Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

Diez enseñanzas de Mark Thompson sobre la comunicación en la política

Acabo de terminar la lectura del ensayo de Mark Thompson ‘Sin palabras. ¿ Qué ha pasado con el lenguaje de la política?’ (Editorial Debate) y quería trasladaros algunas de las conclusiones a las que llega quien ha sido durante unos cuantos años director general de la BBC y ahora es el principal ejecutivo de The New York Times.

Es un libro clarificador sobre la deriva simplista y emocional del lenguaje de los políticos y, por extensión, del que se usa en prácticamente todos los órdenes del debate público. No voy a ser tan atrevido de resumir en unas líneas un libro de 400 páginas, pero sí que os voy a pasar aquí algunas de esas ideas que expresa Thompson a modo de resumen en uno de los últimos capítulos del ensayo.

1. Si dices una cosa y luego haces otra, la opinión pública perderá su confianza en ti. Es una obviedad estratosférica, pero vemos tantos cambios de criterio que no son explicados, tantas incoherencias, tantos olvidos y tantas incongruencias, que parecemos olvidar lo esencial: los políticos pueden cambiar de opinión cuántas veces sea necesario (los prefiero flexibles y pactistas a inflexibles y rocosos), pero tienen que ser coherentes consigo mismos y con los demás.

2. No intentes engañar al público acerca de quién eres. Añadiría sólo un matiz: no lo hagas, aunque sólo sea a efectos prácticos. Se nota mucho a los políticos artificiosos.

3. Si los votantes van a verte como un político profesional, el sentido común sugiere que te lo pienses dos veces antes de verter cubos de estiércol sobre tus colegas y sobre ti mismo. Los jueces, los médicos y los generales no lo hacen. Pues sí, se falta demasiado al respeto; se sueltan acusaciones gravísimas sin aportar pruebas; se deshumaniza al adversario…y luego, quienes lo hacen se sorprenden de que a ellos también se les falte al respeto, se les acuse sin pruebas y se les deshumanice. ¿Pero qué esperaban? Si se meten en el fango, comerán fango.

4. Trata a la opinión pública como a adultos. Comparte con la gente que quieres que te vote parte de lo que piensas de verdad sobre políticas concretas, incluidos los sacrificios delicados que te esperan. Los ciudadanos no son menores de edad a los que hay que persuadir a base de emociones primarias reflejadas en frases simplonas. Esa estrategia emocional puede valer en el corto plazo, pero en el largo es muy dañina para quien la práctica (salvo en las democracias iliberales) y para el resto de la sociedad.

5. No escondas la realidad debajo de la alfombra. No niegues los hechos por conveniencia ideológica. Sé que es difícil y que quien es capaz de reconocer aciertos del contrario o fallas del discurso propio es tachado de ingenuo, pero no veo así la realidad política: si creemos que la política es, o debe ser, un ejercicio de coherencia, hay que empezar practicándola con uno mismo y con los suyos.

6. Destilar unas políticas públicas complejas en lenguaje llano es difícil, pero hay que hacerlo. En gran medida, el gobierno moderno es comunicación. Poco más se puede decir: el lenguaje oscuro y enrevesado de la Administración y de sus representantes es una falta de respeto a los ciudadanos y una señal de mediocridad rampante. No se trata de simplificar el lenguaje, se trata de hacerlo accesible. ¿Es tan difícil de entender? Eso sí que sería revolucionario: que los políticos y las Administraciones hablaran y se expresaran en sus documentos con claridad.

7. Llena tu departamento de comunicación de escritores de verdad, incluye algún que otro artista gráfico, y de paso videógrafos y productores multimedia. Y ya que estás en ello, insiste en que el ejército de tecnócratas de los que dependes también reciba algún curso de expresión lúcida y no condescendiente. Amén.

8. El lenguaje maquiavélico de las noticias todavía puede ser eficaz en las sociedades controladas, donde es posible que no te pasen factura ni siquiera las mentiras más descaradas (Putin), pero en nuestro Occidente, con su conexión digital 360 grados, la negatividad ya no es lo que era. Exacto. Ahora es muy muy fácil detectar las mentiras y exponerlas públicamente. Se puede llenar la opinión pública de noticias falsas, pero más pronto que tarde se pillan.

9. La única empatía que podrá juzgar la opinión pública será la tuya. Ya puedes tener una legión de expertos en la fabricación de eslóganes de usar y tirar o en minería de datos, que lo importante es que seas capaz de transmitir autenticidad y que ésta sea honesta y empática con los demás. Y eso se tiene o no se tiene, no se fabrica, aunque se puede forjar, como dice Thompson, con “el talento y las lecciones que se adquieren con una larga experiencia”.

Y 10. El don de escuchar de verdad es igual de importante para el orador (político) que cualquier talento relacionado con el habla; en realidad, forma parte del mismo talento. Seguramente, el punto que lo resume casi todo: si sabes escuchar a los demás, sabrás comunicarte con ellos. Y eso vale para la política, para el periodismo y para la comunicación en cualquier orden de la vida.

Como veréis, el libro de Thompson me ha entusiasmado. Es muy recomendable para cualquiera interesado en la deriva del debate público hacia una suerte de república de las emociones más primarias, donde sin más importantes las frases publicitarias que las ideas articuladas. Pero, sobre todo, es muy recomendable para quienes se dedican al oficio de comunicar. Si os apetece, leedlo y creo que os será de mucha ayuda en vuestra tarea.

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

Sobre Cassandra, Wyoming y la libertad de expresión

Cassandra, durante el juicio por enaltecimiento del terrorismo

Andan los ánimos revueltos en España por los supuestos ataques a la libertad de expresión que se estarían produciendo con fallos judiciales como el que ha condenado a una joven tuitera, Cassandra, a un año de prisión por publicar tuits donde se mofaba de una víctima del terrorismo, en su caso Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España en las postrimerías del régimen del dictador Francisco Franco que murió en 1973 por la explosión de un coche bomba que hizo saltar por los aires el coche en el que se desplazaba.

A la sentencia se suma ahora también la admisión a trámite de una denuncia presentada por una asociación franquista contra los humoristas y presentadores de televisión El gran Wyoming y Dani Mateo por un chiste sobre el Valle de los Caídos (un monumento bajo el que está enterrado Franco y que se construyó con el esfuerzo de los presos durante los primeros años de la Dictadura que soportó este país durante 36 años) que supuestamente habría ofendido los sentimientos religiosos de los católicos y podría encuadrarse como un delito de odio tipificado en el Código Penal.

En ambos casos, participo de la idea de que hay que defender la libertad de expresión en su más amplio sentido de la palabra y aunque nos duela o nos ofendan algunas manifestaciones. Y, como ocurre en el segundo de los casos expuestos, más si cabe si se ejerce en un programa de humor, como es el caso de Wyoming y Dani Mateo, cuyo chiste se emitió en el programa El Intermedio, que se emite de lunes a jueves en La Sexta TV. Denunciar a unos humoristas por ofender a alguien debería de estar muy limitado, así que esperemos que se archive la causa.

Ahora bien, cuidado con sacar de quicio estas cuestiones y con apuntarnos al tremendismo y las exageraciones. Quienes, al hilo de estos y algunos otros casos, sostienen que en España no hay libertad de expresión o que los jueces actúan como torquemadas de una nueva inquisición actúan con una frivolidad y un desahogo que está fuera de lugar.

¿Que hay problemas? Sí, pero no caigamos en el trazo grueso y facilón de los que ven conspiraciones a todas horas. Ni España es un país bananero donde la libertad de prensa está amenazada ni hay una involución democrática ni por supuesto la libertad de expresión es un derecho que se puede ejercer sin límite alguno.

Queda muy solemne decir que la libertad de expresión está siendo atacada en este país, pero de ahí a que sea verdad hay un trecho que no hay quien atraviese. Y, por cierto, lo que sí me parece de una frivolidad supina es que algunos vendan que España es esta especie de infierno en la tierra para los periodistas cuando vemos, a diario, que en otros países se viola sistemáticamente la libertad de expresión y los periodistas son represaliados, se juegan la vida por informar y son asesinados. ¿O si no, cómo calificáis, por poner un solo ejemplo, lo que está pasando en algunos estados de México?

Aunque sea por respeto a lo que sufren en algunas partes del mundo quienes quieren ejercer su libertad de expresión sin tener que convertirse en héroes cotidianos, deberíamos ser algo más equilibrados a la hora de hacer afirmaciones tan pomposas y grandilocuentes como carentes de rigor y de verdad. No, aunque a algunos os lo pueda parecer, la libertad de expresión en España no esta en peligro. No nos volvamos locos.