La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

 

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.

 

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

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Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

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Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

¿Y si los medios tuvieran algún día que emigrar de Facebook?

Hace unos días se publicaba que Facebook estaba pensando cambiar la faz de sus muros para darle preferencia a las noticias y comentarios de los amigos en detrimento de las informaciones publicadas por los medios en sus páginas, que serían más o menos ‘desterradas’, lo que obligaría a esos medios a pagar a la compañía de Mark Zuckerberg si quisieran mantener su alcance orgánico. 

Facebook está experimentando el cambio en seis países, pero está de más advertir que si la compañía californiana confirma estos planes y los lleva a la práctica, los medios vivirán un día negro para sus métricas de tráfico y para sus ya alicaídas previsiones de ingresos.

Facebook es la red social que más tráfico genera con diferencia a los medios de comunicación y la que proporciona más tiempo de permanencia en sus páginas. De hecho, se ha convertido en la plaza pública a la que acceden millones de personas a entretenerse, a cotillear, a ver fotos de los amigos y también a informarse.

Y ya no es que sea un complemento perfecto para la distribución de los contenidos periodísticos, sino que se ha convertido en la autopista principal por la que circulan casi todos los contenidos, hasta el punto de que si una noticia no se comparte en Facebook, pierde casi todo su potencial de distribución. 

La situación es paradójica. Los medios pensaban que con Internet desaparecería la intermediación de los quioscos y el resto de puntos de venta físicos, pero, sin embargo, ésta no ha desaparecido sino que, simplemente, ha mutado. El nuevo quiosco es Facebook. Y si antes los quioscos querían su comisión, ahora Facebook también la quiere y lo dice expresamente: si los medios quieren seguir teniendo audiencias millonarias para sus productos gracias a las páginas que han abierto, toca pagar.

facebook-76536_640-1-360x240Lo que hace Zuckerberg es razonable. Monta una plataforma y quiere ganar dinero con ella. Facebook no es una ONG ni se quiere parecer a la Wikipedia. Quiere ganar dinero. Y por eso, cuando ya se ha hecho imprescindible para tantísima gente, organiza su modelo de negocio en busca de la rentabilidad y le dice a las empresas informativas (y al resto) que tienen que pasar por caja si quieren seguir teniendo a tanta gente picando en sus contenidos.

Pero esto también debería hacer reflexionar a los medios.

Facebook da lectores. Pero, a cambio, revienta a los medios a través de tres vías: 1. Cambiando el algoritmo de un día para otro hundiendo las cifras de tráfico; 2. ‘Obligando’ a los medios a convivir en un ecosistema plagado de noticias falsas que Facebook es incapaz de controlar. Y 3. Quedándose con la publicidad que antes iba a los medios.

A los medios les quedan dos opciones. Pagar por seguir apareciendo en los muros de los lectores o emigrar y buscar otras plataformas que les permitan distribuir sus contenidos digitales sin pasar por el Impuesto Zuckerberg. 

Por ahora lo razonable sería pagar y seguir disfrutando de estas audiencias, asumiendo que hay que pasar por la ventanilla y que hay que adaptarse a todo lo que proponga el Gran Hermano de Palo Alto. Las reglas del juego las marcan los actores dominantes del negocio. Y en el caso de la industria del periodismo, como en otros ligados a la distribución de contenidos digitales, quienes mandan son Google y Facebook.

Pero tampoco estaría de más que, en paralelo a este sistema de pagos, los medios de comunicación vayan explorando otras formas de llevar sus contenidos a los lectores que les permitan mantener el control de la distribución y tener un sitio a donde emigrar el día en el que las condiciones del negocio lo permitan. Si no, siempre estarán en manos de quien controle las carreteras de la información y a expensas, por tanto, de las decisiones estratégicas de terceros. Y eso no es una buena idea, ni en la industria del periodismo ni en ninguna otra.

Por qué la radio aguanta casi todo lo que le echen

Hace unos días, asistía a la presentación de la programación de este año de uno de los mejores comunicadores radiofónicos de este país, Carlos Herrera, y en ella alguien le preguntaba a Herrera que cómo iba a ser la radio del futuro. El periodista insignia de la Cope respondió citando a otro grande de los micrófonos, Iñaki Gabilondo, quien suele decir que para saber cómo será la radio del futuro lo que hay que saber es cómo será la sociedad del futuro. Y eso es porque ha demostrado una capacidad de adaptación fuera de lo común.  Una habilidad que, además, le ha permitido salvarse de la quema a la que se están viendo abocados, entre otros, sus hermanos del papel.

Pensadlo por un momento: hemos leído y discutido hasta el infinito sobre el fin del modelo de negocio de los periódicos de papel; sobre las dificultades de los medios que viven en el entorno digital o sobre si la televisión generalista que gana dinero a espuertas también tiene fecha de caducidad por la llegada de los netflix de turno… pero la radio tiene muy poca literatura al respecto. Todos hemos dado por hecho que es capaz de superar lo que se le ponga por delante y que sigue gozando de una salud más o menos estable y va camino de robustecerse.

No todo es idílico. La radio que conocemos no tiene casi nada que ver con la que había antes de esta crisis de tintes glaciares. Después de años con márgenes de beneficios que llegaban a impresionar, las plantillas de las principales empresas (Ser, Onda Cero, Cope…) han adelgazado fruto de la crisis y el periodismo más próximo y cercano ha pasado a un segundo plano en favor de unas parrillas saturadas de opinión de low cost, con el resultado de que las emisoras han focalizado sus esfuerzos en sus redacciones centrales dejando semivacíos los centros regionales y locales, con la consiguiente pérdida de calidad.

Pero el caso es que, pese a todo, la radio está sobreviviendo, y con fuerza, a la transformación digital y ha sido capaz de adaptarse a ella y a los cambios en los hábitos de consumo de la información de los ciudadanos. Os paso, para atestiguarlo, un dato que he leído hace unos días en El Español: la facturación del sector creció un 3% entre enero y septiembre del presente año. Si dejamos de lado a los dos gigantes del duopolio televisivo, ¿conocéis algún ejemplo de mejora publicitaria como éste? Ya quisiéramos, pero no.

Las cuentas de los medios de prensa siguen en caída libre y los despidos se suceden mientras los editores se devanan los sesos en busca de nuevas ingresos que mitiguen el derrumbe. Pero la radio, sin embargo, sí se salva de esta quiebra generalizada.

¿Por qué? Por aquí aporto un par de posibles razones:

En primer lugar, se trata de un soporte que, como señalaba al principio, ha sabido adaptarse a las transformaciones digitales y las ha incorporado con naturalidad a las parrillas de la programación. Basta escuchar cualquier programa. Todos integran sus redes sociales, emiten audios de voz de sus oyentes o leen correos electrónicos de los mismos. Y los más avanzados, empiezan a hacer incursiones en los podcast y buscan ingresos publicitarios en las nuevas formas de hacer radio en internet. En suma, no sólo no le ha hecho ascos a la digitalización como si éste fuera el Armageddon que iba a acabar con ellos sino que la ha sabido llevar a su terreno.

Un valor refugio para los anunciantes

Y, en segundo lugar, aunque pueda parecer paradójico en esta era en la que las transformaciones y las innovaciones navegan en fibra óptica y en tiempo real, la radio sigue teniendo un valor añadido que viene de fábrica: sigue siendo el único soporte que se consume mientras se hace cualquier otra tarea, ya sea trabajar en una oficina de la Seguridad Social, tender la ropa mojada o conducir un camión.

Este factor adquiere ahora un valor aún mayor porque le permite a este soporte no tener que competir en esta guerra feroz por la atención en la que se han embarcado el resto de los medios. Hoy en día, los medios compiten entre sí, pero luchan también por el tiempo que consumen los ciudadanos viendo memes en sus grupos de whatsapp, cotilleando fotos en Instagram, viendo titulares en Twitter o jugando con la última aplicación de juegos que se haya puesto de moda.

La radio no entra en ese juego. Y eso le ayuda, pues la convierte en un valor refugio para los anunciantes. Sigue siendo un soporte que transmite credibilidad, cercanía y calidez. Sigue siendo una radio de autor en la que alguien que te cuenta una historia y alguien la escucha, estableciendo un cordón umbilical de confianza y una sensación de pertenencia a una comunidad, la de los oyentes, que vale cada día más en un entorno tan cambiante, veloz y huidizo como el que vivimos en esta era de la explosión digital.

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

Pedir ayuda no es un modelo de negocio para los periódicos (ni para nadie)

The Guardian tira de filantropía, pero no para ayudar a quien lo necesite, sino para que les ayuden a ellos. Lo leo en la edición en español de The New York Times: los gestores del rotativo británico han puesto en marcha en Estados Unidos una sociedad sin fines de lucro para recabar fondos con los que hacer periodismo en asuntos como los derechos humanos o el cambio climático. La filanr

Que lo haga en Estados Unidos tiene su lógica: en esa sociedad está más arraigado este concepto de la filantropía y ya se ha aplicado con un cierto éxito a algunas organizaciones periodísticas (de memoria recuerdo ahora el caso de ProPublica, que nació de la iniciativa de un matrimonio con residencia en el estado de Florida que sentían que el periodismo de investigación estaba en peligro).

Lo que llama la atención es el hecho en sí y lo que trasluce. The Guardian, un periódico obrero de Manchester en sus primeras décadas de vida, se transformó por completo hasta convertirse en el paradigma del periodismo en abierto bajo el mandato de Allan Rusbridger. Nada de fórmulas de pago en internet. Todos los contenidos abiertos para todos. Resultado: un grandísimo éxito editorial y una ruina económica que ya no podía soportar la fundación sin ánimo de lucro que pagaba los costes del periódicos.

Después de aquello, otro giro de 180 grados. Búsqueda de nuevos ingresos en internet, cesiones a las fórmulas de pago y anuncios de despidos y reestructuraciones. La consecuencia: mejoraron sus cuentas, pero muy por debajo de los números necesarios para cuadrarlos.

Y ahora, vuelta, en parte, a los orígenes: otra vez pidiendo a alguien que sufrague el periodismo en vista de que los lectores no están por la labor de hacerlo.

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Tal ve en esto resida la razón de tantos tumbos y cambios de orientación. En esta era del marketing aplicado al periodismo donde tan de moda se ha puesto a hablar del engagedment, o sea, del compromiso de los lectores, resulta que ese compromiso de los lectores/ciudadanos no pasa de algunas muestras de solidaridad o de afecto que se sustancian en alguna frase de apoyo en Twitter, en Facebook o en Instagram.

Preferimos darle a un ‘Me gusta’ antes que pagar un euro por un periódico o cinco o seis euros por suscribirse a un medio digital. Y así no hay quien sobreviva. Ni haciendo periodismo ni vendiendo clavos o botones. Le está pasando al The Guardian, que ya no sabe qué hacer para que sus lectores paguen por lo que produce, y le está pasando al resto. Y así nos va.

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Hace poco, precisamente, leía a Rusbridger advirtiendo que Facebook se estaba llevando los ingresos de la prensa y volvía a pensar en lo mismo. Seguimos echándole la culpa de la situación de los medios a los agregadores, a las redes sociales, a internet en general y a todo el que se nos ponga por delante, pero seguimos siendo muy cuidadosos a la hora de no enfadar a los ciudadanos recordándoles que ellos también tienen su parte de culpa en lo que está ocurriendo. Y que si quieren de verdad medios de calidad, hay que comprometerse, pero no sólo firmando en Change.org o dándole un retuit a alguna frase pomposa y hueca en defensa de los periodistas, sino pagando de alguna manera para que se siga haciendo periodismo. Hasta en tanto no pase así, no vamos a hacer otra cosa que ir a peor.

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’

He escrito hoy en el portal de tecnología Nobbot sobre una de mis ‘obsesiones’ recurrentes: la necesidad de que los periodistas aceptemos el cambio disruptivo que ha cambiado nuestro modo de trabajar y el modelo de negocio sobre el que ha pivotado el ejercicio del periodismo durante la era de la imprenta. Y lo hago desde la perspectiva de quienes siguen aquejados de esa especie de síndrome de la plañidera que nos invita a quejarnos permanentemente de lo mal que nos va todo y de quienes, por el contrario, han decidido que hay que dejar a un lado los lamentos y dedicarse a explorar nuevas posibilidades de hacer periodismo y buscar nuevas vías de ingresos que hagan sostenible su ejercicio.

Si os apetece leerla, os paso por aquí la reflexión:

Los periodistas somos devotos seguidores de la religión del ombligo. Nos gusta regodearnos en los males que nos aquejan. Por cada problema, un lamento antes que una solución. Somos víctimas del síndrome de la plañidera. Y nos cuesta desembarazarnos de él por mucho que asumamos que así no vamos a lado alguno.

Internet ha destrozado el modelo de negocio gracias al que hemos vivido los últimos dos siglos (del dios Gutenberg hemos pasado al dios Zuckerberg) y ahora deambulamos a lágrima viva por las redes sociales mendigando el cariño de los lectores que antes leían las páginas de nuestros periódicos y ahora se conforman con picotear lo que les llega a sus muros de Facebook o a sus cuentas de Twitter, sin importarles demasiado, por cierto,  si lo que leen ha pasado por un mínimo control de verificación o se trata de una intoxicación salida de alguna granja de noticias falsas.

Leer más:

El periodismo plañidera

 

 

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El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

Los periódicos ‘resucitan’ las newsletters

pixabay.com

La práctica del periodismo en plena era de las redes sociales y de las nuevas posibilidades tecnológicas viene marcada por un cierto postureo en el uso de las herramientas que se ponen a disposición de los periodistas en el ejercicio del oficio.

Nos hemos puesto tan estupendos que ahora nos afanamos por entender cómo se hace un periodismo distinto desde los teléfonos móviles gracias al uso de los gifs, memes; cómo trabajar los datos y las historias  (como si antes de internet los periodistas trabajásemos en la metalurgia o en la industria de la madera) o, por ejemplo, cómo trabajar con la realidad aumentada.

Todo eso está muy bien, pero no deja llamar la atención que, en medio de este deslumbramiento en el que a veces se nos olvida que lo fundamental es seguir ejerciendo el periodismo sea en el soporte que sea, se acabe colando una herramienta que algunos ya calificaban de vintage: el correo electrónico.

Tanto hablar de las redes sociales, de las búsquedas por Google o de cómo los lectores abandonan las portadas de los portales informativos para terminar abonándonos todos a la idea de que no hay nada mejor que llegar a las bandejas de entradas de esos mismos lectores. Hace poco, podíamos decir que era una moda que resurgía. Ahora, es mucho más que eso.

Hay medios nuevos que han hecho del correo electrónico el centro de su modelo informativo, como The Skimm o Quartz, pero en líneas generales es un revival al que se han apuntado casi todas las grandes cabeceras periodísticas de todo el mundo, pues permite ganar tráfico y, lo más importante, fideliza a una audiencia que se suele comprometer más con aquellos medios que consultan cuando abren su correo electrónico, o sea, en la mayoría de los casos todos los días.

Así, los medios bombardean a los lectores cada vez que acceden a alguna de sus informaciones implorándoles y rogándoles casi de rodillas que se suscriban y les permitan enviarles las notificaciones del medio y,  de otra parte, estos mismos medios se han apuntado a una alocada carrera por ver quién pone en marcha más newsletters de contenidos.

Newsletters. Fuente: pixabay.com
Newsletters. Fuente: pixabay.com

¿Y por qué el éxito de las newsletters y por qué ahora?

A la primera cuestión ya hemos respondido: a pesar de la competencia (redes sociales, canales de mensajería como Whatsapp o Telegram), sigue siendo imbatible la comodidad de recibir la información en la bandeja de entrada de una herramienta que seguimos usando como quien abre la nevera o enciende la televisión.

Y en cuanto a la segunda, ahora resurge porque conforme caminamos hacia la oferta infinita de la información (tenemos en tiempo real todas las noticias a nuestro alcance), se hace más necesario que alguien sea capaz de elegir entre tanta abundancia qué contenidos hay que leer y ofrecerlos a través de un medio tan rápido y eficaz como éste. A esto se le llama curación de contenidos, aporta un valor y, aún más importante, puede ser también una nueva fuente de ingresos para los medios de comunicación. De ahí la resurrección tan fulgurante y pasmosa de un soporte como el correo electrónico para la distribución de las noticias.

Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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El periodismo esclavo de la viralidad

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Un estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me pregunta si es posible hacer periodismo de calidad al que se le puedan aplicar las técnicas propias de la viralidad al hilo de un artículo que escribí sobre un comentario publicado en Publimetro Colombia. No sé cómo lo veis vosotros, pero a mí la calidad y la viralidad en el periodismo me parecen perfectamente compatibles. De hecho, cada día vemos abundantes ejemplos de buenas piezas periodísticas que se hacen virales en las plataformas sociales y, además, no creo que haya ya muchos medios de comunicación que sean capaces de trabajar sin técnicas de viralización de sus noticias.

A día de hoy, el trabajo del periodista ya no se termina en el momento en el que publica una noticia, sino que ese momento se convierte en el punto de partida del trabajo de distribución de la noticia en los medios propios (papel, web o emisora de radio o TV), en las redes sociales como Twitter o Facebook y en todos aquellos canales que se nos ocurran, desde Whatsapp y Telegram hasta, por supuesto, la propia Google, que garantiza el largo aliento periodístico si se trabaja bien el SEO.

Viralidad. Fuente: Adweek.com
Viralidad. Fuente: Adweek.com

No hay problemas, pues, en conciliar calidad y viralidad. El problema, en todo caso, llega cuando la presión aprieta y ‘descubrimos’ que si no logramos cantidades ingentes de tráfico, no somos competitivos en el terreno publicitario. Es en ese momento cuando empiezan a quebrarse los estándares de calidad que nos imponemos y terminamos aceptando que las ballenas son animales de compañía, es decir, que, si queremos sobrevivir, hay que poner muchos sucesos, deportes, vídeos de bebés y de gatitos y unos cuantos clickbaits en nuestras cuentas sociales para captar y mantener la atención de nuestras audiencias.

Se trata de un bucle tóxico. Y como tal, tiene poca escapatoria. Queda bien decir que apostamos por la calidad. Pero no está claro que la audiencia también apueste de verdad por ese periodismo de calidad del que tanto nos enorgullecemos. Y sin la audiencia, ni hay calidad ni por supuesto hay medio que sea capaz de mantenerse en pie.

Algunos medios logran escapar de este bucle tóxico que condena a casi todos a la esclavitud de la viralidad, pero la gran mayoría permanecen secuestrados bajo la dictadura de las audiencias más facilonas, acostumbradas a los mensajes simples y emocionales y no especialmente interesadas por la información. Y en este terreno, no gana quien lo hace mejor, sino quien produce más. ¿Resultado? Se hace un periodismo al peso en el que importa un pimiento la información que aporta y enriquece a quien la consume. Lo que vale es producir, producir y producir y que la gente pique en el click. Hasta ahí llegó.

Y ahí entra uno de esos debates tan propios de los periodistas: ¿Qué es lo que hay que darle entonces a los lectores? ¿Lo que es importante o lo que es interesante y les engancha? Parto de la premisa de que lo importante se puede dar de una manera interesante, escapando de las miradas endogámicas de quien sólo escribe para sí mismo y los cuatro que le leen, pero en demasiadas ocasiones los medios de comunicación no saben conciliar ambas posiciones y terminan por convertir sus soportes en un combinado de restaurante barato en el que conviven las noticias más o menos serias con chismorreos de tercera división, vídeos virales. 

No hay que sorprenderse mucho. La información es una rama más de la sociedad del espectáculo en la que todo, hasta lo más importante, se utiliza como combustible para el entretenimiento de las grandes audiencias (¿o no pensáis lo mismo cuando veis el tratamiento que se da, por ejemplo, de la política en algunos shows televisivos?).

Y eso nos lleva a un par de reflexiones más en las que ya he abundado en alguna ocasión. En primer lugar, que este bucle tóxico no hace más que ahondar en el problema de falta de credibilidad y confianza de los propios medios con los ciudadanos. Y, en segundo lugar, y por buscarle el lado positivo al asunto, que seguramente esta asfixia sensacionalista en la que vivimos puede suponer una oportunidad para todos aquellos medios que apuesten por la calidad para diferenciarse de la atonía general. Algunos ya se han puesto a ello y no les va mal. ¡Suerte¡

 

P.D. Os paso un par de artículos sobre el asunto que explican magníficamente esta idea de la dictadura de las audiencias. No os los perdáis:

  1. El periodismo canon, de José Manuel Rodríguez.
  2. La droga de la audiencia, de Julián Gallo.

El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

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Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Los quiosqueros no quieren saber nada de Amazon ni de nada que se le parezca

Foto: eldiario.es

El diario El País ha decidido probar la venta de ejemplares de su periódico de papel a través de Amazon y, de momento, sólo para lectores de Madrid y su área netropolitana. La medida es disruptiva en un negocio cuyo producto se ha vendido siempre casi en exclusiva a través de las redes de quioscos. Y como cualquier otra disrupción, tiene sus detractores. Uber y Cabify tienen en contra a los taxistas. Y El País tiene en contra a los quiosqueros, quienes claman contra la decisión y amenazan con esconder el periódico en sus puntos de venta si Prisa insiste en utilizar estas plataformas electrónicas de venta para la distribución de sus periódicos.

Los quiosqueros defienden legítimamente su negocio, pero, a largo plazo, es muy difícil, por no decir imposible, que sus quejas puedan frenar el legítimo derecho de los editores a buscar otras nuevas vías de distribución de sus productos que se acomoden a los nuevos hábitos de los consumidores.

El paisaje de los periódicos de papel no invita precisamente al acomodamiento, sino a la innovación. Y lo mínimo que tienen que hacer los editores que quieren mantener sus productos de papel, porque consideran que sus modelos de negocio siguen cimentándose sobre los ingresos de sus periódicos, es probar y experimentar nuevos sistemas de distribución y venta que animen el mercado y hagan más fácil el consumo de este producto.

Particularmente, no creo que medidas como la de enviar el periódico por Amazon vaya a frenar la caída en la venta de los ejemplares porque el problema de los periódicos de papel no reside en la distribución, sino en el rechazo del producto de papel por parte de generaciones de lectores que ya sólo leen las noticias que les llegan a través de las aplicaciones que tienen instaladas en sus teléfonos móviles.

Aferrados al pasado

Pero del mismo modo que le tengo poca fe a estas iniciativas, pienso que si quieres seguir en el negocio del papel, no tienes más remedio que aplicar recetas innovadoras con las que insuflar sangre y energía a los periódicos.

Pongo sobre la mesa un par de datos: en primer lugar, la OJD que verifica la difusión de los periódicos ha certificado en marzo de este año que en España ya no hay un solo periódico que venda más de cien mil ejemplares diarios. Y en segundo lugar, en los últimos doce años han desaparecido en España 5.000 quioscos, lo que implica que ahora cuesta mucho más ir a un quiosco a comprar un periódico por la sencilla razón de que ese quiosco puede haber dejado de existir o ha dejado de vender diarios. Y si no me créeis, pues intentad, por ejemplo, comprar un periódico una tarde de domingo y ya me diréis si es fácil, difícil, muy difícil o imposible.

Y no creáis, además, que los periódicos tienen mucho tiempo para actuar. Por mucho que insistan en que siguen siendo los actores más influyentes del mercado informativo, lo cierto es que sus ventas siguen descendiendo de forma dramática y que se necesitan soluciones urgentes para evitar que el negocio se venga abajo de forma estrepitosa en menos tiempo del que nos podamos pensar.

Los periódicos de papel necesitan reinventarse cuanto antes. Con Amazon o sin Amazon. Con los quiosqueros o sin ellos. Pero reinventarse probando y experimentando. Y cuanto antes lo hagan, mejor. No tienen otra alternativa.

 

 

Cómo demonios ganar dinero con el periodismo

Pixabay.com

Salta un titular del presidente del The New York Times en el que afirma que “la gente pagará por las noticias” y, casi de repente, la entrevista publicada por El Mundo con Mark Thompson empieza a viralizarse por las redes sociales del mismo modo que se compartiría un descubrimiento científico de primer orden para erradicar alguna enfermedad maligna o la concesión de algún prestigioso galardón para algún caballero o dama de las letras o de las ciencias.

Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.
Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.

En la entrevista, Thompson disecciona el modelo de negocio del rotativo neoyorkino y hace predicciones muy sugerentes sobre la industria del periodismo. Y, pese a lo que pueda desprenderse del titular, no juega a ser un gurú dispuesto a certificar con toda rotundidad qué año, qué día y a qué hora desaparecerán los periódicos de papel de la superficie de la tierra.

Ofrece sus opiniones y punto. Con brillantez, sí, pero sobre todo con prudencia y sin dogmatismos. Y, sin embargo, sus declaraciones se han expandido como si el que hablara no fuera un curtido directivo de medios que sabe lo que se trae entre manos (antes la BBC y ahora el The New York Times) sino directamente un Moisés redivivo que bajara del Monte con las tablas de los Diez Mandamientos necesarios para afrontar la transformación del periodismo.

La pregunta que nos tenemos que hacer, entonces, es por qué tanta agitación en torno a sus palabras.

Es evidente que una razón objetiva es que quien traza la tendencia de por dónde irá esta industria no es precisamente un mindundi con ínfulas de Ciudadano Kane sino un señor que dirige la organización de noticias más prestigiosa del planeta, un periódico que, además, está reinventándose con éxito en esta era digital (muy interesante, por cierto, el libro de Ismael Nafría sobre esta reinvención).

Pero creo que no es la única razón. Hay otras y también de calado. Por ejemplo, que hay tanta perplejidad y tanta incertidumbre sobre los nuevos modelos de negocio que sostendrán al oficio que necesitamos personas que, desde su solvencia, sean capaces de ir más allá de los diagnósticos obvios y ofrecer soluciones que ya han sido comprobadas, como es el caso del The New York Times.

Los periodistas necesitamos una ‘garganta profunda’ como la del Watergate que sea capaz de decirnos dónde está el dinero. Y por eso, cuando llega alguien como Thompson y dice lo que dice, sus declaraciones se convierten en un asidero, en un deseo ansioso de que la profecía se cumpla y de que los lectores vuelvan a pagar por las noticias que consumen del mismo modo que lo hacían antes de que se extendiera la idea de que había que dar gratis en internet lo que se se vendía en papel.

El problema, para quienes piensan así, es que las soluciones a este problema no son universales.

El pago por noticias puede ser una buena salida para medios de referencia como The New York Times, para periódicos que aportan un valor añadido diferencial (pensemos por ejemplo en los diarios económicos como el Finantial Times) y para aquellos que sean capaces de lograr un fuerte compromiso de los lectores que termine sustanciándose en un pago por contenidos (y aquí, por poner un par de ejemplos, recuerdo los casos del francés Mediapart y, en España, de eldiario.es).

Pero nadie ha dicho que esta solución valga para todos.

Las grandes cabeceras seguirán apostando por ser las líderes globales de audiencia y lograr acceder a los grandes caladeros de la publicidad (con permiso de Google y Facebook, que amenazan con comérselo todo). Y el resto tendrá que seguir innovando, pensando menos en el dinero que les llega de la publicidad y buscando nuevos ingresos explotando el perímetro del negocio, es decir, desde la publicidad nativa a los contenidos patrocinados, la organización de eventos y todo aquello que se les pueda pasar por la imaginación para hacer dinero gracias a la confianza y la credibilidad que despiertan sus marcas informativas.

Ya lo dije en otro artículo: no hay recetas mágicas ni atajos en forma de muros de pago. Cada medio tendrá que buscar el modelo que le conviene y mimar a su comunidad de lectores. Y aun así, tampoco tendrán nada garantizado.

El negocio del periodismo se ha instalado en la incertidumbre. Y no va a salir de ahí en mucho tiempo. Toca acostumbrarse y aceptar la necesidad de cambio como una constante vital que nos acompañará durante unas cuantas generaciones de periodistas. No hay otra.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Dos maneras muy distintas de buscarse la vida: Antítesis y SDPnoticias

Pixabay

Si diéramos a elegir a cualquier periodista entre si prefiere trabajar en un medio que apuesta por la calidad o en otro que apuesta por la cantidad y por la viralidad, la mayor parte de los sondeados se decantará por la primera de las opciones. Nos gusta pensar que trabajamos en organizaciones que se toman en serio el periodismo y siguen pensando que los medios de comunicación no son revistas de cómics y nos gusta pensar que trabajamos en la industria de la información y no en la del espectáculo.

Pienso en ello después de haber descubierto en las redes sociales un par de publicaciones latinoamericanas que se acercan a esos dos estereotipos: el portal mexicano SDPnoticias y la revista digital Antítesis, que acaba de nacer en Chile y en Argentina.

Poniendo contexto a las noticias

Antítesis arranca con una declaración de intenciones que firmaríamos muchos de nosotros. Sus fundadoras, Jimena Travieso y Lorena Tasca, apuestan por un periodismo atemporal que ponga contexto a los hechos y transmita las emociones de las buenas historias. Y pretenden financiar este tipo de periodismo con un modelo de negocio que se aleja de la publicidad y busca (buscará)  ingresos a través de vías que están en el perímetro como, por ejemplo, la organización de cursos, la financiación colectiva (quiero pensar que hablan de algún tipo de crowdfunding) o el patrocinio de determinados contenidos.

Foto: Puro Periodismo
Lorena Tasca y Jimena Travieso. Foto: Web Puro Periodismo (Perú)

Ojalá tengan suerte y su apuesta por la calidad sea recompensada por una comunidad capaz de comprometerse con la publicación. Ellas demuestran tener las ideas claras acerca de cómo se puede financiar el periodismo que quieren hacer y no se llaman a engaños: nacen con menos pomposidad de lo normal (no es raro encontrarte con medios que supuestamente vienen a cambiar la historia del periodismo y otros retos igual de esotéricos) y no parecen engañarse sobre la dificultad de su empeño, como podréis comprobar en este artículo que se publica en el portal peruano Puroperiodismo.

Su apuesta no es fácil. Pocos medios nuevos han logrado hacerse un hueco sin apenas inversión y apostando casi que en exclusiva por la calidad de sus informaciones, pero ya que estamos en plena exploración de nuevos modelos de negocio para vivir del periodismo, mejor intentarlo con fórmulas que respeten las reglas del juego más elementales del oficio.

Innovación y viralidad con acento mejicano

En cuanto al otro ejemplo que os menciono, SDPnoticias, parece situarse en las antípodas de Antítesis. Apuesta por la viralidad de todo lo que publica y ha demostrado tal pericia en la explotación de las redes sociales y otras herramientas en favor de su marca que han logrado la atención de una empresa tan mastodóntica como Televisa, que ha adquirido el 50% de las acciones de la compañía.

SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)
SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)

En este artículo de El País que os comparto se cuenta la historia de este medio, que en menos de diez años y con una plantilla de sólo 15 personas cuenta con una audiencia de siete millones de usuarios únicos.

Por lo que se observa, SDPnoticias entiende perfectamente lo que busca un lector de noticias que picotea lo que le llega a sus redes sociales y poco más. Nada que objetar, al contrario, lo que toca es darles la enhorabuena y reconocer su labor, pero mucho cuidado también de donde se ponen las líneas que distinguen al periodismo que apuesta por la rigurosidad (que, por cierto, no equivale a ser aburrido ni tibio ni nada que se le parezca) del que está dispuesto a casi todo en su búsqueda salvaje de clicks con los que hacerse un hueco en un mercado, el de la publicidad, donde las visitas se venden al peso.

En el artículo que os cito, el promotor del proyecto, Federico Arreola, muestra su desinterés por contar con periodistas para su proyecto (me gustaría que se hubiera podido explicar algo mejor, la verdad) y un cierto desprecio por todo lo que tenga que ver con la verificación de las noticias, lo que nos puede llevar a pensar que este proyecto es menos riguroso de lo que correspondería. Esto último no es más que una simple suposición, pero después de leer lo que sostiene el fundador de este portal se antoja, y ojalá que me equivoque, que es una presunción fundada.

Evidentemente, no es cuestión de elegir entre uno y otro modelo…salvo que se acepte el rumor como periodismo y las noticias falsas como una mercancía que se puede vender como una verdad prefabricada.

Ambos modelos, en principio, son válidos. Y tambien complementarios. Nadie ha dicho que las apuestas de calidad tengan que ser obligatoriamente minoritarias y tampoco está escrito que los medios virales tengan que ser, por definición, frívolos y faltos de ética periodística.

Estoy convencido de que se puede buscar un equilibrio y que en él se encuentran los medios de comunicación que encontrarán un hueco en el mercado. Por mucho que algunos se empeñen, la viralidad y la calidad no son incompatibles. Y menos en el negocio del periodismo. Así que suerte al que lo intente…pero, eso sí, siempre que respete las reglas de un oficio tan adictivo y apasionante como el del periodismo

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

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Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

¿Por qué no dejamos de rasgarnos las vestiduras con la publicidad de los periódicos?

Un anuncio publicitario de un teléfono móvil a página completa en las portadas de los diarios El País y El Mundo ha suscitado el tradicional rasgado de vestiduras en el gremio en el que se han mezclado lamentos por la supuesta degradación editorial de estos dos periódicos con ataques directos a lo que, también supuestamente, es un ejemplo palpable de cómo la prensa se ha rendido al capital y es esclava servil de intereses ajenos a los sagrados principios del periodismo.

Me parece que estamos exagerando un poco. El derrumbe del modelo tradicional de la prensa ha metido a las grandes cabeceras del periodismo en una crisis que los ha debilitado y precarizado hasta convertirlos en presas más o menos fáciles para los depredadores que siguen interesados en influir en la opinión pública a través de estos medios de comunicación. Pero de ahí a ver conspiraciones y demostraciones de servilismo por todos los rincones va todo un mundo que no hay porqué admitir. Entre otras razones, porque las acusaciones en este caso tienen poco o ningún fundamento.

Mirad, puedo entender que no os guste ver un anuncio publicitario a página completa en un periódico, pero es que resulta que los periódicos siguen viviendo todavía la publicidad. Yo he sido director de un periódico, El Correo de Andalucía, y os puedo asegurar que ojalá hubiese tenido el dilema de tener que aprobar la inserción de un anuncio en toda la portada. Bueno, os lo digo ya, hubiese dicho que sí al anuncio y al dinero que llegase con él salvo que atentase contra principios y valores irrenunciables, que no es precisamente el caso de un teléfono móvil.

De verdad, podemos ponernos todo lo estupendos que queramos, pero no nos confundamos: el problema de los periódicos no es que tengan que poner publicidad en sus portadas; el problema es el contrario, el problema es que apenas tienen publicidad y, encima, sus ventas van bajando y bajando.

Pongo este ejemplo mismo de hoy. Estoy convencido, y si me equivoco me corregís, que la mayoría de los que os estáis llevando las manos a la cabeza por este presunto sacrilegio no os habéis escandalizado cuando habéis ido al quiosco y habéis comprado un ejemplar de alguno de estos periódicos. No, lo más seguro es que os haya entrado el soponcio cuando hayáis visto la imagen al abrir vuestra cuenta de Facebook o cuando estábais echándole un vistazo a las últimas noticias en Twitter. Lo de comprar periódicos para permitir que sigan subsistiendo mejor lo dejamos para otro día.

No quiero reconvenir a nadie, pero sí poner un poco de contexto para acotar este caudal de indignación y honores mancillados. Si yo estuviera otra vez en un periódico, me gustaría que mi medio hiciera todo lo posible por hacer sostenible el negocio y lo último que haría sería ponerme exquisito porque a alguien se le ocurre poner un anuncio a página completa en la portada.

A mí me puede no gustar esta acción publicitaria, pero también me aburren, me cansan y me irritan las cascadas de anuncios que aparecen de repente en mi móvil cuando abro determinadas páginas de las ediciones digitales de los medios o cuando abro mis cuentas en las redes sociales, pero no por eso me comporto como si fuera un caballero medieval al que han mancillado su honor y tampoco por eso afirmo alegremente que los periódicos se han vendido a los malvados que utilizan a los periódicos como brazos armados para engañar y corromper a los ciudadanos.

Por alguna razón que se me escapa, de un tiempo a esta parte, la profesión también se nos está llenando de salvadores del periodismo que se dedican a dar lecciones de ética y decencia a cientos de profesionales que suficiente tienen con intentar hacer bien su trabajo en medio de tantas dificultades. Vamos a respetar a los compañeros, que tampoco es tan difícil.

No hay soluciones mágicas: los muros de pago sólo valen para algunos periódicos

Los periodistas no somos un gremio inmune al uso de lugares comunes. Y menos todavía cuando hablamos de nosotros mismos. Cada cierto tiempo, tenemos un nuevo mantra en la industria. El último es el que sostiene que la única manera de salvar a los medios del derrumbe de los modelos de negocio del periodismo es la vuelta a los contenidos de pago.

El resurgimiento de esta tendencia tiene mucho que ver con lo que podríamos llamar el efecto Trump. En Estados Unidos, muchos lectores han respondido a los ataques a la prensa tradicional del excéntrico inquilino de la Casa Blanca suscribiéndose precisamente a esos medios de referencia, con el New York Times a la cabeza.

Y a partir de ahí, han proliferado las voces de quienes defienden que la única manera de salvar a estos medios es lograr que los lectores paguen por sus contenidos. Y que la prueba de que se puede hacer la estamos teniendo con el crecimiento exponencial del número de suscriptores de estas cabeceras.

La tesis parte de un hecho irrefutable. O los lectores le dan valor a lo que hacen estos medios y se comprometen con ellos pagando por las informaciones o no vendrá nadie desde fuera a salvarles. Dicho de otro modo: en periodismo no hay milagros. O se paga o hay poco que hacer. Más si cabe cuando el modelo basado en la publicidad se va evaporando conforme pasan no los años, sino los meses y hasta las semanas, la tradición industrial de los periódicos de papel será más pronto que tarde parte de la historia del oficio y quienes se aventuren en nuevos proyectos tendrán que pedir la complicidad monetaria de sus seguidores.

Bien, podemos estar de acuerdo en buena parte de esta argumentación, pero sólo si aceptamos que no se trata de una verdad universal que pueda trasladarse a todos los confines del orbe. Y menos en la era de la abundancia informativa y del consumo infinito de las noticias a través de las redes sociales y los motores de búsqueda como Google.

No se puede decir alegremente que los contenidos de pago salvarán a los medios. En todo caso, salvarán a algunos de ellos. Y en este supuesto, no se salvarán porque los editores de esos medios hayan decidido cobrar por sus contenidos, sino porque esas cabeceras habrán logrado ser imprescindibles para sus comunidades de lectores hasta tal punto de que una parte minoritaria pero suficiente de esa comunidad estará dispuesta a pagar por lo que lee.

Esto lo pueden conseguir, y sólo tal vez, algunas grandes cabeceras que tenemos todos en la mente (The New York Times, The Washington Post, El País, El Mundo…), pero hay que ser realista y honesto con las expectativas, no practicar el realismo mágico de pensar que esta receta vale para todos.  La mayor parte de las marcas periodísticas no podrán vivir sólo de lo que paguen sus lectores, sino que tendrán que salir de sus zonas de confort tradicionales en busca de nuevas vías de ingresos que complementen los pagos por suscripción y tendrán que devanarse los sesos buscando fuentes de dinero que quizás ni antes se les pasaría por la cabeza.

En esto, no hay soluciones mágicas. Sólo cabe la voluntad de reinventarse y de adaptarse a un mundo que obligará a muchos a cambiar toda su estructura comercial y financiera y su manera de entender cómo funcionan y se financian los medios. Y el que lo comprenda antes, antes podrá encontrar la solución a su dilema.

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Tres cosas que me siguen gustando de los periódicos de papel

Periódicos de papel. Fuente: Pixabay

Soy un entusiasta del cambio digital. Hace ya demasiado tiempo que perdí el habito de comprar periódicos de papel y, si tengo que hacer el cálculo, puedo asegurar que consumo más noticias, análisis y reportajes en mi teléfono móvil que en mi tableta o en mi ordenador portátil. Pero no reniego de las bondades que mantienen los periódicos de papel, bondades que no los van a salvar de la quema, pero que merece la pena subrayar para ser honestos con un producto periodístico industrial que ha marcado la vida de millones de ciudadanos a lo largo de un par de siglos.

Seguro que se os ocurren más ventajas, pero yo he elegido tres.

La primera es que los periódicos de papel siguen pareciéndome el producto periodístico que mejor jerarquiza y aporta criterio a la hora de seleccionar las noticias que tenemos que leer. Yo utilizo listas en twitter para ‘monitorizar’ aquellas noticias que más me interesan en función de mis intereses (política, periodismo, fútbol…), pero no dejo de ser un poco rara avis. Lo normal es que el común de los mortales picotee en su muro de Facebook o navegue por su cuenta de Twitter y abra poco más de dos o tres enlaces. La tarea de curación de contenidos no es fácil. Y ahí el periódico de papel conserva su valor añadido: te hace la labor de rastrear y producir artículos para que no te pierdas en la maraña de la red.

La segunda de las ventajas reside en su capacidad de ofrecer artículos y reportajes en profundidad que puedes leer en un formato impreso que, al menos a mi juicio, resulta más cómodo que el de una pantalla de cuatro o cinco pulgadas como el del móvil. Yo leo muchísimos artículos largos en internet, pero percibo que digiero mejor las historias cuando leo en papel. No sé si será porque siempre he sido un lector de periódicos y libros impresos y forma parte de mi educación o porqué será, pero ésa es la verdad: me entero mejor cuando leo en papel.

Y la tercera de las ventajas la ligo a la educación. No se me quita de la cabeza la idea de que una de las mejores maneras de lograr que los chavales vayan adquiriendo capacidades críticas y analíticas, mejoren su capacidad de comprensión lectora y de comprensión del mundo que les rodea y que fomenten su curiosidad intelectual que la disciplina de leer de forma recurrente un buen periódico. Me parece una receta muy aconsejable para que no sólo seamos consumidores sino también ciudadanos.

Que conste que no me ha dado un ataque de nostalgia ni tampoco estoy haciendo un panegírico de la prensa de papel. Con lo que acabo de contar, no creo que baste para frenar un proceso que acabará con un modelo como el de la prensa impresa diaria.

Quienes me seguís sabéis que defiendo la necesidad de que sepan adaptarse a los nuevos hábitos de consumo de los lectores. Y que sostengo que los editores deben trabajar por la consolidación de sus marcas en el nuevo ecosistema digital y apostar por una nueva estrategia comercial que atienda menos a la publicidad tradicional, en caída libre por la competencia con Google y Facebook, y explote nuevas vías de ingresos como los contenidos de marca, la organización de eventos o las propias suscripciones digitales, entre otras posibles fuentes.

Pero ésa es otra historia. Y aquí de lo que se trata es de reconocer lo que es justo y darle al Cesar lo que es del César y a los periódicos de papel lo que es suyo…y ya nadie les podrá quitar: su capacidad de haber sido durante siglos quien ha puesto orden y criterio a un mundo que bien que lo necesitaba.

Contexto, otro ejemplo más de que en periodismo “sí se puede”

Me gusta la propuesta de la revista digital Contexto y la manera en la que hace comunidad en un mercado periodístico español saturado de propuestas que a veces son difíciles de distinguir entre sí por su extraña afición a repetir hasta la extenuación las mismas noticias y el mismo tipo de análisis informativos en portales de información que son casi clónicos.

Contexto, una revista digital con formato de semanario fundada hace un par de años por catorce periodistas dirigidos por el ex periodista de El País Miguel Mora, sí ha logrado hacerse con ese lugar en el paisaje periodístico y lo ha conseguido con una actitud combativa y con una apuesta por los artículos, reportajes y entrevistas de largo aliento que se agradece ahora que algunos confunden el periodismo con el espectáculo y con los telegramas de 140 caracteres y consideran que un artículo largo es un post de Facebook y poco más.

No innova en formatos ni se devana en pensar en nuevos lenguajes. Ofrece periodismo que explica, periodismo que pone contexto. Y le va bien. Ha logrado crear una comunidad en torno a sus contenidos y se acerca poco a poco a la sostenibilidad. Sus cuentas de resultados son modestas, pero sus gastos también lo son. Y eso ayuda.

Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Miguel Mora. Foto de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Contexto tiene una fuerte vocación política y cultural y no esconde su escoramiento ideológico: es de izquierdas y defiende con vehemencia sus posicionamientos ideológicos, cercanos a las tesis de Podemos y otros grupos a la izquierda del PSOE. Pero no es una revista sectaria y eso lo agradecemos especialmente quienes no compartimos la mayor parte de sus postulados ideológicos, pero sí nos gusta bucear en sus páginas en busca de buenos artículos que siempre aparecen.

Puede que en ocasiones se exceda a la hora de distinguir entre la prensa libre e independiente (ellos y otros medios de su horquilla ideológica) y el resto, pero eso es otro debate.

Y aquí lo que nos interesa subrayar es cómo una pequeña publicación que nació casi de la nada y con muy pocos recursos propios hace sólo dos años ha conseguido en tan poco tiempo ser una marca reconocida para un público dispuesto a comprometerse, en algunos casos pagando suscripciones de hasta sesenta euros al año, con los medios de comunicación que quiere leer.

En 2016 sellaron un acuerdo con publico.es que les permite ser mucho más conocidos y ahora andan en la aventura de sacar una revista mensual de papel que se llama ‘El dobladillo’. De momento, lo que han demostrado es que no se han doblado frente a las dificultades que surgen a la hora de montar un medio de comunicación y que mantienen su espíritu irreverente e independiente. Enhorabuena y adelante.

Rediseñando los periódicos no se arreglan sus problemas

Diario Marca. Fuente: Unidad Editorial

Marca renueva su diseño en papel. El periódico deportivo líder en España remoza sus páginas para “adaptar el periódico de siempre a las necesidades y los gustos de la audiencia actual”. Todavía no he visto el cambio, pero seguro que lo moderniza y le da viveza y frescura. En España hay excelentes diseñadores y abundan los ejemplos de creatividad y de imaginación a la hora de aportarle frescura, energía y modernidad a un periódico de papel.

marca
El rediseño del Marca

No tengo dudas, pues, de que el rediseño mejorará el producto, pero sí las tengo sobre el hecho de que se empleen muchos esfuerzos en rediseñar los periódicos, cuando la crisis que sufren los diarios de papel no es una crisis de diseño, sino de producto.

Los lectores no rechazan los diseños y los formatos que llegan a los quioscos, lo que rechazan cada vez más es el producto en sí: un paquete de unas ochenta páginas que reciben a diario a cambio de algo más de un euro por ejemplar.

En tal sentido, me pasa con esto del Marca lo mismo que me pasa cuando leo los innumerables intentos de reflotar las revistas dominicales de los periódicos con diseños cada vez más innovadores y espectaculares: me parecen un esfuerzo estéril que no logra de modo alguno su objetivo de remontar o, al menos, frenar la sangría en la venta de ejemplares.

Ojalá consigan su objetivo y cumplan sus objetivos de ventas y difusión, pero se antoja una aventura enormemente complicada. De hecho, confío ya tan poco en estos rediseños que he llegado a la conclusión de que aunque consiguiesen que Cervantes, Shakespeare, Tolstoi y Flaubert resucitaran y empezasen a escribir en sus periódicos, tampoco así lograrían resucitar sus ventas en papel.

Con esto no quiero decir que no se deban rediseñar los periódicos, pero sí que me parece infinitamente más productivo que los editores y directivos de las compañías de prensa centren más sus esfuerzos en trabajar su transformación digital, en diversificar sus ingresos y en buscar nuevos negocios en el ámbito digital, que es el lugar en el que están ahora gran parte de sus lectores.

La tormenta de los medios ha devenido en tsunami. Y más les valdría discutir a los editores discutir menos sobre cómo defender su negocio tradicional y discutir más sobre cómo adaptarse al nuevo ecosistema en el que pretender seguir haciendo sus negocios.

Y, por cierto, termino con una confesión personal. Soy un gran lector de noticias deportivas. Y mi hijo pequeño, también. De hecho, tiene al Marca entre sus portales favoritos y acude a diario a sus páginas. Eso sí, no hace mucho que se ha enterado de que el Marca también tiene un periódico. Él siempre pensó que el Marca era una aplicación.

Un manual de supervivencia para Medium

Medium es una plataforma con estilo. Un sitio donde publicar en el que tratan bien tanto a los que escriben como a los que leen. Buenos textos, bien editados y sin una publicidad tan insoportable que te entran ganas de instalar de inmediato en tu dispositivo un bloqueador de anuncios. Medium no es así. Medium es cool. Pero tiene un problema. Y nada anecdótico: no da dinero.

La plataforma creada por Evan Williams, también fundador en su día de Twitter, ha asumido la realidad. Los contenidos patrocinados no da de sí para sostener el invento. Y si insiste en su idea de no competir por las grandes campañas publicitarias (con lo que eso conlleva de luchar por los clicks y abonarse a la carrera alocada por la viralidad), sólo le queda una alternativa: cobrar por las lecturas.

Medium no quiere cobrar a todo el que acceda, pero sí quiere implantar sistemas de suscripción para quienes quieran acceder a un contenido exclusivo.

Como idea, es aventurada. La mayor parte de los modelos de suscripción tienen graves dificultades para acceder al número de lectores necesario para hacer sostenible. Se necesita una información que ofrezca realmente valor añadido (por ejemplo, prensa económica como Finantial Times) y una clara apuesta de compromiso por parte de los lectores con medios considerados como prensa de calidad (pongo dos ejemplos distintos: The New York Times y el francés Mediapart).

Pero hay dos factores que pueden ayudar a Medium a lograr su objetivo:

En primer lugar, hay una conciencia clara de que los proyectos que se aposentan en torno a la caza de los cliks tienen un recorrido muy corto. O eres el líder y accedes a las principales campañas publicitarias o no tienes nada que hacer.

Y en segundo lugar, empieza a percibirse que cada vez hay más lectores dispuestos a pagar por informarse pese a que tienen a su alcance, a un solo golpe de clikc y de forma gratuita, toneladas y toneladas de noticias. Crece el número de personas dispuestas a comprometerse con un medio de comunicación y dispuestas a pagar para que ese medio pueda seguir haciendo periodismo.

¿Por qué? Porque cada vez hay más gente que quiere medios capaces de hacer de contrapeso a los poderes estabecidos que desprecian la verdad. El caso más paradigmático es el del crecimiento elevadísimo del número de suscriptores de aquellos periódicos norteamericanos que han recibido los ataques furibundos de Donald Trump, pero no es aventurado decir que este fenómeno también se va a extender a otros países y favorecerá a todos aquellos que quieran apostar por un periodismo que no sólo quiera contar la actualidad, sino que pretenda interpretarla.

El pago por suscripción se está abriendo paso. Y Medium quiere aprovecharlo. Si lo consigue, habrá conseguido su lugar en el periodismo. Y si no, mucho me temo que seguirá el paso de otras plataformas que llegaron para cambiar el mundo de la información y se quedaron por el camino.

Twitter también quiere ser un periódico

Twitter avanza en su conversión en medio de comunicación. La red social está incluyendo en las cuentas de sus usuarios una pestaña a la que ha puesto el nombre de Moments en la que hace una selección de los contenidos que son tendencia, agrupándolos en cinco secciones. Hoy, Noticias, Deportes, Entretenimiento y Diversión. Twitter elige los contenidos, los clasifica, los jerarquiza y los muestra al público en una misma página. O sea, que ha montado una página web de noticias en la que ahorra al usuario la necesidad de elegir los contenidos que más le interesa seguir mediante la selección de las historias que saldrán en esta nueva pestaña.

En realidad, se trata de un proceso natural en una sociedad que ha desplazado su centro de atención de los grandes medios de comunicación a las grandes redes sociales. Quien quiere ver fotos usa Instagram; quien quiere ver fotos, cotillear un poco y picotear algunas informaciones, se va a Facebook; y quien quiere estar al día de lo ocurre en el mundo, estar en los debates de actualidad, conversar, discutir y comentar sobre la marcha noticias políticas, partidos de fútbol o programas de televisión o cualquier otro asunto variopinto, se hace con una cuenta de Twitter.

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Twitter. Fuente: El Universal

Os cuento mi propio caso: yo vivo en Twitter. No participo en exceso (12.400 tuits en siete años), pero desde primera hora de la mañana me paso la jornada repasando lo que ocurre gracias a la gente a la que sigo en esta cuenta, gente a la que, además, tengo clasificada y repartida en listas que utilizo para no perderme detalle de aquellos asuntos que me interesan con mayor atención (política, periodismo, fútbol…).

Twitter es como la gran agencia de noticias del mundo. Y gratuita. Con un modelo de negocio que todavía no ha logrado arrancar, pero con el extraordinario potencial de comunicación que le proporciona el haberse convertido en la agencia de noticias de última hora más importante de la historia. Y parece que ha asumido que se ha convertido en un periódico de alcance global como lo pueda ser cualquier otro gran diario o, por ejemplo, el mismo Facebook.

¿Que cómo afecta a los periódicos de papel y al resto de los medios de comunicación? Bueno, basta con hacer un simple cálculo  personal: pensad cuánto tiempo le dedicábais antes al día a leer, ver o escuchar medios y cuánto tiempo destináis ahora a informaros a través de esos mismos medios tradicionales. Sí, casi todo ese tiempo se invierte ahora en navegar y en alguna red social. Allí es donde están los lectores. Y allí es hacia donde deben dirigirse las marcas periodísticas. Y si es antes de que Twitter o Facebook terminen comiéndoles todo el negocio publicitario, mejor.

Bloqueando a los bloqueadores de publicidad

Fuente: ad-blocker.co

El periódico El Mundo ha instalado un sistema para invitar a quienes tienen instalados bloqueadores de publicidad a que desinstalen esos dispositivos si quieren seguir leyendo el periódico en formato digital. Quienes hayan leído algunos de los artículos que he escrito sobre los bloqueadores recordará que comparto la idea de que los medios de comunicación tienen que empezar a pensar a vivir menos de la publicidad y mucho más de lo que antes podían llamarse los ingresos atípicos (contenidos patrocinados, eventos, suscripciones…). Es difícil ponerle puertas al campo y resulta suicida a día de hoy  mantener un modelo de negocio basado como hasta ahora sólo en la publicidad (a menudo tan invasiva e infumable) cuando resulta tan fácil eliminarla con sólo descargarse una aplicación y darle al botón de ‘instalar’.

Bloqueador. Fuente: El Mundo
Bloqueador. Fuente: El Mundo

Pero cuidado, eso no significa que no sean legítimas y comprensibles medidas anti-bloqueo como las que están implantando Unidad Editorial y otros grupos editoriales. A un periódico tradicional se le debe pedir que sea capaz de abordar la transformación digital y que se adapte a la nueva realidad de nuestra industria, marcada ya por la supremacía de lo móvil, de los motores de búsqueda y de las redes sociales. Pero lo que no se le puede exigir es que ceda su producto informativo sin dejarle ni la más remota posibilidad de rentabilizar su trabajo por la vía publicitaria y que, encima, no pueda hacer nada al respecto.

Eso no es adaptarse, eso es rendirse al primer revés. Y no hay por qué hacerlo.

Insisto: los medios de comunicación deben empezar a diversificar sus fuentes de ingresos y explorar nuevos yacimientos en los que buscar los beneficios publicitarios que están perdiendo a manos de Google, de Facebook y hasta de las propias empresas que bloquean la publicidad. Un modelo de negocio periodístico que se enroque en mantener el modo en el que ha ganado dinero antes de la llegada de internet y que no se arriesgue a innovar tiene los días contados. Pero hasta en tanto esto no suceda, tampoco les pidamos a los periódicos que sean masoquistas. Al menos, en este momento tan delicado para la industria. El uso de los bloqueadores crece sin parar, pero eso no significa que haya que abrirles las puertas alegremente.

A los medios de comunicación les interesan todos los lectores que acuden a ellos, pero básicamente les interesan aquellos que comprenden que la información no es gratis y que las empresas periodísticas necesitan financiarse de alguna manera, bien sea mediante la publicidad convencional o bien sea mediante cualquier otra vía alternativa de ingresos que pueda establecerse.

Queda muy bien decir que el periodismo es un oficio indispensable para la consolidación de la democracia, pero no nos olvidemos que también es un negocio y que, por tanto, los editores tienen que cuidar más a sus lectores fieles y menos a los que les importa bien poco lo que le pueda pasar a tu cuenta de resultados al final del año.

Por resumir: es mejor trabajar por tener más comunidad que hacerlo para tener más visitas. Se trata de dos cosas más diferentes de lo que puede parecer.

Los lectores que no sólo no pagan por el producto informativo que les ofreces sino que se niegan a pasar por el peaje de la publicidad están en todo su derecho de instalar un bloqueador, pero que tampoco se lleven las manos a la cabeza si el medio también les bloquea el paso a sus informaciones. Es de sentido común. Si tú no me das nada, tampoco me pidas nada a cambio. Y si no te gusta, busca en otro lado. Hay muchísimo en donde elegir. Es la ley del mercado. Y funciona también en el periodismo. 

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.