En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos, y de Kloshletter en España.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Sobre el mito de los ‘Spotify’ del periodismo

Estoy muy de acuerdo con lo que dice David Chavern, presidente de la News Media Alliance, cuando sostiene que un Spotify para las noticias no es una solución para la crisis estructural que atraviesa la industria (tradicional) de los medios. Añadiría sólo que, a tenor de las experiencias de los últimos años, esa misma idea vale para cualquier proyecto de quiosco digital en el que se puedan leer un buen número de medios o artículos sueltos a cambio de una suscripción.

Las noticias no son canciones que escuchas una y otra vez en los cascos que conectas a tu teléfono móvil. Salvo en el caso de los textos de largo aliento y que no atienden a la actualidad más inmediata, se trata casi siempre de productos perecederos. En la mayoría de los supuestos, nacen y mueren en horas. Y eso está en las antípodas de cómo funcionan modelos de negocio como el de Spotify o, con algunos matices, el mismo de las plataformas de streaming como Netflix, HBO o Movistar.

Pero aparte de este hecho, hay otros dos factores que me resultan también claves para entender porqué es difícil que funcionen estas plataformas de noticias.

En primer lugar, no veo por ningún lado qué ganan las empresas periodísticas dándole el poder a terceros que se encargarían de distribuir las noticias. Ya sabemos, por la experiencia de los últimos dos años, que los medios no pueden depositar sus esperanzas de salir adelante en manos de gigantes como Facebook, Apple o Google. Entonces, ¿para qué darle este poder a otra plataforma, aunque supuestamente fuera controlada por los propios medios? ¿no choca este planteamiento con la idea de que las marcas informativas tienen que dedicarse a crear relaciones de confianza con sus lectores y a controlar sus propios procesos de distribución para no depender de terceros?

Y en segundo lugar, como le pasa a muchos, yo le encuentro valor a apuntarme a una plataforma para ver series o escuchar música, pero no le encuentro ese mismo atractivo a pagar una suscripción para apuntarme a un quiosco digital de noticias. Al menos ahora que la oferta libre es tan abundante… y tiene la misma calidad que la de estas potenciales plataformas.

Hazte la pregunta a ti mismo: ¿pagas por ver series o escuchar música? ¿y pagarías por un quiosco digital? Tal vez cuando los muros de pago de casi todos los grandes medios estén a la orden del día, haya un hueco para que estas plataformas puedan tener posibilidades de éxito. Pero, ahora, parecen una quimera.

Lo que SÍ nos puede enseñar The New York Times

Compartí hace unos días en las redes sociales una entrevista del suplemento XLSemanal al editor de The New York Times (NYT), Arthur Gregg Sulzberger, en la que éste hablaba sobre las estrategias editoriales de la gran dama del periodismo norteamericano, la cabecera por excelencia de la industria mediática.

Los que paráis por este blog ya sabéis que soy de los que piensan que hay que tener cuidado con colocar a NYT como modelo de referencia para los medios tradicionales que empiezan a abordar sus procesos de adaptación al entorno digital y para los nativos que han iniciado sus pasos directamente en internet. NYT sólo hay uno y no veo fácilmente trasplantable su modelo a otros territorios y cabeceras. Yo puedo querer que mi club de barrio siga los pasos del Real Madrid o el Barça, pero nunca tendré ni su potencial ni el caudal de compromiso y fe de sus seguidores más entusiastas. Conviene darse cuenta cuanto antes.

Pero merece la pena fijarse en algunas de las reflexiones de quien lleva las riendas empresariales del periódico más importante del mundo… y el más exitoso en su proceso de transformación digital:

  1. El mayor cambio de estos últimos cinco años ha sido precisamente que ya no nos vemos como un periódico que tiene una versión digital, sino como un medio digital de noticias que también imprime un periódico”. Esta frase es el paradigma del cambio. El NYT ya no es un periódico que aprovecha internet para multiplicar sus audiencias. Es un medio (digital) que tiene ediciones en papel, que es muy distinto.

2. Y sigue: “En un futuro relativamente cercano ya no podremos seguir confiando en la versión impresa para financiar como ahora nuestra labor periodística. Los ingresos digitales tienen que alcanzar una cuantía que nos permita mantener oficinas en Irak y Afganistán, enviar reporteros al frente, hacer investigaciones de 18 meses sobre la fortuna del presidente de Estados Unidos y pagar una delegación en Washington con 100 periodistas. Por eso, nuestro foco está puesto en ganar dinero con lo digital”.

Y lo están consiguiendo: en torno a cuatro millones de suscriptores y un alcance de 150 millones de personas. La mudanza digital es una realidad. Y tienen quien se la pague. Lo que me pregunto es si hay tantos medios que apuesten por ese mismo periodismo de calidad (para hacerlo hay que contratar periodistas, no despedirlos a mansalva)…y si hay tantos lectores dispuestos a pagarlo hemos da a mí que no muchos).

3. Su apuesta por el periodismo de calidad y su convicción de que la gente sí quiere pagar por ese periodismo de calidad se combina con la capacidad para arriesgarse con nuevos formatos. No le tienen alergia al error. Un par de ejemplos: el podcast The Daily y su próxima incursión en la producción de programas de TV. Y aquí me pregunto: .¿son “un medio digital de noticias” o son una productora de periodismo de calidad que factura productos de excelente calidad periodística para todo tipo de soportes?

Y 4. “La prensa en papel seguirá viva durante mucho más tiempo de lo que la mayoría cree. Un millón de personas paga por el periódico, es un público fiel que dedica mucho tiempo a su lectura. Además, el negocio de la publicidad sigue siendo grande y rentable. Espero que, mientras la gente quiera leer noticias impresas, nosotros podamos ofrecérselas“.

Lo último es obvio: si tienes un millón de lectores en papel, mímalos. Pero tengo un par de dudas al respecto: la primera es que si tiene cuatro millones de suscriptores y sólo un millón de lectores de papel, lo que es todavía más evidente es que tres cuartas partes de tu negocio están ya en el digital (no digo de los ingresos) y por tanto es donde tienes que centrarte. Y la segunda es que si de verdad piensas que el negocio de la publicidad seguirá siendo grande y rentable, ¿por qué llevan cinco años con una estrategia de negocio que gira hacia la suscripción y la creación de comunidad y se aleja de la publicidad?

Preparando el cuerpo para los muros de pago en los grandes diarios

En las últimas semanas leemos en las principales cabeceras españolas artículos de información centrados en cómo el pago por noticias se está instaurando en los países europeos de nuestro entorno. Los modelos de negocio basados en las cifras millonarias de visitas y la venta de publicidad se estan viniendo abajo por la llegada de los grandes elefantes digitales (Google, Facebook, Apple, Amazon…) y las grandes marcas periodísticas viran ya hacia modelos mas tradicionales centrados en el pago de las noticias.

Hay quienes enmarcan estas informaciones en una campaña de los propios medios de comunicación españoles para hacerle el cuerpo a los lectores, que así irían asimilando que van a terminar pagando más pronto que tarde por la información que buscan en cabeceras de tanta relevancia como El País, El Mundo, Abc o La Vanguardia.

Tal vez sea así, pero, en cualquiera de los casos, responde a hechos objetivos que merecen la pena ser destacados. Estamos ante uno de los cambios más importantes a los que se ha enfrentado la industria del periodismo en el último siglo y en él se le va a pedir más complicidad a los lectores que confían en sus marcas periodísticas de referencia.

Tres décadas después de la irrupción de internet, el imperio del todo gratis en el consumo de las noticias se viene abajo.

Unos cuantos medios seguirán viviendo de la publicidad, pero otros tantos ya no lo podrán hacer y por eso están buscando nuevas vías de ingresos con estrategias que, en líneas generales, empiezan por trasladar a los usuarios de esas noticias la idea de que producir periodismo de calidad cuesta dinero y que, como hemos dicho ya en muchas ocasiones, sólo tendremos ese periodismo de calidad si alrededor de las marcas hay una comunidad comprometida de ciudadanos dispuesta a pagar por él.

¿Tendremos noticias pronto sobre esta reconversión? Todo indica que no tardarán en llegar. Y, por cierto, tampoco se enmarcarán en un movimiento en solitario de un grupo sino a algún anuncio conjunto de las grandes cabeceras. Atentos..que esto está a la vuelta de la esquina.

Actualización:

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Por aquí, las enseñanzas del medio de referencia, The New York Times:

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Hacer periodismo no es gratis (el caso de Infolibre)

Dimite en España el fiscal anticorrupción, Manuel Moix, tras conocerse que posee el 25% de una sociedad offshore en Panamá y gran parte de la opinión pública aplaude hasta romperse las palmas de las manos el trabajo del medio de comunicación que desveló la información.

El medio en cuestión se llama Infolibre, es digital, tiene también una revista hermana (Tinta ibre), nació hace cuatro años, ha apostado por un muro de pago para sus informaciones y, desde este mismo año, puede decir con muchísimo orgullo que logra más ingresos gracias a las aportaciones de sus suscriptores que por la vía de la publicidad, lo que le aporta mayor independencia editorial y le ahorra algunos de los sinsabores propios del oficio.

Redacción de Infolibre.
Redacción de Infolibre.

Infolibre tiene una línea editorial de izquierdas muy marcada, pero, por lo que he podido leer en estos años, ante todo es un medio honesto que apuesta por el periodismo y sin concesiones al click facilón y que ha mostrado siempre una coherencia nada común entre lo que dice en sus proclamas editoriales y lo que hace luego en su medio.

Infolibre es serio. No digo aburrido, digo serio, que no es lo mismo. Es un medio que publica informaciones contrastadas, que cree que las reputaciones se ganan en el día a día y que las recompensas llegan en el largo plazo. Pero no se financia con aire, con soflamas indignadas o con buenos sentimientos, sino, como todos, con dinero, como bien resume este periodista en su cuenta de Twitter.

Exacto. El periodismo libre tiene un coste. Y sólo será posible si hay lectores comprometidos con él, como bien sostiene por aquí Manuel Rico, director de esta publicación y el periodista que ha desvelado la historia de Moix y su sociedad panameña.

Los que os habéis dado una vuelta por este blog sabéis que pienso que las soluciones a la crisis de negocio de los medios no tienen por qué venir sólo por el pago de los lectores. Hay otras vías tan legítimas como la del pago, y habrá que buscar en cada caso, la que mejor se adecúe a cada medio y a cada comunidad a la que se dirija.

Pero, en cualquiera de los casos, el sustrato de lo que dicen por aquí sirve para dos cosas: La primera, para que entendamos todos que los medios de comunicación serios y comprometidos necesitan de una audiencia igual de seria y de comprometida para poder sobrevivir. Y la segunda, para que todos nos demos cuenta de una santa vez que hacer periodismo no es gratis, que los periodistas tenemos el mismo interés que el resto de los ciudadanos en pagar nuestras hipotecas y en querer que nuestros hijos vivan lo mejor posible y que las exclusivas no llegan dándole al F-5 de nuestro ordenador o limitándonos a lanzar eslóganes divertidos en la red social de moda.

Enhorabuena a Infolibre. Y a seguir dando ejemplo de que si se quiere, en periodismo, también se puede.

Cómo demonios ganar dinero con el periodismo

Pixabay.com

Salta un titular del presidente del The New York Times en el que afirma que “la gente pagará por las noticias” y, casi de repente, la entrevista publicada por El Mundo con Mark Thompson empieza a viralizarse por las redes sociales del mismo modo que se compartiría un descubrimiento científico de primer orden para erradicar alguna enfermedad maligna o la concesión de algún prestigioso galardón para algún caballero o dama de las letras o de las ciencias.

Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.
Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.

En la entrevista, Thompson disecciona el modelo de negocio del rotativo neoyorkino y hace predicciones muy sugerentes sobre la industria del periodismo. Y, pese a lo que pueda desprenderse del titular, no juega a ser un gurú dispuesto a certificar con toda rotundidad qué año, qué día y a qué hora desaparecerán los periódicos de papel de la superficie de la tierra.

Ofrece sus opiniones y punto. Con brillantez, sí, pero sobre todo con prudencia y sin dogmatismos. Y, sin embargo, sus declaraciones se han expandido como si el que hablara no fuera un curtido directivo de medios que sabe lo que se trae entre manos (antes la BBC y ahora el The New York Times) sino directamente un Moisés redivivo que bajara del Monte con las tablas de los Diez Mandamientos necesarios para afrontar la transformación del periodismo.

La pregunta que nos tenemos que hacer, entonces, es por qué tanta agitación en torno a sus palabras.

Es evidente que una razón objetiva es que quien traza la tendencia de por dónde irá esta industria no es precisamente un mindundi con ínfulas de Ciudadano Kane sino un señor que dirige la organización de noticias más prestigiosa del planeta, un periódico que, además, está reinventándose con éxito en esta era digital (muy interesante, por cierto, el libro de Ismael Nafría sobre esta reinvención).

Pero creo que no es la única razón. Hay otras y también de calado. Por ejemplo, que hay tanta perplejidad y tanta incertidumbre sobre los nuevos modelos de negocio que sostendrán al oficio que necesitamos personas que, desde su solvencia, sean capaces de ir más allá de los diagnósticos obvios y ofrecer soluciones que ya han sido comprobadas, como es el caso del The New York Times.

Los periodistas necesitamos una ‘garganta profunda’ como la del Watergate que sea capaz de decirnos dónde está el dinero. Y por eso, cuando llega alguien como Thompson y dice lo que dice, sus declaraciones se convierten en un asidero, en un deseo ansioso de que la profecía se cumpla y de que los lectores vuelvan a pagar por las noticias que consumen del mismo modo que lo hacían antes de que se extendiera la idea de que había que dar gratis en internet lo que se se vendía en papel.

El problema, para quienes piensan así, es que las soluciones a este problema no son universales.

El pago por noticias puede ser una buena salida para medios de referencia como The New York Times, para periódicos que aportan un valor añadido diferencial (pensemos por ejemplo en los diarios económicos como el Finantial Times) y para aquellos que sean capaces de lograr un fuerte compromiso de los lectores que termine sustanciándose en un pago por contenidos (y aquí, por poner un par de ejemplos, recuerdo los casos del francés Mediapart y, en España, de eldiario.es).

Pero nadie ha dicho que esta solución valga para todos.

Las grandes cabeceras seguirán apostando por ser las líderes globales de audiencia y lograr acceder a los grandes caladeros de la publicidad (con permiso de Google y Facebook, que amenazan con comérselo todo). Y el resto tendrá que seguir innovando, pensando menos en el dinero que les llega de la publicidad y buscando nuevos ingresos explotando el perímetro del negocio, es decir, desde la publicidad nativa a los contenidos patrocinados, la organización de eventos y todo aquello que se les pueda pasar por la imaginación para hacer dinero gracias a la confianza y la credibilidad que despiertan sus marcas informativas.

Mirad, por ejemplo, lo que cuenta aquí Paula Miraglia, fundadora del diario brasileño Nexo Jornal:

Ya lo dije en otro artículo: no hay recetas mágicas ni atajos en forma de muros de pago. Cada medio tendrá que buscar el modelo que le conviene y mimar a su comunidad de lectores. Y aun así, tampoco tendrán nada garantizado.

El negocio del periodismo se ha instalado en la incertidumbre. Y no va a salir de ahí en mucho tiempo. Toca acostumbrarse y aceptar la necesidad de cambio como una constante vital que nos acompañará durante unas cuantas generaciones de periodistas. No hay otra.

No hay soluciones mágicas: los muros de pago sólo valen para algunos periódicos

Los periodistas no somos un gremio inmune al uso de lugares comunes. Y menos todavía cuando hablamos de nosotros mismos. Cada cierto tiempo, tenemos un nuevo mantra en la industria. El último es el que sostiene que la única manera de salvar a los medios del derrumbe de los modelos de negocio del periodismo es la vuelta a los contenidos de pago.

El resurgimiento de esta tendencia tiene mucho que ver con lo que podríamos llamar el efecto Trump. En Estados Unidos, muchos lectores han respondido a los ataques a la prensa tradicional del excéntrico inquilino de la Casa Blanca suscribiéndose precisamente a esos medios de referencia, con el New York Times a la cabeza.

Y a partir de ahí, han proliferado las voces de quienes defienden que la única manera de salvar a estos medios es lograr que los lectores paguen por sus contenidos. Y que la prueba de que se puede hacer la estamos teniendo con el crecimiento exponencial del número de suscriptores de estas cabeceras.

La tesis parte de un hecho irrefutable. O los lectores le dan valor a lo que hacen estos medios y se comprometen con ellos pagando por las informaciones o no vendrá nadie desde fuera a salvarles. Dicho de otro modo: en periodismo no hay milagros. O se paga o hay poco que hacer. Más si cabe cuando el modelo basado en la publicidad se va evaporando conforme pasan no los años, sino los meses y hasta las semanas, la tradición industrial de los periódicos de papel será más pronto que tarde parte de la historia del oficio y quienes se aventuren en nuevos proyectos tendrán que pedir la complicidad monetaria de sus seguidores.

Bien, podemos estar de acuerdo en buena parte de esta argumentación, pero sólo si aceptamos que no se trata de una verdad universal que pueda trasladarse a todos los confines del orbe. Y menos en la era de la abundancia informativa y del consumo infinito de las noticias a través de las redes sociales y los motores de búsqueda como Google.

No se puede decir alegremente que los contenidos de pago salvarán a los medios. En todo caso, salvarán a algunos de ellos. Y en este supuesto, no se salvarán porque los editores de esos medios hayan decidido cobrar por sus contenidos, sino porque esas cabeceras habrán logrado ser imprescindibles para sus comunidades de lectores hasta tal punto de que una parte minoritaria pero suficiente de esa comunidad estará dispuesta a pagar por lo que lee.

Esto lo pueden conseguir, y sólo tal vez, algunas grandes cabeceras que tenemos todos en la mente (The New York Times, The Washington Post, El País, El Mundo…), pero hay que ser realista y honesto con las expectativas, no practicar el realismo mágico de pensar que esta receta vale para todos.  La mayor parte de las marcas periodísticas no podrán vivir sólo de lo que paguen sus lectores, sino que tendrán que salir de sus zonas de confort tradicionales en busca de nuevas vías de ingresos que complementen los pagos por suscripción y tendrán que devanarse los sesos buscando fuentes de dinero que quizás ni antes se les pasaría por la cabeza.

En esto, no hay soluciones mágicas. Sólo cabe la voluntad de reinventarse y de adaptarse a un mundo que obligará a muchos a cambiar toda su estructura comercial y financiera y su manera de entender cómo funcionan y se financian los medios. Y el que lo comprenda antes, antes podrá encontrar la solución a su dilema.

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

Los muros de pago se topan con el ‘muro’ de Facebook

Muro de facebook del periódico The New York Times

Una pregunta en periodismo que ya es un clásico: ¿salvarán los muros de pago de su agonía a los periódicos nacidos en los siglos XIX y XX? Desde que el New York Times implantara su paywall hace ahora cinco años, se ha convertido en la gran esperanza de los editores y gerentes de periódicos de todo el globo. El tiempo ha pasado, pero la panacea ha resultado no ser universal. Los muros sólo funcionan en algunos casos. En otros, han fracasado con estrépito.

¿Culpa del sistema? No, culpa de quienes han pensado que en los tiempos de Google y las plataformas sociales se pueden cerrar las puertas del club y pedir a los lectores dinero a cambio de algo que ya tienen gratis, en abundancia, en el móvil y a sólo un click de distancia.

La gran dama del periodismo neoyorquino tiene casi un millón de suscriptores digitales, pero en esto sirve muy poco de ejemplo, pues nadie tiene ni la audiencia, ni la credibilidad ni el músculo financiero que tiene el New York Times (NYT). Es tan poco representativo de la clase media del periodismo como el Real Madrid o el Barcelona no son el ejemplo de la clase media del fútbol español.

Se puede emular su modelo, pero hagamos cuentas: ¿cuántos medios conocéis que, a día de hoy, aporten el suficiente valor añadido para pedir dinero a sus lectores a cambio de noticias en el contexto de saturación informativa en el que vivimos? Los hay, como el ejemplo tan singular de Mediapart en Francia, pero son los menos.

En España, Unidad Editorial, Vocento y Prisa apostaron en su momento por la creación de plataformas de suscripción (Orbyt y Kiosco y mas) para trasladar su modelo de papel al digital, pero estos productos se han convertido a sí mismos en unos quebraderos financieros para sus editores.

Vocento ha empezado también a experimentar en cabeceras regionales como El Correo con una propuesta de paywall flexible que está por ver que funcione.

Y medios como eldiario.es, Infolibre o El Español han apostado por un modelo de pago que apela más al compromiso de los lectores con un proyecto periodístico y social que al intercambio mercantil. Y ni aun así logran cifras estimables por esta vía.

Si acaso, el único que sí las logra es eldiario.es, pero el medio fundado por Ignacio Escolar, por su singularidad, tampoco entra en la categoría de los paywall. Es un medio en abierto que no cierra sus contenidos, sino que adelanta sus contenidos a sus socios y les ofrece ventajas premium frente al resto de sus usuarios. Según los datos de comscore del mes de junio, supera los 5,6 millones de usuarios únicos en el mes de junio. Y, además, han logrado ya 19.000 socios, una grandísima cantidad, pero que supone que sólo el  0,33% de sus lectores se ha decidido pagar por los contenidos.

 

Muros de pago…y estériles

Las tendencias ya están bien definidas: aparte de los que han decidido pelear por las grandes audiencias, quienes han intentado alzar muros sin resquicios han visto cómo se hunde el tráfico web y con él las posibilidades de entrar en las grandes campañas publicitarias y quienes han establecido sistemas más o menos porosos han tenido algo más de éxito, pero sólo en función de su capacidad de ser flexibles y de adaptarse a las exigencias reales del mercado.

Nada que no podamos confirmar desde nuestra experiencia de usuario. La gran mayoría de quienes estén leyendo este artículo no estarán suscritos a ningún diario y, además, harán exactamente lo mismo cada vez que no logran acceder a un contenido restringido: darse la vuelta y, como máximo, buscar ese mismo contenido en otra parte.

En estos tiempos en los que una parte tan importante de los ciudadanos sólo consume la información que le llega a su cuenta de Google o a sus muros personales de Facebook, Twitter o Instagram, la construcción de muros de acceso a la información se antoja un esfuerzo estéril, salvo que se cuente con anterioridad con una audiencia fiel que confía casi a ciegas en la visión del mundo que le ofrece su periódico. Los muros de pago se han topado con los muros de Facebook. Y ante eso, poco pueden hacer.

En tal sentido, lo que sí parece una dirección correcta es trabajar en convertir esa audiencia en una comunidad para, a más largo plazo, construir en torno a esas comunidades modelos de negocio en los que se puedan incluir ofertas premium de contenidos para los lectores más recurrentes y fieles.

Seguramente eso sea lo que veamos a partir de ahora en los grandes medios tradicionales. Tras el derrumbe del modelo industrial, tanto los medios nacidos en la era de la imprenta como los nativos digitales están explorando nuevas fuentes de ingresos entre las que la instalación de muros de pago no es más que una posibilidad más de rentabilización del contenido, una posibilidad que sólo estará al alcance de quienes tengan audiencias/comunidades sólidas y estén dispuestos a que sus negocios no vivan de la publicidad de las grandes campañas.