El homo digital éramos nosotros

Hasta los que han hecho del escepticismo digital una marca casi personal han terminado por rendirse: la tecnología ha cambiado nuestra forma de andar por la vida. Y en algunas ocasiones, en un sentido casi literal, como estamos viendo estos días en el Mobile World Congress que se está celebrando en Barcelona.

Nos levantamos con el sonido de las alarmas de sus teléfonos móviles, miramos el tiempo en Google, repasamos la prensa y miramos fotos de Facebook o de Instagram en pantallas de cinco o seis pulgadas, compramos en Amazon, suscribimos hipotecas digitales, nos desplazamos en Uber y Cabify y vemos las películas y las series que nos recomiendan los algoritmos de Netflix o de Movistar. Casi todos nos hemos convertido en cazadores de wifi en busca de la mejor cobertura. Y todos lo queremos todo. Al instante y en tiempo real. 

Las empresas lo saben. Incluso las más reactivas. Y comprenden también que no se pueden quedar quietas ante una disrupción que está transformando nuestra forma de pensar y de relacionarnos y nuestros hábitos de consumo. 

La digitalización de las empresas tiene ya muy poco que ver con designar con el fenómeno del ‘Cuñadity manager’: ese familiar o amigo jovenzuelo al que se pide que nutra de contenidos la página web de la empresa o que se haga cargo de las cuentas de la misma en Twitter, Instagram o Facebook.  

Esa etapa ya la hemos pasado. Ahora, hemos entrado en otra fase, si se quiere más avanzada. Si uno, por ejemplo, lee a menudo las páginas económicas de los diarios, rara será la mañana en la que no se encuentre alguna referencia a la ineludible necesidad de implantar sistemas de inteligencia artificial en sus empresas, trabajar en minerías de datos o, por ejemplo,  establecer sistemas de blockchain

El mantra de la digitalización se ha extendido, ha crecido y ha madurado. Y la transformación disruptiva también ha alcanzado al ecosistema tradicional de la comunicación. 

Sus efectos no se circunscriben a las empresas periodísticas y de comunicación, sino que se extienden al resto de las organizaciones empresariales, pues han transformado el modo en el que nos comunicamos y los canales y soportes en los que distribuimos (o nos distribuyen) la información sobre nuestras marcas. 

Donde antes había unas cuantas televisiones, radios y periódicos que se podían manejar, ahora hay una oferta infinita de canales donde conviven los medios tradicionales con los nativos digitales, los blogs personales con las redes sociales, los canales de mensajería instantánea como whatsapp con los correos electrónicos. 

El magma digital

Y las empresas tienen que moverse ahí, en ese magma infinito donde no parece haber ni orden ni concierto y donde todo es susceptible de mejorar, pero también de empeorar si no se saben manejar ciertos códigos y, como consecuencia, se termina adoptando una actitud compulsiva y, a veces, hasta errática. 

Las nuevas tecnologías y sistemas de información, el big data, la eclosión de las redes sociales y la multiplicación de los canales de comunicación abren un periodo de oportunidades extraordinarias para aquellas empresas que sepan entender el cambio y aprovechar las potencialidades de una comunicación infinitamente más abierta que la que disponíamos en la era analógica previa a internet. 

El tipo que antes compraba un par de periódicos y compraba en las tiendas de toda la vida es ahora un homo digital las 24 horas del día. Toca adaptarse. Y de inmediato.

  • Este artículo es una versión para el blog del prólogo que escribí para un libro sobre la transformación digital en las empresas escrito a dúo por el periodista y amigo Fernando Arnáiz y la profesora Silvia Pinto, a quienes agradezco que me hayan permitido participar de esta manera en su proyecto. Por cierto, el libro se llama ‘Te lo vendo o te lo cuento” y es manifiestamente recomendable.

Atrapados por los algoritmos

En la última entrada de este blog especulaba sobre la idea de que estamos viviendo una suerte de dictadura del algoritmo merced a la cual los medios de comunicación han empezado a dedicarse casi en exclusiva a producir sólo aquellas noticias que les resultan placenteras y gratificantes a sus lectores con el objetivo de buscar el mayor número posible de clicks, necesarios para lograr los ingresos publicitarios que necesitan para sobrevivir. 

Este asunto se está volviendo recurrente en las últimas semanas a raíz de artículos como éste de mediatics en los que se sostiene que los algoritmos pueden salvar a la industria del periodismo, pues afinan con aquello que reclaman los ciudadanos y, por tanto, permiten centrarse en la elaboración de contenidos con más probabilidad de ser exitosos. 

Esta tesis ha sido muy mal recibida por estudiosos periodísticos como José A. Avilés o Ramón Salaverria, quienes defienden, por el contrario, que los algoritmos no pueden venir a sustituir a los periodistas y su intuición y criterio periodístico.

 Ya he dicho en otro artículo que comparto la idea de que la utilización de los algoritmos para la publicación y distribución de las noticias jamás podrá sustituir a los periodistas. Y mucho menos a su intuición, que es la base de casi todo en este negocio.

Pero me parece que, en este caso, como en tantos otros, no valen las posiciones maximalistas. Ni hay que abrazar la llegada de los algoritmos como el advenimiento de un nuevo tiempo en el que las máquinas sustituirán a los periodistas ni, tampoco, hay que menospreciar su uso.

Hoy en día, ya es excepcional encontrar un medio que no haga análisis de sus métricas y que las utilice a la hora de decidir algunos de sus contenidos. !Como para no hacerlo cuando las ganancias pueden depender de cómo conozcas a tus lectores!

Y, también, se trabaja ya con robots capaces de buscar la información que circula por la red, procesarla, editarla, empaquetarla y llevarla a los lectores del mismo modo en que lo harían los periodistas y editores de un medio de comunicación tradicional. 

Mirad este caso de medio de comunicación made in Japón.

La analítica de datos y el uso de algoritmos forman parte del paisaje de la industria del periodismo. Y su uso irá a más en una sociedad que ha asumido que el progreso y la prosperidad dependerán de su capacidad de procesar esos datos y de hacer, a partir de ellos, productos que compitan en los mercados. 

Está pasando en casi todos los sectores y hay que asumirlo así, como se aprecia, y pongo aquí un ejemplo, en el caso de Netflix y cómo su utilización científica de los datos para la producción/distribución de sus contenidos ha terminado por lograr que esta compañía tenga mucho más valor que cualquier majors de Hollywood.

Pero el que se usen estos algoritmos para la fabricación y distribución de las noticias no significa que haya que caer postrados ante ellos como si fueran un vellocino de oro capaz de sustituir a los humanos que se dedican a ejercer el periodismo sin pensar en fórmulas matemáticas a la hora de escribir sus textos. 

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Los algoritmos nos ayudan a los periodistas a tomar decisiones más basadas en la ciencia que en la intuición y a las empresas de comunicación a generar valor añadido, pero, por el momento, no sustituyen la capacidad de jerarquizar, ni aportan criterio a la hora de elaborar una información.

Puede que en un futuro que por ahora es ficción haya algoritmos que piensen y escriban mejor que los periodistas, pero por ahora no son más que una ayuda para estos últimos.

Mejor con inteligencia artificial que sin ella

Eso sí, cuidado con aquellos medios y periodistas que sigan despreciando su uso porque se pueden encontrar con un serio problema de viabilidad de sus modelos de negocio. A día de hoy, aquellos medios que no la utilicen para hacer sus análisis de datos y la elaboración de sus informaciones tienen una desventaja competitiva que puede acabar con ellos.