¿Pueden Google, Facebook y Whatsapp quitar y poner presidentes en unas elecciones

Los medios de comunicación ya no son la plaza pública donde se conversa sobre los asuntos que nos conciernen a todos. Esa plaza está ahora en Facebook, en Twitter, en Instagram, en Google y en el whatsapp. Y eso tiene sus ventajas, pero también presenta aspectos muy peligrosos. Y no solo para sus usuarios. La nueva plaza tiene esquinas muy poco recomendables. Y estamos empezando a darnos cuenta ahora.

El cambio afecta a la naturaleza democrática de las sociedades desde el mismo momento en que este universo orwelliano de redes sociales, canales de mensajería y motores de búsqueda no está poniendo el celo necesario a la hora de luchar contra las toneladas de informaciones falsas y tendenciosas que se vierten en estas plataformas sin apenas control.

La Unión Europea es consciente y formula ya amenazas más o menos veladas a Facebook, Google y Twitter que ya veremos en qué acaban.

Venimos de un año en el que, por ejemplo, Zuckerberg ha tenido que declarar en el Congreso de los Estados Unidos y ante el Parlamento Europeo por el escándalo de Cambridge Analítica. Pero, como ya hemos dicho por aquí, pese a todo, Facebook sigue creciendo y ganando más y más dinero. Los usuarios no castigan a la red social por su comportamiento poco ético. Y al resto, tampoco.

Y entretanto, un número cada vez mayor de ciudadanos termina informado sólo a través de lo que le llega a través de sus grupos de whatsapp. Sin filtro alguno, pero con la prescripción más directa.

En este mismo blog he señalado en otras ocasiones que este nuevo escenario de vertidos tóxicos continuos beneficia a las marcas periodísticas, que se convierten en un valor refugio frente a tanta inmundicia virtual. Los ciudadanos buscan referencias de las que fiarse. Y ahí hay oportunidad para los medios de comunicación tradicionales.

Pero seríamos ilusos si pensásemos que esto es simplemente un asunto en el que se dirime qué hacer ante la proliferación de noticias falsas y cómo afecta al ecosistema tradicional político y mediático, si hay que imponer tal o cual multa a una red social o si deberíamos de exigirles más a los nuevos amos de la red.

El tránsito a la democracia emocional

Esto afecta ya a uno de los elementos más esenciales de nuestras sociedades democráticas, las elecciones, y condiciona por completo un debate público que cada día que pasa es menos racional y más emocional.

¿Cómo garantizamos que Google, Facebook o cualquier otra plataforma o buscador no sea utilizado para campañas masivas de distribución de bulos y de infamias? ¿Qué hacemos para que nuestros grupos de whatsapp no se llenen de montajes ofensivos tan fraudulentos como efectivos? ¿Puede el uso estratégico de una red social hacer que un candidato gane o pierda unas elecciones?

Esto ya lo hemos vivido y ha influido, por poner tres ejemplos ya conocidos, en las victorias de Trump en Estados Unidos, de Bolsonaro en Brasil o de los partidarios del Brexit en Gran Bretaña. Lo que circula por estos canales pone y quita presidentes. Por eso, de cómo respondan ahora nuestras instituciones puede depender la salud futura de nuestras democracias. Palabras mayores.

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La web ya no es el macho alfa de la distribución de las noticias

Web informativas

Cada cierto tiempo tiempo leemos en los papeles sobre periodismo que las webs informativas están muertas. Es un poco como lo de la desaparición de las novelas o la de los blogs, a los que hemos matado sin esperar a que dejen de respirar.

Algo de cierto hay, sin embargo: las webs ya no son el centro de la atención informativa y su importancia como casa madre desde la que distribuir las noticias ha ido reduciéndose hasta el punto de que hoy nos podemos preguntar seriamente si las organizaciones informativas pueden seguir dedicándole el tiempo que le dedican.

Las webs no estan muertas. Pero les ha salido un competidor que les obliga a repensar su papel, el de las webs informativas en la era de las redes sociales como Twitter, Facebook o Instagram y de los canales de mensajería instantánea como Whatsapp o Telegram.

Basta que hagáis una prueba nada científica para comprobarlo. Pensad cuánto tiempo dedicáis al día a consumir información. ¿Lo habéis hecho? Pues ahora calculad cuánto tiempo les dedicábais hace tres años a leer las noticias accediendo directamente a las webs de los medios y pensad cuánto tiempo les dedicáis ahora.

En la mayoría de los casos, la respuesta va a ser coincidente: el tiempo que destinábais a navegar por las carpetas del escritorio de vuestro portátil lo dedicáis ahora a rastrear en vuestros teléfonos móviles de última generación el timeline de vuestra cuenta de Twitter y vuestro muro de Facebook y a echarle un vistazo a la noticia que alguien ha colgado en el grupo de whatsap que compartís con los padres del colegio o con los amigos y amigas del gimnasio.

No hay que ‘enterrar’ a las webs, al menos todavía

¿Significa eso que hay que pensar en presentarle el despido procedente a la web? En absoluto. Las webs siguen siendo indispensables para cualquier medio digital, tanto en términos editoriales como de modelo de negocio. Lo que ocurre es que su peso específico se ha reducido de forma drástica.

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Fuente: diario El País

La web, o para ser más exactos la portada de la web, ya no es el macho alfa de la manada periodística. Ese rol le corresponde ahora a cada uno de los artículos y formatos que mandamos a la guerra de la atención en las redes sociales.

Cada artículo se convierte en una portada en sí misma y casi en una web en sí misma.

¿Y qué quiere decir eso? Pues algo tan sencillo como que nos tenemos que preocupar mucho menos por lo que hagamos con nuestras webs y con las portadas de nuestros medios digitales y muchísimo más por la manera en la que presentemos y distribuyamos cada uno de nuestros artículos en esa feria de las vanidades en la que se han convertido las nuevas plazas públicas de las redes sociales.

Es lo que toca.