Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

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El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

El Post y la nostalgia por un periodismo…que no ha desaparecido

No he visto aún Los archivos del Pentágono (The Post, en su versión original), la película de Spielberg sobre el Washington Post, pero sí he leído algunos comentarios de periodistas en los que se percibe la añoranza de épocas pasadas e idealizadas que se contraponen con el periodo actual, supuestamente marcado por la derrota del periodismo ante no sé cuántas fuerzas del mal.

Sobre la película y los hechos que narra, poco puedo decir más allá de recomendar la lectura de un par de libros imprescindibles para quienes amamos este oficio: La vida de un periodista, de Ben Bradlee, y Una historia personal, la autobiografía de la editora del Post Katharine Graham. Es difícil leerlos y no terminar queriendo dedicarse al periodismo. Vaya lecciones de honestidad y de compromiso con un oficio tan adictivo como el nuestro.

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Katharine Graham, la mítica editora del The Washington Post, y quien fuera también director del periódico durante la cobertura del caso de los papeles del Pentágono, Ben Bradlee.

Pero sí que me parece que hay que hacer algunas puntualizaciones sobre el presunto apocalipsis mediático que estamos soportando para no dejarnos llevar por el trazo grueso y el tremendismo.

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Como punto de partida, no les quito razón a quienes piensan que el periodismo vive inmerso en un agujero negro. El cambio en los hábitos de consumo de la información propiciado por el nuevo entorno digital ha devastado el engranaje industrial en el que nos hemos movido los periodistas desde poco después de que Gutenberg inventara la imprenta. Y eso se ha traducido en oleadas masivas de despidos, en la precarización del empleo y en un recorte de las expectativas laborales que son insoportables.

Si a tal paisaje le añadimos que la debilidad de la industria, y lo que eso ha generado en la proliferación de prácticas muy poco profesionales (y no sólo hablo de las noticias falsas), se ha llevado también por delante el prestigio social del periodista, pues poco más se puede comentar.

No os dejéis llevar por el pesimismo

Pero creo que nos equivocamos si analizamos esta situación dejándonos llevar por la melancolía, el escepticismo o la desazón. Seguramente no sea mejor momento para motivar a quienes quieran ser periodistas, pero eso no significa que sea un mal momento para hacer periodismo.

Salvo que nos queramos poner catastróficos, todos los días podemos ver, leer y escuchar buenos ejemplos de periodismo en los medios de comunicación tradicionales y en los que han nacido en el nuevo entorno, Hay mucha más basura que antes, pero si se sabe buscar, también hay muchísimas más posibilidades de encontrar buenas piezas periodísticas. Todo se multiplica de forma exponencial. Basta con disponer de una buena conexión a internet. 

En ese sentido, no me gustaría que nos quedáramos con la idea de que el periodismo que se ve en la película sea ya una parte de la historia que jamás volverá. Por muy mal que esté todo (y lo está), el periodismo no es un oficio en vías de extinción, sino en vías de transformación, que es muy distinto.

Lo que toca es comprometerse

Por eso, lo que más me interesa es el debate que puede generar esta película en torno a la función social del periodismo como contrapeso de los poderes políticos, económicos y sociales y a la necesidad de que los ciudadanos tomen conciencia de que, si quieren sociedades democráticas fuertes, con instituciones sólidas, también necesitan comprometerse sin postureo alguno con los medios de comunicación de esa sociedad. 

Y eso, reitero, implica no quedarse anclado en el discurso de decir que todos los periodistas somos unos malvados y unos vendidos o limitarse a solidarizarse con quienes  pierden sus puestos de trabajo, sino que nos debería llevar a un paso más, a algo en realidad tan sencillo como reconocer que si queremos medios fuertes, tendremos que pagar por ellos. 

En eso nos puede ayudar una película así, en recordarle una vez más al gran público que el periodismo, el buen periodismo, sólo puede sobrevivir, ahora que la publicidad se hunde, si hay alguien que lo paga y ese alguien no esconde intenciones que tiene muy poco que ver con el derecho a una infomación veraz y honesta.

Toca mojarse como ciudadanos. Y si no, entonces sí que podrá decirse que corren tiempos peores para los periodistas…y también para el periodismo.

P.D. (I). Merece muchísimo la pena leer este artículo del periodista Vicente Lozano, a quien la película le ha permitido recordar la importancia de tener empresas periodísticas fuertes si se quiere hacer el mejor periodismo. Muy interesante.

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Y P.D. (II) Decía al principio de este artículo que todavía no había visto la película. Bueno, tal vez lo haga, pero reconozco que, pese a mi afición peliculera, apenas piso ya las salas de cine. Ahora lo consumo en casa a través de una plataforma de contenidos a la que pago una cantidad asequible y que me permite disfrutar de una cartelera amplísima en la pantalla de nuestra televisión familiar con el resultado de que ahora veo más películas que antes. 

Algo que nos está pasando a casi todos con las películas y las series y que también puede valer para el periodismo. ¿O no nos hemos dado cuenta de que a, pesar de nuestra fuga de los quioscos, hoy en día se consume muchísimo más periodismo que cuando nuestra oferta de contenidos era tan escasa? Todo cambia. Y ante el cambio, no cabe otra que adaptarse para sobrevivir. Y eso vale para cualquier sector. Por supuesto, también para el periodismo.

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo.