Periódicos de papel:¿llegó el momento de verdad de ceder el paso a internet?

Los periódicos de papel suponen un anacronismo en un mundo digital en el que los propios medios empiezan a rentabilizar sus ediciones de internet.
— Leer en www.nobbot.com/general/periodicos-de-papel/

Zuckerberg, aclárate

He escrito en el portal de tecnología Nobbot, de Orange, sobre la relación errática y contradictoria que está teniendo en los últimos años Facebook con los medios de comunicación. Aunque no le guste a Zuckerberg, Facebook es ya el mayor editor y distribuidor de noticias de la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, tiene una responsabilidad sobre aquello que se publica en su plataforma. La proliferación de noticias falsas en sus muros, la ‘apropiación’ del negocio publicitario que antes monopolizaban los medios y su escaso cuidado hacia estos últimos le puede pasar factura. Zuckerberg tiene que saber cuál quiere que sea su relación con los medios. Y los medios tienen que preguntarse qué relación y qué grado de dependencia quieren de un gigante que amenaza con difuminar sus marcas.

Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos, y de Kloshletter en España.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Qué puede hacer un periodista para luchar contra las fake news

El periodista y profesor de Comunicación en Loyola Andalucía David Varona ha ofrecido en la sede en Sevilla de Corporación Tecnológica de Andalucía (CTA) un taller para periodistas muy práctico y solvente sobre fake news y verificación de las noticias titulado “Los medios después de Facebook. El periodismo en tiempos de fake news”.

Varona profundiza tanto en el análisis y diagnóstico del problema de las noticias falsas como en las respuestas que pueden darse contra ellas desde los medios de comunicación.

Os paso algunas de las ideas expuestas.

  1. Los bulos funcionan a una velocidad infinitamente mayor que los desmentidos que los desmontan. Y sus fabricantes son más rápidos que quienes luchan contra ellos. Toca asumirlo.

  2. Es aún más difícil luchar contra las fake news ahora que la conversación de los asuntos públicos se desplaza desde entornos públicos con una cierta vocación de transparencia a circuitos cerrados sin controles de verificación (ejemplo: los grupos de amigos y familias en whatsapp o los grupos cerrados de los partidos políticos en Facebook).

  3. Las redes sociales (en especial Facebook) tienen una cuota de responsabilidad en la distribución masiva de falsedades, pero no más que eso: una parte. Los responsables últimos son quienes escriben y hacen circular esos bulos a través de estas plataformas y, en muchos casos, se lucran con el tráfico de infamias.

  4. Si hablamos de dinero, no nos centremos tampoco en Facebook como si fuera la reencarnación del Satán más mentiroso. No es el único. Si nos fijamos en el rastro del dinero, veremos que la cadena viral de la fabricación industrial de las mentiras empieza en las empresas que las fabrican, sigue en Facebook, que es donde se viralizan y se comienza a ganar dinero (a a través de los anuncios de FB) y acaba en Google, que también recibe su porcentaje del negocio por los clicks que proporcionan estas noticias falsas.

  1. Los fabricantes de fake news siempre van por delante de quienes luchan contra ellas. Y esto no es nada si lo comparamos a lo que puede pasar cuando se popularicen las deep news, noticias falsas que usan audios e imágenes manipulados casi imposibles de detectar.

  2. La lucha contra las noticias falsas es también una oportunidad de negocio para quienes quieran emprender en la industria del periodismo. En España, los dos ejemplos más claros son Maldito Bulo y Newtral. Y David Varona hace también referencia a ejemplos como los de Full Fact (Gran Bretaña) o Basta Bufale (Italia).Y también hay herramientas de verificación al alcance de todos, como First Draft, Tin eye o Poletika.

Y, por cierto, Facebook también está logrando avances.

  1. Y, por último, unos consejos que David Varona ofrece a los periodistas y medios y que éstos deberían de recordar en su día a día.

/ Si quieres detectar una noticia falsa, atento siempre a la fuente de la noticia. ¿Quién la da? ¿Es un medio o una fuente fiable? ¿Confiamos en ella?

/ Cuidado con los pantallazos. Es muy fácil imitar el diseño de una web de un medio creíble.

/ Atento al astroturfing: hay fabricantes que se inventan personas falsas en las redes sociales para distribuir su mercancía tóxica (sí, ya lo sé, todo esto parece una distopía, pero es así).

/ Fijaros en las URL. Los creadores de fake news usan direcciones muy similares a las de los medios que tienen credibilidad.

/ No difundáis sin contrastar. Sí, es una obviedad, pero vivimos en una época en la que a muchos, también a los periodistas, hay que recordarles algo tan obvio.

/ No os quedéis sólo con el titular. No os sorprenderá si os digo que mucha gente sólo lee titulares. El resto, como si no existiera. Lo sabemos desde siempre.

/ Verificad fechas, comprobad las imágenes y los vídeos.

/ Y, sobre todo, trabajad con conciencia crítica. Si nosotros los periodistas no lo hacemos, qué ejemplo le daremos al resto de los ciudadanos.

No dejéis que la realidad os estropee un buen bulo (algunas propuestas contra las fake news)

Resumo algunas mentiras recogidas un día cualquiera en la cuenta de Twitter de Maldito Bulo, una empresa informativa que, por cierto, ha descubierto que luchar contra las noticias falsas es también un (modelo de) negocio:

  1. No, el teniente legionario y golpista Castejón no es el abuelo de Pedro Sánchez…Pérez-Castejon.

  2. No, Albert Rivera no se opone a que haya controles de droga en el Parlamento.

  3. No, Pablo Casado no ha tuiteado ni luego borrado que en Andalucía todavía quedan muchos enemigos de España y que los populistas se niegan a trabajar.

  4. No, Podemos no propone que todos los inmigrantes cobren 1.200 euros al mes, incluidos los ilegales.

  5. Recopilación de bulos sobre RTVE, entre ellos que Pablo Iglesias dirige los informativos y que la misa del domingo será eliminada.

  6. El revival del bulo de la prohibición del consumo de carne de cerdo y de jamón en los centros educativos.

Insoportable, ¿no? Pues así estamos todos los días a todas horas.

Siempre ha habido propaganda, intoxicación y desinformación. Pero ahora la oferta de noticias falsas tiende al infinito. Las fake news suelen ser burdas y hasta groseras, muy fáciles de identificar, pero, sin embargo, cuentan con la aceptación generalizada de una parte nada desdeñable de ciudadanos dispuestos a creer aquello que reafirma sus convicciones. Y cuando los bulos están más elaborados o son más sofisticados, entonces nos cuesta a todos distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es. Las deep fakes asoman. Y no es fácil identificarlas con precisión, sobre todo si, como digo, lo que afirman entra en nuestras coordenadas ideológicas y morales.

Trump en los Estados Unidos y su utilización compulsiva y manipuladora de Twitter; Bolsonaro y sus cadenas de whatsapp en Brasil o la misma campaña de los partidarios del Brexit en el Reino Unido son los ejemplos recurrentes que se ponen siempre para avisar de lo que se nos viene a todos encima. Pero hay muchísimos más. En todas partes y por todos los canales. El virus se ha expandido.

La ventanilla tóxica del whatsapp

En una ponencia del congreso digital de periodismo que se celebró la pasada semana en Huesca se afirmaba que prácticamente un tercio de la información que se movía en España se distribuía a través de whatsapp (sobre un 36%). Eso es más de un tercio de la industria de las noticias. Un tercio de la información circulando por un canal donde no hay intermediarios y donde no hay filtro de verificación alguno. Un canal por donde circulan compulsivamente cadenas de infamias y de manipulaciones que llegan directamente a los ciudadanos sin que nadie sepa hasta ahora cómo detener esta hemorragia de desinformación.

Pongo un par de ejemplos más de estas últimas semanas.

De un lado, recuerdo la reunión de altos directivos de Facebook con dirigentes de los principales partidos políticos españoles en las que se supone (si no es mucho suponer) que la red de Palo Alto les habrá garantizado que harán todo lo posible para que Facebook y Whatsapp (y en menor medida Instagram) no sigan siendo el mayor contenedor de mentiras de la historia de la humanidad.

Del otro, la decisión de la BBC de no darle cancha alguna en sus debates a los conocidos como los negacionistas, personas carentes de toda formación científica pero dispuestos a refutar todas las evidencias empíricas que sean necesarias para convencer de las bondades de sus teorías conspiratorias…y, literalmente, de sus bulos.

Hace poco más de un año escribí un artículo donde afirmaba que la mejor manera de combatir las noticias falsas era con el buen periodismo. Sí, me quedé corto. Los periodistas y los medios tienen que luchar contra esta plaga haciendo buen periodismo y ofreciendo productos de calidad. Obvio, ésta es su función, pero es evidente que con esto no basta. Hay que hacer más, muchísimo más. Y no sólo los medios, sino también los dueños de las plataformas y canales de distribución y, por supuesto, las Administraciones públicas.

Cada uno tiene su responsabilidad y debe ejecutarla.

  1. Los medios, haciendo el mejor periodismo posible, alejándose de la peor viralidad y trabajando en proyectos rigurosos en los que se pueda confiar. Pero, y lo pongo aquí como propuesta, abriendo también secciones fijas donde se combata a diario la profusión de noticias falsas.

  2. Las plataformas y canales como Facebook, Twitter y Whatsapp, asumiendo de verdad que están contribuyendo a la mayor expansión de morralla mediática de la historia y que no pueden eludir su responsabilidad y, por tanto, invirtiendo muchísimo más en verificadores y controladores de los contenidos que circulan en sus soportes.

  3. Las Administraciones, exigiendo y apoyando a medios y plataformas para que tomen medidas contra la desinformación y trabajando en proyectos de alfabetización mediática (¿tal vez desde las escuelas? ¿no se necesita una educación mediática igual que una educación vial?) y de concienciación de la ciudadanía (qué menos que usar las televisiones públicas para este cometido con programas específicos: yo propondría secciones fijas en los telediarios).

  4. Y, por último, los mismos ciudadanos, reconociendo que no pueden seguir compartiendo bulos en sus grupos de whatsapp y en sus muros de Facebook como si no hubiera un mañana.

  • He escrito este artículo tomando como base las ideas que he preparado para mi intervención en una mesa redonda sobre fake news celebrada en la Universidad Loyola de Andalucia. Desde aquí, mi agradecimiento a la institución, al moderador de la mesa, David Varona, a mi compañero de mesa Javier Blanco y, por supuesto, gracias por la invitación a Manolo Prieto, delegado de Atresmedia. !Enhorabuena por el acto!

Peretti lanza un SOS para los medios virales… y lo vende como si quisiera “salvar internet”

El editor de BuzzFeed Jonah Peretti es uno de los tipos más interesantes de la industria del periodismo. Pero tiene un problema. Vende su producto con la convicción megalómana de Larry Page, Serge Brin o Mark Zuckerberg. Pero su Buzzfeed ni es Google ni es Facebook.

Peretti es un profeta de la viralidad, un editor disruptivo que nos anunció que iba a revolucionar el paradigma de los medios de comunicación con la irrupción de marcas como la suya, que se aprovecharían de la distribución de sus contenidos en Google, Facebook y otras plataformas sociales para solucionar el gran problema al que se enfrenta la industria: cómo demonios ganar con el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Peretti se entregó a la causa y levantó un medio donde supuestamente reinventó el periodismo llenando su portal con noticias virales, memes y fotos de gatitos y de famosos.

Al igual que otros medios como Vice o Mic, abrió canales más serios para blanquear su oferta de entretenimiento informativo y ganar dinero con el tráfico que generaba su web. Nunca consiguió que lo consideraran un medio serio, pero ganaba dinero, muchísimo dinero. Y eso lo tapaba todo. Era uno de los dos grandes ejemplos a seguir para los angustiados por el derrumbe del ecosistema periodístico (el otro, en sus antípodas, es The New York Times).

Pero, en ésas, Facebook cambió su logaritmo y dejó de mimar a los medios virales. Y lo que se derrumbó fue su sueño y el de otros tantos adalides del click ansioso. Crisis en este tipo de productos informativos, caídas bruscas de audiencia y de ingresos. Y vuelta a pensar en…cómo demonios ganar dinero con el periodismo.

Estos días leemos que Peretti ha pedido una alianza entre las grandes plataformas y buscadores como Google y Facebook y los medios de comunicación. El editor de BuzzFeed sostiene que las plataformas no han hecho sus deberes en la lucha contra las noticias falsas provocando, con su inacción, que internet no sea el mejor de los lugares, y pide un gran acuerdo entre todos porque “juntos podemos salvar internet”.

Mucha grandilocuencia para esconder una obviedad: más que “salvar internet”, lo que este editor quiere es “salvar BuzzFeed”, un empeño muy legítimo, pero que tiene también muy poco que ver con las pretensiones tan elevadas que dice tener este gurú de la viralidad.

Peretti y el resto de los editores de medios virales están en tierra de nadie.

No tienen credibilidad suficiente para crear una comunidad en torno a ellos sobre la que puedan construir un modelo de negocio sostenible (si a la gente le cuesta pagar por un medio más o menos fiable que aporte noticias, qué podemos decir de lo que querrán pagar por un portal de titulares SEO y de fotos epatantes).

Y tampoco van a lograr llamar a la conciencia generosa de Google y Facebook, quienes, en el caso de que se apresten a negociar algo con los medios de comunicación, lo harían con otro tipo de marcas (un ejemplo: los grandes diarios y cadenas norteamericanas y europeas) y por otras razones (otro ejemplo, la lucha contra las noticias falsas en las campañas electorales).

El modelo de Peretti ha demostrado ser esclavo…de su propio modelo. Lograron la cima atados a la viralidad y se han despeñado por culpa de ella. Y por una simple razón: la viralidad no la controlaban ellos, sino los dueños de los buscadores y de las redes sociales. Cuando estos han dicho “basta”, el negocio se ha acabado. Pero no el de ese internet que presuntamente hay que salvar, sino el de ellos. Nada más.

Lo que SÍ nos puede enseñar The New York Times

Compartí hace unos días en las redes sociales una entrevista del suplemento XLSemanal al editor de The New York Times (NYT), Arthur Gregg Sulzberger, en la que éste hablaba sobre las estrategias editoriales de la gran dama del periodismo norteamericano, la cabecera por excelencia de la industria mediática.

Los que paráis por este blog ya sabéis que soy de los que piensan que hay que tener cuidado con colocar a NYT como modelo de referencia para los medios tradicionales que empiezan a abordar sus procesos de adaptación al entorno digital y para los nativos que han iniciado sus pasos directamente en internet. NYT sólo hay uno y no veo fácilmente trasplantable su modelo a otros territorios y cabeceras. Yo puedo querer que mi club de barrio siga los pasos del Real Madrid o el Barça, pero nunca tendré ni su potencial ni el caudal de compromiso y fe de sus seguidores más entusiastas. Conviene darse cuenta cuanto antes.

Pero merece la pena fijarse en algunas de las reflexiones de quien lleva las riendas empresariales del periódico más importante del mundo… y el más exitoso en su proceso de transformación digital:

  1. El mayor cambio de estos últimos cinco años ha sido precisamente que ya no nos vemos como un periódico que tiene una versión digital, sino como un medio digital de noticias que también imprime un periódico”. Esta frase es el paradigma del cambio. El NYT ya no es un periódico que aprovecha internet para multiplicar sus audiencias. Es un medio (digital) que tiene ediciones en papel, que es muy distinto.

2. Y sigue: “En un futuro relativamente cercano ya no podremos seguir confiando en la versión impresa para financiar como ahora nuestra labor periodística. Los ingresos digitales tienen que alcanzar una cuantía que nos permita mantener oficinas en Irak y Afganistán, enviar reporteros al frente, hacer investigaciones de 18 meses sobre la fortuna del presidente de Estados Unidos y pagar una delegación en Washington con 100 periodistas. Por eso, nuestro foco está puesto en ganar dinero con lo digital”.

Y lo están consiguiendo: en torno a cuatro millones de suscriptores y un alcance de 150 millones de personas. La mudanza digital es una realidad. Y tienen quien se la pague. Lo que me pregunto es si hay tantos medios que apuesten por ese mismo periodismo de calidad (para hacerlo hay que contratar periodistas, no despedirlos a mansalva)…y si hay tantos lectores dispuestos a pagarlo hemos da a mí que no muchos).

3. Su apuesta por el periodismo de calidad y su convicción de que la gente sí quiere pagar por ese periodismo de calidad se combina con la capacidad para arriesgarse con nuevos formatos. No le tienen alergia al error. Un par de ejemplos: el podcast The Daily y su próxima incursión en la producción de programas de TV. Y aquí me pregunto: .¿son “un medio digital de noticias” o son una productora de periodismo de calidad que factura productos de excelente calidad periodística para todo tipo de soportes?

Y 4. “La prensa en papel seguirá viva durante mucho más tiempo de lo que la mayoría cree. Un millón de personas paga por el periódico, es un público fiel que dedica mucho tiempo a su lectura. Además, el negocio de la publicidad sigue siendo grande y rentable. Espero que, mientras la gente quiera leer noticias impresas, nosotros podamos ofrecérselas“.

Lo último es obvio: si tienes un millón de lectores en papel, mímalos. Pero tengo un par de dudas al respecto: la primera es que si tiene cuatro millones de suscriptores y sólo un millón de lectores de papel, lo que es todavía más evidente es que tres cuartas partes de tu negocio están ya en el digital (no digo de los ingresos) y por tanto es donde tienes que centrarte. Y la segunda es que si de verdad piensas que el negocio de la publicidad seguirá siendo grande y rentable, ¿por qué llevan cinco años con una estrategia de negocio que gira hacia la suscripción y la creación de comunidad y se aleja de la publicidad?

Si le pedimos transparencia a los políticos, por qué no a los periodistas

A través de José Luis Rojas llegó a un artículo de The Nieman Lab en el que da cuenta de una nueva iniciativa de medios como el USA Today consistente en la introducción de despieces en las crónicas informativas en las que se explica cómo se han elaborado esos artículos. El objetivo: mejorar el grado de confianza de los lectores hacia sus marcas informativas, abriéndose en canal y aportando transparencia al proceso de producción de las noticias.

Esta iniciativa no es la única en tal sentido en los últimos meses (recordad, por ejemplo, la propuesta The trust proyect). Y seguramente vengan algunas más en este sentido.

El cordón umbilical entre los medios de comunicación tradicionales y sus usuarios se ha erosionado. La desconfianza hacia las empresas periodísticas ha crecido con la crisis económica y política que ha asolado a las sociedades occidentales desde 2008 y, con posterioridad, no se ha mitigado a la misma vez que se restablecía la economía.

Crisis de credibilidad

El “todos los políticos mienten” que se ha instalado en la opinión pública como consecuencia de la fiebre populista ha tenido su versión mediática en el “todos los periódicos engañan“, una afirmación injusta por generalizada que ha hecho mucho daño a unos medios que, a la misma vez que sufrían esta crisis de credibilidad, tenían que abordar sus procesos de transformación por el impacto de internet en sus modelos de negocio. Una tormenta perfecta.

Y ahora que se ha hecho moneda común en el sector la idea de que hay que recuperar esa confianza como base imprescindible para la creación de las comunidades que permitirán crear negocios sostenibles en torno a las marcas periodísticas, los medios apuestan por la transparencia más cruda para reforzar esa confianza.

A mi juicio, no hay mejor manera de recuperar esa confianza que trabajando con rigurosidad y con honestidad en productos sólidos de los que termines fiándote a largo plazo, es decir, que trabajen en el día a día para ganarse la mejor reputación. Pero, en cualquier caso, bienvenidas siempre iniciativas como éstas, Siempre les pedimos a los políticos que cuanta más transparencia, mejor, ¿Y por qué no también los periodistas y los medios de comunicación?

Ciudadanos en busca de un periodismo que les sirva

Leo el siguiente titular en el siempre recomendable boletín semanal de noticias de periodismo de la Fundación Luca de Tena: “Un estudio de Reuters concluye que los lectores eligen las noticias por la relevancia que tienen en sus vidas”. Puede ser una obviedad, pero conviene recalcar la importancia de esta conclusión de los expertos de Reuters. En pleno éxtasis del click desaforado, de la compra ansiosa de tráfico en el mercado de las redes sociales y de los titulares frivolones a la caza del SEO, resulta que los lectores se detienen en aquellas informaciones que pueden ser importantes para sus vidas. Vaya, a ver si es que el periodismo debe responder a una necesidad real de sus usuarios…

Pudiera ser que quienes hayan respondido a las preguntas de Reuters sean como esos ciudadanos que declaran ser adictos a los documentales culturales de las televisiones públicas cuando en realidad son consumidores compulsivos de programas de telerrealidad (algo de eso puede haber si se echa un vistazo a los titulares más impactantes que aparecen con frecuencia en las listas de los más leídos de la web), pero aceptemos que dicen la verdad y asumamos que los lectores buscan en las noticias aquello que es importante para sus vidas.

¿Qué nos dice eso? Pues algo tan sencillo como que la mejor manera para que los medios de comunicación tengan éxito no reside en buscar el click por el click sino en centrarse en hacer un producto que les sirva a sus lectores. Y eso tiene un nombre: periodismo de servicios, que no es sólo contar cómo está el tráfico a primera hora de la mañana o si lloverá por la tarde, sino contar historias que ayuden a los lectores a comprender el mundo y a tener una opinión rigurosa y alejada de las estridencias partidistas sobre los asuntos que están en el debate público de las comunidades en las que viven.

Sólo así, desde esa concepción de los medios como prestadores de un servicio, lograrán ser útiles y, por tanto, imprescindibles en la dieta informativa de los ciudadanos a quienes se dirigen.

¿Deben los gobiernos seguir dando ayudas a las empresas periodísticas?

Retomo en el blog un par de preguntas que cada vez asoman con más fuerza en la industria del periodismo: ¿Deben los gobiernos y en general las instituciones públicas ayudar a los medios de comunicación a superar la crisis estructural que soportan y que se cobra en el día a día despidos y cierres?  Y segunda cuestión: ¿Y hasta cuándo?

Hay gobiernos que invierten cantidades nada desdeñables en planes de reconversión de la industria en la idea de que, si de verdad pensamos que un modelo de prensa de calidad es básico para cualquier sociedad democrática, hay que ayudar a que las empresas periodísticas que lo componen sobrevivan y sigan prestando un servicio que es esencial.

Estas ayudas son razonables en dos circunstancias. 1. En ciudades, regiones y hasta países donde el andamiaje periodístico se ha precarizado hasta el punto de que casi que no hay cabeceras que hagan la cobertura de sus lugares de referencia. Y 2. si se centran en apoyar la búsqueda de nuevos modelos de negocio que permitan a esos medios sobrevivir en el nuevo entorno digital y móvil en el que se relacionan con los ciudadanos. Si lo hace Google desde 2015, porqué no, por ejemplo, los Estados, más interesados que el gran buscador en que haya medios capaces de ejercer su responsabilidad en el nuevo contexto en el que nos movemos.

Estas ayudas, sin embargo, no deben generalizarse si se quiere evitar la tentación de que estos mismos medios terminen cambiando sus modelos, y no porque hayan encontrando alternativas viables a los sistemas tradicionales (grandes audiencias que sujetan el negocio de la publicidad), sino porque hayan hecho de las ayudas y de las subvenciones más o menos disfrazadas de publicidad institucional un modelo de ingresos tan atípico como peligroso en el largo plazo.

Las razones son editoriales y de negocio.

En primer lugar, en relación con las razones editoriales, subrayo un par de cuestiones:

  1. Los medios no pueden depender para su supervivencia de las ayudas, vengan de donde vengan, si a lo que aspiran es a mantener determinados estándares de independencia y de calidad. No digo que deban vivir en un nirvana lleno de arpas ceslestiales y alejado de los intereses políticos, económicos y sociales de su comunidad, pero sí que tienen que mantenerse a suficiente distancia de ellos o, al menos, no convertirse en uno más de esos intereses.

Y 2. Todos convendremos en que si dependen de los gobernantes de turno, sean quienes sean, su capacidad para fiscalizarlos disminuirá hasta casi extinguirse. Y en el peor de los casos, convertirá a estas marcas informativas en bandas de cornetas y tambores a mayor gloria de quien más les pague.

Y en cuanto a las razones de negocio, me limito a señalar una obviedad: si las compañías periodísticas se acostumbran a recibir esas ayudas y cuadran sus cuentas de resultados gracias a ellas, no van a encontrar los incentivos necesarios para explorar nuevas estrategias de negocio que les permitan ser sostenibles en el nuevo ecosistema. Si les dan pan para hoy, para qué van a buscar el de mañana…si no saben ni si habrá el pan que ellos han estado haciendo desde siempre.

Bezos, la Super Bowl y el precio de unas cuantas bolsas de plástico

El propietario del The Washington Post, Jeff Bezos, se ha gastado en torno a diez millones de dólares para que los norteamericanos vean en el intermedio de la final de la Súper Bowl un anuncio de este periódico que es, en sí mismo, una reivindicación general de los principios y valores de siempre del periodismo.

Tal vez para el también dueño de Amazon el desembolso de esa decena de millones de dólares suponga para sus bolsillos lo mismo que supone para cualquiera de nosotros los cinco céntimos que pagamos por las bolsas de plástico de los supermercados, pero la acción se agradece igual.

La crisis de fiabilidad que han vivido los medios no termina. Las noticias falsas forman ya parte del paisaje mediático y debilitan aún más a unas empresas periodísticas que, ya de por sí, sufren las consecuencias de un modelo de negocio, el de la publicidad, que se ha hundido ante la fuerza de competidores tan abrasivos como Google y Facebook.

La gran mayoría de los medios se comporta como los cazadores de la prehistoria que salen en busca de nuevos espacios donde encontrar el alimento que necesitan para sobrevivir. Y en esa exploración, piensan en nuevas estrategias que les hagan depender menos de terceros como las plataformas sociales y los motores de búsqueda y que les permitan pensar en proyectos que se sostengan más allá de la publicidad tradicional.

Quien más quien menos, todo el mundo habla en esta industria de la necesidad de convertir a los lectores en suscriptores y en la generación de ingresos en lo que antes era el perímetro del negocio (eventos, contenido publicitario, servicios de agencias de comunicación…), pero para poder virar hacia estas estrategias de negocio, hace falta que la relación entre esos medios y sus potenciales usuarios vaya mucho más allá de los clicks aislados, que sea de verdad una relación entre una marca y el lector que se compromete y forma parte de una comunidad que comparte un medio…y hasta una forma de vivir en sociedad.

El problema es que no basta con hacer productos que respeten los principios y valores del periodismo riguroso y honesto. Lo que se necesita es que haya un número suficiente de ciudadanos que sepan valorar esos productos rigurosos y honestos y que entiendan la necesidad de mojarse para defenderlos y hacerlos sostenibles, es decir, que se comprometan de verdad.

Por eso es tan importante defender y difundir la idea de que el buen periodismo mejora las sociedades a las que presta servicio y las hace más prósperas, más libres y más justas. Y por eso es tan importante que personas como Jeff Bezos sean capaces de gastarse diez millones de dólares por un anuncio que reivindica ese periodismo, que es el de siempre, ante la mayor audiencia televisada del año en los Estados Unidos. Porque nos jugamos mucho. Más incluso de lo que muchos se puedan imaginar. Esto no va de salvar periódicos, radios o televisiones. Va de tener democracias sólidas o de no tenerlas. Bezos lo sabe. Y nosotros, también.

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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Rediseñando los periódicos no se arreglan sus problemas

Diario Marca. Fuente: Unidad Editorial

Marca renueva su diseño en papel. El periódico deportivo líder en España remoza sus páginas para “adaptar el periódico de siempre a las necesidades y los gustos de la audiencia actual”. Todavía no he visto el cambio, pero seguro que lo moderniza y le da viveza y frescura. En España hay excelentes diseñadores y abundan los ejemplos de creatividad y de imaginación a la hora de aportarle frescura, energía y modernidad a un periódico de papel.

marca
El rediseño del Marca

No tengo dudas, pues, de que el rediseño mejorará el producto, pero sí las tengo sobre el hecho de que se empleen muchos esfuerzos en rediseñar los periódicos, cuando la crisis que sufren los diarios de papel no es una crisis de diseño, sino de producto.

Los lectores no rechazan los diseños y los formatos que llegan a los quioscos, lo que rechazan cada vez más es el producto en sí: un paquete de unas ochenta páginas que reciben a diario a cambio de algo más de un euro por ejemplar.

En tal sentido, me pasa con esto del Marca lo mismo que me pasa cuando leo los innumerables intentos de reflotar las revistas dominicales de los periódicos con diseños cada vez más innovadores y espectaculares: me parecen un esfuerzo estéril que no logra de modo alguno su objetivo de remontar o, al menos, frenar la sangría en la venta de ejemplares.

Ojalá consigan su objetivo y cumplan sus objetivos de ventas y difusión, pero se antoja una aventura enormemente complicada. De hecho, confío ya tan poco en estos rediseños que he llegado a la conclusión de que aunque consiguiesen que Cervantes, Shakespeare, Tolstoi y Flaubert resucitaran y empezasen a escribir en sus periódicos, tampoco así lograrían resucitar sus ventas en papel.

Con esto no quiero decir que no se deban rediseñar los periódicos, pero sí que me parece infinitamente más productivo que los editores y directivos de las compañías de prensa centren más sus esfuerzos en trabajar su transformación digital, en diversificar sus ingresos y en buscar nuevos negocios en el ámbito digital, que es el lugar en el que están ahora gran parte de sus lectores.

La tormenta de los medios ha devenido en tsunami. Y más les valdría discutir a los editores discutir menos sobre cómo defender su negocio tradicional y discutir más sobre cómo adaptarse al nuevo ecosistema en el que pretender seguir haciendo sus negocios.

Y, por cierto, termino con una confesión personal. Soy un gran lector de noticias deportivas. Y mi hijo pequeño, también. De hecho, tiene al Marca entre sus portales favoritos y acude a diario a sus páginas. Eso sí, no hace mucho que se ha enterado de que el Marca también tiene un periódico. Él siempre pensó que el Marca era una aplicación.

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

El periodismo y la leyenda urbana de la presunción de inocencia

Justicia.

He participado en unas jornadas de la Unión de juristas independientes de Andalucía en torno al proceso penal, los medios de comunicación y la presunción de inocencia. Y quiero pasaros algunas de las reflexiones que trasladé sobre una presunción que, a mi juicio, ni existe ni se la espera en el mundo del periodismo y los periodistas.

Vamos a dejarnos de correcciones políticas. A día de hoy, no existe la presunción de inocencia en los medios de comunicación. La que habita entre nosotros es otra, es la presunción de la culpabilidad de casi todo el que se vea envuelto en cualquier causa penal. Y en ocasiones, incluso de los que ni siquiera han sido llamados por la Justicia.

Discutir, hoy día, si existen o no las denominadas penas de telediario es una cuestión tan estéril como debatir si internet ha cambiado o no nuestras vidas. Pues claro que sí. Y además han amplificado su espectro gracias a las redes sociales, unas herramientas que fabrican Torquemadas en cantidades industriales dispuestos a condenar a quien se les ponga por delante con la sola ayuda de un smartphone y de una cuenta en Twitter o en Facebook.

 La prensa

Si quieren buscar culpables, no hagan generalizaciones ni se dirijan a quienes hacen información política, judicial o policial. A ellos sí que se les puede aplicar la presunción de inocencia. Lo digo tras conocer a grandísimos profesionales especializados en la información de tribunales y de sucesos, gente que se ha pateado hasta la última comisaría de barrio y a la que le han crecido las uñas haciendo guardias a las puertas de los juzgados de instrucción.

Por supuesto que los hay que cargan con ligereza en los adjetivos y que usan el dedo acusatorio en sus crónicas como si en vez de periodistas fueran jueces omnímodos, pero no son mayoría. Aunque a algunos se los parezca, no lo son.

Lo que ocurre es que hay derivas que tienen sus consecuencias. Y en el periodismo son palpables. Me voy a referir a dos de ellas que están relacionadas: la precariedad laboral y la deriva hacia el periodismo espectáculo.  

Con tantísimos despidos en los medios, no había que ser Einstein para pensar que las redacciones se iban a llenar de compañeros  que no tienen ni la solvencia ni el conocimiento necesario para enfrentarse a determinados asuntos. No es su culpa. Eso se gana con el tiempo y aprendiendo de los más veteranos. Y en periodismo, ya no hay tiempo y casi que no hay ni veteranos: han sido expulsados.

Y en segundo lugar, como vivimos a la caza del click o de un par de puntos más de audiencia, los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Y lo estamos pagando también con el descrédito.

Basta con acercarse al soporte donde se conforma y moldea la opinión pública, la televisión, y al tratamiento que se le dan a las informaciones judiciales ligadas con la política.

Los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Los programas políticos de las televisiones de mayor audiencia son una reencarnación catódica de las tabernas medievales en las que gana quien grita más y quien conecta mejor con una audiencia que reclama un castigo fulminante a quienes supuestamente nos roban y nos saquean.

Los platós se convierten en escenarios de películas de Berlanga donde el pueblo, soberano, pide la cabeza de todos los sinvergüenzas que  nos explotan. Y el público, el pueblo o como quieran llamarlo, pide justicia, pero no de la que se asienta en el Estado de Derecho sino de la que algunos utilizan sin pudor como sinónimo de carnaza y de linchamiento.

Pues bien, en ese contexto: ¿alguien nos va a decir de verdad que la presunción de inocencia se cuida, o que al menos intentamos recordar que existe? Estamos hartos de condenar a la gente sin necesidad de que lleguen a juicio. Y en eso, los medios de comunicación tenemos nuestra parte de culpa. ¿O es que alguien nos obliga a convertirnos en tribunales populares?

La balanza de la justicia. Fuente: pixabay.com
La balanza de la justicia.

No se trata de que quienes nos dedicamos a esta profesión tengamos la maldad en nuestras venas. En ocasiones, simplemente nos olvidamos de que existe porque nos creemos que lo que dice un juez, la Policía o la Guardia Civil en la instrucción de un caso es más o menos la palabra de Dios y que, por tanto, todo aquello que ellos concluyan en sus investigaciones no puede ser puesto en cuarentena.

Pero en lo que sí tenemos mucha responsabilidad, y en eso por supuesto me incluyo el primero, es en haber pervertido el lenguaje por encima de nuestras posibilidades:

Pondré un ejemplo clasico, el de la utilización torticera del término ‘imputado’. Yo estudié Derecho en la Universidad de Sevilla en los años ochenta y, si mal no me acuerdo, a mí me dijeron que la imputación era una garantía procesal.

Vargas Llosa se hacía en el arranque de su obra ‘Conversación en la Catedral’ la pregunta de ¿cuándo se jodió el Perú? Parafraseándolo, yo me sigo preguntando como periodista cuándo se jodió la palabra imputación y cuándo decidimos los medios de comunicación que si alguien era imputado (ahora es investigado), automáticamente había que tratarlo como alguien condenado en sentencia más que firme.

La dictadura de la afirmación rotunda

Los periodistas cometemos errores, pero una cosa es cometer errores y otra bien distinta es instaurar la dictadura de la afirmación rotunda, un régimen de verdades absolutas que condena a los encausados sin dejarles ni el derecho a la más mínima defensa.

¿Qué podemos hacer? En las mismas jornadas a las que asistí le escuché decir al periodista Diego Suárez que una de las mejores maneras de luchar contra nuestros errores es apostar más si cabe por la especialización de los profesionales, que son quienes tienen que aportar el rigor y la solvencia con la que hay que manejarse en estos asuntos.

Pues sí, así que sólo añadiré tres ingredientes a esta receta: una mayor templanza y mesura por parte de quienes dirigen las redacciones, libertad editorial para no dejarse llevar por intereses espurios y, sobre todo, no olvidarnos que los periodistas nos podemos equivocar y que podremos ser más subjetivos que objetivos, pero que sobre todo lo que tenemos es que ser honestos con la audiencias y con nosotros mismos. No hay otra.

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?