La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

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Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

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Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Lo que le faltaría a un androide para ser un buen periodista

Leo en el portal de tecnología Genbeta que Google ha logrado desarrollar un software que permitirá que los robots de inteligencia artificial puedan redactar y distribuir unas 30.000 noticias locales al año. Algún buen amigo ha afirmado en su cuenta de Twitter que eso aliviará a los periodistas, pues se podrán dedicar a tareas que aporten valor añadido y dejarán las noticias más alimenticias y las tareas más ingratas a cargo de estos robots con ínfulas de editores o de redactores de cierre.

Bueno, pues sí, no soy nada antitecnológico, así que asumo que puede que este y otros colegas están en lo cierto y que la llegada de estos androides descargará a muchos compañeros de la edición de unas cuantas noticias con las que jamás ganarían un premio internacional de periodismo.

No hay, pues, de qué asustarse.

Por aquí puede ir una parte del futuro de las noticias y hay que asumirlo. Los robots también pueden ayudar al periodismo. Y ya están aquí.  No son ciencia ficción ni el argumento de una teleserie futurista. Empiezan a ser el presente. Y el que antes lo vea, puede disfrutar por un tiempo de una ventaja competitiva en un sector donde, por ahora, importa más la cantidad que la calidad, los clikcs facilones más que los artículos de fondo y el espectáculo antes que la información.

Web Tinta digital
Web Tinta Digital

Pero tampoco caigamos en el papanatismo cibernético de pensar que los replicantes de Blade Runner sustituirán a los periodistas, como si pudiesen ser reemplazadios simplemente comprando algún programa informático en El Corte Inglés o en Amazon.

No hay un Mátrix mediático

Un periodista androide, por llamarlo de alguna manera, puede que redacte noticias, pero eso no le va a convertir en periodista ni en nada que se le parezca mínimamente.

Los robots nacidos de la inteligencia artificial pueden jugar al ajedrez mientras que procesan la información almacenada en la telaraña global de la red, pero elaborar informaciones contrastadas, aportar contexto, interpretar la realidad y filtrarla y jerarquizarla con criterios periodísticos es algo que, por ahora, sólo está al alcance de los periodistas a los que le corre sangre por las venas y no microbytes de última generación.

Así que menos deslumbramientos, que tampoco es que hayamos entrado en la era de un Matrix mediático.
La tecnología nos ayudará a hacer mejor información, pero no va a sustituir por ahora ni a los periodistas ni a los periódicos. Al menos, mientras sigan sin tener el alma, el talento y la garra que se necesitan para hacer el mejor periodismo posible.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Dos maneras muy distintas de buscarse la vida: Antítesis y SDPnoticias

Pixabay

Si diéramos a elegir a cualquier periodista entre si prefiere trabajar en un medio que apuesta por la calidad o en otro que apuesta por la cantidad y por la viralidad, la mayor parte de los sondeados se decantará por la primera de las opciones. Nos gusta pensar que trabajamos en organizaciones que se toman en serio el periodismo y siguen pensando que los medios de comunicación no son revistas de cómics y nos gusta pensar que trabajamos en la industria de la información y no en la del espectáculo.

Pienso en ello después de haber descubierto en las redes sociales un par de publicaciones latinoamericanas que se acercan a esos dos estereotipos: el portal mexicano SDPnoticias y la revista digital Antítesis, que acaba de nacer en Chile y en Argentina.

Poniendo contexto a las noticias

Antítesis arranca con una declaración de intenciones que firmaríamos muchos de nosotros. Sus fundadoras, Jimena Travieso y Lorena Tasca, apuestan por un periodismo atemporal que ponga contexto a los hechos y transmita las emociones de las buenas historias. Y pretenden financiar este tipo de periodismo con un modelo de negocio que se aleja de la publicidad y busca (buscará)  ingresos a través de vías que están en el perímetro como, por ejemplo, la organización de cursos, la financiación colectiva (quiero pensar que hablan de algún tipo de crowdfunding) o el patrocinio de determinados contenidos.

Foto: Puro Periodismo
Lorena Tasca y Jimena Travieso. Foto: Web Puro Periodismo (Perú)

Ojalá tengan suerte y su apuesta por la calidad sea recompensada por una comunidad capaz de comprometerse con la publicación. Ellas demuestran tener las ideas claras acerca de cómo se puede financiar el periodismo que quieren hacer y no se llaman a engaños: nacen con menos pomposidad de lo normal (no es raro encontrarte con medios que supuestamente vienen a cambiar la historia del periodismo y otros retos igual de esotéricos) y no parecen engañarse sobre la dificultad de su empeño, como podréis comprobar en este artículo que se publica en el portal peruano Puroperiodismo.

Su apuesta no es fácil. Pocos medios nuevos han logrado hacerse un hueco sin apenas inversión y apostando casi que en exclusiva por la calidad de sus informaciones, pero ya que estamos en plena exploración de nuevos modelos de negocio para vivir del periodismo, mejor intentarlo con fórmulas que respeten las reglas del juego más elementales del oficio.

Innovación y viralidad con acento mejicano

En cuanto al otro ejemplo que os menciono, SDPnoticias, parece situarse en las antípodas de Antítesis. Apuesta por la viralidad de todo lo que publica y ha demostrado tal pericia en la explotación de las redes sociales y otras herramientas en favor de su marca que han logrado la atención de una empresa tan mastodóntica como Televisa, que ha adquirido el 50% de las acciones de la compañía.

SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)
SDPnoticias. Foto: Daniel Villa (El País)

En este artículo de El País que os comparto se cuenta la historia de este medio, que en menos de diez años y con una plantilla de sólo 15 personas cuenta con una audiencia de siete millones de usuarios únicos.

Por lo que se observa, SDPnoticias entiende perfectamente lo que busca un lector de noticias que picotea lo que le llega a sus redes sociales y poco más. Nada que objetar, al contrario, lo que toca es darles la enhorabuena y reconocer su labor, pero mucho cuidado también de donde se ponen las líneas que distinguen al periodismo que apuesta por la rigurosidad (que, por cierto, no equivale a ser aburrido ni tibio ni nada que se le parezca) del que está dispuesto a casi todo en su búsqueda salvaje de clicks con los que hacerse un hueco en un mercado, el de la publicidad, donde las visitas se venden al peso.

En el artículo que os cito, el promotor del proyecto, Federico Arreola, muestra su desinterés por contar con periodistas para su proyecto (me gustaría que se hubiera podido explicar algo mejor, la verdad) y un cierto desprecio por todo lo que tenga que ver con la verificación de las noticias, lo que nos puede llevar a pensar que este proyecto es menos riguroso de lo que correspondería. Esto último no es más que una simple suposición, pero después de leer lo que sostiene el fundador de este portal se antoja, y ojalá que me equivoque, que es una presunción fundada.

Evidentemente, no es cuestión de elegir entre uno y otro modelo…salvo que se acepte el rumor como periodismo y las noticias falsas como una mercancía que se puede vender como una verdad prefabricada.

Ambos modelos, en principio, son válidos. Y tambien complementarios. Nadie ha dicho que las apuestas de calidad tengan que ser obligatoriamente minoritarias y tampoco está escrito que los medios virales tengan que ser, por definición, frívolos y faltos de ética periodística.

Estoy convencido de que se puede buscar un equilibrio y que en él se encuentran los medios de comunicación que encontrarán un hueco en el mercado. Por mucho que algunos se empeñen, la viralidad y la calidad no son incompatibles. Y menos en el negocio del periodismo. Así que suerte al que lo intente…pero, eso sí, siempre que respete las reglas de un oficio tan adictivo y apasionante como el del periodismo

No deis por muerto al periodismo

Asomarse a cualquier página o comunidad sobre periodismo estos últimos meses y semanas empieza a tener un punto entre dramático y apocalíptico que puede ahogar a cualquiera y que, en cualquier caso, pone a prueba la vocación, las ganas y la ilusión de los que quieran adentrarse en un oficio, el del periodismo, que, pese a todo, me sigue pareciendo uno de los mejores modos de pasar por la vida.

A la tormenta perfecta que se cierne sobre la industria tradicional de la prensa por su escasa capacidad de adaptación al nuevo hábitat dominado por Google y las redes sociales se le une ahora un tridente cenizo protagonizado por esa conjunción más o menos planetaria y lamentable formada por la explosión de las noticias falsas, el fraude de la publicidad que sólo clickean los robots y la proliferación de los bloqueadores de anuncios que amenazan con destrozar los modelos de negocio que empiezan a desarrollarse en el entorno digital del periodismo.

El escenario que se dibuja no es exagerado. La credibilidad del oficio está en entredicho. Y en nada ayuda este paisaje apocalíptico donde terminamos por llamar posverdad a lo que no son más que patrañas y mentiras y donde, por desgracia, muchos han hecho del cinismo su bandera y han entendido que lo de menos es que las noticias que se publiquen sean verdaderas o falsas y que lo único que importa es que alguien pique y pinche en sus páginas y se trague, sea como sea, la publicidad programática que se ajusta a su perfil.

No hay soluciones mágicas para el periodismo

No se atisban soluciones mágicas para arreglar el desaguisado, pero sí que podemos compartir todos un par de convicciones.La primera es que la única manera de de curarse de la intoxicación de basura disfrazada de información que sufrimos es apostando por la honestidad y la credibilidad frente al periodismo infantilizado que nos rodea. Y la segunda es que esa responsabilidad nos corresponde a todos: a quienes nos dedicamos a este oficio y a los ciudadanos que reclaman una prensa libre, honesta y rigurosa y luego hacen bien poco por defenderla.

Sí, la situación es penosa en muchos aspectos y tenemos más problemas  que antes, pero también tenemos más oportunidades que antes, así que mejor dejarse las guadañas en el cajón y dedicarse a aprovecharlas.

Toda crisis tiene una oportunidad dentro. Y ésta del periodismo, también. Y está en manos de los periodistas la posibilidad de seguir quejándonos como plañideras perpetuas por todo lo malo que nos está pasando o moverse para cambiar las cosas.

Muchos han dejado de lamerse las heridas y están demostrando con valentía que el periodismo puede estar acorralado pero no muerto. Y con su ejemplo le están dando una buena lección a la legión de cenizos y simplones que hablan de los periodistas como si fueran zombies sin oficio ni beneficio y de los medios de comunicación como una caterva de sinvergüenzas que se venden por un par de faldones de publicidad.Que cunda ese ejemplo y el periodismo seguirá igual o más vivo que nunca por muchas noticias falsas que haya.

 

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

Cuando la especialización funciona: el caso de Archdaily

Logo de Archdaily.com

Hace unos días charlaba con un alumno de periodismo al que le recomendaba que se especializara en cualquier asunto que le llamase la atención o le apasionase para buscar su hueco en el mercado periodístico y le decía que hoy en día te puedes encontrar con webs de cualquier tipo de temáticas que funcionan, sobre todo, por su constancia y su alto grado de especialización.

Hoy me encuentro de sopetón en El País con una prueba de hasta dónde se puede llegar si se focaliza el tiro y se hacen bien las cosas. Se trata de Archdaily, que ha pasado a ser la web de arquitectura más visitada del mundo por delante de las grandes publicaciones del sector y que fue fundada en 2008 no por periodistas, sino por dos jóvenes arquitectos chilenos, David Basulto y David Assael.

¿Qué tiene esta web que no tengan otras? Pues por lo que leo y veo, lo que tiene de diferencial es que es un inmenso repositorio de contenidos arquitectónicos en el que puedes encontrar prácticamente de todo lo relacionado con su sector. Una biblioteca de Alejandría de la arquitectura a un solo golpe de click. Un hipermercado repleto de ideas.

Y también, y aquí viene la explicación de cómo funciona su modelo  de negocio, un gran bazar en el que encuentras un inmenso catálogo de materiales de construcción que se pueden vender y comprar y en el que ellos se llevan la comisión de dinero correspondiente cada vez que se efectúa una transacción.

Cubren “una necesidad mutua: unos quieren vender y otros saber dónde encontrar los mejores materiales”. Dan una solución real a un problema real. Como si fuesen un portal de servicios. Y de este modo, han hecho de Archdaily el mayor punto de encuentro del mundo de la arquitectura, convirtiéndose en referencia inexcusable de su sector.

P.D.. Un ejemplo de innovación más, pero no de Archdaily sino de El País. Este artículo que os comento lo he encontrado en una sección que se llama #talentodigital en cuya cabecera, a la derecha, se ve claramente el logo de la marca automovilística Wolskwagen. O sea, que, salvo que yo me equivoque, se trata de un contenido patrocinado y pagado. Una buena y nueva manera de ganar dinero haciendo publicidad que aporta valor y que, por cierto, esquiva a los bloqueadores de publicidad.

A nuevos desafíos, nuevas soluciones. ¿O no?

Un test para saber si es verdad que el periodismo de datos interesa: Datadista

Una entrevista en Voz Populi me ha permitido conocer algo más del proyecto que llevan entre manos dos periodistas españoles especializados en periodismo de datos. Se trata de Ana Tudela y Antonio Delgado y su propuesta se llama Datadista, un intento por hacer este tipo de periodismo fuera de los medios. Su lema es “datos y narrativas para salir del ruido” y cuenta ya en su web con algunos ejemplos de lo que aspira a ser: un medio que aporta datos bien digeridos y bien empaquetados con los que formarse una opinion que vaya más allá de los prejuicios, los tópicos y los juicios de valor preconcebidos.

Aquí va uno:

Me gusta el tono de la propuesta y también la manera en la que se aproximan al negocio del periodismo. Están convencidos de que hay sitio para una web de este tipo, pero no se advierte en ellos ese típico rasgo que encontramos en tantos nuevos medios que parecen haber reinventado el periodismo cuando todavía no han empatado ni contra un equipo de Regional.

Antes de contarnos que son imprescindibles, prefieren probar y comprobar antes si hay gente suficiente dispuesta a seguir su proyecto como para lograr la viabilidad del proyecto, si hay masa crítica a la que “tu producto le interesa”.

Qué queréis que os diga: puro sentido común que no abunda en este gremio. Y también un ejercicio imprescindible en un mercado como el español donde los lectores/clientes no paramos de denunciar lo mal que está el periodismo, con unas ciertas dosis de postureo y sin que la mayoría de nosotros esté dispuesta a pagar un solo euro por ayudar a hacer mejor periodismo.

De ahí la mala la salud de los periódicos de papel y tambien la tantos medios, sobre todo nativos digitales, que malviven por su apuesta por un modelo basado en donaciones y suscripciones que sólo llegan a cuentagotas.

A mi juicio, en el caso de Datadista, ese hueco que buscan existe. Y pueden ocuparlo. Pero en el negocio periodístico las intuiciones, las sensaciones y las percepciones valen de poco. Lo que cuentan son los números y éstos todavía no se conocen.

En tanto vayan llegando esas cifras, aquí os paso el vídeo de la entrevista de Voz Populi para que conozcáis un proyecto que merece la pena. ¡Suerte¡

 

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Periodismo y postureo

Fuente: pixabay.com

Si algo sorprende del seguimiento mediático del primer debate televisado de Hillary Clinton y Donald Trump no es la enorme cantidad de fact-cheking que han desvelado las mentiras que se dijeron allí, sino que nos asombre tanto que las empresas periodísticas norteamericanas pongan a sus redactores a verificar si los dos aspirantes a gobernar la nación más poderosa de la tierra son unos mentirosos patológicos o simplemente retuercen la realidad por encima de sus posibilidades.

Nos pasa con estas verificaciones (muy habituales, por cierto, en los grandes medios estadounidenses) lo mismo que con otras tendencias mediáticas que tienen más postureo que otra cosa: se ponen de moda y cuidado con el que diga que nos estamos pasando de frenada, que entonces queda como un carca desfasado incapaz de recordar hasta la contraseña de su cuenta de facebook.

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Fuente: Discoper

De pronto, nos hemos puesto todos muy estupendos y hemos concluido que, para estar al día, tenemos que decir que nos encanta el periodismo de datos, que estamos locos por probar el periodismo inmersivo, que conocemos Periscope mejor que a nuestras parejas y que, por supuesto, nos encanta trastear en Snatchap.

Y así, en medio de este derrame de novelería, terminamos diciendo que recoger datos, contrastarlos y montar una historia con ellos es más menos que el advenimiento de un nuevo tiempo que hay que saludar como la llegada de ET a la tierra. ¡Por dios, eso es periodismo y no hace falta ponerle tantos apellidos ni envolverlo en un celofán de posmodernidad¡

Que uno sepa, ya existía el periodismo de datos antes de que explotara la galaxia de las redes sociales y ya se verificaban muchas historias antes de que los vendedores de los mercadillos mediaticos nos avisaran de que para ser buenos periodistas había que tener  alma de fact-checker, que, por cierto, es un término que suena a taladradora de las que se venden en el Leroy Merlin.

Pues claro que los periodistas tenemos que adaptarnos al nuevo paisaje mediático: al uso masivo de las redes sociales como escenario para distribuir y leer noticias, al consumo en los teléfonos móviles y en vídeo, a la decadencia de las portadas de las webs, a la proliferación de los bloqueadores de anuncios, a las nuevas herramientas para hacer periodismo y a todo lo que se nos ponga por delante.

 

Menos papanatismos y más actitud crítica

Pero tampoco estaría de más dejarnos de tanto papanatismo en torno a los nuevos hallazgos y tener una actitud más crítica con respecto a quienes nos venden la llegada de una nueva era controlada por los algoritmos, los excels y los bots que nos salvará del descrédito imperante en la profesión periodística.

Seguramente sea mejor rebajar nuestra dosis de postureo y hacer más periodismo adaptado a las necesidades y hábitos de consumo de los ciudadanos. Ya veréis cómo así nos van mejor las cosas…y podemos seguir haciendo periodismo de datos, fact-checking y si nos da tiempo, hasta un periscope para 14 espectadores de la última vez que salimos con nuestros amigos a tomarnos una ración de ensaladilla.

¿Deben convertirse los medios de comunicación en empresas de servicios?

Soy lo suficientemente mayor y futbolero como para acordarme de cuando en los ochenta se empezó a hablar de los ingresos atípicos que presumiblemente iban a acabar con las burbujas de deuda que sufría el mundo del fútbol.

Para eso sólo hacía falta que nos dejáramos de pamplinas y que asumiéramos todos que este deporte no es sólo un deporte, que es un espectáculo global y que no puede vivir de las entradas que pagan los aficionados, sino de las televisiones que pagan por las retransmisiones y de las camisetas que compramos los que contamos los años a partir del día que arranca cada curso el campeonato nacional de liga.

El del fútbol no es el único ejemplo. A las salas de cine les ha pasado algo parecido. A la música, también. Y cabe preguntarse si al periodismo no le estará pasando lo mismo.

Como hay un exceso de diagnóstico, no me voy a extender más. El modelo tradicional de los periódicos se desploma y la venta de publicidad en los medios se tambalea como soporte por la popularización de los bloqueadores de anuncios. En España, uno de cada cuatro usuarios esquiva los anuncios y casi siete de cada diez lo harán en cuanto se enteren de cómo funcionan los ad-blockers.

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Ad-blockers. Fuente: Wall Street Journal

La publicidad como tal no se acaba, pero conviene replantearse si los medios pueden vivir sólo de ella o si los medios deben convertirse en empresas de servicios capaces de ofrecer un catálogo de productos más propios de una agencia de comunicación o de una empresa de marketing on line que de un periódico de los de toda la vida.

Que no se me escandalicen los inmaculados y los puros ni los que consideran que el periodismo es un sacerdocio y que los periodistas deberíamos vivir como ermitaños.

No hablo de prostituir la información sino de aprovechar el potencial de unas organizaciones que no sólo son capaces de vender anuncios, sino de explotar todo el perímetro de la comunicación.

¿Ejemplos? La venta de contenidos patrocinados, la generación de contenidos específicos para marcas, la organización de eventos, la explotación comercial de newsletters, la gestión de redes sociales de las marcas, etcétera, etcétera. Podría seguir, pero mejor pongo aquí un enlace con un artículo firmado por Miguel Carvajal para el blog de periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Alicante en el que recoge 32 posibles vías de ingresos para los medios y así os hacéis una idea mucho más extensa.

Por resumir, de lo que os estoy hablando es de que antes de seguir abundando en lo apocalíptico que está todo en nuestra industria, podríamos dedicarle aunque sea un ratito a enterarnos de cuál podría ser el futuro spotify de los periódicos o a analizar cómo está consiguiendo Jeff Bezos que el Washington Post sea mucho más que un periódico o, para quedarnos más cerca, a estudiar cómo un grupo de periodistas encabezados por Ignacio Escolar ha logrado montar un medio de comunicación desde la nada, eldiario.es, que con sólo tres años y pico de vida es una referencia obligada de la prensa en español.

Agota escuchar que los periódicos tradicionales son unos dinosaurios alérgicos al cambio. Algunos lo son y otros, no. Y como nos pongamos a generalizar, caeremos en un error de magnitud 9,9 en la escala de Richter.

Prefiero observar cómo algunos medios se están adaptando a la realidad, explotando el perímetro del negocio y, por ejemplo, devanándose los sesos para encontrar alguna manera de ganar dinero en las nuevas plazas públicas de la información en la que se han  convertido Facebook, Twitter, Google y el resto de grandes amas de llaves del nuevo periodismo.

Lo demás son ganas de vivir instalados en un bucle perpetuo. Y como que ya cansa, ¿no?

Periodistas: el problema no son los ‘comerciales’

Un buen artículo de Ricardo Galli en el que alerta sobre la pérdida del control del producto periodístico a manos de los comerciales que dirigen las organizaciones de medios me invita a pensar que, en esta cuestión, estamos mirando más al dedo que a la luna por la sencilla razón de que, en líneas generales, nos cuesta hacernos a la idea de la magnitud del cambio que estamos viviendo en la industria de los medios.

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No rebato las tesis de Galli, un profesional que sabe muy bien de lo que habla, pero sí que pienso que necesitan ponerse en contexto para entender lo que nos está pasando.

Lo que estamos viviendo, a mi juicio, no es un choque frontal entre periodistas y comerciales en el que estos últimos han ganado la partida, convirtiendo los medios en portales invasivos con publicidades infumables. Ojalá fuera tan sencillo, pero no.

En realidad, lo que estamos afrontando es un proceso de cambio constante y radical en el que los medios estamos perdiendo el monopolio de la distribución de las noticias en favor de las redes sociales y de los motores de búsqueda y en el que nos hemos encontrado con que otros han ocupado nuestro lugar en la plaza pública del pueblo. 

El asunto, pues, es mucho más complejo: no es que estemos perdiendo el control del producto en favor de los comerciales y las agencias de anunciantes, deseosos de engordar la cuenta de resultados sin importarles qué pasa con el periodismo;  es que lo estamos perdiendo en favor de Google, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp…¡y hasta de Telegram¡

Y sí, podemos seguir quejándonos de lo mal que está todo (lo está), de que la mayoría quiere que se lo den todo gratis (la ‘desvalorización’ de la información es un hecho objetivo en un mundo saturado de noticias), de que Google y Facebook canibalizan nuestros contenidos y de que no hay manera de que alguien encuentre un modelo que permita a un medio ser viable haciendo exactamente lo mismo que hacía hasta ahora.

Pero nada de eso va a cambiar la realidad: los lectores, cada vez más, buscan la información en las redes sociales y en los motores de búsqueda y la quieren en sus teléfonos móviles.

Las redes sociales son los nuevos 'medios'.
Las redes sociales son los nuevos ‘medios’.

Y eso no se arregla diciendo que hay que recuperar el control de nuestro producto arrebatándoselo a los comerciales o, como parecen querer en algunas organizaciones tradicionales, pidiéndoles a nuestros lectores casi que desconecten Google o que se prohíban a sí mismos utilizar sus smartphone para consumir noticias fuera de los medios.

Por mucho que nos quejemos, nadie, absolutamente nadie, va a parar un cambio que supone el fin de una época y el nacimiento de otra. Y si no, mirad este video sobre las tendencias que vienen y decidme si no es verdad.

Tal vez, pues, haya llegado el momento de desterrar debates como el de los periodistas contra los comerciales y centrarnos en hacernos preguntas más productivas, como por ejemplo:

1. Si de verdad es tan grave perder el control de nuestro producto cuando de lo que se trata es de intentar buscar otras fuentes de ingresos junto a esas redes sociales y motores de búsqueda que están cambiando el modo en el que nos relacionbamos con los demás.

Y 2.  Si lo que debemos intentar es concienciar a los ciudadanos más concienciados de que si quieren información de calidad la tendran que pagar… o al menos tendrán que desintalar el bloqueador de anuncios de su portátil o de su celular.

Los medios más proactivos (Washington Post, The Guardian, El País, El Confidencial, eldiario.es y unos cuantos más..) se han puesto a ello. Los demás, lo tendrán que hacer si quieren sobrevivir en un mundo que no espera a nadie.