La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

 

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.

 

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

El bucle más tóxico del periodismo

pixabay.com

Llevo tiempo insistiendo en que el periodismo no está en crisis, sino que lo que está en crisis es el modelo de negocio sobre el que ha pivotado la industria de la información en las últimas décadas. Sigo pensando en los mismos términos, pero con una diferencia sustancial: es innegable que a la crisis en el modelo de negocio hay que sumarle una crisis alarmante en el modelo editorial a la que también hay que enfrentarse para salir vivos de la escabechina que están soportando gran parte de los medios de comunicación del planeta.

La agonía provocada por las dificultades en la búsqueda de modelos que permitan seguir financiando el periodismo ha provocado que nos hayamos centrado mucho más en el negocio que en el periodismo, en cómo hacer dinero con el periodismo y no en hacer periodismo.Y esto, al final, está permitiendo mejorar algunas cuentas de resultados, pero también está teniendo consecuencias nefastas en un negocio que se basa en la credibilidad del que da noticias y las distribuye.

Cualquier directivo de una empresa de comunicación en crisis lo puede atestiguar: la obsesión es cómo ganar dinero para que el medio no muera de inanición. Y así, esos mismos directivos que deberían de estar pensando en nuevos modelos editoriales que sustituyan a los antiguos y en cómo sortear los nuevos desafíos éticos y periodísticos de la profesión se ven obligados a hacer de invitados en un reality para supervivientes, a centrarse en sacar como sea unos cuantos euros al anunciante de turno, convirtiéndose en una especie de multiusos que lo mismo ejerce de periodista que de comercial o de gerente. Es lo normal cuando el dinero de la publicidad y de las ventas no dan para pagar las nóminas de una redacción ni para encender el interruptor de la luz. Pero tiene su lado oscuro y lo tenemos que asumir.

Ahora ya no sólo asistimos al desafío de encontrar nuevos ingresos en una industria marcada por la gratuidad de los contenidos, la pérdida del papel de mediadores en favor de las redes sociales, la entrada de elefantes como Google y Facebook en el negocio de la publicidad que antes pertenecía casi en monopolio a los medios de comunicación o el mismo impacto que va a tener desde ya la implantación masiva de bloqueadores de publicidad en los dispositivos móviles en los que consumimos mayoritariamente la información.

Ahora tambien estamos teniendo un gravísimo problema editorial, de credibilidad y de confianza, fruto de diversas causas como, por ejemplo, la constatación de que la posverdad es un buen negocio, de que la saturación informativa puede terminar creando ciudadanos incapaces de ir más allá de los titulares que leen en Twitter o en Facebook y de que a veces confundimos la información con el espectáculo.

El resultado de todo eso es que muchos de nuestros lectores, oyentes y espectadores ya no confían en nosotros ni aunque les pongan una pistola en la cabeza. Y eso no es un problema de modelo de negocio, sino de modelo editorial y de valores y principios.

A ningún medio se le obliga por decreto a practicar el sensacionalismo, a caer en espectáculos burdos y zafios en busca del click o en utilizar las mentiras y las intoxicaciones como si se trataran de un género periodístico más. No vale esconderse en que “eso es lo que pide la gente” porque en ese caso todavía podríamos estar linchando herejes en las plazas públicas (bueno, en realidad se sigue haciendo, pero en vez de utilizar guillotinas, se usan algunas cuentas de Twitter, pero ésa es otra historia).

Y aquí insisto en una de mis últimas fijaciones periodísticas: la necesidad de pensar que la calidad en el periodismo puede ser una herramienta magnífica para diferenciarse entre tanta basura mediática y debe servir para restablecer el contrato de confianza con los lectores que, a medio o largo plazo, permita encontrar nuevas vías de ingresos.

La apuesta por la calidad es la única vía que se me ocurre para abandonar el bucle tóxico en el que estamos metidos y sustituirlo por un bucle benigno donde la calidad llevara a los ingresos. Una apuesta difícilisima en un mercado donde la publicidad se vende como si fueran melocotones de una frutería, pero  necesaria, sobre todo si seguimos pensando que en el periodismo, por ahora, no vale todo o casi todo.

El periodismo esclavo de la viralidad

Pixabay.com

Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.