Periódicos de papel:¿llegó el momento de verdad de ceder el paso a internet?

Los periódicos de papel suponen un anacronismo en un mundo digital en el que los propios medios empiezan a rentabilizar sus ediciones de internet.
— Leer en www.nobbot.com/general/periodicos-de-papel/

Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

Diversificación y transformación digital: la estrategia de Vocento

He escrito hoy en Extradigital.es sobre la estrategia que Vocento ha presentado a los inversores para ganar la confianza de los mercados. Se traza sobre dos ejes: diversificación y transformación digital. Ambos ejes son vitales en cualquier estrategia de cambio de una empresa que nació como una compañía de periódicos de papel, pero que, ahora, es mucho más que eso: una empresa de medios y de servicios que cotiza en bolsa.

Desde este blog hemos defendido hace ya tiempo que, hoy en día, los medios ya no pueden depender en exclusiva de la publicidad para garantizar su sostenibilidad (de la venta de ejemplares de papel, mejor ni hablamos) y que tienen que trabajar en una estrategia de diversificación de ingresos que se centre en lo que, hasta ahora, era el perímetro del negocio: foros, eventos, formación, servicios de comunicación, contenidos patrocinados, canales verticales de nicho, etcétera.

Vocento es, a mi juicio, un caso de estudio de un grupo que, a sabiendas de la dificultad del empeño, está sabiendo acometer el proceso de transformación digital y de conversión de una empresa de medios de papel a una compañía digital de medios y también de servicios con una fuerte implantación territorial (Una docena de periódicos regionales más ABC y Colpisa) que, por cierto, es otra de sus ventajas competitivas.

Vocento, como el resto de las marcas vive en el centro de una disrupción tecnológica que ha roto todos los esquemas editoriales y de negocio de la industria. Pero al menos tiene un plan. Y tiene visos de que le puede funcionar. Suerte.

Por cierto, la idea de escribir está entrada sobre Vocento me ha surgido tras leer este artículo de Agustín Monzón en El Independiente:

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos, y de Kloshletter en España.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Qué puede hacer un periodista para luchar contra las fake news

El periodista y profesor de Comunicación en Loyola Andalucía David Varona ha ofrecido en la sede en Sevilla de Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA) un taller para periodistas muy práctico y solvente sobre fake news y verificación de las noticias titulado “Los medios después de Facebook. El periodismo en tiempos de fake news”.

Varona profundiza tanto en el análisis y diagnóstico del problema de las noticias falsas como en las respuestas que pueden darse contra ellas desde los medios de comunicación.

Os paso algunas de las ideas expuestas.

  1. Los bulos funcionan a una velocidad infinitamente mayor que los desmentidos que los desmontan. Y sus fabricantes son más rápidos que quienes luchan contra ellos. Toca asumirlo.

  2. Es aún más difícil luchar contra las fake news ahora que la conversación de los asuntos públicos se desplaza desde entornos públicos con una cierta vocación de transparencia a circuitos cerrados sin controles de verificación (ejemplo: los grupos de amigos y familias en whatsapp o los grupos cerrados de los partidos políticos en Facebook).

  3. Las redes sociales (en especial Facebook) tienen una cuota de responsabilidad en la distribución masiva de falsedades, pero no más que eso: una parte. Los responsables últimos son quienes escriben y hacen circular esos bulos a través de estas plataformas y, en muchos casos, se lucran con el tráfico de infamias.

  4. Si hablamos de dinero, no nos centremos tampoco en Facebook como si fuera la reencarnación del Satán más mentiroso. No es el único. Si nos fijamos en el rastro del dinero, veremos que la cadena viral de la fabricación industrial de las mentiras empieza en las empresas que las fabrican, sigue en Facebook, que es donde se viralizan y se comienza a ganar dinero (a a través de los anuncios de FB) y acaba en Google, que también recibe su porcentaje del negocio por los clicks que proporcionan estas noticias falsas.

  1. Los fabricantes de fake news siempre van por delante de quienes luchan contra ellas. Y esto no es nada si lo comparamos a lo que puede pasar cuando se popularicen las deep news, noticias falsas que usan audios e imágenes manipulados casi imposibles de detectar.

  2. La lucha contra las noticias falsas es también una oportunidad de negocio para quienes quieran emprender en la industria del periodismo. En España, los dos ejemplos más claros son Maldito Bulo y Newtral. Y David Varona hace también referencia a ejemplos como los de Full Fact (Gran Bretaña) o Basta Bufale (Italia).Y también hay herramientas de verificación al alcance de todos, como First Draft, Tin eye o Poletika.

Y, por cierto, Facebook también está logrando avances.

  1. Y, por último, unos consejos que David Varona ofrece a los periodistas y medios y que éstos deberían de recordar en su día a día.

/ Si quieres detectar una noticia falsa, atento siempre a la fuente de la noticia. ¿Quién la da? ¿Es un medio o una fuente fiable? ¿Confiamos en ella?

/ Cuidado con los pantallazos. Es muy fácil imitar el diseño de una web de un medio creíble.

/ Atento al astroturfing: hay fabricantes que se inventan personas falsas en las redes sociales para distribuir su mercancía tóxica (sí, ya lo sé, todo esto parece una distopía, pero es así).

/ Fijaros en las URL. Los creadores de fake news usan direcciones muy similares a las de los medios que tienen credibilidad.

/ No difundáis sin contrastar. Sí, es una obviedad, pero vivimos en una época en la que a muchos, también a los periodistas, hay que recordarles algo tan obvio.

/ No os quedéis sólo con el titular. No os sorprenderá si os digo que mucha gente sólo lee titulares. El resto, como si no existiera. Lo sabemos desde siempre.

/ Verificad fechas, comprobad las imágenes y los vídeos.

/ Y, sobre todo, trabajad con conciencia crítica. Si nosotros los periodistas no lo hacemos, qué ejemplo le daremos al resto de los ciudadanos.

Sobre el ’lado oscuro’ de la comunicación y las relaciones públicas

El periodista y consultor Miguel Ángel Robles ha escrito un ensayo sobre el oficio de la comunicación que he tenido la suerte de prologar. Se titula ‘El lado oscuro. Diez falacias sobre las relaciones públicas‘ y ha sido editado por Fragua. El ensayo es una reivindicación honesta y muy bien escrita sobre la comunicación en el ámbito de las empresas y las instituciones y es también un alegato contra ciertos deslumbramientos que vivimos en la era digital y una defensa de lo racional frente a las emociones primarias que pueblan el discurso público en nuestras sociedades. Si os interesa esta pasión que es la comunicación, os recomiendo de verdad que busquéis el libro (en Amazon, por ejemplo) y que lo leáis. Os va a valer la pena,

Os paso por aquí el prólogo que escribí para el ensayo:

Una advertencia previa que tal vez disguste a los editores de este libro: el texto que tienen ustedes entre sus manos no es para todos los públicos. Absténganse, por tanto, de su lectura todos aquellos que piensen que la gente que ya no lee, que a la gente hay que darle la información bien masticadita y que lo importa no es informar a la gente, sino epatarla.

Y si no quieren abstenerse, cosa que le agradecerá también el autor, al menos, háganse un favor y hágannoslo a todos los demás: despójense durante unas cuantas horas del pack de visiones estereotipadas y políticamente correctas con el que se despachan a diario en sus quehaceres personales y profesionales y acepten el reto de leer un ensayo que les obligará a pensar y a repensar, que no pretende engancharles sino animarles a una discusión despojada de prejuicios sobre el papel de la comunicación corporativa en esta era de la democracia emocionalque nos ha tocado vivir.

Este libro, ya les anticipo, ni es cool ni lo pretende. No es un libro tribunero de un tipo que le da al público lo que quiere. Se lee excepcionalmente bien porque Miguel Ángel Robles tiene el veneno de la escritura en el cuerpo y cada párrafo contiene sangre y contiene alma. Pero el autor no aspira a ser el Paulo Coelho de la comunicación corporativa. En todo caso, aspira a lo contrario: a desmontar a quienes nos venden la peor de las alquimias para disfrazar la realidad con sus juegos verbales y visuales. Y aquí, se lo puedo asegurar, lo consigue con la solvencia de quien sabe de lo que escribe.  

El lado oscuro es un libro honesto de alguien que, sospecho, sufre de una alergia irremediable cada vez que se topa con un predicador de emociones vacías dispuesto a explicarle al orbe terráqueo cómo es la nueva comunicación y porqué él es su mesías. Es, así, una denuncia de determinados fenómenos que nos deslumbran y a los que damos pábulo sin que sepamos las razones de por qué lo hacemos. Y también es una reivindicación, a veces hasta dolorida, de determinados valores de la comunicación clásica que se están perdiendo entre tanta histeria y tanta historia.   

Robles estructura su ensayo como un decálogo en el que desmonta, una a una, las diez falacias que contaminan la imagen de marca de la comunicación, entre ellas, y voy a citar sólo algunas, el famoso mito del lado oscuro, las teorías conspiranoicas sobre las relaciones públicas y los poderosos, la prostitución de la compra de los espacios informativos, la exaltación de lo emocional, el nirvana del storytelling  o, por ejemplo, el deslumbramiento acrítico ante todo lo que huela a digital.

En todas estas falacias puede que haya hasta un cierto poso de verdad (un poquito de autocrítica, ¿vale?), pero cuando se rasca en ellas, se observa con claridad que todas ellas son también hijas de la pereza mental y de nuestra afición a calificar a los demás en función de nuestros prejuicios ideológicos y sociales.

Robles nos propone, así, un paseo por un parque temático repleto de supuestas verdades que no lo son, por falacias que en ocasiones adquieren la categoría de infamias. Pero su texto es mucho más que el desmontaje de unas mentiras prefabricadas que apenas se sostienen después de una discusión.

Si miramos más allá, es, también, un alegato apasionado en favor de los principios y valores de la ilustración y en contra del adocenamiento intelectual; una defensa del pensamiento crítico y racional y un ataque a quienes sólo ven la realidad que nos rodea desde el trazo grueso de las simplificaciones más demagógicas.

Miguel Ángel Robles toma partido a sabiendas de que no se ganará con ello el favor de las mayorías. Pero se intuye entre líneas que necesitaba dejar negro sobre blanco su denuncia de los efectos más perversos de una comunicación líquida y acrítica queprima las emociones sobre la reflexión, invitando a sentir antes que a pensar; una comunicación que subvierte los valores clásicos de la profesión, despojándola de su armazón ético hasta convertirla en una carcasa vacía que sólo ofrece sensaciones. 

Y al hacerlo, me recuerda mucho a las batallas de sus primos hermanos, los periodistas, cuando defienden que lo importante del periodismo, en estos tiempos de transformación y de deslumbramiento digital, sigue siendo el respeto a unas reglas del juego basadas en la honestidad y la búsqueda de la veracidad. 

En comunicación corporativa, ya sea desde una institución pública, desde organizaciones sociales o desde empresas de cualquier tamaño, los criterios son exactamente iguales que en el periodismo. Y los valores, también. Y lo digo desde la experiencia de haber estado en ambos lados: como periodista y como comunicador, relaciones públicas o como demonios queráis denominar a quienes nos hemos dedicado en algún momento de nuestras vidas a esto de comunicación corporativa. 

Hace tiempo que la comunicación se ha convertido en un hipermercado donde cientos de clientes intentan situar sus productos en las estanterías atestadas de los medios de comunicación y de las redes sociales. Pero para colocar estas ofertas, las reglas son las mismas de siempre: ten un buen producto, véndelo con honestidad y sin engaños y procura que sea atractivo, pero sin deslizarse por pendientes emocionales. En nuestro negocio, por mucho que los cínicos inviten a pensar lo contrario, la credibilidad y la confianza siguen cotizando al alza. Y lo vendemos, unos y otros, no es otra cosa que reputación, que una buena reputación.  

Este oficio puede que esté lleno de vendehumos y vendepatrias, pero este no es su hábitat, sino el de quienes respetan esas reglas porque saben que es la única de serles fieles a sus clientes, a la sociedad en la que prestan sus servicios y, por qué no decirlo, a ellos mismos. 

Y si no estáis de acuerdo, sólo puedo emplazaros a discutirlo cuando queráis, pero con una condición: que antes leáis este vigoroso ensayo de Miguel Ángel Robles y reflexionéis sobre lo que sostiene y porqué lo sostiene. Y, quién sabe, igual, a lo mejor, después de leerlo, hasta igual cambiáis de opinión.    

Sobre el mito de los ‘Spotify’ del periodismo

Estoy muy de acuerdo con lo que dice David Chavern, presidente de la News Media Alliance, cuando sostiene que un Spotify para las noticias no es una solución para la crisis estructural que atraviesa la industria (tradicional) de los medios. Añadiría sólo que, a tenor de las experiencias de los últimos años, esa misma idea vale para cualquier proyecto de quiosco digital en el que se puedan leer un buen número de medios o artículos sueltos a cambio de una suscripción.

Las noticias no son canciones que escuchas una y otra vez en los cascos que conectas a tu teléfono móvil. Salvo en el caso de los textos de largo aliento y que no atienden a la actualidad más inmediata, se trata casi siempre de productos perecederos. En la mayoría de los supuestos, nacen y mueren en horas. Y eso está en las antípodas de cómo funcionan modelos de negocio como el de Spotify o, con algunos matices, el mismo de las plataformas de streaming como Netflix, HBO o Movistar.

Pero aparte de este hecho, hay otros dos factores que me resultan también claves para entender porqué es difícil que funcionen estas plataformas de noticias.

En primer lugar, no veo por ningún lado qué ganan las empresas periodísticas dándole el poder a terceros que se encargarían de distribuir las noticias. Ya sabemos, por la experiencia de los últimos dos años, que los medios no pueden depositar sus esperanzas de salir adelante en manos de gigantes como Facebook, Apple o Google. Entonces, ¿para qué darle este poder a otra plataforma, aunque supuestamente fuera controlada por los propios medios? ¿no choca este planteamiento con la idea de que las marcas informativas tienen que dedicarse a crear relaciones de confianza con sus lectores y a controlar sus propios procesos de distribución para no depender de terceros?

Y en segundo lugar, como le pasa a muchos, yo le encuentro valor a apuntarme a una plataforma para ver series o escuchar música, pero no le encuentro ese mismo atractivo a pagar una suscripción para apuntarme a un quiosco digital de noticias. Al menos ahora que la oferta libre es tan abundante… y tiene la misma calidad que la de estas potenciales plataformas.

Hazte la pregunta a ti mismo: ¿pagas por ver series o escuchar música? ¿y pagarías por un quiosco digital? Tal vez cuando los muros de pago de casi todos los grandes medios estén a la orden del día, haya un hueco para que estas plataformas puedan tener posibilidades de éxito. Pero, ahora, parecen una quimera.

Facebook no quiere ser ‘fakebook’ (pero se hace un Poncio Pilatos)

Leo en el Confidencial que altos cargos de Facebook se han reunido en Madrid con representantes de los cinco principales partidos nacionales en citas que han servido para mostrar la preocupación de unos y otros por la proliferación de noticias falsas y su posible incidencia en el ciclo de elecciones que se avecinan en las cuatro semanas que van del 28 de abril al 26 de mayo.

La familia de canales de Facebook domina también la conversación social en España, pues controla las tres grandes autopistas, con permiso de Twitter, por donde circula la información, tanto la rigurosa como la une simplemente es falsa y responde a intereses tóxicos: Whatsapp, Instagram y el mismo FB. Y en esa condición, es capaz de ser determinante a la hora de poner y quitar presidentes…también en España.

Facebook sigue ganando más y más y creciendo más y más, pero también tiene un problema cada vez mayor: no sólo no ha demostrado capacidad para tapar los agujeros por dónde se les cuela morralla falsa en cantidades industriales, sino que tampoco ha logrado convencer a muchos de que de verdad está dispuesto a ponerle coto a los desmanes.

Algo en lo que no ayuda la percepción de que: 1. Zuckerberg cree estar por encima de cuestiones como populistas y extremistas de todo pelaje usen su red para verter inmundicias que alcanzan ecos casi infinitos. Y 2. de que se está haciendo un Poncio Pilatos, lavándose las manos como si todo esto no fuera, en parte, culpa de su tibieza a la hora de atacarlas.

Es evidente que a Facebook no le interesa convertirse en Fakebook, pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si está haciendo lo suficiente para combatirlo. Y la respuesta, al menos de momento, no parece que sea afirmativa.

P.D. Os paso por aquí la opinión de Enrique Dans:

Lo que SÍ nos puede enseñar The New York Times

Compartí hace unos días en las redes sociales una entrevista del suplemento XLSemanal al editor de The New York Times (NYT), Arthur Gregg Sulzberger, en la que éste hablaba sobre las estrategias editoriales de la gran dama del periodismo norteamericano, la cabecera por excelencia de la industria mediática.

Los que paráis por este blog ya sabéis que soy de los que piensan que hay que tener cuidado con colocar a NYT como modelo de referencia para los medios tradicionales que empiezan a abordar sus procesos de adaptación al entorno digital y para los nativos que han iniciado sus pasos directamente en internet. NYT sólo hay uno y no veo fácilmente trasplantable su modelo a otros territorios y cabeceras. Yo puedo querer que mi club de barrio siga los pasos del Real Madrid o el Barça, pero nunca tendré ni su potencial ni el caudal de compromiso y fe de sus seguidores más entusiastas. Conviene darse cuenta cuanto antes.

Pero merece la pena fijarse en algunas de las reflexiones de quien lleva las riendas empresariales del periódico más importante del mundo… y el más exitoso en su proceso de transformación digital:

  1. El mayor cambio de estos últimos cinco años ha sido precisamente que ya no nos vemos como un periódico que tiene una versión digital, sino como un medio digital de noticias que también imprime un periódico”. Esta frase es el paradigma del cambio. El NYT ya no es un periódico que aprovecha internet para multiplicar sus audiencias. Es un medio (digital) que tiene ediciones en papel, que es muy distinto.

2. Y sigue: “En un futuro relativamente cercano ya no podremos seguir confiando en la versión impresa para financiar como ahora nuestra labor periodística. Los ingresos digitales tienen que alcanzar una cuantía que nos permita mantener oficinas en Irak y Afganistán, enviar reporteros al frente, hacer investigaciones de 18 meses sobre la fortuna del presidente de Estados Unidos y pagar una delegación en Washington con 100 periodistas. Por eso, nuestro foco está puesto en ganar dinero con lo digital”.

Y lo están consiguiendo: en torno a cuatro millones de suscriptores y un alcance de 150 millones de personas. La mudanza digital es una realidad. Y tienen quien se la pague. Lo que me pregunto es si hay tantos medios que apuesten por ese mismo periodismo de calidad (para hacerlo hay que contratar periodistas, no despedirlos a mansalva)…y si hay tantos lectores dispuestos a pagarlo hemos da a mí que no muchos).

3. Su apuesta por el periodismo de calidad y su convicción de que la gente sí quiere pagar por ese periodismo de calidad se combina con la capacidad para arriesgarse con nuevos formatos. No le tienen alergia al error. Un par de ejemplos: el podcast The Daily y su próxima incursión en la producción de programas de TV. Y aquí me pregunto: .¿son “un medio digital de noticias” o son una productora de periodismo de calidad que factura productos de excelente calidad periodística para todo tipo de soportes?

Y 4. “La prensa en papel seguirá viva durante mucho más tiempo de lo que la mayoría cree. Un millón de personas paga por el periódico, es un público fiel que dedica mucho tiempo a su lectura. Además, el negocio de la publicidad sigue siendo grande y rentable. Espero que, mientras la gente quiera leer noticias impresas, nosotros podamos ofrecérselas“.

Lo último es obvio: si tienes un millón de lectores en papel, mímalos. Pero tengo un par de dudas al respecto: la primera es que si tiene cuatro millones de suscriptores y sólo un millón de lectores de papel, lo que es todavía más evidente es que tres cuartas partes de tu negocio están ya en el digital (no digo de los ingresos) y por tanto es donde tienes que centrarte. Y la segunda es que si de verdad piensas que el negocio de la publicidad seguirá siendo grande y rentable, ¿por qué llevan cinco años con una estrategia de negocio que gira hacia la suscripción y la creación de comunidad y se aleja de la publicidad?

Si le pedimos transparencia a los políticos, por qué no a los periodistas

A través de José Luis Rojas llegó a un artículo de The Nieman Lab en el que da cuenta de una nueva iniciativa de medios como el USA Today consistente en la introducción de despieces en las crónicas informativas en las que se explica cómo se han elaborado esos artículos. El objetivo: mejorar el grado de confianza de los lectores hacia sus marcas informativas, abriéndose en canal y aportando transparencia al proceso de producción de las noticias.

Esta iniciativa no es la única en tal sentido en los últimos meses (recordad, por ejemplo, la propuesta The trust proyect). Y seguramente vengan algunas más en este sentido.

El cordón umbilical entre los medios de comunicación tradicionales y sus usuarios se ha erosionado. La desconfianza hacia las empresas periodísticas ha crecido con la crisis económica y política que ha asolado a las sociedades occidentales desde 2008 y, con posterioridad, no se ha mitigado a la misma vez que se restablecía la economía.

Crisis de credibilidad

El “todos los políticos mienten” que se ha instalado en la opinión pública como consecuencia de la fiebre populista ha tenido su versión mediática en el “todos los periódicos engañan“, una afirmación injusta por generalizada que ha hecho mucho daño a unos medios que, a la misma vez que sufrían esta crisis de credibilidad, tenían que abordar sus procesos de transformación por el impacto de internet en sus modelos de negocio. Una tormenta perfecta.

Y ahora que se ha hecho moneda común en el sector la idea de que hay que recuperar esa confianza como base imprescindible para la creación de las comunidades que permitirán crear negocios sostenibles en torno a las marcas periodísticas, los medios apuestan por la transparencia más cruda para reforzar esa confianza.

A mi juicio, no hay mejor manera de recuperar esa confianza que trabajando con rigurosidad y con honestidad en productos sólidos de los que termines fiándote a largo plazo, es decir, que trabajen en el día a día para ganarse la mejor reputación. Pero, en cualquier caso, bienvenidas siempre iniciativas como éstas, Siempre les pedimos a los políticos que cuanta más transparencia, mejor, ¿Y por qué no también los periodistas y los medios de comunicación?

El lenguaje perezoso y simplón de la política

Os recomiendo la lectura de un artículo que firma Rodrigo Terrasa en el diario El Mundo en el que da cuenta de un estudio en el que se analiza cómo se ha simplificado el lenguaje que utilizan los políticos para transmitir sus mensajes a los ciudadanos.

El artículo viene encabezado por un titular provocativo que cumple con su función de llamar la atención sin dejar de alinearse con lo que se cuenta en el cuerpo de la información (Por qué los políticos te hablan como si fueras idiota).

La discusión es inevitable. ¿De verdad que los políticos nos tratan como a idiotas? Y en ese caso, ¿de quién es la culpa? ¿de los políticos y de quienes les escriben sus discursos e intervenciones? ¿de los medios de comunicación que no desmontan el parloteo simplón de nuestros dirigentes públicos? ¿o de los ciudadanos, a quienes cada vez más hay que enviarles mensajes más y más sencillos y telegráficos para que no pierdan su atención menguante?

¿Política para idiotas?

Una posible respuesta para la primera pregunta: no, los políticos no tratan como idiotas a sus conciudadanos, pero sí que son conscientes de que en esta era compulsiva donde los mensajes se transmiten en tiempo real, es fundamental que éstos puedan encapsularse en píldoras de no más de 280 caracteres o en declaraciones de 20/30 segundos que puedan entrar en los informativos de las cadenas de televisión y de radio.

Esta caza ansiosa por la atención de los ciudadanos obliga a una simplificación de los mensajes que no es mala por sí misma. Si se quiere llegar a públicos generalistas, es esencial que los mensajes lleguen en una prosa simple, limpia y clara que permita comprenderlos de una forma llana y sencilla. Y eso implica saber simplificar los mensajes para atraer la atención sobre las ideas fuerza que se quieren trasladar. No le veo nada malo a esta práctica: los ciudadanos se merecen unos políticos que les hablen de una manera comprensible, no con un lenguaje manierista y engolado que suele ser tan vacío como ridiculo.

Lo que ocurre es que en demasiadas ocasiones se confunde la simplificación de los mensajes con la infantilización de las ideas, con el consiguiente deterioro de la calidad del debate público.

No es lo mismo un intercambio de ideas claras y simples que juegan en el campo de lo racional que una confrontación de eslóganes y frases huecas que apelan a las emociones con visiones gruesas y sin matices de la realidad: los míos siempre son los buenos y los otros siempre siempre son los malos.

¿Y qué pasa ahora para que hablemos de esto?

Pues que el terreno de juego en el que nos movemos en el debate público, sobre todo con la irrupción de nuevos canales y soportes, propicia que haya más confrontaciones simplistas y gruesas que debates donde se busque un lenguaje simple y claro.

Y en eso, la responsabilidad, en mayor o menor medida, debería ser compartida por casi todos.

La mayor de éstas recae en la escena política, donde las ideas han sido sustituidas en el día a día comunicativo por los eslóganes; pero también se sitúa en el ámbito de los medios de comunicación, que contribuyen en demasiadas ocasiones de manera perezosa a la difusión masiva de estos mensajes de usar y tirar, y en los ciudadanos, que son muy críticos con sus representantes públicos pese a que comparten con ellos, en especial en las redes sociales, su misma propensión a los juicios sumarísimos y las descalificaciones simplonas.

P.D. Os paso otro artículo al respecto que también aporta información sobre este particular:

¿Deben los gobiernos seguir dando ayudas a las empresas periodísticas?

Retomo en el blog un par de preguntas que cada vez asoman con más fuerza en la industria del periodismo: ¿Deben los gobiernos y en general las instituciones públicas ayudar a los medios de comunicación a superar la crisis estructural que soportan y que se cobra en el día a día despidos y cierres?  Y segunda cuestión: ¿Y hasta cuándo?

Hay gobiernos que invierten cantidades nada desdeñables en planes de reconversión de la industria en la idea de que, si de verdad pensamos que un modelo de prensa de calidad es básico para cualquier sociedad democrática, hay que ayudar a que las empresas periodísticas que lo componen sobrevivan y sigan prestando un servicio que es esencial.

Estas ayudas son razonables en dos circunstancias. 1. En ciudades, regiones y hasta países donde el andamiaje periodístico se ha precarizado hasta el punto de que casi que no hay cabeceras que hagan la cobertura de sus lugares de referencia. Y 2. si se centran en apoyar la búsqueda de nuevos modelos de negocio que permitan a esos medios sobrevivir en el nuevo entorno digital y móvil en el que se relacionan con los ciudadanos. Si lo hace Google desde 2015, porqué no, por ejemplo, los Estados, más interesados que el gran buscador en que haya medios capaces de ejercer su responsabilidad en el nuevo contexto en el que nos movemos.

Estas ayudas, sin embargo, no deben generalizarse si se quiere evitar la tentación de que estos mismos medios terminen cambiando sus modelos, y no porque hayan encontrando alternativas viables a los sistemas tradicionales (grandes audiencias que sujetan el negocio de la publicidad), sino porque hayan hecho de las ayudas y de las subvenciones más o menos disfrazadas de publicidad institucional un modelo de ingresos tan atípico como peligroso en el largo plazo.

Las razones son editoriales y de negocio.

En primer lugar, en relación con las razones editoriales, subrayo un par de cuestiones:

  1. Los medios no pueden depender para su supervivencia de las ayudas, vengan de donde vengan, si a lo que aspiran es a mantener determinados estándares de independencia y de calidad. No digo que deban vivir en un nirvana lleno de arpas ceslestiales y alejado de los intereses políticos, económicos y sociales de su comunidad, pero sí que tienen que mantenerse a suficiente distancia de ellos o, al menos, no convertirse en uno más de esos intereses.

Y 2. Todos convendremos en que si dependen de los gobernantes de turno, sean quienes sean, su capacidad para fiscalizarlos disminuirá hasta casi extinguirse. Y en el peor de los casos, convertirá a estas marcas informativas en bandas de cornetas y tambores a mayor gloria de quien más les pague.

Y en cuanto a las razones de negocio, me limito a señalar una obviedad: si las compañías periodísticas se acostumbran a recibir esas ayudas y cuadran sus cuentas de resultados gracias a ellas, no van a encontrar los incentivos necesarios para explorar nuevas estrategias de negocio que les permitan ser sostenibles en el nuevo ecosistema. Si les dan pan para hoy, para qué van a buscar el de mañana…si no saben ni si habrá el pan que ellos han estado haciendo desde siempre.

Preparando el cuerpo para los muros de pago en los grandes diarios

En las últimas semanas leemos en las principales cabeceras españolas artículos de información centrados en cómo el pago por noticias se está instaurando en los países europeos de nuestro entorno. Los modelos de negocio basados en las cifras millonarias de visitas y la venta de publicidad se estan viniendo abajo por la llegada de los grandes elefantes digitales (Google, Facebook, Apple, Amazon…) y las grandes marcas periodísticas viran ya hacia modelos mas tradicionales centrados en el pago de las noticias.

Hay quienes enmarcan estas informaciones en una campaña de los propios medios de comunicación españoles para hacerle el cuerpo a los lectores, que así irían asimilando que van a terminar pagando más pronto que tarde por la información que buscan en cabeceras de tanta relevancia como El País, El Mundo, Abc o La Vanguardia.

Tal vez sea así, pero, en cualquiera de los casos, responde a hechos objetivos que merecen la pena ser destacados. Estamos ante uno de los cambios más importantes a los que se ha enfrentado la industria del periodismo en el último siglo y en él se le va a pedir más complicidad a los lectores que confían en sus marcas periodísticas de referencia.

Tres décadas después de la irrupción de internet, el imperio del todo gratis en el consumo de las noticias se viene abajo.

Unos cuantos medios seguirán viviendo de la publicidad, pero otros tantos ya no lo podrán hacer y por eso están buscando nuevas vías de ingresos con estrategias que, en líneas generales, empiezan por trasladar a los usuarios de esas noticias la idea de que producir periodismo de calidad cuesta dinero y que, como hemos dicho ya en muchas ocasiones, sólo tendremos ese periodismo de calidad si alrededor de las marcas hay una comunidad comprometida de ciudadanos dispuesta a pagar por él.

¿Tendremos noticias pronto sobre esta reconversión? Todo indica que no tardarán en llegar. Y, por cierto, tampoco se enmarcarán en un movimiento en solitario de un grupo sino a algún anuncio conjunto de las grandes cabeceras. Atentos..que esto está a la vuelta de la esquina.

Actualización:

Apple también quiere quedarse parte del negocio de las noticias

Leo en Xataka.com que Apple trabaja en la creación de un servicio de noticias por suscripción que permitiría leer las grandes cabeceras periodísticas del mundo por un precio fijo y se supone que sin anuncios. De lo que ha trascendido sobre las negociaciones de la tecnológica con las empresas editoriales, se sabe que Apple quiere quedarse con el 50% de los ingresos de cada suscripción y que, además, se haría con los datos personales de cada uno de los usuarios que se suscribiesen a su servicio. La compañía de Tim Cook repetiría así la jugada que ha hecho en el sector de la música y en las películas, pero reservándose mayor porcentaje de las futuras ganancias del servicio (50/50 frente al 30/70 de los otros servicios).

Las condiciones del acuerdo se antojan leoninas para los medios de comunicación, pero tendrán que ser las propias empresas periodísticas las que evalúen si les interesa explorar esta potencial nueva vía de ingresos o si les conviene más quedarse fuera de este nuevo canal de distribución. Nadie les pone una pistola en el pecho para que firmen. Si las condiciones no les parecen las propias de un secuestro con petición de rescate, que firmen; y si sí se lo parecen o simplemente no se encaja con sus estrategias de futuro, pues que no lo hagan.

Pero, en cualquier caso, el plan de Apple para la creación de este quiosco universal de la información sí que nos hace reflexionar sobre dos ideas ligadas entre sí que me parecen capitales para entender el futuro de los medios.

En primer lugar, refrenda la idea de que la distribución masiva de las noticias ya no depende de las compañías periodísticas sino de terceros como Google, Facebook o la misma Apple que deciden cuáles son las reglas del juego porque para eso son quienes tienen la llave de acceso al tráfico de estas noticias.

Y, en consecuencia, en segundo lugar, parece dar la razón a quienes entienden que los medios tienen que trabajar también en el control de la distribución de las noticias para no depender en exclusiva de unos terceros que defienden los intereses de sus accionistas y no de los accionistas de esos medios. De ahí este fiebre suscriptora que alcanza a los medios de comunicación de casi todo el planeta.

Al respecto, tengo curiosidad por saber qué van a hacer en esta negociación todas esas empresas, con The New York Times a la cabeza, que han decidido centrarse en sus suscriptores mediante el establecimiento de muros de pago y otras estrategias centradas en crear comunidad alrededor de sus marcas. Entrar en la plataforma de Apple puede generarles ingresos, pero les aleja de la filosofía que ha marcado sus últimos pasos y les haría volver a ser dependientes de un canal que no controlan, con todo lo que eso significa. Veremos si les salen las cuentas.

Os paso por aquí un punto de vista distinto, el de Enrique Dans:

Periodistas: menos soflamas y más análisis

No es una deriva nueva, pero en los últimos tiempos asistimos en España a una vuelta de tuerca nada casual en un debate público cada día más crispado, cada día más asfixiante. El trazo grueso se ha apoderado de la discusión general por razones ligadas a la competición política tanto a derecha como a izquierda y ya ni nos inmutamos cuando, por poner un ejemplo reciente, unos acusan de traidores a España a los otros ni cuando esos otros ponen en funcionamiento la máquina que descubre fascistas hasta detrás de los armarios. Qué asfixiante.

Las descalificaciones más gruesas invaden los argumentarios de las formaciones políticas y abonan el terreno para la deshumanización del adversario. Y, como consecuencia inevitable, la opinión pública se polariza y radicaliza, la conversación social elimina cualquier atisbo de templanza y los matices desaparecen. No hay sitio para los moderados, tibios incapaces de tomar partido.

Los medios de comunicación no viven ajenos a estas malas prácticas e incluso algunos participan de este aquelarre insultante por intereses que tienen más que ver con sus modelos de negocio que con sus líneas editoriales. Y en el caso de algunos periodistas, usan sus medios y las redes sociales para amplificar mensajes que en demasiadas ocasiones tienen más que ver con el ejercicio del activismo que con el del periodismo.

En esta conversión de la sociedad de la información a sociedad del espectáculo informativo, las noticias políticas ya son una parte más del género del entretenimiento y constituyen un terreno cada vez más propicio para estas prácticas tan cuestionables.

Pero no nos pongamos apocalípticos. Como decía al principio, este fenómeno no es nuevo, como tampoco lo es la endogamia político-periodística ni la deriva hacia un debate público en el que priman las emociones primarias y los sentimientos por encima del pensamiento racional.

Y la respuesta es siempre la misma: la mejor manera de luchar contra estos malos hábitos desde los medios de comunicación es una dieta del periodismo que también es el de siempre, de un periodismo que puede y debe ser tan riguroso como ameno, de un periodismo que no se limite a transcribir declaraciones o repetir consignas simplonas sino a exponer datos contrastándolos e interpretándolos y de un periodismo que, en definitiva, abandone la pereza y vuelva a cuestionarse y a poner en duda todos los mensajes que le lleguen.

Ese periodismo existe y se practica más de lo que algunos piensan (me niego a abonar ese mantra de que todos los periodistas mienten y falacias similares: eso lo dicen los que jamás leen un periódico). Y sospecho que irá creciendo porque cubre una necesidad imperiosa: la de los ciudadanos necesitados de información crítica y veraz, una información que supere los prejuicios y los marcos mentales prefabricados y que se ponga al servicio de la sociedad.

Aquí podría poner ejemplos de periodistas que están diseñando nuevos productos que responden a esta necesidad (se me ocurren sobre la marcha los ejemplos excelentes de Newtral o de Maldito bulo, que merecen el reconocimiento de la profesión), pero como esto no va solo de hacer buen periodismo, sino de contribuir a mejorar el debate público y fomentar y alentar el espíritu crítico que nos hace mejores como sociedad, quiero sobre todo detenerme en casos como el de Agenda Pública o el de Piedras de papel, portales y blogs de análisis políticos y económicos cuyos autores aparecen en las páginas de los principales diarios y cabeceras del país.

En la mayoría de los casos, los firmantes de los artículos de estos portales son sociólogos, politólogos, economistas y profesionales en su mayor parte del ámbito académico que trasladan sus análisis a estos nuevos medios-nicho, aportando calidad y conocimiento a un debate público que necesita menos soflamas incendiarias y más opiniones formadas.

El quehacer de estos portales es un buen ejemplo de lo que se necesita para comprender la realidad política, social y económica de este país, pero constituye también una prueba de que aquí tenemos también un buen modelo de negocio para los medios. Como ya he dicho en otra ocasión, el derrame incesante de bilis, propaganda tóxica, juicios sumarísimos, linchamientos varios, infamias y bulos virales ofrece a las empresas periodísticas la oportunidad de convertirse en marcas-refugio en donde buscar la información y el análisis que huye del tremendismo imperante.

Se trata de hacer de contrapeso a la viralidad de los mensajes crispados desmontando falsedades. Y de encontrar ahí un nuevo motivo para seguir siendo útiles desde el periodismo a los ciudadanos, que al fin y al cabo, es lo que se les pide a quienes quieran dedicarse al periodismo.

Os pongo por aquí un buen ejemplo:

Facebook y los medios: pan para hoy…y una guillotina para mañana

Facebook. Fuente: pixabay.com

En un margen de menos de cinco minutos aparecen en mi cuenta de Twitter un par de informaciones que abundan en la idea del descalabro que vive la industria del periodismo. En la primera, El Confidencial hace recuento de los despidos en España en las últimas semanas en Playground, BuzzFeed y Eslang. Y en la segunda, Vox Populi hace hincapié en el dato de que las cuatro principales cabeceras de prensa de papel de este país venden ya juntas menos ejemplares que lo que vendía solo El País hace ahora diez años.

Si siguiéramos pensando con el esquema mental de las secciones de los periódicos, no sería exagerado decir que, de un tiempo a esta parte, las noticias sobre los medios de comunicación sólo aparecen en la página de las esquelas. Y los periodistas hemos empezado a pensar que la mejor noticia sobre los medios de comunicación es que no haya noticia, que a la pregunta de “¿Qué? ¿Y tú medio cómo va?”, la respuesta más esperanzadora sea “bueno, parece que bien, no nos dicen nada”.

Si algo nos dice la visión de conjunto de estas dos informaciones es que estamos viviendo una vuelta de tuerca en la reconversión digital de la industria de los medios. O, si se prefiere, de una suma de crisis superpuestas. Al declive inevitable de los periódicos y revistas se suma ahora la caída de los productos periodísticos digitales cuyo modelo editorial y de negocio se basaba en la viralidad multiplicada casi hasta el infinito por Facebook.

Ambos casos son distintos. El primero, el del papel, está más que diagnosticado y no merece ya mayor discusión. El segundo tiene sus raíces en la relación de primero amor y después odio que han establecido los medios de comunicación con la red social de Mark Zuckerberg. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de medios: aquéllos que quisieron aumentar sus audiencias con Facebook y aquéllos cuyo tráfico vivía en exclusiva de esta red social.

https://www.eldiario.es/tecnologia/quizzes-listicles-busqueda-exito-Internet_0_864414287.html

Cuando Facebook cambió el pasado año su algoritmo para primar las historias personales por encima de las de los medios, los primeros vieron cómo su tráfico disminuía, pero seguían teniendo lectores que accedían a través de otros canales. Los segundos, no. Los segundos, según descubrimos, sólo vivían gracias a Facebook. Y cuando éste dijo basta, adiós medios y adiós puestos de trabajo en los denominados medios virales, engordados con el clembuterol de los algoritmos.

Como consecuencia, hemos vuelto a entender que los medios necesitan establecer relaciones de confianza con sus comunidades que les permitan obtener ingresos que los hagan sostenibles sin necesidad de depender por completo de las redes sociales o de Google. Y ésa es la razón que hay detrás de la fiebre de las suscripciones y de los anuncios de muros de pago en buena parte de la prensa española.

https://www.nobbot.com/firmas/medios-de-informacion-pago/

Y, si se quiere, un par de lecciones de lo que está ocurriendo: 1. hay que volver a tomar el control en la relación entre los medios de comunicación como proveedores capaces de generar confianza y los lectores como clientes dispuestos a comprometerse pagando por los productos informativos. Y 2. por muy importante que sea el tráfico que viene de una red social, depender de un tercero como Facebook puede ser pan para hoy y una guillotina para mañana.

La publicidad en los periódicos y el puritanismo de salón

Esta fábrica de indignaciones sobrevenidas en la que se han convertido redes sociales como Twitter y Facebook ha sido escenario estos días, otra vez, de lamentos y quejas generalizadas por la decisión de los principales periódicos de este país de insertar en sus ediciones de papel páginas de publicidad que recubren sus portadas.

Hace unos días, fue una marca que vendía lavadoras. Y hoy, es una fabricante de automóviles. En ambos casos, como en otras ocasiones, asistimos a la habitual avalancha de criticas cargadas de vehemencia dirigidas contra una presunta y gravísima vulneración de los principios y valores éticos de las organizaciones periodísticas.

Estas críticas son legítimas, pero, como ya he dicho en alguna ocasión, también son injustas, muy injustas.

La ética y la transparencia de las empresas periodísticas no dependen de la publicidad de sus portadas. En todo caso, dependen, sobre todo, de que NO haya publicidad ni en sus portadas, ni en sus páginas interiores ni en sus ediciones digitales. En ese caso, ya les digo que la honra también puede terminar quebrándose por culpa de la debilidad de las empresas y la precarización del trabajo.

Las empresas editoras atraviesan una etapa de transformación radical que está arrasando el viejo ecosistema tradicional. Pretender que no vendan las primeras páginas de sus ediciones es un ejercicio de puritanismo de salón que sonroja a todo el que conozca el grado de sufrimiento que comporta la crisis que están soportando.

Si de verdad hay ciudadanos que sufren tanto por este tipo de publicidades, lo único que se me ocurre es animarles a abandonar estos lamentos farisaicos y a comprometerse pagando por las noticias, que es el modo más efectivo y real de apostar por el periodismo de calidad y, por supuesto, es la única manera de que, por ejemplo, no tengan que vender sus portadas por un puñado de euros.

Pero entretanto sucede esto, solicitaría que no nos pongamos tan puristas y aceptemos que los medios de comunicación, mientras respeten las reglas y jueguen dentro del cuadrilátero ético, deben hacer todo lo que sea posible para sobrevivir, buscando vías de ingresos que hasta ahora ni se planteaban.

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Un cortafuegos para el cuñadismo extremo de los bulos de Doñana

Foto de eldiario.es

Por razones de trabajo, he seguido casi todo lo que se ha dicho y escrito sobre el incendio desatado en el entorno del Parque Nacional de Doñana que ha arrasado 8.486 hectáreas en parajes de alto valor de una zona comprendida entre Moguer, Mazagón y Matalascañas, en la provincia de Huelva, en el sur de España.

El fuego ha concitado una atención extraordinaria por su cercanía a una de las reservas naturales más valiosas del continente europeo y ha servido para comprobar un par de cuestiones: la primera es que, en líneas generales, los medios de comunicación siguen teniendo un papel relevante a la hora de trasladar con rigor, en sus soportes y en sus redes sociales, la información de servicio que se requiere en situaciones tan extremas como las que se ha vivido en la zona afectada; y la segunda es que es muy difícil luchar contra los bulos, pero que también se pueden organizar cortafuegos para que estos bulos y leyendas urbanas no terminen por arraigarse y crecer como monstruos en cuestión de minutos o de horas.

Me detendré en este segundo punto. No pasaron ni horas de que se desatase el fuego y ya empezaron a circular por las redes unos cuantos bulos inflamables que parecían imposibles de controlar. Y en concreto, había uno que resumía todas las teorías conspiranoicas y que se extendía de una forma inusitada por las autopistas de Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp. Leedlo con atención:

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Os reconozco mi fascinación con este mensaje. Quien lo ha escrito es un intoxicador capaz de urdir en segundos toda una trama conspiranoica sin fundamento alguno para el deleite de los consumidores de leyendas urbanas fabricadas para su distribución en las cadenas de whatsapp y similares.

La teoría es delirante. Un ejercicio de cuñadismo extremo. Pero no os os creáis que se quedó entre las cuatro paredes de los conspiranoicos que estuviera de guardia ese fin de semana. Este mensaje caló tanto que en muy pocas horas se organizó hasta una recogida de firmas en Change.org para que la Junta reforeste Doñana e impida las recalificaciones que, al día en que escribo estas líneas, lleva casi trescientas mil firmas.

Algunos medios escribieron artículos muy interesantes desmontando estas teorías tan delirantes (os paso por aquí las de El Confidencial y las del portal Verne, de El País), pero el bulo sigue. Y tengo la sensación de que ni se ha apagado ni va a terminar de apagarse nunca. Y en este caso, no por responsabilidad de quien lo propaga, sino de quienes son capaces de tragarse cualquier bulo o difamación con tal de reafirmarse en sus convicciones truculentas.

Seguramente todos conocemos gente que ha propagado estos bulos desde la buena fe, pero también conocemos a transmisores de infamias que saben perfectamente que se trata de mentiras siderales y, aun así, las siguen propagando.

Y eso pasa porque todo esto que conocemos como posverdad (las patrañas, bulos y mentiras de toda la vida) no son patrimonio de algunos políticos y periodistas, sino que también son frecuentemente usados por muchos ciudadanos que anteponen su activismo a la verdad y que, en consecuencia, aplican eso tan cínico de no dejar que la realidad les estropee un buen titular o un buen tuit.

Foto tomada de El Confidencial
Foto tomada de El Confidencial

No pasa nada por reconocerlo. Algunos guardianes de la pureza democrática que ejercen en las redes sociales se hinchan de proferir proclamas tan denagógicas como alejadas de la verdad. Y os puedo asegurar que les importa más bien poco que lo que digan sea o no sea mentira ni el daño que hagan con sus delirios. Lo que importa es que sus discursos prendan. Y cuanto más, mejor. Y ante eso, poco se puede hacer más que seguir confiando en quienes se lo merecen (tanto en los soportes tradicionales como en las redes) y seguir poniendo cortafuegos para las mentiras mediante la transparencia y el rigor. No hay otra.

 

P.D. Al inicio del artículo os decía que he seguido con intensidad las incidencias del incendio por motivos de trabajo. Aprovecho para explicaros: desde hace un par de semanas, ejerzo como portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía. Un reto del que me siento muy orgulloso y que me tiene lo suficientemente ocupado como para dedicarle menos tiempo a alimentar este blog y el grupo sobre periodismo que monté en Facebook. Quiero seguir escribiendo sobre este oficio y esta industria que tanto quiero, pero si veis que escribo menos, ya sabéis porqué. Un abrazo para todos.

Los periódicos ‘resucitan’ las newsletters

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La práctica del periodismo en plena era de las redes sociales y de las nuevas posibilidades tecnológicas viene marcada por un cierto postureo en el uso de las herramientas que se ponen a disposición de los periodistas en el ejercicio del oficio.

Nos hemos puesto tan estupendos que ahora nos afanamos por entender cómo se hace un periodismo distinto desde los teléfonos móviles gracias al uso de los gifs, memes; cómo trabajar los datos y las historias  (como si antes de internet los periodistas trabajásemos en la metalurgia o en la industria de la madera) o, por ejemplo, cómo trabajar con la realidad aumentada.

Todo eso está muy bien, pero no deja llamar la atención que, en medio de este deslumbramiento en el que a veces se nos olvida que lo fundamental es seguir ejerciendo el periodismo sea en el soporte que sea, se acabe colando una herramienta que algunos ya calificaban de vintage: el correo electrónico.

Tanto hablar de las redes sociales, de las búsquedas por Google o de cómo los lectores abandonan las portadas de los portales informativos para terminar abonándonos todos a la idea de que no hay nada mejor que llegar a las bandejas de entradas de esos mismos lectores. Hace poco, podíamos decir que era una moda que resurgía. Ahora, es mucho más que eso.

Hay medios nuevos que han hecho del correo electrónico el centro de su modelo informativo, como The Skimm o Quartz, pero en líneas generales es un revival al que se han apuntado casi todas las grandes cabeceras periodísticas de todo el mundo, pues permite ganar tráfico y, lo más importante, fideliza a una audiencia que se suele comprometer más con aquellos medios que consultan cuando abren su correo electrónico, o sea, en la mayoría de los casos todos los días.

Así, los medios bombardean a los lectores cada vez que acceden a alguna de sus informaciones implorándoles y rogándoles casi de rodillas que se suscriban y les permitan enviarles las notificaciones del medio y,  de otra parte, estos mismos medios se han apuntado a una alocada carrera por ver quién pone en marcha más newsletters de contenidos.

Newsletters. Fuente: pixabay.com
Newsletters. Fuente: pixabay.com

¿Y por qué el éxito de las newsletters y por qué ahora?

A la primera cuestión ya hemos respondido: a pesar de la competencia (redes sociales, canales de mensajería como Whatsapp o Telegram), sigue siendo imbatible la comodidad de recibir la información en la bandeja de entrada de una herramienta que seguimos usando como quien abre la nevera o enciende la televisión.

Y en cuanto a la segunda, ahora resurge porque conforme caminamos hacia la oferta infinita de la información (tenemos en tiempo real todas las noticias a nuestro alcance), se hace más necesario que alguien sea capaz de elegir entre tanta abundancia qué contenidos hay que leer y ofrecerlos a través de un medio tan rápido y eficaz como éste. A esto se le llama curación de contenidos, aporta un valor y, aún más importante, puede ser también una nueva fuente de ingresos para los medios de comunicación. De ahí la resurrección tan fulgurante y pasmosa de un soporte como el correo electrónico para la distribución de las noticias.

Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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Tres ideas y una conclusión sobre la libertad de prensa en España

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El debate sobre la libertad de prensa en España corre el peligro de perderse en un popurrí de ideas tópicas y pobretonas que nos alejan de un diagnóstico más o menos razonable sobre su estado. Escuchamos demasiados mensajes apocalípticos sobre la libertad de prensa y, como postre, soltamos conclusiones tremendas que se acompasan bien poco con la realidad.

Sobre este particular, merecen destacarse tres ideas:

En primer lugar, si lo comparamos con otros países, el estado de nuestra libertad de prensa no es tan negativo. No es idílico, pero tampoco tan terrible como en otros lugares. Aquí no hay detenciones ni asesinatos de periodistas y el periodismo no es una profesión de riesgo. Lo que acabo de decir es una obviedad, lo sé; pero conviene recordarlo cuando leemos sentencias tan exageradas y simplonas sobre el estado de nuestra libertad de prensa que normalmente se emiten desde la comodidad de un sofá o la silla de una redacción. Pregúntenle, por ejemplo, a los periodistas de Venezuela, de México o de Rusia y sabrán lo que es de verdad trabajar en una profesión peligrosa donde un periodista se puede jugar literalmente la vida por ejercer su profesión.

En segundo lugar, lo que ocurre en España, como en otros países de nuestro entorno, es otra cosa. Preocupante, pero nada que ver con lo anterior. Aquí, nuestros males, que son graves, vienen por otros caminos. La corrupción, el clientelismo, la utilización torticera de los medios como canales de presión en favor de determinados intereses, la baja calidad general de los contenidos periodísticos, la banalización de la información reconvertida en espectáculo para masas cada vez más acríticas, la proliferación de las noticias falsas y el activismo demagógico de algunos periodistas y medios han terminado por causar confusión y un descrédito cada vez mayor del periodismo y de los periodistas.

Todas las crisis contienen sus oportunidades. Y ésta también. La credibilidad bajo cero de los medios de comunicación abre la oportunidad a quienes quieran trabajar en proyectos periodísticos de largo aliento en los que se haga una apuesta por la calidad como fórmula más o menos razonable para seguir adelante, es decir, que se alejen de esta carrera alocada por los clicks tan  parecido al pan para hoy y hambre para mañana en el que se han embarcado la mayoría de los medios.

Pero aquí viene la tercera idea de este artículo: nada de esto último será posible sin la complicidad y la toma de conciencia de los ciudadanos. O, al menos, de esa parte de la ciudadanía que sea más consciente de que, si queremos tener una sociedad  que sea capaz de consolidar sus instituciones democráticas, necesitamos también un sistema de medios de comunicación públicos y privados que participen en el control de esos poderes y sean capaces de fortalecer el debate público mediante el análisis y la reflexión de los asuntos que nos conciernen a todos.

Menos activismo de salón y más compromiso real con nuestros medios

En demasiadas ocasiones, nos hartamos de reclamarle a los periodistas que sean valientes y ejerzan su profesión sin miedo a las presiones que se reciben en un oficio como éste, pero luego somos incapaces de pagar un solo euro por un periódico, somos alérgicos a las suscripciones a los medios y buscamos cualquier medio para evitar la publicidad con la que, hasta ahora y con permiso de Google y de las redes sociales, financian las informaciones que publican.

Cabe entonces preguntarse cuál es el verdadero compromiso que tenemos los ciudadanos con la libertad de prensa, entendida ésta como una pieza clave en el engranaje de cualquier sociedad democrática.  Podemos seguir vociferando contra todos los males que amenazan al periodismo y quejarnos de cómo los malos corrompen a los medios para fastidiar a los buenos, pero si nuestro compromiso cívico se limita a soltar en Twitter o en Facebook unas cuantas soflamas pomposas del estilo de que “sin periodismo no hay democracia” y luego somos incapaces de comprometernos de alguna manera con los medios que leemos y escuchamos, ya os digo que el futuro puede pintar más negro aún de lo que os pensáis.

No hay nada mejor para tener una prensa fuerte, de calidad y creíble que una sociedad que sea capaz de reconocerse en esa prensa y que esté dispuesta a luchar por ella para defenderla. Pero eso no se hace limpiando nuestras conciencias de activistas de salón detrás de un hastag más o menos incendiario o sentimental, sino financiando en la medida de nuestras posibilidades a quienes ejercen ese periodismo que tanto decimos defender.

Ah, y que no se me olvide una cosa más. Hace ya muchos años, cuando empecé a trabajar en la Cadena SER a principios de los noventa, le escuché a alguien decir que la mejor manera de que un medio de comunicación sea independiente es que tenga las cuentas saneadas. Qué razón tenía y qué razón sigue teniendo. Salvo excepciones, que siempre las hay, a mayor independencia económica, mayor independencia editorial. Eso es así. Y el que no lo quiera ver, que despierte.

Viviendo en una burbuja mediática

Ocurre siempre después de cada cita electoral. Miras los resultados y, si son contrarios a tus preferencias ideológicas, te asomas luego a tus redes sociales y observas cómo una parte de tu comunidad se indigna y se pregunta cómo es posible que la gente haya votado lo que haya votado cuando en Twitter todo el mundo piensa como ellos.

Es un ejemplo, pero hay muchos más de la burbuja política y mediática en la que vivimos. Pasa en todos lados, pero en España se recrudece esta tendencia, y si es en el periodismo, más todavía: estamos acostumbrándonos a leer, escuchar y ver sólo a aquellos medios de comunicación que confirman nuestra visión del mundo y de la sociedad y esta tendencia tribal a refugiarse en las ideas de los nuestros intensifica la polarización y la radicalización de los discursos que dominan la escena pública en un debate en el que la información ha empezado a ser sustituida por el activismo y el espectáculo de masas.

No es nuevo, pero sí llamativo. En la era previa a internet, la escasez de oferta (dos o tres televisiones, cuatro emisoras de radio y unos cuantos periódicos) tenía como consecuencia que los ciudadanos, a la hora de consumir información, tenían una visión más o menos sesgada o parcial de la realidad, pues sólo se asomaban a ella a través de los ojos de la única cabecera que consumían o de los únicos programas de radio y televisión que escuchaban y veían. Algunos sólo leían El País y escuchaban la Ser y otros apenas salían de las cuatro paredes del Abc y la Cope. Y era lo normal. Era la época en la que nos decían que para tener una mirada más plural de la actualidad había que leer al menos dos o tres periódicos al día, cosa que hacía sólo una minoría.

Llegó Internet y la oferta infinita de los medios y pensamos que había llegado el momento de confrontar todas las ideas en este parque temático de la información que eran las redes sociales, donde no había tiempo para leer todo lo que estaba a nuestro alcance.

Era el escenario perfecto para la pluralidad democrática en el consumo de los medios. Ya no había que gastarse un buen puñado de euros en comprar una pila diaria de periódicos para tener una mirada más amplia y panorámica de los asuntos públicos; bastaba con hacer una buena selección de contenidos en Twitter o en Facebook (yo, por ejemplo, me he hecho mis propias listas en Twitter con los temas que me interesan) y podías leer lo que quisieras y cuando quisieras. El paraíso para los adictos a la información, un vergel para quienes creen en las sociedades abiertas que respetan los derechos civiles de sus ciudadanos.

Ocurre, sin embargo, que, pese a la oportunidad que ya tenemos a nuestro alcance con sólo pagar nuestra factura por los megas de nuestra conexión, esta pluralidad no se manifiesta en el consumo de los contenidos. Seguimos leyendo a los nuestros.

Al contrario, con la eclosión de las redes sociales, hemos terminado por concentrarnos en guettos que orbitan alrededor de lo que opinan los líderes políticos, sociales, periodísticos y hasta humorísticos de nuestras tribus. Y el resultado es que sólo leemos y escuchamos aquello que se acerca a lo que pensamos y sentimos, restringiendo nuestra capacidad de entender al que no piensa como nosotros y, por extensión, nuestra propia capacidad de aceptar que el otro puede algo o mucha razón en lo que defiende.

Este achique de espacios tan endogámico, además, aporta las condiciones ambientales necesarias para que afloren las intoxicaciones, las mentiras y las medias verdades, utilizadas como combustible para la agitación. Todo vale contra un adversario reconvertido en enemigo al que hay que deshumanizar.

No pasa nada por reconocerlo. Preferimos ratificarnos en lo que pensamos que discutir honestamente nuestras convicciones y nuestros planteamientos. Es legítimo, pero asumamos que también es empobrecedor, pues achica nuestra visión crítica y anula la confrontación de las ideas, sustituyendo la discusión por una agitación histérica y agresiva en la que no vence el que convence, sino quien es capaz de soltar la frase más epatante, sin importar para nada si esa frase responde a una realidad comprobable o es una simple carcasa vacía para consumidores compulsivos de píldoras demagógicas.

 

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Sobre Cassandra, Wyoming y la libertad de expresión

Cassandra, durante el juicio por enaltecimiento del terrorismo

Andan los ánimos revueltos en España por los supuestos ataques a la libertad de expresión que se estarían produciendo con fallos judiciales como el que ha condenado a una joven tuitera, Cassandra, a un año de prisión por publicar tuits donde se mofaba de una víctima del terrorismo, en su caso Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España en las postrimerías del régimen del dictador Francisco Franco que murió en 1973 por la explosión de un coche bomba que hizo saltar por los aires el coche en el que se desplazaba.

A la sentencia se suma ahora también la admisión a trámite de una denuncia presentada por una asociación franquista contra los humoristas y presentadores de televisión El gran Wyoming y Dani Mateo por un chiste sobre el Valle de los Caídos (un monumento bajo el que está enterrado Franco y que se construyó con el esfuerzo de los presos durante los primeros años de la Dictadura que soportó este país durante 36 años) que supuestamente habría ofendido los sentimientos religiosos de los católicos y podría encuadrarse como un delito de odio tipificado en el Código Penal.

En ambos casos, participo de la idea de que hay que defender la libertad de expresión en su más amplio sentido de la palabra y aunque nos duela o nos ofendan algunas manifestaciones. Y, como ocurre en el segundo de los casos expuestos, más si cabe si se ejerce en un programa de humor, como es el caso de Wyoming y Dani Mateo, cuyo chiste se emitió en el programa El Intermedio, que se emite de lunes a jueves en La Sexta TV. Denunciar a unos humoristas por ofender a alguien debería de estar muy limitado, así que esperemos que se archive la causa.

Ahora bien, cuidado con sacar de quicio estas cuestiones y con apuntarnos al tremendismo y las exageraciones. Quienes, al hilo de estos y algunos otros casos, sostienen que en España no hay libertad de expresión o que los jueces actúan como torquemadas de una nueva inquisición actúan con una frivolidad y un desahogo que está fuera de lugar.

¿Que hay problemas? Sí, pero no caigamos en el trazo grueso y facilón de los que ven conspiraciones a todas horas. Ni España es un país bananero donde la libertad de prensa está amenazada ni hay una involución democrática ni por supuesto la libertad de expresión es un derecho que se puede ejercer sin límite alguno.

Queda muy solemne decir que la libertad de expresión está siendo atacada en este país, pero de ahí a que sea verdad hay un trecho que no hay quien atraviese. Y, por cierto, lo que sí me parece de una frivolidad supina es que algunos vendan que España es esta especie de infierno en la tierra para los periodistas cuando vemos, a diario, que en otros países se viola sistemáticamente la libertad de expresión y los periodistas son represaliados, se juegan la vida por informar y son asesinados. ¿O si no, cómo calificáis, por poner un solo ejemplo, lo que está pasando en algunos estados de México?

Aunque sea por respeto a lo que sufren en algunas partes del mundo quienes quieren ejercer su libertad de expresión sin tener que convertirse en héroes cotidianos, deberíamos ser algo más equilibrados a la hora de hacer afirmaciones tan pomposas y grandilocuentes como carentes de rigor y de verdad. No, aunque a algunos os lo pueda parecer, la libertad de expresión en España no esta en peligro. No nos volvamos locos.

Cómo luchar contra la posverdad

He asistido a una charla de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la sede del Consejo Audiovisual de Andalucía en torno a la amenaza de la posverdad no sólo para el periodismo sino para el conjunto de valores sobre los que se han construido las sociedades abiertas y democráticas en las que vivimos. Gallego-Díaz es una periodista del diario El País que se ha ganado su sólido prestigio a base de trabajo, capacidad analítica y un respeto por la rigurosidad y la honestidad que sobresale todavía más ahora que el ecosistema informativo produce tantas cantidades de basura mediática.

Soledad Gallego-Díaz entiende que este fenómeno de la posverdad va más allá de  las intoxicaciones que siempre han existido y que son fruto de estrategias premeditadas de grupos que han construido verdaderas maquinarias industriales de fabricación de mentiras destinadas a sembrar dudas y confundir a la opinión pública para lograr sus objetivos políticos y periodísticos. Y una de las novedades estribaría en que este tipo de estrategias no se aplicaría ya sólo en regímenes totalitarios sino también en sistemas democráticos, como bien se prueba con el caso de Donald Trump.

Soledad Gallego-Díaz, en el Consejo Audiovisual de Andalucía. Foto: Laura León.
La presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucia, Emelina Fernández, acompaña a la periodista Soledad Gallego durante Los Dialogos organizados por el consejo en Sevilla, 22/3/2017. Foto/ Laura León

Muy poco que añadir a la radiografía de la situación. Comparto con Soledad Gallego-Díaz su idea de que la mejor manera de luchar desde nuestra posición modesta contra estos fenómenos es haciendo nuestro trabajo periodístico, el que nos corresponda, con rigurosidad y honestidad, pero no tanto con su idea de que no debemos de obsesionarnos con rebatir todas las mentiras que se publiquen y de que es mejor emplear las fuerzas en marcar la agenda pública con los temas que de verdad le pueden interesar a los ciudadanos.

Entiendo su argumento, pero soy más partidario de emplear todas las herramientas y energías posibles en combatir un virus que puede ser letal no sólo para el periodismo sino para el conjunto de las sociedades democráticas. Si se quiere, hasta practicando incluso una guerra de guerrillas, trinchera a trinchera, contra las mentiras y las infamias. Y no sólo en los medios, sino en las redes sociales y hasta en los canales de mensajería como el whatsapp, convertidos en pozos sin sin fondo ni filtros para la expansion masiva de bulos y noticias falsas que muchos ciudadanos asumen sin el menor sentido crítico.

Los medios de comunicación no tienen que emprender cruzada alguna, pero todos los que estamos en este negocio tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad en el tráfico de las mentiras, bien sea porque las podamos propagar o, como es el caso, porque terminemos aceptando estas mismas mentiras como animales de compañía y asumamos su difusión general como un mal menor con el que hay que aprender a convivir.Y algo hay que hacer para combatirlas más allá de hacer bien nuestro trabajo, que ya de por sí a veces no es fácil.

Internet y en particular las redes sociales son herramientas extraordinarias que han facilitado la desaparición de las barreras de entrada en el negocio periodístico y han democratizado la conversación social, pero también son el caldo de cultivo perfecto para la propagación de posverdades cancerígenas que erosionan la confianza y la credibilidad de todos. Mirar hacia otro lado es un ejercicio saludable (probad a ‘limpiar’ vuestras cuentas sociales de trolls y activistas desatados), pero eso no va a impedir que este problema de las noticias falsas vaya a más.

¿Significa eso que los medios tienen que habilitar una especie de brigadas de verificación como si pudiéramos erigir pomposamente en los guardianes de la verdad verdadera? No, no hay que exagerar, pero sí pienso que todos los que nos dedicamos al periodismo, en nuestros ámbitos particulares de atención, en nuestros medios, en nuestras redes y hasta en nuestros grupos particulares de whatsapp, tenemos un cierto deber: el de ayudar en la medida de nuestras posibilidades a desmontar la catarata de infamias, bulos y mentiras burdas que tanto daño hacen al periodismo y a la sociedad en la que vivimos.

No hay soluciones mágicas: los muros de pago sólo valen para algunos periódicos

Los periodistas no somos un gremio inmune al uso de lugares comunes. Y menos todavía cuando hablamos de nosotros mismos. Cada cierto tiempo, tenemos un nuevo mantra en la industria. El último es el que sostiene que la única manera de salvar a los medios del derrumbe de los modelos de negocio del periodismo es la vuelta a los contenidos de pago.

El resurgimiento de esta tendencia tiene mucho que ver con lo que podríamos llamar el efecto Trump. En Estados Unidos, muchos lectores han respondido a los ataques a la prensa tradicional del excéntrico inquilino de la Casa Blanca suscribiéndose precisamente a esos medios de referencia, con el New York Times a la cabeza.

Y a partir de ahí, han proliferado las voces de quienes defienden que la única manera de salvar a estos medios es lograr que los lectores paguen por sus contenidos. Y que la prueba de que se puede hacer la estamos teniendo con el crecimiento exponencial del número de suscriptores de estas cabeceras.

La tesis parte de un hecho irrefutable. O los lectores le dan valor a lo que hacen estos medios y se comprometen con ellos pagando por las informaciones o no vendrá nadie desde fuera a salvarles. Dicho de otro modo: en periodismo no hay milagros. O se paga o hay poco que hacer. Más si cabe cuando el modelo basado en la publicidad se va evaporando conforme pasan no los años, sino los meses y hasta las semanas, la tradición industrial de los periódicos de papel será más pronto que tarde parte de la historia del oficio y quienes se aventuren en nuevos proyectos tendrán que pedir la complicidad monetaria de sus seguidores.

Bien, podemos estar de acuerdo en buena parte de esta argumentación, pero sólo si aceptamos que no se trata de una verdad universal que pueda trasladarse a todos los confines del orbe. Y menos en la era de la abundancia informativa y del consumo infinito de las noticias a través de las redes sociales y los motores de búsqueda como Google.

No se puede decir alegremente que los contenidos de pago salvarán a los medios. En todo caso, salvarán a algunos de ellos. Y en este supuesto, no se salvarán porque los editores de esos medios hayan decidido cobrar por sus contenidos, sino porque esas cabeceras habrán logrado ser imprescindibles para sus comunidades de lectores hasta tal punto de que una parte minoritaria pero suficiente de esa comunidad estará dispuesta a pagar por lo que lee.

Esto lo pueden conseguir, y sólo tal vez, algunas grandes cabeceras que tenemos todos en la mente (The New York Times, The Washington Post, El País, El Mundo…), pero hay que ser realista y honesto con las expectativas, no practicar el realismo mágico de pensar que esta receta vale para todos.  La mayor parte de las marcas periodísticas no podrán vivir sólo de lo que paguen sus lectores, sino que tendrán que salir de sus zonas de confort tradicionales en busca de nuevas vías de ingresos que complementen los pagos por suscripción y tendrán que devanarse los sesos buscando fuentes de dinero que quizás ni antes se les pasaría por la cabeza.

En esto, no hay soluciones mágicas. Sólo cabe la voluntad de reinventarse y de adaptarse a un mundo que obligará a muchos a cambiar toda su estructura comercial y financiera y su manera de entender cómo funcionan y se financian los medios. Y el que lo comprenda antes, antes podrá encontrar la solución a su dilema.

Podemos parte en dos bandos al periodismo español

Foto. Web de eldiario.es
Ha pasado sólo día y medio desde que la Asociación de la Prensa de Madrid denunciara a Podemos por sus presuntas coacciones y amenazas a periodistas y la tribu periodística patria ya se ha dividido sin remedio y sin matices entre los que muestran su fobia a Podemos y los que han decidido que Podemos es el paraíso y Pablo Iglesias su mesías.
 
 
1. Podemos tiene razón en quejarse de que se les acuse de algo tan grave sin que se hayan aportado pruebas.
2. Es entre angelical y surrealista que algunos se hayan dado cuenta ahora que los partidos políticos, instituciones públicas de todo pelaje y empresas privadas con buenos bíceps en sus cuentas de resultados presionen a los medios (y, por cierto, cuidado con que no te presionen que, entonces, será señal de que no tienes influencia ni relevancia ni nada que se le parezca)
Y 3. Pues claro que Podemos tiene una idea del periodismo más propia de regímenes totalitarios que de sociedades democráticas. Y a muchos de los suyos les parece de lo más normal del mundo hacerle un escrache al periodista que ose criticarles. Lo normal en quien prefiere un modelo de prensa más parecido al de Ecuador o Bolivia que al de Suecia, Alemania o Francia. ¿O no nos habíamos dado cuenta hasta ahora?
 
Pero a lo que iba. Lo que sorprende es el hooliganismo ciego de algunos compañeros y compañeras que se han puesto la camiseta de sus devociones personales para denunciar que o bien Podemos es, en este caso, la reencarnación de Satán con coletas, o bien es poco menos que una agrupación de unos heroicos e inmaculados ciudadanos sometidos al escrutinio de unos malvados que se venden por un plato de lentejas o por unas entradas para ver al Real Madrid desde algún palco del Bernabéu de Florentino Pérez.
Un poco de equilibrio, por favor.
Lo de Podemos y los periodistas es inaceptable, lamentable y denunciable. Pero igual que otros casos que también se han denunciado. El respeto no cotiza en la bolsa de las relaciones de los informadores, las instituciones y los ciudadanos.
Y sí, el periodismo español tiene problemas muy graves como la precariedad, los despidos, el miedo a que te despidan, el derrumbe del modelo tradicional de los periódicos, la caída de la publicidad, la falta de adaptación a nuevos modelos marcados por el uso del móvil y las redes sociales y unos cuantos problemas más que no cuento para no deprimir a más gente de la cuenta.
Pero eso no es excusa para que muchos compañeros se muestren tan condescendientes con un partido, Podemos, cuya concepción del periodismo dista mucho de lo que hasta ahora entendíamos que era la libertad de prensa en los países democráticos.Y si no, decidme: ¿es normal que su única manera de defender a Podemos sea decir que el resto también presiona? ¿es eso una defensa propia de un periodista que pretende ser honesto consigo mismo y con los valores de la profesión? ¿de verdad que veis normal y hasta admisible lo que hacen o es que ya todo vale?

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

¿Y si los medios sacan tajada de la guerra de Google y Facebook?

Buscadores y redes compiten también por las noticias. Fuente: pixabay.com

Estamos tan distraídos con nuestros debates recurrentes sobre el futuro de la prensa de papel o sobre el consumo de las noticias en vídeo y a través de los teléfonos móviles, que seguimos olvidando que donde se está jugando la más grande de las contiendas es en ese escenario virtual donde se han citado los dos grandes duelistas de la red:  Google y Facebook.

El gran motor orwelliano de las búsquedas por internet y el muro digital más compartido de la historia compiten por la atención de cientos de millones de usuarios cuyos datos tienen un valor imposible de calcular. Quien gane, controlará el ecosistema de internet. Y por eso ambas compañías luchan por hacerse con uno de los negocios que garantizan los contenidos que les permitirán vencer en esta contienda: el de las noticias.

¿Por qué no aprovecharse de esta pelea de elefantes?

Facebook vive un momento de desdoble de la personalidad. Insiste en que se no se trata de una compañía de medios, pero lo cierto es que una de las obsesiones de Mark Zuckerberg es la de lograr que todos los medios nutran a Facebook y lo conviertan en el centro de sus estrategias.

Facebook. Fuente: pixabay.com

Y Google, por su parte, lleva años erigiéndose en el gran editor del mundo, el redactor que jerarquiza la actualidad del planeta y decide qué es noticia y merece estar en la primera página del buscador y quién se queda relegado a los confines del motor del búsqueda.

Pero no son los únicos.

Nadie quiere quedarse atrás en esta guerra por la atención de los ciudadanos. Y por eso, tanto los motores de búsqueda como las plataformas sociales se están lanzando en masa a ofrecer a los productores de noticias servicios que les pueden dar ingresos a cambio de alojar sus contenidos directamente en sus plataformas, sin necesidad de alojarlos en sus webs de referencia.

La lista es larga: los instant articles o los facebook live de Facebook, las aceleradoras de páginas móviles(APM) o el Youtube player de Google , el servicio de Apple News o el de Snatchap Discover son algunos ejemplos. Pero pronto habrá unos cuantos más.

Para los medios, es importante que asuman que es imprescindible que establezcan estrategias con estas compañías si quieren ser relevantes en los sitios donde verdaderamente se consumen las noticias.

Google. Fuente: pixabay.com

Después de tantos años llorando amargamente de cómo internet les parasitaba las noticias robándoles sus contenidos y sus derechos de autor, ya es hora de que las marcas informativas se den cuenta de que siguen teniendo un gran valor en el ecosistema.

Los medios se han pasado más de una decada mendigando un lugar en las plataformas. Y ahora ven que éstas mismas les quieren atraer sea como sea.

¿No sería mejor, entonces, dejar de pelearse con unos y con otros y centrarse en exigir mayor tajada de la tarta publicitaria que ya se están comiendo los nuevos jugadores de la información?

Por una vez, y gracias a la competencia cruenta de Google, Facebook, Twitter y el resto, los medios vuelven a tener una posición de fuerza en la jungla de la red, pues todos se pelean por atraer sus contenidos.  ¿Por qué no intentar aprovecharlo en vez de quejarse tanto?