedan leer todas las informaciones y opiniones del medio, las posibilidades de que esos potenciales y comprometidos socios te den un corte de mangas en la cara y se pongan de perfil a la hora de dar el número de la cuenta bancaria se multiplican de forma exponencial.

Ah, y una cosa más: te piden que te hagas socio igual que te lo piden unos cuantos medios más que se sitúan en su misma horquilla ideológica (de memoria, recuerdo ahora a los compañeros de Infolibre, a los de Contexto y a los de La Marea), con lo cual nos podemos encontrar con la situación paradójica de que hay una bolsa de lectores de esa determinada horquilla ideológica que sufren un verdadero bombardeo de ofertas de donaciones,  suscripciones y afiliaciones que no hay bolsillo que resista, salvo que me digáis que conocéis a mucha gente que está suscrita a cuatro o cinco medios digitales, en cuyo caso empezaré a pensar que tenéis unos amigos muy extraños.

El caso es que eldiario.es está creciendo. Poco a poco, como gotas malayas que suman una a una, han logrado una cifra estimable que socios que pagan a partir de cinco euros al mes cada uno de ellos para que el resto de los ciudadanos pueda leer eldiario.es. A cambio, además de la gratitud infinita y el aplauso de los periodistas que promueven el proyecto, tienen las noticias unas horas antes que los demás y poquito más.

A mi juicio, eldiario.es se ha movido en el alambre editorial propio de una apuesta arriesgada, pero con inteligencia, apostando por una propuesta informativa sólida y entendiendo que había un hueco entre un tipo de lector joven, inconformista y de izquierdas que estaba buscando una oferta periodística que ya no encontraba entre los medios de comunicación tradicionales más cercanos (El País).

Y si no lo creéis así, os invito a que veais algunas de las entrevistas que hicieron a los primeros socios del proyecto y que detectéis qué producto reclamaban estos lectores. Yo pongo siempre este vídeo en las clases que doy porque explica muy claramente lo que estoy diciendo.

Ese producto innovador fue eldiario.es, un proyecto hijo de un momento determinado de este país (15-M, movimientos sociales, la nueva izquierda…) y de la audacia editorial de un puñado de periodistas como Ignacio Escolar o Juan Luis Sánchez a los que la jugada editorial les ha salido más que bien, algo de lo que deberíamos alegrarnos todos los que creemos que todavía se puede hacer, como dice su lema, “periodismo a pesar de todo”. Enhorabuena. Y a seguir.

Nadia, el periodismo y el espectáculo de la verdad

Los periodistas nos hemos puesto en modo plañidera con el caso de Nadia y el padre que se inventaba historias sobre la enfermedad de su hija con la que ganaba dinero que no iba a parar a los cuidados de la niña. Propósitos de enmienda se mezclan con juramentos al estilo de Scarlett, el personaje de Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó: “Jamás, nunca jamás volveremos a caer en un engaño semejante”.

Bueno, seamos sinceros, volveremos a caer. Y si seguimos por la senda de transformar a los medios de comunicación en versiones informativas de los telemaratones donde se trafica con el cariño y con la ternura que inspiran dramas como el de la niña Nadia, caeremos mucho más pronto que tarde.

Es paradójico: nos preocupamos por las noticias falsas que aparecen en Facebook, pero se nos apagan las señales de alerta cuando vemos que una noticia, un titular o un reportaje triunfa en las redes sociales. Ahí se nos apagan todas las neuronas que hemos acumulado en años de oficio y decidimos que para qué vamos a dejar que la realidad nos estropee una buena historia. Y así, somos capaces de aceptar hasta que el padre de Nadia se fuese a una cueva de Afganistán en busca de un tratamiento para su hija y otros exotismos que, antes, jamás habrían pasado por el filtro de los editores de un periódico.

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Fernando y su hija Nadia. Fuente. La Información.

En realidad, aquí lo importante no es que una noticia sea una verdad o una de esas patrañas a las que ahora calificamos de hijas de la posverdad. Lo importante es que nos hemos postrado de tal manera ante el altar del dios de la viralidad y el tráfico fácil que  estamos convirtiendo a los medios en teatros donde sacrificamos casi todo en busca de las visitas que salvarán los numeros de nuestras compañias. No nos interesa informar, nos interesa emocionar. Y si vemos que la emoción multiplica nuestros likes y nuestros retuits, se nos nubla la razón y aceptamos ballenas como animales de compañía sin que nadie sea capaz de advertinos de la barbaridad que estamos cometiendo.

Y, por cierto, esto no es un problema particular de Pedro Simón (un excelente periodista que ha cometido un error) o de el diario El Mundo (¡Con la de buenos periodistas que tiene en sus tareas de edición, por Dios¡). Esto es un problema que en mayor o menor medida sufrimos casi todos los periodistas y casi todos los medios. O decidme si no: ¿no os ha pasado alguna vez que habéis contado una historia que no habíais contrastado lo suficiente?  Venga, decid la verdad: ¿A que sí?

Pero mirad, vamos a ver también aquí el lado positivo de las cosas. Esto del caso Nadia es un toque de atención, pero también el descubrimiento de una verdad que se nos estaba empezando a olvidar: si perdemos los filtros de verificación, los medios ya no seremos medios. Pero si insistimos en ellos, si insistimos en controlar todo lo que publicamos y decimos, si insistimos en ser más creíbles, a lo mejor, hay ciudadanos que empiezan a recuperar su confianza en nosotros y terminamos por distinguirnos de quienes convierten las emociones en mercancía destinada a engordar sus cuentas de resultados.

Y ese día, descubriremos que el periodismo tiene que ser entretenido y tiene que emocionar, pero que jamás, nunca jamás, tiene que confundirse con un espectáculo donde lo que menos importa es que lo que se cuente sea o no sea verdad.

P.D. Mirad este vídeo del actor norteamericano Denzel Washington sobre el periodismo y la verdad. En menos de un minuto, disecciona y diagnostica uno de los peores males que aquejan al periodismo actual: esa carrera alocada en la que lo de menos es si contamos verdades, medias verdades o mentiras. Imprescindible.

 

El EGM, las audiencias de los periódicos y la mudanza digital

Se podrían analizar muchas cosas sobre el estudio general que mide la audiencia de los medios de comunicación en España, el EGM. Utiliza criterios discutidos en el seno de la industria del periodismo, pero es el medidor que usan las agencias, las empresas y las instituciones para colocar la publicidad en los soportes informativos. Y mientras siga siendo así, el EGM será la biblia de este negocio para los periódicos impresos y las radios.

Hoy, que se han publicado los datos de la última oleada de audiencias, me quería detener en un aspecto llamativo. Algunos portales se han apoyado en ellos para certificar el desplome de los grandes periódicos de este país, haciendo hincapié en las pérdidas de lectores de sus ediciones impresas por encima de los dos dígitos en casos tan señalados como los de El País y El Mundo.

Los números no son nada sorprendentes en un contexto de abandono masivo del papel como elemento transmisor y distribuidor de las noticias (¿de verdad alguien se va a extrañar en la era de los móviles, las pantallas planas y las redes sociales), pero sí que hay que ponerlos en cuarentena en todo lo que supone de certificado del presunto desplome de las grandes cabeceras.

No, las audiencias de las grandes marcas periodísticas no están desapareciendo. Lo que están haciendo es trasladarse al digital.Y si algo se desploma no son las marcas, sino un modelo de distribución industrial que hunde sus raíces no en el siglo XX, sino incluso en el anterior. Nada más.

Voy a poner simplemente el ejemplo de El País y El Mundo. Leemos que el principal diario de Prisa ha perdido en un año el 16,2% de sus seguidores hasta quedarse en 1,2 millones de lectores y que el de Unidad Editorial ha bajado un 15,5% y se sitúa en la frontera de los 700.000.

Los datos no son discutibles, pero no dan una idea exacta de la importancia de las marcas si no les sumamos sus audiencias digitales. Aquí también hay mucho vaivén de cifras, pero me quedaré con la polémica que desataron los últimos datos de Comscore.

En noviembre El Mundo y El País se enzarzaban en una pelea pública por ver quién era de verdad el líder de medios en este país.El primero decía ser el líder con 14 millones de usuarios en octubre y el segundo reclamaba ese liderazgo afimando tener 15 millones.

La discusión nos dice mucho sobre el gran camino que aún queda por recorrer para medir de forma correcta las audiencias digitales, pero en este caso las cifras sí que nos sirven para medir el alcance real de estos medios. Ni El País tiene sólo 1,2 millones de lectores ni El Mundo tienen 700.000. En todo caso, tendrán unos 15 millones de lectores. O al menos eso es lo que yo defendería si trabajara en esos medios y tuviera que convencer a los anunciantes de que apostara por mis productos.

Las grandes cabeceras ya son mucho más que sus ediciones de papel. Pero hace falta que se lo crean ellas mismas: que salgan de sus zonas de confort y que defiendan más sus ofertas digitales.

No hace mucho, leía un artículo en el que Michael Golden, vicepresidente del The New York Times, decía que ellos no eran un periódico con una página web, sino una compañía digital de medios de comunicación que saca un diario. Igual hace falta que aquí, en España, los grandes medios se den cuenta también de que no son periódicos, sino compañías digitales de noticias que, no se sabe por cuánto tiempo, todavía sacan un diario a diario.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

El NO ejemplo del New York Times

Los últimos datos sobre la cuenta de resultados del periódico The New York Times ratifican que el camino emprendido tras levantar su primer muro de pago hace ahora cinco años es el correcto. La vieja dama neoyorquina tiene mas de millón y medio de suscriptores digitales y está trasladando su modelo de negocio del papel a la pantalla. La publicidad impresa ha bajado en los tres últimos meses un 18,5%, pero la digital ha subido un 21,4%, representando ya más de un tercio de los ingresos de la compañía. Y el New York Times empieza a ser menos un periódico impreso y más una compañía que tiene abonados en foma de suscriptores.

Si queréis más detalles, os paso por aquí un enlace a un artículo de Ismael Nafría en el que lo explica con detenimiento. Ahora me detendré en algo que no se me va de la cabeza: al New York Times le puede ir muy bien, pero el diario de la familia Sulzberger no puede ser un ejemplo para los demás. Es un referente, pero no puede ser EL REFERENTE.

No se trata de que me haya vuelto un obtuso enfermizo que reniegue del cambio digital o que me haya dado por el postureo de ir a la contra. Se trata simplemente de que veo improbable que el modelo de negocio de la gran cabecera norteamericana pueda ser ejemplo para los miles de periódicos de papel del orbe terráqueo del mismo modo que estoy convencido de que los equipos de Regional preferente de todas las ligas del planeta no pueden imitar las estrategias del Real Madrid, del Barcelona o del Manchester United.

Ni tienen la dimensión, ni tienen el volumen ni tienen la capacidad de arrastrar grandes audiencias y, por tanto, no pueden imitar una estrategia que no le corresponde.

The New York Times sólo hay uno. Es el líder, la gran referencia, la marca más aposentada y, en consecuencia, es la cabecera que tiene más posibilidades de éxito cuando se trata de pedirle a sus lectores más comprometidos que paguen por los contenidos que les ofrecen.

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Otros diarios también lo pueden hacer, pero no da la sensación de que el pago por contenidos pueda universalizarse. Más bien lo que se observa es que los periódicos tendrán que comportarse como esos armadores que cuando los bancos de pesca se vacían, deciden llevarse sus barcos a otros territorios en busca de esa pesca que les permitirá sobrevivir dignamente.

Esos bancos de pesca de la prensa podrán ser en algunos casos los muros de pago, pero serán los menos. Lo más lógico es que los ingresos vengan de una mezcla en la que se incluirán los contenidos patrocinados, la publicidad nativa, la organización de eventos o cualquier otra vía por la que las empresas de noticias puedan vender un servicio que no sea una publicidad como la que se estan comiendo Google y Facebook.

Es decir, que tendrán que buscarse la vida y asumir que, en el caso de los modelos de negocio de la prensa, lo que haga el líder no puede ser el ejemplo al que agarrarse…ni aunque se llame el New York Times.

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Periodismo y postureo

Fuente: pixabay.com

Si algo sorprende del seguimiento mediático del primer debate televisado de Hillary Clinton y Donald Trump no es la enorme cantidad de fact-cheking que han desvelado las mentiras que se dijeron allí, sino que nos asombre tanto que las empresas periodísticas norteamericanas pongan a sus redactores a verificar si los dos aspirantes a gobernar la nación más poderosa de la tierra son unos mentirosos patológicos o simplemente retuercen la realidad por encima de sus posibilidades.

Nos pasa con estas verificaciones (muy habituales, por cierto, en los grandes medios estadounidenses) lo mismo que con otras tendencias mediáticas que tienen más postureo que otra cosa: se ponen de moda y cuidado con el que diga que nos estamos pasando de frenada, que entonces queda como un carca desfasado incapaz de recordar hasta la contraseña de su cuenta de facebook.

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Fuente: Discoper

De pronto, nos hemos puesto todos muy estupendos y hemos concluido que, para estar al día, tenemos que decir que nos encanta el periodismo de datos, que estamos locos por probar el periodismo inmersivo, que conocemos Periscope mejor que a nuestras parejas y que, por supuesto, nos encanta trastear en Snatchap.

Y así, en medio de este derrame de novelería, terminamos diciendo que recoger datos, contrastarlos y montar una historia con ellos es más menos que el advenimiento de un nuevo tiempo que hay que saludar como la llegada de ET a la tierra. ¡Por dios, eso es periodismo y no hace falta ponerle tantos apellidos ni envolverlo en un celofán de posmodernidad¡

Que uno sepa, ya existía el periodismo de datos antes de que explotara la galaxia de las redes sociales y ya se verificaban muchas historias antes de que los vendedores de los mercadillos mediaticos nos avisaran de que para ser buenos periodistas había que tener  alma de fact-checker, que, por cierto, es un término que suena a taladradora de las que se venden en el Leroy Merlin.

Pues claro que los periodistas tenemos que adaptarnos al nuevo paisaje mediático: al uso masivo de las redes sociales como escenario para distribuir y leer noticias, al consumo en los teléfonos móviles y en vídeo, a la decadencia de las portadas de las webs, a la proliferación de los bloqueadores de anuncios, a las nuevas herramientas para hacer periodismo y a todo lo que se nos ponga por delante.

 

Menos papanatismos y más actitud crítica

Pero tampoco estaría de más dejarnos de tanto papanatismo en torno a los nuevos hallazgos y tener una actitud más crítica con respecto a quienes nos venden la llegada de una nueva era controlada por los algoritmos, los excels y los bots que nos salvará del descrédito imperante en la profesión periodística.

Seguramente sea mejor rebajar nuestra dosis de postureo y hacer más periodismo adaptado a las necesidades y hábitos de consumo de los ciudadanos. Ya veréis cómo así nos van mejor las cosas…y podemos seguir haciendo periodismo de datos, fact-checking y si nos da tiempo, hasta un periscope para 14 espectadores de la última vez que salimos con nuestros amigos a tomarnos una ración de ensaladilla.

¿Y si los medios sacan tajada de la guerra de Google y Facebook?

Buscadores y redes compiten también por las noticias. Fuente: pixabay.com

Estamos tan distraídos con nuestros debates recurrentes sobre el futuro de la prensa de papel o sobre el consumo de las noticias en vídeo y a través de los teléfonos móviles, que seguimos olvidando que donde se está jugando la más grande de las contiendas es en ese escenario virtual donde se han citado los dos grandes duelistas de la red:  Google y Facebook.

El gran motor orwelliano de las búsquedas por internet y el muro digital más compartido de la historia compiten por la atención de cientos de millones de usuarios cuyos datos tienen un valor imposible de calcular. Quien gane, controlará el ecosistema de internet. Y por eso ambas compañías luchan por hacerse con uno de los negocios que garantizan los contenidos que les permitirán vencer en esta contienda: el de las noticias.

¿Por qué no aprovecharse de esta pelea de elefantes?

Facebook vive un momento de desdoble de la personalidad. Insiste en que se no se trata de una compañía de medios, pero lo cierto es que una de las obsesiones de Mark Zuckerberg es la de lograr que todos los medios nutran a Facebook y lo conviertan en el centro de sus estrategias.

Facebook. Fuente: pixabay.com

Y Google, por su parte, lleva años erigiéndose en el gran editor del mundo, el redactor que jerarquiza la actualidad del planeta y decide qué es noticia y merece estar en la primera página del buscador y quién se queda relegado a los confines del motor del búsqueda.

Pero no son los únicos.

Nadie quiere quedarse atrás en esta guerra por la atención de los ciudadanos. Y por eso, tanto los motores de búsqueda como las plataformas sociales se están lanzando en masa a ofrecer a los productores de noticias servicios que les pueden dar ingresos a cambio de alojar sus contenidos directamente en sus plataformas, sin necesidad de alojarlos en sus webs de referencia.

La lista es larga: los instant articles o los facebook live de Facebook, las aceleradoras de páginas móviles(APM) o el Youtube player de Google , el servicio de Apple News o el de Snatchap Discover son algunos ejemplos. Pero pronto habrá unos cuantos más.

Para los medios, es importante que asuman que es imprescindible que establezcan estrategias con estas compañías si quieren ser relevantes en los sitios donde verdaderamente se consumen las noticias.

Google. Fuente: pixabay.com

Después de tantos años llorando amargamente de cómo internet les parasitaba las noticias robándoles sus contenidos y sus derechos de autor, ya es hora de que las marcas informativas se den cuenta de que siguen teniendo un gran valor en el ecosistema.

Los medios se han pasado más de una decada mendigando un lugar en las plataformas. Y ahora ven que éstas mismas les quieren atraer sea como sea.

¿No sería mejor, entonces, dejar de pelearse con unos y con otros y centrarse en exigir mayor tajada de la tarta publicitaria que ya se están comiendo los nuevos jugadores de la información?

Por una vez, y gracias a la competencia cruenta de Google, Facebook, Twitter y el resto, los medios vuelven a tener una posición de fuerza en la jungla de la red, pues todos se pelean por atraer sus contenidos.  ¿Por qué no intentar aprovecharlo en vez de quejarse tanto?