Diez enseñanzas de Mark Thompson sobre la comunicación en la política

Acabo de terminar la lectura del ensayo de Mark Thompson ‘Sin palabras. ¿ Qué ha pasado con el lenguaje de la política?’ (Editorial Debate) y quería trasladaros algunas de las conclusiones a las que llega quien ha sido durante unos cuantos años director general de la BBC y ahora es el principal ejecutivo de The New York Times.

Es un libro clarificador sobre la deriva simplista y emocional del lenguaje de los políticos y, por extensión, del que se usa en prácticamente todos los órdenes del debate público. No voy a ser tan atrevido de resumir en unas líneas un libro de 400 páginas, pero sí que os voy a pasar aquí algunas de esas ideas que expresa Thompson a modo de resumen en uno de los últimos capítulos del ensayo.

1. Si dices una cosa y luego haces otra, la opinión pública perderá su confianza en ti. Es una obviedad estratosférica, pero vemos tantos cambios de criterio que no son explicados, tantas incoherencias, tantos olvidos y tantas incongruencias, que parecemos olvidar lo esencial: los políticos pueden cambiar de opinión cuántas veces sea necesario (los prefiero flexibles y pactistas a inflexibles y rocosos), pero tienen que ser coherentes consigo mismos y con los demás.

2. No intentes engañar al público acerca de quién eres. Añadiría sólo un matiz: no lo hagas, aunque sólo sea a efectos prácticos. Se nota mucho a los políticos artificiosos.

3. Si los votantes van a verte como un político profesional, el sentido común sugiere que te lo pienses dos veces antes de verter cubos de estiércol sobre tus colegas y sobre ti mismo. Los jueces, los médicos y los generales no lo hacen. Pues sí, se falta demasiado al respeto; se sueltan acusaciones gravísimas sin aportar pruebas; se deshumaniza al adversario…y luego, quienes lo hacen se sorprenden de que a ellos también se les falte al respeto, se les acuse sin pruebas y se les deshumanice. ¿Pero qué esperaban? Si se meten en el fango, comerán fango.

4. Trata a la opinión pública como a adultos. Comparte con la gente que quieres que te vote parte de lo que piensas de verdad sobre políticas concretas, incluidos los sacrificios delicados que te esperan. Los ciudadanos no son menores de edad a los que hay que persuadir a base de emociones primarias reflejadas en frases simplonas. Esa estrategia emocional puede valer en el corto plazo, pero en el largo es muy dañina para quien la práctica (salvo en las democracias iliberales) y para el resto de la sociedad.

5. No escondas la realidad debajo de la alfombra. No niegues los hechos por conveniencia ideológica. Sé que es difícil y que quien es capaz de reconocer aciertos del contrario o fallas del discurso propio es tachado de ingenuo, pero no veo así la realidad política: si creemos que la política es, o debe ser, un ejercicio de coherencia, hay que empezar practicándola con uno mismo y con los suyos.

6. Destilar unas políticas públicas complejas en lenguaje llano es difícil, pero hay que hacerlo. En gran medida, el gobierno moderno es comunicación. Poco más se puede decir: el lenguaje oscuro y enrevesado de la Administración y de sus representantes es una falta de respeto a los ciudadanos y una señal de mediocridad rampante. No se trata de simplificar el lenguaje, se trata de hacerlo accesible. ¿Es tan difícil de entender? Eso sí que sería revolucionario: que los políticos y las Administraciones hablaran y se expresaran en sus documentos con claridad.

7. Llena tu departamento de comunicación de escritores de verdad, incluye algún que otro artista gráfico, y de paso videógrafos y productores multimedia. Y ya que estás en ello, insiste en que el ejército de tecnócratas de los que dependes también reciba algún curso de expresión lúcida y no condescendiente. Amén.

8. El lenguaje maquiavélico de las noticias todavía puede ser eficaz en las sociedades controladas, donde es posible que no te pasen factura ni siquiera las mentiras más descaradas (Putin), pero en nuestro Occidente, con su conexión digital 360 grados, la negatividad ya no es lo que era. Exacto. Ahora es muy muy fácil detectar las mentiras y exponerlas públicamente. Se puede llenar la opinión pública de noticias falsas, pero más pronto que tarde se pillan.

9. La única empatía que podrá juzgar la opinión pública será la tuya. Ya puedes tener una legión de expertos en la fabricación de eslóganes de usar y tirar o en minería de datos, que lo importante es que seas capaz de transmitir autenticidad y que ésta sea honesta y empática con los demás. Y eso se tiene o no se tiene, no se fabrica, aunque se puede forjar, como dice Thompson, con “el talento y las lecciones que se adquieren con una larga experiencia”.

Y 10. El don de escuchar de verdad es igual de importante para el orador (político) que cualquier talento relacionado con el habla; en realidad, forma parte del mismo talento. Seguramente, el punto que lo resume casi todo: si sabes escuchar a los demás, sabrás comunicarte con ellos. Y eso vale para la política, para el periodismo y para la comunicación en cualquier orden de la vida.

Como veréis, el libro de Thompson me ha entusiasmado. Es muy recomendable para cualquiera interesado en la deriva del debate público hacia una suerte de república de las emociones más primarias, donde sin más importantes las frases publicitarias que las ideas articuladas. Pero, sobre todo, es muy recomendable para quienes se dedican al oficio de comunicar. Si os apetece, leedlo y creo que os será de mucha ayuda en vuestra tarea.

Periodistas: menos soflamas y más análisis

No es una deriva nueva, pero en los últimos tiempos asistimos en España a una vuelta de tuerca nada casual en un debate público cada día más crispado, cada día más asfixiante. El trazo grueso se ha apoderado de la discusión general por razones ligadas a la competición política tanto a derecha como a izquierda y ya ni nos inmutamos cuando, por poner un ejemplo reciente, unos acusan de traidores a España a los otros ni cuando esos otros ponen en funcionamiento la máquina que descubre fascistas hasta detrás de los armarios. Qué asfixiante.

Las descalificaciones más gruesas invaden los argumentarios de las formaciones políticas y abonan el terreno para la deshumanización del adversario. Y, como consecuencia inevitable, la opinión pública se polariza y radicaliza, la conversación social elimina cualquier atisbo de templanza y los matices desaparecen. No hay sitio para los moderados, tibios incapaces de tomar partido.

Los medios de comunicación no viven ajenos a estas malas prácticas e incluso algunos participan de este aquelarre insultante por intereses que tienen más que ver con sus modelos de negocio que con sus líneas editoriales. Y en el caso de algunos periodistas, usan sus medios y las redes sociales para amplificar mensajes que en demasiadas ocasiones tienen más que ver con el ejercicio del activismo que con el del periodismo.

En esta conversión de la sociedad de la información a sociedad del espectáculo informativo, las noticias políticas ya son una parte más del género del entretenimiento y constituyen un terreno cada vez más propicio para estas prácticas tan cuestionables.

Pero no nos pongamos apocalípticos. Como decía al principio, este fenómeno no es nuevo, como tampoco lo es la endogamia político-periodística ni la deriva hacia un debate público en el que priman las emociones primarias y los sentimientos por encima del pensamiento racional.

Y la respuesta es siempre la misma: la mejor manera de luchar contra estos malos hábitos desde los medios de comunicación es una dieta del periodismo que también es el de siempre, de un periodismo que puede y debe ser tan riguroso como ameno, de un periodismo que no se limite a transcribir declaraciones o repetir consignas simplonas sino a exponer datos contrastándolos e interpretándolos y de un periodismo que, en definitiva, abandone la pereza y vuelva a cuestionarse y a poner en duda todos los mensajes que le lleguen.

Ese periodismo existe y se practica más de lo que algunos piensan (me niego a abonar ese mantra de que todos los periodistas mienten y falacias similares: eso lo dicen los que jamás leen un periódico). Y sospecho que irá creciendo porque cubre una necesidad imperiosa: la de los ciudadanos necesitados de información crítica y veraz, una información que supere los prejuicios y los marcos mentales prefabricados y que se ponga al servicio de la sociedad.

Aquí podría poner ejemplos de periodistas que están diseñando nuevos productos que responden a esta necesidad (se me ocurren sobre la marcha los ejemplos excelentes de Newtral o de Maldito bulo, que merecen el reconocimiento de la profesión), pero como esto no va solo de hacer buen periodismo, sino de contribuir a mejorar el debate público y fomentar y alentar el espíritu crítico que nos hace mejores como sociedad, quiero sobre todo detenerme en casos como el de Agenda Pública o el de Piedras de papel, portales y blogs de análisis políticos y económicos cuyos autores aparecen en las páginas de los principales diarios y cabeceras del país.

En la mayoría de los casos, los firmantes de los artículos de estos portales son sociólogos, politólogos, economistas y profesionales en su mayor parte del ámbito académico que trasladan sus análisis a estos nuevos medios-nicho, aportando calidad y conocimiento a un debate público que necesita menos soflamas incendiarias y más opiniones formadas.

El quehacer de estos portales es un buen ejemplo de lo que se necesita para comprender la realidad política, social y económica de este país, pero constituye también una prueba de que aquí tenemos también un buen modelo de negocio para los medios. Como ya he dicho en otra ocasión, el derrame incesante de bilis, propaganda tóxica, juicios sumarísimos, linchamientos varios, infamias y bulos virales ofrece a las empresas periodísticas la oportunidad de convertirse en marcas-refugio en donde buscar la información y el análisis que huye del tremendismo imperante.

Se trata de hacer de contrapeso a la viralidad de los mensajes crispados desmontando falsedades. Y de encontrar ahí un nuevo motivo para seguir siendo útiles desde el periodismo a los ciudadanos, que al fin y al cabo, es lo que se les pide a quienes quieran dedicarse al periodismo.

Os pongo por aquí un buen ejemplo:

Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.