Qué puede hacer un periodista para luchar contra las fake news

El periodista y profesor de Comunicación en Loyola Andalucía David Varona ha ofrecido en la sede en Sevilla de Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA) un taller para periodistas muy práctico y solvente sobre fake news y verificación de las noticias titulado “Los medios después de Facebook. El periodismo en tiempos de fake news”.

Varona profundiza tanto en el análisis y diagnóstico del problema de las noticias falsas como en las respuestas que pueden darse contra ellas desde los medios de comunicación.

Os paso algunas de las ideas expuestas.

  1. Los bulos funcionan a una velocidad infinitamente mayor que los desmentidos que los desmontan. Y sus fabricantes son más rápidos que quienes luchan contra ellos. Toca asumirlo.

  2. Es aún más difícil luchar contra las fake news ahora que la conversación de los asuntos públicos se desplaza desde entornos públicos con una cierta vocación de transparencia a circuitos cerrados sin controles de verificación (ejemplo: los grupos de amigos y familias en whatsapp o los grupos cerrados de los partidos políticos en Facebook).

  3. Las redes sociales (en especial Facebook) tienen una cuota de responsabilidad en la distribución masiva de falsedades, pero no más que eso: una parte. Los responsables últimos son quienes escriben y hacen circular esos bulos a través de estas plataformas y, en muchos casos, se lucran con el tráfico de infamias.

  4. Si hablamos de dinero, no nos centremos tampoco en Facebook como si fuera la reencarnación del Satán más mentiroso. No es el único. Si nos fijamos en el rastro del dinero, veremos que la cadena viral de la fabricación industrial de las mentiras empieza en las empresas que las fabrican, sigue en Facebook, que es donde se viralizan y se comienza a ganar dinero (a a través de los anuncios de FB) y acaba en Google, que también recibe su porcentaje del negocio por los clicks que proporcionan estas noticias falsas.

  1. Los fabricantes de fake news siempre van por delante de quienes luchan contra ellas. Y esto no es nada si lo comparamos a lo que puede pasar cuando se popularicen las deep news, noticias falsas que usan audios e imágenes manipulados casi imposibles de detectar.

  2. La lucha contra las noticias falsas es también una oportunidad de negocio para quienes quieran emprender en la industria del periodismo. En España, los dos ejemplos más claros son Maldito Bulo y Newtral. Y David Varona hace también referencia a ejemplos como los de Full Fact (Gran Bretaña) o Basta Bufale (Italia).Y también hay herramientas de verificación al alcance de todos, como First Draft, Tin eye o Poletika.

Y, por cierto, Facebook también está logrando avances.

  1. Y, por último, unos consejos que David Varona ofrece a los periodistas y medios y que éstos deberían de recordar en su día a día.

/ Si quieres detectar una noticia falsa, atento siempre a la fuente de la noticia. ¿Quién la da? ¿Es un medio o una fuente fiable? ¿Confiamos en ella?

/ Cuidado con los pantallazos. Es muy fácil imitar el diseño de una web de un medio creíble.

/ Atento al astroturfing: hay fabricantes que se inventan personas falsas en las redes sociales para distribuir su mercancía tóxica (sí, ya lo sé, todo esto parece una distopía, pero es así).

/ Fijaros en las URL. Los creadores de fake news usan direcciones muy similares a las de los medios que tienen credibilidad.

/ No difundáis sin contrastar. Sí, es una obviedad, pero vivimos en una época en la que a muchos, también a los periodistas, hay que recordarles algo tan obvio.

/ No os quedéis sólo con el titular. No os sorprenderá si os digo que mucha gente sólo lee titulares. El resto, como si no existiera. Lo sabemos desde siempre.

/ Verificad fechas, comprobad las imágenes y los vídeos.

/ Y, sobre todo, trabajad con conciencia crítica. Si nosotros los periodistas no lo hacemos, qué ejemplo le daremos al resto de los ciudadanos.

Sobre el ’lado oscuro’ de la comunicación y las relaciones públicas

El periodista y consultor Miguel Ángel Robles ha escrito un ensayo sobre el oficio de la comunicación que he tenido la suerte de prologar. Se titula ‘El lado oscuro. Diez falacias sobre las relaciones públicas‘ y ha sido editado por Fragua. El ensayo es una reivindicación honesta y muy bien escrita sobre la comunicación en el ámbito de las empresas y las instituciones y es también un alegato contra ciertos deslumbramientos que vivimos en la era digital y una defensa de lo racional frente a las emociones primarias que pueblan el discurso público en nuestras sociedades. Si os interesa esta pasión que es la comunicación, os recomiendo de verdad que busquéis el libro (en Amazon, por ejemplo) y que lo leáis. Os va a valer la pena,

Os paso por aquí el prólogo que escribí para el ensayo:

Una advertencia previa que tal vez disguste a los editores de este libro: el texto que tienen ustedes entre sus manos no es para todos los públicos. Absténganse, por tanto, de su lectura todos aquellos que piensen que la gente que ya no lee, que a la gente hay que darle la información bien masticadita y que lo importa no es informar a la gente, sino epatarla.

Y si no quieren abstenerse, cosa que le agradecerá también el autor, al menos, háganse un favor y hágannoslo a todos los demás: despójense durante unas cuantas horas del pack de visiones estereotipadas y políticamente correctas con el que se despachan a diario en sus quehaceres personales y profesionales y acepten el reto de leer un ensayo que les obligará a pensar y a repensar, que no pretende engancharles sino animarles a una discusión despojada de prejuicios sobre el papel de la comunicación corporativa en esta era de la democracia emocionalque nos ha tocado vivir.

Este libro, ya les anticipo, ni es cool ni lo pretende. No es un libro tribunero de un tipo que le da al público lo que quiere. Se lee excepcionalmente bien porque Miguel Ángel Robles tiene el veneno de la escritura en el cuerpo y cada párrafo contiene sangre y contiene alma. Pero el autor no aspira a ser el Paulo Coelho de la comunicación corporativa. En todo caso, aspira a lo contrario: a desmontar a quienes nos venden la peor de las alquimias para disfrazar la realidad con sus juegos verbales y visuales. Y aquí, se lo puedo asegurar, lo consigue con la solvencia de quien sabe de lo que escribe.  

El lado oscuro es un libro honesto de alguien que, sospecho, sufre de una alergia irremediable cada vez que se topa con un predicador de emociones vacías dispuesto a explicarle al orbe terráqueo cómo es la nueva comunicación y porqué él es su mesías. Es, así, una denuncia de determinados fenómenos que nos deslumbran y a los que damos pábulo sin que sepamos las razones de por qué lo hacemos. Y también es una reivindicación, a veces hasta dolorida, de determinados valores de la comunicación clásica que se están perdiendo entre tanta histeria y tanta historia.   

Robles estructura su ensayo como un decálogo en el que desmonta, una a una, las diez falacias que contaminan la imagen de marca de la comunicación, entre ellas, y voy a citar sólo algunas, el famoso mito del lado oscuro, las teorías conspiranoicas sobre las relaciones públicas y los poderosos, la prostitución de la compra de los espacios informativos, la exaltación de lo emocional, el nirvana del storytelling  o, por ejemplo, el deslumbramiento acrítico ante todo lo que huela a digital.

En todas estas falacias puede que haya hasta un cierto poso de verdad (un poquito de autocrítica, ¿vale?), pero cuando se rasca en ellas, se observa con claridad que todas ellas son también hijas de la pereza mental y de nuestra afición a calificar a los demás en función de nuestros prejuicios ideológicos y sociales.

Robles nos propone, así, un paseo por un parque temático repleto de supuestas verdades que no lo son, por falacias que en ocasiones adquieren la categoría de infamias. Pero su texto es mucho más que el desmontaje de unas mentiras prefabricadas que apenas se sostienen después de una discusión.

Si miramos más allá, es, también, un alegato apasionado en favor de los principios y valores de la ilustración y en contra del adocenamiento intelectual; una defensa del pensamiento crítico y racional y un ataque a quienes sólo ven la realidad que nos rodea desde el trazo grueso de las simplificaciones más demagógicas.

Miguel Ángel Robles toma partido a sabiendas de que no se ganará con ello el favor de las mayorías. Pero se intuye entre líneas que necesitaba dejar negro sobre blanco su denuncia de los efectos más perversos de una comunicación líquida y acrítica queprima las emociones sobre la reflexión, invitando a sentir antes que a pensar; una comunicación que subvierte los valores clásicos de la profesión, despojándola de su armazón ético hasta convertirla en una carcasa vacía que sólo ofrece sensaciones. 

Y al hacerlo, me recuerda mucho a las batallas de sus primos hermanos, los periodistas, cuando defienden que lo importante del periodismo, en estos tiempos de transformación y de deslumbramiento digital, sigue siendo el respeto a unas reglas del juego basadas en la honestidad y la búsqueda de la veracidad. 

En comunicación corporativa, ya sea desde una institución pública, desde organizaciones sociales o desde empresas de cualquier tamaño, los criterios son exactamente iguales que en el periodismo. Y los valores, también. Y lo digo desde la experiencia de haber estado en ambos lados: como periodista y como comunicador, relaciones públicas o como demonios queráis denominar a quienes nos hemos dedicado en algún momento de nuestras vidas a esto de comunicación corporativa. 

Hace tiempo que la comunicación se ha convertido en un hipermercado donde cientos de clientes intentan situar sus productos en las estanterías atestadas de los medios de comunicación y de las redes sociales. Pero para colocar estas ofertas, las reglas son las mismas de siempre: ten un buen producto, véndelo con honestidad y sin engaños y procura que sea atractivo, pero sin deslizarse por pendientes emocionales. En nuestro negocio, por mucho que los cínicos inviten a pensar lo contrario, la credibilidad y la confianza siguen cotizando al alza. Y lo vendemos, unos y otros, no es otra cosa que reputación, que una buena reputación.  

Este oficio puede que esté lleno de vendehumos y vendepatrias, pero este no es su hábitat, sino el de quienes respetan esas reglas porque saben que es la única de serles fieles a sus clientes, a la sociedad en la que prestan sus servicios y, por qué no decirlo, a ellos mismos. 

Y si no estáis de acuerdo, sólo puedo emplazaros a discutirlo cuando queráis, pero con una condición: que antes leáis este vigoroso ensayo de Miguel Ángel Robles y reflexionéis sobre lo que sostiene y porqué lo sostiene. Y, quién sabe, igual, a lo mejor, después de leerlo, hasta igual cambiáis de opinión.    

No dejéis que la realidad os estropee un buen bulo (algunas propuestas contra las fake news)

Resumo algunas mentiras recogidas un día cualquiera en la cuenta de Twitter de Maldito Bulo, una empresa informativa que, por cierto, ha descubierto que luchar contra las noticias falsas es también un (modelo de) negocio:

  1. No, el teniente legionario y golpista Castejón no es el abuelo de Pedro Sánchez…Pérez-Castejon.

  2. No, Albert Rivera no se opone a que haya controles de droga en el Parlamento.

  3. No, Pablo Casado no ha tuiteado ni luego borrado que en Andalucía todavía quedan muchos enemigos de España y que los populistas se niegan a trabajar.

  4. No, Podemos no propone que todos los inmigrantes cobren 1.200 euros al mes, incluidos los ilegales.

  5. Recopilación de bulos sobre RTVE, entre ellos que Pablo Iglesias dirige los informativos y que la misa del domingo será eliminada.

  6. El revival del bulo de la prohibición del consumo de carne de cerdo y de jamón en los centros educativos.

Insoportable, ¿no? Pues así estamos todos los días a todas horas.

Siempre ha habido propaganda, intoxicación y desinformación. Pero ahora la oferta de noticias falsas tiende al infinito. Las fake news suelen ser burdas y hasta groseras, muy fáciles de identificar, pero, sin embargo, cuentan con la aceptación generalizada de una parte nada desdeñable de ciudadanos dispuestos a creer aquello que reafirma sus convicciones. Y cuando los bulos están más elaborados o son más sofisticados, entonces nos cuesta a todos distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es. Las deep fakes asoman. Y no es fácil identificarlas con precisión, sobre todo si, como digo, lo que afirman entra en nuestras coordenadas ideológicas y morales.

Trump en los Estados Unidos y su utilización compulsiva y manipuladora de Twitter; Bolsonaro y sus cadenas de whatsapp en Brasil o la misma campaña de los partidarios del Brexit en el Reino Unido son los ejemplos recurrentes que se ponen siempre para avisar de lo que se nos viene a todos encima. Pero hay muchísimos más. En todas partes y por todos los canales. El virus se ha expandido.

La ventanilla tóxica del whatsapp

En una ponencia del congreso digital de periodismo que se celebró la pasada semana en Huesca se afirmaba que prácticamente un tercio de la información que se movía en España se distribuía a través de whatsapp (sobre un 36%). Eso es más de un tercio de la industria de las noticias. Un tercio de la información circulando por un canal donde no hay intermediarios y donde no hay filtro de verificación alguno. Un canal por donde circulan compulsivamente cadenas de infamias y de manipulaciones que llegan directamente a los ciudadanos sin que nadie sepa hasta ahora cómo detener esta hemorragia de desinformación.

Pongo un par de ejemplos más de estas últimas semanas.

De un lado, recuerdo la reunión de altos directivos de Facebook con dirigentes de los principales partidos políticos españoles en las que se supone (si no es mucho suponer) que la red de Palo Alto les habrá garantizado que harán todo lo posible para que Facebook y Whatsapp (y en menor medida Instagram) no sigan siendo el mayor contenedor de mentiras de la historia de la humanidad.

Del otro, la decisión de la BBC de no darle cancha alguna en sus debates a los conocidos como los negacionistas, personas carentes de toda formación científica pero dispuestos a refutar todas las evidencias empíricas que sean necesarias para convencer de las bondades de sus teorías conspiratorias…y, literalmente, de sus bulos.

Hace poco más de un año escribí un artículo donde afirmaba que la mejor manera de combatir las noticias falsas era con el buen periodismo. Sí, me quedé corto. Los periodistas y los medios tienen que luchar contra esta plaga haciendo buen periodismo y ofreciendo productos de calidad. Obvio, ésta es su función, pero es evidente que con esto no basta. Hay que hacer más, muchísimo más. Y no sólo los medios, sino también los dueños de las plataformas y canales de distribución y, por supuesto, las Administraciones públicas.

Cada uno tiene su responsabilidad y debe ejecutarla.

  1. Los medios, haciendo el mejor periodismo posible, alejándose de la peor viralidad y trabajando en proyectos rigurosos en los que se pueda confiar. Pero, y lo pongo aquí como propuesta, abriendo también secciones fijas donde se combata a diario la profusión de noticias falsas.

  2. Las plataformas y canales como Facebook, Twitter y Whatsapp, asumiendo de verdad que están contribuyendo a la mayor expansión de morralla mediática de la historia y que no pueden eludir su responsabilidad y, por tanto, invirtiendo muchísimo más en verificadores y controladores de los contenidos que circulan en sus soportes.

  3. Las Administraciones, exigiendo y apoyando a medios y plataformas para que tomen medidas contra la desinformación y trabajando en proyectos de alfabetización mediática (¿tal vez desde las escuelas? ¿no se necesita una educación mediática igual que una educación vial?) y de concienciación de la ciudadanía (qué menos que usar las televisiones públicas para este cometido con programas específicos: yo propondría secciones fijas en los telediarios).

  4. Y, por último, los mismos ciudadanos, reconociendo que no pueden seguir compartiendo bulos en sus grupos de whatsapp y en sus muros de Facebook como si no hubiera un mañana.

  • He escrito este artículo tomando como base las ideas que he preparado para mi intervención en una mesa redonda sobre fake news celebrada en la Universidad Loyola de Andalucia. Desde aquí, mi agradecimiento a la institución, al moderador de la mesa, David Varona, a mi compañero de mesa Javier Blanco y, por supuesto, gracias por la invitación a Manolo Prieto, delegado de Atresmedia. !Enhorabuena por el acto!

Si le pedimos transparencia a los políticos, por qué no a los periodistas

A través de José Luis Rojas llegó a un artículo de The Nieman Lab en el que da cuenta de una nueva iniciativa de medios como el USA Today consistente en la introducción de despieces en las crónicas informativas en las que se explica cómo se han elaborado esos artículos. El objetivo: mejorar el grado de confianza de los lectores hacia sus marcas informativas, abriéndose en canal y aportando transparencia al proceso de producción de las noticias.

Esta iniciativa no es la única en tal sentido en los últimos meses (recordad, por ejemplo, la propuesta The trust proyect). Y seguramente vengan algunas más en este sentido.

El cordón umbilical entre los medios de comunicación tradicionales y sus usuarios se ha erosionado. La desconfianza hacia las empresas periodísticas ha crecido con la crisis económica y política que ha asolado a las sociedades occidentales desde 2008 y, con posterioridad, no se ha mitigado a la misma vez que se restablecía la economía.

Crisis de credibilidad

El “todos los políticos mienten” que se ha instalado en la opinión pública como consecuencia de la fiebre populista ha tenido su versión mediática en el “todos los periódicos engañan“, una afirmación injusta por generalizada que ha hecho mucho daño a unos medios que, a la misma vez que sufrían esta crisis de credibilidad, tenían que abordar sus procesos de transformación por el impacto de internet en sus modelos de negocio. Una tormenta perfecta.

Y ahora que se ha hecho moneda común en el sector la idea de que hay que recuperar esa confianza como base imprescindible para la creación de las comunidades que permitirán crear negocios sostenibles en torno a las marcas periodísticas, los medios apuestan por la transparencia más cruda para reforzar esa confianza.

A mi juicio, no hay mejor manera de recuperar esa confianza que trabajando con rigurosidad y con honestidad en productos sólidos de los que termines fiándote a largo plazo, es decir, que trabajen en el día a día para ganarse la mejor reputación. Pero, en cualquier caso, bienvenidas siempre iniciativas como éstas, Siempre les pedimos a los políticos que cuanta más transparencia, mejor, ¿Y por qué no también los periodistas y los medios de comunicación?

Periodistas: menos soflamas y más análisis

No es una deriva nueva, pero en los últimos tiempos asistimos en España a una vuelta de tuerca nada casual en un debate público cada día más crispado, cada día más asfixiante. El trazo grueso se ha apoderado de la discusión general por razones ligadas a la competición política tanto a derecha como a izquierda y ya ni nos inmutamos cuando, por poner un ejemplo reciente, unos acusan de traidores a España a los otros ni cuando esos otros ponen en funcionamiento la máquina que descubre fascistas hasta detrás de los armarios. Qué asfixiante.

Las descalificaciones más gruesas invaden los argumentarios de las formaciones políticas y abonan el terreno para la deshumanización del adversario. Y, como consecuencia inevitable, la opinión pública se polariza y radicaliza, la conversación social elimina cualquier atisbo de templanza y los matices desaparecen. No hay sitio para los moderados, tibios incapaces de tomar partido.

Los medios de comunicación no viven ajenos a estas malas prácticas e incluso algunos participan de este aquelarre insultante por intereses que tienen más que ver con sus modelos de negocio que con sus líneas editoriales. Y en el caso de algunos periodistas, usan sus medios y las redes sociales para amplificar mensajes que en demasiadas ocasiones tienen más que ver con el ejercicio del activismo que con el del periodismo.

En esta conversión de la sociedad de la información a sociedad del espectáculo informativo, las noticias políticas ya son una parte más del género del entretenimiento y constituyen un terreno cada vez más propicio para estas prácticas tan cuestionables.

Pero no nos pongamos apocalípticos. Como decía al principio, este fenómeno no es nuevo, como tampoco lo es la endogamia político-periodística ni la deriva hacia un debate público en el que priman las emociones primarias y los sentimientos por encima del pensamiento racional.

Y la respuesta es siempre la misma: la mejor manera de luchar contra estos malos hábitos desde los medios de comunicación es una dieta del periodismo que también es el de siempre, de un periodismo que puede y debe ser tan riguroso como ameno, de un periodismo que no se limite a transcribir declaraciones o repetir consignas simplonas sino a exponer datos contrastándolos e interpretándolos y de un periodismo que, en definitiva, abandone la pereza y vuelva a cuestionarse y a poner en duda todos los mensajes que le lleguen.

Ese periodismo existe y se practica más de lo que algunos piensan (me niego a abonar ese mantra de que todos los periodistas mienten y falacias similares: eso lo dicen los que jamás leen un periódico). Y sospecho que irá creciendo porque cubre una necesidad imperiosa: la de los ciudadanos necesitados de información crítica y veraz, una información que supere los prejuicios y los marcos mentales prefabricados y que se ponga al servicio de la sociedad.

Aquí podría poner ejemplos de periodistas que están diseñando nuevos productos que responden a esta necesidad (se me ocurren sobre la marcha los ejemplos excelentes de Newtral o de Maldito bulo, que merecen el reconocimiento de la profesión), pero como esto no va solo de hacer buen periodismo, sino de contribuir a mejorar el debate público y fomentar y alentar el espíritu crítico que nos hace mejores como sociedad, quiero sobre todo detenerme en casos como el de Agenda Pública o el de Piedras de papel, portales y blogs de análisis políticos y económicos cuyos autores aparecen en las páginas de los principales diarios y cabeceras del país.

En la mayoría de los casos, los firmantes de los artículos de estos portales son sociólogos, politólogos, economistas y profesionales en su mayor parte del ámbito académico que trasladan sus análisis a estos nuevos medios-nicho, aportando calidad y conocimiento a un debate público que necesita menos soflamas incendiarias y más opiniones formadas.

El quehacer de estos portales es un buen ejemplo de lo que se necesita para comprender la realidad política, social y económica de este país, pero constituye también una prueba de que aquí tenemos también un buen modelo de negocio para los medios. Como ya he dicho en otra ocasión, el derrame incesante de bilis, propaganda tóxica, juicios sumarísimos, linchamientos varios, infamias y bulos virales ofrece a las empresas periodísticas la oportunidad de convertirse en marcas-refugio en donde buscar la información y el análisis que huye del tremendismo imperante.

Se trata de hacer de contrapeso a la viralidad de los mensajes crispados desmontando falsedades. Y de encontrar ahí un nuevo motivo para seguir siendo útiles desde el periodismo a los ciudadanos, que al fin y al cabo, es lo que se les pide a quienes quieran dedicarse al periodismo.

Os pongo por aquí un buen ejemplo:

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

¿Por qué no dejamos de rasgarnos las vestiduras con la publicidad de los periódicos?

Un anuncio publicitario de un teléfono móvil a página completa en las portadas de los diarios El País y El Mundo ha suscitado el tradicional rasgado de vestiduras en el gremio en el que se han mezclado lamentos por la supuesta degradación editorial de estos dos periódicos con ataques directos a lo que, también supuestamente, es un ejemplo palpable de cómo la prensa se ha rendido al capital y es esclava servil de intereses ajenos a los sagrados principios del periodismo.

Me parece que estamos exagerando un poco. El derrumbe del modelo tradicional de la prensa ha metido a las grandes cabeceras del periodismo en una crisis que los ha debilitado y precarizado hasta convertirlos en presas más o menos fáciles para los depredadores que siguen interesados en influir en la opinión pública a través de estos medios de comunicación. Pero de ahí a ver conspiraciones y demostraciones de servilismo por todos los rincones va todo un mundo que no hay porqué admitir. Entre otras razones, porque las acusaciones en este caso tienen poco o ningún fundamento.

Mirad, puedo entender que no os guste ver un anuncio publicitario a página completa en un periódico, pero es que resulta que los periódicos siguen viviendo todavía la publicidad. Yo he sido director de un periódico, El Correo de Andalucía, y os puedo asegurar que ojalá hubiese tenido el dilema de tener que aprobar la inserción de un anuncio en toda la portada. Bueno, os lo digo ya, hubiese dicho que sí al anuncio y al dinero que llegase con él salvo que atentase contra principios y valores irrenunciables, que no es precisamente el caso de un teléfono móvil.

De verdad, podemos ponernos todo lo estupendos que queramos, pero no nos confundamos: el problema de los periódicos no es que tengan que poner publicidad en sus portadas; el problema es el contrario, el problema es que apenas tienen publicidad y, encima, sus ventas van bajando y bajando.

Pongo este ejemplo mismo de hoy. Estoy convencido, y si me equivoco me corregís, que la mayoría de los que os estáis llevando las manos a la cabeza por este presunto sacrilegio no os habéis escandalizado cuando habéis ido al quiosco y habéis comprado un ejemplar de alguno de estos periódicos. No, lo más seguro es que os haya entrado el soponcio cuando hayáis visto la imagen al abrir vuestra cuenta de Facebook o cuando estábais echándole un vistazo a las últimas noticias en Twitter. Lo de comprar periódicos para permitir que sigan subsistiendo mejor lo dejamos para otro día.

No quiero reconvenir a nadie, pero sí poner un poco de contexto para acotar este caudal de indignación y honores mancillados. Si yo estuviera otra vez en un periódico, me gustaría que mi medio hiciera todo lo posible por hacer sostenible el negocio y lo último que haría sería ponerme exquisito porque a alguien se le ocurre poner un anuncio a página completa en la portada.

A mí me puede no gustar esta acción publicitaria, pero también me aburren, me cansan y me irritan las cascadas de anuncios que aparecen de repente en mi móvil cuando abro determinadas páginas de las ediciones digitales de los medios o cuando abro mis cuentas en las redes sociales, pero no por eso me comporto como si fuera un caballero medieval al que han mancillado su honor y tampoco por eso afirmo alegremente que los periódicos se han vendido a los malvados que utilizan a los periódicos como brazos armados para engañar y corromper a los ciudadanos.

Por alguna razón que se me escapa, de un tiempo a esta parte, la profesión también se nos está llenando de salvadores del periodismo que se dedican a dar lecciones de ética y decencia a cientos de profesionales que suficiente tienen con intentar hacer bien su trabajo en medio de tantas dificultades. Vamos a respetar a los compañeros, que tampoco es tan difícil.

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

Razones para publicar la foto del asesinato del embajador turco

Foto: Burhan Ozbilici. Fuente. La Vanguardia.

Leo con sorpresa en Clases de periodismo que se ha abierto un debate sobre la conveniencia ética de publicar la foto del asesino del embajador ruso en Turquía en los medios. Un ejemplo: el editor asociado del New York Times ha tenido que justificar la decisión de incluir la imagen en la portada de su edición impresa alegando que se trataba de una foto que aportaba valor, era noticiosa y no pecaba ni de sensacional ni de gratuita.

Perdonadme, pero creo que estamos siendo políticamente correctos por encima de nuestras posibilidades y que nos estamos pasando de estupendos. De modo que un fotógrafo de prensa se juega la vida (seguramente de forma irresponsable) para sacar unas fotos con un valor noticioso impactante y nosotros empezamos a ponernos quisquillosos sobre la presunta inconveniencia de publicar la imagen por consideraciones éticas que, a mi juicio, están de más en este caso.

Desde este blog he denunciado en unas cuantas ocasiones los efectos tóxicos de la espectacularización de las noticias y la caza desaforada de los clicks, pero convendría que no perdiéramos la perspectiva.

Una cosa es poner el periodismo al servicio del entretenimiento, primando las emociones frente a los hechos y dandole el mismo valor a las verdades que a las medias verdades y las mentiras. Y otra cosa es recordar que el periodismo publica cosas que en la mayoría de las ocasiones no son gratas, pero que no por ello hay que dejar de contarlas o de mostrarlas.

Todos conocemos casos en los que nos podríamos haber ahorrado ese regodeo en la desgracia ajena o en la crueldad de la vida, pero algo más que el olfato nos estaría fallando si tuviéramos unas fotos como las que sacó Burhan Ozbilizi y decidiéramos no publicarlas por un sentido de la ética que creo honestamente que no se ajusta a la realidad del periodismo.

Pongo más ejemplos: ¿Os imagináis que hubiéremos decidido colectivamente que nadie sacase fotos tan desgarradoras como la del niño Aylan o como las de los bombardeos de la ciudad siria de Aleppo? ¿En base a qué argumento hurtaríamos a los ciudadanos su derecho a saber lo que de verdad está pasando?

No soy partidario de dar carta blanca al horror, pues en ese caso sí que caería en la tentación amarillista de convertir el dolor en pura mercancía. Pero no confundamos. Las imágenes del embajador ruso son durísimas, y muchos las publicarán en sus webs y en sus periódicos para ganar visitas, pero nos pongamos como nos pongamos, son un ejemplo de periodismo. Y del bueno. 

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.