La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

El periodismo esclavo de la viralidad

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Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

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Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

Cómo luchar contra la posverdad

He asistido a una charla de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la sede del Consejo Audiovisual de Andalucía en torno a la amenaza de la posverdad no sólo para el periodismo sino para el conjunto de valores sobre los que se han construido las sociedades abiertas y democráticas en las que vivimos. Gallego-Díaz es una periodista del diario El País que se ha ganado su sólido prestigio a base de trabajo, capacidad analítica y un respeto por la rigurosidad y la honestidad que sobresale todavía más ahora que el ecosistema informativo produce tantas cantidades de basura mediática.

Soledad Gallego-Díaz entiende que este fenómeno de la posverdad va más allá de  las intoxicaciones que siempre han existido y que son fruto de estrategias premeditadas de grupos que han construido verdaderas maquinarias industriales de fabricación de mentiras destinadas a sembrar dudas y confundir a la opinión pública para lograr sus objetivos políticos y periodísticos. Y una de las novedades estribaría en que este tipo de estrategias no se aplicaría ya sólo en regímenes totalitarios sino también en sistemas democráticos, como bien se prueba con el caso de Donald Trump.

Soledad Gallego-Díaz, en el Consejo Audiovisual de Andalucía. Foto: Laura León.
La presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucia, Emelina Fernández, acompaña a la periodista Soledad Gallego durante Los Dialogos organizados por el consejo en Sevilla, 22/3/2017. Foto/ Laura León

Muy poco que añadir a la radiografía de la situación. Comparto con Soledad Gallego-Díaz su idea de que la mejor manera de luchar desde nuestra posición modesta contra estos fenómenos es haciendo nuestro trabajo periodístico, el que nos corresponda, con rigurosidad y honestidad, pero no tanto con su idea de que no debemos de obsesionarnos con rebatir todas las mentiras que se publiquen y de que es mejor emplear las fuerzas en marcar la agenda pública con los temas que de verdad le pueden interesar a los ciudadanos.

Entiendo su argumento, pero soy más partidario de emplear todas las herramientas y energías posibles en combatir un virus que puede ser letal no sólo para el periodismo sino para el conjunto de las sociedades democráticas. Si se quiere, hasta practicando incluso una guerra de guerrillas, trinchera a trinchera, contra las mentiras y las infamias. Y no sólo en los medios, sino en las redes sociales y hasta en los canales de mensajería como el whatsapp, convertidos en pozos sin sin fondo ni filtros para la expansion masiva de bulos y noticias falsas que muchos ciudadanos asumen sin el menor sentido crítico.

Los medios de comunicación no tienen que emprender cruzada alguna, pero todos los que estamos en este negocio tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad en el tráfico de las mentiras, bien sea porque las podamos propagar o, como es el caso, porque terminemos aceptando estas mismas mentiras como animales de compañía y asumamos su difusión general como un mal menor con el que hay que aprender a convivir.Y algo hay que hacer para combatirlas más allá de hacer bien nuestro trabajo, que ya de por sí a veces no es fácil.

Internet y en particular las redes sociales son herramientas extraordinarias que han facilitado la desaparición de las barreras de entrada en el negocio periodístico y han democratizado la conversación social, pero también son el caldo de cultivo perfecto para la propagación de posverdades cancerígenas que erosionan la confianza y la credibilidad de todos. Mirar hacia otro lado es un ejercicio saludable (probad a ‘limpiar’ vuestras cuentas sociales de trolls y activistas desatados), pero eso no va a impedir que este problema de las noticias falsas vaya a más.

¿Significa eso que los medios tienen que habilitar una especie de brigadas de verificación como si pudiéramos erigir pomposamente en los guardianes de la verdad verdadera? No, no hay que exagerar, pero sí pienso que todos los que nos dedicamos al periodismo, en nuestros ámbitos particulares de atención, en nuestros medios, en nuestras redes y hasta en nuestros grupos particulares de whatsapp, tenemos un cierto deber: el de ayudar en la medida de nuestras posibilidades a desmontar la catarata de infamias, bulos y mentiras burdas que tanto daño hacen al periodismo y a la sociedad en la que vivimos.

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

Wikipedia y la credibilidad bajo cero de los periódicos

Wikipedia. Ilustración: web de mejoracompetitiva.es

Wikipedia es ya la enciclopedia universal de la red, la página donde está todo lo que hay que saber, una web de construcción colectiva que ha saltado por encima de todos los prejuicios y vaticinios que auguraban el fracaso de una biblioteca cibernética cuya credibilidad se ponía siempre en cuestión. Wikipedia ha ganado en credibilidad. Y la ha ganado hasta tal punto que se produce una situación paradójica: antes, los medios de comunicación se cuestionaban su fiabilidad y, ahora, es Wikipedia la que se cuestiona la fiabilidad de los medios y de los periodistas que trabajan en ellos.

Ahí está el ejemplo del Daily Mail, un diario londinense de gran aceptación, pero cuyas informaciones ya no pasan el filtro de los editores de Wikipedia. La enciclopedia universal de internet acaba de anunciar que va a vetar los enlaces que lleguen desde este medio de comunicación (tiene ahora unos 12.000 en su página) porque no se fía de las informaciones que publica.

El Daily Mail no es precisamente un sinónimo de credibilidad, hace del sensacionalismo y la viralidad mas desahogada sus señas de identidad y digamos que tenía todas las papeletas para que le pasase algo como lo que le acaba de ocurrir. Pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si el Daily Mail va a ser el único caso de un medio expulsado de una página como Wikipedia por su demostrada falta de credibilidad.

Si Wikipedia u otras páginas similares empiezan a hacer el mismo ejercicio de verificación con otros medios de reputación más sólida, igual se pueden encontrar también con artículos poco rigurosos o con noticias que, cuando se hurga en ellas, se comprueba que son simplemente falsas. Y en ese momento, muchos medios caerán en cascada.

El problema no es que haya noticias falsas (siempre las ha habido); el problema es que los ciudadanos han dejado de creer a pies juntillas en lo que dicen los medios de comunicación y, por el contrario, sospechan y recelan de todo lo que les pueda llegar de unos medios que están tan enredados en la carrera de los clicks y las visitas al peso que han terminado por perder la credibilidad a jirones a base de publicar lo impublicable y de olvidarse de los mínimos controles de verificación que debería de aplicar cualquier organización de noticias que quiera respetar a sus seguidores.

Lo del Daily Mail y Wikipedia puede ser una anécdota, peor esto último que digo no lo es. La credibilidad es básica para nuestra supervivencia, pero se ha resquebrajado en un mercado saturado por las noticias falsas y la alocada carrera por ganar trafico en un mercado que sigue viviendo de la publicidad generalista. Y entre los más jóvenes, el daño a nuestra credibilidad es aún mayor. Esta semana le pedía en una clase a un grupo de alumnos universitarios de Publicidad que levantaran la mano si confiaban en los medios de comunicación y ni uno solo de ellos levantó la mano. Ellos y los demás jóvenes son el futuro. Y sin embargo no parecen contar con nosotros. Algo tendremos que hacer para recuperar su confianza, ¿no?

 

Twitter también quiere ser un periódico

Twitter avanza en su conversión en medio de comunicación. La red social está incluyendo en las cuentas de sus usuarios una pestaña a la que ha puesto el nombre de Moments en la que hace una selección de los contenidos que son tendencia, agrupándolos en cinco secciones. Hoy, Noticias, Deportes, Entretenimiento y Diversión. Twitter elige los contenidos, los clasifica, los jerarquiza y los muestra al público en una misma página. O sea, que ha montado una página web de noticias en la que ahorra al usuario la necesidad de elegir los contenidos que más le interesa seguir mediante la selección de las historias que saldrán en esta nueva pestaña.

En realidad, se trata de un proceso natural en una sociedad que ha desplazado su centro de atención de los grandes medios de comunicación a las grandes redes sociales. Quien quiere ver fotos usa Instagram; quien quiere ver fotos, cotillear un poco y picotear algunas informaciones, se va a Facebook; y quien quiere estar al día de lo ocurre en el mundo, estar en los debates de actualidad, conversar, discutir y comentar sobre la marcha noticias políticas, partidos de fútbol o programas de televisión o cualquier otro asunto variopinto, se hace con una cuenta de Twitter.

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Twitter. Fuente: El Universal

Os cuento mi propio caso: yo vivo en Twitter. No participo en exceso (12.400 tuits en siete años), pero desde primera hora de la mañana me paso la jornada repasando lo que ocurre gracias a la gente a la que sigo en esta cuenta, gente a la que, además, tengo clasificada y repartida en listas que utilizo para no perderme detalle de aquellos asuntos que me interesan con mayor atención (política, periodismo, fútbol…).

Twitter es como la gran agencia de noticias del mundo. Y gratuita. Con un modelo de negocio que todavía no ha logrado arrancar, pero con el extraordinario potencial de comunicación que le proporciona el haberse convertido en la agencia de noticias de última hora más importante de la historia. Y parece que ha asumido que se ha convertido en un periódico de alcance global como lo pueda ser cualquier otro gran diario o, por ejemplo, el mismo Facebook.

¿Que cómo afecta a los periódicos de papel y al resto de los medios de comunicación? Bueno, basta con hacer un simple cálculo  personal: pensad cuánto tiempo le dedicábais antes al día a leer, ver o escuchar medios y cuánto tiempo destináis ahora a informaros a través de esos mismos medios tradicionales. Sí, casi todo ese tiempo se invierte ahora en navegar y en alguna red social. Allí es donde están los lectores. Y allí es hacia donde deben dirigirse las marcas periodísticas. Y si es antes de que Twitter o Facebook terminen comiéndoles todo el negocio publicitario, mejor.

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

Nadia, el periodismo y el espectáculo de la verdad

Los periodistas nos hemos puesto en modo plañidera con el caso de Nadia y el padre que se inventaba historias sobre la enfermedad de su hija con la que ganaba dinero que no iba a parar a los cuidados de la niña. Propósitos de enmienda se mezclan con juramentos al estilo de Scarlett, el personaje de Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó: “Jamás, nunca jamás volveremos a caer en un engaño semejante”.

Bueno, seamos sinceros, volveremos a caer. Y si seguimos por la senda de transformar a los medios de comunicación en versiones informativas de los telemaratones donde se trafica con el cariño y con la ternura que inspiran dramas como el de la niña Nadia, caeremos mucho más pronto que tarde.

Es paradójico: nos preocupamos por las noticias falsas que aparecen en Facebook, pero se nos apagan las señales de alerta cuando vemos que una noticia, un titular o un reportaje triunfa en las redes sociales. Ahí se nos apagan todas las neuronas que hemos acumulado en años de oficio y decidimos que para qué vamos a dejar que la realidad nos estropee una buena historia. Y así, somos capaces de aceptar hasta que el padre de Nadia se fuese a una cueva de Afganistán en busca de un tratamiento para su hija y otros exotismos que, antes, jamás habrían pasado por el filtro de los editores de un periódico.

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Fernando y su hija Nadia. Fuente. La Información.

En realidad, aquí lo importante no es que una noticia sea una verdad o una de esas patrañas a las que ahora calificamos de hijas de la posverdad. Lo importante es que nos hemos postrado de tal manera ante el altar del dios de la viralidad y el tráfico fácil que  estamos convirtiendo a los medios en teatros donde sacrificamos casi todo en busca de las visitas que salvarán los numeros de nuestras compañias. No nos interesa informar, nos interesa emocionar. Y si vemos que la emoción multiplica nuestros likes y nuestros retuits, se nos nubla la razón y aceptamos ballenas como animales de compañía sin que nadie sea capaz de advertinos de la barbaridad que estamos cometiendo.

Y, por cierto, esto no es un problema particular de Pedro Simón (un excelente periodista que ha cometido un error) o de el diario El Mundo (¡Con la de buenos periodistas que tiene en sus tareas de edición, por Dios¡). Esto es un problema que en mayor o menor medida sufrimos casi todos los periodistas y casi todos los medios. O decidme si no: ¿no os ha pasado alguna vez que habéis contado una historia que no habíais contrastado lo suficiente?  Venga, decid la verdad: ¿A que sí?

Pero mirad, vamos a ver también aquí el lado positivo de las cosas. Esto del caso Nadia es un toque de atención, pero también el descubrimiento de una verdad que se nos estaba empezando a olvidar: si perdemos los filtros de verificación, los medios ya no seremos medios. Pero si insistimos en ellos, si insistimos en controlar todo lo que publicamos y decimos, si insistimos en ser más creíbles, a lo mejor, hay ciudadanos que empiezan a recuperar su confianza en nosotros y terminamos por distinguirnos de quienes convierten las emociones en mercancía destinada a engordar sus cuentas de resultados.

Y ese día, descubriremos que el periodismo tiene que ser entretenido y tiene que emocionar, pero que jamás, nunca jamás, tiene que confundirse con un espectáculo donde lo que menos importa es que lo que se cuente sea o no sea verdad.

P.D. Mirad este vídeo del actor norteamericano Denzel Washington sobre el periodismo y la verdad. En menos de un minuto, disecciona y diagnostica uno de los peores males que aquejan al periodismo actual: esa carrera alocada en la que lo de menos es si contamos verdades, medias verdades o mentiras. Imprescindible.

 

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

¿Por qué le llaman ‘contenido’ cuando se trata de información?

María Popova. Foto de la bloguera publicada en El País.

Me encanta este vídeo de María Popova. Se trata de una chica búlgara que se fue a Estados Unidos a estudiar en la Universidad y que, como cuenta en el vídeo, trabajó hasta en cuatro sitios a la vez para costearse la carrera. Uno de esos empleos era una agencia creativa de Filadelfia en la que coincidió con otros siete trabajadores. Un día, decidió enviarles un correo cada viernes en el que incluía tres piezas de conocimiento. Un tiempo después, ese mail para siete amigos se ha convertido en un blog con siete millones de seguidores.

María no comparte información, distribuye conocimiento… y sabiduría. Suena pomposo, pero es exactamente eso. Ella ha entendido que en un mundo interconectado hasta la saturación, la única manera de aportar valor añadido es mediante la distribución de contenido de alta calidad, un contenido que rastrea con determinación, disciplina y criterio en la red hasta encontrar las piezas que desea compartir con su comunidad.

Se trataría, pues, de una ‘curadora’ de contenidos de gama alta, una chef de tres estrellas Michelin que cocina y digiere los mejores alimentos recogidos en la huerta de internet para que el menú informativo de sus seguidores se aleje del fast food de las historias de consumo rápido que colonizan casi todos los portales del planeta mediático.

Una precisión más que comparto: abomina del término “contenidos”. Rechaza una industria que considera que cualquier ‘contenido’ puede ser una pieza informativa y que todo debe ser sacrificado en el altar de la viralidad instantánea, ése en el que triunfan medios como Buzzfeed o Vice con piezas propias de adolescentes que no han pasado de los vídeos de El Rubius.

Hacer periodismo es un oficio. Y generar contenido es otro. Respetable, pero con muy pocos puntos en común con el periodismo entendido en su acepción más ajustada, es decir, con aquél que aporta información de relevancia para la comunidad a la que presta sus servicios.

Popova, en realidad, no hace más que regresar al origen y principios del periodismo, situando al trabajo riguroso, honesto (y también entretenido y ameno: el periodismo no tiene que ser aburrido, más bien al revés) en el centro de su estrategia, y aprovechándose de las nuevas herramientas que están al alcance de cualquier periodista, herramientas que nos permiten a todos dos cosas:

1. Hacer mejor periodismo, sin dedicar todos los esfuerzos a llorar por la crisis que sufrimos.

Y 2. Acercarlo a donde están los lectores, sin importarle si es a a través de un blog, una newsletters, un portal informativo o a través de los canales sociales (facebook, twitter…) donde los ciudadanos/lectores/seguidores pasan la mayor parte de su tiempo.

En resumen, periodismo, información y ansia por el conocimiento para hacerse hueco entre tanto ruido.