Cómo se hace ahora dinero en la industria de los medios y el periodismo

La industria de los medios sufre de exceso de diagnóstico. Sabemos de qué está enferma, cuáles son los síntomas de su dolencia y quiénes son sus primeras víctimas: los periodistas.

El negocio pivotaba sobre la publicidad. Y ésta está desapareciendo. Los anunciantes se trasladan en masa a plataformas como Facebook e Instagram y al motor de búsqueda de Google. Y toca explorar nuevos caladeros para dar respuestas a la pregunta más recurrente de este negocio en los últimos veinte años: cómo demonios hacer dinero en el periodismo.

1. La publicidad todavía sigue ahí. Aprovechadla mientras se pueda.

El dato empieza a ser un clásico moderno: dos de cada tres euros destinados a la publicidad on line se invierten en Google y en Facebook. Este porcentaje activa las alertas y obliga a redefinir estrategias de negocio y también editoriales. Es lo que están haciendo la mayor parte de los grandes grupos editoriales de este país (Vocento, Prisa, Unidad Editorial, Godó…). Pero aún queda negocio en el impreso y, sobre todo, queda otro tercio en el digital (entre otros nichos, en el de la publicidad programática).

Debe aprovecharse. Que sea aconsejable buscar nuevas vías de ingreso no implica que haya que abandonar las actuales. Eso sería suicida. Pero también sería suicida enrocarse en la idea de que como somos un periódico lo nuestro tiene que ser vender páginas de publicidad y de que como somos una emisora de radio lo que nos toca es vender cuñas de radio y punto. Cuidado, que esas páginas y esas cuñas irán bajando.

2. El unicornio de los muros de pago.

The New York Times abrió el camino y los demás les quieren seguir como buenos discípulos de la gran dama neoyorquina. Pero no hay garantías de que esos demás sean capaces de aportar el valor añadido necesario para que los lectores se conviertan, en un número significativo, en suscriptores comprometidos a pagar por el producto informativo que consumen.

Vivimos en una era de la abundancia en la que muchos ciudadanos ya sólo leen lo que les llega a sus cuentas de Facebook o de Twitter. Hay que trabajar sobre los que están dispuestos a pagar por las noticias. Y seguramente ese porcentaje no llegue, y siendo muy optimista, a más del tres o del cuatro por ciento de los lectores totales de los productos.

Y otro dato importante al que ya nos hemos referido recientemente en este blog. Si la mayoría de los medios tradicionales empiezan a facturar más por la publicidad digital que por la impresa, cómo afectará a sus cuentas publicitarias el cierre de sus portales. Tienen que evaluar si les conviene seguir construyendo un modelo en abierto o cerrado.

Una apuesta: iremos a modelos mixtos donde tendremos…un poco de todo: contenidos premium de pago, contenidos generalistas en abierto y estrategias de diversificación de ingresos más allá de esos contenidos.

Os pongo por aquí el ejemplo de lo que quiere hacer el diario argentino Clarín y de cómo ha reorganizado su redacción para llevar a cabo la transformación digital (spoiler: a los pocos días, despidió a 65 trabajadores):

Y, por aquí, os paso cómo enfoca la transformación el diario chileno La Tercera.

En cualquiera de los casos, hay vida más allá de la búsqueda del pago por contenidos. Y los medios están obligados a repensar hasta su propia naturaleza ahora que casi todo es híbrido.

¿Los medios se tienen que dedicar sólo a producir información a cambio de publicidad o de ingresos de sus lectores y espectadores? Mirad, pueden hacer lo que les dé la gana, pero como seguramente no les va a dar para sobrevivir, tienen que ir pensando en otras vías de ingresos. Y eso, como os digo, les obliga a repensar hasta qué son y a qué se dedican.

A qué se pueden dedicar también los medios (y quienes no lo son, pero se dedican a la comunicación)

Los medios también son productores de contenidos patrocinados y ahora aprovechan los nuevos soportes y herramientas para colocar y promocionar los productos de sus clientes. Siempre se pone el ejemplo norteamericano de BuzzFeed, pero aquí en España tenemos uno más cercano, el de El Desmarque. Y los grandes medios se incorporan esta práctica con proyectos que aportan valor añadido. Mirad, por poner otro ejemplo, lo que está haciendo El País con sus vídeos divulgativos patrocinados por Vodafone.

Tabletas con tinta inteligente para traducir webs al braille

Ya no se trata de hacer el típico publirreportaje donde el cliente es tratado como si su producto fuera el más valioso en la tierra desde la invención del pan (y que, si es político, tiene un tratamiento gráfico más propio de Stalin y de Kim Jong-Um), sino, básicamente, de aportar valor a los lectores, oyentes y espectadores.

¿Y en qué son buenas las empresas periodísticas? Haciendo contenidos que sean atractivos para las audiencias en todo tipo de soportes. Pues venga, vended productos de contenidos y aprovechad los nuevos y los viejos soportes: vídeos, audios…y hasta newsletters.

1. Vídeos. Es el reino de YouTube (propiedad de Google), con permiso de Facebook. Y en este reino las empresas reclaman buenos contenidos que aporten valor y que sepan emplear lenguajes frescos que se adecúen a los hábitos de consumo de los usuarios.

Ahí tenéis una oportunidad de negocio. ¿Qué impide a una marca periodística producir vídeos de empresa o vídeos informativos que puedan ser patrocinados por un cliente? Lo importante es crear valor. Y en este terreno de la generación de contenidos audiovisuales, las empresas periodísticas son capaces de generar valor y que les paguen por él.

2. Podcast. Lo mismo, pero en audio. Y ahora que Spotify ha apostado por incluir los podcast en su plataforma, la oportunidad es aún más clara.

Se pueden ofrecer podcast para las empresas. Y recuerda, si no lo hacéis vosotros, lo van a hacer otros. Mirad lo que cuenta por aquí Óscar Gómez.

3. Newsletters. Sí, es una herramienta casi vintage, pero resulta que sigue siendo muy efectiva y que, además, puede ser una excelente vía de generación de ingresos para las empresas periodísticas. Hace tiempo que sigo un proyecto periodístico de newsletters muy interesante que se llama Inside Media, y hay otro que se ha convertido en el Santo Grial de los boletines electrónicos, The Skimm.

  1. Y aún queda una cuarta vía de explotación de la marca que algunas empresas periodísticas ya están haciendo muy bien: organizar eventos.

Los medios son prescriptores y siguen siendo, con permiso de las redes sociales, el centro del debate público de su comunidad de referencia. Esa ventaja se puede y se debe monetizar.

Hay formatos que tal vez estén algo gastados (foros con representantes políticos), pero siguen siendo rentables y se pueden combinar con otros formatos que despierten el interés de clientes, anunciantes y hasta de ciudadanos dispuestos a pagar una entrada para asistir a un acto organizado por un periódico. Es cuestión de ser creativo y abandonar el sota, caballo y rey. Y si no se tienen ganas de ser más creativos, hay una solución posible: contratar a empresas de comunicación capaces de explotar la marca del medio en este ámbito.

Todos ganan. Aquí, en Andalucía, el grupo Joly trabaja muy bien en este segmento. Y el ejemplo más característico en la organización de eventos es el del Texas Tribune.

He analizado cuatro vías de ingresos, pero hay muchísimas más.

Las podéis encontrar en este artículo del laboratorio de periodismo de la Fundación Luca de Tena: 50 formas de rentabilizar los medios.

Y aquí, en este artículo del blog del máster de innovación periodística de la Universidad Miguel Hernández. Es de 2016, pero sigue estando muy vigente: “¿Quieres hacer el favor pagarme, por favor? 32 vías de ingreso del periodismo”.

Es cuestión de experimentar y de probar hasta encontrar esas nuevas fuentes de ingresos. Y si no os veis capaces, también podéis hacer como dije antes con los eventos y aliaros con agencias de comunicación especializadas en la generación de contenidos que pueden ayudaros a hacer dinero.

Todo vale menos esperar sentados a que regrese una publicidad que seguramente se ha ido para no volver.

Periódicos de papel:¿llegó el momento de verdad de ceder el paso a internet?

Los periódicos de papel suponen un anacronismo en un mundo digital en el que los propios medios empiezan a rentabilizar sus ediciones de internet.
— Leer en www.nobbot.com/general/periodicos-de-papel/

Zuckerberg, aclárate

He escrito en el portal de tecnología Nobbot, de Orange, sobre la relación errática y contradictoria que está teniendo en los últimos años Facebook con los medios de comunicación. Aunque no le guste a Zuckerberg, Facebook es ya el mayor editor y distribuidor de noticias de la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, tiene una responsabilidad sobre aquello que se publica en su plataforma. La proliferación de noticias falsas en sus muros, la ‘apropiación’ del negocio publicitario que antes monopolizaban los medios y su escaso cuidado hacia estos últimos le puede pasar factura. Zuckerberg tiene que saber cuál quiere que sea su relación con los medios. Y los medios tienen que preguntarse qué relación y qué grado de dependencia quieren de un gigante que amenaza con difuminar sus marcas.

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos, y de Kloshletter en España.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Peretti lanza un SOS para los medios virales… y lo vende como si quisiera “salvar internet”

El editor de BuzzFeed Jonah Peretti es uno de los tipos más interesantes de la industria del periodismo. Pero tiene un problema. Vende su producto con la convicción megalómana de Larry Page, Serge Brin o Mark Zuckerberg. Pero su Buzzfeed ni es Google ni es Facebook.

Peretti es un profeta de la viralidad, un editor disruptivo que nos anunció que iba a revolucionar el paradigma de los medios de comunicación con la irrupción de marcas como la suya, que se aprovecharían de la distribución de sus contenidos en Google, Facebook y otras plataformas sociales para solucionar el gran problema al que se enfrenta la industria: cómo demonios ganar con el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Peretti se entregó a la causa y levantó un medio donde supuestamente reinventó el periodismo llenando su portal con noticias virales, memes y fotos de gatitos y de famosos.

Al igual que otros medios como Vice o Mic, abrió canales más serios para blanquear su oferta de entretenimiento informativo y ganar dinero con el tráfico que generaba su web. Nunca consiguió que lo consideraran un medio serio, pero ganaba dinero, muchísimo dinero. Y eso lo tapaba todo. Era uno de los dos grandes ejemplos a seguir para los angustiados por el derrumbe del ecosistema periodístico (el otro, en sus antípodas, es The New York Times).

Pero, en ésas, Facebook cambió su logaritmo y dejó de mimar a los medios virales. Y lo que se derrumbó fue su sueño y el de otros tantos adalides del click ansioso. Crisis en este tipo de productos informativos, caídas bruscas de audiencia y de ingresos. Y vuelta a pensar en…cómo demonios ganar dinero con el periodismo.

Estos días leemos que Peretti ha pedido una alianza entre las grandes plataformas y buscadores como Google y Facebook y los medios de comunicación. El editor de BuzzFeed sostiene que las plataformas no han hecho sus deberes en la lucha contra las noticias falsas provocando, con su inacción, que internet no sea el mejor de los lugares, y pide un gran acuerdo entre todos porque “juntos podemos salvar internet”.

Mucha grandilocuencia para esconder una obviedad: más que “salvar internet”, lo que este editor quiere es “salvar BuzzFeed”, un empeño muy legítimo, pero que tiene también muy poco que ver con las pretensiones tan elevadas que dice tener este gurú de la viralidad.

Peretti y el resto de los editores de medios virales están en tierra de nadie.

No tienen credibilidad suficiente para crear una comunidad en torno a ellos sobre la que puedan construir un modelo de negocio sostenible (si a la gente le cuesta pagar por un medio más o menos fiable que aporte noticias, qué podemos decir de lo que querrán pagar por un portal de titulares SEO y de fotos epatantes).

Y tampoco van a lograr llamar a la conciencia generosa de Google y Facebook, quienes, en el caso de que se apresten a negociar algo con los medios de comunicación, lo harían con otro tipo de marcas (un ejemplo: los grandes diarios y cadenas norteamericanas y europeas) y por otras razones (otro ejemplo, la lucha contra las noticias falsas en las campañas electorales).

El modelo de Peretti ha demostrado ser esclavo…de su propio modelo. Lograron la cima atados a la viralidad y se han despeñado por culpa de ella. Y por una simple razón: la viralidad no la controlaban ellos, sino los dueños de los buscadores y de las redes sociales. Cuando estos han dicho “basta”, el negocio se ha acabado. Pero no el de ese internet que presuntamente hay que salvar, sino el de ellos. Nada más.

¿Deben los gobiernos seguir dando ayudas a las empresas periodísticas?

Retomo en el blog un par de preguntas que cada vez asoman con más fuerza en la industria del periodismo: ¿Deben los gobiernos y en general las instituciones públicas ayudar a los medios de comunicación a superar la crisis estructural que soportan y que se cobra en el día a día despidos y cierres?  Y segunda cuestión: ¿Y hasta cuándo?

Hay gobiernos que invierten cantidades nada desdeñables en planes de reconversión de la industria en la idea de que, si de verdad pensamos que un modelo de prensa de calidad es básico para cualquier sociedad democrática, hay que ayudar a que las empresas periodísticas que lo componen sobrevivan y sigan prestando un servicio que es esencial.

Estas ayudas son razonables en dos circunstancias. 1. En ciudades, regiones y hasta países donde el andamiaje periodístico se ha precarizado hasta el punto de que casi que no hay cabeceras que hagan la cobertura de sus lugares de referencia. Y 2. si se centran en apoyar la búsqueda de nuevos modelos de negocio que permitan a esos medios sobrevivir en el nuevo entorno digital y móvil en el que se relacionan con los ciudadanos. Si lo hace Google desde 2015, porqué no, por ejemplo, los Estados, más interesados que el gran buscador en que haya medios capaces de ejercer su responsabilidad en el nuevo contexto en el que nos movemos.

Estas ayudas, sin embargo, no deben generalizarse si se quiere evitar la tentación de que estos mismos medios terminen cambiando sus modelos, y no porque hayan encontrando alternativas viables a los sistemas tradicionales (grandes audiencias que sujetan el negocio de la publicidad), sino porque hayan hecho de las ayudas y de las subvenciones más o menos disfrazadas de publicidad institucional un modelo de ingresos tan atípico como peligroso en el largo plazo.

Las razones son editoriales y de negocio.

En primer lugar, en relación con las razones editoriales, subrayo un par de cuestiones:

  1. Los medios no pueden depender para su supervivencia de las ayudas, vengan de donde vengan, si a lo que aspiran es a mantener determinados estándares de independencia y de calidad. No digo que deban vivir en un nirvana lleno de arpas ceslestiales y alejado de los intereses políticos, económicos y sociales de su comunidad, pero sí que tienen que mantenerse a suficiente distancia de ellos o, al menos, no convertirse en uno más de esos intereses.

Y 2. Todos convendremos en que si dependen de los gobernantes de turno, sean quienes sean, su capacidad para fiscalizarlos disminuirá hasta casi extinguirse. Y en el peor de los casos, convertirá a estas marcas informativas en bandas de cornetas y tambores a mayor gloria de quien más les pague.

Y en cuanto a las razones de negocio, me limito a señalar una obviedad: si las compañías periodísticas se acostumbran a recibir esas ayudas y cuadran sus cuentas de resultados gracias a ellas, no van a encontrar los incentivos necesarios para explorar nuevas estrategias de negocio que les permitan ser sostenibles en el nuevo ecosistema. Si les dan pan para hoy, para qué van a buscar el de mañana…si no saben ni si habrá el pan que ellos han estado haciendo desde siempre.

Preparando el cuerpo para los muros de pago en los grandes diarios

En las últimas semanas leemos en las principales cabeceras españolas artículos de información centrados en cómo el pago por noticias se está instaurando en los países europeos de nuestro entorno. Los modelos de negocio basados en las cifras millonarias de visitas y la venta de publicidad se estan viniendo abajo por la llegada de los grandes elefantes digitales (Google, Facebook, Apple, Amazon…) y las grandes marcas periodísticas viran ya hacia modelos mas tradicionales centrados en el pago de las noticias.

Hay quienes enmarcan estas informaciones en una campaña de los propios medios de comunicación españoles para hacerle el cuerpo a los lectores, que así irían asimilando que van a terminar pagando más pronto que tarde por la información que buscan en cabeceras de tanta relevancia como El País, El Mundo, Abc o La Vanguardia.

Tal vez sea así, pero, en cualquiera de los casos, responde a hechos objetivos que merecen la pena ser destacados. Estamos ante uno de los cambios más importantes a los que se ha enfrentado la industria del periodismo en el último siglo y en él se le va a pedir más complicidad a los lectores que confían en sus marcas periodísticas de referencia.

Tres décadas después de la irrupción de internet, el imperio del todo gratis en el consumo de las noticias se viene abajo.

Unos cuantos medios seguirán viviendo de la publicidad, pero otros tantos ya no lo podrán hacer y por eso están buscando nuevas vías de ingresos con estrategias que, en líneas generales, empiezan por trasladar a los usuarios de esas noticias la idea de que producir periodismo de calidad cuesta dinero y que, como hemos dicho ya en muchas ocasiones, sólo tendremos ese periodismo de calidad si alrededor de las marcas hay una comunidad comprometida de ciudadanos dispuesta a pagar por él.

¿Tendremos noticias pronto sobre esta reconversión? Todo indica que no tardarán en llegar. Y, por cierto, tampoco se enmarcarán en un movimiento en solitario de un grupo sino a algún anuncio conjunto de las grandes cabeceras. Atentos..que esto está a la vuelta de la esquina.

Actualización:

Bezos, la Super Bowl y el precio de unas cuantas bolsas de plástico

El propietario del The Washington Post, Jeff Bezos, se ha gastado en torno a diez millones de dólares para que los norteamericanos vean en el intermedio de la final de la Súper Bowl un anuncio de este periódico que es, en sí mismo, una reivindicación general de los principios y valores de siempre del periodismo.

Tal vez para el también dueño de Amazon el desembolso de esa decena de millones de dólares suponga para sus bolsillos lo mismo que supone para cualquiera de nosotros los cinco céntimos que pagamos por las bolsas de plástico de los supermercados, pero la acción se agradece igual.

La crisis de fiabilidad que han vivido los medios no termina. Las noticias falsas forman ya parte del paisaje mediático y debilitan aún más a unas empresas periodísticas que, ya de por sí, sufren las consecuencias de un modelo de negocio, el de la publicidad, que se ha hundido ante la fuerza de competidores tan abrasivos como Google y Facebook.

La gran mayoría de los medios se comporta como los cazadores de la prehistoria que salen en busca de nuevos espacios donde encontrar el alimento que necesitan para sobrevivir. Y en esa exploración, piensan en nuevas estrategias que les hagan depender menos de terceros como las plataformas sociales y los motores de búsqueda y que les permitan pensar en proyectos que se sostengan más allá de la publicidad tradicional.

Quien más quien menos, todo el mundo habla en esta industria de la necesidad de convertir a los lectores en suscriptores y en la generación de ingresos en lo que antes era el perímetro del negocio (eventos, contenido publicitario, servicios de agencias de comunicación…), pero para poder virar hacia estas estrategias de negocio, hace falta que la relación entre esos medios y sus potenciales usuarios vaya mucho más allá de los clicks aislados, que sea de verdad una relación entre una marca y el lector que se compromete y forma parte de una comunidad que comparte un medio…y hasta una forma de vivir en sociedad.

El problema es que no basta con hacer productos que respeten los principios y valores del periodismo riguroso y honesto. Lo que se necesita es que haya un número suficiente de ciudadanos que sepan valorar esos productos rigurosos y honestos y que entiendan la necesidad de mojarse para defenderlos y hacerlos sostenibles, es decir, que se comprometan de verdad.

Por eso es tan importante defender y difundir la idea de que el buen periodismo mejora las sociedades a las que presta servicio y las hace más prósperas, más libres y más justas. Y por eso es tan importante que personas como Jeff Bezos sean capaces de gastarse diez millones de dólares por un anuncio que reivindica ese periodismo, que es el de siempre, ante la mayor audiencia televisada del año en los Estados Unidos. Porque nos jugamos mucho. Más incluso de lo que muchos se puedan imaginar. Esto no va de salvar periódicos, radios o televisiones. Va de tener democracias sólidas o de no tenerlas. Bezos lo sabe. Y nosotros, también.

Los periodistas ante su Blade Runner

No se equivocan quienes dibujan un panorama de los medios de comunicación que parece salido de la mente de los guionistas de un Blade Runner mediático. El negocio de las noticias es ya el negocio del espectáculo de las noticias, un escenario en el que conviven sin solución de continuidad las informaciones veraces con las escasamente rigurosas y con las que directamente son falsas, el clickbait, el sensacionalismo de medio pelo, el SEO como religión por encima de la información, la dictadura de las páginas vistas, la publicidad más invasiva que se recuerda (intentad ver un vídeo en Atresmedia o Mediaset), el populismo mediático y antiperiodístico, cuyo profeta más sonoro y global es Donald Trump, y la hooliganización de las conversaciones (sólo escuchamos y leemos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos), cuya consecuencia no es el aumento de la pluralidad sino del ruido.

Pero este paisaje también trae oportunidades. Las marcas periodísticas, y quienes quieren promoverlas, tienen la oportunidad de erigirse en valores-refugio frente a tanta inmundicia y tanta desinformación. Cuando todo es griterío, los ciudadanos necesitan a quien sea capaz de explicarles la realidad, necesitan a los periodistas y a los medios. La era de la desintermediación ha sido tan fugaz como esas noticias que duran minutos entre las más vistas y luego desaparecen. Volvemos a necesitar a los intermediarios. Volvemos a necesitar a los periodistas.

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Ahora bien, ahorrémonos las pomposidades habituales. Aquí no se trata de pontificar con grandilocuencia sobre la salvación de la industria del periodismo. Esto no va de salvar los periódicos para así salvar a la democracia. No exageremos. Los medios de comunicación son muy importantes, pero no todos son los herederos del Capitán América por inspiración divina. Se trata de algo mucho más prosaico: de qué hacer para tener un periodismo viable que tenga la fuerza de defender los principios y valores de uno de los oficios más viejos y más adictivos del mundo; y de hacerlo, además, en una sociedad que ya no considera a estos medios como el centro natural de las conversaciones públicas, el lugar en el que se discuten los asuntos que más nos conciernen.

Ese lugar lo ocupan ahora las redes sociales. Y a ellas acuden también las empresas informativas a distribuir sus contenidos para así ganar tráfico y lograr entrar en las campañas de publicidad que les permitirán seguir siendo sostenibles en el nuevo entorno digital.

Pero estas mismas marcas se han dado ya cuenta de que la nueva pandilla social tenía un reverso tenebroso. Facebook, Twitter, Instagram se quedan con los datos de sus lectores y son mucho más eficaces a la hora de confeccionar anuncios competitivos gracias al buen uso que hacen del big data.

¿Resultado? Facebook compite con Google y con Youtube (y pronto con Apple y con Amazon) a la hora de quedarse con toda la publicidad que antes iba a los periódicos, a las radios y a las televisiones. Y el fenómeno va a más. No hablamos de que los medios estén perdiendo las grandes campañas globales. Hablamos de que el carnicero de la esquina prefiere pagar una promoción en Facebook que poner un faldón de publicidad en el periódico local.

Los medios que lideran los rankings de visitas tienen posibilidades de seguir haciendo dinero en el negocio de la publicidad, pero son los menos. El resto ya puede ir buscando otras vías para financiar sus proyectos, porque la realidad es la que es y no va a cambiar por mucho que nos lamentemos o porque le echemos la culpa de todos nuestros males a Zuckerberg como si fuera el Lex Luthors que va a acabar con la edad dorada del periodismo.

https://www.eldiario.es/tecnologia/quizzes-listicles-busqueda-exito-Internet_0_864414287.html

El cambio que llega

Hasta no hace tanto, la idea de un periodismo en abierto que permitiera lograr grandes volúmenes de tráfico que abrirían la puerta de las grandes campañas era una verdad casi que incuestionable. En el plazo de un año, esta idea ha sido sustituida en casi todas las redacciones y consejos de administración. Ahora, lo que se ha convertido en una obsesión es la necesidad de crear comunidad.

Tiene sentido. Si los lectores abandonan en masa los quioscos; si los chavales apenas ven telediarios y sólo se informan en YouTube y en Instagram; si la publicidad, como decíamos, se ha largado a Facebook y a Google; si lo que es cool es escuchar podcast en vez de las emisoras de radio; si ya todo lo vemos en las cinco o seis pulgadas de la pantalla del móvil…pues los medios ya no se pueden hacer más trampas en el solitario. O consolidan una comunidad en torno a sus marcas y buscan ingresos en torno a ella o van directos a ser una página más en la historia del periodismo.

Del imperio del todo gratis y de la religión del periodismo en abierto hemos vuelto a la apuesta por los muros de pago y por las suscripciones como medio para garantizar ingresos más o menos fijos que permitan mantenerse sin mayores sobresaltos. Como ya no se puede contar con los ingresos por la publicidad, la estrategia gira en 180 grados. De “se lo damos todo gratis a los ciudadanos, que ya pagará la publicidad los sueldos de los periodistas y los beneficios de los editores” pasamos a “quien quiera buena información, que se comprometa y pague”.

Los medios locales sueñan de pronto con ser el New York Times de sus provincias logrando que sus lectores paguen por leer el diario de referencia de su ciudad o de su provincia. Y, mientras, los grandes, pendientes del hundimiento de sus ventas de ejemplares y las bajadas de sus audiencias, amagan con instalar barreras para el gratis total que les permita al menos hacer negocio con sus usuarios más comprometidos.

Se trata de reconstruir la relación entre el medio y quienes le siguen a partir de una premisa que ya parece clara para todos:  sólo sobrevivirán aquellos medios que logren una mínima complicidad y compromiso con sus lectores. Y para eso, se necesitan principios y valores, pero también más realismo y menos idealismo a la hora de afrontar el desafío de la sostenibilidad, que es el que permitirá que ese paisaje tan catastrófico a lo Blade Runner que parece cernirse sobre el periodismo sea sólo una pesadilla pasajera y no el preludio de algo peor.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.