Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

La marca personal sí que cuenta. El ejemplo de Rosa María Palacios

Rosa María Palacios. Fuente: blog de RMP

A través de un tuit de José Luis Orihuela me llega un análisis de un semanario peruano sobre la marca personal de la abogada y periodista Rosa María Palacios, un ejemplo de libro de una articulista que ha sabido trabajar su relevancia hasta el punto de que su blog de política peruana es un medio de comunicación en sí mismo y ella misma cuenta con una legión de seguidores en las redes sociales (en twitter, más de dos millones).

El análisis, firmado por Marco Eyzaguirre, pone el acento en características que son universales en todo aquel periodista que es capaz de generar una fuerte marca personal.

 

Rosa María Palacios es constante (publica cada dos o tres días) y “vende una postura”, algo que, si no me equivoco mucho, implica un par de cosas: 1. que se moja en los temas de los que habla y 2. que es capaz de generar una gran conversación en torno a sus artículos, calificados como “inflamables”.

El resultado es que Rosa María Palacios ha creado en torno a su marca una comunidad de lectores que sigue lo que escribe y que le permite ser a día de hoy una de las periodistas y blogueras más influyentes de su país.

¿Vive de eso? Directamente del blog parece que no (no he visto publicidad en un primer vistazo a su portal), pero Eyzaguirre subraya que el fortalecimiento de su marca le permite colaborar en otros medios que sí le generan negocio, en su caso una columna en un diario y la dirección de un programa de radio en Lima.

Haciendo memoria, su caso me recuerda al de periodistas españoles como Ignacio Escolar, cuyo blog, escolar.net, fue su medio de referencia hasta que éste empezó a alojarse en las grandes marcas que dirigió y dirige (Público y eldiario.es).

En todos estos casos, los periodistas han sabido captar cuál es el valor añadido de su marca personal y lo han sabido explotar en un ecosistema que permite que un simple individuo sea capaz de competir en igualdad de oportunidades con un gran medio en busca de la atención de los lectores. Algo impensable hace no tantos años.

Naturalmente, la mayoría de los que intentan hacer lo mismo no logran la relevancia ni de Rosa María Palacios ni de Ignacio Escolar u otros casos similares. Pero bueno, no me digáis que no es un buen ejemplo de que la marca personal sí importa a la hora de buscarse la vida en este negocio del periodismo. Cuanto más nos conozcan, mejor. Estamos en el negocio de la relevancia. Y el que mejor lo comprende, es el que termina ganando.

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

¿Por qué le llaman ‘contenido’ cuando se trata de información?

María Popova. Foto de la bloguera publicada en El País.

Me encanta este vídeo de María Popova. Se trata de una chica búlgara que se fue a Estados Unidos a estudiar en la Universidad y que, como cuenta en el vídeo, trabajó hasta en cuatro sitios a la vez para costearse la carrera. Uno de esos empleos era una agencia creativa de Filadelfia en la que coincidió con otros siete trabajadores. Un día, decidió enviarles un correo cada viernes en el que incluía tres piezas de conocimiento. Un tiempo después, ese mail para siete amigos se ha convertido en un blog con siete millones de seguidores.

María no comparte información, distribuye conocimiento… y sabiduría. Suena pomposo, pero es exactamente eso. Ella ha entendido que en un mundo interconectado hasta la saturación, la única manera de aportar valor añadido es mediante la distribución de contenido de alta calidad, un contenido que rastrea con determinación, disciplina y criterio en la red hasta encontrar las piezas que desea compartir con su comunidad.

Se trataría, pues, de una ‘curadora’ de contenidos de gama alta, una chef de tres estrellas Michelin que cocina y digiere los mejores alimentos recogidos en la huerta de internet para que el menú informativo de sus seguidores se aleje del fast food de las historias de consumo rápido que colonizan casi todos los portales del planeta mediático.

Una precisión más que comparto: abomina del término “contenidos”. Rechaza una industria que considera que cualquier ‘contenido’ puede ser una pieza informativa y que todo debe ser sacrificado en el altar de la viralidad instantánea, ése en el que triunfan medios como Buzzfeed o Vice con piezas propias de adolescentes que no han pasado de los vídeos de El Rubius.

Hacer periodismo es un oficio. Y generar contenido es otro. Respetable, pero con muy pocos puntos en común con el periodismo entendido en su acepción más ajustada, es decir, con aquél que aporta información de relevancia para la comunidad a la que presta sus servicios.

Popova, en realidad, no hace más que regresar al origen y principios del periodismo, situando al trabajo riguroso, honesto (y también entretenido y ameno: el periodismo no tiene que ser aburrido, más bien al revés) en el centro de su estrategia, y aprovechándose de las nuevas herramientas que están al alcance de cualquier periodista, herramientas que nos permiten a todos dos cosas:

1. Hacer mejor periodismo, sin dedicar todos los esfuerzos a llorar por la crisis que sufrimos.

Y 2. Acercarlo a donde están los lectores, sin importarle si es a a través de un blog, una newsletters, un portal informativo o a través de los canales sociales (facebook, twitter…) donde los ciudadanos/lectores/seguidores pasan la mayor parte de su tiempo.

En resumen, periodismo, información y ansia por el conocimiento para hacerse hueco entre tanto ruido.