Y la contaminación tambien mató al periodismo

Los españoles hemos sido bombardeados en los últimos días con noticias en torno a las restricciones del tráfico en Madrid a causa de la contaminación atmosférica. No exagero con el verbo que he empleado: hemos sido bombardeados, asediados por televisiones, radios y periódicos hasta que no ha quedado un solo español vivo en el planeta tierra que no sepa lo que les ha pasado a los sufridos conductores de la capital del Reino, reconvertidos en mártires de la movilidad por mor de las decisiones de su alcaldesa, calificada directamente de heroína o bruja en función de a quien se pregunte.

Así, al episodio de contaminación atmosférica le ha sucedido otro de contaminación informativa que nos ha permitido comprobar el desmesurado centralismo que destila el paisaje periodístico español y cómo, para unos cuantos medios de comunicación y periodistas, España es lo que hay entre el paseo de la Castellana, la Gran Vía, unas cuantas calles colindantes y poco más. Más o menos como si más allá de la M-30 se dibujara un mundo oscuro y tenebroso en el que, a lo sumo, pasan cosas que luego sirven para rellenar las secciones de sucesos.

Pero más allá de esta endogamia tan jartible incluso para quienes nos encanta una ciudad como Madrid, lo que nos tendría que preocupar, como periodistas, es que el debate sobre la contaminación haya sido un ejemplo de cómo nos resulta más cómodo montar un espectáculo antes que contar qué está pasando y, sobre todo, por qué está pasando.

Como en tantas ocasiones, hemos visto en los medios muchos testimonios ciudadanos que aportaban poco y a unos cuantos políticos y tertulianos que aportaban todavía menos en su afán por convertir cualquier cosa y asunto en una trifulca política e ideológica para consumo de sus hooligans más fanatizados (y dejo a un lado lo de Esperanza Aguirre, cuyo encierro en su casa parecía más propio de un sketch de Los Morancos de Triana que otra cosa).

¿Y qué hemos echado en falta? Pues supongo que lo que casi siempre: información más precisa de lo que está ocurriendo, explicaciones sobre la contaminación y sus consecuencias y más contexto para entender el problema al que se enfrentan los habitantes de las grandes ciudades europeas. O sea, algo más de periodismo y algo menos de ruido y de crispación catódica.Ha habido muchos ejemplos de buen periodismo. Pero, por desgracia, éstos se han visto ahogados ante la fuerza del vodevil rancio en el que se ha convertido una discusión tan inevitable como la de saber qué demonios se puede hacer en una gran capital a la que cubre una  boina negra de contaminación.