Facebook no quiere ser ‘fakebook’ (pero se hace un Poncio Pilatos)

Leo en el Confidencial que altos cargos de Facebook se han reunido en Madrid con representantes de los cinco principales partidos nacionales en citas que han servido para mostrar la preocupación de unos y otros por la proliferación de noticias falsas y su posible incidencia en el ciclo de elecciones que se avecinan en las cuatro semanas que van del 28 de abril al 26 de mayo.

La familia de canales de Facebook domina también la conversación social en España, pues controla las tres grandes autopistas, con permiso de Twitter, por donde circula la información, tanto la rigurosa como la une simplemente es falsa y responde a intereses tóxicos: Whatsapp, Instagram y el mismo FB. Y en esa condición, es capaz de ser determinante a la hora de poner y quitar presidentes…también en España.

Facebook sigue ganando más y más y creciendo más y más, pero también tiene un problema cada vez mayor: no sólo no ha demostrado capacidad para tapar los agujeros por dónde se les cuela morralla falsa en cantidades industriales, sino que tampoco ha logrado convencer a muchos de que de verdad está dispuesto a ponerle coto a los desmanes.

Algo en lo que no ayuda la percepción de que: 1. Zuckerberg cree estar por encima de cuestiones como populistas y extremistas de todo pelaje usen su red para verter inmundicias que alcanzan ecos casi infinitos. Y 2. de que se está haciendo un Poncio Pilatos, lavándose las manos como si todo esto no fuera, en parte, culpa de su tibieza a la hora de atacarlas.

Es evidente que a Facebook no le interesa convertirse en Fakebook, pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si está haciendo lo suficiente para combatirlo. Y la respuesta, al menos de momento, no parece que sea afirmativa.

P.D. Os paso por aquí la opinión de Enrique Dans:

¿Pueden Google, Facebook y Whatsapp quitar y poner presidentes en unas elecciones

Los medios de comunicación ya no son la plaza pública donde se conversa sobre los asuntos que nos conciernen a todos. Esa plaza está ahora en Facebook, en Twitter, en Instagram, en Google y en el whatsapp. Y eso tiene sus ventajas, pero también presenta aspectos muy peligrosos. Y no solo para sus usuarios. La nueva plaza tiene esquinas muy poco recomendables. Y estamos empezando a darnos cuenta ahora.

El cambio afecta a la naturaleza democrática de las sociedades desde el mismo momento en que este universo orwelliano de redes sociales, canales de mensajería y motores de búsqueda no está poniendo el celo necesario a la hora de luchar contra las toneladas de informaciones falsas y tendenciosas que se vierten en estas plataformas sin apenas control.

La Unión Europea es consciente y formula ya amenazas más o menos veladas a Facebook, Google y Twitter que ya veremos en qué acaban.

Venimos de un año en el que, por ejemplo, Zuckerberg ha tenido que declarar en el Congreso de los Estados Unidos y ante el Parlamento Europeo por el escándalo de Cambridge Analítica. Pero, como ya hemos dicho por aquí, pese a todo, Facebook sigue creciendo y ganando más y más dinero. Los usuarios no castigan a la red social por su comportamiento poco ético. Y al resto, tampoco.

Y entretanto, un número cada vez mayor de ciudadanos termina informado sólo a través de lo que le llega a través de sus grupos de whatsapp. Sin filtro alguno, pero con la prescripción más directa.

En este mismo blog he señalado en otras ocasiones que este nuevo escenario de vertidos tóxicos continuos beneficia a las marcas periodísticas, que se convierten en un valor refugio frente a tanta inmundicia virtual. Los ciudadanos buscan referencias de las que fiarse. Y ahí hay oportunidad para los medios de comunicación tradicionales.

Pero seríamos ilusos si pensásemos que esto es simplemente un asunto en el que se dirime qué hacer ante la proliferación de noticias falsas y cómo afecta al ecosistema tradicional político y mediático, si hay que imponer tal o cual multa a una red social o si deberíamos de exigirles más a los nuevos amos de la red.

El tránsito a la democracia emocional

Esto afecta ya a uno de los elementos más esenciales de nuestras sociedades democráticas, las elecciones, y condiciona por completo un debate público que cada día que pasa es menos racional y más emocional.

¿Cómo garantizamos que Google, Facebook o cualquier otra plataforma o buscador no sea utilizado para campañas masivas de distribución de bulos y de infamias? ¿Qué hacemos para que nuestros grupos de whatsapp no se llenen de montajes ofensivos tan fraudulentos como efectivos? ¿Puede el uso estratégico de una red social hacer que un candidato gane o pierda unas elecciones?

Esto ya lo hemos vivido y ha influido, por poner tres ejemplos ya conocidos, en las victorias de Trump en Estados Unidos, de Bolsonaro en Brasil o de los partidarios del Brexit en Gran Bretaña. Lo que circula por estos canales pone y quita presidentes. Por eso, de cómo respondan ahora nuestras instituciones puede depender la salud futura de nuestras democracias. Palabras mayores.