Qué puede hacer un periodista para luchar contra las fake news

El periodista y profesor de Comunicación en Loyola Andalucía David Varona ha ofrecido en la sede en Sevilla de Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA) un taller para periodistas muy práctico y solvente sobre fake news y verificación de las noticias titulado “Los medios después de Facebook. El periodismo en tiempos de fake news”.

Varona profundiza tanto en el análisis y diagnóstico del problema de las noticias falsas como en las respuestas que pueden darse contra ellas desde los medios de comunicación.

Os paso algunas de las ideas expuestas.

  1. Los bulos funcionan a una velocidad infinitamente mayor que los desmentidos que los desmontan. Y sus fabricantes son más rápidos que quienes luchan contra ellos. Toca asumirlo.

  2. Es aún más difícil luchar contra las fake news ahora que la conversación de los asuntos públicos se desplaza desde entornos públicos con una cierta vocación de transparencia a circuitos cerrados sin controles de verificación (ejemplo: los grupos de amigos y familias en whatsapp o los grupos cerrados de los partidos políticos en Facebook).

  3. Las redes sociales (en especial Facebook) tienen una cuota de responsabilidad en la distribución masiva de falsedades, pero no más que eso: una parte. Los responsables últimos son quienes escriben y hacen circular esos bulos a través de estas plataformas y, en muchos casos, se lucran con el tráfico de infamias.

  4. Si hablamos de dinero, no nos centremos tampoco en Facebook como si fuera la reencarnación del Satán más mentiroso. No es el único. Si nos fijamos en el rastro del dinero, veremos que la cadena viral de la fabricación industrial de las mentiras empieza en las empresas que las fabrican, sigue en Facebook, que es donde se viralizan y se comienza a ganar dinero (a a través de los anuncios de FB) y acaba en Google, que también recibe su porcentaje del negocio por los clicks que proporcionan estas noticias falsas.

  1. Los fabricantes de fake news siempre van por delante de quienes luchan contra ellas. Y esto no es nada si lo comparamos a lo que puede pasar cuando se popularicen las deep news, noticias falsas que usan audios e imágenes manipulados casi imposibles de detectar.

  2. La lucha contra las noticias falsas es también una oportunidad de negocio para quienes quieran emprender en la industria del periodismo. En España, los dos ejemplos más claros son Maldito Bulo y Newtral. Y David Varona hace también referencia a ejemplos como los de Full Fact (Gran Bretaña) o Basta Bufale (Italia).Y también hay herramientas de verificación al alcance de todos, como First Draft, Tin eye o Poletika.

Y, por cierto, Facebook también está logrando avances.

  1. Y, por último, unos consejos que David Varona ofrece a los periodistas y medios y que éstos deberían de recordar en su día a día.

/ Si quieres detectar una noticia falsa, atento siempre a la fuente de la noticia. ¿Quién la da? ¿Es un medio o una fuente fiable? ¿Confiamos en ella?

/ Cuidado con los pantallazos. Es muy fácil imitar el diseño de una web de un medio creíble.

/ Atento al astroturfing: hay fabricantes que se inventan personas falsas en las redes sociales para distribuir su mercancía tóxica (sí, ya lo sé, todo esto parece una distopía, pero es así).

/ Fijaros en las URL. Los creadores de fake news usan direcciones muy similares a las de los medios que tienen credibilidad.

/ No difundáis sin contrastar. Sí, es una obviedad, pero vivimos en una época en la que a muchos, también a los periodistas, hay que recordarles algo tan obvio.

/ No os quedéis sólo con el titular. No os sorprenderá si os digo que mucha gente sólo lee titulares. El resto, como si no existiera. Lo sabemos desde siempre.

/ Verificad fechas, comprobad las imágenes y los vídeos.

/ Y, sobre todo, trabajad con conciencia crítica. Si nosotros los periodistas no lo hacemos, qué ejemplo le daremos al resto de los ciudadanos.

Sobre el ’lado oscuro’ de la comunicación y las relaciones públicas

El periodista y consultor Miguel Ángel Robles ha escrito un ensayo sobre el oficio de la comunicación que he tenido la suerte de prologar. Se titula ‘El lado oscuro. Diez falacias sobre las relaciones públicas‘ y ha sido editado por Fragua. El ensayo es una reivindicación honesta y muy bien escrita sobre la comunicación en el ámbito de las empresas y las instituciones y es también un alegato contra ciertos deslumbramientos que vivimos en la era digital y una defensa de lo racional frente a las emociones primarias que pueblan el discurso público en nuestras sociedades. Si os interesa esta pasión que es la comunicación, os recomiendo de verdad que busquéis el libro (en Amazon, por ejemplo) y que lo leáis. Os va a valer la pena,

Os paso por aquí el prólogo que escribí para el ensayo:

Una advertencia previa que tal vez disguste a los editores de este libro: el texto que tienen ustedes entre sus manos no es para todos los públicos. Absténganse, por tanto, de su lectura todos aquellos que piensen que la gente que ya no lee, que a la gente hay que darle la información bien masticadita y que lo importa no es informar a la gente, sino epatarla.

Y si no quieren abstenerse, cosa que le agradecerá también el autor, al menos, háganse un favor y hágannoslo a todos los demás: despójense durante unas cuantas horas del pack de visiones estereotipadas y políticamente correctas con el que se despachan a diario en sus quehaceres personales y profesionales y acepten el reto de leer un ensayo que les obligará a pensar y a repensar, que no pretende engancharles sino animarles a una discusión despojada de prejuicios sobre el papel de la comunicación corporativa en esta era de la democracia emocionalque nos ha tocado vivir.

Este libro, ya les anticipo, ni es cool ni lo pretende. No es un libro tribunero de un tipo que le da al público lo que quiere. Se lee excepcionalmente bien porque Miguel Ángel Robles tiene el veneno de la escritura en el cuerpo y cada párrafo contiene sangre y contiene alma. Pero el autor no aspira a ser el Paulo Coelho de la comunicación corporativa. En todo caso, aspira a lo contrario: a desmontar a quienes nos venden la peor de las alquimias para disfrazar la realidad con sus juegos verbales y visuales. Y aquí, se lo puedo asegurar, lo consigue con la solvencia de quien sabe de lo que escribe.  

El lado oscuro es un libro honesto de alguien que, sospecho, sufre de una alergia irremediable cada vez que se topa con un predicador de emociones vacías dispuesto a explicarle al orbe terráqueo cómo es la nueva comunicación y porqué él es su mesías. Es, así, una denuncia de determinados fenómenos que nos deslumbran y a los que damos pábulo sin que sepamos las razones de por qué lo hacemos. Y también es una reivindicación, a veces hasta dolorida, de determinados valores de la comunicación clásica que se están perdiendo entre tanta histeria y tanta historia.   

Robles estructura su ensayo como un decálogo en el que desmonta, una a una, las diez falacias que contaminan la imagen de marca de la comunicación, entre ellas, y voy a citar sólo algunas, el famoso mito del lado oscuro, las teorías conspiranoicas sobre las relaciones públicas y los poderosos, la prostitución de la compra de los espacios informativos, la exaltación de lo emocional, el nirvana del storytelling  o, por ejemplo, el deslumbramiento acrítico ante todo lo que huela a digital.

En todas estas falacias puede que haya hasta un cierto poso de verdad (un poquito de autocrítica, ¿vale?), pero cuando se rasca en ellas, se observa con claridad que todas ellas son también hijas de la pereza mental y de nuestra afición a calificar a los demás en función de nuestros prejuicios ideológicos y sociales.

Robles nos propone, así, un paseo por un parque temático repleto de supuestas verdades que no lo son, por falacias que en ocasiones adquieren la categoría de infamias. Pero su texto es mucho más que el desmontaje de unas mentiras prefabricadas que apenas se sostienen después de una discusión.

Si miramos más allá, es, también, un alegato apasionado en favor de los principios y valores de la ilustración y en contra del adocenamiento intelectual; una defensa del pensamiento crítico y racional y un ataque a quienes sólo ven la realidad que nos rodea desde el trazo grueso de las simplificaciones más demagógicas.

Miguel Ángel Robles toma partido a sabiendas de que no se ganará con ello el favor de las mayorías. Pero se intuye entre líneas que necesitaba dejar negro sobre blanco su denuncia de los efectos más perversos de una comunicación líquida y acrítica queprima las emociones sobre la reflexión, invitando a sentir antes que a pensar; una comunicación que subvierte los valores clásicos de la profesión, despojándola de su armazón ético hasta convertirla en una carcasa vacía que sólo ofrece sensaciones. 

Y al hacerlo, me recuerda mucho a las batallas de sus primos hermanos, los periodistas, cuando defienden que lo importante del periodismo, en estos tiempos de transformación y de deslumbramiento digital, sigue siendo el respeto a unas reglas del juego basadas en la honestidad y la búsqueda de la veracidad. 

En comunicación corporativa, ya sea desde una institución pública, desde organizaciones sociales o desde empresas de cualquier tamaño, los criterios son exactamente iguales que en el periodismo. Y los valores, también. Y lo digo desde la experiencia de haber estado en ambos lados: como periodista y como comunicador, relaciones públicas o como demonios queráis denominar a quienes nos hemos dedicado en algún momento de nuestras vidas a esto de comunicación corporativa. 

Hace tiempo que la comunicación se ha convertido en un hipermercado donde cientos de clientes intentan situar sus productos en las estanterías atestadas de los medios de comunicación y de las redes sociales. Pero para colocar estas ofertas, las reglas son las mismas de siempre: ten un buen producto, véndelo con honestidad y sin engaños y procura que sea atractivo, pero sin deslizarse por pendientes emocionales. En nuestro negocio, por mucho que los cínicos inviten a pensar lo contrario, la credibilidad y la confianza siguen cotizando al alza. Y lo vendemos, unos y otros, no es otra cosa que reputación, que una buena reputación.  

Este oficio puede que esté lleno de vendehumos y vendepatrias, pero este no es su hábitat, sino el de quienes respetan esas reglas porque saben que es la única de serles fieles a sus clientes, a la sociedad en la que prestan sus servicios y, por qué no decirlo, a ellos mismos. 

Y si no estáis de acuerdo, sólo puedo emplazaros a discutirlo cuando queráis, pero con una condición: que antes leáis este vigoroso ensayo de Miguel Ángel Robles y reflexionéis sobre lo que sostiene y porqué lo sostiene. Y, quién sabe, igual, a lo mejor, después de leerlo, hasta igual cambiáis de opinión.    

No dejéis que la realidad os estropee un buen bulo (algunas propuestas contra las fake news)

Resumo algunas mentiras recogidas un día cualquiera en la cuenta de Twitter de Maldito Bulo, una empresa informativa que, por cierto, ha descubierto que luchar contra las noticias falsas es también un (modelo de) negocio:

  1. No, el teniente legionario y golpista Castejón no es el abuelo de Pedro Sánchez…Pérez-Castejon.

  2. No, Albert Rivera no se opone a que haya controles de droga en el Parlamento.

  3. No, Pablo Casado no ha tuiteado ni luego borrado que en Andalucía todavía quedan muchos enemigos de España y que los populistas se niegan a trabajar.

  4. No, Podemos no propone que todos los inmigrantes cobren 1.200 euros al mes, incluidos los ilegales.

  5. Recopilación de bulos sobre RTVE, entre ellos que Pablo Iglesias dirige los informativos y que la misa del domingo será eliminada.

  6. El revival del bulo de la prohibición del consumo de carne de cerdo y de jamón en los centros educativos.

Insoportable, ¿no? Pues así estamos todos los días a todas horas.

Siempre ha habido propaganda, intoxicación y desinformación. Pero ahora la oferta de noticias falsas tiende al infinito. Las fake news suelen ser burdas y hasta groseras, muy fáciles de identificar, pero, sin embargo, cuentan con la aceptación generalizada de una parte nada desdeñable de ciudadanos dispuestos a creer aquello que reafirma sus convicciones. Y cuando los bulos están más elaborados o son más sofisticados, entonces nos cuesta a todos distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es. Las deep fakes asoman. Y no es fácil identificarlas con precisión, sobre todo si, como digo, lo que afirman entra en nuestras coordenadas ideológicas y morales.

Trump en los Estados Unidos y su utilización compulsiva y manipuladora de Twitter; Bolsonaro y sus cadenas de whatsapp en Brasil o la misma campaña de los partidarios del Brexit en el Reino Unido son los ejemplos recurrentes que se ponen siempre para avisar de lo que se nos viene a todos encima. Pero hay muchísimos más. En todas partes y por todos los canales. El virus se ha expandido.

La ventanilla tóxica del whatsapp

En una ponencia del congreso digital de periodismo que se celebró la pasada semana en Huesca se afirmaba que prácticamente un tercio de la información que se movía en España se distribuía a través de whatsapp (sobre un 36%). Eso es más de un tercio de la industria de las noticias. Un tercio de la información circulando por un canal donde no hay intermediarios y donde no hay filtro de verificación alguno. Un canal por donde circulan compulsivamente cadenas de infamias y de manipulaciones que llegan directamente a los ciudadanos sin que nadie sepa hasta ahora cómo detener esta hemorragia de desinformación.

Pongo un par de ejemplos más de estas últimas semanas.

De un lado, recuerdo la reunión de altos directivos de Facebook con dirigentes de los principales partidos políticos españoles en las que se supone (si no es mucho suponer) que la red de Palo Alto les habrá garantizado que harán todo lo posible para que Facebook y Whatsapp (y en menor medida Instagram) no sigan siendo el mayor contenedor de mentiras de la historia de la humanidad.

Del otro, la decisión de la BBC de no darle cancha alguna en sus debates a los conocidos como los negacionistas, personas carentes de toda formación científica pero dispuestos a refutar todas las evidencias empíricas que sean necesarias para convencer de las bondades de sus teorías conspiratorias…y, literalmente, de sus bulos.

Hace poco más de un año escribí un artículo donde afirmaba que la mejor manera de combatir las noticias falsas era con el buen periodismo. Sí, me quedé corto. Los periodistas y los medios tienen que luchar contra esta plaga haciendo buen periodismo y ofreciendo productos de calidad. Obvio, ésta es su función, pero es evidente que con esto no basta. Hay que hacer más, muchísimo más. Y no sólo los medios, sino también los dueños de las plataformas y canales de distribución y, por supuesto, las Administraciones públicas.

Cada uno tiene su responsabilidad y debe ejecutarla.

  1. Los medios, haciendo el mejor periodismo posible, alejándose de la peor viralidad y trabajando en proyectos rigurosos en los que se pueda confiar. Pero, y lo pongo aquí como propuesta, abriendo también secciones fijas donde se combata a diario la profusión de noticias falsas.

  2. Las plataformas y canales como Facebook, Twitter y Whatsapp, asumiendo de verdad que están contribuyendo a la mayor expansión de morralla mediática de la historia y que no pueden eludir su responsabilidad y, por tanto, invirtiendo muchísimo más en verificadores y controladores de los contenidos que circulan en sus soportes.

  3. Las Administraciones, exigiendo y apoyando a medios y plataformas para que tomen medidas contra la desinformación y trabajando en proyectos de alfabetización mediática (¿tal vez desde las escuelas? ¿no se necesita una educación mediática igual que una educación vial?) y de concienciación de la ciudadanía (qué menos que usar las televisiones públicas para este cometido con programas específicos: yo propondría secciones fijas en los telediarios).

  4. Y, por último, los mismos ciudadanos, reconociendo que no pueden seguir compartiendo bulos en sus grupos de whatsapp y en sus muros de Facebook como si no hubiera un mañana.

  • He escrito este artículo tomando como base las ideas que he preparado para mi intervención en una mesa redonda sobre fake news celebrada en la Universidad Loyola de Andalucia. Desde aquí, mi agradecimiento a la institución, al moderador de la mesa, David Varona, a mi compañero de mesa Javier Blanco y, por supuesto, gracias por la invitación a Manolo Prieto, delegado de Atresmedia. !Enhorabuena por el acto!

Facebook no quiere ser ‘fakebook’ (pero se hace un Poncio Pilatos)

Leo en el Confidencial que altos cargos de Facebook se han reunido en Madrid con representantes de los cinco principales partidos nacionales en citas que han servido para mostrar la preocupación de unos y otros por la proliferación de noticias falsas y su posible incidencia en el ciclo de elecciones que se avecinan en las cuatro semanas que van del 28 de abril al 26 de mayo.

La familia de canales de Facebook domina también la conversación social en España, pues controla las tres grandes autopistas, con permiso de Twitter, por donde circula la información, tanto la rigurosa como la une simplemente es falsa y responde a intereses tóxicos: Whatsapp, Instagram y el mismo FB. Y en esa condición, es capaz de ser determinante a la hora de poner y quitar presidentes…también en España.

Facebook sigue ganando más y más y creciendo más y más, pero también tiene un problema cada vez mayor: no sólo no ha demostrado capacidad para tapar los agujeros por dónde se les cuela morralla falsa en cantidades industriales, sino que tampoco ha logrado convencer a muchos de que de verdad está dispuesto a ponerle coto a los desmanes.

Algo en lo que no ayuda la percepción de que: 1. Zuckerberg cree estar por encima de cuestiones como populistas y extremistas de todo pelaje usen su red para verter inmundicias que alcanzan ecos casi infinitos. Y 2. de que se está haciendo un Poncio Pilatos, lavándose las manos como si todo esto no fuera, en parte, culpa de su tibieza a la hora de atacarlas.

Es evidente que a Facebook no le interesa convertirse en Fakebook, pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si está haciendo lo suficiente para combatirlo. Y la respuesta, al menos de momento, no parece que sea afirmativa.

P.D. Os paso por aquí la opinión de Enrique Dans:

¿Pueden Google, Facebook y Whatsapp quitar y poner presidentes en unas elecciones

Los medios de comunicación ya no son la plaza pública donde se conversa sobre los asuntos que nos conciernen a todos. Esa plaza está ahora en Facebook, en Twitter, en Instagram, en Google y en el whatsapp. Y eso tiene sus ventajas, pero también presenta aspectos muy peligrosos. Y no solo para sus usuarios. La nueva plaza tiene esquinas muy poco recomendables. Y estamos empezando a darnos cuenta ahora.

El cambio afecta a la naturaleza democrática de las sociedades desde el mismo momento en que este universo orwelliano de redes sociales, canales de mensajería y motores de búsqueda no está poniendo el celo necesario a la hora de luchar contra las toneladas de informaciones falsas y tendenciosas que se vierten en estas plataformas sin apenas control.

La Unión Europea es consciente y formula ya amenazas más o menos veladas a Facebook, Google y Twitter que ya veremos en qué acaban.

Venimos de un año en el que, por ejemplo, Zuckerberg ha tenido que declarar en el Congreso de los Estados Unidos y ante el Parlamento Europeo por el escándalo de Cambridge Analítica. Pero, como ya hemos dicho por aquí, pese a todo, Facebook sigue creciendo y ganando más y más dinero. Los usuarios no castigan a la red social por su comportamiento poco ético. Y al resto, tampoco.

Y entretanto, un número cada vez mayor de ciudadanos termina informado sólo a través de lo que le llega a través de sus grupos de whatsapp. Sin filtro alguno, pero con la prescripción más directa.

En este mismo blog he señalado en otras ocasiones que este nuevo escenario de vertidos tóxicos continuos beneficia a las marcas periodísticas, que se convierten en un valor refugio frente a tanta inmundicia virtual. Los ciudadanos buscan referencias de las que fiarse. Y ahí hay oportunidad para los medios de comunicación tradicionales.

Pero seríamos ilusos si pensásemos que esto es simplemente un asunto en el que se dirime qué hacer ante la proliferación de noticias falsas y cómo afecta al ecosistema tradicional político y mediático, si hay que imponer tal o cual multa a una red social o si deberíamos de exigirles más a los nuevos amos de la red.

El tránsito a la democracia emocional

Esto afecta ya a uno de los elementos más esenciales de nuestras sociedades democráticas, las elecciones, y condiciona por completo un debate público que cada día que pasa es menos racional y más emocional.

¿Cómo garantizamos que Google, Facebook o cualquier otra plataforma o buscador no sea utilizado para campañas masivas de distribución de bulos y de infamias? ¿Qué hacemos para que nuestros grupos de whatsapp no se llenen de montajes ofensivos tan fraudulentos como efectivos? ¿Puede el uso estratégico de una red social hacer que un candidato gane o pierda unas elecciones?

Esto ya lo hemos vivido y ha influido, por poner tres ejemplos ya conocidos, en las victorias de Trump en Estados Unidos, de Bolsonaro en Brasil o de los partidarios del Brexit en Gran Bretaña. Lo que circula por estos canales pone y quita presidentes. Por eso, de cómo respondan ahora nuestras instituciones puede depender la salud futura de nuestras democracias. Palabras mayores.

Bezos, la Super Bowl y el precio de unas cuantas bolsas de plástico

El propietario del The Washington Post, Jeff Bezos, se ha gastado en torno a diez millones de dólares para que los norteamericanos vean en el intermedio de la final de la Súper Bowl un anuncio de este periódico que es, en sí mismo, una reivindicación general de los principios y valores de siempre del periodismo.

Tal vez para el también dueño de Amazon el desembolso de esa decena de millones de dólares suponga para sus bolsillos lo mismo que supone para cualquiera de nosotros los cinco céntimos que pagamos por las bolsas de plástico de los supermercados, pero la acción se agradece igual.

La crisis de fiabilidad que han vivido los medios no termina. Las noticias falsas forman ya parte del paisaje mediático y debilitan aún más a unas empresas periodísticas que, ya de por sí, sufren las consecuencias de un modelo de negocio, el de la publicidad, que se ha hundido ante la fuerza de competidores tan abrasivos como Google y Facebook.

La gran mayoría de los medios se comporta como los cazadores de la prehistoria que salen en busca de nuevos espacios donde encontrar el alimento que necesitan para sobrevivir. Y en esa exploración, piensan en nuevas estrategias que les hagan depender menos de terceros como las plataformas sociales y los motores de búsqueda y que les permitan pensar en proyectos que se sostengan más allá de la publicidad tradicional.

Quien más quien menos, todo el mundo habla en esta industria de la necesidad de convertir a los lectores en suscriptores y en la generación de ingresos en lo que antes era el perímetro del negocio (eventos, contenido publicitario, servicios de agencias de comunicación…), pero para poder virar hacia estas estrategias de negocio, hace falta que la relación entre esos medios y sus potenciales usuarios vaya mucho más allá de los clicks aislados, que sea de verdad una relación entre una marca y el lector que se compromete y forma parte de una comunidad que comparte un medio…y hasta una forma de vivir en sociedad.

El problema es que no basta con hacer productos que respeten los principios y valores del periodismo riguroso y honesto. Lo que se necesita es que haya un número suficiente de ciudadanos que sepan valorar esos productos rigurosos y honestos y que entiendan la necesidad de mojarse para defenderlos y hacerlos sostenibles, es decir, que se comprometan de verdad.

Por eso es tan importante defender y difundir la idea de que el buen periodismo mejora las sociedades a las que presta servicio y las hace más prósperas, más libres y más justas. Y por eso es tan importante que personas como Jeff Bezos sean capaces de gastarse diez millones de dólares por un anuncio que reivindica ese periodismo, que es el de siempre, ante la mayor audiencia televisada del año en los Estados Unidos. Porque nos jugamos mucho. Más incluso de lo que muchos se puedan imaginar. Esto no va de salvar periódicos, radios o televisiones. Va de tener democracias sólidas o de no tenerlas. Bezos lo sabe. Y nosotros, también.

Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

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El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Las portadas casposas del Daily Mail

Daily Mail. Logo de la cabecera del tabloide británico

El Daily Mail publica una portada con foto de las primeras ministras de Inglaterra y de Escocia en las que afirma que a los ingleses les tiene que dar igual el Brexit teniendo a dos dirigentes con unas piernas como las que tienen y a todos nos da por responder con un tsunami de reproches indignados. Hay razones para la irritación. La portada es cutre hasta el punto de que podría ir firmada por Torrente y se publica en un medio que vende cientos de miles de ejemplares.

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Pero pongamos contexto: ni la portada en cuestión puede considerarse periodismo ni el Daily Mail ha sido ni será jamás un ejemplo de lo que es un periódico serio, así que no le pidamos que de pronto se parezca al Le Monde Diplomatique o al New York Times porque no puede y, sobre todo, porque no quiere. Lo grosero y lo ordinario forman parte de sus señas de identidad, de sus valores de marca: están orgullosos de ser así y sus lectores se identifican con ellos.

La prensa amarilla tiene más de tres siglos de historia, es tan británica como el té de las cinco y el cambio de guardia del palacio de la reina y los lectores del Daily Mail son fieles consumidores de esta tradición: no se escandalizan por portadas como la de las piernas de las primeras ministras; al contrario, las aplauden y las compran con el fervor de los adictos. ¡Como para quejarse en pleno hundimiento de los periódicos de papel¡

El Daily Mail es un tabloide que bebe en la tradición escabrosa de la prensa sensacionalista britanica y que demuestra el mismo interés por contar noticias veraces que podría tener cualquier estafador que se aprovecha de las desgracias ajenas para ganarse unos cuantos miles de euros.

Su lector no compra el periódico para que le cuente qué ocurre en el mundo,  busca que le emocionen y que le impacten, y le importa bien poco que las noticias que lee sean más o menos fiables y no digamos ya que puedan ser de mal gusto o, como en este caso, que tengan un tufo casposo a película de Esteso y Pajares.

¿Que el periódico tendría que ser menos ordinario y menos machista y tener más respeto por la  información y por el periodismo? Pues sí, pero os digo algo para que se nos quite la ingenuidad de un brochazo: al Daily Mail le importa un rábano la verdad y las consecuencias de sus mentiras, de sus intoxicaciones y de sus exageraciones. Ellos se dedican a dar carnaza y a vender periódicos. Y logran sus objetivos. Fin del debate.

Un par de ejemplos de los últimos meses: este Daily Mail que saca una portada para machistas tabernarios es el mismo periódico que se pasó toda la campaña del Brexit publicando mentiras surrealistas sobre la unión Europea y sobre los inmigrantes con tal éxito que ha logrado que Inglaterra le esté diciendo adiós al continente después de más de cinco décadas de unión.  Y, por cierto, también es el mismo periódico al que le ha importado más bien poco que la Wikipedia haya vetado los enlaces a este periódico por la nula fiabilidad de sus informaciones.

Así que ya sabéis. Tenéis toda la razón del mundo en indignaros, pero el Daily Mail no va a dejar de ser como es. Al menos mientras haya tanta gente dispuesta a pagar por este ejemplo de manual de cutreperiodismo.

Cómo luchar contra la posverdad

He asistido a una charla de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la sede del Consejo Audiovisual de Andalucía en torno a la amenaza de la posverdad no sólo para el periodismo sino para el conjunto de valores sobre los que se han construido las sociedades abiertas y democráticas en las que vivimos. Gallego-Díaz es una periodista del diario El País que se ha ganado su sólido prestigio a base de trabajo, capacidad analítica y un respeto por la rigurosidad y la honestidad que sobresale todavía más ahora que el ecosistema informativo produce tantas cantidades de basura mediática.

Soledad Gallego-Díaz entiende que este fenómeno de la posverdad va más allá de  las intoxicaciones que siempre han existido y que son fruto de estrategias premeditadas de grupos que han construido verdaderas maquinarias industriales de fabricación de mentiras destinadas a sembrar dudas y confundir a la opinión pública para lograr sus objetivos políticos y periodísticos. Y una de las novedades estribaría en que este tipo de estrategias no se aplicaría ya sólo en regímenes totalitarios sino también en sistemas democráticos, como bien se prueba con el caso de Donald Trump.

Soledad Gallego-Díaz, en el Consejo Audiovisual de Andalucía. Foto: Laura León.
La presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucia, Emelina Fernández, acompaña a la periodista Soledad Gallego durante Los Dialogos organizados por el consejo en Sevilla, 22/3/2017. Foto/ Laura León

Muy poco que añadir a la radiografía de la situación. Comparto con Soledad Gallego-Díaz su idea de que la mejor manera de luchar desde nuestra posición modesta contra estos fenómenos es haciendo nuestro trabajo periodístico, el que nos corresponda, con rigurosidad y honestidad, pero no tanto con su idea de que no debemos de obsesionarnos con rebatir todas las mentiras que se publiquen y de que es mejor emplear las fuerzas en marcar la agenda pública con los temas que de verdad le pueden interesar a los ciudadanos.

Entiendo su argumento, pero soy más partidario de emplear todas las herramientas y energías posibles en combatir un virus que puede ser letal no sólo para el periodismo sino para el conjunto de las sociedades democráticas. Si se quiere, hasta practicando incluso una guerra de guerrillas, trinchera a trinchera, contra las mentiras y las infamias. Y no sólo en los medios, sino en las redes sociales y hasta en los canales de mensajería como el whatsapp, convertidos en pozos sin sin fondo ni filtros para la expansion masiva de bulos y noticias falsas que muchos ciudadanos asumen sin el menor sentido crítico.

Los medios de comunicación no tienen que emprender cruzada alguna, pero todos los que estamos en este negocio tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad en el tráfico de las mentiras, bien sea porque las podamos propagar o, como es el caso, porque terminemos aceptando estas mismas mentiras como animales de compañía y asumamos su difusión general como un mal menor con el que hay que aprender a convivir.Y algo hay que hacer para combatirlas más allá de hacer bien nuestro trabajo, que ya de por sí a veces no es fácil.

Internet y en particular las redes sociales son herramientas extraordinarias que han facilitado la desaparición de las barreras de entrada en el negocio periodístico y han democratizado la conversación social, pero también son el caldo de cultivo perfecto para la propagación de posverdades cancerígenas que erosionan la confianza y la credibilidad de todos. Mirar hacia otro lado es un ejercicio saludable (probad a ‘limpiar’ vuestras cuentas sociales de trolls y activistas desatados), pero eso no va a impedir que este problema de las noticias falsas vaya a más.

¿Significa eso que los medios tienen que habilitar una especie de brigadas de verificación como si pudiéramos erigir pomposamente en los guardianes de la verdad verdadera? No, no hay que exagerar, pero sí pienso que todos los que nos dedicamos al periodismo, en nuestros ámbitos particulares de atención, en nuestros medios, en nuestras redes y hasta en nuestros grupos particulares de whatsapp, tenemos un cierto deber: el de ayudar en la medida de nuestras posibilidades a desmontar la catarata de infamias, bulos y mentiras burdas que tanto daño hacen al periodismo y a la sociedad en la que vivimos.

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Trump enfurecido y el periodismo “fuera de control”

Donald Trump sigue enredado en su obsesión patológica con la prensa, a la que atribuye casi todos los desastres que ha provocado en su primer mes en el despacho oval de la Casa Blanca. Lo último ha sido su actuación estelar en la rueda de prensa en la que se defendió con argumentos surrealistas de las acusaciones sobre los contactos de su equipo de campaña con miembros de la Inteligencia rusa. Allí, Trump ha acusado a la prensa de estar “fuera de control”, lo cual sólo ha servido para convencernos a todos de que quien está fuera de control es el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Trump tenía tres opciones en sus relaciones con el periodismo: moderarse y norrmalizar estas relaciones, actuar como un presidente populista y demagógico al estilo de Maduro en Venezuela o ejercer de presidente freaky, convirtiendo cada una de sus intervenciones públicas en un espectáculo imprevisible y disparatado para deleite de sus imitadores de la televisión. Por ahora, se ha decantado por situarse entre la segunda y la tercera opción. Y va a más en su delirio.

La estrategia de Trump con los medios de comunicación es transparente: utilización masiva de la televisión para colocar su mensaje simple y primario y ataque enfurecido a todos aquellos medios y periodistas que se atrevan a denunciar sus excesos y mentiras. Trump se ha aprovechado del desprestigio general de la prensa, en esta época en que a las mentiras las llamamos posverdades, para presentarla como el brazo armado de las élites que han reventado el sueño de millones de norteamericanos que supuestamente viven mucho peor que sus padres y que sus abuelos. Y le ha funcionado.

El presidente americano sueña con acabar con los medios que le atacan y está convencido de que se puede gobernar a golpe de decreto y de Twitter. Y por eso se enfurece cuando comprueba que los jueces suspenden sus decretos y los periodistas de los medios hostiles siguen recordándoles todos los días que es una máquina de mentir y de difamar. Literalmente, no lo soporta. Y de ahí los ataques patológicos y su obsesión con destruir al que no le sigue el juego.

Se trata de dos concepciones radicalmente distintas de cómo entender la importancia de los medios en las sociedades libres. Y como es evidente, ambas concepciones chocan. A Trump le gustaría que cerraran unos cuantos medios. Y a esos medios les gustaría ver a Trump muy lejos de la Casa Blanca.

La prensa más o menos seria es consciente de lo que ha llegado. No se arredra. Y hasta ha descubierto que desvelar las mentiras de Trump también es rentable para sus cuentas de resultados. Periódicos como The New York Times o The Washington Post están viendo cómo aumenta sustancialmente el número de personas que se suscriben a sus medios en la creencia de que el papel de los medios de comunicación como contrapeso del poder es indispensable en cualquier democracia que se precie. Más si cabe cuando un tipo de la caladura mental de Donald Trump hace y deshace desde el despacho del hombre más poderoso del planeta.

Wikipedia y la credibilidad bajo cero de los periódicos

Wikipedia. Ilustración: web de mejoracompetitiva.es

Wikipedia es ya la enciclopedia universal de la red, la página donde está todo lo que hay que saber, una web de construcción colectiva que ha saltado por encima de todos los prejuicios y vaticinios que auguraban el fracaso de una biblioteca cibernética cuya credibilidad se ponía siempre en cuestión. Wikipedia ha ganado en credibilidad. Y la ha ganado hasta tal punto que se produce una situación paradójica: antes, los medios de comunicación se cuestionaban su fiabilidad y, ahora, es Wikipedia la que se cuestiona la fiabilidad de los medios y de los periodistas que trabajan en ellos.

Ahí está el ejemplo del Daily Mail, un diario londinense de gran aceptación, pero cuyas informaciones ya no pasan el filtro de los editores de Wikipedia. La enciclopedia universal de internet acaba de anunciar que va a vetar los enlaces que lleguen desde este medio de comunicación (tiene ahora unos 12.000 en su página) porque no se fía de las informaciones que publica.

El Daily Mail no es precisamente un sinónimo de credibilidad, hace del sensacionalismo y la viralidad mas desahogada sus señas de identidad y digamos que tenía todas las papeletas para que le pasase algo como lo que le acaba de ocurrir. Pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si el Daily Mail va a ser el único caso de un medio expulsado de una página como Wikipedia por su demostrada falta de credibilidad.

Si Wikipedia u otras páginas similares empiezan a hacer el mismo ejercicio de verificación con otros medios de reputación más sólida, igual se pueden encontrar también con artículos poco rigurosos o con noticias que, cuando se hurga en ellas, se comprueba que son simplemente falsas. Y en ese momento, muchos medios caerán en cascada.

El problema no es que haya noticias falsas (siempre las ha habido); el problema es que los ciudadanos han dejado de creer a pies juntillas en lo que dicen los medios de comunicación y, por el contrario, sospechan y recelan de todo lo que les pueda llegar de unos medios que están tan enredados en la carrera de los clicks y las visitas al peso que han terminado por perder la credibilidad a jirones a base de publicar lo impublicable y de olvidarse de los mínimos controles de verificación que debería de aplicar cualquier organización de noticias que quiera respetar a sus seguidores.

Lo del Daily Mail y Wikipedia puede ser una anécdota, peor esto último que digo no lo es. La credibilidad es básica para nuestra supervivencia, pero se ha resquebrajado en un mercado saturado por las noticias falsas y la alocada carrera por ganar trafico en un mercado que sigue viviendo de la publicidad generalista. Y entre los más jóvenes, el daño a nuestra credibilidad es aún mayor. Esta semana le pedía en una clase a un grupo de alumnos universitarios de Publicidad que levantaran la mano si confiaban en los medios de comunicación y ni uno solo de ellos levantó la mano. Ellos y los demás jóvenes son el futuro. Y sin embargo no parecen contar con nosotros. Algo tendremos que hacer para recuperar su confianza, ¿no?

 

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

Zuckerberg y los problemas del mayor periódico de la historia: el ‘Facebook Times’

Marck Zuckerberg. Fuente: SiliconBeat

Facebook está reventando de éxito. En su carrera impetuosa con Google por ver quién de los dos se convierte en el Gran Hermano global que controlará internet ha mostrado sus poderes. Uno de cada cuatro habitantes del planeta tierra tiene abierta una cuenta en la red social y se entretiene, cotillea o se informa en la plataforma de Palo Alto. Facebook gana muchísimo dinero con ellos y quiere más. Pero antes, va a tener que solucionar un par de problemas. Uno grave y el otro gravísimo.

El problema grave es que en los últimos cuatro meses, Facebook ha tenido que reconocer que ha cometido hasta cuatro errores a la hora de medir las métricas de sus anuncios publicitarios. Ha inflado los resultados de visitas como si hubieran engordado las visualizaciones con productos que jamás pasarían un control antidoping de audiencias y  los han pillado. Imaginaos cómo les puede sentar esta catarata de errores a los anunciantes.

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Ilustración. The Valley Report

Y el problema gravísimo es que los muros de facebook se han llenado de trolls y no tan trolls que han descubierto el inmenso negocio que supone publicar noticias falsas en la red social más visitada del mundo.

En un primer momento, Zuckerberg restaba importancia a estos problemas y subrayaba, en una peculiar versión del “a mí que me registren”,  que Facebook no era ningún medio, sino que se limitaba a poner la plataforma para que los demás distribuyeran allí sus contenidos, como si Facebook fuera la autopista por donde circulaban los coches de las noticias y poco más.

Pero la fuerza de los hechos le está obligando a rectificar y a reconocer que sí, que Facebook sí es un medio. Para ser exactos, es el mayor medio de la historia del planeta, una especie de ‘Facebook Times, un lugar al que acuden a día de hoy decenas y decenas de millones de ciudadanos a informarse de lo que ocurre en su entorno más cercano. Y esa condición obliga a Zuckerberg a reconocer su responsabilidad y adoptar decisiones para evitar lo que más le puede doler a un medio, por muy grande y poderoso que sea: que pierda la credibilidad.

Si Facebook engorda sus métricas y convierte en territorio abonado a los farsantes, los freakies y los trileros de medio pelo, no tardará entonces el día en el que esta máquina de hacer dinero se gripe porque los mismos consumidores que son devotos de esta red social se trasladen en masa a otra red social en la que empiecen a confiar más. Ha pasado en otras ocasiones y puede volver a ocurrir. Y ese día, a nadie le importará que Facebook publique noticias falsas o que infle sus anuncios, pero porque se habrán olvidado hasta de la contraseña con la que entran en la red de los likes.