Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?