Atrapados por los algoritmos

En la última entrada de este blog especulaba sobre la idea de que estamos viviendo una suerte de dictadura del algoritmo merced a la cual los medios de comunicación han empezado a dedicarse casi en exclusiva a producir sólo aquellas noticias que les resultan placenteras y gratificantes a sus lectores con el objetivo de buscar el mayor número posible de clicks, necesarios para lograr los ingresos publicitarios que necesitan para sobrevivir. 

Este asunto se está volviendo recurrente en las últimas semanas a raíz de artículos como éste de mediatics en los que se sostiene que los algoritmos pueden salvar a la industria del periodismo, pues afinan con aquello que reclaman los ciudadanos y, por tanto, permiten centrarse en la elaboración de contenidos con más probabilidad de ser exitosos. 

Esta tesis ha sido muy mal recibida por estudiosos periodísticos como José A. Avilés o Ramón Salaverria, quienes defienden, por el contrario, que los algoritmos no pueden venir a sustituir a los periodistas y su intuición y criterio periodístico.

 Ya he dicho en otro artículo que comparto la idea de que la utilización de los algoritmos para la publicación y distribución de las noticias jamás podrá sustituir a los periodistas. Y mucho menos a su intuición, que es la base de casi todo en este negocio.

Pero me parece que, en este caso, como en tantos otros, no valen las posiciones maximalistas. Ni hay que abrazar la llegada de los algoritmos como el advenimiento de un nuevo tiempo en el que las máquinas sustituirán a los periodistas ni, tampoco, hay que menospreciar su uso.

Hoy en día, ya es excepcional encontrar un medio que no haga análisis de sus métricas y que las utilice a la hora de decidir algunos de sus contenidos. !Como para no hacerlo cuando las ganancias pueden depender de cómo conozcas a tus lectores!

Y, también, se trabaja ya con robots capaces de buscar la información que circula por la red, procesarla, editarla, empaquetarla y llevarla a los lectores del mismo modo en que lo harían los periodistas y editores de un medio de comunicación tradicional. 

Mirad este caso de medio de comunicación made in Japón.

La analítica de datos y el uso de algoritmos forman parte del paisaje de la industria del periodismo. Y su uso irá a más en una sociedad que ha asumido que el progreso y la prosperidad dependerán de su capacidad de procesar esos datos y de hacer, a partir de ellos, productos que compitan en los mercados. 

Está pasando en casi todos los sectores y hay que asumirlo así, como se aprecia, y pongo aquí un ejemplo, en el caso de Netflix y cómo su utilización científica de los datos para la producción/distribución de sus contenidos ha terminado por lograr que esta compañía tenga mucho más valor que cualquier majors de Hollywood.

Pero el que se usen estos algoritmos para la fabricación y distribución de las noticias no significa que haya que caer postrados ante ellos como si fueran un vellocino de oro capaz de sustituir a los humanos que se dedican a ejercer el periodismo sin pensar en fórmulas matemáticas a la hora de escribir sus textos. 

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Los algoritmos nos ayudan a los periodistas a tomar decisiones más basadas en la ciencia que en la intuición y a las empresas de comunicación a generar valor añadido, pero, por el momento, no sustituyen la capacidad de jerarquizar, ni aportan criterio a la hora de elaborar una información.

Puede que en un futuro que por ahora es ficción haya algoritmos que piensen y escriban mejor que los periodistas, pero por ahora no son más que una ayuda para estos últimos.

Mejor con inteligencia artificial que sin ella

Eso sí, cuidado con aquellos medios y periodistas que sigan despreciando su uso porque se pueden encontrar con un serio problema de viabilidad de sus modelos de negocio. A día de hoy, aquellos medios que no la utilicen para hacer sus análisis de datos y la elaboración de sus informaciones tienen una desventaja competitiva que puede acabar con ellos. 

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Los quiosqueros no quieren saber nada de Amazon ni de nada que se le parezca

Foto: eldiario.es

El diario El País ha decidido probar la venta de ejemplares de su periódico de papel a través de Amazon y, de momento, sólo para lectores de Madrid y su área netropolitana. La medida es disruptiva en un negocio cuyo producto se ha vendido siempre casi en exclusiva a través de las redes de quioscos. Y como cualquier otra disrupción, tiene sus detractores. Uber y Cabify tienen en contra a los taxistas. Y El País tiene en contra a los quiosqueros, quienes claman contra la decisión y amenazan con esconder el periódico en sus puntos de venta si Prisa insiste en utilizar estas plataformas electrónicas de venta para la distribución de sus periódicos.

Los quiosqueros defienden legítimamente su negocio, pero, a largo plazo, es muy difícil, por no decir imposible, que sus quejas puedan frenar el legítimo derecho de los editores a buscar otras nuevas vías de distribución de sus productos que se acomoden a los nuevos hábitos de los consumidores.

El paisaje de los periódicos de papel no invita precisamente al acomodamiento, sino a la innovación. Y lo mínimo que tienen que hacer los editores que quieren mantener sus productos de papel, porque consideran que sus modelos de negocio siguen cimentándose sobre los ingresos de sus periódicos, es probar y experimentar nuevos sistemas de distribución y venta que animen el mercado y hagan más fácil el consumo de este producto.

Particularmente, no creo que medidas como la de enviar el periódico por Amazon vaya a frenar la caída en la venta de los ejemplares porque el problema de los periódicos de papel no reside en la distribución, sino en el rechazo del producto de papel por parte de generaciones de lectores que ya sólo leen las noticias que les llegan a través de las aplicaciones que tienen instaladas en sus teléfonos móviles.

Aferrados al pasado

Pero del mismo modo que le tengo poca fe a estas iniciativas, pienso que si quieres seguir en el negocio del papel, no tienes más remedio que aplicar recetas innovadoras con las que insuflar sangre y energía a los periódicos.

Pongo sobre la mesa un par de datos: en primer lugar, la OJD que verifica la difusión de los periódicos ha certificado en marzo de este año que en España ya no hay un solo periódico que venda más de cien mil ejemplares diarios. Y en segundo lugar, en los últimos doce años han desaparecido en España 5.000 quioscos, lo que implica que ahora cuesta mucho más ir a un quiosco a comprar un periódico por la sencilla razón de que ese quiosco puede haber dejado de existir o ha dejado de vender diarios. Y si no me créeis, pues intentad, por ejemplo, comprar un periódico una tarde de domingo y ya me diréis si es fácil, difícil, muy difícil o imposible.

Y no creáis, además, que los periódicos tienen mucho tiempo para actuar. Por mucho que insistan en que siguen siendo los actores más influyentes del mercado informativo, lo cierto es que sus ventas siguen descendiendo de forma dramática y que se necesitan soluciones urgentes para evitar que el negocio se venga abajo de forma estrepitosa en menos tiempo del que nos podamos pensar.

Los periódicos de papel necesitan reinventarse cuanto antes. Con Amazon o sin Amazon. Con los quiosqueros o sin ellos. Pero reinventarse probando y experimentando. Y cuanto antes lo hagan, mejor. No tienen otra alternativa.

 

 

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

La clave está en el móvil: de las cinco columnas a las cinco pulgadas

Leo una reflexión del periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron que condensa en sólo 140 caracteres uno de los males que nos aquejan como periodistas: nuestro ensimismamiento cósmico.

Pues sí, es así. Trabajamos en un negocio que se desarrolla preferentemente en los móviles, que vive en torno a ellos. Pero nos seguimos comportando como si esta historia no fuera con nosotros. Si sois periodistas o editores, haced la prueba. Y hacedla con honestidad. Cuando escribís, ¿lo hacéis pensando en cómo quedará vuestra pieza en el móvil? Y cuando pensáis en vuestro negocio editorial, ¿tiene como eje central las pantallas táctiles de cinco pulgadas o sigue anclado en las cinco columnas del periódico de papel? ¡Y todo eso cuando la mayoría de nuestros lectores sólo nos leen a través de esos aparatos que guardamos en los bolsillos¡

La situación ha cambiado para bien en los últimos años. Ya quedan pocos abanderados de la nostalgia comportándose como luditas de lo digital y quien más quien menos todo el mundo entiende el cambio. Pero no nos hagamos trampas a nosotros mismos, que además de feo es estéril: una cosa es aceptar a regañadientes la realidad que vivimos y otra bien distinta es asumirla y actuar de forma coherente.

Los periodistas vivimos en una burbuja contradictoria. Somos adictos a las redes, abominamos de la publicidad invasiva de las webs y ya casi que no nos acercamos a los quioscos, pero luego clamamos porque haya más periódicos, nos quejamos de que la gente pone bloqueadores de publicidad en sus dispositivos o de que sólo se informe a través del facebook… y nos preocupamos más bien poco de cómo se ven nuestras noticias en los dispositivos móviles y menos todavía acerca de si se puede hacer dinero a través de las pantallas de nuestros celulares.

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Fuente: Pixabay.com

Y lo hacemos pese a pertenecer a un gremio como el nuestro en el que nuestra adicción es de tal tamaño que sólo nos falta acostarnos con los móviles y en el que es de lo más normal encontrar a gente capaz de tuitear 18 horas al día pontificando sobre la actualidad después de haber consultado su teléfono móvil en torno a unas 120 veces en un solo día.

¿No sería mejor, entonces, acercar nuestros modelos de negocio a esa realidad que es la nuestra antes que esperar ilusamente a que la realidad vuelva a ser la que era antes de la llegada de los móviles, las redes sociales y hasta la propia internet, o sea, en el pleistoceno informativo? Igual hasta nos iría mejor.

El cambio del Washington Post: una cuestión de talento, de liderazgo…y de dinero, de muchísimo dinero

Fuente: El espectador.

Andamos todos últimamente glosando las bondades del gran cambio que ha experimentado el Washington Post (WP) desde que fuera comprado por Jeff Bezos, el dueño de Amazon. El periódico de las élites norteamericanas, hasta hace poco con más pasado que futuro, ha pasado de ser el diario local de la capital de los Estados Unidos a ser un diario nacional con vocación global que le disputa el liderazgo en usuarios únicos en la web al New York Times. Y encima es rentable. Y todo esto ha pasado en sólo tres años.

Bezos dice que hay tres factores que son clave para poder acometer una transformación tan radical: talento, perseverancia y dinero. Y se afana en que al Washington Post no le falte ninguna de las tres cosas. De hecho, el WP, a diferencia de otros grandes medios, se ha dedicado a contratar en vez de a despedir y ha invertido en periodistas con perfiles digitales y en desarrolladores que les están ayudando a entender mejor a su audiencia y a ofrecerles mejores productos informativos que les han permitido, en un bucle perfecto, ganar visitas en sus portales y en las cuentas que tienen abiertas en las redes sociales.

Fuente: Clases de periodismo.
Fuente: Clases de periodismo.

Todo esto ya es conocido. Por eso me voy a centrar en dos cuestiones que a mi juicio son determinantes a la hora de analizar este proceso.

En primer lugar, Bezos sabe que el futuro pasa por experimentar todas las posibilidades que le ofrece el entorno digital con el objetivo de crear grandes comunidades de seguidores de su marca en este territorio. Y por eso se dedica sin descanso a invertir tiempo, talento, dinero y toda su experiencia en Amazon en lograr su objetivo cueste lo que cueste.

Su visión y su objetivo son claros. A diferencia de otros grandes medios cuyos propietarios vienen de ganar muchísimo dinero en la era analógica, no tiene dudas. Bueno, no tiene dudas y no tiene intereses creados que satisfacer ni lastres imposibles de soltar. Aquí no hay grandes debates sobre qué hacer con el periódico de papel o sobre qué pasará en un futuro con las rotativas del planeta. Le da exactamente igual. Todas las energías las concentra en que se siga haciendo buen periodismo y en mejorar la experiencia del usuario en el entorno digital. Y la apuesta le está saliendo más que bien.

Ahora bien, debe quedar claro que el ejemplo del WP no puede generalizarse (en esto se parece al New York Times). No todos los medios pueden contar con un mecenas experto en las innovaciones disruptivas que les ponga sobre la mesa todo el dinero que necesiten, permitiéndoles olvidarse de la cuenta de resultados.

Bezos es como esos inversores asiáticos que llegan al fútbol europeo y son capaces de cambiar el curso de un equipo a base de cheques y talones. Puede que haya algunos más como él, pero seguramente se puedan contar con los dedos de una mano.Y no todos pueden tener su claridad de criterio y su visión de futuro.

El Washington Post tiene la suerte de contar con él, pero la gran mayoría no puede hacerlo. Y sin la ayuda de un mecenas que tenga el dinero para hacer este cambio y la claridad de criterio para ejecutarlo, la transformación se hace más cuesta arriba. Se puede y se debe acometer, pero es más difícil y cuesta un dinero que la mayoría ni tiene ni puede soñar con tener algún día.

La marca personal sí que cuenta. El ejemplo de Rosa María Palacios

Rosa María Palacios. Fuente: blog de RMP

A través de un tuit de José Luis Orihuela me llega un análisis de un semanario peruano sobre la marca personal de la abogada y periodista Rosa María Palacios, un ejemplo de libro de una articulista que ha sabido trabajar su relevancia hasta el punto de que su blog de política peruana es un medio de comunicación en sí mismo y ella misma cuenta con una legión de seguidores en las redes sociales (en twitter, más de dos millones).

El análisis, firmado por Marco Eyzaguirre, pone el acento en características que son universales en todo aquel periodista que es capaz de generar una fuerte marca personal.

 

Rosa María Palacios es constante (publica cada dos o tres días) y “vende una postura”, algo que, si no me equivoco mucho, implica un par de cosas: 1. que se moja en los temas de los que habla y 2. que es capaz de generar una gran conversación en torno a sus artículos, calificados como “inflamables”.

El resultado es que Rosa María Palacios ha creado en torno a su marca una comunidad de lectores que sigue lo que escribe y que le permite ser a día de hoy una de las periodistas y blogueras más influyentes de su país.

¿Vive de eso? Directamente del blog parece que no (no he visto publicidad en un primer vistazo a su portal), pero Eyzaguirre subraya que el fortalecimiento de su marca le permite colaborar en otros medios que sí le generan negocio, en su caso una columna en un diario y la dirección de un programa de radio en Lima.

Haciendo memoria, su caso me recuerda al de periodistas españoles como Ignacio Escolar, cuyo blog, escolar.net, fue su medio de referencia hasta que éste empezó a alojarse en las grandes marcas que dirigió y dirige (Público y eldiario.es).

En todos estos casos, los periodistas han sabido captar cuál es el valor añadido de su marca personal y lo han sabido explotar en un ecosistema que permite que un simple individuo sea capaz de competir en igualdad de oportunidades con un gran medio en busca de la atención de los lectores. Algo impensable hace no tantos años.

Naturalmente, la mayoría de los que intentan hacer lo mismo no logran la relevancia ni de Rosa María Palacios ni de Ignacio Escolar u otros casos similares. Pero bueno, no me digáis que no es un buen ejemplo de que la marca personal sí importa a la hora de buscarse la vida en este negocio del periodismo. Cuanto más nos conozcan, mejor. Estamos en el negocio de la relevancia. Y el que mejor lo comprende, es el que termina ganando.

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

El NO ejemplo del New York Times

Los últimos datos sobre la cuenta de resultados del periódico The New York Times ratifican que el camino emprendido tras levantar su primer muro de pago hace ahora cinco años es el correcto. La vieja dama neoyorquina tiene mas de millón y medio de suscriptores digitales y está trasladando su modelo de negocio del papel a la pantalla. La publicidad impresa ha bajado en los tres últimos meses un 18,5%, pero la digital ha subido un 21,4%, representando ya más de un tercio de los ingresos de la compañía. Y el New York Times empieza a ser menos un periódico impreso y más una compañía que tiene abonados en foma de suscriptores.

Si queréis más detalles, os paso por aquí un enlace a un artículo de Ismael Nafría en el que lo explica con detenimiento. Ahora me detendré en algo que no se me va de la cabeza: al New York Times le puede ir muy bien, pero el diario de la familia Sulzberger no puede ser un ejemplo para los demás. Es un referente, pero no puede ser EL REFERENTE.

No se trata de que me haya vuelto un obtuso enfermizo que reniegue del cambio digital o que me haya dado por el postureo de ir a la contra. Se trata simplemente de que veo improbable que el modelo de negocio de la gran cabecera norteamericana pueda ser ejemplo para los miles de periódicos de papel del orbe terráqueo del mismo modo que estoy convencido de que los equipos de Regional preferente de todas las ligas del planeta no pueden imitar las estrategias del Real Madrid, del Barcelona o del Manchester United.

Ni tienen la dimensión, ni tienen el volumen ni tienen la capacidad de arrastrar grandes audiencias y, por tanto, no pueden imitar una estrategia que no le corresponde.

The New York Times sólo hay uno. Es el líder, la gran referencia, la marca más aposentada y, en consecuencia, es la cabecera que tiene más posibilidades de éxito cuando se trata de pedirle a sus lectores más comprometidos que paguen por los contenidos que les ofrecen.

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Otros diarios también lo pueden hacer, pero no da la sensación de que el pago por contenidos pueda universalizarse. Más bien lo que se observa es que los periódicos tendrán que comportarse como esos armadores que cuando los bancos de pesca se vacían, deciden llevarse sus barcos a otros territorios en busca de esa pesca que les permitirá sobrevivir dignamente.

Esos bancos de pesca de la prensa podrán ser en algunos casos los muros de pago, pero serán los menos. Lo más lógico es que los ingresos vengan de una mezcla en la que se incluirán los contenidos patrocinados, la publicidad nativa, la organización de eventos o cualquier otra vía por la que las empresas de noticias puedan vender un servicio que no sea una publicidad como la que se estan comiendo Google y Facebook.

Es decir, que tendrán que buscarse la vida y asumir que, en el caso de los modelos de negocio de la prensa, lo que haga el líder no puede ser el ejemplo al que agarrarse…ni aunque se llame el New York Times.

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Ni Huesca se libra del día de la marmota del periodismo

Estoy ‘suscrito’ al congreso de periodismo digital que se celebra estos días en Huesca. Sólo he acudido en una ocasión, pero en los últimos años he estado muy atento a lo que allí se dice y he visto en internet muchísimas de las ponencias que se han ofrecido. Se ha ganado un prestigio. Y con razón. Se ha hecho imprescindible para quienes quieren saber lo que le pasa y lo que le puede suceder al periodismo.

Aun sí, y pese a los intentos de los organizadores, ni este mismo congreso se libra de la maldición de convertirse en el escenario perfecto para que los periodistas nos sigamos enredando en un bucle cansino del que no somos capaces de salir.

 

Una y otra vez, y así hasta el infinito, las conversaciones que se leen en las redes sociales cada vez que llega el congreso giran siempre en torno a si los medios tradicionales serán capaces de afrontar sus transformaciones digitales o a si nos estaremos equivocando afirmando que los periódicos de papel terminarán muriendo.

Se habla de mucho más, y se habla  bien, poniendo el acento en los que proponen antes que en los que se quejan. Pero las conversaciones entre periodistas siempre terminan girando en los asuntos recurrentes de los últimos quince años.

Y no es por nada, pero eso para que nos corran a gorrazos.

Que todavía sigamos con lo mismo después de tantos años desde la irrupción de internet es una buena prueba de la alergia congénita al cambio que sufre buena parte de la profesión.

Ya sabemos que hay muchas empresas periodísticas a las que les gustaría que internet cerrara por las tardes y que las redes sociales sólo sirvieran para charlar sobre el Candy Crush. Pero lo que se constata es que muchos periodistas piensan igual. Y no es sólo  por una cuestión de modelos de negocio y de hundimiento de los ingresos, que también.

En Huesca, se muestran uno tras otro ejemplos de transformación y de innovación (atentos, por ejemplo, a lo que cuenta aquí Emilio García Ruiz, editor de audiencias del The Washington Post).

 

Entonces, ¿por qué seguimos como robots insistiendo con lo mismo de siempre?

¿Alguien en esta sala nos lo puede explicar?