Por qué la radio aguanta casi todo lo que le echen

Hace unos días, asistía a la presentación de la programación de este año de uno de los mejores comunicadores radiofónicos de este país, Carlos Herrera, y en ella alguien le preguntaba a Herrera que cómo iba a ser la radio del futuro. El periodista insignia de la Cope respondió citando a otro grande de los micrófonos, Iñaki Gabilondo, quien suele decir que para saber cómo será la radio del futuro lo que hay que saber es cómo será la sociedad del futuro. Y eso es porque ha demostrado una capacidad de adaptación fuera de lo común.  Una habilidad que, además, le ha permitido salvarse de la quema a la que se están viendo abocados, entre otros, sus hermanos del papel.

Pensadlo por un momento: hemos leído y discutido hasta el infinito sobre el fin del modelo de negocio de los periódicos de papel; sobre las dificultades de los medios que viven en el entorno digital o sobre si la televisión generalista que gana dinero a espuertas también tiene fecha de caducidad por la llegada de los netflix de turno… pero la radio tiene muy poca literatura al respecto. Todos hemos dado por hecho que es capaz de superar lo que se le ponga por delante y que sigue gozando de una salud más o menos estable y va camino de robustecerse.

No todo es idílico. La radio que conocemos no tiene casi nada que ver con la que había antes de esta crisis de tintes glaciares. Después de años con márgenes de beneficios que llegaban a impresionar, las plantillas de las principales empresas (Ser, Onda Cero, Cope…) han adelgazado fruto de la crisis y el periodismo más próximo y cercano ha pasado a un segundo plano en favor de unas parrillas saturadas de opinión de low cost, con el resultado de que las emisoras han focalizado sus esfuerzos en sus redacciones centrales dejando semivacíos los centros regionales y locales, con la consiguiente pérdida de calidad.

Pero el caso es que, pese a todo, la radio está sobreviviendo, y con fuerza, a la transformación digital y ha sido capaz de adaptarse a ella y a los cambios en los hábitos de consumo de la información de los ciudadanos. Os paso, para atestiguarlo, un dato que he leído hace unos días en El Español: la facturación del sector creció un 3% entre enero y septiembre del presente año. Si dejamos de lado a los dos gigantes del duopolio televisivo, ¿conocéis algún ejemplo de mejora publicitaria como éste? Ya quisiéramos, pero no.

Las cuentas de los medios de prensa siguen en caída libre y los despidos se suceden mientras los editores se devanan los sesos en busca de nuevas ingresos que mitiguen el derrumbe. Pero la radio, sin embargo, sí se salva de esta quiebra generalizada.

¿Por qué? Por aquí aporto un par de posibles razones:

En primer lugar, se trata de un soporte que, como señalaba al principio, ha sabido adaptarse a las transformaciones digitales y las ha incorporado con naturalidad a las parrillas de la programación. Basta escuchar cualquier programa. Todos integran sus redes sociales, emiten audios de voz de sus oyentes o leen correos electrónicos de los mismos. Y los más avanzados, empiezan a hacer incursiones en los podcast y buscan ingresos publicitarios en las nuevas formas de hacer radio en internet. En suma, no sólo no le ha hecho ascos a la digitalización como si éste fuera el Armageddon que iba a acabar con ellos sino que la ha sabido llevar a su terreno.

Un valor refugio para los anunciantes

Y, en segundo lugar, aunque pueda parecer paradójico en esta era en la que las transformaciones y las innovaciones navegan en fibra óptica y en tiempo real, la radio sigue teniendo un valor añadido que viene de fábrica: sigue siendo el único soporte que se consume mientras se hace cualquier otra tarea, ya sea trabajar en una oficina de la Seguridad Social, tender la ropa mojada o conducir un camión.

Este factor adquiere ahora un valor aún mayor porque le permite a este soporte no tener que competir en esta guerra feroz por la atención en la que se han embarcado el resto de los medios. Hoy en día, los medios compiten entre sí, pero luchan también por el tiempo que consumen los ciudadanos viendo memes en sus grupos de whatsapp, cotilleando fotos en Instagram, viendo titulares en Twitter o jugando con la última aplicación de juegos que se haya puesto de moda.

La radio no entra en ese juego. Y eso le ayuda, pues la convierte en un valor refugio para los anunciantes. Sigue siendo un soporte que transmite credibilidad, cercanía y calidez. Sigue siendo una radio de autor en la que alguien que te cuenta una historia y alguien la escucha, estableciendo un cordón umbilical de confianza y una sensación de pertenencia a una comunidad, la de los oyentes, que vale cada día más en un entorno tan cambiante, veloz y huidizo como el que vivimos en esta era de la explosión digital.

Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’

He escrito hoy en el portal de tecnología Nobbot sobre una de mis ‘obsesiones’ recurrentes: la necesidad de que los periodistas aceptemos el cambio disruptivo que ha cambiado nuestro modo de trabajar y el modelo de negocio sobre el que ha pivotado el ejercicio del periodismo durante la era de la imprenta. Y lo hago desde la perspectiva de quienes siguen aquejados de esa especie de síndrome de la plañidera que nos invita a quejarnos permanentemente de lo mal que nos va todo y de quienes, por el contrario, han decidido que hay que dejar a un lado los lamentos y dedicarse a explorar nuevas posibilidades de hacer periodismo y buscar nuevas vías de ingresos que hagan sostenible su ejercicio.

Si os apetece leerla, os paso por aquí la reflexión:

Los periodistas somos devotos seguidores de la religión del ombligo. Nos gusta regodearnos en los males que nos aquejan. Por cada problema, un lamento antes que una solución. Somos víctimas del síndrome de la plañidera. Y nos cuesta desembarazarnos de él por mucho que asumamos que así no vamos a lado alguno.

Internet ha destrozado el modelo de negocio gracias al que hemos vivido los últimos dos siglos (del dios Gutenberg hemos pasado al dios Zuckerberg) y ahora deambulamos a lágrima viva por las redes sociales mendigando el cariño de los lectores que antes leían las páginas de nuestros periódicos y ahora se conforman con picotear lo que les llega a sus muros de Facebook o a sus cuentas de Twitter, sin importarles demasiado, por cierto,  si lo que leen ha pasado por un mínimo control de verificación o se trata de una intoxicación salida de alguna granja de noticias falsas.

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El periodismo plañidera

 

 

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La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Playboy se vuelve a desnudar

Llama mucho la atención la rectificación con mea culpa incluida del nuevo editor de la revista norteamericana Playboy. La publicación fundada por Hugh Hefner, un icono de la liberalización de las costumbres de la segunda mitad del siglo XX, regresa a sus orígenes y volverá a publicar desnudos en sus páginas después de un giro editorial que le llevó hace un año a prescindir de su principal seña de marca: los reportajes de alto voltaje erótico.

Cooper Hefner, que heredó el puesto de editor de su padre, admite el fracaso de su estrategia en pos de la sobriedad. Playboy desechó los desnudos para hacerle un guiño a los anunciantes convencionales que les permitiera cambiar la dinámica de pérdidas de la compañía, pero éstos han seguido rechazando la revista y ésta ha seguido bajando en venta de ejemplares.

La apuesta ‘puritana’ ha servido de bien poco. 

Playboy es un ejemplo más de cómo una gran parte de las grandes revistas impresas que dominaron el sector, sobre todo entre las décadas de los setenta y los noventa, no han sabido adaptarse al empuje digital y han caído víctimas de los nuevos hábitos de consumo de la información de sus antiguos lectores. Pero, en su caso, podemos anotar en el debe otro problema de similar importancia.

Cuando Playboy decidió abandonar la publicación de los desnudos femeninos, no lo hizo porque de repente hubiera entendido que se trataba de contenidos machistas que desprestigiaban a la marca y hubiera decidido desterrarlos, sino porque pensó, en un momento de caída libre de las ventas, que no tenía otra manera de atraer a quienes hasta ese momento jamás habían sentido interés por leer la revista o por anunciarse en ella.

Pero esta decisión no implicaba sólo un cambio editorial de la marca, sino una verdadera traición a sus señas de identidad. Los medios de comunicación no dejan de ser marcas que tienen a su alrededor a una comunidad que confía en ellas y se identifica con sus principios y valores. Si renuncia a ellas buscando publicidad o cualquier otro fin, corre peligro de seguir sin la publicidad deseada…y sin la comunidad que antes tenía.

El ejemplo de Playboy es de libro y vale para muchos. Un periódico, una revista o una emisora de radio o de televisión no puede cambiar su posicionamiento de marca de un modo radical (ya sea político, social o, como en este caso, digamos que moral) sin pensar que ese cambio es una operación de riesgo que merece ser bien medida, meditada y transmitida. Si sale bien, perfecto. Pero si no es así, te puede llevar hasta a la desaparición, que es lo que puede terminar pasándole a Playboy.

Y, por cierto, un último detalle. Dice Cooper Hefner que publicarán fotos eróticas al estilo de las más atrevidas que se ven en Instagram. Pues muy bien, pero tengo la duda de que alguien se compre una revista como playboy para ver fotos como las de Instagram. Para eso, lo tiene más fácil y más barato: se abre una cuenta en Instagram y punto. Y es que Playboy, como he dicho en otras ocasiones con otros medios, no tiene un problema de diseño o editorial, tiene un problema de producto. Y ese tipo de problemas no se solucionan con imitaciones de Instagram o decisiones de similar calado.

Los periódicos de papel y los profetas de la devastación

Hablamos de la muerte de los periódicos de papel. Hablamos hasta agotarnos. Hablamos hasta tal punto de su defunción como de un hecho indiscutible que hemos terminado por convertir el augurio en un negocio gracias al cual algunos han vivido muy bien.

Para esos algunos, esta discusión en torno al fallecimiento de los herederos de Gutenberg ha derivado en toda una industria de las profecías.

Esta industria ha prosperado en las dos últimas décadas, pero da señales de agotamiento, como si la era de los profetas de la devastación impresa llegara a su fin.

Ya casi nadie hace cálculos sobre la fecha exacta en que las rotativas se pararán. Ya nadie se para en una entrevista porque le digan en un titular que el papel es parte del pasado y que hay que abrazar internet como el nuevo grial. Los gurús han dejado de lado a los periódicos y han entendido que no se pueden dedicar un minuto más a lanzar vaticinios de videntes. Entre otras cosas, porque no se discute sobre una obviedad: ¡pues claro que la prensa de papel se está muriendo¡

¿Significa eso que la industria está cambiando? Sí, pero no nos vengamos arriba. Algunos están actuando de avanzadilla, pero la mayoría sigue enrocada en sus zonas de confort.

Los enrocados

Hay muchas razones para que esto pase, pero hay una que sobresale sobre cualquier otra. Pese al descenso imparable en las ventas de ejemplares, los números les siguen dando la razón…por ahora: la publicidad impresa sigue siendo la principal y casi única fuente de ingresos.

Podremos decirles que el problema es que tienen que centrarse en lograr que sus ingresos digitales sean superiores a los del papel, pero en la mayoría de los casos, vuestras advertencias serán tomadas como las chifladuras de un freaky que se ha creído que es Steve Jobs sólo porque lleva un smartphone en el bolsillo.

La mudanza digital tiene varias velocidades. Los consumidores van en quinta cuando los anunciantes todavía ni han arrancado el coche. Y el resultado es paradójico: en los periódicos de papel, la mayor parte de su audiencia se traslada a sus productos en la red, pero los anuncios se concentran en lo impreso.

561337969Para entender esta contradicción, hay que aplicar lo que algún experto ha llamado ‘la prueba del refrigerador’. Es muy sencilla: abrid la nevera de una familia media y separad a un lado los productos que se anuncian en soportes tradicionales y al otro los que se promocionan en nuevos medios digitales. Lo habéis acertado: se supone que casi todo el mundo se fía más de lo que se anuncia “en un papel” que “lo que se dice” en internet. Cuestión de fiabilidad.

La estrategia Loreal

No voy a negar que esto sea así, y que todos llenemos nuestras neveras sólo con productos que vemos en los periódicos (más bien me parece que se llena con los productos que salen en TV), pero no parece que el argumento sea muy científico. Más bien al contrario, se basa en una nebulosa de percepciones que podríamos calificar como la estrategia Loreal, la estrategia del “te vas a anunciar conmigo porque yo lo valgo”…aunque ese “yo lo valgo” empiece a ser sólo una cuestión de fe.

En una época donde se puede medir hasta el aire que consumimos, un periódico de papel puede decir, por ejemplo, que sus 200.000 lectores se leen todas y cada una de las 80 páginas que editan a diario, y que además lo hacen los siete días a la semana. Pensadlo bien: eso significa que cada lector se lee de media cada semana 756 páginas de periódicos, es decir, que se engulle más de 3.000 páginas de periódico al mes. Disculpadme, pero si alguien se cree que un ciudadano lee de media 36.000 páginas de periódico de papel al año, es que se ha fumado algo que no es un simple cigarrillo.

Seamos serios. Ya no es momento de más discusiones bizantinas ni de profecías, pero tampoco de vender una realidad que ya sólo existe cuando hablamos con los anunciantes . Ahora de lo que se trata es de adaptarse a un entorno que cambia por días. El mundo es el que es. La sociedad es la que es. Y la industria de la comunicación, también. Y todo lo que sea no querer amoldarse al cambio es un esfuerzo que no es que conduzca a la melancolía, es que puede conducir a medio plazo a la desaparición…incluso aunque ya no lo pregonen los profetas profesionales de la devastación.