Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Dos maneras muy distintas de buscarse la vida: Antítesis y SDPnoticias

Pixabay

Si diéramos a elegir a cualquier periodista entre si prefiere trabajar en un medio que apuesta por la calidad o en otro que apuesta por la cantidad y por la viralidad, la mayor parte de los sondeados se decantará por la primera de las opciones. Nos gusta pensar que trabajamos en organizaciones que se toman en serio el periodismo y siguen pensando que los medios de comunicación no son revistas de cómics y nos gusta pensar que trabajamos en la industria de la información y no en la del espectáculo.

Pienso en ello después de haber descubierto en las redes sociales un par de publicaciones latinoamericanas que se acercan a esos dos estereotipos: el portal mexicano SDPnoticias y la revista digital Antítesis, que acaba de nacer en Chile y en Argentina.

Poniendo contexto a las noticias

Antítesis arranca con una declaración de intenciones que firmaríamos muchos de nosotros. Sus fundadoras, Jimena Travieso y Lorena Tasca, apuestan por un periodismo atemporal que ponga contexto a los hechos y transmita las emociones de las buenas historias. Y pretenden financiar este tipo de periodismo con un modelo de negocio que se aleja de la publicidad y busca (buscará)  ingresos a través de vías que están en el perímetro como, por ejemplo, la organización de cursos, la financiación colectiva (quiero pensar que hablan de algún tipo de crowdfunding) o el patrocinio de determinados contenidos.

Foto: Puro Periodismo
Lorena Tasca y Jimena Travieso. Foto: Web Puro Periodismo (Perú)

Ojalá tengan suerte y su apuesta por la calidad sea recompensada por una comunidad capaz de comprometerse con la publicación. Ellas demuestran tener las ideas claras acerca de cómo se puede financiar el periodismo que quieren hacer y no se llaman a engaños: nacen con menos pomposidad de lo normal (no es raro encontrarte con medios que supuestamente vienen a cambiar la historia del periodismo y otros retos igual de esotéricos) y no parecen engañarse sobre la dificultad de su empeño, como podréis comprobar en este artículo que se publica en el portal peruano Puroperiodismo.

Su apuesta no es fácil. Pocos medios nuevos han logrado hacerse un hueco sin apenas inversión y apostando casi que en exclusiva por la calidad de sus informaciones, pero ya que estamos en plena exploración de nuevos modelos de negocio para vivir del periodismo, mejor intentarlo con fórmulas que respeten las reglas del juego más elementales del oficio.

Innovación y viralidad con acento mejicano

En cuanto al otro ejemplo que os menciono, SDPnoticias, parece situarse en las antípodas de Antítesis. Apuesta por la viralidad de todo lo que publica y ha demostrado tal pericia en la explotación de las redes sociales y otras herramientas en favor de su marca que han logrado la atención de una empresa tan mastodóntica como Televisa, que ha adquirido el 50% de las acciones de la compañía.

SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)
SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)

En este artículo de El País que os comparto se cuenta la historia de este medio, que en menos de diez años y con una plantilla de sólo 15 personas cuenta con una audiencia de siete millones de usuarios únicos.

Por lo que se observa, SDPnoticias entiende perfectamente lo que busca un lector de noticias que picotea lo que le llega a sus redes sociales y poco más. Nada que objetar, al contrario, lo que toca es darles la enhorabuena y reconocer su labor, pero mucho cuidado también de donde se ponen las líneas que distinguen al periodismo que apuesta por la rigurosidad (que, por cierto, no equivale a ser aburrido ni tibio ni nada que se le parezca) del que está dispuesto a casi todo en su búsqueda salvaje de clicks con los que hacerse un hueco en un mercado, el de la publicidad, donde las visitas se venden al peso.

En el artículo que os cito, el promotor del proyecto, Federico Arreola, muestra su desinterés por contar con periodistas para su proyecto (me gustaría que se hubiera podido explicar algo mejor, la verdad) y un cierto desprecio por todo lo que tenga que ver con la verificación de las noticias, lo que nos puede llevar a pensar que este proyecto es menos riguroso de lo que correspondería. Esto último no es más que una simple suposición, pero después de leer lo que sostiene el fundador de este portal se antoja, y ojalá que me equivoque, que es una presunción fundada.

Evidentemente, no es cuestión de elegir entre uno y otro modelo…salvo que se acepte el rumor como periodismo y las noticias falsas como una mercancía que se puede vender como una verdad prefabricada.

Ambos modelos, en principio, son válidos. Y tambien complementarios. Nadie ha dicho que las apuestas de calidad tengan que ser obligatoriamente minoritarias y tampoco está escrito que los medios virales tengan que ser, por definición, frívolos y faltos de ética periodística.

Estoy convencido de que se puede buscar un equilibrio y que en él se encuentran los medios de comunicación que encontrarán un hueco en el mercado. Por mucho que algunos se empeñen, la viralidad y la calidad no son incompatibles. Y menos en el negocio del periodismo. Así que suerte al que lo intente…pero, eso sí, siempre que respete las reglas de un oficio tan adictivo y apasionante como el del periodismo

Desmontando una leyenda urbana: los medios digitales no existen

Pixabay.com

Vamos a intentar desmontar un leyenda urbana que circula por las carreteras del periodismo patrio: la que afirma con total naturalidad que los medios digitales existen. No, no hagáis caso, por favor, no caigáis en la trampa dialéctica: el periodismo digital no existe. Los periodistas digitales no existen. Y lo que existe menos todavía es el muro que separa a los supuestos periódicos digitales de los periódicos de papel.Y si alguien piensa todavía con esos esquemas mentales preconcebidos y propios de la era de las linotipias, le recomiendo que le vaya dando al F-5 de su cerebro para refrescarse las neuronas: ese mundo en el que todavía cree vivir ya no existe más allá de su mente y la de los miembros del club de los nostálgicos de la tinta y las televisiones con tubo catódico.

No deja de ser una anacronía fascinante que a estas alturas de la cuestión todavía haya quien siga hablando de los medios digitales como si se tratara de unos avenedizos que han venido a tocarles las cosquillas a los periódicos de toda la vida abriendo portales sin conciencia aprovechándose de la barra libre de internet.

Pero es verdad: todavía hay gente que piensa así. Y lo peor para algunos de esos “medios digitales” es que parte de esa gente anclada en el día de la marmota sigue estando muy presente en los puestos de relevancia en los que, por ejemplo, se manejan los presupuestos que destinan instituciones, empresas y colectivos a hacer publicidad en los medios de comunicacion y, desde no hace tanto, en Google y en las redes sociales.

Las inercias del pasado de la prensa

Se trata de inercias de un pasado que se cae a pedazos, pero siguen estando entre nosotros. Lo notan los compañeros de esos medios digitales cuando las instituciones y compañías planifican las estrategias publicitarias y hay quienes les dicen que “es que nosotros no invertimos en digitales…”, pero también lo notamos todos cuando vemos en televisión o escuchamos en la radio los resúmenes de las portadas de algunos periódicos cuya influencia real se mide en realidad…por su capacidad para aparecer en las televisiones, en las radios y en algunas redes sociales.

La ‘pirámide’ mediática

Y no, no podemos seguir viviendo en un sistema de castas en el que los mal llamados medios digitales pertenecerían al estrato más bajo de la pirámide mediática. ¿Por qué, si cada vez son más leídos y cada vez son más influyentes? Mirad, los medios son medios de comunicación siempre, más allá del soporte en el que distribuyan sus contenidos. Y querer ponerle apellidos de digitales o de lo que consideremos más oportuno es más una idea gastada que otra cosa, o si se quiere, son ganas de etiquetar sin pararse a preguntarnos si lo que estamos haciendo, de verdad, responde a la realidad de los hechos.

 

Contexto, otro ejemplo más de que en periodismo “sí se puede”

Me gusta la propuesta de la revista digital Contexto y la manera en la que hace comunidad en un mercado periodístico español saturado de propuestas que a veces son difíciles de distinguir entre sí por su extraña afición a repetir hasta la extenuación las mismas noticias y el mismo tipo de análisis informativos en portales de información que son casi clónicos.

Contexto, una revista digital con formato de semanario fundada hace un par de años por catorce periodistas dirigidos por el ex periodista de El País Miguel Mora, sí ha logrado hacerse con ese lugar en el paisaje periodístico y lo ha conseguido con una actitud combativa y con una apuesta por los artículos, reportajes y entrevistas de largo aliento que se agradece ahora que algunos confunden el periodismo con el espectáculo y con los telegramas de 140 caracteres y consideran que un artículo largo es un post de Facebook y poco más.

No innova en formatos ni se devana en pensar en nuevos lenguajes. Ofrece periodismo que explica, periodismo que pone contexto. Y le va bien. Ha logrado crear una comunidad en torno a sus contenidos y se acerca poco a poco a la sostenibilidad. Sus cuentas de resultados son modestas, pero sus gastos también lo son. Y eso ayuda.

Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Contexto tiene una fuerte vocación política y cultural y no esconde su escoramiento ideológico: es de izquierdas y defiende con vehemencia sus posicionamientos ideológicos, cercanos a las tesis de Podemos y otros grupos a la izquierda del PSOE. Pero no es una revista sectaria y eso lo agradecemos especialmente quienes no compartimos la mayor parte de sus postulados ideológicos, pero sí nos gusta bucear en sus páginas en busca de buenos artículos que siempre aparecen.

Puede que en ocasiones se exceda a la hora de distinguir entre la prensa libre e independiente (ellos y otros medios de su horquilla ideológica) y el resto, pero eso es otro debate.

Y aquí lo que nos interesa subrayar es cómo una pequeña publicación que nació casi de la nada y con muy pocos recursos propios hace sólo dos años ha conseguido en tan poco tiempo ser una marca reconocida para un público dispuesto a comprometerse, en algunos casos pagando suscripciones de hasta sesenta euros al año, con los medios de comunicación que quiere leer.

En 2016 sellaron un acuerdo con publico.es que les permite ser mucho más conocidos y ahora andan en la aventura de sacar una revista mensual de papel que se llama ‘El dobladillo’. De momento, lo que han demostrado es que no se han doblado frente a las dificultades que surgen a la hora de montar un medio de comunicación y que mantienen su espíritu irreverente e independiente. Enhorabuena y adelante.

Twitter también quiere ser un periódico

Twitter avanza en su conversión en medio de comunicación. La red social está incluyendo en las cuentas de sus usuarios una pestaña a la que ha puesto el nombre de Moments en la que hace una selección de los contenidos que son tendencia, agrupándolos en cinco secciones. Hoy, Noticias, Deportes, Entretenimiento y Diversión. Twitter elige los contenidos, los clasifica, los jerarquiza y los muestra al público en una misma página. O sea, que ha montado una página web de noticias en la que ahorra al usuario la necesidad de elegir los contenidos que más le interesa seguir mediante la selección de las historias que saldrán en esta nueva pestaña.

En realidad, se trata de un proceso natural en una sociedad que ha desplazado su centro de atención de los grandes medios de comunicación a las grandes redes sociales. Quien quiere ver fotos usa Instagram; quien quiere ver fotos, cotillear un poco y picotear algunas informaciones, se va a Facebook; y quien quiere estar al día de lo ocurre en el mundo, estar en los debates de actualidad, conversar, discutir y comentar sobre la marcha noticias políticas, partidos de fútbol o programas de televisión o cualquier otro asunto variopinto, se hace con una cuenta de Twitter.

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Twitter. Fuente: El Universal

Os cuento mi propio caso: yo vivo en Twitter. No participo en exceso (12.400 tuits en siete años), pero desde primera hora de la mañana me paso la jornada repasando lo que ocurre gracias a la gente a la que sigo en esta cuenta, gente a la que, además, tengo clasificada y repartida en listas que utilizo para no perderme detalle de aquellos asuntos que me interesan con mayor atención (política, periodismo, fútbol…).

Twitter es como la gran agencia de noticias del mundo. Y gratuita. Con un modelo de negocio que todavía no ha logrado arrancar, pero con el extraordinario potencial de comunicación que le proporciona el haberse convertido en la agencia de noticias de última hora más importante de la historia. Y parece que ha asumido que se ha convertido en un periódico de alcance global como lo pueda ser cualquier otro gran diario o, por ejemplo, el mismo Facebook.

¿Que cómo afecta a los periódicos de papel y al resto de los medios de comunicación? Bueno, basta con hacer un simple cálculo  personal: pensad cuánto tiempo le dedicábais antes al día a leer, ver o escuchar medios y cuánto tiempo destináis ahora a informaros a través de esos mismos medios tradicionales. Sí, casi todo ese tiempo se invierte ahora en navegar y en alguna red social. Allí es donde están los lectores. Y allí es hacia donde deben dirigirse las marcas periodísticas. Y si es antes de que Twitter o Facebook terminen comiéndoles todo el negocio publicitario, mejor.

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

Cuando la especialización funciona: el caso de Archdaily

Logo de Archdaily.com

Hace unos días charlaba con un alumno de periodismo al que le recomendaba que se especializara en cualquier asunto que le llamase la atención o le apasionase para buscar su hueco en el mercado periodístico y le decía que hoy en día te puedes encontrar con webs de cualquier tipo de temáticas que funcionan, sobre todo, por su constancia y su alto grado de especialización.

Hoy me encuentro de sopetón en El País con una prueba de hasta dónde se puede llegar si se focaliza el tiro y se hacen bien las cosas. Se trata de Archdaily, que ha pasado a ser la web de arquitectura más visitada del mundo por delante de las grandes publicaciones del sector y que fue fundada en 2008 no por periodistas, sino por dos jóvenes arquitectos chilenos, David Basulto y David Assael.

¿Qué tiene esta web que no tengan otras? Pues por lo que leo y veo, lo que tiene de diferencial es que es un inmenso repositorio de contenidos arquitectónicos en el que puedes encontrar prácticamente de todo lo relacionado con su sector. Una biblioteca de Alejandría de la arquitectura a un solo golpe de click. Un hipermercado repleto de ideas.

Y también, y aquí viene la explicación de cómo funciona su modelo  de negocio, un gran bazar en el que encuentras un inmenso catálogo de materiales de construcción que se pueden vender y comprar y en el que ellos se llevan la comisión de dinero correspondiente cada vez que se efectúa una transacción.

Cubren “una necesidad mutua: unos quieren vender y otros saber dónde encontrar los mejores materiales”. Dan una solución real a un problema real. Como si fuesen un portal de servicios. Y de este modo, han hecho de Archdaily el mayor punto de encuentro del mundo de la arquitectura, convirtiéndose en referencia inexcusable de su sector.

P.D.. Un ejemplo de innovación más, pero no de Archdaily sino de El País. Este artículo que os comento lo he encontrado en una sección que se llama #talentodigital en cuya cabecera, a la derecha, se ve claramente el logo de la marca automovilística Wolskwagen. O sea, que, salvo que yo me equivoque, se trata de un contenido patrocinado y pagado. Una buena y nueva manera de ganar dinero haciendo publicidad que aporta valor y que, por cierto, esquiva a los bloqueadores de publicidad.

A nuevos desafíos, nuevas soluciones. ¿O no?

A los periódicos de papel les queda tiempo, pero ya no tanto

La asociación de los editores diarios españoles de papel (AEDE) ha publicado su habitual informe anual en el que recoge las tendencias y cifras del sector del último año analizado, en este caso 2015. Poco nuevo bajo las rotativas. Algo de mejora en la inversión publicitaria fruto de la incipiente recuperación económica (3% en publicidad), pero también una persistente caída en ventas y difusión (8%) que se antoja imparable salvo para los nostálgicos de los diarios impresos de toda la vida.

Fuente: Bez
Fuente: Bez

Por aquí os paso un buen resumen que publica Santiago Carcar en Bez. Yo me limito a constatar algunos detalles que no se deberían de perder en el análisis de la situación de los periódicos españoles.

Cuando estás en un negocio basado en la venta y en la difusión y ambos caen en picado año tras año sin que nada ni nadie lo pueda remediar, no parece muy razonable ponerse la venda y pensar que, pese a todo, tu negocio puede salvarse a largo plazo. Sin ventas ni difusión, y casi sin quioscos, no hay periódico que pueda resistir así durante mucho tiempo. La publicidad también terminará por decir adiós al papel. Así que menos orejeras y más asunción de la realidad.

Si lo pensamos, tampoco es que los editores tengan un amplio margen de actuación para decidir hacia dónde van. Conozco a algunos de ellos y aunque la mayoría se declaran nostálgicos del papel y sueñan íntimamente con la posibilidad de que alguien prohíba internet y todo vuelva a ser como  antes, también hay que reconocerles que la mayoría de ellos son empresarios que saben más que de sobra que ya no tienen otra opción que no sea activar la mudanza digital, imprescindible para seguir manteniendo sus marcas en el nuevo ecosistema mediatico que está naciendo en estos últimos años.

Lo dicen los datos, que suelen ser más fiables que el olfato o la intuición. El modelo de negocio que defienden está herido de muerte y caerá más pronto que tarde, pero tienen la oportunidad de seguir siendo importantes en el nuevo mundo mediático al que nos vemos abocados si son capaces de adaptarse a los nuevos habitos de consumo de información de los ciudadanos.

De su capacidad para asumir esta nueva realidad y de su arrojo para afrontar los cambios radicales que necesitan sus compañías, dependenderá la supervivencia de sus proyectos editoriales. Todavía están a tiempo de transformarse. La clave es que quieran hacerlo y que les dejen. No es fácil. Pero la alternativa es peor: languidecer y languidecer hasta luego desaparecer. Algunos lo conseguirán. Otros, por no decir muchos, seguramente se quedarán en el camino. De ellos depende.

¿Adiós al 21% de IVA para los medios on line?

Bruselas anuncia el permiso para que los países miembros de la Unión Europea puedan bajar el IVA de los libros y medios de comunicación digitales. Ya era hora. En realidad, la noticia no debería ser que abra la puerta a rebajar este IVA sino que no lo haya hecho hasta ahora. En el caso del periodismo, la parsimonia del gigante europeo ha provocado una situación tan absurda como que en España los periódicos de papel paguen un 4% de IVA mientras que los medios on line, que compiten con ellos, pagan por un producto similar un 21%, es decir, 17 puntos más de gravamen que no hay quien entienda.Un ejemplo de libro de agravio comparativo, de falta de comprensión de los cambios radicales que ha provocado la irrupción de internet y, sobre todo, una muestra inequívoca de cómo, también en la industria de los medios, la realidad ha ido siempre por delante de las Administraciones.

Habrá que ver todavía si España se decide a rebajar este IVA ahora que entramos en otra etapa de fiebre alcista de los impuestos, con Rajoy y Montoro rebuscando donde ya no saben para rascar dinero con el que aumentar la recaudación. Pero hay un hecho irrefutable: ya no hay excusas en España para acabar con este absurdo. Los nuevos medios que nacen en el ecosistema digital no tienen porqué seguir soportando una situación tan indefendible en la que han sido tratados por el Fisco como empresas de segunda, hijas de una casta inferior obligadas a pagar cinco veces más por el IVA que sus hermanas mayores del papel. 

Actualización: El ministro de Economía, Luis de Guindos, ha anunciado que el Gobierno de España hará efectiva esta rebaja del IVA para los libros y los medios digitales. No dice cuándo, pero se compromete a hacerlo. Veremos, que hay promesas que se eternizan.

Uniendo fuerzas en el periodismo

Reunión de medios promotores de 'El Salto'. Fuente: Diagonal

Esta semana he leído que un grupo de unos veinte medios españoles con posiciones ideológicas de izquierda han decidido unirse para crear una marca común que, como ellos mismos sostienen, les permita dar lo que ellos mismos llaman El Salto. En este artículo de Diagonal que os acabo de enlazar tenéis información de una iniciativa que, más allá de sus filias ideológicas, es muy interesante como asunción de una realidad: Mejor unidos que haciendo cada uno la guerrilla de trincheras por su cuenta.

No es fácil. Algunos de sus promotores han tenido que digerir un par de ideas con mucha sustancia: la primera es asumir que por separado no iban a llegar muy lejos y la segunda es entender que la gente no está tan dispuesta a a financiar sus proyectos de periodismo. O al menos, no la gente suficiente.

Lo explica muy bien en un artículo en Contexto Naiara Puertas, así que no me detendré mucho más en este aspecto. Cuando se ponga en marcha, veremos en qué queda este experimento con el inconfundible aroma asambleario de la izquierda de Podemos y las también inevitables ínfulas de todos aquellos proyectos de periodismo que abominan de lo que se puede leer ahora en las cabeceras tradicionales.

Lo que sí me interesa resaltar, y es en positivo, es que se trata de un movimiento que entiende la necesidad de unir fuerzas para evitar que la fragmentación te expulse del mercado. Y que esa comprensión nace tras asumir la falta de viabilidad de proyectos que recelan de la publicidad, pero que ni tienen músculo financiero ni son capaces de generar ingresos por la vía de las donaciones y de las suscripciones.

Si hay dos, tres, diez o quince pequeños portales de información que compiten por el mismo tipo de lector, no puede haber razones para no intentar trabajar con un sistema de economía en escala, que, por un lado, puede ahorrar costes, y por el otro, puede hacerse más atractivo para los lectores y también para los potenciales anunciantes del medio. Bueno, esto último para el caso de que no rechacen a las empresas como si fueran Belcebús con contables y cuentas de resultados.

El ecosistema español de los medios está rompiéndose, pero precisamente por eso es tan importante empezar a trabajar en acuerdos de colaboración entre medios que permitan ganar en tráfico que, a su vez, permita hacer ofertas competitivas con las que ganar el dinero que se necesita para hacer viables a los medios.

Lo hemos visto últimamente con el acuerdo al que han llegado Publico y Contexto, con los convenios de colaboración que está firmando El Español con portales como Crónica Global o Bluper o con las alianzas y compras que está haciendo eldiario.es. Si se quiere competir con los grandes, hay que ganar en tráfico, pero cuidando de no ganar en costes. Y eso se consigue con acuerdos como el que pretenden los promotores de esta iniciativa. Ojalá consigan sus objetivos. Cuanta más pluralidad, mejor. Y cuanto antes aprendamos los periodistas a hacer sostenibles nuestros proyectos, todavía mejor.

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo:

 

Prisa, El Confidencial y un puñado de publicidad gratuita

El Confidencial

Prisa va a por El Confidencial. Y va muy en serio. Tan en serio que acaba de demandar a la sociedad que edita este medio por la vía mercantil, exigiéndole 8,2 millones de euros por daños morales y patrimoniales. Estos daños habrían sido causados presuntamente por la publicación de informaciones provenientes de los llamados papeles de Panamá que ligaban al presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, con una empresa petrolífera.

No voy a entrar en consideraciones sobre quién tiene razón en este litigio (ya veremos qué deciden los tribunales), pero sí me voy a parar en una derivada periodística llamativa: la demanda sirve para que Prisa le enseñe los dientes a El Confidencial en un asunto que afecta a su principal ejecutivo, pero, paradójicamente, también sirve para certificar a ojos de todos el gran éxito de El Confidencial como modelo de negocio de medio digital y para comprobar que ya está jugando en la liga de los grandes grupos, compitiendo de tú a tú con grandes cabeceras como El País y El Mundo.

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¿O no es una buena tarjeta de visita que el grupo de comunicación más poderoso de este país diga que ambos medios compiten por el liderazgo “en lo que a la información en español se refiere”? Al final, es Prisa la que ha terminado por elevar a El Confidencial a medio que compite directamente con El País.

No sabemos dónde acabará todo esto, pero da la sensación de que, en términos de comunicación,  El Confidencial ha logrado dos cosas nada desdeñables en el primer envite: 1. Ganarse el apoyo de los que entienden poco o nada que un grupo de comunicación ataque a otro por publicar unas informaciones cuya veracidad no parece que se esté discutiendo. Y 2. Lograr que el líder del mercado le haga una publicidad impagable señalándole ante el mundo como su gran rival por el favor de los lectores de habla española. Ahí es nada.

Manual de darwinismo para periodistas

Están disfrutando un eco más que merecido las ideas lanzadas por el director del Washington Post Martin Baron durante la entrega de los premios de periodismo García Márquez en Colombia. Por resumir telegráficamente, el periodista hace hincapié en la necesidad de que los periodistas y las organizaciones de noticias aceptemos la necesidad de adaptarnos a un ecosistema donde no podemos esperar a que los lectores se nos acerquen, sino que hay que ir a por ellos.

Baron no ve alternativas. Casi todas las noticias llegarán a los lectores través de los teléfonos móviles y serán distribuidas en las redes sociales. Y para competir en ese terreno, será necesario  establecer todo tipo de alianzas tecnológicas en un mundo incierto y cambiante que no sabemos quién terminará liderándolo.

A mi juicio, lo más determinante del discurso no son sus predicciones sobre los móviles o las redes (tienen mucho de apoteosis de la obviedad), sino la actitud mental y predisposición de Martin Baron, un señor periodista que, entre otros galones profesionales, dirigió el Boston Globe cuando este periódico destapó los abusos sexuales a niños de miembros de la Iglesia Católica, una historia luego llevada al cine en la película Spotlihgt.

Ponerse de parte de la solución o del problema

Martin Baron ni se deslumbra ni recela de las nuevas realidades tecnológicas, pero hace algo esencial: ponerse de parte de la solución y no del problema, o sea, asumir que el cambio ha venido para quedarse y que no hay otra opción que aceptar el darwinismo digital de adaptarse o morir con las rotativas puestas.

Martin Baron juega con ventaja, pues no es lo mismo trabajar en un medio donde las cuentas de resultados terminan en ERES y despidos que hacerlo teniendo a un editor como el propietario de Amazon, Jeff Bezos, que se comporta como un mecenas  dispuesto a poner dinero para financiar esta transformación digital.

Pero lo importante no es eso, sino que sabe aprovechar esa ventaja para exprimirla y ponerla de parte del periodismo.

¿Cómo? Asumiendo que ponerle puertas al campo en el que ya jugamos todos es una tarea estéril que no evitará lo inevitable y que la única opción es utilizarlas para seguir haciendo más y mejor periodismo que luego se consumirá dónde y como quieran los lectores.

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

Honestos contra malvados: la última gresca de los periodistas

Pixabay.com

Dos grandes medios de España, El País y El Mundo, titulan del mismo modo sus ediciones de papel el día posterior al fracaso en la investidura de Rajoy como presidente del Gobierno y las redes sociales se inundan de artículos y comentarios, hasta de algunos de sus periodistas de esos medios, dejando caer que es la demostración irrefutable de que el periodismo de este país ha sido tomado por los corruptos y los dueños de las empresas del ÍBEX 35, que para el caso deben ser más o menos lo mismo.

Portadas de El País y El Mundo. Fuente: lamarea.com

Una cadena de radio como la SER prescinde de cuatro de sus tertulianos y los comentarios se centran en cómo los bancos y otras instituciones del lado más oscuro del poder se han confabulado con el Darth Vader de los editores españoles, Juan Luis Cebrián, para apagar las voces discordantes con la ‘gran coalición’/abstención que defiende Prisa, grupo que, a su vez,  se ha enzarzado en una guerra con La Sexta y ha pasado de editar el diario independiente de la mañana a la categoría de brazo ejecutor de las brigadas del capitalismo malvado tras su conversión a las fuerzas del mal.

Sobra tremendismo

Ambas acusaciones pueden ser discutibles, pero sobra algo de tremendismo en el debate acerca de las nuevas líneas editoriales de nuestros medios.

El periodismo en España está atrapado en un bucle tóxico.

Sufrimos una doble crisis, económica y de adaptación al modelo digital, que ha derivado en una  crisis de confianza que ha aumentado la debilidad de los propios medios. Y esa debilidad ha traído como consecuencia la precariedad entre cientos y cientos de periodistas que han terminado por marcarse como prioridad seguir pagando las hipotecas de sus casas y los colegios de sus hijos y la polarización de muchos medios, cada día más alineados ideológicamente para fidelizar a sus lectores, recibir publicidad o para ambas cosas.

Ahora bien, el que éste pueda ser el diagnóstico de lo que estamos viviendo, que no lo niego,  no puede llevarnos a hacer una enmienda a la totalidad de todo lo que se hace en los periódicos o emisoras de mayor audiencia ni a ponernos en plan maniqueo a distinguir entre los medios malos, que se ponen a las órdenes de los ejércitos de Lucifer, y los buenos, inmaculados e impolutos que nos defienden del mal y que son poseedores casi en exclusiva de las banderas de la libertad, de la rigurosidad y de la honestidad.

Como en tantas cosas de la vida, en el debate sobre la independencia de los medios también hay matices. Y lo mismo que se puede denunciar el estado comatoso de la prensa tradicional, también hay que asumir que dos periódicos pueden titular un día de la misma manera sin que eso signifique que estan rendidos al Leviatán financiero o que una emisora de radio puede cambiar a algunos de sus colaboradores  sin que eso implique que haya violado la libertad de expresión de esos periodistas, cuya solvencia, por cierto, está más que constrastada.

Necesitamos compromiso

Y una cosa más, si queremos medios fuertes y creíbles, aparte de clamar contra los malvados, sean quienes sean, igual conviene pensar más en comprometernos en favor de una prensa más libre. Y no sólo poniéndonos un avatar solidario en facebook o vociferando en twitter contra los poderes fácticos. Igual lo que hay que hacer es pagar más o simplemente pagar algo por las noticias que consumimos. E igual entonces, y sólo entonces, tendremos esos medios que tanto deseamos.

Los muros de pago se topan con el ‘muro’ de Facebook

Muro de facebook del periódico The New York Times

Una pregunta en periodismo que ya es un clásico: ¿salvarán los muros de pago de su agonía a los periódicos nacidos en los siglos XIX y XX? Desde que el New York Times implantara su paywall hace ahora cinco años, se ha convertido en la gran esperanza de los editores y gerentes de periódicos de todo el globo. El tiempo ha pasado, pero la panacea ha resultado no ser universal. Los muros sólo funcionan en algunos casos. En otros, han fracasado con estrépito.

¿Culpa del sistema? No, culpa de quienes han pensado que en los tiempos de Google y las plataformas sociales se pueden cerrar las puertas del club y pedir a los lectores dinero a cambio de algo que ya tienen gratis, en abundancia, en el móvil y a sólo un click de distancia.

La gran dama del periodismo neoyorquino tiene casi un millón de suscriptores digitales, pero en esto sirve muy poco de ejemplo, pues nadie tiene ni la audiencia, ni la credibilidad ni el músculo financiero que tiene el New York Times (NYT). Es tan poco representativo de la clase media del periodismo como el Real Madrid o el Barcelona no son el ejemplo de la clase media del fútbol español.

Se puede emular su modelo, pero hagamos cuentas: ¿cuántos medios conocéis que, a día de hoy, aporten el suficiente valor añadido para pedir dinero a sus lectores a cambio de noticias en el contexto de saturación informativa en el que vivimos? Los hay, como el ejemplo tan singular de Mediapart en Francia, pero son los menos.

En España, Unidad Editorial, Vocento y Prisa apostaron en su momento por la creación de plataformas de suscripción (Orbyt y Kiosco y mas) para trasladar su modelo de papel al digital, pero estos productos se han convertido a sí mismos en unos quebraderos financieros para sus editores.

Vocento ha empezado también a experimentar en cabeceras regionales como El Correo con una propuesta de paywall flexible que está por ver que funcione.

Y medios como eldiario.es, Infolibre o El Español han apostado por un modelo de pago que apela más al compromiso de los lectores con un proyecto periodístico y social que al intercambio mercantil. Y ni aun así logran cifras estimables por esta vía.

Si acaso, el único que sí las logra es eldiario.es, pero el medio fundado por Ignacio Escolar, por su singularidad, tampoco entra en la categoría de los paywall. Es un medio en abierto que no cierra sus contenidos, sino que adelanta sus contenidos a sus socios y les ofrece ventajas premium frente al resto de sus usuarios. Según los datos de comscore del mes de junio, supera los 5,6 millones de usuarios únicos en el mes de junio. Y, además, han logrado ya 19.000 socios, una grandísima cantidad, pero que supone que sólo el  0,33% de sus lectores se ha decidido pagar por los contenidos.

 

Muros de pago…y estériles

Las tendencias ya están bien definidas: aparte de los que han decidido pelear por las grandes audiencias, quienes han intentado alzar muros sin resquicios han visto cómo se hunde el tráfico web y con él las posibilidades de entrar en las grandes campañas publicitarias y quienes han establecido sistemas más o menos porosos han tenido algo más de éxito, pero sólo en función de su capacidad de ser flexibles y de adaptarse a las exigencias reales del mercado.

Nada que no podamos confirmar desde nuestra experiencia de usuario. La gran mayoría de quienes estén leyendo este artículo no estarán suscritos a ningún diario y, además, harán exactamente lo mismo cada vez que no logran acceder a un contenido restringido: darse la vuelta y, como máximo, buscar ese mismo contenido en otra parte.

En estos tiempos en los que una parte tan importante de los ciudadanos sólo consume la información que le llega a su cuenta de Google o a sus muros personales de Facebook, Twitter o Instagram, la construcción de muros de acceso a la información se antoja un esfuerzo estéril, salvo que se cuente con anterioridad con una audiencia fiel que confía casi a ciegas en la visión del mundo que le ofrece su periódico. Los muros de pago se han topado con los muros de Facebook. Y ante eso, poco pueden hacer.

En tal sentido, lo que sí parece una dirección correcta es trabajar en convertir esa audiencia en una comunidad para, a más largo plazo, construir en torno a esas comunidades modelos de negocio en los que se puedan incluir ofertas premium de contenidos para los lectores más recurrentes y fieles.

Seguramente eso sea lo que veamos a partir de ahora en los grandes medios tradicionales. Tras el derrumbe del modelo industrial, tanto los medios nacidos en la era de la imprenta como los nativos digitales están explorando nuevas fuentes de ingresos entre las que la instalación de muros de pago no es más que una posibilidad más de rentabilización del contenido, una posibilidad que sólo estará al alcance de quienes tengan audiencias/comunidades sólidas y estén dispuestos a que sus negocios no vivan de la publicidad de las grandes campañas.

 

¿Deben convertirse los medios de comunicación en empresas de servicios?

Soy lo suficientemente mayor y futbolero como para acordarme de cuando en los ochenta se empezó a hablar de los ingresos atípicos que presumiblemente iban a acabar con las burbujas de deuda que sufría el mundo del fútbol.

Para eso sólo hacía falta que nos dejáramos de pamplinas y que asumiéramos todos que este deporte no es sólo un deporte, que es un espectáculo global y que no puede vivir de las entradas que pagan los aficionados, sino de las televisiones que pagan por las retransmisiones y de las camisetas que compramos los que contamos los años a partir del día que arranca cada curso el campeonato nacional de liga.

El del fútbol no es el único ejemplo. A las salas de cine les ha pasado algo parecido. A la música, también. Y cabe preguntarse si al periodismo no le estará pasando lo mismo.

Como hay un exceso de diagnóstico, no me voy a extender más. El modelo tradicional de los periódicos se desploma y la venta de publicidad en los medios se tambalea como soporte por la popularización de los bloqueadores de anuncios. En España, uno de cada cuatro usuarios esquiva los anuncios y casi siete de cada diez lo harán en cuanto se enteren de cómo funcionan los ad-blockers.

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Ad-blockers. Fuente: Wall Street Journal

La publicidad como tal no se acaba, pero conviene replantearse si los medios pueden vivir sólo de ella o si los medios deben convertirse en empresas de servicios capaces de ofrecer un catálogo de productos más propios de una agencia de comunicación o de una empresa de marketing on line que de un periódico de los de toda la vida.

Que no se me escandalicen los inmaculados y los puros ni los que consideran que el periodismo es un sacerdocio y que los periodistas deberíamos vivir como ermitaños.

No hablo de prostituir la información sino de aprovechar el potencial de unas organizaciones que no sólo son capaces de vender anuncios, sino de explotar todo el perímetro de la comunicación.

¿Ejemplos? La venta de contenidos patrocinados, la generación de contenidos específicos para marcas, la organización de eventos, la explotación comercial de newsletters, la gestión de redes sociales de las marcas, etcétera, etcétera. Podría seguir, pero mejor pongo aquí un enlace con un artículo firmado por Miguel Carvajal para el blog de periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Alicante en el que recoge 32 posibles vías de ingresos para los medios y así os hacéis una idea mucho más extensa.

Por resumir, de lo que os estoy hablando es de que antes de seguir abundando en lo apocalíptico que está todo en nuestra industria, podríamos dedicarle aunque sea un ratito a enterarnos de cuál podría ser el futuro spotify de los periódicos o a analizar cómo está consiguiendo Jeff Bezos que el Washington Post sea mucho más que un periódico o, para quedarnos más cerca, a estudiar cómo un grupo de periodistas encabezados por Ignacio Escolar ha logrado montar un medio de comunicación desde la nada, eldiario.es, que con sólo tres años y pico de vida es una referencia obligada de la prensa en español.

Agota escuchar que los periódicos tradicionales son unos dinosaurios alérgicos al cambio. Algunos lo son y otros, no. Y como nos pongamos a generalizar, caeremos en un error de magnitud 9,9 en la escala de Richter.

Prefiero observar cómo algunos medios se están adaptando a la realidad, explotando el perímetro del negocio y, por ejemplo, devanándose los sesos para encontrar alguna manera de ganar dinero en las nuevas plazas públicas de la información en la que se han  convertido Facebook, Twitter, Google y el resto de grandes amas de llaves del nuevo periodismo.

Lo demás son ganas de vivir instalados en un bucle perpetuo. Y como que ya cansa, ¿no?

Periodistas: el problema no son los ‘comerciales’

Un buen artículo de Ricardo Galli en el que alerta sobre la pérdida del control del producto periodístico a manos de los comerciales que dirigen las organizaciones de medios me invita a pensar que, en esta cuestión, estamos mirando más al dedo que a la luna por la sencilla razón de que, en líneas generales, nos cuesta hacernos a la idea de la magnitud del cambio que estamos viviendo en la industria de los medios.

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No rebato las tesis de Galli, un profesional que sabe muy bien de lo que habla, pero sí que pienso que necesitan ponerse en contexto para entender lo que nos está pasando.

Lo que estamos viviendo, a mi juicio, no es un choque frontal entre periodistas y comerciales en el que estos últimos han ganado la partida, convirtiendo los medios en portales invasivos con publicidades infumables. Ojalá fuera tan sencillo, pero no.

En realidad, lo que estamos afrontando es un proceso de cambio constante y radical en el que los medios estamos perdiendo el monopolio de la distribución de las noticias en favor de las redes sociales y de los motores de búsqueda y en el que nos hemos encontrado con que otros han ocupado nuestro lugar en la plaza pública del pueblo. 

El asunto, pues, es mucho más complejo: no es que estemos perdiendo el control del producto en favor de los comerciales y las agencias de anunciantes, deseosos de engordar la cuenta de resultados sin importarles qué pasa con el periodismo;  es que lo estamos perdiendo en favor de Google, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp…¡y hasta de Telegram¡

Y sí, podemos seguir quejándonos de lo mal que está todo (lo está), de que la mayoría quiere que se lo den todo gratis (la ‘desvalorización’ de la información es un hecho objetivo en un mundo saturado de noticias), de que Google y Facebook canibalizan nuestros contenidos y de que no hay manera de que alguien encuentre un modelo que permita a un medio ser viable haciendo exactamente lo mismo que hacía hasta ahora.

Pero nada de eso va a cambiar la realidad: los lectores, cada vez más, buscan la información en las redes sociales y en los motores de búsqueda y la quieren en sus teléfonos móviles.

Las redes sociales son los nuevos 'medios'.
Las redes sociales son los nuevos ‘medios’.

Y eso no se arregla diciendo que hay que recuperar el control de nuestro producto arrebatándoselo a los comerciales o, como parecen querer en algunas organizaciones tradicionales, pidiéndoles a nuestros lectores casi que desconecten Google o que se prohíban a sí mismos utilizar sus smartphone para consumir noticias fuera de los medios.

Por mucho que nos quejemos, nadie, absolutamente nadie, va a parar un cambio que supone el fin de una época y el nacimiento de otra. Y si no, mirad este video sobre las tendencias que vienen y decidme si no es verdad.

Tal vez, pues, haya llegado el momento de desterrar debates como el de los periodistas contra los comerciales y centrarnos en hacernos preguntas más productivas, como por ejemplo:

1. Si de verdad es tan grave perder el control de nuestro producto cuando de lo que se trata es de intentar buscar otras fuentes de ingresos junto a esas redes sociales y motores de búsqueda que están cambiando el modo en el que nos relacionbamos con los demás.

Y 2.  Si lo que debemos intentar es concienciar a los ciudadanos más concienciados de que si quieren información de calidad la tendran que pagar… o al menos tendrán que desintalar el bloqueador de anuncios de su portátil o de su celular.

Los medios más proactivos (Washington Post, The Guardian, El País, El Confidencial, eldiario.es y unos cuantos más..) se han puesto a ello. Los demás, lo tendrán que hacer si quieren sobrevivir en un mundo que no espera a nadie.

¿Por qué le llaman ‘contenido’ cuando se trata de información?

María Popova. Foto de la bloguera publicada en El País.

Me encanta este vídeo de María Popova. Se trata de una chica búlgara que se fue a Estados Unidos a estudiar en la Universidad y que, como cuenta en el vídeo, trabajó hasta en cuatro sitios a la vez para costearse la carrera. Uno de esos empleos era una agencia creativa de Filadelfia en la que coincidió con otros siete trabajadores. Un día, decidió enviarles un correo cada viernes en el que incluía tres piezas de conocimiento. Un tiempo después, ese mail para siete amigos se ha convertido en un blog con siete millones de seguidores.

María no comparte información, distribuye conocimiento… y sabiduría. Suena pomposo, pero es exactamente eso. Ella ha entendido que en un mundo interconectado hasta la saturación, la única manera de aportar valor añadido es mediante la distribución de contenido de alta calidad, un contenido que rastrea con determinación, disciplina y criterio en la red hasta encontrar las piezas que desea compartir con su comunidad.

Se trataría, pues, de una ‘curadora’ de contenidos de gama alta, una chef de tres estrellas Michelin que cocina y digiere los mejores alimentos recogidos en la huerta de internet para que el menú informativo de sus seguidores se aleje del fast food de las historias de consumo rápido que colonizan casi todos los portales del planeta mediático.

Una precisión más que comparto: abomina del término “contenidos”. Rechaza una industria que considera que cualquier ‘contenido’ puede ser una pieza informativa y que todo debe ser sacrificado en el altar de la viralidad instantánea, ése en el que triunfan medios como Buzzfeed o Vice con piezas propias de adolescentes que no han pasado de los vídeos de El Rubius.

Hacer periodismo es un oficio. Y generar contenido es otro. Respetable, pero con muy pocos puntos en común con el periodismo entendido en su acepción más ajustada, es decir, con aquél que aporta información de relevancia para la comunidad a la que presta sus servicios.

Popova, en realidad, no hace más que regresar al origen y principios del periodismo, situando al trabajo riguroso, honesto (y también entretenido y ameno: el periodismo no tiene que ser aburrido, más bien al revés) en el centro de su estrategia, y aprovechándose de las nuevas herramientas que están al alcance de cualquier periodista, herramientas que nos permiten a todos dos cosas:

1. Hacer mejor periodismo, sin dedicar todos los esfuerzos a llorar por la crisis que sufrimos.

Y 2. Acercarlo a donde están los lectores, sin importarle si es a a través de un blog, una newsletters, un portal informativo o a través de los canales sociales (facebook, twitter…) donde los ciudadanos/lectores/seguidores pasan la mayor parte de su tiempo.

En resumen, periodismo, información y ansia por el conocimiento para hacerse hueco entre tanto ruido.

Los adblockers han llegado para quedarse

No os sorprenderá que os diga que si le preguntáramos a algún gran editor de medios de este país sobre su opinión acerca del negocio de los adblockers, la respuesta sería una mueca de asombro, de desconcierto o simplemente de desprecio. “De qué demonios me estará hablando éste”, podría musitar.

Bueno, pues que se vaya acostumbrando este editor al que todos podríamos poner nombres y apellidos, y vayámonos acostumbrándonos todos. Los bloqueadores de anuncios han llegado para quedarse. Y son cualquier cosa menos inofensivos.

El problema no se arreglará apelando a las conciencias y a la responsabilidad de los lectores, del mismo modo que uno no elimina un virus troyano del ordenador apelando a la bondad del que te lo ha metido.El buenismo ayuda, pero ya vemos para lo que ha servido cuando les hemos dicho a nuestros clientes que sigan comprando en masa nuestros productos de papel. 

Harán falta otras soluciones más creativas para sortear este desafío.¿Marketing de contenidos? ¿Otro compromiso entre los lectores/clientes y los editores y periodistas? Todo se puede hablar y discutir.Pero lo primero es la aceptación de la realidad.

Una gran parte de los lectores están hartos de la publicidad bucanera que te bombardea como si se hubiera declarado en sus pantallas la Tercera Guerra mundial, de los anuncios que te multiplican la ansiedad y de esas ofertas publicitarias que parecen diseñadas para ‘bloquear’ el acceso a la información o para que uno huya  de inmediato de la página que acaba de abrir.

Y esa gran parte de los lectores está a un solo golpe de click de cargarse sin remedio toda la publicidad que aparece en sus escritorios.

Vaya tentación, ¿no? ¿Qué hacemos? ¿Cargamos contra los adblockers con la misma garantía de éxito con la que emprendimos la cruzada contra la piratería? ¿Dejamos a un lado la testosterona y actuamos con la cabeza? ¿O nos metemos en otra de esas batallas estériles que tanto nos fascinan? Aquí, un enlace con lo que puede pasar. Y en este vídeo, la batalla que nos puede esperar.

Actualización a 23 de marzo. Mirad lo que van a hacer los medios franceses. Una iniciativa conjunta para concienciar a los lectores. Al menos, pensarán, que los lectores sepan algunas de las consecuencias más funestas de esta tendencia.

Actualización a lunes 28 de marzo. Os recomiendo esta pieza de Enrique Dans: Ad blocking: no hemos aprendido nada.

Los periódicos de papel y los profetas de la devastación

Hablamos de la muerte de los periódicos de papel. Hablamos hasta agotarnos. Hablamos hasta tal punto de su defunción como de un hecho indiscutible que hemos terminado por convertir el augurio en un negocio gracias al cual algunos han vivido muy bien.

Para esos algunos, esta discusión en torno al fallecimiento de los herederos de Gutenberg ha derivado en toda una industria de las profecías.

Esta industria ha prosperado en las dos últimas décadas, pero da señales de agotamiento, como si la era de los profetas de la devastación impresa llegara a su fin.

Ya casi nadie hace cálculos sobre la fecha exacta en que las rotativas se pararán. Ya nadie se para en una entrevista porque le digan en un titular que el papel es parte del pasado y que hay que abrazar internet como el nuevo grial. Los gurús han dejado de lado a los periódicos y han entendido que no se pueden dedicar un minuto más a lanzar vaticinios de videntes. Entre otras cosas, porque no se discute sobre una obviedad: ¡pues claro que la prensa de papel se está muriendo¡

¿Significa eso que la industria está cambiando? Sí, pero no nos vengamos arriba. Algunos están actuando de avanzadilla, pero la mayoría sigue enrocada en sus zonas de confort.

Los enrocados

Hay muchas razones para que esto pase, pero hay una que sobresale sobre cualquier otra. Pese al descenso imparable en las ventas de ejemplares, los números les siguen dando la razón…por ahora: la publicidad impresa sigue siendo la principal y casi única fuente de ingresos.

Podremos decirles que el problema es que tienen que centrarse en lograr que sus ingresos digitales sean superiores a los del papel, pero en la mayoría de los casos, vuestras advertencias serán tomadas como las chifladuras de un freaky que se ha creído que es Steve Jobs sólo porque lleva un smartphone en el bolsillo.

La mudanza digital tiene varias velocidades. Los consumidores van en quinta cuando los anunciantes todavía ni han arrancado el coche. Y el resultado es paradójico: en los periódicos de papel, la mayor parte de su audiencia se traslada a sus productos en la red, pero los anuncios se concentran en lo impreso.

561337969Para entender esta contradicción, hay que aplicar lo que algún experto ha llamado ‘la prueba del refrigerador’. Es muy sencilla: abrid la nevera de una familia media y separad a un lado los productos que se anuncian en soportes tradicionales y al otro los que se promocionan en nuevos medios digitales. Lo habéis acertado: se supone que casi todo el mundo se fía más de lo que se anuncia “en un papel” que “lo que se dice” en internet. Cuestión de fiabilidad.

La estrategia Loreal

No voy a negar que esto sea así, y que todos llenemos nuestras neveras sólo con productos que vemos en los periódicos (más bien me parece que se llena con los productos que salen en TV), pero no parece que el argumento sea muy científico. Más bien al contrario, se basa en una nebulosa de percepciones que podríamos calificar como la estrategia Loreal, la estrategia del “te vas a anunciar conmigo porque yo lo valgo”…aunque ese “yo lo valgo” empiece a ser sólo una cuestión de fe.

En una época donde se puede medir hasta el aire que consumimos, un periódico de papel puede decir, por ejemplo, que sus 200.000 lectores se leen todas y cada una de las 80 páginas que editan a diario, y que además lo hacen los siete días a la semana. Pensadlo bien: eso significa que cada lector se lee de media cada semana 756 páginas de periódicos, es decir, que se engulle más de 3.000 páginas de periódico al mes. Disculpadme, pero si alguien se cree que un ciudadano lee de media 36.000 páginas de periódico de papel al año, es que se ha fumado algo que no es un simple cigarrillo.

Seamos serios. Ya no es momento de más discusiones bizantinas ni de profecías, pero tampoco de vender una realidad que ya sólo existe cuando hablamos con los anunciantes . Ahora de lo que se trata es de adaptarse a un entorno que cambia por días. El mundo es el que es. La sociedad es la que es. Y la industria de la comunicación, también. Y todo lo que sea no querer amoldarse al cambio es un esfuerzo que no es que conduzca a la melancolía, es que puede conducir a medio plazo a la desaparición…incluso aunque ya no lo pregonen los profetas profesionales de la devastación.

Autocrítica para periodistas

Los periodistas somos como somos. Contradictorios hasta la bipolaridad. Usamos compulsivamente teléfonos inteligentes pero queremos vivir de la tinta y de las bovinas; entregamos nuestro trabajo al altar global de twitter, pero reclamamos que la gente retorne a los quioscos siguiendo a los suscriptores de Hamelín; hace años que no compramos un periódico de papel entre semana, pero exigimos que los demás sí lo hagan.

Quinientos años de imprenta se han borrado en cinco. Y nosotros hemos decidido que todo el mundo debe saber lo mal que lo estamos pasando. Otros sufren igual o más, pero nadie como los periodistas para convertir las redes sociales en la mayor reunión de plañideras virtuales de la historia de la humanidad.

El apocalipsis vende

Los periodistas pujan por su entrada en la categoría de especies en extinción. Y reclaman ayuda. O mejor, ayudas, da igual si son estatales, autonómicas o locales. Lo que importa es que nos ayuden a pagar nuestras hipotecas y las matrículas de los colegios de nuestros hijos.

Nos han dicho que nos tenemos que reinventar, que o nos aclimatamos o nos ‘aclimorimos’, que debemos pasar de ser dinosaurios a ser ardillas, y unas cuantas metáforas gastadas más, pero nos pasa como a los padres primerizos: no nos han dado el manual de instrucciones para sobrellevar este vendaval y caemos en la confusión y en la desesperanza.

Sentimos que algo no encaja

Nos habían dicho que nuestro trabajo era esencial para la consolidación de la democracia, que sin nosotros el sistema se desoronaría y que los corruptos harían y desharían en la impunidad más descarada. Nos creímos indispensables. La piedra sobre la que descansaba casi todo. El cuarto poder reconvertido en el primero. Y ya no lo tenemos tan claro.
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Nos cuesta reconocerlo porque nos creemos depositarios de un derecho inalienable del ciudadano y nos aterra reconocer la realidad, nos desespera reconocer que este oficio no es un sacerdocio, que este oficio es un negocio.

Malditos tópicos y malditos prejuicios

Hemos sido víctimas de las verdades aposentadas que ni eran verdades ni estaban aposentadas, de los tópicos que no nos hemos molestado en desmentir y de la pereza que nos invade cada vez que hay que desmontar un lugar común referido a nosotros mismos.

Y, sobre todo, hemos sido víctimas de nosotros mismos, de nuestra petulancia, de nuestra arrogancia y de nuestra ceguera ante la realidad.

Hemos fallado. No hemos querido entender casi nada. Y ahora estamos pagando de la peor de las maneras nuestra incapacidad para adaptarnos a la realidad.

Contamos las víctimas como quien recuenta las bajas de una carnicería. Despidos y cierres. El derrumbe de la inversión publicitaria. La caída generalizada de las audiencias. Y los medios de masas que ya no lo son tanto.

El público que antes se fiaba de nosotros se ha trasladado a los medios sociales y consume su tiempo enredado en las pantallas de sus móviles. Los medios tradicionales han perdido su centralidad y las redes se han convertido en la nueva plaza donde se discuten los asuntos públicos al mismo tiempo que se juega al Candy Crush o se ve el último viral de algún bebé lamido por un gatito.
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Hemos perdido nuestra silla y vamos camino de no recuperarla nunca más. Los medios y los periodistas colocan sus productos en las redes para ser alguien en la conversación global y sus formatos convencionales se hacen aún más prescindibles para la audiencia y para los anunciantes.

Un bucle tóxico

Es un bucle tóxico y no encontramos antídoto para él por nuestra obsesión por echarle la culpa de todos nuestros males a internet, a las empresas, a los oligopolios mediáticos, al capitalismo, al Club Bilderberg y al que se tercie.

Trasladamos a todo el que nos quiera escuchar que nuestro mundo ha sido arrasado. Y le estamos diciendo a los que vienen por detrás que no sigan por nuestro camino, que se dediquen a cualquier cosa menos al periodismo.

Os lo digo ya. Lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos es de torpes, pero lo que les estamos haciendo a los que vienen por detrás es que no tiene perdón.

Vale con que nos hayamos cansado de transmitir el oficio porque estamos muy preocupados intentando sobrevivir a la última purga laboral, pero dónde está dicho que tengamos que repetirles una y mil veces que lo que hacemos es patético y que es una locura dedicarse al periodismo.

Vamos a dejar el cinismo para las horas libres. Si tanto odiamos el periodismo, porqué no le damos la oportunidad a los chavales de que lo odien por su cuenta.

Pensadlo bien. ¿No es hora de dejar de comportarnos como plañideras?

Sólo si somos capaces de deshacernos de todos nuestros prejuicios, tendremos una oportunidad de sobrevivir en un mundo donde la competencia se nos ha multiplicado hasta el infinito. Sólo si somos capaces de hacer un diagnóstico efectivo sobre la realidad y sobre lo que se nos viene encima, seremos capaces de sobrevivir en este entorno laboral.

Algunos ya lo han hecho. Que cunda el ejemplo.