¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.