Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

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El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

¿Y si los medios tuvieran algún día que emigrar de Facebook?

Hace unos días se publicaba que Facebook estaba pensando cambiar la faz de sus muros para darle preferencia a las noticias y comentarios de los amigos en detrimento de las informaciones publicadas por los medios en sus páginas, que serían más o menos ‘desterradas’, lo que obligaría a esos medios a pagar a la compañía de Mark Zuckerberg si quisieran mantener su alcance orgánico. 

Facebook está experimentando el cambio en seis países, pero está de más advertir que si la compañía californiana confirma estos planes y los lleva a la práctica, los medios vivirán un día negro para sus métricas de tráfico y para sus ya alicaídas previsiones de ingresos.

Facebook es la red social que más tráfico genera con diferencia a los medios de comunicación y la que proporciona más tiempo de permanencia en sus páginas. De hecho, se ha convertido en la plaza pública a la que acceden millones de personas a entretenerse, a cotillear, a ver fotos de los amigos y también a informarse.

Y ya no es que sea un complemento perfecto para la distribución de los contenidos periodísticos, sino que se ha convertido en la autopista principal por la que circulan casi todos los contenidos, hasta el punto de que si una noticia no se comparte en Facebook, pierde casi todo su potencial de distribución. 

La situación es paradójica. Los medios pensaban que con Internet desaparecería la intermediación de los quioscos y el resto de puntos de venta físicos, pero, sin embargo, ésta no ha desaparecido sino que, simplemente, ha mutado. El nuevo quiosco es Facebook. Y si antes los quioscos querían su comisión, ahora Facebook también la quiere y lo dice expresamente: si los medios quieren seguir teniendo audiencias millonarias para sus productos gracias a las páginas que han abierto, toca pagar.

facebook-76536_640-1-360x240Lo que hace Zuckerberg es razonable. Monta una plataforma y quiere ganar dinero con ella. Facebook no es una ONG ni se quiere parecer a la Wikipedia. Quiere ganar dinero. Y por eso, cuando ya se ha hecho imprescindible para tantísima gente, organiza su modelo de negocio en busca de la rentabilidad y le dice a las empresas informativas (y al resto) que tienen que pasar por caja si quieren seguir teniendo a tanta gente picando en sus contenidos.

Pero esto también debería hacer reflexionar a los medios.

Facebook da lectores. Pero, a cambio, revienta a los medios a través de tres vías: 1. Cambiando el algoritmo de un día para otro hundiendo las cifras de tráfico; 2. ‘Obligando’ a los medios a convivir en un ecosistema plagado de noticias falsas que Facebook es incapaz de controlar. Y 3. Quedándose con la publicidad que antes iba a los medios.

A los medios les quedan dos opciones. Pagar por seguir apareciendo en los muros de los lectores o emigrar y buscar otras plataformas que les permitan distribuir sus contenidos digitales sin pasar por el Impuesto Zuckerberg. 

Por ahora lo razonable sería pagar y seguir disfrutando de estas audiencias, asumiendo que hay que pasar por la ventanilla y que hay que adaptarse a todo lo que proponga el Gran Hermano de Palo Alto. Las reglas del juego las marcan los actores dominantes del negocio. Y en el caso de la industria del periodismo, como en otros ligados a la distribución de contenidos digitales, quienes mandan son Google y Facebook.

Pero tampoco estaría de más que, en paralelo a este sistema de pagos, los medios de comunicación vayan explorando otras formas de llevar sus contenidos a los lectores que les permitan mantener el control de la distribución y tener un sitio a donde emigrar el día en el que las condiciones del negocio lo permitan. Si no, siempre estarán en manos de quien controle las carreteras de la información y a expensas, por tanto, de las decisiones estratégicas de terceros. Y eso no es una buena idea, ni en la industria del periodismo ni en ninguna otra.

Un cortafuegos para el cuñadismo extremo de los bulos de Doñana

Foto de eldiario.es

Por razones de trabajo, he seguido casi todo lo que se ha dicho y escrito sobre el incendio desatado en el entorno del Parque Nacional de Doñana que ha arrasado 8.486 hectáreas en parajes de alto valor de una zona comprendida entre Moguer, Mazagón y Matalascañas, en la provincia de Huelva, en el sur de España.

El fuego ha concitado una atención extraordinaria por su cercanía a una de las reservas naturales más valiosas del continente europeo y ha servido para comprobar un par de cuestiones: la primera es que, en líneas generales, los medios de comunicación siguen teniendo un papel relevante a la hora de trasladar con rigor, en sus soportes y en sus redes sociales, la información de servicio que se requiere en situaciones tan extremas como las que se ha vivido en la zona afectada; y la segunda es que es muy difícil luchar contra los bulos, pero que también se pueden organizar cortafuegos para que estos bulos y leyendas urbanas no terminen por arraigarse y crecer como monstruos en cuestión de minutos o de horas.

Me detendré en este segundo punto. No pasaron ni horas de que se desatase el fuego y ya empezaron a circular por las redes unos cuantos bulos inflamables que parecían imposibles de controlar. Y en concreto, había uno que resumía todas las teorías conspiranoicas y que se extendía de una forma inusitada por las autopistas de Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp. Leedlo con atención:

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Os reconozco mi fascinación con este mensaje. Quien lo ha escrito es un intoxicador capaz de urdir en segundos toda una trama conspiranoica sin fundamento alguno para el deleite de los consumidores de leyendas urbanas fabricadas para su distribución en las cadenas de whatsapp y similares.

La teoría es delirante. Un ejercicio de cuñadismo extremo. Pero no os os creáis que se quedó entre las cuatro paredes de los conspiranoicos que estuviera de guardia ese fin de semana. Este mensaje caló tanto que en muy pocas horas se organizó hasta una recogida de firmas en Change.org para que la Junta reforeste Doñana e impida las recalificaciones que, al día en que escribo estas líneas, lleva casi trescientas mil firmas.

Algunos medios escribieron artículos muy interesantes desmontando estas teorías tan delirantes (os paso por aquí las de El Confidencial y las del portal Verne, de El País), pero el bulo sigue. Y tengo la sensación de que ni se ha apagado ni va a terminar de apagarse nunca. Y en este caso, no por responsabilidad de quien lo propaga, sino de quienes son capaces de tragarse cualquier bulo o difamación con tal de reafirmarse en sus convicciones truculentas.

Seguramente todos conocemos gente que ha propagado estos bulos desde la buena fe, pero también conocemos a transmisores de infamias que saben perfectamente que se trata de mentiras siderales y, aun así, las siguen propagando.

Y eso pasa porque todo esto que conocemos como posverdad (las patrañas, bulos y mentiras de toda la vida) no son patrimonio de algunos políticos y periodistas, sino que también son frecuentemente usados por muchos ciudadanos que anteponen su activismo a la verdad y que, en consecuencia, aplican eso tan cínico de no dejar que la realidad les estropee un buen titular o un buen tuit.

Foto tomada de El Confidencial
Foto tomada de El Confidencial

No pasa nada por reconocerlo. Algunos guardianes de la pureza democrática que ejercen en las redes sociales se hinchan de proferir proclamas tan denagógicas como alejadas de la verdad. Y os puedo asegurar que les importa más bien poco que lo que digan sea o no sea mentira ni el daño que hagan con sus delirios. Lo que importa es que sus discursos prendan. Y cuanto más, mejor. Y ante eso, poco se puede hacer más que seguir confiando en quienes se lo merecen (tanto en los soportes tradicionales como en las redes) y seguir poniendo cortafuegos para las mentiras mediante la transparencia y el rigor. No hay otra.

 

P.D. Al inicio del artículo os decía que he seguido con intensidad las incidencias del incendio por motivos de trabajo. Aprovecho para explicaros: desde hace un par de semanas, ejerzo como portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía. Un reto del que me siento muy orgulloso y que me tiene lo suficientemente ocupado como para dedicarle menos tiempo a alimentar este blog y el grupo sobre periodismo que monté en Facebook. Quiero seguir escribiendo sobre este oficio y esta industria que tanto quiero, pero si veis que escribo menos, ya sabéis porqué. Un abrazo para todos.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

Twitter también quiere ser un periódico

Twitter avanza en su conversión en medio de comunicación. La red social está incluyendo en las cuentas de sus usuarios una pestaña a la que ha puesto el nombre de Moments en la que hace una selección de los contenidos que son tendencia, agrupándolos en cinco secciones. Hoy, Noticias, Deportes, Entretenimiento y Diversión. Twitter elige los contenidos, los clasifica, los jerarquiza y los muestra al público en una misma página. O sea, que ha montado una página web de noticias en la que ahorra al usuario la necesidad de elegir los contenidos que más le interesa seguir mediante la selección de las historias que saldrán en esta nueva pestaña.

En realidad, se trata de un proceso natural en una sociedad que ha desplazado su centro de atención de los grandes medios de comunicación a las grandes redes sociales. Quien quiere ver fotos usa Instagram; quien quiere ver fotos, cotillear un poco y picotear algunas informaciones, se va a Facebook; y quien quiere estar al día de lo ocurre en el mundo, estar en los debates de actualidad, conversar, discutir y comentar sobre la marcha noticias políticas, partidos de fútbol o programas de televisión o cualquier otro asunto variopinto, se hace con una cuenta de Twitter.

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Twitter. Fuente: El Universal

Os cuento mi propio caso: yo vivo en Twitter. No participo en exceso (12.400 tuits en siete años), pero desde primera hora de la mañana me paso la jornada repasando lo que ocurre gracias a la gente a la que sigo en esta cuenta, gente a la que, además, tengo clasificada y repartida en listas que utilizo para no perderme detalle de aquellos asuntos que me interesan con mayor atención (política, periodismo, fútbol…).

Twitter es como la gran agencia de noticias del mundo. Y gratuita. Con un modelo de negocio que todavía no ha logrado arrancar, pero con el extraordinario potencial de comunicación que le proporciona el haberse convertido en la agencia de noticias de última hora más importante de la historia. Y parece que ha asumido que se ha convertido en un periódico de alcance global como lo pueda ser cualquier otro gran diario o, por ejemplo, el mismo Facebook.

¿Que cómo afecta a los periódicos de papel y al resto de los medios de comunicación? Bueno, basta con hacer un simple cálculo  personal: pensad cuánto tiempo le dedicábais antes al día a leer, ver o escuchar medios y cuánto tiempo destináis ahora a informaros a través de esos mismos medios tradicionales. Sí, casi todo ese tiempo se invierte ahora en navegar y en alguna red social. Allí es donde están los lectores. Y allí es hacia donde deben dirigirse las marcas periodísticas. Y si es antes de que Twitter o Facebook terminen comiéndoles todo el negocio publicitario, mejor.

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

Nadia, el periodismo y el espectáculo de la verdad

Los periodistas nos hemos puesto en modo plañidera con el caso de Nadia y el padre que se inventaba historias sobre la enfermedad de su hija con la que ganaba dinero que no iba a parar a los cuidados de la niña. Propósitos de enmienda se mezclan con juramentos al estilo de Scarlett, el personaje de Vivien Leigh, en Lo que el viento se llevó: “Jamás, nunca jamás volveremos a caer en un engaño semejante”.

Bueno, seamos sinceros, volveremos a caer. Y si seguimos por la senda de transformar a los medios de comunicación en versiones informativas de los telemaratones donde se trafica con el cariño y con la ternura que inspiran dramas como el de la niña Nadia, caeremos mucho más pronto que tarde.

Es paradójico: nos preocupamos por las noticias falsas que aparecen en Facebook, pero se nos apagan las señales de alerta cuando vemos que una noticia, un titular o un reportaje triunfa en las redes sociales. Ahí se nos apagan todas las neuronas que hemos acumulado en años de oficio y decidimos que para qué vamos a dejar que la realidad nos estropee una buena historia. Y así, somos capaces de aceptar hasta que el padre de Nadia se fuese a una cueva de Afganistán en busca de un tratamiento para su hija y otros exotismos que, antes, jamás habrían pasado por el filtro de los editores de un periódico.

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Fernando y su hija Nadia. Fuente. La Información.

En realidad, aquí lo importante no es que una noticia sea una verdad o una de esas patrañas a las que ahora calificamos de hijas de la posverdad. Lo importante es que nos hemos postrado de tal manera ante el altar del dios de la viralidad y el tráfico fácil que  estamos convirtiendo a los medios en teatros donde sacrificamos casi todo en busca de las visitas que salvarán los numeros de nuestras compañias. No nos interesa informar, nos interesa emocionar. Y si vemos que la emoción multiplica nuestros likes y nuestros retuits, se nos nubla la razón y aceptamos ballenas como animales de compañía sin que nadie sea capaz de advertinos de la barbaridad que estamos cometiendo.

Y, por cierto, esto no es un problema particular de Pedro Simón (un excelente periodista que ha cometido un error) o de el diario El Mundo (¡Con la de buenos periodistas que tiene en sus tareas de edición, por Dios¡). Esto es un problema que en mayor o menor medida sufrimos casi todos los periodistas y casi todos los medios. O decidme si no: ¿no os ha pasado alguna vez que habéis contado una historia que no habíais contrastado lo suficiente?  Venga, decid la verdad: ¿A que sí?

Pero mirad, vamos a ver también aquí el lado positivo de las cosas. Esto del caso Nadia es un toque de atención, pero también el descubrimiento de una verdad que se nos estaba empezando a olvidar: si perdemos los filtros de verificación, los medios ya no seremos medios. Pero si insistimos en ellos, si insistimos en controlar todo lo que publicamos y decimos, si insistimos en ser más creíbles, a lo mejor, hay ciudadanos que empiezan a recuperar su confianza en nosotros y terminamos por distinguirnos de quienes convierten las emociones en mercancía destinada a engordar sus cuentas de resultados.

Y ese día, descubriremos que el periodismo tiene que ser entretenido y tiene que emocionar, pero que jamás, nunca jamás, tiene que confundirse con un espectáculo donde lo que menos importa es que lo que se cuente sea o no sea verdad.

P.D. Mirad este vídeo del actor norteamericano Denzel Washington sobre el periodismo y la verdad. En menos de un minuto, disecciona y diagnostica uno de los peores males que aquejan al periodismo actual: esa carrera alocada en la que lo de menos es si contamos verdades, medias verdades o mentiras. Imprescindible.

 

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

El periodismo y la leyenda urbana de la presunción de inocencia

Justicia.

He participado en unas jornadas de la Unión de juristas independientes de Andalucía en torno al proceso penal, los medios de comunicación y la presunción de inocencia. Y quiero pasaros algunas de las reflexiones que trasladé sobre una presunción que, a mi juicio, ni existe ni se la espera en el mundo del periodismo y los periodistas.

Vamos a dejarnos de correcciones políticas. A día de hoy, no existe la presunción de inocencia en los medios de comunicación. La que habita entre nosotros es otra, es la presunción de la culpabilidad de casi todo el que se vea envuelto en cualquier causa penal. Y en ocasiones, incluso de los que ni siquiera han sido llamados por la Justicia.

Discutir, hoy día, si existen o no las denominadas penas de telediario es una cuestión tan estéril como debatir si internet ha cambiado o no nuestras vidas. Pues claro que sí. Y además han amplificado su espectro gracias a las redes sociales, unas herramientas que fabrican Torquemadas en cantidades industriales dispuestos a condenar a quien se les ponga por delante con la sola ayuda de un smartphone y de una cuenta en Twitter o en Facebook.

 La prensa

Si quieren buscar culpables, no hagan generalizaciones ni se dirijan a quienes hacen información política, judicial o policial. A ellos sí que se les puede aplicar la presunción de inocencia. Lo digo tras conocer a grandísimos profesionales especializados en la información de tribunales y de sucesos, gente que se ha pateado hasta la última comisaría de barrio y a la que le han crecido las uñas haciendo guardias a las puertas de los juzgados de instrucción.

Por supuesto que los hay que cargan con ligereza en los adjetivos y que usan el dedo acusatorio en sus crónicas como si en vez de periodistas fueran jueces omnímodos, pero no son mayoría. Aunque a algunos se los parezca, no lo son.

Lo que ocurre es que hay derivas que tienen sus consecuencias. Y en el periodismo son palpables. Me voy a referir a dos de ellas que están relacionadas: la precariedad laboral y la deriva hacia el periodismo espectáculo.  

Con tantísimos despidos en los medios, no había que ser Einstein para pensar que las redacciones se iban a llenar de compañeros  que no tienen ni la solvencia ni el conocimiento necesario para enfrentarse a determinados asuntos. No es su culpa. Eso se gana con el tiempo y aprendiendo de los más veteranos. Y en periodismo, ya no hay tiempo y casi que no hay ni veteranos: han sido expulsados.

Y en segundo lugar, como vivimos a la caza del click o de un par de puntos más de audiencia, los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Y lo estamos pagando también con el descrédito.

Basta con acercarse al soporte donde se conforma y moldea la opinión pública, la televisión, y al tratamiento que se le dan a las informaciones judiciales ligadas con la política.

Los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Los programas políticos de las televisiones de mayor audiencia son una reencarnación catódica de las tabernas medievales en las que gana quien grita más y quien conecta mejor con una audiencia que reclama un castigo fulminante a quienes supuestamente nos roban y nos saquean.

Los platós se convierten en escenarios de películas de Berlanga donde el pueblo, soberano, pide la cabeza de todos los sinvergüenzas que  nos explotan. Y el público, el pueblo o como quieran llamarlo, pide justicia, pero no de la que se asienta en el Estado de Derecho sino de la que algunos utilizan sin pudor como sinónimo de carnaza y de linchamiento.

Pues bien, en ese contexto: ¿alguien nos va a decir de verdad que la presunción de inocencia se cuida, o que al menos intentamos recordar que existe? Estamos hartos de condenar a la gente sin necesidad de que lleguen a juicio. Y en eso, los medios de comunicación tenemos nuestra parte de culpa. ¿O es que alguien nos obliga a convertirnos en tribunales populares?

La balanza de la justicia. Fuente: pixabay.com
La balanza de la justicia.

No se trata de que quienes nos dedicamos a esta profesión tengamos la maldad en nuestras venas. En ocasiones, simplemente nos olvidamos de que existe porque nos creemos que lo que dice un juez, la Policía o la Guardia Civil en la instrucción de un caso es más o menos la palabra de Dios y que, por tanto, todo aquello que ellos concluyan en sus investigaciones no puede ser puesto en cuarentena.

Pero en lo que sí tenemos mucha responsabilidad, y en eso por supuesto me incluyo el primero, es en haber pervertido el lenguaje por encima de nuestras posibilidades:

Pondré un ejemplo clasico, el de la utilización torticera del término ‘imputado’. Yo estudié Derecho en la Universidad de Sevilla en los años ochenta y, si mal no me acuerdo, a mí me dijeron que la imputación era una garantía procesal.

Vargas Llosa se hacía en el arranque de su obra ‘Conversación en la Catedral’ la pregunta de ¿cuándo se jodió el Perú? Parafraseándolo, yo me sigo preguntando como periodista cuándo se jodió la palabra imputación y cuándo decidimos los medios de comunicación que si alguien era imputado (ahora es investigado), automáticamente había que tratarlo como alguien condenado en sentencia más que firme.

La dictadura de la afirmación rotunda

Los periodistas cometemos errores, pero una cosa es cometer errores y otra bien distinta es instaurar la dictadura de la afirmación rotunda, un régimen de verdades absolutas que condena a los encausados sin dejarles ni el derecho a la más mínima defensa.

¿Qué podemos hacer? En las mismas jornadas a las que asistí le escuché decir al periodista Diego Suárez que una de las mejores maneras de luchar contra nuestros errores es apostar más si cabe por la especialización de los profesionales, que son quienes tienen que aportar el rigor y la solvencia con la que hay que manejarse en estos asuntos.

Pues sí, así que sólo añadiré tres ingredientes a esta receta: una mayor templanza y mesura por parte de quienes dirigen las redacciones, libertad editorial para no dejarse llevar por intereses espurios y, sobre todo, no olvidarnos que los periodistas nos podemos equivocar y que podremos ser más subjetivos que objetivos, pero que sobre todo lo que tenemos es que ser honestos con la audiencias y con nosotros mismos. No hay otra.

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

¿Y si los medios sacan tajada de la guerra de Google y Facebook?

Buscadores y redes compiten también por las noticias. Fuente: pixabay.com

Estamos tan distraídos con nuestros debates recurrentes sobre el futuro de la prensa de papel o sobre el consumo de las noticias en vídeo y a través de los teléfonos móviles, que seguimos olvidando que donde se está jugando la más grande de las contiendas es en ese escenario virtual donde se han citado los dos grandes duelistas de la red:  Google y Facebook.

El gran motor orwelliano de las búsquedas por internet y el muro digital más compartido de la historia compiten por la atención de cientos de millones de usuarios cuyos datos tienen un valor imposible de calcular. Quien gane, controlará el ecosistema de internet. Y por eso ambas compañías luchan por hacerse con uno de los negocios que garantizan los contenidos que les permitirán vencer en esta contienda: el de las noticias.

¿Por qué no aprovecharse de esta pelea de elefantes?

Facebook vive un momento de desdoble de la personalidad. Insiste en que se no se trata de una compañía de medios, pero lo cierto es que una de las obsesiones de Mark Zuckerberg es la de lograr que todos los medios nutran a Facebook y lo conviertan en el centro de sus estrategias.

Facebook. Fuente: pixabay.com

Y Google, por su parte, lleva años erigiéndose en el gran editor del mundo, el redactor que jerarquiza la actualidad del planeta y decide qué es noticia y merece estar en la primera página del buscador y quién se queda relegado a los confines del motor del búsqueda.

Pero no son los únicos.

Nadie quiere quedarse atrás en esta guerra por la atención de los ciudadanos. Y por eso, tanto los motores de búsqueda como las plataformas sociales se están lanzando en masa a ofrecer a los productores de noticias servicios que les pueden dar ingresos a cambio de alojar sus contenidos directamente en sus plataformas, sin necesidad de alojarlos en sus webs de referencia.

La lista es larga: los instant articles o los facebook live de Facebook, las aceleradoras de páginas móviles(APM) o el Youtube player de Google , el servicio de Apple News o el de Snatchap Discover son algunos ejemplos. Pero pronto habrá unos cuantos más.

Para los medios, es importante que asuman que es imprescindible que establezcan estrategias con estas compañías si quieren ser relevantes en los sitios donde verdaderamente se consumen las noticias.

Google. Fuente: pixabay.com

Después de tantos años llorando amargamente de cómo internet les parasitaba las noticias robándoles sus contenidos y sus derechos de autor, ya es hora de que las marcas informativas se den cuenta de que siguen teniendo un gran valor en el ecosistema.

Los medios se han pasado más de una decada mendigando un lugar en las plataformas. Y ahora ven que éstas mismas les quieren atraer sea como sea.

¿No sería mejor, entonces, dejar de pelearse con unos y con otros y centrarse en exigir mayor tajada de la tarta publicitaria que ya se están comiendo los nuevos jugadores de la información?

Por una vez, y gracias a la competencia cruenta de Google, Facebook, Twitter y el resto, los medios vuelven a tener una posición de fuerza en la jungla de la red, pues todos se pelean por atraer sus contenidos.  ¿Por qué no intentar aprovecharlo en vez de quejarse tanto?