Zuckerberg, aclárate

He escrito en el portal de tecnología Nobbot, de Orange, sobre la relación errática y contradictoria que está teniendo en los últimos años Facebook con los medios de comunicación. Aunque no le guste a Zuckerberg, Facebook es ya el mayor editor y distribuidor de noticias de la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, tiene una responsabilidad sobre aquello que se publica en su plataforma. La proliferación de noticias falsas en sus muros, la ‘apropiación’ del negocio publicitario que antes monopolizaban los medios y su escaso cuidado hacia estos últimos le puede pasar factura. Zuckerberg tiene que saber cuál quiere que sea su relación con los medios. Y los medios tienen que preguntarse qué relación y qué grado de dependencia quieren de un gigante que amenaza con difuminar sus marcas.

Confesiones de un director de periódico

He sido director de periódico y sé de lo que habla el periodista David Jiménez en su libro El Director. No entro ahora en si su texto es un ajuste de cuentas con las élites políticas, económicas y periodísticas (creo que es mucho más), pero de lo que sí estoy seguro es de que la reflexión central que tendríamos que analizar en este punto no es si los directores de prensa sufren o no presiones y en qué grado son peligrosas para la salud de la sociedad democrática a la que prestan sus servicios.

Es obvio: las sufren…y tienen que saber manejarlas. Y cuidado si no las reciben porque entonces lo que se puede barruntar es que ni el director ni el medio tienen capacidad de influir y de ser relevantes en su comunidad. En eso, realmente, consiste ser el director de un medio que influye en la sociedad. En tomar, o en intentar tomar, decisiones honestas y rigurosas mientras te presionan. Y no pasa nada. No caigamos en un idealismo ingenuo. El mundo del periodismo es el real, no el de las visiones idealizadas y justicieras de las series de televisión de algunas plataformas de streaming.

The Newsroom. Imagen: El País.

Otra cuestión es analizar qué hacemos como sociedad y como ciudadanos en particular para apoyar la existencia de medios de comunicación solventes, serios y fiables. Desde hace más de una década, los medios han soportado una doble crisis: la económica y la estructural, ligada a internet y a la destrucción del modelo de negocio tradicional de la prensa. La publicidad ya no es no que llegue a espuertas a las redacciones de los periódicos.Simplemente se ha mudado en masa a Google y a Facebook. Nuestro mundo ya no es el que era hace tan sólo unos años.

Las empresas periodísticas se han debilitado y en algunos casos hundido. Y cuando uno se hunde y no es capaz de pagar las nóminas de final de mes, cuesta mucho más soportar las presiones de unos y de otros, se toman decisiones discutibles y la credibilidad se resiente y se termina perdiendo.

David Jiménez, en una foto extraída de la entrevista que ha concedido a el diario.es

Los periodistas tenemos nuestra responsabilidad manifiesta en el deterioro de la credibilidad de la profesión. Pero no somos los únicos. También los tienen los directivos de los medios que aceptan lo que antes de ayer era inaceptable, quienes ejercen esas presiones y las redoblan cuando huelen la debilidad de los periodistas y, porqué no, también los ciudadanos que denuncian lo mal que está la prensa pero no se gastan un solo euro en pagar por un producto periodístico así que los maten.

Esto no va de denunciar lo mal que están los medios ni de salvar negocios periodísticos que no son capaces de sostenerse por sí solos en el mercado; va de restablecer el cordón umbilical entre los ciudadanos y los medios que lo consumen a través de una relación de compromiso que permita a las marcas periodísticas sobrevivir en un entorno de cambio disruptivo como el que estamos atravesando. Si se consigue restablecer ese cordón, tendremos un sistema de medios saneado. Si no, esto se irá deteriorando más y más.

Por cierto, pese a las objeciones que puedan deducirse de lo que digo, David Jiménez me parece un periodista de raza, honesto y valiente. Y, por supuesto, pienso leer el libro en papel en cuanto salga. Os paso por aquí una entrevista muy interesante que le hace José Precedo en eldiario.es

Diversificación y transformación digital: la estrategia de Vocento

He escrito hoy en Extradigital.es sobre la estrategia que Vocento ha presentado a los inversores para ganar la confianza de los mercados. Se traza sobre dos ejes: diversificación y transformación digital. Ambos ejes son vitales en cualquier estrategia de cambio de una empresa que nació como una compañía de periódicos de papel, pero que, ahora, es mucho más que eso: una empresa de medios y de servicios que cotiza en bolsa.

Desde este blog hemos defendido hace ya tiempo que, hoy en día, los medios ya no pueden depender en exclusiva de la publicidad para garantizar su sostenibilidad (de la venta de ejemplares de papel, mejor ni hablamos) y que tienen que trabajar en una estrategia de diversificación de ingresos que se centre en lo que, hasta ahora, era el perímetro del negocio: foros, eventos, formación, servicios de comunicación, contenidos patrocinados, canales verticales de nicho, etcétera.

Vocento es, a mi juicio, un caso de estudio de un grupo que, a sabiendas de la dificultad del empeño, está sabiendo acometer el proceso de transformación digital y de conversión de una empresa de medios de papel a una compañía digital de medios y también de servicios con una fuerte implantación territorial (Una docena de periódicos regionales más ABC y Colpisa) que, por cierto, es otra de sus ventajas competitivas.

Vocento, como el resto de las marcas vive en el centro de una disrupción tecnológica que ha roto todos los esquemas editoriales y de negocio de la industria. Pero al menos tiene un plan. Y tiene visos de que le puede funcionar. Suerte.

Por cierto, la idea de escribir está entrada sobre Vocento me ha surgido tras leer este artículo de Agustín Monzón en El Independiente:

En qué se tienen que centrar los medios…para que Google y Facebook no se los coman

En este negocio somos muy dados a hacer listas de cuáles van a ser las tendencias para los próximos meses o años. Viendo lo que está pasando ahora, creo que los medios de comunicación tienen que dejar de fijarse en estos listados, centrarse y responder a una sola pregunta: ¿qué van a hacer para competir con el duopolio Google/Facebook antes de que estos gigantes (y algunos otros como Amazon y Apple) se queden con el grueso del negocio publicitario del que han vivido los últimos 150 años?

Ya sabéis lo que pasa:

En la última década, Google y Facebook han dado tráfico a espuertas a los medios hasta convertirlos en adictos a sus plataformas. Era, se supone, un win to win en el que todos ganaban. Pero el win to win tenía trampa. A cambio de ingresos bastante raquíticos, tanto Google como Facebook se quedaban con los datos de los usuarios y, posteriormente, también con el negocio de la publicidad que antes tenían, casi en régimen de monopolio, esos mismos medios a los que mimaban.

Otros peligros

Y eso sin contar con otros dos peligros para las empresas informativas:

1. La fagocitación de las marcas periodísticas (el “lo he leído en Facebook” es el nuevo “lo he visto en la tele o lo he escuchado en la radio”).

Y 2. La dependencia enfermiza de los algoritmos y, por tanto, de que tu estrategia como medio se pueda venir abajo porque, por ejemplo, los directivos de Facebook decidan cambiar sus criterios con respecto de los medios (!que se lo digan a los denominados medios virales!).

Los medios saben que ahora éste es su terreno de juego para los próximos años y están jugando, en la medida de lo posible, intentando no separarse de estos gigantes (si se alejan, se pierden de la conversación pública y dejan de ser elegantes para los ciudadanos), pero trabajando de nuevo en la consolidación de sus marcas y en generar negocios en torno a ellas que tengan poco o nada que ver con la publicidad (de la que tampoco tienen que huir, por cierto).

De ahí esta obsesión por las suscripciones y las membresías que se observa en los medios occidentales y, también, esa exploración de nuevos canales y soportes que les permitan ampliar sus comunidades…y sus bases de datos en un entorno que controlen ellos y no los grandes hermanos orwellianos de la comunicación.

Así que no os extrañéis si en los próximos meses veis todo tipo de proyectos ligados a la creación de esas comunidades, más cerradas que ahora (lo de los muros de pago se antoja inminente, ya veremos) y más ligadas a las nuevas (y algunas viejas) herramientas y posibilidades que permiten servir a esas comunidades.

Pongo ejemplos:

Podcast. Si leéis sobre nuevos proyectos periodísticos, veréis que muchos medios están explorando la posibilidad de trabajar en este soporte. El ejemplo recurrente es el programa The Daily de The New York Times, pero hay muchos más, sobre todo en los medios anglosajones. Y en España también arrancan (quien va tomando la delantera es Prisa con su plataforma de Cuonda). Huele a que los podcast van a ser los blogs del futuro más inmediato. Y si encima Spotify apuesta por ellos.

Newsletters. El renacer de los boletines de noticias. Una de las herramientas más antiguas…y más eficaces. Está a salvo de los cambios de criterio con los algoritmos y permite crear o consolidar una comunidad mediante una estrategia tan sencilla como la de mandarle las noticias a los lectores a su bandeja de entrada del correo. Habrá nuevas vueltas de tuerca en la explotación de este soporte. Mientras tanto, atentos a los ejemplos de The Skimm, de Quartz o de Axios en Estados Unidos.

Agencias de comunicación. Ya es una realidad. Las agencias hacen contenidos y gestionan el nombre de las marcas en las redes sociales. Los medios, también. Y empiezan a competir con las agencias. Todo es más híbrido: más competitivo, pero también permitiendo más oportunidades.

Contenidos para las marcas. No se trata de los manidos publirreportajes, sino de generar contenidos para las marcas que éstas puedan luego distribuir en otros canales y soportes.

Foros y eventos. Algunas cabeceras casi que sólo se dedican a la gestión de todo tipo de eventos. Y es comprensible. Los medios aprovechan la solvencia de sus marcas para generar relaciones en torno a ellos, generan ingresos para sus cuentas que suplen la caída estrepitosa de la publicidad y aportan valor a su comunidad. El Texas Tribune es el ejemplo más arquetípico.

Esto no es que esté cambiando por completo; es que ya ha cambiado. Y el que no se adapte…🤦‍♂️

Peretti lanza un SOS para los medios virales… y lo vende como si quisiera “salvar internet”

El editor de BuzzFeed Jonah Peretti es uno de los tipos más interesantes de la industria del periodismo. Pero tiene un problema. Vende su producto con la convicción megalómana de Larry Page, Serge Brin o Mark Zuckerberg. Pero su Buzzfeed ni es Google ni es Facebook.

Peretti es un profeta de la viralidad, un editor disruptivo que nos anunció que iba a revolucionar el paradigma de los medios de comunicación con la irrupción de marcas como la suya, que se aprovecharían de la distribución de sus contenidos en Google, Facebook y otras plataformas sociales para solucionar el gran problema al que se enfrenta la industria: cómo demonios ganar con el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Peretti se entregó a la causa y levantó un medio donde supuestamente reinventó el periodismo llenando su portal con noticias virales, memes y fotos de gatitos y de famosos.

Al igual que otros medios como Vice o Mic, abrió canales más serios para blanquear su oferta de entretenimiento informativo y ganar dinero con el tráfico que generaba su web. Nunca consiguió que lo consideraran un medio serio, pero ganaba dinero, muchísimo dinero. Y eso lo tapaba todo. Era uno de los dos grandes ejemplos a seguir para los angustiados por el derrumbe del ecosistema periodístico (el otro, en sus antípodas, es The New York Times).

Pero, en ésas, Facebook cambió su logaritmo y dejó de mimar a los medios virales. Y lo que se derrumbó fue su sueño y el de otros tantos adalides del click ansioso. Crisis en este tipo de productos informativos, caídas bruscas de audiencia y de ingresos. Y vuelta a pensar en…cómo demonios ganar dinero con el periodismo.

Estos días leemos que Peretti ha pedido una alianza entre las grandes plataformas y buscadores como Google y Facebook y los medios de comunicación. El editor de BuzzFeed sostiene que las plataformas no han hecho sus deberes en la lucha contra las noticias falsas provocando, con su inacción, que internet no sea el mejor de los lugares, y pide un gran acuerdo entre todos porque “juntos podemos salvar internet”.

Mucha grandilocuencia para esconder una obviedad: más que “salvar internet”, lo que este editor quiere es “salvar BuzzFeed”, un empeño muy legítimo, pero que tiene también muy poco que ver con las pretensiones tan elevadas que dice tener este gurú de la viralidad.

Peretti y el resto de los editores de medios virales están en tierra de nadie.

No tienen credibilidad suficiente para crear una comunidad en torno a ellos sobre la que puedan construir un modelo de negocio sostenible (si a la gente le cuesta pagar por un medio más o menos fiable que aporte noticias, qué podemos decir de lo que querrán pagar por un portal de titulares SEO y de fotos epatantes).

Y tampoco van a lograr llamar a la conciencia generosa de Google y Facebook, quienes, en el caso de que se apresten a negociar algo con los medios de comunicación, lo harían con otro tipo de marcas (un ejemplo: los grandes diarios y cadenas norteamericanas y europeas) y por otras razones (otro ejemplo, la lucha contra las noticias falsas en las campañas electorales).

El modelo de Peretti ha demostrado ser esclavo…de su propio modelo. Lograron la cima atados a la viralidad y se han despeñado por culpa de ella. Y por una simple razón: la viralidad no la controlaban ellos, sino los dueños de los buscadores y de las redes sociales. Cuando estos han dicho “basta”, el negocio se ha acabado. Pero no el de ese internet que presuntamente hay que salvar, sino el de ellos. Nada más.

La publicidad en los periódicos y el puritanismo de salón

Esta fábrica de indignaciones sobrevenidas en la que se han convertido redes sociales como Twitter y Facebook ha sido escenario estos días, otra vez, de lamentos y quejas generalizadas por la decisión de los principales periódicos de este país de insertar en sus ediciones de papel páginas de publicidad que recubren sus portadas.

Hace unos días, fue una marca que vendía lavadoras. Y hoy, es una fabricante de automóviles. En ambos casos, como en otras ocasiones, asistimos a la habitual avalancha de criticas cargadas de vehemencia dirigidas contra una presunta y gravísima vulneración de los principios y valores éticos de las organizaciones periodísticas.

Estas críticas son legítimas, pero, como ya he dicho en alguna ocasión, también son injustas, muy injustas.

La ética y la transparencia de las empresas periodísticas no dependen de la publicidad de sus portadas. En todo caso, dependen, sobre todo, de que NO haya publicidad ni en sus portadas, ni en sus páginas interiores ni en sus ediciones digitales. En ese caso, ya les digo que la honra también puede terminar quebrándose por culpa de la debilidad de las empresas y la precarización del trabajo.

Las empresas editoras atraviesan una etapa de transformación radical que está arrasando el viejo ecosistema tradicional. Pretender que no vendan las primeras páginas de sus ediciones es un ejercicio de puritanismo de salón que sonroja a todo el que conozca el grado de sufrimiento que comporta la crisis que están soportando.

Si de verdad hay ciudadanos que sufren tanto por este tipo de publicidades, lo único que se me ocurre es animarles a abandonar estos lamentos farisaicos y a comprometerse pagando por las noticias, que es el modo más efectivo y real de apostar por el periodismo de calidad y, por supuesto, es la única manera de que, por ejemplo, no tengan que vender sus portadas por un puñado de euros.

Pero entretanto sucede esto, solicitaría que no nos pongamos tan puristas y aceptemos que los medios de comunicación, mientras respeten las reglas y jueguen dentro del cuadrilátero ético, deben hacer todo lo que sea posible para sobrevivir, buscando vías de ingresos que hasta ahora ni se planteaban.

Los periodistas ante su Blade Runner

No se equivocan quienes dibujan un panorama de los medios de comunicación que parece salido de la mente de los guionistas de un Blade Runner mediático. El negocio de las noticias es ya el negocio del espectáculo de las noticias, un escenario en el que conviven sin solución de continuidad las informaciones veraces con las escasamente rigurosas y con las que directamente son falsas, el clickbait, el sensacionalismo de medio pelo, el SEO como religión por encima de la información, la dictadura de las páginas vistas, la publicidad más invasiva que se recuerda (intentad ver un vídeo en Atresmedia o Mediaset), el populismo mediático y antiperiodístico, cuyo profeta más sonoro y global es Donald Trump, y la hooliganización de las conversaciones (sólo escuchamos y leemos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos), cuya consecuencia no es el aumento de la pluralidad sino del ruido.

Pero este paisaje también trae oportunidades. Las marcas periodísticas, y quienes quieren promoverlas, tienen la oportunidad de erigirse en valores-refugio frente a tanta inmundicia y tanta desinformación. Cuando todo es griterío, los ciudadanos necesitan a quien sea capaz de explicarles la realidad, necesitan a los periodistas y a los medios. La era de la desintermediación ha sido tan fugaz como esas noticias que duran minutos entre las más vistas y luego desaparecen. Volvemos a necesitar a los intermediarios. Volvemos a necesitar a los periodistas.

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Ahora bien, ahorrémonos las pomposidades habituales. Aquí no se trata de pontificar con grandilocuencia sobre la salvación de la industria del periodismo. Esto no va de salvar los periódicos para así salvar a la democracia. No exageremos. Los medios de comunicación son muy importantes, pero no todos son los herederos del Capitán América por inspiración divina. Se trata de algo mucho más prosaico: de qué hacer para tener un periodismo viable que tenga la fuerza de defender los principios y valores de uno de los oficios más viejos y más adictivos del mundo; y de hacerlo, además, en una sociedad que ya no considera a estos medios como el centro natural de las conversaciones públicas, el lugar en el que se discuten los asuntos que más nos conciernen.

Ese lugar lo ocupan ahora las redes sociales. Y a ellas acuden también las empresas informativas a distribuir sus contenidos para así ganar tráfico y lograr entrar en las campañas de publicidad que les permitirán seguir siendo sostenibles en el nuevo entorno digital.

Pero estas mismas marcas se han dado ya cuenta de que la nueva pandilla social tenía un reverso tenebroso. Facebook, Twitter, Instagram se quedan con los datos de sus lectores y son mucho más eficaces a la hora de confeccionar anuncios competitivos gracias al buen uso que hacen del big data.

¿Resultado? Facebook compite con Google y con Youtube (y pronto con Apple y con Amazon) a la hora de quedarse con toda la publicidad que antes iba a los periódicos, a las radios y a las televisiones. Y el fenómeno va a más. No hablamos de que los medios estén perdiendo las grandes campañas globales. Hablamos de que el carnicero de la esquina prefiere pagar una promoción en Facebook que poner un faldón de publicidad en el periódico local.

Los medios que lideran los rankings de visitas tienen posibilidades de seguir haciendo dinero en el negocio de la publicidad, pero son los menos. El resto ya puede ir buscando otras vías para financiar sus proyectos, porque la realidad es la que es y no va a cambiar por mucho que nos lamentemos o porque le echemos la culpa de todos nuestros males a Zuckerberg como si fuera el Lex Luthors que va a acabar con la edad dorada del periodismo.

https://www.eldiario.es/tecnologia/quizzes-listicles-busqueda-exito-Internet_0_864414287.html

El cambio que llega

Hasta no hace tanto, la idea de un periodismo en abierto que permitiera lograr grandes volúmenes de tráfico que abrirían la puerta de las grandes campañas era una verdad casi que incuestionable. En el plazo de un año, esta idea ha sido sustituida en casi todas las redacciones y consejos de administración. Ahora, lo que se ha convertido en una obsesión es la necesidad de crear comunidad.

Tiene sentido. Si los lectores abandonan en masa los quioscos; si los chavales apenas ven telediarios y sólo se informan en YouTube y en Instagram; si la publicidad, como decíamos, se ha largado a Facebook y a Google; si lo que es cool es escuchar podcast en vez de las emisoras de radio; si ya todo lo vemos en las cinco o seis pulgadas de la pantalla del móvil…pues los medios ya no se pueden hacer más trampas en el solitario. O consolidan una comunidad en torno a sus marcas y buscan ingresos en torno a ella o van directos a ser una página más en la historia del periodismo.

Del imperio del todo gratis y de la religión del periodismo en abierto hemos vuelto a la apuesta por los muros de pago y por las suscripciones como medio para garantizar ingresos más o menos fijos que permitan mantenerse sin mayores sobresaltos. Como ya no se puede contar con los ingresos por la publicidad, la estrategia gira en 180 grados. De “se lo damos todo gratis a los ciudadanos, que ya pagará la publicidad los sueldos de los periodistas y los beneficios de los editores” pasamos a “quien quiera buena información, que se comprometa y pague”.

Los medios locales sueñan de pronto con ser el New York Times de sus provincias logrando que sus lectores paguen por leer el diario de referencia de su ciudad o de su provincia. Y, mientras, los grandes, pendientes del hundimiento de sus ventas de ejemplares y las bajadas de sus audiencias, amagan con instalar barreras para el gratis total que les permita al menos hacer negocio con sus usuarios más comprometidos.

Se trata de reconstruir la relación entre el medio y quienes le siguen a partir de una premisa que ya parece clara para todos:  sólo sobrevivirán aquellos medios que logren una mínima complicidad y compromiso con sus lectores. Y para eso, se necesitan principios y valores, pero también más realismo y menos idealismo a la hora de afrontar el desafío de la sostenibilidad, que es el que permitirá que ese paisaje tan catastrófico a lo Blade Runner que parece cernirse sobre el periodismo sea sólo una pesadilla pasajera y no el preludio de algo peor.

Las tres ansiedades del periodismo

Pongamos en orden algunos de los desafíos del periodismo:

  1. El modelo de negocio tradicional está roto y no es fácil sustituirlo. La publicidad migra a las plataformas y los motores de búsqueda y el modelo de la suscripción sigue estando lejos de ser una opción que pueda usarse por la gran mayoría de los medios. Nos hablan de los muros de pago, pero para casi todos, el muro real es el que forman los ciudadanos que dicen defender un periodismo de calidad pero, luego, se niegan a pagar un solo euro por el periodismo. Y eso nos genera ansiedad. 
  2. Predomina la búsqueda del click fácil que nos dé visitas, aunque sean de usar y tirar, para poder acceder a las grandes bolsas de publicidad que aún van a los medios, pero a la hora de luchar en este terreno del sensacionalismo, observamos que no somos lo suficientemente competitivos. Siempre hay alguien, que no tiene porqué ser un medio digamos que tradicional, dispuesto a soltar un titular más provocativo o a ser más rápido que tú a la hora de posicionar una noticia (que no es suya) en los motores de búsqueda. Y eso nos genera aún más ansiedad.
  3. Y nos hemos dado cuenta de que las noticias falsas se han convertido en una industria igual o más lucrativa que la del periodismo. Es más barata, es más rápida y tiene un público amplio dispuesto a creerse cualquier bulo…y a pensar que lo que dicen los medios de masas es mentira.  Una paradoja que nos genera todavía más ansiedad.

Y ante estos desafíos, ¿qué?

Pues paciencia, paciencia y paciencia. De un tiempo a esta parte, es un lugar común decir que hay que apostar por un periodismo de calidad que sepa aglutinar una comunidad de lectores en torno a una marca informativa.

Y que cuando se tenga esa marca y se haya creado ese vínculo de confianza, será el momento de ir rentabilizando legítimamente esa relación, generando vías de ingresos que permitan a los medios ser negocios viables, sostenibles, independientes y fuertes: justo lo que necesitan las sociedades democráticas que quieren tener un periodismo crítico que haga de contrapeso de los poderes establecidos, etcétera, etcétera. 

Pero vamos a ser sinceros con nosotros mismos.

Trazar un plan editorial en favor de un periodismo de calidad, que sea explicativo, que aporte contexto y que informe sin histerias ni tremendismos, es relativamente fácil. Basta con tener un puñado de buenos periodistas con criterio, experiencia y una cierta solvencia.

Lo difícil es el plan de negocio. Y, sobre todo, lo complejo y lo propio de equilibristas financieros es llevarlo a cabo a la misma vez que se tienen que pagar las nóminas y los gastos generales de las empresas periodísticas y a la misma vez que los accionistas de las empresas exigen que las cuentas de resultados dejen de saldarse con pérdidas capaces de asustar al más valiente. 

Quienes llevan empresas de medios viven instalados en el corto plazo del sufrimiento de pagar los gastos y no morir en el intento. Sufren de hiperventilación. Y tienen razones para quejarse. Por mucho que les digan que deben de alejarse del día a día para trazar con perspectiva planes estratégicos de futuro para sus compañías, no pueden evitar sentir la ansiedad de cómo salvar el mes o de qué hacer para que no se hundan sus negocios. La gente, su gente, no vive de futuribles, sino de realidades. También van al supermercado y pagan hipotecas. 

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Pero no hay otra. Aquí no hay atajos. Se necesita tiempo para crear comunidades y generar confianza y se necesita aún más tiempo para afianzar nuevos modelos de negocio que sustituyan a las vías tradicionales de ingresos. En el periodismo y en cualquier otro sector donde las disrupciones se hayan llevado por delante los modos y métodos tradicionales de funcionamiento. El que lo tenga, tendrá más posibilidades de salir adelante. Y el que no, se lo tendrá que buscar…o deberá dedicarse a otra cosa. Puro darwinismo social. No hay más.

Y cuidado con caer en el pesimismo, que esto no va de hacer predicciones apocalípticas sino de hacer un ejercicio de pragmatismo que es imprescindible para abordar los problemas reales a los que se enfrenta cualquier medio que quiere sobvivir en un entorno como el nuestro. Esta realidad puede generar angustia y miedo, pero es la que hay. Y también, como han demostrado muchos nuevos medios, genera enormes oportunidades para quienes estén dispuestos a arriesgarse. Lo digo siempre y no me importa pedirme: no se trata aquí de dedicarnos al lamento, sino de adaptarse de forma constante a lo que se nos ha venido encima y de actuar en consecuencia. Es la única alternativa…para quienes tengan el tiempo y el coraje de afrontar el cambio.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.