Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

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El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

El Post y la nostalgia por un periodismo…que no ha desaparecido

No he visto aún Los archivos del Pentágono (The Post, en su versión original), la película de Spielberg sobre el Washington Post, pero sí he leído algunos comentarios de periodistas en los que se percibe la añoranza de épocas pasadas e idealizadas que se contraponen con el periodo actual, supuestamente marcado por la derrota del periodismo ante no sé cuántas fuerzas del mal.

Sobre la película y los hechos que narra, poco puedo decir más allá de recomendar la lectura de un par de libros imprescindibles para quienes amamos este oficio: La vida de un periodista, de Ben Bradlee, y Una historia personal, la autobiografía de la editora del Post Katharine Graham. Es difícil leerlos y no terminar queriendo dedicarse al periodismo. Vaya lecciones de honestidad y de compromiso con un oficio tan adictivo como el nuestro.

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Katharine Graham, la mítica editora del The Washington Post, y quien fuera también director del periódico durante la cobertura del caso de los papeles del Pentágono, Ben Bradlee.

Pero sí que me parece que hay que hacer algunas puntualizaciones sobre el presunto apocalipsis mediático que estamos soportando para no dejarnos llevar por el trazo grueso y el tremendismo.

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Como punto de partida, no les quito razón a quienes piensan que el periodismo vive inmerso en un agujero negro. El cambio en los hábitos de consumo de la información propiciado por el nuevo entorno digital ha devastado el engranaje industrial en el que nos hemos movido los periodistas desde poco después de que Gutenberg inventara la imprenta. Y eso se ha traducido en oleadas masivas de despidos, en la precarización del empleo y en un recorte de las expectativas laborales que son insoportables.

Si a tal paisaje le añadimos que la debilidad de la industria, y lo que eso ha generado en la proliferación de prácticas muy poco profesionales (y no sólo hablo de las noticias falsas), se ha llevado también por delante el prestigio social del periodista, pues poco más se puede comentar.

No os dejéis llevar por el pesimismo

Pero creo que nos equivocamos si analizamos esta situación dejándonos llevar por la melancolía, el escepticismo o la desazón. Seguramente no sea mejor momento para motivar a quienes quieran ser periodistas, pero eso no significa que sea un mal momento para hacer periodismo.

Salvo que nos queramos poner catastróficos, todos los días podemos ver, leer y escuchar buenos ejemplos de periodismo en los medios de comunicación tradicionales y en los que han nacido en el nuevo entorno, Hay mucha más basura que antes, pero si se sabe buscar, también hay muchísimas más posibilidades de encontrar buenas piezas periodísticas. Todo se multiplica de forma exponencial. Basta con disponer de una buena conexión a internet. 

En ese sentido, no me gustaría que nos quedáramos con la idea de que el periodismo que se ve en la película sea ya una parte de la historia que jamás volverá. Por muy mal que esté todo (y lo está), el periodismo no es un oficio en vías de extinción, sino en vías de transformación, que es muy distinto.

Lo que toca es comprometerse

Por eso, lo que más me interesa es el debate que puede generar esta película en torno a la función social del periodismo como contrapeso de los poderes políticos, económicos y sociales y a la necesidad de que los ciudadanos tomen conciencia de que, si quieren sociedades democráticas fuertes, con instituciones sólidas, también necesitan comprometerse sin postureo alguno con los medios de comunicación de esa sociedad. 

Y eso, reitero, implica no quedarse anclado en el discurso de decir que todos los periodistas somos unos malvados y unos vendidos o limitarse a solidarizarse con quienes  pierden sus puestos de trabajo, sino que nos debería llevar a un paso más, a algo en realidad tan sencillo como reconocer que si queremos medios fuertes, tendremos que pagar por ellos. 

En eso nos puede ayudar una película así, en recordarle una vez más al gran público que el periodismo, el buen periodismo, sólo puede sobrevivir, ahora que la publicidad se hunde, si hay alguien que lo paga y ese alguien no esconde intenciones que tiene muy poco que ver con el derecho a una infomación veraz y honesta.

Toca mojarse como ciudadanos. Y si no, entonces sí que podrá decirse que corren tiempos peores para los periodistas…y también para el periodismo.

P.D. (I). Merece muchísimo la pena leer este artículo del periodista Vicente Lozano, a quien la película le ha permitido recordar la importancia de tener empresas periodísticas fuertes si se quiere hacer el mejor periodismo. Muy interesante.

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Y P.D. (II) Decía al principio de este artículo que todavía no había visto la película. Bueno, tal vez lo haga, pero reconozco que, pese a mi afición peliculera, apenas piso ya las salas de cine. Ahora lo consumo en casa a través de una plataforma de contenidos a la que pago una cantidad asequible y que me permite disfrutar de una cartelera amplísima en la pantalla de nuestra televisión familiar con el resultado de que ahora veo más películas que antes. 

Algo que nos está pasando a casi todos con las películas y las series y que también puede valer para el periodismo. ¿O no nos hemos dado cuenta de que a, pesar de nuestra fuga de los quioscos, hoy en día se consume muchísimo más periodismo que cuando nuestra oferta de contenidos era tan escasa? Todo cambia. Y ante el cambio, no cabe otra que adaptarse para sobrevivir. Y eso vale para cualquier sector. Por supuesto, también para el periodismo.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Los hooligans invaden el periodismo deportivo

Ronaldo y Messi

El periodista y profesor universitario José Luis Rojas ha hecho hincapié este pasado fin de semana en un hecho bastante llamativo: el diferente tratamiento que le han dispensado los grandes periódicos deportivos de España a las finales de la Copa de Europa de fútbol jugadas por el Barcelona (2015) y el Real Madrid (2017) frente a la Juventus. Así, en un fotomontaje, contraponía lo que publicaban en las visperas el Marca y los dos grandes diarios de la Ciudad Condal, Sport y Mundo Deportivo. En el primero de los casos, el diario deportivo de Madrid titulaba con una foto a toda página de Messi y un titular en el que aventuraba lo obvio: que la estrella argentina podría ser la clave de esa final. Y en el segundo de los casos, los dos periódicos catalanes se sumaban a la fiebre transalpina y jaleaban como tifosis al equipo turinés.

No voy a entrar a comparar una y otras portadas y en el sesgo de cada una de ellas, pero sí que voy a poner el acento en lo que representan: una vuelta de tuerca más en el fenómeno de hooliganización que está viviendo el periodismo deportivo en España (y también, porqué no decirlo, el propio periodismo político, cada vez más hundido en una guerra de trincheras ideológicas en la que muchos periodistas se reconvierten en militantes de las causas de sus diarios y en la que la primera víctima es la credibilidad).

Después de ver estas portadas y algunos otros comportamientos propios del periodismo ultra (y aquí caen casi todos, no sólo los dos grandes periódicos de Barcelona), cabe preguntarse es en qué momento algunos periódicos deportivos y algunos canales, sobre todo de televisión, terminaron convirtiéndose en algo similar a un medio oficial de club y, en los peores casos, en panfletos alejadísimos del periodismo deportivo donde sólo parecen escribir exaltados y hasta payasos mediáticos dispuestos a prender todas las mechas que tengan a mano en defensa de las causas más bélicas del lugar.

Es legítimo que los periódicos muestren cercanía con un club y que empleen un lenguaje en el que se apele a las emociones, a la épica y a la pasión (de las mejores crónicas que he leído nunca, una parte importante han sido piezas deportivas). Y es comprensible también que en ocasiones se confunda hacer periodismo con dar espectáculo, sobre todo en la televisión. Pero no hay ningún manual de estilo que obligue a los medios a comportarse como las barras bravas de los clubes argentinos ni a tratar a sus lectores, oyentes o telespectadores como a exaltados cuyas pasiones hay que exarcebar para poder hacerse un hueco.

El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo 'El chiringuito'.
El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo ‘El chiringuito’.

No sé si será porque la crisis aprieta, porque hay más competencia o porque se juega mucho dinero en torno al espectáculo del fútbol, pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, un sector de la información deportiva de este país ha sido tomado por los hooligans periodísticos, quienes han impuesto la ley de que gana el que más grita y el que más rebuzna.

Tal vez por eso, tantos aficionados empezamos a refugiarnos en otro tipo de programas y medios de información deportiva que han apostado por no subir los decibelios, por no practicar el forofismo fanático y, lo que es más importante, por intentar hablar o escribir de fútbol haciendo lo de siempre, haciendo periodismo, que ya es suficiente tarea.

Hacer periodismo no es gratis (el caso de Infolibre)

Dimite en España el fiscal anticorrupción, Manuel Moix, tras conocerse que posee el 25% de una sociedad offshore en Panamá y gran parte de la opinión pública aplaude hasta romperse las palmas de las manos el trabajo del medio de comunicación que desveló la información.

El medio en cuestión se llama Infolibre, es digital, tiene también una revista hermana (Tinta ibre), nació hace cuatro años, ha apostado por un muro de pago para sus informaciones y, desde este mismo año, puede decir con muchísimo orgullo que logra más ingresos gracias a las aportaciones de sus suscriptores que por la vía de la publicidad, lo que le aporta mayor independencia editorial y le ahorra algunos de los sinsabores propios del oficio.

Redacción de Infolibre.
Redacción de Infolibre.

Infolibre tiene una línea editorial de izquierdas muy marcada, pero, por lo que he podido leer en estos años, ante todo es un medio honesto que apuesta por el periodismo y sin concesiones al click facilón y que ha mostrado siempre una coherencia nada común entre lo que dice en sus proclamas editoriales y lo que hace luego en su medio.

Infolibre es serio. No digo aburrido, digo serio, que no es lo mismo. Es un medio que publica informaciones contrastadas, que cree que las reputaciones se ganan en el día a día y que las recompensas llegan en el largo plazo. Pero no se financia con aire, con soflamas indignadas o con buenos sentimientos, sino, como todos, con dinero, como bien resume este periodista en su cuenta de Twitter.

Exacto. El periodismo libre tiene un coste. Y sólo será posible si hay lectores comprometidos con él, como bien sostiene por aquí Manuel Rico, director de esta publicación y el periodista que ha desvelado la historia de Moix y su sociedad panameña.

Los que os habéis dado una vuelta por este blog sabéis que pienso que las soluciones a la crisis de negocio de los medios no tienen por qué venir sólo por el pago de los lectores. Hay otras vías tan legítimas como la del pago, y habrá que buscar en cada caso, la que mejor se adecúe a cada medio y a cada comunidad a la que se dirija.

Pero, en cualquiera de los casos, el sustrato de lo que dicen por aquí sirve para dos cosas: La primera, para que entendamos todos que los medios de comunicación serios y comprometidos necesitan de una audiencia igual de seria y de comprometida para poder sobrevivir. Y la segunda, para que todos nos demos cuenta de una santa vez que hacer periodismo no es gratis, que los periodistas tenemos el mismo interés que el resto de los ciudadanos en pagar nuestras hipotecas y en querer que nuestros hijos vivan lo mejor posible y que las exclusivas no llegan dándole al F-5 de nuestro ordenador o limitándonos a lanzar eslóganes divertidos en la red social de moda.

Enhorabuena a Infolibre. Y a seguir dando ejemplo de que si se quiere, en periodismo, también se puede.

El bucle más tóxico del periodismo

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Llevo tiempo insistiendo en que el periodismo no está en crisis, sino que lo que está en crisis es el modelo de negocio sobre el que ha pivotado la industria de la información en las últimas décadas. Sigo pensando en los mismos términos, pero con una diferencia sustancial: es innegable que a la crisis en el modelo de negocio hay que sumarle una crisis alarmante en el modelo editorial a la que también hay que enfrentarse para salir vivos de la escabechina que están soportando gran parte de los medios de comunicación del planeta.

La agonía provocada por las dificultades en la búsqueda de modelos que permitan seguir financiando el periodismo ha provocado que nos hayamos centrado mucho más en el negocio que en el periodismo, en cómo hacer dinero con el periodismo y no en hacer periodismo.Y esto, al final, está permitiendo mejorar algunas cuentas de resultados, pero también está teniendo consecuencias nefastas en un negocio que se basa en la credibilidad del que da noticias y las distribuye.

Cualquier directivo de una empresa de comunicación en crisis lo puede atestiguar: la obsesión es cómo ganar dinero para que el medio no muera de inanición. Y así, esos mismos directivos que deberían de estar pensando en nuevos modelos editoriales que sustituyan a los antiguos y en cómo sortear los nuevos desafíos éticos y periodísticos de la profesión se ven obligados a hacer de invitados en un reality para supervivientes, a centrarse en sacar como sea unos cuantos euros al anunciante de turno, convirtiéndose en una especie de multiusos que lo mismo ejerce de periodista que de comercial o de gerente. Es lo normal cuando el dinero de la publicidad y de las ventas no dan para pagar las nóminas de una redacción ni para encender el interruptor de la luz. Pero tiene su lado oscuro y lo tenemos que asumir.

Ahora ya no sólo asistimos al desafío de encontrar nuevos ingresos en una industria marcada por la gratuidad de los contenidos, la pérdida del papel de mediadores en favor de las redes sociales, la entrada de elefantes como Google y Facebook en el negocio de la publicidad que antes pertenecía casi en monopolio a los medios de comunicación o el mismo impacto que va a tener desde ya la implantación masiva de bloqueadores de publicidad en los dispositivos móviles en los que consumimos mayoritariamente la información.

Ahora tambien estamos teniendo un gravísimo problema editorial, de credibilidad y de confianza, fruto de diversas causas como, por ejemplo, la constatación de que la posverdad es un buen negocio, de que la saturación informativa puede terminar creando ciudadanos incapaces de ir más allá de los titulares que leen en Twitter o en Facebook y de que a veces confundimos la información con el espectáculo.

El resultado de todo eso es que muchos de nuestros lectores, oyentes y espectadores ya no confían en nosotros ni aunque les pongan una pistola en la cabeza. Y eso no es un problema de modelo de negocio, sino de modelo editorial y de valores y principios.

A ningún medio se le obliga por decreto a practicar el sensacionalismo, a caer en espectáculos burdos y zafios en busca del click o en utilizar las mentiras y las intoxicaciones como si se trataran de un género periodístico más. No vale esconderse en que “eso es lo que pide la gente” porque en ese caso todavía podríamos estar linchando herejes en las plazas públicas (bueno, en realidad se sigue haciendo, pero en vez de utilizar guillotinas, se usan algunas cuentas de Twitter, pero ésa es otra historia).

Y aquí insisto en una de mis últimas fijaciones periodísticas: la necesidad de pensar que la calidad en el periodismo puede ser una herramienta magnífica para diferenciarse entre tanta basura mediática y debe servir para restablecer el contrato de confianza con los lectores que, a medio o largo plazo, permita encontrar nuevas vías de ingresos.

La apuesta por la calidad es la única vía que se me ocurre para abandonar el bucle tóxico en el que estamos metidos y sustituirlo por un bucle benigno donde la calidad llevara a los ingresos. Una apuesta difícilisima en un mercado donde la publicidad se vende como si fueran melocotones de una frutería, pero  necesaria, sobre todo si seguimos pensando que en el periodismo, por ahora, no vale todo o casi todo.

El periodismo esclavo de la viralidad

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Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.

Tres ideas y una conclusión sobre la libertad de prensa en España

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El debate sobre la libertad de prensa en España corre el peligro de perderse en un popurrí de ideas tópicas y pobretonas que nos alejan de un diagnóstico más o menos razonable sobre su estado. Escuchamos demasiados mensajes apocalípticos sobre la libertad de prensa y, como postre, soltamos conclusiones tremendas que se acompasan bien poco con la realidad.

Sobre este particular, merecen destacarse tres ideas:

En primer lugar, si lo comparamos con otros países, el estado de nuestra libertad de prensa no es tan negativo. No es idílico, pero tampoco tan terrible como en otros lugares. Aquí no hay detenciones ni asesinatos de periodistas y el periodismo no es una profesión de riesgo. Lo que acabo de decir es una obviedad, lo sé; pero conviene recordarlo cuando leemos sentencias tan exageradas y simplonas sobre el estado de nuestra libertad de prensa que normalmente se emiten desde la comodidad de un sofá o la silla de una redacción. Pregúntenle, por ejemplo, a los periodistas de Venezuela, de México o de Rusia y sabrán lo que es de verdad trabajar en una profesión peligrosa donde un periodista se puede jugar literalmente la vida por ejercer su profesión.

En segundo lugar, lo que ocurre en España, como en otros países de nuestro entorno, es otra cosa. Preocupante, pero nada que ver con lo anterior. Aquí, nuestros males, que son graves, vienen por otros caminos. La corrupción, el clientelismo, la utilización torticera de los medios como canales de presión en favor de determinados intereses, la baja calidad general de los contenidos periodísticos, la banalización de la información reconvertida en espectáculo para masas cada vez más acríticas, la proliferación de las noticias falsas y el activismo demagógico de algunos periodistas y medios han terminado por causar confusión y un descrédito cada vez mayor del periodismo y de los periodistas.

Todas las crisis contienen sus oportunidades. Y ésta también. La credibilidad bajo cero de los medios de comunicación abre la oportunidad a quienes quieran trabajar en proyectos periodísticos de largo aliento en los que se haga una apuesta por la calidad como fórmula más o menos razonable para seguir adelante, es decir, que se alejen de esta carrera alocada por los clicks tan  parecido al pan para hoy y hambre para mañana en el que se han embarcado la mayoría de los medios.

Pero aquí viene la tercera idea de este artículo: nada de esto último será posible sin la complicidad y la toma de conciencia de los ciudadanos. O, al menos, de esa parte de la ciudadanía que sea más consciente de que, si queremos tener una sociedad  que sea capaz de consolidar sus instituciones democráticas, necesitamos también un sistema de medios de comunicación públicos y privados que participen en el control de esos poderes y sean capaces de fortalecer el debate público mediante el análisis y la reflexión de los asuntos que nos conciernen a todos.

Menos activismo de salón y más compromiso real con nuestros medios

En demasiadas ocasiones, nos hartamos de reclamarle a los periodistas que sean valientes y ejerzan su profesión sin miedo a las presiones que se reciben en un oficio como éste, pero luego somos incapaces de pagar un solo euro por un periódico, somos alérgicos a las suscripciones a los medios y buscamos cualquier medio para evitar la publicidad con la que, hasta ahora y con permiso de Google y de las redes sociales, financian las informaciones que publican.

Cabe entonces preguntarse cuál es el verdadero compromiso que tenemos los ciudadanos con la libertad de prensa, entendida ésta como una pieza clave en el engranaje de cualquier sociedad democrática.  Podemos seguir vociferando contra todos los males que amenazan al periodismo y quejarnos de cómo los malos corrompen a los medios para fastidiar a los buenos, pero si nuestro compromiso cívico se limita a soltar en Twitter o en Facebook unas cuantas soflamas pomposas del estilo de que “sin periodismo no hay democracia” y luego somos incapaces de comprometernos de alguna manera con los medios que leemos y escuchamos, ya os digo que el futuro puede pintar más negro aún de lo que os pensáis.

No hay nada mejor para tener una prensa fuerte, de calidad y creíble que una sociedad que sea capaz de reconocerse en esa prensa y que esté dispuesta a luchar por ella para defenderla. Pero eso no se hace limpiando nuestras conciencias de activistas de salón detrás de un hastag más o menos incendiario o sentimental, sino financiando en la medida de nuestras posibilidades a quienes ejercen ese periodismo que tanto decimos defender.

Ah, y que no se me olvide una cosa más. Hace ya muchos años, cuando empecé a trabajar en la Cadena SER a principios de los noventa, le escuché a alguien decir que la mejor manera de que un medio de comunicación sea independiente es que tenga las cuentas saneadas. Qué razón tenía y qué razón sigue teniendo. Salvo excepciones, que siempre las hay, a mayor independencia económica, mayor independencia editorial. Eso es así. Y el que no lo quiera ver, que despierte.

Viviendo en una burbuja mediática

Ocurre siempre después de cada cita electoral. Miras los resultados y, si son contrarios a tus preferencias ideológicas, te asomas luego a tus redes sociales y observas cómo una parte de tu comunidad se indigna y se pregunta cómo es posible que la gente haya votado lo que haya votado cuando en Twitter todo el mundo piensa como ellos.

Es un ejemplo, pero hay muchos más de la burbuja política y mediática en la que vivimos. Pasa en todos lados, pero en España se recrudece esta tendencia, y si es en el periodismo, más todavía: estamos acostumbrándonos a leer, escuchar y ver sólo a aquellos medios de comunicación que confirman nuestra visión del mundo y de la sociedad y esta tendencia tribal a refugiarse en las ideas de los nuestros intensifica la polarización y la radicalización de los discursos que dominan la escena pública en un debate en el que la información ha empezado a ser sustituida por el activismo y el espectáculo de masas.

No es nuevo, pero sí llamativo. En la era previa a internet, la escasez de oferta (dos o tres televisiones, cuatro emisoras de radio y unos cuantos periódicos) tenía como consecuencia que los ciudadanos, a la hora de consumir información, tenían una visión más o menos sesgada o parcial de la realidad, pues sólo se asomaban a ella a través de los ojos de la única cabecera que consumían o de los únicos programas de radio y televisión que escuchaban y veían. Algunos sólo leían El País y escuchaban la Ser y otros apenas salían de las cuatro paredes del Abc y la Cope. Y era lo normal. Era la época en la que nos decían que para tener una mirada más plural de la actualidad había que leer al menos dos o tres periódicos al día, cosa que hacía sólo una minoría.

Llegó Internet y la oferta infinita de los medios y pensamos que había llegado el momento de confrontar todas las ideas en este parque temático de la información que eran las redes sociales, donde no había tiempo para leer todo lo que estaba a nuestro alcance.

Era el escenario perfecto para la pluralidad democrática en el consumo de los medios. Ya no había que gastarse un buen puñado de euros en comprar una pila diaria de periódicos para tener una mirada más amplia y panorámica de los asuntos públicos; bastaba con hacer una buena selección de contenidos en Twitter o en Facebook (yo, por ejemplo, me he hecho mis propias listas en Twitter con los temas que me interesan) y podías leer lo que quisieras y cuando quisieras. El paraíso para los adictos a la información, un vergel para quienes creen en las sociedades abiertas que respetan los derechos civiles de sus ciudadanos.

Ocurre, sin embargo, que, pese a la oportunidad que ya tenemos a nuestro alcance con sólo pagar nuestra factura por los megas de nuestra conexión, esta pluralidad no se manifiesta en el consumo de los contenidos. Seguimos leyendo a los nuestros.

Al contrario, con la eclosión de las redes sociales, hemos terminado por concentrarnos en guettos que orbitan alrededor de lo que opinan los líderes políticos, sociales, periodísticos y hasta humorísticos de nuestras tribus. Y el resultado es que sólo leemos y escuchamos aquello que se acerca a lo que pensamos y sentimos, restringiendo nuestra capacidad de entender al que no piensa como nosotros y, por extensión, nuestra propia capacidad de aceptar que el otro puede algo o mucha razón en lo que defiende.

Este achique de espacios tan endogámico, además, aporta las condiciones ambientales necesarias para que afloren las intoxicaciones, las mentiras y las medias verdades, utilizadas como combustible para la agitación. Todo vale contra un adversario reconvertido en enemigo al que hay que deshumanizar.

No pasa nada por reconocerlo. Preferimos ratificarnos en lo que pensamos que discutir honestamente nuestras convicciones y nuestros planteamientos. Es legítimo, pero asumamos que también es empobrecedor, pues achica nuestra visión crítica y anula la confrontación de las ideas, sustituyendo la discusión por una agitación histérica y agresiva en la que no vence el que convence, sino quien es capaz de soltar la frase más epatante, sin importar para nada si esa frase responde a una realidad comprobable o es una simple carcasa vacía para consumidores compulsivos de píldoras demagógicas.

 

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Sobre Cassandra, Wyoming y la libertad de expresión

Cassandra, durante el juicio por enaltecimiento del terrorismo

Andan los ánimos revueltos en España por los supuestos ataques a la libertad de expresión que se estarían produciendo con fallos judiciales como el que ha condenado a una joven tuitera, Cassandra, a un año de prisión por publicar tuits donde se mofaba de una víctima del terrorismo, en su caso Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España en las postrimerías del régimen del dictador Francisco Franco que murió en 1973 por la explosión de un coche bomba que hizo saltar por los aires el coche en el que se desplazaba.

A la sentencia se suma ahora también la admisión a trámite de una denuncia presentada por una asociación franquista contra los humoristas y presentadores de televisión El gran Wyoming y Dani Mateo por un chiste sobre el Valle de los Caídos (un monumento bajo el que está enterrado Franco y que se construyó con el esfuerzo de los presos durante los primeros años de la Dictadura que soportó este país durante 36 años) que supuestamente habría ofendido los sentimientos religiosos de los católicos y podría encuadrarse como un delito de odio tipificado en el Código Penal.

En ambos casos, participo de la idea de que hay que defender la libertad de expresión en su más amplio sentido de la palabra y aunque nos duela o nos ofendan algunas manifestaciones. Y, como ocurre en el segundo de los casos expuestos, más si cabe si se ejerce en un programa de humor, como es el caso de Wyoming y Dani Mateo, cuyo chiste se emitió en el programa El Intermedio, que se emite de lunes a jueves en La Sexta TV. Denunciar a unos humoristas por ofender a alguien debería de estar muy limitado, así que esperemos que se archive la causa.

Ahora bien, cuidado con sacar de quicio estas cuestiones y con apuntarnos al tremendismo y las exageraciones. Quienes, al hilo de estos y algunos otros casos, sostienen que en España no hay libertad de expresión o que los jueces actúan como torquemadas de una nueva inquisición actúan con una frivolidad y un desahogo que está fuera de lugar.

¿Que hay problemas? Sí, pero no caigamos en el trazo grueso y facilón de los que ven conspiraciones a todas horas. Ni España es un país bananero donde la libertad de prensa está amenazada ni hay una involución democrática ni por supuesto la libertad de expresión es un derecho que se puede ejercer sin límite alguno.

Queda muy solemne decir que la libertad de expresión está siendo atacada en este país, pero de ahí a que sea verdad hay un trecho que no hay quien atraviese. Y, por cierto, lo que sí me parece de una frivolidad supina es que algunos vendan que España es esta especie de infierno en la tierra para los periodistas cuando vemos, a diario, que en otros países se viola sistemáticamente la libertad de expresión y los periodistas son represaliados, se juegan la vida por informar y son asesinados. ¿O si no, cómo calificáis, por poner un solo ejemplo, lo que está pasando en algunos estados de México?

Aunque sea por respeto a lo que sufren en algunas partes del mundo quienes quieren ejercer su libertad de expresión sin tener que convertirse en héroes cotidianos, deberíamos ser algo más equilibrados a la hora de hacer afirmaciones tan pomposas y grandilocuentes como carentes de rigor y de verdad. No, aunque a algunos os lo pueda parecer, la libertad de expresión en España no esta en peligro. No nos volvamos locos.

Dos maneras muy distintas de buscarse la vida: Antítesis y SDPnoticias

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Si diéramos a elegir a cualquier periodista entre si prefiere trabajar en un medio que apuesta por la calidad o en otro que apuesta por la cantidad y por la viralidad, la mayor parte de los sondeados se decantará por la primera de las opciones. Nos gusta pensar que trabajamos en organizaciones que se toman en serio el periodismo y siguen pensando que los medios de comunicación no son revistas de cómics y nos gusta pensar que trabajamos en la industria de la información y no en la del espectáculo.

Pienso en ello después de haber descubierto en las redes sociales un par de publicaciones latinoamericanas que se acercan a esos dos estereotipos: el portal mexicano SDPnoticias y la revista digital Antítesis, que acaba de nacer en Chile y en Argentina.

Poniendo contexto a las noticias

Antítesis arranca con una declaración de intenciones que firmaríamos muchos de nosotros. Sus fundadoras, Jimena Travieso y Lorena Tasca, apuestan por un periodismo atemporal que ponga contexto a los hechos y transmita las emociones de las buenas historias. Y pretenden financiar este tipo de periodismo con un modelo de negocio que se aleja de la publicidad y busca (buscará)  ingresos a través de vías que están en el perímetro como, por ejemplo, la organización de cursos, la financiación colectiva (quiero pensar que hablan de algún tipo de crowdfunding) o el patrocinio de determinados contenidos.

Foto: Puro Periodismo
Lorena Tasca y Jimena Travieso. Foto: Web Puro Periodismo (Perú)

Ojalá tengan suerte y su apuesta por la calidad sea recompensada por una comunidad capaz de comprometerse con la publicación. Ellas demuestran tener las ideas claras acerca de cómo se puede financiar el periodismo que quieren hacer y no se llaman a engaños: nacen con menos pomposidad de lo normal (no es raro encontrarte con medios que supuestamente vienen a cambiar la historia del periodismo y otros retos igual de esotéricos) y no parecen engañarse sobre la dificultad de su empeño, como podréis comprobar en este artículo que se publica en el portal peruano Puroperiodismo.

Su apuesta no es fácil. Pocos medios nuevos han logrado hacerse un hueco sin apenas inversión y apostando casi que en exclusiva por la calidad de sus informaciones, pero ya que estamos en plena exploración de nuevos modelos de negocio para vivir del periodismo, mejor intentarlo con fórmulas que respeten las reglas del juego más elementales del oficio.

Innovación y viralidad con acento mejicano

En cuanto al otro ejemplo que os menciono, SDPnoticias, parece situarse en las antípodas de Antítesis. Apuesta por la viralidad de todo lo que publica y ha demostrado tal pericia en la explotación de las redes sociales y otras herramientas en favor de su marca que han logrado la atención de una empresa tan mastodóntica como Televisa, que ha adquirido el 50% de las acciones de la compañía.

SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)
SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)

En este artículo de El País que os comparto se cuenta la historia de este medio, que en menos de diez años y con una plantilla de sólo 15 personas cuenta con una audiencia de siete millones de usuarios únicos.

Por lo que se observa, SDPnoticias entiende perfectamente lo que busca un lector de noticias que picotea lo que le llega a sus redes sociales y poco más. Nada que objetar, al contrario, lo que toca es darles la enhorabuena y reconocer su labor, pero mucho cuidado también de donde se ponen las líneas que distinguen al periodismo que apuesta por la rigurosidad (que, por cierto, no equivale a ser aburrido ni tibio ni nada que se le parezca) del que está dispuesto a casi todo en su búsqueda salvaje de clicks con los que hacerse un hueco en un mercado, el de la publicidad, donde las visitas se venden al peso.

En el artículo que os cito, el promotor del proyecto, Federico Arreola, muestra su desinterés por contar con periodistas para su proyecto (me gustaría que se hubiera podido explicar algo mejor, la verdad) y un cierto desprecio por todo lo que tenga que ver con la verificación de las noticias, lo que nos puede llevar a pensar que este proyecto es menos riguroso de lo que correspondería. Esto último no es más que una simple suposición, pero después de leer lo que sostiene el fundador de este portal se antoja, y ojalá que me equivoque, que es una presunción fundada.

Evidentemente, no es cuestión de elegir entre uno y otro modelo…salvo que se acepte el rumor como periodismo y las noticias falsas como una mercancía que se puede vender como una verdad prefabricada.

Ambos modelos, en principio, son válidos. Y tambien complementarios. Nadie ha dicho que las apuestas de calidad tengan que ser obligatoriamente minoritarias y tampoco está escrito que los medios virales tengan que ser, por definición, frívolos y faltos de ética periodística.

Estoy convencido de que se puede buscar un equilibrio y que en él se encuentran los medios de comunicación que encontrarán un hueco en el mercado. Por mucho que algunos se empeñen, la viralidad y la calidad no son incompatibles. Y menos en el negocio del periodismo. Así que suerte al que lo intente…pero, eso sí, siempre que respete las reglas de un oficio tan adictivo y apasionante como el del periodismo

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

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Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

Las portadas casposas del Daily Mail

Daily Mail. Logo de la cabecera del tabloide británico

El Daily Mail publica una portada con foto de las primeras ministras de Inglaterra y de Escocia en las que afirma que a los ingleses les tiene que dar igual el Brexit teniendo a dos dirigentes con unas piernas como las que tienen y a todos nos da por responder con un tsunami de reproches indignados. Hay razones para la irritación. La portada es cutre hasta el punto de que podría ir firmada por Torrente y se publica en un medio que vende cientos de miles de ejemplares.

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Pero pongamos contexto: ni la portada en cuestión puede considerarse periodismo ni el Daily Mail ha sido ni será jamás un ejemplo de lo que es un periódico serio, así que no le pidamos que de pronto se parezca al Le Monde Diplomatique o al New York Times porque no puede y, sobre todo, porque no quiere. Lo grosero y lo ordinario forman parte de sus señas de identidad, de sus valores de marca: están orgullosos de ser así y sus lectores se identifican con ellos.

La prensa amarilla tiene más de tres siglos de historia, es tan británica como el té de las cinco y el cambio de guardia del palacio de la reina y los lectores del Daily Mail son fieles consumidores de esta tradición: no se escandalizan por portadas como la de las piernas de las primeras ministras; al contrario, las aplauden y las compran con el fervor de los adictos. ¡Como para quejarse en pleno hundimiento de los periódicos de papel¡

El Daily Mail es un tabloide que bebe en la tradición escabrosa de la prensa sensacionalista britanica y que demuestra el mismo interés por contar noticias veraces que podría tener cualquier estafador que se aprovecha de las desgracias ajenas para ganarse unos cuantos miles de euros.

Su lector no compra el periódico para que le cuente qué ocurre en el mundo,  busca que le emocionen y que le impacten, y le importa bien poco que las noticias que lee sean más o menos fiables y no digamos ya que puedan ser de mal gusto o, como en este caso, que tengan un tufo casposo a película de Esteso y Pajares.

¿Que el periódico tendría que ser menos ordinario y menos machista y tener más respeto por la  información y por el periodismo? Pues sí, pero os digo algo para que se nos quite la ingenuidad de un brochazo: al Daily Mail le importa un rábano la verdad y las consecuencias de sus mentiras, de sus intoxicaciones y de sus exageraciones. Ellos se dedican a dar carnaza y a vender periódicos. Y logran sus objetivos. Fin del debate.

Un par de ejemplos de los últimos meses: este Daily Mail que saca una portada para machistas tabernarios es el mismo periódico que se pasó toda la campaña del Brexit publicando mentiras surrealistas sobre la unión Europea y sobre los inmigrantes con tal éxito que ha logrado que Inglaterra le esté diciendo adiós al continente después de más de cinco décadas de unión.  Y, por cierto, también es el mismo periódico al que le ha importado más bien poco que la Wikipedia haya vetado los enlaces a este periódico por la nula fiabilidad de sus informaciones.

Así que ya sabéis. Tenéis toda la razón del mundo en indignaros, pero el Daily Mail no va a dejar de ser como es. Al menos mientras haya tanta gente dispuesta a pagar por este ejemplo de manual de cutreperiodismo.

Cómo luchar contra la posverdad

He asistido a una charla de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la sede del Consejo Audiovisual de Andalucía en torno a la amenaza de la posverdad no sólo para el periodismo sino para el conjunto de valores sobre los que se han construido las sociedades abiertas y democráticas en las que vivimos. Gallego-Díaz es una periodista del diario El País que se ha ganado su sólido prestigio a base de trabajo, capacidad analítica y un respeto por la rigurosidad y la honestidad que sobresale todavía más ahora que el ecosistema informativo produce tantas cantidades de basura mediática.

Soledad Gallego-Díaz entiende que este fenómeno de la posverdad va más allá de  las intoxicaciones que siempre han existido y que son fruto de estrategias premeditadas de grupos que han construido verdaderas maquinarias industriales de fabricación de mentiras destinadas a sembrar dudas y confundir a la opinión pública para lograr sus objetivos políticos y periodísticos. Y una de las novedades estribaría en que este tipo de estrategias no se aplicaría ya sólo en regímenes totalitarios sino también en sistemas democráticos, como bien se prueba con el caso de Donald Trump.

Soledad Gallego-Díaz, en el Consejo Audiovisual de Andalucía. Foto: Laura León.
La presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucia, Emelina Fernández, acompaña a la periodista Soledad Gallego durante Los Dialogos organizados por el consejo en Sevilla, 22/3/2017. Foto/ Laura León

Muy poco que añadir a la radiografía de la situación. Comparto con Soledad Gallego-Díaz su idea de que la mejor manera de luchar desde nuestra posición modesta contra estos fenómenos es haciendo nuestro trabajo periodístico, el que nos corresponda, con rigurosidad y honestidad, pero no tanto con su idea de que no debemos de obsesionarnos con rebatir todas las mentiras que se publiquen y de que es mejor emplear las fuerzas en marcar la agenda pública con los temas que de verdad le pueden interesar a los ciudadanos.

Entiendo su argumento, pero soy más partidario de emplear todas las herramientas y energías posibles en combatir un virus que puede ser letal no sólo para el periodismo sino para el conjunto de las sociedades democráticas. Si se quiere, hasta practicando incluso una guerra de guerrillas, trinchera a trinchera, contra las mentiras y las infamias. Y no sólo en los medios, sino en las redes sociales y hasta en los canales de mensajería como el whatsapp, convertidos en pozos sin sin fondo ni filtros para la expansion masiva de bulos y noticias falsas que muchos ciudadanos asumen sin el menor sentido crítico.

Los medios de comunicación no tienen que emprender cruzada alguna, pero todos los que estamos en este negocio tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad en el tráfico de las mentiras, bien sea porque las podamos propagar o, como es el caso, porque terminemos aceptando estas mismas mentiras como animales de compañía y asumamos su difusión general como un mal menor con el que hay que aprender a convivir.Y algo hay que hacer para combatirlas más allá de hacer bien nuestro trabajo, que ya de por sí a veces no es fácil.

Internet y en particular las redes sociales son herramientas extraordinarias que han facilitado la desaparición de las barreras de entrada en el negocio periodístico y han democratizado la conversación social, pero también son el caldo de cultivo perfecto para la propagación de posverdades cancerígenas que erosionan la confianza y la credibilidad de todos. Mirar hacia otro lado es un ejercicio saludable (probad a ‘limpiar’ vuestras cuentas sociales de trolls y activistas desatados), pero eso no va a impedir que este problema de las noticias falsas vaya a más.

¿Significa eso que los medios tienen que habilitar una especie de brigadas de verificación como si pudiéramos erigir pomposamente en los guardianes de la verdad verdadera? No, no hay que exagerar, pero sí pienso que todos los que nos dedicamos al periodismo, en nuestros ámbitos particulares de atención, en nuestros medios, en nuestras redes y hasta en nuestros grupos particulares de whatsapp, tenemos un cierto deber: el de ayudar en la medida de nuestras posibilidades a desmontar la catarata de infamias, bulos y mentiras burdas que tanto daño hacen al periodismo y a la sociedad en la que vivimos.

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

¿Por qué no dejamos de rasgarnos las vestiduras con la publicidad de los periódicos?

Un anuncio publicitario de un teléfono móvil a página completa en las portadas de los diarios El País y El Mundo ha suscitado el tradicional rasgado de vestiduras en el gremio en el que se han mezclado lamentos por la supuesta degradación editorial de estos dos periódicos con ataques directos a lo que, también supuestamente, es un ejemplo palpable de cómo la prensa se ha rendido al capital y es esclava servil de intereses ajenos a los sagrados principios del periodismo.

Me parece que estamos exagerando un poco. El derrumbe del modelo tradicional de la prensa ha metido a las grandes cabeceras del periodismo en una crisis que los ha debilitado y precarizado hasta convertirlos en presas más o menos fáciles para los depredadores que siguen interesados en influir en la opinión pública a través de estos medios de comunicación. Pero de ahí a ver conspiraciones y demostraciones de servilismo por todos los rincones va todo un mundo que no hay porqué admitir. Entre otras razones, porque las acusaciones en este caso tienen poco o ningún fundamento.

Mirad, puedo entender que no os guste ver un anuncio publicitario a página completa en un periódico, pero es que resulta que los periódicos siguen viviendo todavía la publicidad. Yo he sido director de un periódico, El Correo de Andalucía, y os puedo asegurar que ojalá hubiese tenido el dilema de tener que aprobar la inserción de un anuncio en toda la portada. Bueno, os lo digo ya, hubiese dicho que sí al anuncio y al dinero que llegase con él salvo que atentase contra principios y valores irrenunciables, que no es precisamente el caso de un teléfono móvil.

De verdad, podemos ponernos todo lo estupendos que queramos, pero no nos confundamos: el problema de los periódicos no es que tengan que poner publicidad en sus portadas; el problema es el contrario, el problema es que apenas tienen publicidad y, encima, sus ventas van bajando y bajando.

Pongo este ejemplo mismo de hoy. Estoy convencido, y si me equivoco me corregís, que la mayoría de los que os estáis llevando las manos a la cabeza por este presunto sacrilegio no os habéis escandalizado cuando habéis ido al quiosco y habéis comprado un ejemplar de alguno de estos periódicos. No, lo más seguro es que os haya entrado el soponcio cuando hayáis visto la imagen al abrir vuestra cuenta de Facebook o cuando estábais echándole un vistazo a las últimas noticias en Twitter. Lo de comprar periódicos para permitir que sigan subsistiendo mejor lo dejamos para otro día.

No quiero reconvenir a nadie, pero sí poner un poco de contexto para acotar este caudal de indignación y honores mancillados. Si yo estuviera otra vez en un periódico, me gustaría que mi medio hiciera todo lo posible por hacer sostenible el negocio y lo último que haría sería ponerme exquisito porque a alguien se le ocurre poner un anuncio a página completa en la portada.

A mí me puede no gustar esta acción publicitaria, pero también me aburren, me cansan y me irritan las cascadas de anuncios que aparecen de repente en mi móvil cuando abro determinadas páginas de las ediciones digitales de los medios o cuando abro mis cuentas en las redes sociales, pero no por eso me comporto como si fuera un caballero medieval al que han mancillado su honor y tampoco por eso afirmo alegremente que los periódicos se han vendido a los malvados que utilizan a los periódicos como brazos armados para engañar y corromper a los ciudadanos.

Por alguna razón que se me escapa, de un tiempo a esta parte, la profesión también se nos está llenando de salvadores del periodismo que se dedican a dar lecciones de ética y decencia a cientos de profesionales que suficiente tienen con intentar hacer bien su trabajo en medio de tantas dificultades. Vamos a respetar a los compañeros, que tampoco es tan difícil.

El periodismo necesita innovación, pero también volver a sus raíces

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Como no puede ser de otra manera, os recomiendo encarecidamente que sigáis las jornadas del congreso de periodismo digital que se celebra estos días en Huesca. Se trata de una cita imprescindible para todos a quienes nos interesa el periodismo y se sigue con facilidad en el streaming que ha habilitado la organizadora de estas jornadas.

Allí seguro que se hablará de las noticias falsas que invaden nuestras redes sociales y nuestras cuentas de whatsapp, de Trump y el periodismo, del periodismo de datos, de la omnipresencia del móvil en la era de las pantallas, de la realidad virtual, del periodismo inmersivo, de nuevos proyectos y modelos de negocio y de todas esas cosas que se hablan en los congresos y en las páginas especializadas del sector.

Sólo les reclamaría algo a los organizadores de un congreso de tantísima calidad: que, si se tercia, hagan más hincapié también en las herramientas personales que debe tener cualquier periodista para desenvolverse en la profesión, incluidos aquellos que se apellidan como periodistas digitales a una altura de la historia en la que quien no es digital literalmente ya no es nada.

La innovación está muy  bien, pero conviene no olvidarnos de nuestras raíces, de lo que somos y a lo que nos dedicamos. Me explico: tengo la sensación de que últimamente hablamos mucho de todo lo que rodea al periodismo y bastante menos de lo que de verdad tiene que hacer el periodista. Como si nos importara más el continente que el contenido.

Y sí, es importante saber cómo se distribuyen y se consumen ahora las noticias y que exploremos nuevos formatos y narrativas para hacer periodismo, pero, desde mi punto de vista, a veces ponemos demasiado acento en la innovación, que es importantísima, y nos olvidamos de transmitir los principios y valores que hay que aprender para desempeñar un oficio que para muchos de nosotros es una vocación y también una pasión. Y digo yo que se podrán conciliar ambas perspectivas, ¿no?

Espíritu innovador, sí, pero también espíritu periodístico

A un periodista de hoy en día hay que pedirle que entienda cómo se distribuyen las noticias y que aprenda a hacer vídeos, gráficos o infografías, pero sobre todo hay que reclamarle que aprenda a buscar noticias y a poner contexto a la actualidad con honestidad, con rigurosidad y con sentido crítico. Y también hay que pedirle que lea mucho, que sea curioso y que cuide su escritura. O sea, que sea periodista en el sentido más humanista de la palabra. Igual así, de paso, además de estar a la última de la última en innovaciones y deslumbramientos tecnológicos, ganamos también algo en credibilidad ante los ciudadanos, que falta nos hace, y mucha.

Y dicho esto, no perdáis el tiempo y poneros a ver y escuchar lo que se dice en Huesca, que merece muchísimo la pena.

 

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Tres cosas que me siguen gustando de los periódicos de papel

Periódicos de papel. Fuente: Pixabay

Soy un entusiasta del cambio digital. Hace ya demasiado tiempo que perdí el habito de comprar periódicos de papel y, si tengo que hacer el cálculo, puedo asegurar que consumo más noticias, análisis y reportajes en mi teléfono móvil que en mi tableta o en mi ordenador portátil. Pero no reniego de las bondades que mantienen los periódicos de papel, bondades que no los van a salvar de la quema, pero que merece la pena subrayar para ser honestos con un producto periodístico industrial que ha marcado la vida de millones de ciudadanos a lo largo de un par de siglos.

Seguro que se os ocurren más ventajas, pero yo he elegido tres.

La primera es que los periódicos de papel siguen pareciéndome el producto periodístico que mejor jerarquiza y aporta criterio a la hora de seleccionar las noticias que tenemos que leer. Yo utilizo listas en twitter para ‘monitorizar’ aquellas noticias que más me interesan en función de mis intereses (política, periodismo, fútbol…), pero no dejo de ser un poco rara avis. Lo normal es que el común de los mortales picotee en su muro de Facebook o navegue por su cuenta de Twitter y abra poco más de dos o tres enlaces. La tarea de curación de contenidos no es fácil. Y ahí el periódico de papel conserva su valor añadido: te hace la labor de rastrear y producir artículos para que no te pierdas en la maraña de la red.

La segunda de las ventajas reside en su capacidad de ofrecer artículos y reportajes en profundidad que puedes leer en un formato impreso que, al menos a mi juicio, resulta más cómodo que el de una pantalla de cuatro o cinco pulgadas como el del móvil. Yo leo muchísimos artículos largos en internet, pero percibo que digiero mejor las historias cuando leo en papel. No sé si será porque siempre he sido un lector de periódicos y libros impresos y forma parte de mi educación o porqué será, pero ésa es la verdad: me entero mejor cuando leo en papel.

Y la tercera de las ventajas la ligo a la educación. No se me quita de la cabeza la idea de que una de las mejores maneras de lograr que los chavales vayan adquiriendo capacidades críticas y analíticas, mejoren su capacidad de comprensión lectora y de comprensión del mundo que les rodea y que fomenten su curiosidad intelectual que la disciplina de leer de forma recurrente un buen periódico. Me parece una receta muy aconsejable para que no sólo seamos consumidores sino también ciudadanos.

Que conste que no me ha dado un ataque de nostalgia ni tampoco estoy haciendo un panegírico de la prensa de papel. Con lo que acabo de contar, no creo que baste para frenar un proceso que acabará con un modelo como el de la prensa impresa diaria.

Quienes me seguís sabéis que defiendo la necesidad de que sepan adaptarse a los nuevos hábitos de consumo de los lectores. Y que sostengo que los editores deben trabajar por la consolidación de sus marcas en el nuevo ecosistema digital y apostar por una nueva estrategia comercial que atienda menos a la publicidad tradicional, en caída libre por la competencia con Google y Facebook, y explote nuevas vías de ingresos como los contenidos de marca, la organización de eventos o las propias suscripciones digitales, entre otras posibles fuentes.

Pero ésa es otra historia. Y aquí de lo que se trata es de reconocer lo que es justo y darle al Cesar lo que es del César y a los periódicos de papel lo que es suyo…y ya nadie les podrá quitar: su capacidad de haber sido durante siglos quien ha puesto orden y criterio a un mundo que bien que lo necesitaba.

¿Preferimos los virales al buen periodismo? (el caso de Publimetro Colombia)

La viralidad en el periodismo. Foto: pixabay.com

He leído un tuit del periodista Nacho Requena en el que cuenta la respuesta que le dio en twitter el periódico Publimetro Colombia a una lectora que ironizaba sobre una información ligera y viral que había publicado este diario y se reía de la supuesta importancia de dicha noticia.

La pregunta y la respuesta de este tuit encierran unas cuantas claves de lo que le está pasando al periodismo en la era de los mensajes relampagueantes y de los memes, los vídeos y los artículos virales que se consumen como la comida rápida de las hamburgueserías.

Es cierto, y eso lo ve cualquiera que se asome a los portales de los medios de referencia de casi todos los países, que un buen número de periódicos ha apostado por la viralidad (y también por la ordinariez y el punto entre freaky y tabernario) para lograr los clicks que necesita para sobrevivir en un mercado que sigue pivotando sobre un modelo de negocio basado en la publicidad que llega a las audiencias generalistas.

La viralidad que está matando a la calidad

Y, en consecuencia, los periodistas terminamos quejándonos con excesiva frecuencia de que la viralidad esta matando a la calidad. Pero igual habría que poner en contexto una queja que tiene algo de razón, pero que también empieza a sonar más a juicio preconcebido y a tópico que a cualquier otra cosa.

En primer lugar, porque no se trata de un fenómeno nuevo. Siempre han enganchado más aquellos contenidos ligados al espectáculo y el entretenimiento que a la reflexión y el análisis y, en muchas ocasiones, han financiado las partes más serias de los medios de comunicación.

Y en segundo lugar, porque no parece precisamente riguroso contraponer la información seria con la viral como si la primera fuese algo que por su naturaleza tuviese que ser aburrida, tediosa o farragosa como la lectura de los boletines oficiales del Estado y que, por tanto, no le llega a los lectores ni les engancha.

El buen periodismo no tiene que ser ni plomizo, ni plúmbeo ni cargante (eso, en todo caso, es periodismo cenizo).

No tiene que ser entretenido por decreto, pero, en líneas generales, es aquel que atrapa al lector con una buena historia, conecta con sus emociones sin apelar a sus sentimientos más primarios y desvela informaciones que ayudan a la sociedad en la que vive a ser mejor.

Y ese tipo de periodismo de calidad también puede financiar las cuentas de los medios de comunicación, sobre todo si queremos tener lectores que prefieran el periodismo a los virales.

Trump enfurecido y el periodismo “fuera de control”

Donald Trump sigue enredado en su obsesión patológica con la prensa, a la que atribuye casi todos los desastres que ha provocado en su primer mes en el despacho oval de la Casa Blanca. Lo último ha sido su actuación estelar en la rueda de prensa en la que se defendió con argumentos surrealistas de las acusaciones sobre los contactos de su equipo de campaña con miembros de la Inteligencia rusa. Allí, Trump ha acusado a la prensa de estar “fuera de control”, lo cual sólo ha servido para convencernos a todos de que quien está fuera de control es el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Trump tenía tres opciones en sus relaciones con el periodismo: moderarse y norrmalizar estas relaciones, actuar como un presidente populista y demagógico al estilo de Maduro en Venezuela o ejercer de presidente freaky, convirtiendo cada una de sus intervenciones públicas en un espectáculo imprevisible y disparatado para deleite de sus imitadores de la televisión. Por ahora, se ha decantado por situarse entre la segunda y la tercera opción. Y va a más en su delirio.

La estrategia de Trump con los medios de comunicación es transparente: utilización masiva de la televisión para colocar su mensaje simple y primario y ataque enfurecido a todos aquellos medios y periodistas que se atrevan a denunciar sus excesos y mentiras. Trump se ha aprovechado del desprestigio general de la prensa, en esta época en que a las mentiras las llamamos posverdades, para presentarla como el brazo armado de las élites que han reventado el sueño de millones de norteamericanos que supuestamente viven mucho peor que sus padres y que sus abuelos. Y le ha funcionado.

El presidente americano sueña con acabar con los medios que le atacan y está convencido de que se puede gobernar a golpe de decreto y de Twitter. Y por eso se enfurece cuando comprueba que los jueces suspenden sus decretos y los periodistas de los medios hostiles siguen recordándoles todos los días que es una máquina de mentir y de difamar. Literalmente, no lo soporta. Y de ahí los ataques patológicos y su obsesión con destruir al que no le sigue el juego.

Se trata de dos concepciones radicalmente distintas de cómo entender la importancia de los medios en las sociedades libres. Y como es evidente, ambas concepciones chocan. A Trump le gustaría que cerraran unos cuantos medios. Y a esos medios les gustaría ver a Trump muy lejos de la Casa Blanca.

La prensa más o menos seria es consciente de lo que ha llegado. No se arredra. Y hasta ha descubierto que desvelar las mentiras de Trump también es rentable para sus cuentas de resultados. Periódicos como The New York Times o The Washington Post están viendo cómo aumenta sustancialmente el número de personas que se suscriben a sus medios en la creencia de que el papel de los medios de comunicación como contrapeso del poder es indispensable en cualquier democracia que se precie. Más si cabe cuando un tipo de la caladura mental de Donald Trump hace y deshace desde el despacho del hombre más poderoso del planeta.

Wikipedia y la credibilidad bajo cero de los periódicos

Wikipedia. Ilustración: web de mejoracompetitiva.es

Wikipedia es ya la enciclopedia universal de la red, la página donde está todo lo que hay que saber, una web de construcción colectiva que ha saltado por encima de todos los prejuicios y vaticinios que auguraban el fracaso de una biblioteca cibernética cuya credibilidad se ponía siempre en cuestión. Wikipedia ha ganado en credibilidad. Y la ha ganado hasta tal punto que se produce una situación paradójica: antes, los medios de comunicación se cuestionaban su fiabilidad y, ahora, es Wikipedia la que se cuestiona la fiabilidad de los medios y de los periodistas que trabajan en ellos.

Ahí está el ejemplo del Daily Mail, un diario londinense de gran aceptación, pero cuyas informaciones ya no pasan el filtro de los editores de Wikipedia. La enciclopedia universal de internet acaba de anunciar que va a vetar los enlaces que lleguen desde este medio de comunicación (tiene ahora unos 12.000 en su página) porque no se fía de las informaciones que publica.

El Daily Mail no es precisamente un sinónimo de credibilidad, hace del sensacionalismo y la viralidad mas desahogada sus señas de identidad y digamos que tenía todas las papeletas para que le pasase algo como lo que le acaba de ocurrir. Pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si el Daily Mail va a ser el único caso de un medio expulsado de una página como Wikipedia por su demostrada falta de credibilidad.

Si Wikipedia u otras páginas similares empiezan a hacer el mismo ejercicio de verificación con otros medios de reputación más sólida, igual se pueden encontrar también con artículos poco rigurosos o con noticias que, cuando se hurga en ellas, se comprueba que son simplemente falsas. Y en ese momento, muchos medios caerán en cascada.

El problema no es que haya noticias falsas (siempre las ha habido); el problema es que los ciudadanos han dejado de creer a pies juntillas en lo que dicen los medios de comunicación y, por el contrario, sospechan y recelan de todo lo que les pueda llegar de unos medios que están tan enredados en la carrera de los clicks y las visitas al peso que han terminado por perder la credibilidad a jirones a base de publicar lo impublicable y de olvidarse de los mínimos controles de verificación que debería de aplicar cualquier organización de noticias que quiera respetar a sus seguidores.

Lo del Daily Mail y Wikipedia puede ser una anécdota, peor esto último que digo no lo es. La credibilidad es básica para nuestra supervivencia, pero se ha resquebrajado en un mercado saturado por las noticias falsas y la alocada carrera por ganar trafico en un mercado que sigue viviendo de la publicidad generalista. Y entre los más jóvenes, el daño a nuestra credibilidad es aún mayor. Esta semana le pedía en una clase a un grupo de alumnos universitarios de Publicidad que levantaran la mano si confiaban en los medios de comunicación y ni uno solo de ellos levantó la mano. Ellos y los demás jóvenes son el futuro. Y sin embargo no parecen contar con nosotros. Algo tendremos que hacer para recuperar su confianza, ¿no?

 

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…