Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

No dejéis que la realidad os estropee un buen bulo (algunas propuestas contra las fake news)

Resumo algunas mentiras recogidas un día cualquiera en la cuenta de Twitter de Maldito Bulo, una empresa informativa que, por cierto, ha descubierto que luchar contra las noticias falsas es también un (modelo de) negocio:

  1. No, el teniente legionario y golpista Castejón no es el abuelo de Pedro Sánchez…Pérez-Castejon.

  2. No, Albert Rivera no se opone a que haya controles de droga en el Parlamento.

  3. No, Pablo Casado no ha tuiteado ni luego borrado que en Andalucía todavía quedan muchos enemigos de España y que los populistas se niegan a trabajar.

  4. No, Podemos no propone que todos los inmigrantes cobren 1.200 euros al mes, incluidos los ilegales.

  5. Recopilación de bulos sobre RTVE, entre ellos que Pablo Iglesias dirige los informativos y que la misa del domingo será eliminada.

  6. El revival del bulo de la prohibición del consumo de carne de cerdo y de jamón en los centros educativos.

Insoportable, ¿no? Pues así estamos todos los días a todas horas.

Siempre ha habido propaganda, intoxicación y desinformación. Pero ahora la oferta de noticias falsas tiende al infinito. Las fake news suelen ser burdas y hasta groseras, muy fáciles de identificar, pero, sin embargo, cuentan con la aceptación generalizada de una parte nada desdeñable de ciudadanos dispuestos a creer aquello que reafirma sus convicciones. Y cuando los bulos están más elaborados o son más sofisticados, entonces nos cuesta a todos distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es. Las deep fakes asoman. Y no es fácil identificarlas con precisión, sobre todo si, como digo, lo que afirman entra en nuestras coordenadas ideológicas y morales.

Trump en los Estados Unidos y su utilización compulsiva y manipuladora de Twitter; Bolsonaro y sus cadenas de whatsapp en Brasil o la misma campaña de los partidarios del Brexit en el Reino Unido son los ejemplos recurrentes que se ponen siempre para avisar de lo que se nos viene a todos encima. Pero hay muchísimos más. En todas partes y por todos los canales. El virus se ha expandido.

La ventanilla tóxica del whatsapp

En una ponencia del congreso digital de periodismo que se celebró la pasada semana en Huesca se afirmaba que prácticamente un tercio de la información que se movía en España se distribuía a través de whatsapp (sobre un 36%). Eso es más de un tercio de la industria de las noticias. Un tercio de la información circulando por un canal donde no hay intermediarios y donde no hay filtro de verificación alguno. Un canal por donde circulan compulsivamente cadenas de infamias y de manipulaciones que llegan directamente a los ciudadanos sin que nadie sepa hasta ahora cómo detener esta hemorragia de desinformación.

Pongo un par de ejemplos más de estas últimas semanas.

De un lado, recuerdo la reunión de altos directivos de Facebook con dirigentes de los principales partidos políticos españoles en las que se supone (si no es mucho suponer) que la red de Palo Alto les habrá garantizado que harán todo lo posible para que Facebook y Whatsapp (y en menor medida Instagram) no sigan siendo el mayor contenedor de mentiras de la historia de la humanidad.

Del otro, la decisión de la BBC de no darle cancha alguna en sus debates a los conocidos como los negacionistas, personas carentes de toda formación científica pero dispuestos a refutar todas las evidencias empíricas que sean necesarias para convencer de las bondades de sus teorías conspiratorias…y, literalmente, de sus bulos.

Hace poco más de un año escribí un artículo donde afirmaba que la mejor manera de combatir las noticias falsas era con el buen periodismo. Sí, me quedé corto. Los periodistas y los medios tienen que luchar contra esta plaga haciendo buen periodismo y ofreciendo productos de calidad. Obvio, ésta es su función, pero es evidente que con esto no basta. Hay que hacer más, muchísimo más. Y no sólo los medios, sino también los dueños de las plataformas y canales de distribución y, por supuesto, las Administraciones públicas.

Cada uno tiene su responsabilidad y debe ejecutarla.

  1. Los medios, haciendo el mejor periodismo posible, alejándose de la peor viralidad y trabajando en proyectos rigurosos en los que se pueda confiar. Pero, y lo pongo aquí como propuesta, abriendo también secciones fijas donde se combata a diario la profusión de noticias falsas.

  2. Las plataformas y canales como Facebook, Twitter y Whatsapp, asumiendo de verdad que están contribuyendo a la mayor expansión de morralla mediática de la historia y que no pueden eludir su responsabilidad y, por tanto, invirtiendo muchísimo más en verificadores y controladores de los contenidos que circulan en sus soportes.

  3. Las Administraciones, exigiendo y apoyando a medios y plataformas para que tomen medidas contra la desinformación y trabajando en proyectos de alfabetización mediática (¿tal vez desde las escuelas? ¿no se necesita una educación mediática igual que una educación vial?) y de concienciación de la ciudadanía (qué menos que usar las televisiones públicas para este cometido con programas específicos: yo propondría secciones fijas en los telediarios).

  4. Y, por último, los mismos ciudadanos, reconociendo que no pueden seguir compartiendo bulos en sus grupos de whatsapp y en sus muros de Facebook como si no hubiera un mañana.

  • He escrito este artículo tomando como base las ideas que he preparado para mi intervención en una mesa redonda sobre fake news celebrada en la Universidad Loyola de Andalucia. Desde aquí, mi agradecimiento a la institución, al moderador de la mesa, David Varona, a mi compañero de mesa Javier Blanco y, por supuesto, gracias por la invitación a Manolo Prieto, delegado de Atresmedia. !Enhorabuena por el acto!

Peretti lanza un SOS para los medios virales… y lo vende como si quisiera “salvar internet”

El editor de BuzzFeed Jonah Peretti es uno de los tipos más interesantes de la industria del periodismo. Pero tiene un problema. Vende su producto con la convicción megalómana de Larry Page, Serge Brin o Mark Zuckerberg. Pero su Buzzfeed ni es Google ni es Facebook.

Peretti es un profeta de la viralidad, un editor disruptivo que nos anunció que iba a revolucionar el paradigma de los medios de comunicación con la irrupción de marcas como la suya, que se aprovecharían de la distribución de sus contenidos en Google, Facebook y otras plataformas sociales para solucionar el gran problema al que se enfrenta la industria: cómo demonios ganar con el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Peretti se entregó a la causa y levantó un medio donde supuestamente reinventó el periodismo llenando su portal con noticias virales, memes y fotos de gatitos y de famosos.

Al igual que otros medios como Vice o Mic, abrió canales más serios para blanquear su oferta de entretenimiento informativo y ganar dinero con el tráfico que generaba su web. Nunca consiguió que lo consideraran un medio serio, pero ganaba dinero, muchísimo dinero. Y eso lo tapaba todo. Era uno de los dos grandes ejemplos a seguir para los angustiados por el derrumbe del ecosistema periodístico (el otro, en sus antípodas, es The New York Times).

Pero, en ésas, Facebook cambió su logaritmo y dejó de mimar a los medios virales. Y lo que se derrumbó fue su sueño y el de otros tantos adalides del click ansioso. Crisis en este tipo de productos informativos, caídas bruscas de audiencia y de ingresos. Y vuelta a pensar en…cómo demonios ganar dinero con el periodismo.

Estos días leemos que Peretti ha pedido una alianza entre las grandes plataformas y buscadores como Google y Facebook y los medios de comunicación. El editor de BuzzFeed sostiene que las plataformas no han hecho sus deberes en la lucha contra las noticias falsas provocando, con su inacción, que internet no sea el mejor de los lugares, y pide un gran acuerdo entre todos porque “juntos podemos salvar internet”.

Mucha grandilocuencia para esconder una obviedad: más que “salvar internet”, lo que este editor quiere es “salvar BuzzFeed”, un empeño muy legítimo, pero que tiene también muy poco que ver con las pretensiones tan elevadas que dice tener este gurú de la viralidad.

Peretti y el resto de los editores de medios virales están en tierra de nadie.

No tienen credibilidad suficiente para crear una comunidad en torno a ellos sobre la que puedan construir un modelo de negocio sostenible (si a la gente le cuesta pagar por un medio más o menos fiable que aporte noticias, qué podemos decir de lo que querrán pagar por un portal de titulares SEO y de fotos epatantes).

Y tampoco van a lograr llamar a la conciencia generosa de Google y Facebook, quienes, en el caso de que se apresten a negociar algo con los medios de comunicación, lo harían con otro tipo de marcas (un ejemplo: los grandes diarios y cadenas norteamericanas y europeas) y por otras razones (otro ejemplo, la lucha contra las noticias falsas en las campañas electorales).

El modelo de Peretti ha demostrado ser esclavo…de su propio modelo. Lograron la cima atados a la viralidad y se han despeñado por culpa de ella. Y por una simple razón: la viralidad no la controlaban ellos, sino los dueños de los buscadores y de las redes sociales. Cuando estos han dicho “basta”, el negocio se ha acabado. Pero no el de ese internet que presuntamente hay que salvar, sino el de ellos. Nada más.

Ciudadanos en busca de un periodismo que les sirva

Leo el siguiente titular en el siempre recomendable boletín semanal de noticias de periodismo de la Fundación Luca de Tena: “Un estudio de Reuters concluye que los lectores eligen las noticias por la relevancia que tienen en sus vidas”. Puede ser una obviedad, pero conviene recalcar la importancia de esta conclusión de los expertos de Reuters. En pleno éxtasis del click desaforado, de la compra ansiosa de tráfico en el mercado de las redes sociales y de los titulares frivolones a la caza del SEO, resulta que los lectores se detienen en aquellas informaciones que pueden ser importantes para sus vidas. Vaya, a ver si es que el periodismo debe responder a una necesidad real de sus usuarios…

Pudiera ser que quienes hayan respondido a las preguntas de Reuters sean como esos ciudadanos que declaran ser adictos a los documentales culturales de las televisiones públicas cuando en realidad son consumidores compulsivos de programas de telerrealidad (algo de eso puede haber si se echa un vistazo a los titulares más impactantes que aparecen con frecuencia en las listas de los más leídos de la web), pero aceptemos que dicen la verdad y asumamos que los lectores buscan en las noticias aquello que es importante para sus vidas.

¿Qué nos dice eso? Pues algo tan sencillo como que la mejor manera para que los medios de comunicación tengan éxito no reside en buscar el click por el click sino en centrarse en hacer un producto que les sirva a sus lectores. Y eso tiene un nombre: periodismo de servicios, que no es sólo contar cómo está el tráfico a primera hora de la mañana o si lloverá por la tarde, sino contar historias que ayuden a los lectores a comprender el mundo y a tener una opinión rigurosa y alejada de las estridencias partidistas sobre los asuntos que están en el debate público de las comunidades en las que viven.

Sólo así, desde esa concepción de los medios como prestadores de un servicio, lograrán ser útiles y, por tanto, imprescindibles en la dieta informativa de los ciudadanos a quienes se dirigen.

¿Deben los gobiernos seguir dando ayudas a las empresas periodísticas?

Retomo en el blog un par de preguntas que cada vez asoman con más fuerza en la industria del periodismo: ¿Deben los gobiernos y en general las instituciones públicas ayudar a los medios de comunicación a superar la crisis estructural que soportan y que se cobra en el día a día despidos y cierres?  Y segunda cuestión: ¿Y hasta cuándo?

Hay gobiernos que invierten cantidades nada desdeñables en planes de reconversión de la industria en la idea de que, si de verdad pensamos que un modelo de prensa de calidad es básico para cualquier sociedad democrática, hay que ayudar a que las empresas periodísticas que lo componen sobrevivan y sigan prestando un servicio que es esencial.

Estas ayudas son razonables en dos circunstancias. 1. En ciudades, regiones y hasta países donde el andamiaje periodístico se ha precarizado hasta el punto de que casi que no hay cabeceras que hagan la cobertura de sus lugares de referencia. Y 2. si se centran en apoyar la búsqueda de nuevos modelos de negocio que permitan a esos medios sobrevivir en el nuevo entorno digital y móvil en el que se relacionan con los ciudadanos. Si lo hace Google desde 2015, porqué no, por ejemplo, los Estados, más interesados que el gran buscador en que haya medios capaces de ejercer su responsabilidad en el nuevo contexto en el que nos movemos.

Estas ayudas, sin embargo, no deben generalizarse si se quiere evitar la tentación de que estos mismos medios terminen cambiando sus modelos, y no porque hayan encontrando alternativas viables a los sistemas tradicionales (grandes audiencias que sujetan el negocio de la publicidad), sino porque hayan hecho de las ayudas y de las subvenciones más o menos disfrazadas de publicidad institucional un modelo de ingresos tan atípico como peligroso en el largo plazo.

Las razones son editoriales y de negocio.

En primer lugar, en relación con las razones editoriales, subrayo un par de cuestiones:

  1. Los medios no pueden depender para su supervivencia de las ayudas, vengan de donde vengan, si a lo que aspiran es a mantener determinados estándares de independencia y de calidad. No digo que deban vivir en un nirvana lleno de arpas ceslestiales y alejado de los intereses políticos, económicos y sociales de su comunidad, pero sí que tienen que mantenerse a suficiente distancia de ellos o, al menos, no convertirse en uno más de esos intereses.

Y 2. Todos convendremos en que si dependen de los gobernantes de turno, sean quienes sean, su capacidad para fiscalizarlos disminuirá hasta casi extinguirse. Y en el peor de los casos, convertirá a estas marcas informativas en bandas de cornetas y tambores a mayor gloria de quien más les pague.

Y en cuanto a las razones de negocio, me limito a señalar una obviedad: si las compañías periodísticas se acostumbran a recibir esas ayudas y cuadran sus cuentas de resultados gracias a ellas, no van a encontrar los incentivos necesarios para explorar nuevas estrategias de negocio que les permitan ser sostenibles en el nuevo ecosistema. Si les dan pan para hoy, para qué van a buscar el de mañana…si no saben ni si habrá el pan que ellos han estado haciendo desde siempre.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Por aquí, las enseñanzas del medio de referencia, The New York Times:

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

Hacer periodismo no es gratis (el caso de Infolibre)

Dimite en España el fiscal anticorrupción, Manuel Moix, tras conocerse que posee el 25% de una sociedad offshore en Panamá y gran parte de la opinión pública aplaude hasta romperse las palmas de las manos el trabajo del medio de comunicación que desveló la información.

El medio en cuestión se llama Infolibre, es digital, tiene también una revista hermana (Tinta ibre), nació hace cuatro años, ha apostado por un muro de pago para sus informaciones y, desde este mismo año, puede decir con muchísimo orgullo que logra más ingresos gracias a las aportaciones de sus suscriptores que por la vía de la publicidad, lo que le aporta mayor independencia editorial y le ahorra algunos de los sinsabores propios del oficio.

Redacción de Infolibre.
Redacción de Infolibre.

Infolibre tiene una línea editorial de izquierdas muy marcada, pero, por lo que he podido leer en estos años, ante todo es un medio honesto que apuesta por el periodismo y sin concesiones al click facilón y que ha mostrado siempre una coherencia nada común entre lo que dice en sus proclamas editoriales y lo que hace luego en su medio.

Infolibre es serio. No digo aburrido, digo serio, que no es lo mismo. Es un medio que publica informaciones contrastadas, que cree que las reputaciones se ganan en el día a día y que las recompensas llegan en el largo plazo. Pero no se financia con aire, con soflamas indignadas o con buenos sentimientos, sino, como todos, con dinero, como bien resume este periodista en su cuenta de Twitter.

Exacto. El periodismo libre tiene un coste. Y sólo será posible si hay lectores comprometidos con él, como bien sostiene por aquí Manuel Rico, director de esta publicación y el periodista que ha desvelado la historia de Moix y su sociedad panameña.

Los que os habéis dado una vuelta por este blog sabéis que pienso que las soluciones a la crisis de negocio de los medios no tienen por qué venir sólo por el pago de los lectores. Hay otras vías tan legítimas como la del pago, y habrá que buscar en cada caso, la que mejor se adecúe a cada medio y a cada comunidad a la que se dirija.

Pero, en cualquiera de los casos, el sustrato de lo que dicen por aquí sirve para dos cosas: La primera, para que entendamos todos que los medios de comunicación serios y comprometidos necesitan de una audiencia igual de seria y de comprometida para poder sobrevivir. Y la segunda, para que todos nos demos cuenta de una santa vez que hacer periodismo no es gratis, que los periodistas tenemos el mismo interés que el resto de los ciudadanos en pagar nuestras hipotecas y en querer que nuestros hijos vivan lo mejor posible y que las exclusivas no llegan dándole al F-5 de nuestro ordenador o limitándonos a lanzar eslóganes divertidos en la red social de moda.

Enhorabuena a Infolibre. Y a seguir dando ejemplo de que si se quiere, en periodismo, también se puede.

El periodismo esclavo de la viralidad

Pixabay.com

Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.