¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

Los muros de pago se topan con el ‘muro’ de Facebook

Muro de facebook del periódico The New York Times

Una pregunta en periodismo que ya es un clásico: ¿salvarán los muros de pago de su agonía a los periódicos nacidos en los siglos XIX y XX? Desde que el New York Times implantara su paywall hace ahora cinco años, se ha convertido en la gran esperanza de los editores y gerentes de periódicos de todo el globo. El tiempo ha pasado, pero la panacea ha resultado no ser universal. Los muros sólo funcionan en algunos casos. En otros, han fracasado con estrépito.

¿Culpa del sistema? No, culpa de quienes han pensado que en los tiempos de Google y las plataformas sociales se pueden cerrar las puertas del club y pedir a los lectores dinero a cambio de algo que ya tienen gratis, en abundancia, en el móvil y a sólo un click de distancia.

La gran dama del periodismo neoyorquino tiene casi un millón de suscriptores digitales, pero en esto sirve muy poco de ejemplo, pues nadie tiene ni la audiencia, ni la credibilidad ni el músculo financiero que tiene el New York Times (NYT). Es tan poco representativo de la clase media del periodismo como el Real Madrid o el Barcelona no son el ejemplo de la clase media del fútbol español.

Se puede emular su modelo, pero hagamos cuentas: ¿cuántos medios conocéis que, a día de hoy, aporten el suficiente valor añadido para pedir dinero a sus lectores a cambio de noticias en el contexto de saturación informativa en el que vivimos? Los hay, como el ejemplo tan singular de Mediapart en Francia, pero son los menos.

En España, Unidad Editorial, Vocento y Prisa apostaron en su momento por la creación de plataformas de suscripción (Orbyt y Kiosco y mas) para trasladar su modelo de papel al digital, pero estos productos se han convertido a sí mismos en unos quebraderos financieros para sus editores.

Vocento ha empezado también a experimentar en cabeceras regionales como El Correo con una propuesta de paywall flexible que está por ver que funcione.

Y medios como eldiario.es, Infolibre o El Español han apostado por un modelo de pago que apela más al compromiso de los lectores con un proyecto periodístico y social que al intercambio mercantil. Y ni aun así logran cifras estimables por esta vía.

Si acaso, el único que sí las logra es eldiario.es, pero el medio fundado por Ignacio Escolar, por su singularidad, tampoco entra en la categoría de los paywall. Es un medio en abierto que no cierra sus contenidos, sino que adelanta sus contenidos a sus socios y les ofrece ventajas premium frente al resto de sus usuarios. Según los datos de comscore del mes de junio, supera los 5,6 millones de usuarios únicos en el mes de junio. Y, además, han logrado ya 19.000 socios, una grandísima cantidad, pero que supone que sólo el  0,33% de sus lectores se ha decidido pagar por los contenidos.

 

Muros de pago…y estériles

Las tendencias ya están bien definidas: aparte de los que han decidido pelear por las grandes audiencias, quienes han intentado alzar muros sin resquicios han visto cómo se hunde el tráfico web y con él las posibilidades de entrar en las grandes campañas publicitarias y quienes han establecido sistemas más o menos porosos han tenido algo más de éxito, pero sólo en función de su capacidad de ser flexibles y de adaptarse a las exigencias reales del mercado.

Nada que no podamos confirmar desde nuestra experiencia de usuario. La gran mayoría de quienes estén leyendo este artículo no estarán suscritos a ningún diario y, además, harán exactamente lo mismo cada vez que no logran acceder a un contenido restringido: darse la vuelta y, como máximo, buscar ese mismo contenido en otra parte.

En estos tiempos en los que una parte tan importante de los ciudadanos sólo consume la información que le llega a su cuenta de Google o a sus muros personales de Facebook, Twitter o Instagram, la construcción de muros de acceso a la información se antoja un esfuerzo estéril, salvo que se cuente con anterioridad con una audiencia fiel que confía casi a ciegas en la visión del mundo que le ofrece su periódico. Los muros de pago se han topado con los muros de Facebook. Y ante eso, poco pueden hacer.

En tal sentido, lo que sí parece una dirección correcta es trabajar en convertir esa audiencia en una comunidad para, a más largo plazo, construir en torno a esas comunidades modelos de negocio en los que se puedan incluir ofertas premium de contenidos para los lectores más recurrentes y fieles.

Seguramente eso sea lo que veamos a partir de ahora en los grandes medios tradicionales. Tras el derrumbe del modelo industrial, tanto los medios nacidos en la era de la imprenta como los nativos digitales están explorando nuevas fuentes de ingresos entre las que la instalación de muros de pago no es más que una posibilidad más de rentabilización del contenido, una posibilidad que sólo estará al alcance de quienes tengan audiencias/comunidades sólidas y estén dispuestos a que sus negocios no vivan de la publicidad de las grandes campañas.

 

Google, Facebook y las nuevas ‘amas de llaves’ del periodismo

Los lectores de los medios de comunicación están en las plataformas sociales, ‘viven’ en ellas y no salen a buscar noticias: leen las que se encuentran en sus muros y en el resto de sus cuentas. Y lo hacen de forma fragmentada y dispersa, sin importarle demasiado de dónde vienen esas informaciones que aparecen casi como que por ensalmo.

¿Son los únicos? No, los periodistas hacemos exactamente lo mismo. Los periodistas escribimos artículos y publicamos videos directamente en Facebook, utilizamos Medium para alojar las entradas de nuestros blogs y seguimos aportándole contenido a Youtube, Instagram y las plataformas de wordpress para bloggers. Nos interesamos por los canales de noticias de Apple o de Snatchap y husmeamos en los buscadores para saber de qué va eso de las páginas aceleradas para medios (APM) que se ha inventado Google para que los medios sigan interesados en posicionarse en el mayor motor de búsqueda de la historia de la humanidad.

Vivimos ya en un ecosistema distinto al que conocimos. Y nuestras preocupaciones ya son otras. Ahora, ya no nos cuestionamos si hay que publicar nuestros contenidos en las redes sociales. Lo que nos preguntamos es: 1. Si de verdad necesitamos realmente una web o un blog para la publicación de contenidos. Y 2. si hay alguien en la sala que es capaz de decirnos cómo demonios podemos ganar dinero en esta nueva situación.

Lo que digo no es una exageración al uso ni la pamplina de algún aficionado a las teorías conspiratorias. Google y, sobre todo, Facebook no juegan a quedarse con todo el negocio, pero ya acaparan gran parte de las ganancias de esta industria. En Estados Unidos, en el primer trimestre de 2016 Google y Facebook se quedaron con el 80% de los ingresos en concepto de publicidad on line.Y el porcentaje de ingresos que se queda en manos de las nuevas ‘amas de llaves’ del periodismo va a más.

No hay otra que no sea buscar nuevas fuentes de ingresos, procedentes de las energías renovables de la comunicación (marketing de contenidos, contenidos de marca, patrocinios…), que sean capaces de darle relevo a la fuente fósil por excelencia, la publicidad, cuya supervivencia tal y como la conocemos está muy seriamente amenazada por la popularización de los adblockers.

Ya no se trata de lograr el mayor número de visitas posible en una carrera alocada por los clicks, sino de atraer a los lectores a las marcas informativas mediante la publicación de esas piezas que aporten credibilidad y confianza en ellas. Si lo consiguen, sobrevivirán; si no, se convertirán ellos mismos en un fósil más arrasado por un vendaval digital que no entiende de nostalgias ni de lamentos.

Por mucho que nos pueda doler, no hay más. O buscamos negocio en el templo del dios Facebook y sus discípulos sociales o iremos cayendo en la irrelevancia.