La publicidad en los periódicos y el puritanismo de salón

Esta fábrica de indignaciones sobrevenidas en la que se han convertido redes sociales como Twitter y Facebook ha sido escenario estos días, otra vez, de lamentos y quejas generalizadas por la decisión de los principales periódicos de este país de insertar en sus ediciones de papel páginas de publicidad que recubren sus portadas.

Hace unos días, fue una marca que vendía lavadoras. Y hoy, es una fabricante de automóviles. En ambos casos, como en otras ocasiones, asistimos a la habitual avalancha de criticas cargadas de vehemencia dirigidas contra una presunta y gravísima vulneración de los principios y valores éticos de las organizaciones periodísticas.

Estas críticas son legítimas, pero, como ya he dicho en alguna ocasión, también son injustas, muy injustas.

La ética y la transparencia de las empresas periodísticas no dependen de la publicidad de sus portadas. En todo caso, dependen, sobre todo, de que NO haya publicidad ni en sus portadas, ni en sus páginas interiores ni en sus ediciones digitales. En ese caso, ya les digo que la honra también puede terminar quebrándose por culpa de la debilidad de las empresas y la precarización del trabajo.

Las empresas editoras atraviesan una etapa de transformación radical que está arrasando el viejo ecosistema tradicional. Pretender que no vendan las primeras páginas de sus ediciones es un ejercicio de puritanismo de salón que sonroja a todo el que conozca el grado de sufrimiento que comporta la crisis que están soportando.

Si de verdad hay ciudadanos que sufren tanto por este tipo de publicidades, lo único que se me ocurre es animarles a abandonar estos lamentos farisaicos y a comprometerse pagando por las noticias, que es el modo más efectivo y real de apostar por el periodismo de calidad y, por supuesto, es la única manera de que, por ejemplo, no tengan que vender sus portadas por un puñado de euros.

Pero entretanto sucede esto, solicitaría que no nos pongamos tan puristas y aceptemos que los medios de comunicación, mientras respeten las reglas y jueguen dentro del cuadrilátero ético, deben hacer todo lo que sea posible para sobrevivir, buscando vías de ingresos que hasta ahora ni se planteaban.

Los periodistas ante su Blade Runner

Por desgracia, no se equivocan quienes dibujan un panorama de los medios de comunicación que parece salido de la mente de los guionistas de un Blade Runner mediático. En demasiadas ocasiones, el negocio de las noticias es ya el negocio del espectáculo de las noticias, un escenario en el que conviven sin solución de continuidad las informaciones veraces con las escasamente rigurosas y con las que directamente son falsas, el clickbait, el sensacionalismo de medio pelo, el SEO como religión por encima de la información, la dictadura de las páginas vistas, la publicidad más invasiva que se recuerda (intentad ver un vídeo en Atresmedia o Mediaset), el populismo mediático y antiperiodístico, cuyo profeta más sonoro y global es Donald Trump, y la hooliganización de las conversaciones (sólo escuchamos y leemos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos), cuya consecuencia no es el aumento de la pluralidad sino del ruido.

Pero este paisaje también trae oportunidades. Las marcas periodísticas, y quienes quieren promoverlas, tienen la oportunidad de erigirse en valores-refugio frente a tanta inmundicia y tanta desinformación. Cuando todo es griterío, los ciudadanos necesitan a quien sea capaz de explicarles la realidad, necesitan a los periodistas y a los medios. La era de la desintermediación ha sido tan fugaz como esas noticias que duran minutos entre las más vistas y luego desaparecen. Volvemos a necesitar a los intermediarios. Volvemos a necesitar a los periodistas.

periodismo-690x421.jpg

Ahora bien, ahorrémonos las pomposidades habituales. Aquí no se trata de pontificar con grandilocuencia sobre la salvación de la industria del periodismo. Esto no va de salvar los periódicos para así salvar a la democracia. No exageremos. Los medios de comunicación son muy importantes, pero no todos son los herederos del Capitán América por inspiración divina. Se trata de algo mucho más prosaico: de qué hacer para tener un periodismo viable que tenga la fuerza de defender los principios y valores de uno de los oficios más viejos y más adictivos del mundo; y de hacerlo, además, en una sociedad que ya no considera a estos medios como el centro natural de las conversaciones públicas, el lugar en el que se discuten los asuntos que más nos conciernen.

Ese lugar lo ocupan ahora las redes sociales. Y a ellas acuden también las empresas informativas a distribuir sus contenidos para así ganar tráfico y lograr entrar en las campañas de publicidad que les permitirán seguir siendo sostenibles en el nuevo entorno digital.

Pero estas mismas marcas se han dado ya cuenta de que la nueva pandilla social tenía un reverso tenebroso. Facebook, Twitter, Instagram se quedan con los datos de sus lectores y son mucho más eficaces a la hora de confeccionar anuncios competitivos gracias al buen uso que hacen del big data.

¿Resultado? Facebook compite con Google y con Youtube (y pronto con Apple y con Amazon) a la hora de quedarse con toda la publicidad que antes iba a los periódicos, a las radios y a las televisiones. Y el fenómeno va a más. No hablamos de que los medios estén perdiendo las grandes campañas globales. Hablamos de que el carnicero de la esquina prefiere pagar una promoción en Facebook que poner un faldón de publicidad en el periódico local.

Los medios que lideran los rankings de visitas tienen posibilidades de seguir haciendo dinero en el negocio de la publicidad, pero son los menos. El resto ya puede ir buscando otras vías para financiar sus proyectos, porque la realidad es la que es y no va a cambiar por mucho que nos lamentemos o porque le echemos la culpa de todos nuestros males a Zuckerberg como si fuera el Lex Luthors que va a acabar con la edad dorada del periodismo.

El cambio que llega

Hasta no hace tanto, la idea de un periodismo en abierto que permitiera lograr grandes volúmenes de tráfico que abrirían la puerta de las grandes campañas era una verdad casi que incuestionable. En el plazo de un año, esta idea ha sido sustituida en casi todas las redacciones y consejos de administración. Ahora, lo que se ha convertido en una obsesión es la necesidad de crear comunidad.

Tiene sentido. Si los lectores abandonan en masa los quioscos; si los chavales apenas ven telediarios y sólo se informan en YouTube y en Instagram; si la publicidad, como decíamos, se ha largado a Facebook y a Google; si lo que es cool es escuchar podcast en vez de las emisoras de radio; si ya todo lo vemos en las cinco o seis pulgadas de la pantalla del móvil…pues los medios ya no se pueden hacer más trampas en el solitario. O consolidan una comunidad en torno a sus marcas y buscan ingresos en torno a ella o van directos a ser una página más en la historia del periodismo.

Del imperio del todo gratis y de la religión del periodismo en abierto hemos vuelto a la apuesta por los muros de pago y por las suscripciones como medio para garantizar ingresos más o menos fijos que permitan mantenerse sin mayores sobresaltos. Como ya no se puede contar con los ingresos por la publicidad, la estrategia gira en 180 grados. De “se lo damos todo gratis a los ciudadanos, que ya pagará la publicidad los sueldos de los periodistas y los beneficios de los editores” pasamos a “quien quiera buena información, que se comprometa y pague”.

Los medios locales sueñan de pronto con ser el New York Times de sus provincias logrando que sus lectores paguen por leer el diario de referencia de su ciudad o de su provincia. Y, mientras, los grandes, pendientes del hundimiento de sus ventas de ejemplares y las bajadas de sus audiencias, amagan con instalar barreras para el gratis total que les permita al menos hacer negocio con sus usuarios más comprometidos y recurrentes.

Se trata de reconstruir la relación entre el medio y quienes le siguen a partir de una premisa que ya parece clara para todos:  sólo sobrevivirán aquellos medios que logren una mínima complicidad y compromiso con sus lectores. Y para eso, se necesitan principios y valores, pero también más realismo y menos idealismo a la hora de afrontar el desafío de la sostenibilidad, que es el que permitirá que ese paisaje tan catastrófico a lo Blade Runner que parece cernirse sobre el periodismo sea sólo una pesadilla pasajera y no el preludio de algo peor.

Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.

Las tres ansiedades del periodismo

Pongamos en orden algunos de los desafíos del periodismo:

  1. El modelo de negocio tradicional está roto y no es fácil sustituirlo. La publicidad migra a las plataformas y los motores de búsqueda y el modelo de la suscripción sigue estando lejos de ser una opción que pueda usarse por la gran mayoría de los medios. Nos hablan de los muros de pago, pero para casi todos, el muro real es el que forman los ciudadanos que dicen defender un periodismo de calidad pero, luego, se niegan a pagar un solo euro por el periodismo. Y eso nos genera ansiedad. 
  2. Predomina la búsqueda del click fácil que nos dé visitas, aunque sean de usar y tirar, para poder acceder a las grandes bolsas de publicidad que aún van a los medios, pero a la hora de luchar en este terreno del sensacionalismo, observamos que no somos lo suficientemente competitivos. Siempre hay alguien, que no tiene porqué ser un medio digamos que tradicional, dispuesto a soltar un titular más provocativo o a ser más rápido que tú a la hora de posicionar una noticia (que no es suya) en los motores de búsqueda. Y eso nos genera aún más ansiedad.
  3. Y nos hemos dado cuenta de que las noticias falsas se han convertido en una industria igual o más lucrativa que la del periodismo. Es más barata, es más rápida y tiene un público amplio dispuesto a creerse cualquier bulo…y a pensar que lo que dicen los medios de masas es mentira.  Una paradoja que nos genera todavía más ansiedad.

Y ante estos desafíos, ¿qué?

Pues paciencia, paciencia y paciencia. De un tiempo a esta parte, es un lugar común decir que hay que apostar por un periodismo de calidad que sepa aglutinar una comunidad de lectores en torno a una marca informativa.

Y que cuando se tenga esa marca y se haya creado ese vínculo de confianza, será el momento de ir rentabilizando legítimamente esa relación, generando vías de ingresos que permitan a los medios ser negocios viables, sostenibles, independientes y fuertes: justo lo que necesitan las sociedades democráticas que quieren tener un periodismo crítico que haga de contrapeso de los poderes establecidos, etcétera, etcétera. 

Pero vamos a ser sinceros con nosotros mismos.

Trazar un plan editorial en favor de un periodismo de calidad, que sea explicativo, que aporte contexto y que informe sin histerias ni tremendismos, es relativamente fácil. Basta con tener un puñado de buenos periodistas con criterio, experiencia y una cierta solvencia.

Lo difícil es el plan de negocio. Y, sobre todo, lo complejo y lo propio de equilibristas financieros es llevarlo a cabo a la misma vez que se tienen que pagar las nóminas y los gastos generales de las empresas periodísticas y a la misma vez que los accionistas de las empresas exigen que las cuentas de resultados dejen de saldarse con pérdidas capaces de asustar al más valiente. 

Quienes llevan empresas de medios viven instalados en el corto plazo del sufrimiento de pagar los gastos y no morir en el intento. Sufren de hiperventilación. Y tienen razones para quejarse. Por mucho que les digan que deben de alejarse del día a día para trazar con perspectiva planes estratégicos de futuro para sus compañías, no pueden evitar sentir la ansiedad de cómo salvar el mes o de qué hacer para que no se hundan sus negocios. La gente, su gente, no vive de futuribles, sino de realidades. También van al supermercado y pagan hipotecas. 

IMG_0029.JPG

Pero no hay otra. Aquí no hay atajos. Se necesita tiempo para crear comunidades y generar confianza y se necesita aún más tiempo para afianzar nuevos modelos de negocio que sustituyan a las vías tradicionales de ingresos. En el periodismo y en cualquier otro sector donde las disrupciones se hayan llevado por delante los modos y métodos tradicionales de funcionamiento. El que lo tenga, tendrá más posibilidades de salir adelante. Y el que no, se lo tendrá que buscar…o deberá dedicarse a otra cosa. Puro darwinismo social. No hay más.

Y cuidado con caer en el pesimismo, que esto no va de hacer predicciones apocalípticas sino de hacer un ejercicio de pragmatismo que es imprescindible para abordar los problemas reales a los que se enfrenta cualquier medio que quiere sobvivir en un entorno como el nuestro. Esta realidad puede generar angustia y miedo, pero es la que hay. Y también, como han demostrado muchos nuevos medios, genera enormes oportunidades para quienes estén dispuestos a arriesgarse. Lo digo siempre y no me importa pedirme: no se trata aquí de dedicarnos al lamento, sino de adaptarse de forma constante a lo que se nos ha venido encima y de actuar en consecuencia. Es la única alternativa…para quienes tengan el tiempo y el coraje de afrontar el cambio.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

woman-1446557_1920

Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

social-1989152_1920.jpg

Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

 

https://platform.twitter.com/widgets.js

 

Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

https://platform.twitter.com/widgets.js
 

Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.

 

Atrapados por los algoritmos

En la última entrada de este blog especulaba sobre la idea de que estamos viviendo una suerte de dictadura del algoritmo merced a la cual los medios de comunicación han empezado a dedicarse casi en exclusiva a producir sólo aquellas noticias que les resultan placenteras y gratificantes a sus lectores con el objetivo de buscar el mayor número posible de clicks, necesarios para lograr los ingresos publicitarios que necesitan para sobrevivir. 

Este asunto se está volviendo recurrente en las últimas semanas a raíz de artículos como éste de mediatics en los que se sostiene que los algoritmos pueden salvar a la industria del periodismo, pues afinan con aquello que reclaman los ciudadanos y, por tanto, permiten centrarse en la elaboración de contenidos con más probabilidad de ser exitosos. 

Esta tesis ha sido muy mal recibida por estudiosos periodísticos como José A. Avilés o Ramón Salaverria, quienes defienden, por el contrario, que los algoritmos no pueden venir a sustituir a los periodistas y su intuición y criterio periodístico.

 Ya he dicho en otro artículo que comparto la idea de que la utilización de los algoritmos para la publicación y distribución de las noticias jamás podrá sustituir a los periodistas. Y mucho menos a su intuición, que es la base de casi todo en este negocio.

Pero me parece que, en este caso, como en tantos otros, no valen las posiciones maximalistas. Ni hay que abrazar la llegada de los algoritmos como el advenimiento de un nuevo tiempo en el que las máquinas sustituirán a los periodistas ni, tampoco, hay que menospreciar su uso.

Hoy en día, ya es excepcional encontrar un medio que no haga análisis de sus métricas y que las utilice a la hora de decidir algunos de sus contenidos. !Como para no hacerlo cuando las ganancias pueden depender de cómo conozcas a tus lectores!

Y, también, se trabaja ya con robots capaces de buscar la información que circula por la red, procesarla, editarla, empaquetarla y llevarla a los lectores del mismo modo en que lo harían los periodistas y editores de un medio de comunicación tradicional. 

Mirad este caso de medio de comunicación made in Japón.

La analítica de datos y el uso de algoritmos forman parte del paisaje de la industria del periodismo. Y su uso irá a más en una sociedad que ha asumido que el progreso y la prosperidad dependerán de su capacidad de procesar esos datos y de hacer, a partir de ellos, productos que compitan en los mercados. 

Está pasando en casi todos los sectores y hay que asumirlo así, como se aprecia, y pongo aquí un ejemplo, en el caso de Netflix y cómo su utilización científica de los datos para la producción/distribución de sus contenidos ha terminado por lograr que esta compañía tenga mucho más valor que cualquier majors de Hollywood.

Pero el que se usen estos algoritmos para la fabricación y distribución de las noticias no significa que haya que caer postrados ante ellos como si fueran un vellocino de oro capaz de sustituir a los humanos que se dedican a ejercer el periodismo sin pensar en fórmulas matemáticas a la hora de escribir sus textos. 

BigData-datos-guardar-almacenamiento-fichero-archivo-684x513.jpg

Los algoritmos nos ayudan a los periodistas a tomar decisiones más basadas en la ciencia que en la intuición y a las empresas de comunicación a generar valor añadido, pero, por el momento, no sustituyen la capacidad de jerarquizar, ni aportan criterio a la hora de elaborar una información.

Puede que en un futuro que por ahora es ficción haya algoritmos que piensen y escriban mejor que los periodistas, pero por ahora no son más que una ayuda para estos últimos.

Mejor con inteligencia artificial que sin ella

Eso sí, cuidado con aquellos medios y periodistas que sigan despreciando su uso porque se pueden encontrar con un serio problema de viabilidad de sus modelos de negocio. A día de hoy, aquellos medios que no la utilicen para hacer sus análisis de datos y la elaboración de sus informaciones tienen una desventaja competitiva que puede acabar con ellos. 

Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

mathematics-1622448_1920.jpg

El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

fake-1903774_1280.png

Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

https://platform.twitter.com/widgets.js

 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

https://platform.twitter.com/widgets.js

En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

6757A9F4-94D3-466D-BB9C6722AA3DA0BF
Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

https://platform.twitter.com/widgets.js

¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

media-2082641_1280.jpg

Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

https://platform.twitter.com/widgets.js

Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

¿Y si los medios tuvieran algún día que emigrar de Facebook?

Hace unos días se publicaba que Facebook estaba pensando cambiar la faz de sus muros para darle preferencia a las noticias y comentarios de los amigos en detrimento de las informaciones publicadas por los medios en sus páginas, que serían más o menos ‘desterradas’, lo que obligaría a esos medios a pagar a la compañía de Mark Zuckerberg si quisieran mantener su alcance orgánico. 

Facebook está experimentando el cambio en seis países, pero está de más advertir que si la compañía californiana confirma estos planes y los lleva a la práctica, los medios vivirán un día negro para sus métricas de tráfico y para sus ya alicaídas previsiones de ingresos.

Facebook es la red social que más tráfico genera con diferencia a los medios de comunicación y la que proporciona más tiempo de permanencia en sus páginas. De hecho, se ha convertido en la plaza pública a la que acceden millones de personas a entretenerse, a cotillear, a ver fotos de los amigos y también a informarse.

Y ya no es que sea un complemento perfecto para la distribución de los contenidos periodísticos, sino que se ha convertido en la autopista principal por la que circulan casi todos los contenidos, hasta el punto de que si una noticia no se comparte en Facebook, pierde casi todo su potencial de distribución. 

La situación es paradójica. Los medios pensaban que con Internet desaparecería la intermediación de los quioscos y el resto de puntos de venta físicos, pero, sin embargo, ésta no ha desaparecido sino que, simplemente, ha mutado. El nuevo quiosco es Facebook. Y si antes los quioscos querían su comisión, ahora Facebook también la quiere y lo dice expresamente: si los medios quieren seguir teniendo audiencias millonarias para sus productos gracias a las páginas que han abierto, toca pagar.

facebook-76536_640-1-360x240Lo que hace Zuckerberg es razonable. Monta una plataforma y quiere ganar dinero con ella. Facebook no es una ONG ni se quiere parecer a la Wikipedia. Quiere ganar dinero. Y por eso, cuando ya se ha hecho imprescindible para tantísima gente, organiza su modelo de negocio en busca de la rentabilidad y le dice a las empresas informativas (y al resto) que tienen que pasar por caja si quieren seguir teniendo a tanta gente picando en sus contenidos.

Pero esto también debería hacer reflexionar a los medios.

Facebook da lectores. Pero, a cambio, revienta a los medios a través de tres vías: 1. Cambiando el algoritmo de un día para otro hundiendo las cifras de tráfico; 2. ‘Obligando’ a los medios a convivir en un ecosistema plagado de noticias falsas que Facebook es incapaz de controlar. Y 3. Quedándose con la publicidad que antes iba a los medios.

A los medios les quedan dos opciones. Pagar por seguir apareciendo en los muros de los lectores o emigrar y buscar otras plataformas que les permitan distribuir sus contenidos digitales sin pasar por el Impuesto Zuckerberg. 

Por ahora lo razonable sería pagar y seguir disfrutando de estas audiencias, asumiendo que hay que pasar por la ventanilla y que hay que adaptarse a todo lo que proponga el Gran Hermano de Palo Alto. Las reglas del juego las marcan los actores dominantes del negocio. Y en el caso de la industria del periodismo, como en otros ligados a la distribución de contenidos digitales, quienes mandan son Google y Facebook.

Pero tampoco estaría de más que, en paralelo a este sistema de pagos, los medios de comunicación vayan explorando otras formas de llevar sus contenidos a los lectores que les permitan mantener el control de la distribución y tener un sitio a donde emigrar el día en el que las condiciones del negocio lo permitan. Si no, siempre estarán en manos de quien controle las carreteras de la información y a expensas, por tanto, de las decisiones estratégicas de terceros. Y eso no es una buena idea, ni en la industria del periodismo ni en ninguna otra.

Por qué la radio aguanta casi todo lo que le echen

Hace unos días, asistía a la presentación de la programación de este año de uno de los mejores comunicadores radiofónicos de este país, Carlos Herrera, y en ella alguien le preguntaba a Herrera que cómo iba a ser la radio del futuro. El periodista insignia de la Cope respondió citando a otro grande de los micrófonos, Iñaki Gabilondo, quien suele decir que para saber cómo será la radio del futuro lo que hay que saber es cómo será la sociedad del futuro. Y eso es porque ha demostrado una capacidad de adaptación fuera de lo común.  Una habilidad que, además, le ha permitido salvarse de la quema a la que se están viendo abocados, entre otros, sus hermanos del papel.

Pensadlo por un momento: hemos leído y discutido hasta el infinito sobre el fin del modelo de negocio de los periódicos de papel; sobre las dificultades de los medios que viven en el entorno digital o sobre si la televisión generalista que gana dinero a espuertas también tiene fecha de caducidad por la llegada de los netflix de turno… pero la radio tiene muy poca literatura al respecto. Todos hemos dado por hecho que es capaz de superar lo que se le ponga por delante y que sigue gozando de una salud más o menos estable y va camino de robustecerse.

No todo es idílico. La radio que conocemos no tiene casi nada que ver con la que había antes de esta crisis de tintes glaciares. Después de años con márgenes de beneficios que llegaban a impresionar, las plantillas de las principales empresas (Ser, Onda Cero, Cope…) han adelgazado fruto de la crisis y el periodismo más próximo y cercano ha pasado a un segundo plano en favor de unas parrillas saturadas de opinión de low cost, con el resultado de que las emisoras han focalizado sus esfuerzos en sus redacciones centrales dejando semivacíos los centros regionales y locales, con la consiguiente pérdida de calidad.

Pero el caso es que, pese a todo, la radio está sobreviviendo, y con fuerza, a la transformación digital y ha sido capaz de adaptarse a ella y a los cambios en los hábitos de consumo de la información de los ciudadanos. Os paso, para atestiguarlo, un dato que he leído hace unos días en El Español: la facturación del sector creció un 3% entre enero y septiembre del presente año. Si dejamos de lado a los dos gigantes del duopolio televisivo, ¿conocéis algún ejemplo de mejora publicitaria como éste? Ya quisiéramos, pero no.

Las cuentas de los medios de prensa siguen en caída libre y los despidos se suceden mientras los editores se devanan los sesos en busca de nuevas ingresos que mitiguen el derrumbe. Pero la radio, sin embargo, sí se salva de esta quiebra generalizada.

¿Por qué? Por aquí aporto un par de posibles razones:

En primer lugar, se trata de un soporte que, como señalaba al principio, ha sabido adaptarse a las transformaciones digitales y las ha incorporado con naturalidad a las parrillas de la programación. Basta escuchar cualquier programa. Todos integran sus redes sociales, emiten audios de voz de sus oyentes o leen correos electrónicos de los mismos. Y los más avanzados, empiezan a hacer incursiones en los podcast y buscan ingresos publicitarios en las nuevas formas de hacer radio en internet. En suma, no sólo no le ha hecho ascos a la digitalización como si éste fuera el Armageddon que iba a acabar con ellos sino que la ha sabido llevar a su terreno.

Un valor refugio para los anunciantes

Y, en segundo lugar, aunque pueda parecer paradójico en esta era en la que las transformaciones y las innovaciones navegan en fibra óptica y en tiempo real, la radio sigue teniendo un valor añadido que viene de fábrica: sigue siendo el único soporte que se consume mientras se hace cualquier otra tarea, ya sea trabajar en una oficina de la Seguridad Social, tender la ropa mojada o conducir un camión.

Este factor adquiere ahora un valor aún mayor porque le permite a este soporte no tener que competir en esta guerra feroz por la atención en la que se han embarcado el resto de los medios. Hoy en día, los medios compiten entre sí, pero luchan también por el tiempo que consumen los ciudadanos viendo memes en sus grupos de whatsapp, cotilleando fotos en Instagram, viendo titulares en Twitter o jugando con la última aplicación de juegos que se haya puesto de moda.

La radio no entra en ese juego. Y eso le ayuda, pues la convierte en un valor refugio para los anunciantes. Sigue siendo un soporte que transmite credibilidad, cercanía y calidez. Sigue siendo una radio de autor en la que alguien que te cuenta una historia y alguien la escucha, estableciendo un cordón umbilical de confianza y una sensación de pertenencia a una comunidad, la de los oyentes, que vale cada día más en un entorno tan cambiante, veloz y huidizo como el que vivimos en esta era de la explosión digital.

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

https://platform.twitter.com/widgets.js

No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Pedir ayuda no es un modelo de negocio para los periódicos (ni para nadie)

The Guardian tira de filantropía, pero no para ayudar a quien lo necesite, sino para que les ayuden a ellos. Lo leo en la edición en español de The New York Times: los gestores del rotativo británico han puesto en marcha en Estados Unidos una sociedad sin fines de lucro para recabar fondos con los que hacer periodismo en asuntos como los derechos humanos o el cambio climático. La filanr

Que lo haga en Estados Unidos tiene su lógica: en esa sociedad está más arraigado este concepto de la filantropía y ya se ha aplicado con un cierto éxito a algunas organizaciones periodísticas (de memoria recuerdo ahora el caso de ProPublica, que nació de la iniciativa de un matrimonio con residencia en el estado de Florida que sentían que el periodismo de investigación estaba en peligro).

Lo que llama la atención es el hecho en sí y lo que trasluce. The Guardian, un periódico obrero de Manchester en sus primeras décadas de vida, se transformó por completo hasta convertirse en el paradigma del periodismo en abierto bajo el mandato de Allan Rusbridger. Nada de fórmulas de pago en internet. Todos los contenidos abiertos para todos. Resultado: un grandísimo éxito editorial y una ruina económica que ya no podía soportar la fundación sin ánimo de lucro que pagaba los costes del periódicos.

Después de aquello, otro giro de 180 grados. Búsqueda de nuevos ingresos en internet, cesiones a las fórmulas de pago y anuncios de despidos y reestructuraciones. La consecuencia: mejoraron sus cuentas, pero muy por debajo de los números necesarios para cuadrarlos.

Y ahora, vuelta, en parte, a los orígenes: otra vez pidiendo a alguien que sufrague el periodismo en vista de que los lectores no están por la labor de hacerlo.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Tal ve en esto resida la razón de tantos tumbos y cambios de orientación. En esta era del marketing aplicado al periodismo donde tan de moda se ha puesto a hablar del engagedment, o sea, del compromiso de los lectores, resulta que ese compromiso de los lectores/ciudadanos no pasa de algunas muestras de solidaridad o de afecto que se sustancian en alguna frase de apoyo en Twitter, en Facebook o en Instagram.

Preferimos darle a un ‘Me gusta’ antes que pagar un euro por un periódico o cinco o seis euros por suscribirse a un medio digital. Y así no hay quien sobreviva. Ni haciendo periodismo ni vendiendo clavos o botones. Le está pasando al The Guardian, que ya no sabe qué hacer para que sus lectores paguen por lo que produce, y le está pasando al resto. Y así nos va.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Hace poco, precisamente, leía a Rusbridger advirtiendo que Facebook se estaba llevando los ingresos de la prensa y volvía a pensar en lo mismo. Seguimos echándole la culpa de la situación de los medios a los agregadores, a las redes sociales, a internet en general y a todo el que se nos ponga por delante, pero seguimos siendo muy cuidadosos a la hora de no enfadar a los ciudadanos recordándoles que ellos también tienen su parte de culpa en lo que está ocurriendo. Y que si quieren de verdad medios de calidad, hay que comprometerse, pero no sólo firmando en Change.org o dándole un retuit a alguna frase pomposa y hueca en defensa de los periodistas, sino pagando de alguna manera para que se siga haciendo periodismo. Hasta en tanto no pase así, no vamos a hacer otra cosa que ir a peor.

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

Lo que le faltaría a un androide para ser un buen periodista

Leo en el portal de tecnología Genbeta que Google ha logrado desarrollar un software que permitirá que los robots de inteligencia artificial puedan redactar y distribuir unas 30.000 noticias locales al año. Algún buen amigo ha afirmado en su cuenta de Twitter que eso aliviará a los periodistas, pues se podrán dedicar a tareas que aporten valor añadido y dejarán las noticias más alimenticias y las tareas más ingratas a cargo de estos robots con ínfulas de editores o de redactores de cierre.

Bueno, pues sí, no soy nada antitecnológico, así que asumo que puede que este y otros colegas están en lo cierto y que la llegada de estos androides descargará a muchos compañeros de la edición de unas cuantas noticias con las que jamás ganarían un premio internacional de periodismo.

No hay, pues, de qué asustarse.

Por aquí puede ir una parte del futuro de las noticias y hay que asumirlo. Los robots también pueden ayudar al periodismo. Y ya están aquí.  No son ciencia ficción ni el argumento de una teleserie futurista. Empiezan a ser el presente. Y el que antes lo vea, puede disfrutar por un tiempo de una ventaja competitiva en un sector donde, por ahora, importa más la cantidad que la calidad, los clikcs facilones más que los artículos de fondo y el espectáculo antes que la información.

Web Tinta digital
Web Tinta Digital

Pero tampoco caigamos en el papanatismo cibernético de pensar que los replicantes de Blade Runner sustituirán a los periodistas, como si pudiesen ser reemplazadios simplemente comprando algún programa informático en El Corte Inglés o en Amazon.

No hay un Mátrix mediático

Un periodista androide, por llamarlo de alguna manera, puede que redacte noticias, pero eso no le va a convertir en periodista ni en nada que se le parezca mínimamente.

Los robots nacidos de la inteligencia artificial pueden jugar al ajedrez mientras que procesan la información almacenada en la telaraña global de la red, pero elaborar informaciones contrastadas, aportar contexto, interpretar la realidad y filtrarla y jerarquizarla con criterios periodísticos es algo que, por ahora, sólo está al alcance de los periodistas a los que le corre sangre por las venas y no microbytes de última generación.

Así que menos deslumbramientos, que tampoco es que hayamos entrado en la era de un Matrix mediático.
La tecnología nos ayudará a hacer mejor información, pero no va a sustituir por ahora ni a los periodistas ni a los periódicos. Al menos, mientras sigan sin tener el alma, el talento y la garra que se necesitan para hacer el mejor periodismo posible.

Un cortafuegos para el cuñadismo extremo de los bulos de Doñana

Foto de eldiario.es

Por razones de trabajo, he seguido casi todo lo que se ha dicho y escrito sobre el incendio desatado en el entorno del Parque Nacional de Doñana que ha arrasado 8.486 hectáreas en parajes de alto valor de una zona comprendida entre Moguer, Mazagón y Matalascañas, en la provincia de Huelva, en el sur de España.

El fuego ha concitado una atención extraordinaria por su cercanía a una de las reservas naturales más valiosas del continente europeo y ha servido para comprobar un par de cuestiones: la primera es que, en líneas generales, los medios de comunicación siguen teniendo un papel relevante a la hora de trasladar con rigor, en sus soportes y en sus redes sociales, la información de servicio que se requiere en situaciones tan extremas como las que se ha vivido en la zona afectada; y la segunda es que es muy difícil luchar contra los bulos, pero que también se pueden organizar cortafuegos para que estos bulos y leyendas urbanas no terminen por arraigarse y crecer como monstruos en cuestión de minutos o de horas.

Me detendré en este segundo punto. No pasaron ni horas de que se desatase el fuego y ya empezaron a circular por las redes unos cuantos bulos inflamables que parecían imposibles de controlar. Y en concreto, había uno que resumía todas las teorías conspiranoicas y que se extendía de una forma inusitada por las autopistas de Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp. Leedlo con atención:

1498485907_740728_1498486174_sumario_normal

Os reconozco mi fascinación con este mensaje. Quien lo ha escrito es un intoxicador capaz de urdir en segundos toda una trama conspiranoica sin fundamento alguno para el deleite de los consumidores de leyendas urbanas fabricadas para su distribución en las cadenas de whatsapp y similares.

La teoría es delirante. Un ejercicio de cuñadismo extremo. Pero no os os creáis que se quedó entre las cuatro paredes de los conspiranoicos que estuviera de guardia ese fin de semana. Este mensaje caló tanto que en muy pocas horas se organizó hasta una recogida de firmas en Change.org para que la Junta reforeste Doñana e impida las recalificaciones que, al día en que escribo estas líneas, lleva casi trescientas mil firmas.

Algunos medios escribieron artículos muy interesantes desmontando estas teorías tan delirantes (os paso por aquí las de El Confidencial y las del portal Verne, de El País), pero el bulo sigue. Y tengo la sensación de que ni se ha apagado ni va a terminar de apagarse nunca. Y en este caso, no por responsabilidad de quien lo propaga, sino de quienes son capaces de tragarse cualquier bulo o difamación con tal de reafirmarse en sus convicciones truculentas.

Seguramente todos conocemos gente que ha propagado estos bulos desde la buena fe, pero también conocemos a transmisores de infamias que saben perfectamente que se trata de mentiras siderales y, aun así, las siguen propagando.

Y eso pasa porque todo esto que conocemos como posverdad (las patrañas, bulos y mentiras de toda la vida) no son patrimonio de algunos políticos y periodistas, sino que también son frecuentemente usados por muchos ciudadanos que anteponen su activismo a la verdad y que, en consecuencia, aplican eso tan cínico de no dejar que la realidad les estropee un buen titular o un buen tuit.

Foto tomada de El Confidencial
Foto tomada de El Confidencial

No pasa nada por reconocerlo. Algunos guardianes de la pureza democrática que ejercen en las redes sociales se hinchan de proferir proclamas tan denagógicas como alejadas de la verdad. Y os puedo asegurar que les importa más bien poco que lo que digan sea o no sea mentira ni el daño que hagan con sus delirios. Lo que importa es que sus discursos prendan. Y cuanto más, mejor. Y ante eso, poco se puede hacer más que seguir confiando en quienes se lo merecen (tanto en los soportes tradicionales como en las redes) y seguir poniendo cortafuegos para las mentiras mediante la transparencia y el rigor. No hay otra.

 

P.D. Al inicio del artículo os decía que he seguido con intensidad las incidencias del incendio por motivos de trabajo. Aprovecho para explicaros: desde hace un par de semanas, ejerzo como portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía. Un reto del que me siento muy orgulloso y que me tiene lo suficientemente ocupado como para dedicarle menos tiempo a alimentar este blog y el grupo sobre periodismo que monté en Facebook. Quiero seguir escribiendo sobre este oficio y esta industria que tanto quiero, pero si veis que escribo menos, ya sabéis porqué. Un abrazo para todos.

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’

He escrito hoy en el portal de tecnología Nobbot sobre una de mis ‘obsesiones’ recurrentes: la necesidad de que los periodistas aceptemos el cambio disruptivo que ha cambiado nuestro modo de trabajar y el modelo de negocio sobre el que ha pivotado el ejercicio del periodismo durante la era de la imprenta. Y lo hago desde la perspectiva de quienes siguen aquejados de esa especie de síndrome de la plañidera que nos invita a quejarnos permanentemente de lo mal que nos va todo y de quienes, por el contrario, han decidido que hay que dejar a un lado los lamentos y dedicarse a explorar nuevas posibilidades de hacer periodismo y buscar nuevas vías de ingresos que hagan sostenible su ejercicio.

Si os apetece leerla, os paso por aquí la reflexión:

Los periodistas somos devotos seguidores de la religión del ombligo. Nos gusta regodearnos en los males que nos aquejan. Por cada problema, un lamento antes que una solución. Somos víctimas del síndrome de la plañidera. Y nos cuesta desembarazarnos de él por mucho que asumamos que así no vamos a lado alguno.

Internet ha destrozado el modelo de negocio gracias al que hemos vivido los últimos dos siglos (del dios Gutenberg hemos pasado al dios Zuckerberg) y ahora deambulamos a lágrima viva por las redes sociales mendigando el cariño de los lectores que antes leían las páginas de nuestros periódicos y ahora se conforman con picotear lo que les llega a sus muros de Facebook o a sus cuentas de Twitter, sin importarles demasiado, por cierto,  si lo que leen ha pasado por un mínimo control de verificación o se trata de una intoxicación salida de alguna granja de noticias falsas.

Leer más:

El periodismo plañidera

 

 

Seguir leyendo “Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’”

Los hooligans invaden el periodismo deportivo

Ronaldo y Messi

El periodista y profesor universitario José Luis Rojas ha hecho hincapié este pasado fin de semana en un hecho bastante llamativo: el diferente tratamiento que le han dispensado los grandes periódicos deportivos de España a las finales de la Copa de Europa de fútbol jugadas por el Barcelona (2015) y el Real Madrid (2017) frente a la Juventus. Así, en un fotomontaje, contraponía lo que publicaban en las visperas el Marca y los dos grandes diarios de la Ciudad Condal, Sport y Mundo Deportivo. En el primero de los casos, el diario deportivo de Madrid titulaba con una foto a toda página de Messi y un titular en el que aventuraba lo obvio: que la estrella argentina podría ser la clave de esa final. Y en el segundo de los casos, los dos periódicos catalanes se sumaban a la fiebre transalpina y jaleaban como tifosis al equipo turinés.

No voy a entrar a comparar una y otras portadas y en el sesgo de cada una de ellas, pero sí que voy a poner el acento en lo que representan: una vuelta de tuerca más en el fenómeno de hooliganización que está viviendo el periodismo deportivo en España (y también, porqué no decirlo, el propio periodismo político, cada vez más hundido en una guerra de trincheras ideológicas en la que muchos periodistas se reconvierten en militantes de las causas de sus diarios y en la que la primera víctima es la credibilidad).

Después de ver estas portadas y algunos otros comportamientos propios del periodismo ultra (y aquí caen casi todos, no sólo los dos grandes periódicos de Barcelona), cabe preguntarse es en qué momento algunos periódicos deportivos y algunos canales, sobre todo de televisión, terminaron convirtiéndose en algo similar a un medio oficial de club y, en los peores casos, en panfletos alejadísimos del periodismo deportivo donde sólo parecen escribir exaltados y hasta payasos mediáticos dispuestos a prender todas las mechas que tengan a mano en defensa de las causas más bélicas del lugar.

Es legítimo que los periódicos muestren cercanía con un club y que empleen un lenguaje en el que se apele a las emociones, a la épica y a la pasión (de las mejores crónicas que he leído nunca, una parte importante han sido piezas deportivas). Y es comprensible también que en ocasiones se confunda hacer periodismo con dar espectáculo, sobre todo en la televisión. Pero no hay ningún manual de estilo que obligue a los medios a comportarse como las barras bravas de los clubes argentinos ni a tratar a sus lectores, oyentes o telespectadores como a exaltados cuyas pasiones hay que exarcebar para poder hacerse un hueco.

El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo 'El chiringuito'.
El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo ‘El chiringuito’.

No sé si será porque la crisis aprieta, porque hay más competencia o porque se juega mucho dinero en torno al espectáculo del fútbol, pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, un sector de la información deportiva de este país ha sido tomado por los hooligans periodísticos, quienes han impuesto la ley de que gana el que más grita y el que más rebuzna.

Tal vez por eso, tantos aficionados empezamos a refugiarnos en otro tipo de programas y medios de información deportiva que han apostado por no subir los decibelios, por no practicar el forofismo fanático y, lo que es más importante, por intentar hablar o escribir de fútbol haciendo lo de siempre, haciendo periodismo, que ya es suficiente tarea.

Hacer periodismo no es gratis (el caso de Infolibre)

Dimite en España el fiscal anticorrupción, Manuel Moix, tras conocerse que posee el 25% de una sociedad offshore en Panamá y gran parte de la opinión pública aplaude hasta romperse las palmas de las manos el trabajo del medio de comunicación que desveló la información.

El medio en cuestión se llama Infolibre, es digital, tiene también una revista hermana (Tinta ibre), nació hace cuatro años, ha apostado por un muro de pago para sus informaciones y, desde este mismo año, puede decir con muchísimo orgullo que logra más ingresos gracias a las aportaciones de sus suscriptores que por la vía de la publicidad, lo que le aporta mayor independencia editorial y le ahorra algunos de los sinsabores propios del oficio.

Redacción de Infolibre.
Redacción de Infolibre.

Infolibre tiene una línea editorial de izquierdas muy marcada, pero, por lo que he podido leer en estos años, ante todo es un medio honesto que apuesta por el periodismo y sin concesiones al click facilón y que ha mostrado siempre una coherencia nada común entre lo que dice en sus proclamas editoriales y lo que hace luego en su medio.

Infolibre es serio. No digo aburrido, digo serio, que no es lo mismo. Es un medio que publica informaciones contrastadas, que cree que las reputaciones se ganan en el día a día y que las recompensas llegan en el largo plazo. Pero no se financia con aire, con soflamas indignadas o con buenos sentimientos, sino, como todos, con dinero, como bien resume este periodista en su cuenta de Twitter.

Exacto. El periodismo libre tiene un coste. Y sólo será posible si hay lectores comprometidos con él, como bien sostiene por aquí Manuel Rico, director de esta publicación y el periodista que ha desvelado la historia de Moix y su sociedad panameña.

Los que os habéis dado una vuelta por este blog sabéis que pienso que las soluciones a la crisis de negocio de los medios no tienen por qué venir sólo por el pago de los lectores. Hay otras vías tan legítimas como la del pago, y habrá que buscar en cada caso, la que mejor se adecúe a cada medio y a cada comunidad a la que se dirija.

Pero, en cualquiera de los casos, el sustrato de lo que dicen por aquí sirve para dos cosas: La primera, para que entendamos todos que los medios de comunicación serios y comprometidos necesitan de una audiencia igual de seria y de comprometida para poder sobrevivir. Y la segunda, para que todos nos demos cuenta de una santa vez que hacer periodismo no es gratis, que los periodistas tenemos el mismo interés que el resto de los ciudadanos en pagar nuestras hipotecas y en querer que nuestros hijos vivan lo mejor posible y que las exclusivas no llegan dándole al F-5 de nuestro ordenador o limitándonos a lanzar eslóganes divertidos en la red social de moda.

Enhorabuena a Infolibre. Y a seguir dando ejemplo de que si se quiere, en periodismo, también se puede.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

Los periódicos ‘resucitan’ las newsletters

pixabay.com

La práctica del periodismo en plena era de las redes sociales y de las nuevas posibilidades tecnológicas viene marcada por un cierto postureo en el uso de las herramientas que se ponen a disposición de los periodistas en el ejercicio del oficio.

Nos hemos puesto tan estupendos que ahora nos afanamos por entender cómo se hace un periodismo distinto desde los teléfonos móviles gracias al uso de los gifs, memes; cómo trabajar los datos y las historias  (como si antes de internet los periodistas trabajásemos en la metalurgia o en la industria de la madera) o, por ejemplo, cómo trabajar con la realidad aumentada.

Todo eso está muy bien, pero no deja llamar la atención que, en medio de este deslumbramiento en el que a veces se nos olvida que lo fundamental es seguir ejerciendo el periodismo sea en el soporte que sea, se acabe colando una herramienta que algunos ya calificaban de vintage: el correo electrónico.

Tanto hablar de las redes sociales, de las búsquedas por Google o de cómo los lectores abandonan las portadas de los portales informativos para terminar abonándonos todos a la idea de que no hay nada mejor que llegar a las bandejas de entradas de esos mismos lectores. Hace poco, podíamos decir que era una moda que resurgía. Ahora, es mucho más que eso.

Hay medios nuevos que han hecho del correo electrónico el centro de su modelo informativo, como The Skimm o Quartz, pero en líneas generales es un revival al que se han apuntado casi todas las grandes cabeceras periodísticas de todo el mundo, pues permite ganar tráfico y, lo más importante, fideliza a una audiencia que se suele comprometer más con aquellos medios que consultan cuando abren su correo electrónico, o sea, en la mayoría de los casos todos los días.

Así, los medios bombardean a los lectores cada vez que acceden a alguna de sus informaciones implorándoles y rogándoles casi de rodillas que se suscriban y les permitan enviarles las notificaciones del medio y,  de otra parte, estos mismos medios se han apuntado a una alocada carrera por ver quién pone en marcha más newsletters de contenidos.

Newsletters. Fuente: pixabay.com
Newsletters. Fuente: pixabay.com

¿Y por qué el éxito de las newsletters y por qué ahora?

A la primera cuestión ya hemos respondido: a pesar de la competencia (redes sociales, canales de mensajería como Whatsapp o Telegram), sigue siendo imbatible la comodidad de recibir la información en la bandeja de entrada de una herramienta que seguimos usando como quien abre la nevera o enciende la televisión.

Y en cuanto a la segunda, ahora resurge porque conforme caminamos hacia la oferta infinita de la información (tenemos en tiempo real todas las noticias a nuestro alcance), se hace más necesario que alguien sea capaz de elegir entre tanta abundancia qué contenidos hay que leer y ofrecerlos a través de un medio tan rápido y eficaz como éste. A esto se le llama curación de contenidos, aporta un valor y, aún más importante, puede ser también una nueva fuente de ingresos para los medios de comunicación. De ahí la resurrección tan fulgurante y pasmosa de un soporte como el correo electrónico para la distribución de las noticias.

El bucle más tóxico del periodismo

pixabay.com

Llevo tiempo insistiendo en que el periodismo no está en crisis, sino que lo que está en crisis es el modelo de negocio sobre el que ha pivotado la industria de la información en las últimas décadas. Sigo pensando en los mismos términos, pero con una diferencia sustancial: es innegable que a la crisis en el modelo de negocio hay que sumarle una crisis alarmante en el modelo editorial a la que también hay que enfrentarse para salir vivos de la escabechina que están soportando gran parte de los medios de comunicación del planeta.

La agonía provocada por las dificultades en la búsqueda de modelos que permitan seguir financiando el periodismo ha provocado que nos hayamos centrado mucho más en el negocio que en el periodismo, en cómo hacer dinero con el periodismo y no en hacer periodismo.Y esto, al final, está permitiendo mejorar algunas cuentas de resultados, pero también está teniendo consecuencias nefastas en un negocio que se basa en la credibilidad del que da noticias y las distribuye.

Cualquier directivo de una empresa de comunicación en crisis lo puede atestiguar: la obsesión es cómo ganar dinero para que el medio no muera de inanición. Y así, esos mismos directivos que deberían de estar pensando en nuevos modelos editoriales que sustituyan a los antiguos y en cómo sortear los nuevos desafíos éticos y periodísticos de la profesión se ven obligados a hacer de invitados en un reality para supervivientes, a centrarse en sacar como sea unos cuantos euros al anunciante de turno, convirtiéndose en una especie de multiusos que lo mismo ejerce de periodista que de comercial o de gerente. Es lo normal cuando el dinero de la publicidad y de las ventas no dan para pagar las nóminas de una redacción ni para encender el interruptor de la luz. Pero tiene su lado oscuro y lo tenemos que asumir.

Ahora ya no sólo asistimos al desafío de encontrar nuevos ingresos en una industria marcada por la gratuidad de los contenidos, la pérdida del papel de mediadores en favor de las redes sociales, la entrada de elefantes como Google y Facebook en el negocio de la publicidad que antes pertenecía casi en monopolio a los medios de comunicación o el mismo impacto que va a tener desde ya la implantación masiva de bloqueadores de publicidad en los dispositivos móviles en los que consumimos mayoritariamente la información.

Ahora tambien estamos teniendo un gravísimo problema editorial, de credibilidad y de confianza, fruto de diversas causas como, por ejemplo, la constatación de que la posverdad es un buen negocio, de que la saturación informativa puede terminar creando ciudadanos incapaces de ir más allá de los titulares que leen en Twitter o en Facebook y de que a veces confundimos la información con el espectáculo.

El resultado de todo eso es que muchos de nuestros lectores, oyentes y espectadores ya no confían en nosotros ni aunque les pongan una pistola en la cabeza. Y eso no es un problema de modelo de negocio, sino de modelo editorial y de valores y principios.

A ningún medio se le obliga por decreto a practicar el sensacionalismo, a caer en espectáculos burdos y zafios en busca del click o en utilizar las mentiras y las intoxicaciones como si se trataran de un género periodístico más. No vale esconderse en que “eso es lo que pide la gente” porque en ese caso todavía podríamos estar linchando herejes en las plazas públicas (bueno, en realidad se sigue haciendo, pero en vez de utilizar guillotinas, se usan algunas cuentas de Twitter, pero ésa es otra historia).

Y aquí insisto en una de mis últimas fijaciones periodísticas: la necesidad de pensar que la calidad en el periodismo puede ser una herramienta magnífica para diferenciarse entre tanta basura mediática y debe servir para restablecer el contrato de confianza con los lectores que, a medio o largo plazo, permita encontrar nuevas vías de ingresos.

La apuesta por la calidad es la única vía que se me ocurre para abandonar el bucle tóxico en el que estamos metidos y sustituirlo por un bucle benigno donde la calidad llevara a los ingresos. Una apuesta difícilisima en un mercado donde la publicidad se vende como si fueran melocotones de una frutería, pero  necesaria, sobre todo si seguimos pensando que en el periodismo, por ahora, no vale todo o casi todo.

Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

https://platform.twitter.com/widgets.js

 

El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Viviendo en una burbuja mediática

Ocurre siempre después de cada cita electoral. Miras los resultados y, si son contrarios a tus preferencias ideológicas, te asomas luego a tus redes sociales y observas cómo una parte de tu comunidad se indigna y se pregunta cómo es posible que la gente haya votado lo que haya votado cuando en Twitter todo el mundo piensa como ellos.

Es un ejemplo, pero hay muchos más de la burbuja política y mediática en la que vivimos. Pasa en todos lados, pero en España se recrudece esta tendencia, y si es en el periodismo, más todavía: estamos acostumbrándonos a leer, escuchar y ver sólo a aquellos medios de comunicación que confirman nuestra visión del mundo y de la sociedad y esta tendencia tribal a refugiarse en las ideas de los nuestros intensifica la polarización y la radicalización de los discursos que dominan la escena pública en un debate en el que la información ha empezado a ser sustituida por el activismo y el espectáculo de masas.

No es nuevo, pero sí llamativo. En la era previa a internet, la escasez de oferta (dos o tres televisiones, cuatro emisoras de radio y unos cuantos periódicos) tenía como consecuencia que los ciudadanos, a la hora de consumir información, tenían una visión más o menos sesgada o parcial de la realidad, pues sólo se asomaban a ella a través de los ojos de la única cabecera que consumían o de los únicos programas de radio y televisión que escuchaban y veían. Algunos sólo leían El País y escuchaban la Ser y otros apenas salían de las cuatro paredes del Abc y la Cope. Y era lo normal. Era la época en la que nos decían que para tener una mirada más plural de la actualidad había que leer al menos dos o tres periódicos al día, cosa que hacía sólo una minoría.

Llegó Internet y la oferta infinita de los medios y pensamos que había llegado el momento de confrontar todas las ideas en este parque temático de la información que eran las redes sociales, donde no había tiempo para leer todo lo que estaba a nuestro alcance.

Era el escenario perfecto para la pluralidad democrática en el consumo de los medios. Ya no había que gastarse un buen puñado de euros en comprar una pila diaria de periódicos para tener una mirada más amplia y panorámica de los asuntos públicos; bastaba con hacer una buena selección de contenidos en Twitter o en Facebook (yo, por ejemplo, me he hecho mis propias listas en Twitter con los temas que me interesan) y podías leer lo que quisieras y cuando quisieras. El paraíso para los adictos a la información, un vergel para quienes creen en las sociedades abiertas que respetan los derechos civiles de sus ciudadanos.

Ocurre, sin embargo, que, pese a la oportunidad que ya tenemos a nuestro alcance con sólo pagar nuestra factura por los megas de nuestra conexión, esta pluralidad no se manifiesta en el consumo de los contenidos. Seguimos leyendo a los nuestros.

Al contrario, con la eclosión de las redes sociales, hemos terminado por concentrarnos en guettos que orbitan alrededor de lo que opinan los líderes políticos, sociales, periodísticos y hasta humorísticos de nuestras tribus. Y el resultado es que sólo leemos y escuchamos aquello que se acerca a lo que pensamos y sentimos, restringiendo nuestra capacidad de entender al que no piensa como nosotros y, por extensión, nuestra propia capacidad de aceptar que el otro puede algo o mucha razón en lo que defiende.

Este achique de espacios tan endogámico, además, aporta las condiciones ambientales necesarias para que afloren las intoxicaciones, las mentiras y las medias verdades, utilizadas como combustible para la agitación. Todo vale contra un adversario reconvertido en enemigo al que hay que deshumanizar.

No pasa nada por reconocerlo. Preferimos ratificarnos en lo que pensamos que discutir honestamente nuestras convicciones y nuestros planteamientos. Es legítimo, pero asumamos que también es empobrecedor, pues achica nuestra visión crítica y anula la confrontación de las ideas, sustituyendo la discusión por una agitación histérica y agresiva en la que no vence el que convence, sino quien es capaz de soltar la frase más epatante, sin importar para nada si esa frase responde a una realidad comprobable o es una simple carcasa vacía para consumidores compulsivos de píldoras demagógicas.

 

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

https://platform.twitter.com/widgets.js

El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Cómo demonios ganar dinero con el periodismo

Pixabay.com

Salta un titular del presidente del The New York Times en el que afirma que “la gente pagará por las noticias” y, casi de repente, la entrevista publicada por El Mundo con Mark Thompson empieza a viralizarse por las redes sociales del mismo modo que se compartiría un descubrimiento científico de primer orden para erradicar alguna enfermedad maligna o la concesión de algún prestigioso galardón para algún caballero o dama de las letras o de las ciencias.

Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.
Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.

En la entrevista, Thompson disecciona el modelo de negocio del rotativo neoyorkino y hace predicciones muy sugerentes sobre la industria del periodismo. Y, pese a lo que pueda desprenderse del titular, no juega a ser un gurú dispuesto a certificar con toda rotundidad qué año, qué día y a qué hora desaparecerán los periódicos de papel de la superficie de la tierra.

Ofrece sus opiniones y punto. Con brillantez, sí, pero sobre todo con prudencia y sin dogmatismos. Y, sin embargo, sus declaraciones se han expandido como si el que hablara no fuera un curtido directivo de medios que sabe lo que se trae entre manos (antes la BBC y ahora el The New York Times) sino directamente un Moisés redivivo que bajara del Monte con las tablas de los Diez Mandamientos necesarios para afrontar la transformación del periodismo.

La pregunta que nos tenemos que hacer, entonces, es por qué tanta agitación en torno a sus palabras.

Es evidente que una razón objetiva es que quien traza la tendencia de por dónde irá esta industria no es precisamente un mindundi con ínfulas de Ciudadano Kane sino un señor que dirige la organización de noticias más prestigiosa del planeta, un periódico que, además, está reinventándose con éxito en esta era digital (muy interesante, por cierto, el libro de Ismael Nafría sobre esta reinvención).

Pero creo que no es la única razón. Hay otras y también de calado. Por ejemplo, que hay tanta perplejidad y tanta incertidumbre sobre los nuevos modelos de negocio que sostendrán al oficio que necesitamos personas que, desde su solvencia, sean capaces de ir más allá de los diagnósticos obvios y ofrecer soluciones que ya han sido comprobadas, como es el caso del The New York Times.

Los periodistas necesitamos una ‘garganta profunda’ como la del Watergate que sea capaz de decirnos dónde está el dinero. Y por eso, cuando llega alguien como Thompson y dice lo que dice, sus declaraciones se convierten en un asidero, en un deseo ansioso de que la profecía se cumpla y de que los lectores vuelvan a pagar por las noticias que consumen del mismo modo que lo hacían antes de que se extendiera la idea de que había que dar gratis en internet lo que se se vendía en papel.

El problema, para quienes piensan así, es que las soluciones a este problema no son universales.

El pago por noticias puede ser una buena salida para medios de referencia como The New York Times, para periódicos que aportan un valor añadido diferencial (pensemos por ejemplo en los diarios económicos como el Finantial Times) y para aquellos que sean capaces de lograr un fuerte compromiso de los lectores que termine sustanciándose en un pago por contenidos (y aquí, por poner un par de ejemplos, recuerdo los casos del francés Mediapart y, en España, de eldiario.es).

Pero nadie ha dicho que esta solución valga para todos.

Las grandes cabeceras seguirán apostando por ser las líderes globales de audiencia y lograr acceder a los grandes caladeros de la publicidad (con permiso de Google y Facebook, que amenazan con comérselo todo). Y el resto tendrá que seguir innovando, pensando menos en el dinero que les llega de la publicidad y buscando nuevos ingresos explotando el perímetro del negocio, es decir, desde la publicidad nativa a los contenidos patrocinados, la organización de eventos y todo aquello que se les pueda pasar por la imaginación para hacer dinero gracias a la confianza y la credibilidad que despiertan sus marcas informativas.

Ya lo dije en otro artículo: no hay recetas mágicas ni atajos en forma de muros de pago. Cada medio tendrá que buscar el modelo que le conviene y mimar a su comunidad de lectores. Y aun así, tampoco tendrán nada garantizado.

El negocio del periodismo se ha instalado en la incertidumbre. Y no va a salir de ahí en mucho tiempo. Toca acostumbrarse y aceptar la necesidad de cambio como una constante vital que nos acompañará durante unas cuantas generaciones de periodistas. No hay otra.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

Pixabay.com

Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

¿Por qué no dejamos de rasgarnos las vestiduras con la publicidad de los periódicos?

Un anuncio publicitario de un teléfono móvil a página completa en las portadas de los diarios El País y El Mundo ha suscitado el tradicional rasgado de vestiduras en el gremio en el que se han mezclado lamentos por la supuesta degradación editorial de estos dos periódicos con ataques directos a lo que, también supuestamente, es un ejemplo palpable de cómo la prensa se ha rendido al capital y es esclava servil de intereses ajenos a los sagrados principios del periodismo.

Me parece que estamos exagerando un poco. El derrumbe del modelo tradicional de la prensa ha metido a las grandes cabeceras del periodismo en una crisis que los ha debilitado y precarizado hasta convertirlos en presas más o menos fáciles para los depredadores que siguen interesados en influir en la opinión pública a través de estos medios de comunicación. Pero de ahí a ver conspiraciones y demostraciones de servilismo por todos los rincones va todo un mundo que no hay porqué admitir. Entre otras razones, porque las acusaciones en este caso tienen poco o ningún fundamento.

Mirad, puedo entender que no os guste ver un anuncio publicitario a página completa en un periódico, pero es que resulta que los periódicos siguen viviendo todavía la publicidad. Yo he sido director de un periódico, El Correo de Andalucía, y os puedo asegurar que ojalá hubiese tenido el dilema de tener que aprobar la inserción de un anuncio en toda la portada. Bueno, os lo digo ya, hubiese dicho que sí al anuncio y al dinero que llegase con él salvo que atentase contra principios y valores irrenunciables, que no es precisamente el caso de un teléfono móvil.

De verdad, podemos ponernos todo lo estupendos que queramos, pero no nos confundamos: el problema de los periódicos no es que tengan que poner publicidad en sus portadas; el problema es el contrario, el problema es que apenas tienen publicidad y, encima, sus ventas van bajando y bajando.

Pongo este ejemplo mismo de hoy. Estoy convencido, y si me equivoco me corregís, que la mayoría de los que os estáis llevando las manos a la cabeza por este presunto sacrilegio no os habéis escandalizado cuando habéis ido al quiosco y habéis comprado un ejemplar de alguno de estos periódicos. No, lo más seguro es que os haya entrado el soponcio cuando hayáis visto la imagen al abrir vuestra cuenta de Facebook o cuando estábais echándole un vistazo a las últimas noticias en Twitter. Lo de comprar periódicos para permitir que sigan subsistiendo mejor lo dejamos para otro día.

No quiero reconvenir a nadie, pero sí poner un poco de contexto para acotar este caudal de indignación y honores mancillados. Si yo estuviera otra vez en un periódico, me gustaría que mi medio hiciera todo lo posible por hacer sostenible el negocio y lo último que haría sería ponerme exquisito porque a alguien se le ocurre poner un anuncio a página completa en la portada.

A mí me puede no gustar esta acción publicitaria, pero también me aburren, me cansan y me irritan las cascadas de anuncios que aparecen de repente en mi móvil cuando abro determinadas páginas de las ediciones digitales de los medios o cuando abro mis cuentas en las redes sociales, pero no por eso me comporto como si fuera un caballero medieval al que han mancillado su honor y tampoco por eso afirmo alegremente que los periódicos se han vendido a los malvados que utilizan a los periódicos como brazos armados para engañar y corromper a los ciudadanos.

Por alguna razón que se me escapa, de un tiempo a esta parte, la profesión también se nos está llenando de salvadores del periodismo que se dedican a dar lecciones de ética y decencia a cientos de profesionales que suficiente tienen con intentar hacer bien su trabajo en medio de tantas dificultades. Vamos a respetar a los compañeros, que tampoco es tan difícil.