Playboy se vuelve a desnudar

Llama mucho la atención la rectificación con mea culpa incluida del nuevo editor de la revista norteamericana Playboy. La publicación fundada por Hugh Hefner, un icono de la liberalización de las costumbres de la segunda mitad del siglo XX, regresa a sus orígenes y volverá a publicar desnudos en sus páginas después de un giro editorial que le llevó hace un año a prescindir de su principal seña de marca: los reportajes de alto voltaje erótico.

Cooper Hefner, que heredó el puesto de editor de su padre, admite el fracaso de su estrategia en pos de la sobriedad. Playboy desechó los desnudos para hacerle un guiño a los anunciantes convencionales que les permitiera cambiar la dinámica de pérdidas de la compañía, pero éstos han seguido rechazando la revista y ésta ha seguido bajando en venta de ejemplares.

La apuesta ‘puritana’ ha servido de bien poco. 

Playboy es un ejemplo más de cómo una gran parte de las grandes revistas impresas que dominaron el sector, sobre todo entre las décadas de los setenta y los noventa, no han sabido adaptarse al empuje digital y han caído víctimas de los nuevos hábitos de consumo de la información de sus antiguos lectores. Pero, en su caso, podemos anotar en el debe otro problema de similar importancia.

Cuando Playboy decidió abandonar la publicación de los desnudos femeninos, no lo hizo porque de repente hubiera entendido que se trataba de contenidos machistas que desprestigiaban a la marca y hubiera decidido desterrarlos, sino porque pensó, en un momento de caída libre de las ventas, que no tenía otra manera de atraer a quienes hasta ese momento jamás habían sentido interés por leer la revista o por anunciarse en ella.

Pero esta decisión no implicaba sólo un cambio editorial de la marca, sino una verdadera traición a sus señas de identidad. Los medios de comunicación no dejan de ser marcas que tienen a su alrededor a una comunidad que confía en ellas y se identifica con sus principios y valores. Si renuncia a ellas buscando publicidad o cualquier otro fin, corre peligro de seguir sin la publicidad deseada…y sin la comunidad que antes tenía.

El ejemplo de Playboy es de libro y vale para muchos. Un periódico, una revista o una emisora de radio o de televisión no puede cambiar su posicionamiento de marca de un modo radical (ya sea político, social o, como en este caso, digamos que moral) sin pensar que ese cambio es una operación de riesgo que merece ser bien medida, meditada y transmitida. Si sale bien, perfecto. Pero si no es así, te puede llevar hasta a la desaparición, que es lo que puede terminar pasándole a Playboy.

Y, por cierto, un último detalle. Dice Cooper Hefner que publicarán fotos eróticas al estilo de las más atrevidas que se ven en Instagram. Pues muy bien, pero tengo la duda de que alguien se compre una revista como playboy para ver fotos como las de Instagram. Para eso, lo tiene más fácil y más barato: se abre una cuenta en Instagram y punto. Y es que Playboy, como he dicho en otras ocasiones con otros medios, no tiene un problema de diseño o editorial, tiene un problema de producto. Y ese tipo de problemas no se solucionan con imitaciones de Instagram o decisiones de similar calado.

Un test para saber si es verdad que el periodismo de datos interesa: Datadista

Una entrevista en Voz Populi me ha permitido conocer algo más del proyecto que llevan entre manos dos periodistas españoles especializados en periodismo de datos. Se trata de Ana Tudela y Antonio Delgado y su propuesta se llama Datadista, un intento por hacer este tipo de periodismo fuera de los medios. Su lema es “datos y narrativas para salir del ruido” y cuenta ya en su web con algunos ejemplos de lo que aspira a ser: un medio que aporta datos bien digeridos y bien empaquetados con los que formarse una opinion que vaya más allá de los prejuicios, los tópicos y los juicios de valor preconcebidos.

Aquí va uno:

Me gusta el tono de la propuesta y también la manera en la que se aproximan al negocio del periodismo. Están convencidos de que hay sitio para una web de este tipo, pero no se advierte en ellos ese típico rasgo que encontramos en tantos nuevos medios que parecen haber reinventado el periodismo cuando todavía no han empatado ni contra un equipo de Regional.

Antes de contarnos que son imprescindibles, prefieren probar y comprobar antes si hay gente suficiente dispuesta a seguir su proyecto como para lograr la viabilidad del proyecto, si hay masa crítica a la que “tu producto le interesa”.

Qué queréis que os diga: puro sentido común que no abunda en este gremio. Y también un ejercicio imprescindible en un mercado como el español donde los lectores/clientes no paramos de denunciar lo mal que está el periodismo, con unas ciertas dosis de postureo y sin que la mayoría de nosotros esté dispuesta a pagar un solo euro por ayudar a hacer mejor periodismo.

De ahí la mala la salud de los periódicos de papel y tambien la tantos medios, sobre todo nativos digitales, que malviven por su apuesta por un modelo basado en donaciones y suscripciones que sólo llegan a cuentagotas.

A mi juicio, en el caso de Datadista, ese hueco que buscan existe. Y pueden ocuparlo. Pero en el negocio periodístico las intuiciones, las sensaciones y las percepciones valen de poco. Lo que cuentan son los números y éstos todavía no se conocen.

En tanto vayan llegando esas cifras, aquí os paso el vídeo de la entrevista de Voz Populi para que conozcáis un proyecto que merece la pena. ¡Suerte¡

 

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

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Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.