Los periodistas ante su Blade Runner

Por desgracia, no se equivocan quienes dibujan un panorama de los medios de comunicación que parece salido de la mente de los guionistas de un Blade Runner mediático. En demasiadas ocasiones, el negocio de las noticias es ya el negocio del espectáculo de las noticias, un escenario en el que conviven sin solución de continuidad las informaciones veraces con las escasamente rigurosas y con las que directamente son falsas, el clickbait, el sensacionalismo de medio pelo, el SEO como religión por encima de la información, la dictadura de las páginas vistas, la publicidad más invasiva que se recuerda (intentad ver un vídeo en Atresmedia o Mediaset), el populismo mediático y antiperiodístico, cuyo profeta más sonoro y global es Donald Trump, y la hooliganización de las conversaciones (sólo escuchamos y leemos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos), cuya consecuencia no es el aumento de la pluralidad sino del ruido.

Pero este paisaje también trae oportunidades. Las marcas periodísticas, y quienes quieren promoverlas, tienen la oportunidad de erigirse en valores-refugio frente a tanta inmundicia y tanta desinformación. Cuando todo es griterío, los ciudadanos necesitan a quien sea capaz de explicarles la realidad, necesitan a los periodistas y a los medios. La era de la desintermediación ha sido tan fugaz como esas noticias que duran minutos entre las más vistas y luego desaparecen. Volvemos a necesitar a los intermediarios. Volvemos a necesitar a los periodistas.

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Ahora bien, ahorrémonos las pomposidades habituales. Aquí no se trata de pontificar con grandilocuencia sobre la salvación de la industria del periodismo. Esto no va de salvar los periódicos para así salvar a la democracia. No exageremos. Los medios de comunicación son muy importantes, pero no todos son los herederos del Capitán América por inspiración divina. Se trata de algo mucho más prosaico: de qué hacer para tener un periodismo viable que tenga la fuerza de defender los principios y valores de uno de los oficios más viejos y más adictivos del mundo; y de hacerlo, además, en una sociedad que ya no considera a estos medios como el centro natural de las conversaciones públicas, el lugar en el que se discuten los asuntos que más nos conciernen.

Ese lugar lo ocupan ahora las redes sociales. Y a ellas acuden también las empresas informativas a distribuir sus contenidos para así ganar tráfico y lograr entrar en las campañas de publicidad que les permitirán seguir siendo sostenibles en el nuevo entorno digital.

Pero estas mismas marcas se han dado ya cuenta de que la nueva pandilla social tenía un reverso tenebroso. Facebook, Twitter, Instagram se quedan con los datos de sus lectores y son mucho más eficaces a la hora de confeccionar anuncios competitivos gracias al buen uso que hacen del big data.

¿Resultado? Facebook compite con Google y con Youtube (y pronto con Apple y con Amazon) a la hora de quedarse con toda la publicidad que antes iba a los periódicos, a las radios y a las televisiones. Y el fenómeno va a más. No hablamos de que los medios estén perdiendo las grandes campañas globales. Hablamos de que el carnicero de la esquina prefiere pagar una promoción en Facebook que poner un faldón de publicidad en el periódico local.

Los medios que lideran los rankings de visitas tienen posibilidades de seguir haciendo dinero en el negocio de la publicidad, pero son los menos. El resto ya puede ir buscando otras vías para financiar sus proyectos, porque la realidad es la que es y no va a cambiar por mucho que nos lamentemos o porque le echemos la culpa de todos nuestros males a Zuckerberg como si fuera el Lex Luthors que va a acabar con la edad dorada del periodismo.

El cambio que llega

Hasta no hace tanto, la idea de un periodismo en abierto que permitiera lograr grandes volúmenes de tráfico que abrirían la puerta de las grandes campañas era una verdad casi que incuestionable. En el plazo de un año, esta idea ha sido sustituida en casi todas las redacciones y consejos de administración. Ahora, lo que se ha convertido en una obsesión es la necesidad de crear comunidad.

Tiene sentido. Si los lectores abandonan en masa los quioscos; si los chavales apenas ven telediarios y sólo se informan en YouTube y en Instagram; si la publicidad, como decíamos, se ha largado a Facebook y a Google; si lo que es cool es escuchar podcast en vez de las emisoras de radio; si ya todo lo vemos en las cinco o seis pulgadas de la pantalla del móvil…pues los medios ya no se pueden hacer más trampas en el solitario. O consolidan una comunidad en torno a sus marcas y buscan ingresos en torno a ella o van directos a ser una página más en la historia del periodismo.

Del imperio del todo gratis y de la religión del periodismo en abierto hemos vuelto a la apuesta por los muros de pago y por las suscripciones como medio para garantizar ingresos más o menos fijos que permitan mantenerse sin mayores sobresaltos. Como ya no se puede contar con los ingresos por la publicidad, la estrategia gira en 180 grados. De “se lo damos todo gratis a los ciudadanos, que ya pagará la publicidad los sueldos de los periodistas y los beneficios de los editores” pasamos a “quien quiera buena información, que se comprometa y pague”.

Los medios locales sueñan de pronto con ser el New York Times de sus provincias logrando que sus lectores paguen por leer el diario de referencia de su ciudad o de su provincia. Y, mientras, los grandes, pendientes del hundimiento de sus ventas de ejemplares y las bajadas de sus audiencias, amagan con instalar barreras para el gratis total que les permita al menos hacer negocio con sus usuarios más comprometidos y recurrentes.

Se trata de reconstruir la relación entre el medio y quienes le siguen a partir de una premisa que ya parece clara para todos:  sólo sobrevivirán aquellos medios que logren una mínima complicidad y compromiso con sus lectores. Y para eso, se necesitan principios y valores, pero también más realismo y menos idealismo a la hora de afrontar el desafío de la sostenibilidad, que es el que permitirá que ese paisaje tan catastrófico a lo Blade Runner que parece cernirse sobre el periodismo sea sólo una pesadilla pasajera y no el preludio de algo peor.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

 

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.