Twitter también quiere ser un periódico

Twitter avanza en su conversión en medio de comunicación. La red social está incluyendo en las cuentas de sus usuarios una pestaña a la que ha puesto el nombre de Moments en la que hace una selección de los contenidos que son tendencia, agrupándolos en cinco secciones. Hoy, Noticias, Deportes, Entretenimiento y Diversión. Twitter elige los contenidos, los clasifica, los jerarquiza y los muestra al público en una misma página. O sea, que ha montado una página web de noticias en la que ahorra al usuario la necesidad de elegir los contenidos que más le interesa seguir mediante la selección de las historias que saldrán en esta nueva pestaña.

En realidad, se trata de un proceso natural en una sociedad que ha desplazado su centro de atención de los grandes medios de comunicación a las grandes redes sociales. Quien quiere ver fotos usa Instagram; quien quiere ver fotos, cotillear un poco y picotear algunas informaciones, se va a Facebook; y quien quiere estar al día de lo ocurre en el mundo, estar en los debates de actualidad, conversar, discutir y comentar sobre la marcha noticias políticas, partidos de fútbol o programas de televisión o cualquier otro asunto variopinto, se hace con una cuenta de Twitter.

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Twitter. Fuente: El Universal

Os cuento mi propio caso: yo vivo en Twitter. No participo en exceso (12.400 tuits en siete años), pero desde primera hora de la mañana me paso la jornada repasando lo que ocurre gracias a la gente a la que sigo en esta cuenta, gente a la que, además, tengo clasificada y repartida en listas que utilizo para no perderme detalle de aquellos asuntos que me interesan con mayor atención (política, periodismo, fútbol…).

Twitter es como la gran agencia de noticias del mundo. Y gratuita. Con un modelo de negocio que todavía no ha logrado arrancar, pero con el extraordinario potencial de comunicación que le proporciona el haberse convertido en la agencia de noticias de última hora más importante de la historia. Y parece que ha asumido que se ha convertido en un periódico de alcance global como lo pueda ser cualquier otro gran diario o, por ejemplo, el mismo Facebook.

¿Que cómo afecta a los periódicos de papel y al resto de los medios de comunicación? Bueno, basta con hacer un simple cálculo  personal: pensad cuánto tiempo le dedicábais antes al día a leer, ver o escuchar medios y cuánto tiempo destináis ahora a informaros a través de esos mismos medios tradicionales. Sí, casi todo ese tiempo se invierte ahora en navegar y en alguna red social. Allí es donde están los lectores. Y allí es hacia donde deben dirigirse las marcas periodísticas. Y si es antes de que Twitter o Facebook terminen comiéndoles todo el negocio publicitario, mejor.

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

La clave está en el móvil: de las cinco columnas a las cinco pulgadas

Leo una reflexión del periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron que condensa en sólo 140 caracteres uno de los males que nos aquejan como periodistas: nuestro ensimismamiento cósmico.

Pues sí, es así. Trabajamos en un negocio que se desarrolla preferentemente en los móviles, que vive en torno a ellos. Pero nos seguimos comportando como si esta historia no fuera con nosotros. Si sois periodistas o editores, haced la prueba. Y hacedla con honestidad. Cuando escribís, ¿lo hacéis pensando en cómo quedará vuestra pieza en el móvil? Y cuando pensáis en vuestro negocio editorial, ¿tiene como eje central las pantallas táctiles de cinco pulgadas o sigue anclado en las cinco columnas del periódico de papel? ¡Y todo eso cuando la mayoría de nuestros lectores sólo nos leen a través de esos aparatos que guardamos en los bolsillos¡

La situación ha cambiado para bien en los últimos años. Ya quedan pocos abanderados de la nostalgia comportándose como luditas de lo digital y quien más quien menos todo el mundo entiende el cambio. Pero no nos hagamos trampas a nosotros mismos, que además de feo es estéril: una cosa es aceptar a regañadientes la realidad que vivimos y otra bien distinta es asumirla y actuar de forma coherente.

Los periodistas vivimos en una burbuja contradictoria. Somos adictos a las redes, abominamos de la publicidad invasiva de las webs y ya casi que no nos acercamos a los quioscos, pero luego clamamos porque haya más periódicos, nos quejamos de que la gente pone bloqueadores de publicidad en sus dispositivos o de que sólo se informe a través del facebook… y nos preocupamos más bien poco de cómo se ven nuestras noticias en los dispositivos móviles y menos todavía acerca de si se puede hacer dinero a través de las pantallas de nuestros celulares.

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Fuente: Pixabay.com

Y lo hacemos pese a pertenecer a un gremio como el nuestro en el que nuestra adicción es de tal tamaño que sólo nos falta acostarnos con los móviles y en el que es de lo más normal encontrar a gente capaz de tuitear 18 horas al día pontificando sobre la actualidad después de haber consultado su teléfono móvil en torno a unas 120 veces en un solo día.

¿No sería mejor, entonces, acercar nuestros modelos de negocio a esa realidad que es la nuestra antes que esperar ilusamente a que la realidad vuelva a ser la que era antes de la llegada de los móviles, las redes sociales y hasta la propia internet, o sea, en el pleistoceno informativo? Igual hasta nos iría mejor.

El cambio del Washington Post: una cuestión de talento, de liderazgo…y de dinero, de muchísimo dinero

Fuente: El espectador.

Andamos todos últimamente glosando las bondades del gran cambio que ha experimentado el Washington Post (WP) desde que fuera comprado por Jeff Bezos, el dueño de Amazon. El periódico de las élites norteamericanas, hasta hace poco con más pasado que futuro, ha pasado de ser el diario local de la capital de los Estados Unidos a ser un diario nacional con vocación global que le disputa el liderazgo en usuarios únicos en la web al New York Times. Y encima es rentable. Y todo esto ha pasado en sólo tres años.

Bezos dice que hay tres factores que son clave para poder acometer una transformación tan radical: talento, perseverancia y dinero. Y se afana en que al Washington Post no le falte ninguna de las tres cosas. De hecho, el WP, a diferencia de otros grandes medios, se ha dedicado a contratar en vez de a despedir y ha invertido en periodistas con perfiles digitales y en desarrolladores que les están ayudando a entender mejor a su audiencia y a ofrecerles mejores productos informativos que les han permitido, en un bucle perfecto, ganar visitas en sus portales y en las cuentas que tienen abiertas en las redes sociales.

Fuente: Clases de periodismo.
Fuente: Clases de periodismo.

Todo esto ya es conocido. Por eso me voy a centrar en dos cuestiones que a mi juicio son determinantes a la hora de analizar este proceso.

En primer lugar, Bezos sabe que el futuro pasa por experimentar todas las posibilidades que le ofrece el entorno digital con el objetivo de crear grandes comunidades de seguidores de su marca en este territorio. Y por eso se dedica sin descanso a invertir tiempo, talento, dinero y toda su experiencia en Amazon en lograr su objetivo cueste lo que cueste.

Su visión y su objetivo son claros. A diferencia de otros grandes medios cuyos propietarios vienen de ganar muchísimo dinero en la era analógica, no tiene dudas. Bueno, no tiene dudas y no tiene intereses creados que satisfacer ni lastres imposibles de soltar. Aquí no hay grandes debates sobre qué hacer con el periódico de papel o sobre qué pasará en un futuro con las rotativas del planeta. Le da exactamente igual. Todas las energías las concentra en que se siga haciendo buen periodismo y en mejorar la experiencia del usuario en el entorno digital. Y la apuesta le está saliendo más que bien.

Ahora bien, debe quedar claro que el ejemplo del WP no puede generalizarse (en esto se parece al New York Times). No todos los medios pueden contar con un mecenas experto en las innovaciones disruptivas que les ponga sobre la mesa todo el dinero que necesiten, permitiéndoles olvidarse de la cuenta de resultados.

Bezos es como esos inversores asiáticos que llegan al fútbol europeo y son capaces de cambiar el curso de un equipo a base de cheques y talones. Puede que haya algunos más como él, pero seguramente se puedan contar con los dedos de una mano.Y no todos pueden tener su claridad de criterio y su visión de futuro.

El Washington Post tiene la suerte de contar con él, pero la gran mayoría no puede hacerlo. Y sin la ayuda de un mecenas que tenga el dinero para hacer este cambio y la claridad de criterio para ejecutarlo, la transformación se hace más cuesta arriba. Se puede y se debe acometer, pero es más difícil y cuesta un dinero que la mayoría ni tiene ni puede soñar con tener algún día.

A los periódicos de papel les queda tiempo, pero ya no tanto

La asociación de los editores diarios españoles de papel (AEDE) ha publicado su habitual informe anual en el que recoge las tendencias y cifras del sector del último año analizado, en este caso 2015. Poco nuevo bajo las rotativas. Algo de mejora en la inversión publicitaria fruto de la incipiente recuperación económica (3% en publicidad), pero también una persistente caída en ventas y difusión (8%) que se antoja imparable salvo para los nostálgicos de los diarios impresos de toda la vida.

Fuente: Bez
Fuente: Bez

Por aquí os paso un buen resumen que publica Santiago Carcar en Bez. Yo me limito a constatar algunos detalles que no se deberían de perder en el análisis de la situación de los periódicos españoles.

Cuando estás en un negocio basado en la venta y en la difusión y ambos caen en picado año tras año sin que nada ni nadie lo pueda remediar, no parece muy razonable ponerse la venda y pensar que, pese a todo, tu negocio puede salvarse a largo plazo. Sin ventas ni difusión, y casi sin quioscos, no hay periódico que pueda resistir así durante mucho tiempo. La publicidad también terminará por decir adiós al papel. Así que menos orejeras y más asunción de la realidad.

Si lo pensamos, tampoco es que los editores tengan un amplio margen de actuación para decidir hacia dónde van. Conozco a algunos de ellos y aunque la mayoría se declaran nostálgicos del papel y sueñan íntimamente con la posibilidad de que alguien prohíba internet y todo vuelva a ser como  antes, también hay que reconocerles que la mayoría de ellos son empresarios que saben más que de sobra que ya no tienen otra opción que no sea activar la mudanza digital, imprescindible para seguir manteniendo sus marcas en el nuevo ecosistema mediatico que está naciendo en estos últimos años.

Lo dicen los datos, que suelen ser más fiables que el olfato o la intuición. El modelo de negocio que defienden está herido de muerte y caerá más pronto que tarde, pero tienen la oportunidad de seguir siendo importantes en el nuevo mundo mediático al que nos vemos abocados si son capaces de adaptarse a los nuevos habitos de consumo de información de los ciudadanos.

De su capacidad para asumir esta nueva realidad y de su arrojo para afrontar los cambios radicales que necesitan sus compañías, dependenderá la supervivencia de sus proyectos editoriales. Todavía están a tiempo de transformarse. La clave es que quieran hacerlo y que les dejen. No es fácil. Pero la alternativa es peor: languidecer y languidecer hasta luego desaparecer. Algunos lo conseguirán. Otros, por no decir muchos, seguramente se quedarán en el camino. De ellos depende.

Nadia, el periodismo y el espectáculo de la verdad

Los periodistas nos hemos puesto en modo plañidera con el caso de Nadia y el padre que se inventaba historias sobre la enfermedad de su hija con la que ganaba dinero que no iba a parar a los cuidados de la niña. Propósitos de enmienda se mezclan con juramentos al estilo de Scarlett, el personaje de Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó: “Jamás, nunca jamás volveremos a caer en un engaño semejante”.

Bueno, seamos sinceros, volveremos a caer. Y si seguimos por la senda de transformar a los medios de comunicación en versiones informativas de los telemaratones donde se trafica con el cariño y con la ternura que inspiran dramas como el de la niña Nadia, caeremos mucho más pronto que tarde.

Es paradójico: nos preocupamos por las noticias falsas que aparecen en Facebook, pero se nos apagan las señales de alerta cuando vemos que una noticia, un titular o un reportaje triunfa en las redes sociales. Ahí se nos apagan todas las neuronas que hemos acumulado en años de oficio y decidimos que para qué vamos a dejar que la realidad nos estropee una buena historia. Y así, somos capaces de aceptar hasta que el padre de Nadia se fuese a una cueva de Afganistán en busca de un tratamiento para su hija y otros exotismos que, antes, jamás habrían pasado por el filtro de los editores de un periódico.

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Fernando y su hija Nadia. Fuente. La Información.

En realidad, aquí lo importante no es que una noticia sea una verdad o una de esas patrañas a las que ahora calificamos de hijas de la posverdad. Lo importante es que nos hemos postrado de tal manera ante el altar del dios de la viralidad y el tráfico fácil que  estamos convirtiendo a los medios en teatros donde sacrificamos casi todo en busca de las visitas que salvarán los numeros de nuestras compañias. No nos interesa informar, nos interesa emocionar. Y si vemos que la emoción multiplica nuestros likes y nuestros retuits, se nos nubla la razón y aceptamos ballenas como animales de compañía sin que nadie sea capaz de advertinos de la barbaridad que estamos cometiendo.

Y, por cierto, esto no es un problema particular de Pedro Simón (un excelente periodista que ha cometido un error) o de el diario El Mundo (¡Con la de buenos periodistas que tiene en sus tareas de edición, por Dios¡). Esto es un problema que en mayor o menor medida sufrimos casi todos los periodistas y casi todos los medios. O decidme si no: ¿no os ha pasado alguna vez que habéis contado una historia que no habíais contrastado lo suficiente?  Venga, decid la verdad: ¿A que sí?

Pero mirad, vamos a ver también aquí el lado positivo de las cosas. Esto del caso Nadia es un toque de atención, pero también el descubrimiento de una verdad que se nos estaba empezando a olvidar: si perdemos los filtros de verificación, los medios ya no seremos medios. Pero si insistimos en ellos, si insistimos en controlar todo lo que publicamos y decimos, si insistimos en ser más creíbles, a lo mejor, hay ciudadanos que empiezan a recuperar su confianza en nosotros y terminamos por distinguirnos de quienes convierten las emociones en mercancía destinada a engordar sus cuentas de resultados.

Y ese día, descubriremos que el periodismo tiene que ser entretenido y tiene que emocionar, pero que jamás, nunca jamás, tiene que confundirse con un espectáculo donde lo que menos importa es que lo que se cuente sea o no sea verdad.

P.D. Mirad este vídeo del actor norteamericano Denzel Washington sobre el periodismo y la verdad. En menos de un minuto, disecciona y diagnostica uno de los peores males que aquejan al periodismo actual: esa carrera alocada en la que lo de menos es si contamos verdades, medias verdades o mentiras. Imprescindible.

 

El EGM, las audiencias de los periódicos y la mudanza digital

Se podrían analizar muchas cosas sobre el estudio general que mide la audiencia de los medios de comunicación en España, el EGM. Utiliza criterios discutidos en el seno de la industria del periodismo, pero es el medidor que usan las agencias, las empresas y las instituciones para colocar la publicidad en los soportes informativos. Y mientras siga siendo así, el EGM será la biblia de este negocio para los periódicos impresos y las radios.

Hoy, que se han publicado los datos de la última oleada de audiencias, me quería detener en un aspecto llamativo. Algunos portales se han apoyado en ellos para certificar el desplome de los grandes periódicos de este país, haciendo hincapié en las pérdidas de lectores de sus ediciones impresas por encima de los dos dígitos en casos tan señalados como los de El País y El Mundo.

Los números no son nada sorprendentes en un contexto de abandono masivo del papel como elemento transmisor y distribuidor de las noticias (¿de verdad alguien se va a extrañar en la era de los móviles, las pantallas planas y las redes sociales), pero sí que hay que ponerlos en cuarentena en todo lo que supone de certificado del presunto desplome de las grandes cabeceras.

No, las audiencias de las grandes marcas periodísticas no están desapareciendo. Lo que están haciendo es trasladarse al digital.Y si algo se desploma no son las marcas, sino un modelo de distribución industrial que hunde sus raíces no en el siglo XX, sino incluso en el anterior. Nada más.

Voy a poner simplemente el ejemplo de El País y El Mundo. Leemos que el principal diario de Prisa ha perdido en un año el 16,2% de sus seguidores hasta quedarse en 1,2 millones de lectores y que el de Unidad Editorial ha bajado un 15,5% y se sitúa en la frontera de los 700.000.

Los datos no son discutibles, pero no dan una idea exacta de la importancia de las marcas si no les sumamos sus audiencias digitales. Aquí también hay mucho vaivén de cifras, pero me quedaré con la polémica que desataron los últimos datos de Comscore.

En noviembre El Mundo y El País se enzarzaban en una pelea pública por ver quién era de verdad el líder de medios en este país.El primero decía ser el líder con 14 millones de usuarios en octubre y el segundo reclamaba ese liderazgo afimando tener 15 millones.

La discusión nos dice mucho sobre el gran camino que aún queda por recorrer para medir de forma correcta las audiencias digitales, pero en este caso las cifras sí que nos sirven para medir el alcance real de estos medios. Ni El País tiene sólo 1,2 millones de lectores ni El Mundo tienen 700.000. En todo caso, tendrán unos 15 millones de lectores. O al menos eso es lo que yo defendería si trabajara en esos medios y tuviera que convencer a los anunciantes de que apostara por mis productos.

Las grandes cabeceras ya son mucho más que sus ediciones de papel. Pero hace falta que se lo crean ellas mismas: que salgan de sus zonas de confort y que defiendan más sus ofertas digitales.

No hace mucho, leía un artículo en el que Michael Golden, vicepresidente del The New York Times, decía que ellos no eran un periódico con una página web, sino una compañía digital de medios de comunicación que saca un diario. Igual hace falta que aquí, en España, los grandes medios se den cuenta también de que no son periódicos, sino compañías digitales de noticias que, no se sabe por cuánto tiempo, todavía sacan un diario a diario.

Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista…

Los periodistas tenemos que ejercer la critica y hacernos la autocrítica. Pero no hay necesidad de flagelarse. En estos días, nuestra credibilidad, que ya está por los subsuelos, ha bajado aún más a los avernos por las críticas al tratamiento mediático que se le dispensó en vida a Rita Barberá, la ex alcaldesa de Valencia fallecida en noviembre  de un infarto después de haber vivido en los últimos meses una suerte de linchamiento que, en cualquier caso, no sólo ha sido periodístico sino también político y social.

A cada cual, su responsabilidad. Y a ser posible, sin generalizaciones ni trazos gruesos. Ni todos los periodistas somos iguales, ni todos los políticos tienen las mismas actitudes ante una tragedia humana ni, por supuesto, todos los ciudadanos son seres inmaculados que jamás osarían a condenar a una persona antes de ser juzgada.

Rita Barberá fue víctima de un mal trato casi inevitable en una sociedad crispada que ha cambiado la presunción de inocencia por la de culpabilidad y que ha convertido algunos platós televisivos en tabernas donde se degüella a quien corresponda. Pero la responsabilidad por ese mal trato tendría que ser compartida por muchos.

En el ámbito del periodismo, sugiere también otra reflexión: si los medios y los periodistas quieren ganar la credibilidad perdida, no pueden seguir sumergidos en la espiral de la información-espectáculo como si fueran una organización de fanáticos del click dispuestos a convertir el mercado de las noticias en un supermercado de mercancías caducadas.

Raúl Magallón alude en un artículo en bez.es a un término que también me gusta emplear: el del contrato de confianza de los medios con sus lectores. Magallón lo hace para reclamar que los medios establezcan controles de verificación semanales o diarios de lo que publican si quieren recuperar esa confianza.

Estoy de acuerdo. Pero añadiría algo más: no se trata sólo de recuperar la confianza sino de sobrevivir a medio y largo plazo. Se trata de un problema de subsistencia profesional.

En un mundo donde la información fluye por las redes sociales y los motores de búsqueda, si quieren seguir existiendo, los medios y los periodistas sólo tienen un valor añadido que puede distinguirles entre tanto ruido y tantas mentiras revoloteando por ahí: el de la capacidad de que los lectores se crean que lo que les decimos es verdad.

Si lo conseguimos, seguiremos siendo útiles a las comunidades a las que prestamos nuestros servicios. Y si no, seguiremos cayendo en un descrédito de tal tamaño que algún día podremos decir aquello de “no le digas a mi madre que soy periodista; ella se cree que soy pianista en un burdel”.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

El NO ejemplo del New York Times

Los últimos datos sobre la cuenta de resultados del periódico The New York Times ratifican que el camino emprendido tras levantar su primer muro de pago hace ahora cinco años es el correcto. La vieja dama neoyorquina tiene mas de millón y medio de suscriptores digitales y está trasladando su modelo de negocio del papel a la pantalla. La publicidad impresa ha bajado en los tres últimos meses un 18,5%, pero la digital ha subido un 21,4%, representando ya más de un tercio de los ingresos de la compañía. Y el New York Times empieza a ser menos un periódico impreso y más una compañía que tiene abonados en foma de suscriptores.

Si queréis más detalles, os paso por aquí un enlace a un artículo de Ismael Nafría en el que lo explica con detenimiento. Ahora me detendré en algo que no se me va de la cabeza: al New York Times le puede ir muy bien, pero el diario de la familia Sulzberger no puede ser un ejemplo para los demás. Es un referente, pero no puede ser EL REFERENTE.

No se trata de que me haya vuelto un obtuso enfermizo que reniegue del cambio digital o que me haya dado por el postureo de ir a la contra. Se trata simplemente de que veo improbable que el modelo de negocio de la gran cabecera norteamericana pueda ser ejemplo para los miles de periódicos de papel del orbe terráqueo del mismo modo que estoy convencido de que los equipos de Regional preferente de todas las ligas del planeta no pueden imitar las estrategias del Real Madrid, del Barcelona o del Manchester United.

Ni tienen la dimensión, ni tienen el volumen ni tienen la capacidad de arrastrar grandes audiencias y, por tanto, no pueden imitar una estrategia que no le corresponde.

The New York Times sólo hay uno. Es el líder, la gran referencia, la marca más aposentada y, en consecuencia, es la cabecera que tiene más posibilidades de éxito cuando se trata de pedirle a sus lectores más comprometidos que paguen por los contenidos que les ofrecen.

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Otros diarios también lo pueden hacer, pero no da la sensación de que el pago por contenidos pueda universalizarse. Más bien lo que se observa es que los periódicos tendrán que comportarse como esos armadores que cuando los bancos de pesca se vacían, deciden llevarse sus barcos a otros territorios en busca de esa pesca que les permitirá sobrevivir dignamente.

Esos bancos de pesca de la prensa podrán ser en algunos casos los muros de pago, pero serán los menos. Lo más lógico es que los ingresos vengan de una mezcla en la que se incluirán los contenidos patrocinados, la publicidad nativa, la organización de eventos o cualquier otra vía por la que las empresas de noticias puedan vender un servicio que no sea una publicidad como la que se estan comiendo Google y Facebook.

Es decir, que tendrán que buscarse la vida y asumir que, en el caso de los modelos de negocio de la prensa, lo que haga el líder no puede ser el ejemplo al que agarrarse…ni aunque se llame el New York Times.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

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Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Periodismo y postureo

Fuente: pixabay.com

Si algo sorprende del seguimiento mediático del primer debate televisado de Hillary Clinton y Donald Trump no es la enorme cantidad de fact-cheking que han desvelado las mentiras que se dijeron allí, sino que nos asombre tanto que las empresas periodísticas norteamericanas pongan a sus redactores a verificar si los dos aspirantes a gobernar la nación más poderosa de la tierra son unos mentirosos patológicos o simplemente retuercen la realidad por encima de sus posibilidades.

Nos pasa con estas verificaciones (muy habituales, por cierto, en los grandes medios estadounidenses) lo mismo que con otras tendencias mediáticas que tienen más postureo que otra cosa: se ponen de moda y cuidado con el que diga que nos estamos pasando de frenada, que entonces queda como un carca desfasado incapaz de recordar hasta la contraseña de su cuenta de facebook.

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Fuente: Discoper

De pronto, nos hemos puesto todos muy estupendos y hemos concluido que, para estar al día, tenemos que decir que nos encanta el periodismo de datos, que estamos locos por probar el periodismo inmersivo, que conocemos Periscope mejor que a nuestras parejas y que, por supuesto, nos encanta trastear en Snatchap.

Y así, en medio de este derrame de novelería, terminamos diciendo que recoger datos, contrastarlos y montar una historia con ellos es más menos que el advenimiento de un nuevo tiempo que hay que saludar como la llegada de ET a la tierra. ¡Por dios, eso es periodismo y no hace falta ponerle tantos apellidos ni envolverlo en un celofán de posmodernidad¡

Que uno sepa, ya existía el periodismo de datos antes de que explotara la galaxia de las redes sociales y ya se verificaban muchas historias antes de que los vendedores de los mercadillos mediaticos nos avisaran de que para ser buenos periodistas había que tener  alma de fact-checker, que, por cierto, es un término que suena a taladradora de las que se venden en el Leroy Merlin.

Pues claro que los periodistas tenemos que adaptarnos al nuevo paisaje mediático: al uso masivo de las redes sociales como escenario para distribuir y leer noticias, al consumo en los teléfonos móviles y en vídeo, a la decadencia de las portadas de las webs, a la proliferación de los bloqueadores de anuncios, a las nuevas herramientas para hacer periodismo y a todo lo que se nos ponga por delante.

 

Menos papanatismos y más actitud crítica

Pero tampoco estaría de más dejarnos de tanto papanatismo en torno a los nuevos hallazgos y tener una actitud más crítica con respecto a quienes nos venden la llegada de una nueva era controlada por los algoritmos, los excels y los bots que nos salvará del descrédito imperante en la profesión periodística.

Seguramente sea mejor rebajar nuestra dosis de postureo y hacer más periodismo adaptado a las necesidades y hábitos de consumo de los ciudadanos. Ya veréis cómo así nos van mejor las cosas…y podemos seguir haciendo periodismo de datos, fact-checking y si nos da tiempo, hasta un periscope para 14 espectadores de la última vez que salimos con nuestros amigos a tomarnos una ración de ensaladilla.

Los periódicos ‘exploradores’ y el contrato de confianza

Leo en twitter que Pablo Iglesias estará en el facebook de El País Opinión. De inmediato, accedo a los muros creados por Zuckerberg y veo en directo cómo el jefe de opinión de este periódico, José Ignacio Torreblanca, traslada las preguntas que han dejado los lectores al líder de Podemos. En ningún momento he accedido a las páginas ‘oficiales’ de El País, pero en todo este tiempo, he estado consumiendo información y opinión dentro de este diario.

El ejemplo es muy gráfico de lo que le está sucediendo a quienes se están tomando en serio la adaptación al nuevo entorno. Más allá de la agonía de un modelo que se derrumba, hay una realidad que está derribando las puertas tradicionales a patadas: los periódicos exploradores están buscándose de nuevo la confianza de los ciudadanos allí donde estan, en las redes.   

Así, no se preocupan por defender un soporte como si fueran los caballeros que defienden un Santo Grial de papel, sino que se afanan por estar en todos los soportes donde haya lectores dispuestos a mantener ese contrato de confianza con su marca, esa relación de fiabilidad y credibilidad que ha sido siempre la base de este negocio.

El resultado son periódicos híbridos y flexibles que trascienden la concepción tradicional para convertirse en mutantes informativos que, según donde se consuman, adquieren indistintamente la apariencia de diarios de papel, de portales web, de cadenas de televisión, de emisoras de radio…y de redes sociales. Lo de menos es el continente, lo importante es el contenido.

En ellos, los periodistas ya no sólo escriben y se pelean por un lugar en los planillos y en las escaletas. También se han acostumbrado a hacer vídeos, cuelgan enlaces en sus redes, se preocupan por la conversación con sus lectores y se preguntan para qué les servirá periscope y qué demonios será eso del snatchap.

Es verdad que en los periódicos exploradores también se adoptan determinadas modas como si se abrazaran vellocinos de oro a los que se adora sin reflexión alguna, ya sea el periodismo inmersivo o el periodismo de datos, que no deja de ser el mismo periodismo de siempre, pero con herramientas infinitamente más poderosas y accesibles.

Pero, en líneas generales, la mayor parte de los nuevos recursos empleados suman en la misma idea, en la de expandir la marca y acercarla a los lectores, ahora reconvertidos en espectadores que participan en las conversaciones de sus marcas de confianza.

Algunos grupos de comunicación observan esta transformación con un punto de conservadurismo rancio que debería de preocuparles. Van detrás de los periódicos exploradores y esperan que los alumbren antes de tomar cualquier decisión de cambio. Están en su derecho, pero no parece que sea una actitud muy lógica en un mundo en el que lo importante es ser capaz de adaptarse a los cambios en tiempo real. ¿A qué esperan para moverse? ¿A que haya una explosión nuclear?

En fin. Allá ellos. La realidad es que, en términos de modelo de negocio, la estrategia de los exploradores se antoja acertada, aunque sólo sea porque se atisban pocas alternativas más allá de que alguien crea desde la ingenuidad más suicida que el futuro de los periódicos está en la recuperación de los pergaminos como herramienta masiva de comunicación.

Pronto, muy pronto, sabremos quién tiene más razón.

 

P.D. Merece la pena ver esta entrevista a Gumersindo Lafuente. Ayuda a comprender lo que está pasando.