Las tres ansiedades del periodismo

Pongamos en orden algunos de los desafíos del periodismo:

  1. El modelo de negocio tradicional está roto y no es fácil sustituirlo. La publicidad migra a las plataformas y los motores de búsqueda y el modelo de la suscripción sigue estando lejos de ser una opción que pueda usarse por la gran mayoría de los medios. Nos hablan de los muros de pago, pero para casi todos, el muro real es el que forman los ciudadanos que dicen defender un periodismo de calidad pero, luego, se niegan a pagar un solo euro por el periodismo. Y eso nos genera ansiedad. 
  2. Predomina la búsqueda del click fácil que nos dé visitas, aunque sean de usar y tirar, para poder acceder a las grandes bolsas de publicidad que aún van a los medios, pero a la hora de luchar en este terreno del sensacionalismo, observamos que no somos lo suficientemente competitivos. Siempre hay alguien, que no tiene porqué ser un medio digamos que tradicional, dispuesto a soltar un titular más provocativo o a ser más rápido que tú a la hora de posicionar una noticia (que no es suya) en los motores de búsqueda. Y eso nos genera aún más ansiedad.
  3. Y nos hemos dado cuenta de que las noticias falsas se han convertido en una industria igual o más lucrativa que la del periodismo. Es más barata, es más rápida y tiene un público amplio dispuesto a creerse cualquier bulo…y a pensar que lo que dicen los medios de masas es mentira.  Una paradoja que nos genera todavía más ansiedad.

Y ante estos desafíos, ¿qué?

Pues paciencia, paciencia y paciencia. De un tiempo a esta parte, es un lugar común decir que hay que apostar por un periodismo de calidad que sepa aglutinar una comunidad de lectores en torno a una marca informativa.

Y que cuando se tenga esa marca y se haya creado ese vínculo de confianza, será el momento de ir rentabilizando legítimamente esa relación, generando vías de ingresos que permitan a los medios ser negocios viables, sostenibles, independientes y fuertes: justo lo que necesitan las sociedades democráticas que quieren tener un periodismo crítico que haga de contrapeso de los poderes establecidos, etcétera, etcétera. 

Pero vamos a ser sinceros con nosotros mismos.

Trazar un plan editorial en favor de un periodismo de calidad, que sea explicativo, que aporte contexto y que informe sin histerias ni tremendismos, es relativamente fácil. Basta con tener un puñado de buenos periodistas con criterio, experiencia y una cierta solvencia.

Lo difícil es el plan de negocio. Y, sobre todo, lo complejo y lo propio de equilibristas financieros es llevarlo a cabo a la misma vez que se tienen que pagar las nóminas y los gastos generales de las empresas periodísticas y a la misma vez que los accionistas de las empresas exigen que las cuentas de resultados dejen de saldarse con pérdidas capaces de asustar al más valiente. 

Quienes llevan empresas de medios viven instalados en el corto plazo del sufrimiento de pagar los gastos y no morir en el intento. Sufren de hiperventilación. Y tienen razones para quejarse. Por mucho que les digan que deben de alejarse del día a día para trazar con perspectiva planes estratégicos de futuro para sus compañías, no pueden evitar sentir la ansiedad de cómo salvar el mes o de qué hacer para que no se hundan sus negocios. La gente, su gente, no vive de futuribles, sino de realidades. También van al supermercado y pagan hipotecas. 

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Pero no hay otra. Aquí no hay atajos. Se necesita tiempo para crear comunidades y generar confianza y se necesita aún más tiempo para afianzar nuevos modelos de negocio que sustituyan a las vías tradicionales de ingresos. En el periodismo y en cualquier otro sector donde las disrupciones se hayan llevado por delante los modos y métodos tradicionales de funcionamiento. El que lo tenga, tendrá más posibilidades de salir adelante. Y el que no, se lo tendrá que buscar…o deberá dedicarse a otra cosa. Puro darwinismo social. No hay más.

Y cuidado con caer en el pesimismo, que esto no va de hacer predicciones apocalípticas sino de hacer un ejercicio de pragmatismo que es imprescindible para abordar los problemas reales a los que se enfrenta cualquier medio que quiere sobvivir en un entorno como el nuestro. Esta realidad puede generar angustia y miedo, pero es la que hay. Y también, como han demostrado muchos nuevos medios, genera enormes oportunidades para quienes estén dispuestos a arriesgarse. Lo digo siempre y no me importa pedirme: no se trata aquí de dedicarnos al lamento, sino de adaptarse de forma constante a lo que se nos ha venido encima y de actuar en consecuencia. Es la única alternativa…para quienes tengan el tiempo y el coraje de afrontar el cambio.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

La Vanguardia también se apunta a explorar los pagos en la red

El director de La Vanguardia, Marius Carol, anuncia que el grupo Godó se abre a la posibilidad de introducir pagos para leer contenidos de la edición digital del periódico barcelonés.¡Y como para no pensarlo¡

Carol justifica la decisión en que la prensa de calidad hay que pagarla y pone un ejemplo para explicar lo que supone hoy sostener un periódico de los llamados “de calidad” : La Vanguardia tiene un corresponsal en Hong-Kong que se ha desplazado a Singapur a cubrir para el periódico la cumbre que reúne a Donald Trump con el dictador norcoreano Kim Jong Un. Pues bien, si los lectores de su diario quieren tener información de primera mano de este encuentro, deben pagar para que La Vanguardia pueda costear un corresponsal permanente en el sudeste asiático. Y eso casa poco con el periodismo de low cost que ondea por todas las latitudes mediáticas. 

Podríamos discutir a qué le llamamos prensa de calidad (y, en el caso de La Vanguardia, también podríamos cuestionarnos porqué demonios quiere mantener un periódico de Barcelona cuyos lectores se concentran en Cataluña una corresponsalía nada menos que en Asia), pero Carol tiene razón en lo esencial: hay que comprometerse y pagar para mantener esta denominada prensa de calidad, sea cual sea por cierto su soporte, que esto no va de ver cómo hacemos para mantener periódicos de papel en los quioscos, sino de cómo hacer para que las marcas que apuestan por el periodismo y se han ganado la confianza de los lectores sean sostenibles. Y todo eso en un momento en el que buena parte de estos últimos sólo acceden a las noticias a través de los motores de búsqueda y de las redes sociales.

 

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Poniendo contexto a la realidad

Más allá de que la crisis de credibilidad y de representatividad también les alcanza de lleno y pone en cuestión hasta su propia existencia, a día de hoy, este tipo de prensa con vocación de explicarle a la comunidad el contexto de lo que está ocurriendo, se hace aún más indispensable por dos razones en las que muchos coincidiremos:

En primer lugar, porque sigue ejerciendo un papel de contrapeso de los poderes establecidos políticos, económicos y sociales que mejora la calidad de las instituciones que nos representan. 

Y, en segundo término, porque actúa de valor-refugio para quienes terminan huyendo de las redes sociales, convertidas en demasiados casos en escenario propicio para fabricantes de noticias falsas, amantes de los linchamientos exprés, ajustadores de cuentas, expendedores de carnés de pureza y una retahíla infinita de indignados y de insultadores de todo signo.

La prensa de calidad procesa la información, la filtra, la jerarquiza, la empaqueta y ofrece un producto que aporta valor añadido en cuanto que ofrece un criterio sobre lo que de verdad puede ser una noticia, un análisis o una opinión más o menos fundada y armada.

La prensa no se financia con tuits solidarios 

Pero la prensa de calidad no se financia con tuits de solidaridad ni con proclamas democráticas, sino con dinero de curso legal, ése que sirve para que luego los periodistas paguen las hipotecas de sus casas y las actividades extraescolares de sus hijos. 

Y si éste ya no llega ya a través de una publicidad que huye a Google, Facebook y el resto de los nuevos actores que han llegado a este mercado ni tampoco a través de las ventas de ejemplares y el resto de los ingresos tradicionales, sólo queda una opción: pedirle a los lectores del entorno digital que se comprometan de la manera más práctica posible: pagando por lo que consumen y sin que ello signifique obligatoriamente que tengan que volver a suscribirse a un periódico por decreto, pues ya hay otras alternativas, como ya han demostrado en otros terrenos plataformas como Spotify o Netflix.

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Las grandes cabeceras están ahora en ello, pero siguen instaladas en una duda perpetua: la de si siguen la estela rampante del The New York Times y el Santo Grial de su muro de pago, que no puede ser un ejemplo para todos porque The New York Times sólo hay uno, o se aventuran a explorar otros posibles ingresos, que sí que puede parecer más razonable. 

Como siempre, la pregunta no es si hay que cambiar, sino cómo cambiar y qué hacer. Ahora tocan momentos de probar y de experimentar, pero sabiendo que todos los cambios se hacen con el coche en marcha y sin que sepamos qué hay al final del trayecto. 

¡Suerte a La Vanguardia en esta travesía¡

Y a quien quiera escuchar a Marius Carol, aquí os paso el enlace a la conferencia que oreció en el Foro de la Nueva Comunicación de Madrid. A partir del minuto 70 habla de esta reinvención del modelo de pago del periódico.

 

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

El gran arrepentimiento de los medios

El periodismo no está libre de las modas más o menos pasajeras. Si hasta hace unos meses gran parte de los medios abrazábamos la religión de las redes sociales con el fervor de quien se agarra a la última esperanza, ahora el paisaje cambia otros 180 grados y empezamos a asistir a un fenómeno del que aún no sabemos si es una simple moda o si esconde algo más.

Lo podríamos denominar el gran arrepentimiento y lo protagonizaríamos todos los que nos hemos arrepentido de defender la necesidad de publicar todos nuestros contenidos en el altar de Facebook y de Google y quienes nos arrepentimos, de paso, de haber contribuido lo indecible en hacer de la gratuidad de los contenidos una religión. 

Los hechos nos confirman que igual no estábamos tan bien encaminados como pensábamos. Y, las cosas como son, que igual fuimos un tanto incrédulos. No pasa nada por reconocerlo. 

Nos dijeron que lo importante era crear grandes marcas globales gracias a la distribución gratuita de las noticias a través de redes sociales como Facebook y haciendo un buen SEO en Google y que estas marcas generadoras de enormes volúmenes de tráfico atraerían a los grandes anunciantes, quienes harían desembolsos lo suficientemente generosos como para permitir la viabilidad de los medios de comunicación en el nuevo entorno digital. 

¿Quién se ha llevado la publicidad de los medios?

Pero lo que no nos dijeron es que Google y Facebook no se iban a quedar sólo con los contenidos, sino que también aspiraban legítimamente a quedarse con la publicidad que hasta entonces era ‘patrimonio’ de los medios, objetivo que finalmente están logrando.

Y ese éxito de las redes sociales y de Google a la hora de quedarse con la publicidad de los medios es el que ha hecho que éstos busquen una vuelta a los orígenes en busca de nuevos yacimientos de ingresos. 

 

Agarrados a las suscripciones

El resultado es que, ahora, casi de pronto, se ha instalado en la industria una especie de histeria suscriptora que bebe mucho de la esperanza que tienen medios de mundo de convertirse en los New York Times de sus ciudades y países. Y los medios vuelven a mirar a formatos como los muros de pago como vía de escape ante el derrumbe de sus ingresos.

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Es comprensible. Desde que Facebook decidiera dictarle una orden de alejamiento a los medios para que no sigan contaminando sus muros con noticias, gran parte de los editores han asumido que la solución más factible a sus problemas pasa por buscar la manera de convertir a sus lectores en compañeros de viaje comprometidos y dispuestos a pagar por los contenidos que leen. 

En realidad, esto último tiene poco de innovación o de disrupción y sí mucho de puro sentido común. Si no quieres dedicarte a cazar clicks y prefieres seguir haciendo periodismo, debes buscar a alguien dispuesto a pagarlo. Y si no, tienes dos opciones: te dedicas a hacer esas noticias de consumo rápido que se venden al pedí destinadas a ganar volumen o te vas buscando otro oficio. 

Ilustración de la web 'Clases de periodismo'

Ahora bien, no generemos falsas expectativas, que luego va a ser peor. Esto de “voy a crear una comunidad fiel que querrá pagar por lo que hago” es una buena declaración de principios, pero está por ver que valga para muchos.

Para lograr esa gran comunidad, no tengo yo muy claro que gran parte de los medios puedan darle la espalda a las redes sociales para hallar el santo Grial de estas comunidades. 

Si no estás en la conversación global de las redes, tienes muchas posibilidades de convertirte en un medio irrelevante. O, en el mejor de los casos, en un medio que el ciudadano sólo conoce porque ve a su director o a alguno de sus periodistas o columnistas en las tertulias de las televisiones. Y, desde luego, tienes mucho más difícil hacer crecer esa comunidad comprometida. 

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En realidad, seguramente haya que ir pensando en modelos mixtos que usen las redes sociales como canal de promoción de las marcas y para lograr que los lectores/ciudadanos vuelvan a comprometerse. Y, en ese camino, toca pensar sin complejos en cómo buscar nuevas fuentes de ingresos fuera de la publicidad. 

Hay ya muchos medios que lo están intentando. Quienes lo consigan, sobrevivirán. Y quienes no, pues ya sabéis…

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

Facebook y Google: ¿amigos o vampiros?

Quien se haya asomado en alguna ocasión por este blog sabe que he defendido siempre la tesis de que los medios de comunicación tienen que asumir que plataformas sociales como Facebook y buscadores como Google son quienes mandan en la distribución de las noticias y que más vale que nos adaptemos a esta realidad para sobrevivir en el nuevo entorno mediático. 

Y quizás también sepa de mis reticencias hacia los medios que aspiran a sustentar sus negocios únicamente en torno al pago por contenidos. O para ser exactos, de mi escepticismo acerca de que ese pago y el abandono de la gratuidad sean los nuevos caminos por los que tienen que transitar las organizaciones que quieren ser exitosas en el nuevo entorno digital. Más que nada porque no veo que haya la suficiente masa crítica de ciudadanos que estén dispuestos a comprometerse con la prensa de calidad pagando por ella y no sólo despotricando en las redes sociales contra los males del periodismo.

Sigo pensándolo, pero con mucha menos convicción que antes por un par de razones que os voy a exponer por aquí.

En primer lugar, si alguna vez pensé que Google y Facebook podían y debían ser aliados imprescindibles de los medios de comunicación, ahora pienso que me pasé de inocente.

Google y Facebook no son ONG, no tienen entre sus misiones empresariales la salvación de la industria de las noticias. Y es verdad que, gracias a la presión que ejercen en el mercado, han ayudado a que los medios aceleren su transformación.

Pero, por lo demás, es lícito preguntarse para qué le sirve a los medios echarse en brazos de estos grandes hermanos que dominan el ecosistema digital.

Te quiero tanto que me quedo con tu negocio

A las grandes plataformas sociales y a los motores de búsqueda les interesan los productos periodísticos para seguir publicando contenido atractivo en sus plataformas y buscadores, pero también están dispuestos a quedarse con todo el negocio de la publicidad que hasta ahora llegaba a los medios. Y lo están logrando, obligando en consecuencia a las empresas periodísticas a buscar nuevos ingresos para seguir sosteniendo sus cuentas de resultados. 

Podréis decirme que esto ya se veía venir, que es legítimo y que quien no haya actuado antes es porque o no ha querido o no ha podido emprender los cambios necesarios y tendréis razón, pero no creo que ésa sea la cuestión clave.

La pregunta clave después de decir todo esto es que si Google y Facebook se llevan toda nuestra pasta, porqué demonios hay que darle todo lo que tenemos a cambio de unas pocas migajas que apenas nos ayudan, a qué viene darle todo lo que tenemos como si fuera nuestro mejor amigo si en realidad se están comportando como vampiros.

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Facebook y el complejo del casero gruñón

Y en segundo lugar, no me parece que el comportamiento de caseros gruñones de estos actores -y aquí de quién hablo básicamente es de Facebook- ayude a seguir haciendo atractiva la idea de entregarle todos nuestros contenidos gratis a unos y otros. 

Pensemos en este último año y en lo que ha hecho la compañía de Mark Zuckerberg por los medios: les ha cambiado los algoritmos cuando le ha dado la gana; ha puesto las noticias en segundo plano y se ha mostrado incapaz de luchar contra las noticias falsas que han contaminado casi todos los muros y timelines de los ciudadanos de los países occidentales. O sea, se ha convertido en un aliado muy poco amigable. 

Si a estos dos factores le unimos que la gratuidad sigue depreciando el valor de las noticias en un entorno de oferta abundante, llegamos a la conclusión de que, por mucho que seamos reticentes a las fórmulas de pago por la información, seguramente no haya más remedio que trabajar en ellas si se quiere buscar un futuro en este sector. 

Muro-de-pago. Web: Clases de periodismo
Muro de pago. Web: Clases de periodismo

Ya no me creo en absoluto que Google y Facebook quieran ayudar a las organizaciones de noticias. O, si se quiere, y por no ser tan tajante, prefiero pensar que lo mejor que pueden hacer estas mismas organizaciones periodísticas es buscarse un futuro en el que no dependan de estos gigantes. 

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¿Y qué hacemos?

Y eso sólo se consigue creando una comunidad de lectores/espectadores en torno a las marcas, buscando ingresos asociados a la explotación de las mismas, acostumbrando a los lectores a valorar el producto volviendo a pagar por él… y retomando el control de los canales de distribución de las noticias. 

Eso no significa que vaya a reivindicar el regreso vintage a los quioscos ni nada que se le parezca. Por aquí no estamos por la nostalgia estéril. 

De lo que estoy hablando es de la necesidad de asumir que los medios tendrán más posibilidades de seguir siendo relevantes y sostenibles si se dan cuenta de que sus modelos de negocio no pueden basarse únicamente en la publicidad ni, como decía antes, pueden depender de los logaritmos caprichosos de Facebook o de lo que quiera decidir Google. 

¿Es difícil? Por supuesto, pero la alternativa es infinitamente peor. Y quien más quien menos, casi todo el mundo en este negocio ha empezado a darse cuenta.

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

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Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

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Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

¿Y si los medios tuvieran algún día que emigrar de Facebook?

Hace unos días se publicaba que Facebook estaba pensando cambiar la faz de sus muros para darle preferencia a las noticias y comentarios de los amigos en detrimento de las informaciones publicadas por los medios en sus páginas, que serían más o menos ‘desterradas’, lo que obligaría a esos medios a pagar a la compañía de Mark Zuckerberg si quisieran mantener su alcance orgánico. 

Facebook está experimentando el cambio en seis países, pero está de más advertir que si la compañía californiana confirma estos planes y los lleva a la práctica, los medios vivirán un día negro para sus métricas de tráfico y para sus ya alicaídas previsiones de ingresos.

Facebook es la red social que más tráfico genera con diferencia a los medios de comunicación y la que proporciona más tiempo de permanencia en sus páginas. De hecho, se ha convertido en la plaza pública a la que acceden millones de personas a entretenerse, a cotillear, a ver fotos de los amigos y también a informarse.

Y ya no es que sea un complemento perfecto para la distribución de los contenidos periodísticos, sino que se ha convertido en la autopista principal por la que circulan casi todos los contenidos, hasta el punto de que si una noticia no se comparte en Facebook, pierde casi todo su potencial de distribución. 

La situación es paradójica. Los medios pensaban que con Internet desaparecería la intermediación de los quioscos y el resto de puntos de venta físicos, pero, sin embargo, ésta no ha desaparecido sino que, simplemente, ha mutado. El nuevo quiosco es Facebook. Y si antes los quioscos querían su comisión, ahora Facebook también la quiere y lo dice expresamente: si los medios quieren seguir teniendo audiencias millonarias para sus productos gracias a las páginas que han abierto, toca pagar.

facebook-76536_640-1-360x240Lo que hace Zuckerberg es razonable. Monta una plataforma y quiere ganar dinero con ella. Facebook no es una ONG ni se quiere parecer a la Wikipedia. Quiere ganar dinero. Y por eso, cuando ya se ha hecho imprescindible para tantísima gente, organiza su modelo de negocio en busca de la rentabilidad y le dice a las empresas informativas (y al resto) que tienen que pasar por caja si quieren seguir teniendo a tanta gente picando en sus contenidos.

Pero esto también debería hacer reflexionar a los medios.

Facebook da lectores. Pero, a cambio, revienta a los medios a través de tres vías: 1. Cambiando el algoritmo de un día para otro hundiendo las cifras de tráfico; 2. ‘Obligando’ a los medios a convivir en un ecosistema plagado de noticias falsas que Facebook es incapaz de controlar. Y 3. Quedándose con la publicidad que antes iba a los medios.

A los medios les quedan dos opciones. Pagar por seguir apareciendo en los muros de los lectores o emigrar y buscar otras plataformas que les permitan distribuir sus contenidos digitales sin pasar por el Impuesto Zuckerberg. 

Por ahora lo razonable sería pagar y seguir disfrutando de estas audiencias, asumiendo que hay que pasar por la ventanilla y que hay que adaptarse a todo lo que proponga el Gran Hermano de Palo Alto. Las reglas del juego las marcan los actores dominantes del negocio. Y en el caso de la industria del periodismo, como en otros ligados a la distribución de contenidos digitales, quienes mandan son Google y Facebook.

Pero tampoco estaría de más que, en paralelo a este sistema de pagos, los medios de comunicación vayan explorando otras formas de llevar sus contenidos a los lectores que les permitan mantener el control de la distribución y tener un sitio a donde emigrar el día en el que las condiciones del negocio lo permitan. Si no, siempre estarán en manos de quien controle las carreteras de la información y a expensas, por tanto, de las decisiones estratégicas de terceros. Y eso no es una buena idea, ni en la industria del periodismo ni en ninguna otra.

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

Pedir ayuda no es un modelo de negocio para los periódicos (ni para nadie)

The Guardian tira de filantropía, pero no para ayudar a quien lo necesite, sino para que les ayuden a ellos. Lo leo en la edición en español de The New York Times: los gestores del rotativo británico han puesto en marcha en Estados Unidos una sociedad sin fines de lucro para recabar fondos con los que hacer periodismo en asuntos como los derechos humanos o el cambio climático. La filanr

Que lo haga en Estados Unidos tiene su lógica: en esa sociedad está más arraigado este concepto de la filantropía y ya se ha aplicado con un cierto éxito a algunas organizaciones periodísticas (de memoria recuerdo ahora el caso de ProPublica, que nació de la iniciativa de un matrimonio con residencia en el estado de Florida que sentían que el periodismo de investigación estaba en peligro).

Lo que llama la atención es el hecho en sí y lo que trasluce. The Guardian, un periódico obrero de Manchester en sus primeras décadas de vida, se transformó por completo hasta convertirse en el paradigma del periodismo en abierto bajo el mandato de Allan Rusbridger. Nada de fórmulas de pago en internet. Todos los contenidos abiertos para todos. Resultado: un grandísimo éxito editorial y una ruina económica que ya no podía soportar la fundación sin ánimo de lucro que pagaba los costes del periódicos.

Después de aquello, otro giro de 180 grados. Búsqueda de nuevos ingresos en internet, cesiones a las fórmulas de pago y anuncios de despidos y reestructuraciones. La consecuencia: mejoraron sus cuentas, pero muy por debajo de los números necesarios para cuadrarlos.

Y ahora, vuelta, en parte, a los orígenes: otra vez pidiendo a alguien que sufrague el periodismo en vista de que los lectores no están por la labor de hacerlo.

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Tal ve en esto resida la razón de tantos tumbos y cambios de orientación. En esta era del marketing aplicado al periodismo donde tan de moda se ha puesto a hablar del engagedment, o sea, del compromiso de los lectores, resulta que ese compromiso de los lectores/ciudadanos no pasa de algunas muestras de solidaridad o de afecto que se sustancian en alguna frase de apoyo en Twitter, en Facebook o en Instagram.

Preferimos darle a un ‘Me gusta’ antes que pagar un euro por un periódico o cinco o seis euros por suscribirse a un medio digital. Y así no hay quien sobreviva. Ni haciendo periodismo ni vendiendo clavos o botones. Le está pasando al The Guardian, que ya no sabe qué hacer para que sus lectores paguen por lo que produce, y le está pasando al resto. Y así nos va.

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Hace poco, precisamente, leía a Rusbridger advirtiendo que Facebook se estaba llevando los ingresos de la prensa y volvía a pensar en lo mismo. Seguimos echándole la culpa de la situación de los medios a los agregadores, a las redes sociales, a internet en general y a todo el que se nos ponga por delante, pero seguimos siendo muy cuidadosos a la hora de no enfadar a los ciudadanos recordándoles que ellos también tienen su parte de culpa en lo que está ocurriendo. Y que si quieren de verdad medios de calidad, hay que comprometerse, pero no sólo firmando en Change.org o dándole un retuit a alguna frase pomposa y hueca en defensa de los periodistas, sino pagando de alguna manera para que se siga haciendo periodismo. Hasta en tanto no pase así, no vamos a hacer otra cosa que ir a peor.

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

¿Somos periodistas o cazadores de clicks?

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Leo y leo sobre la necesidad de crear comunidades en torno a las marcas periodísticas para garantizar su supervivencia y en torno a la necesidad de explorar nuevas vías de ingresos que sustituyan a un modelo de negocio que se derrumba por aluminosis y se me ocurren dos ideas: la primera es que quienes sostienen estas tesis tienen razón y la segunda es que una cosa es tener razón y otra muy distinta es practicarla.

Quien más quien menos, una gran parte de los diarios apuesta por esta reformulación y abanderan toda campaña, manifiesto y programa en favor del periodismo de calidad y de las comunidades comprometidas en torno a la credibilidad de sus marcas y en contra de las posverdades, los titulares vacíos y el periodismo espectáculo. Pero a la hora de la verdad, todos esos que se ponen pomposos terminan comportándose como adictos a la heroína del click, una droga adictiva que les hace abandonar en una esquina todos sus principios y valores con tal de ganar la batalla diaria del tráfico de las noticias. Lo de crear comunidad lo dejan para otro día. No quieren lectores comprometidos en el futuro, quieren clicks y los quieren ya, hoy, ahora mismo.

No seré yo el que los anatematice. Una cosa es decir que hay que trabajar en favor de ganarse la confianza de la comunidad en la que prestamos servicios, aportándoles valor a la espera de que terminen pagando por lo que ofrecemos, y otra completamente distinta es querer cuadrar la cuenta de resultados del mes mediante el único recurso más o menos fiable que sigue llegándoles, aunque cada vez menos, a los medios de comunicación: la publicidad. Las nóminas y las deudas no se pagan con grandes visiones, sino con dinero. Y eso son palabras mayores.

Así, al mismo tiempo que divagamos con más o menos acierto sobre los nuevos cotos de caza donde hallar esos ingresos, los medios se han embarcado en una carrera alocada en busca de los clicks que les permitan ser competitivos en un mercado publicitario donde la publicidad, cada vez más menguante por la competencia de Google y Facebook, se vende al peso y con un desprecio olímpico por la calidad de las informaciones en las que se insertan los anuncios.

Es pura ley de la oferta y la demanda. Los ingresos por otros conceptos que no sean la publicidad son todavía residuales y el pastel publicitario sólo se reparte entre quienes son capaces de mostrar grandes volúmenes de tráfico. El que la tiene más grande, triunfa. Los anunciantes quieren llegar a cuanta más gente mejor. Y los medios hacen todo tipo de estrategias, tretas y triquiñuelas para pasar de chalupas a transantlánticos que sean aceptados en el altar del nuevo dios que mide la viralidad de nuestras intenciones: el índice del Comscore.

Todo vale. Abonarse a los clickbaits o a los titulares sensacionalistas, unir audiencias de medios que no tienen nada que ver editorialmente o engañar contando como páginas vistas cualquier recarga de la web. Lo importante es el tráfico, el tráfico y luego el tráfico. Nada más. Y es comprensible. Al menos hasta que alguien encuentre, fuera de la publicidad, un modelo exitoso aplicable para la mayoría y nos lo cuente a los demás.

 

Desmontando una leyenda urbana: los medios digitales no existen

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Vamos a intentar desmontar un leyenda urbana que circula por las carreteras del periodismo patrio: la que afirma con total naturalidad que los medios digitales existen. No, no hagáis caso, por favor, no caigáis en la trampa dialéctica: el periodismo digital no existe. Los periodistas digitales no existen. Y lo que existe menos todavía es el muro que separa a los supuestos periódicos digitales de los periódicos de papel.Y si alguien piensa todavía con esos esquemas mentales preconcebidos y propios de la era de las linotipias, le recomiendo que le vaya dando al F-5 de su cerebro para refrescarse las neuronas: ese mundo en el que todavía cree vivir ya no existe más allá de su mente y la de los miembros del club de los nostálgicos de la tinta y las televisiones con tubo catódico.

No deja de ser una anacronía fascinante que a estas alturas de la cuestión todavía haya quien siga hablando de los medios digitales como si se tratara de unos avenedizos que han venido a tocarles las cosquillas a los periódicos de toda la vida abriendo portales sin conciencia aprovechándose de la barra libre de internet.

Pero es verdad: todavía hay gente que piensa así. Y lo peor para algunos de esos “medios digitales” es que parte de esa gente anclada en el día de la marmota sigue estando muy presente en los puestos de relevancia en los que, por ejemplo, se manejan los presupuestos que destinan instituciones, empresas y colectivos a hacer publicidad en los medios de comunicacion y, desde no hace tanto, en Google y en las redes sociales.

Las inercias del pasado de la prensa

Se trata de inercias de un pasado que se cae a pedazos, pero siguen estando entre nosotros. Lo notan los compañeros de esos medios digitales cuando las instituciones y compañías planifican las estrategias publicitarias y hay quienes les dicen que “es que nosotros no invertimos en digitales…”, pero también lo notamos todos cuando vemos en televisión o escuchamos en la radio los resúmenes de las portadas de algunos periódicos cuya influencia real se mide en realidad…por su capacidad para aparecer en las televisiones, en las radios y en algunas redes sociales.

La ‘pirámide’ mediática

Y no, no podemos seguir viviendo en un sistema de castas en el que los mal llamados medios digitales pertenecerían al estrato más bajo de la pirámide mediática. ¿Por qué, si cada vez son más leídos y cada vez son más influyentes? Mirad, los medios son medios de comunicación siempre, más allá del soporte en el que distribuyan sus contenidos. Y querer ponerle apellidos de digitales o de lo que consideremos más oportuno es más una idea gastada que otra cosa, o si se quiere, son ganas de etiquetar sin pararse a preguntarnos si lo que estamos haciendo, de verdad, responde a la realidad de los hechos.

 

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

En la era del periodista perplejo

Pixabay.com

Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

La clave está en el móvil: de las cinco columnas a las cinco pulgadas

Leo una reflexión del periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron que condensa en sólo 140 caracteres uno de los males que nos aquejan como periodistas: nuestro ensimismamiento cósmico.

Pues sí, es así. Trabajamos en un negocio que se desarrolla preferentemente en los móviles, que vive en torno a ellos. Pero nos seguimos comportando como si esta historia no fuera con nosotros. Si sois periodistas o editores, haced la prueba. Y hacedla con honestidad. Cuando escribís, ¿lo hacéis pensando en cómo quedará vuestra pieza en el móvil? Y cuando pensáis en vuestro negocio editorial, ¿tiene como eje central las pantallas táctiles de cinco pulgadas o sigue anclado en las cinco columnas del periódico de papel? ¡Y todo eso cuando la mayoría de nuestros lectores sólo nos leen a través de esos aparatos que guardamos en los bolsillos¡

La situación ha cambiado para bien en los últimos años. Ya quedan pocos abanderados de la nostalgia comportándose como luditas de lo digital y quien más quien menos todo el mundo entiende el cambio. Pero no nos hagamos trampas a nosotros mismos, que además de feo es estéril: una cosa es aceptar a regañadientes la realidad que vivimos y otra bien distinta es asumirla y actuar de forma coherente.

Los periodistas vivimos en una burbuja contradictoria. Somos adictos a las redes, abominamos de la publicidad invasiva de las webs y ya casi que no nos acercamos a los quioscos, pero luego clamamos porque haya más periódicos, nos quejamos de que la gente pone bloqueadores de publicidad en sus dispositivos o de que sólo se informe a través del facebook… y nos preocupamos más bien poco de cómo se ven nuestras noticias en los dispositivos móviles y menos todavía acerca de si se puede hacer dinero a través de las pantallas de nuestros celulares.

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Fuente: Pixabay.com

Y lo hacemos pese a pertenecer a un gremio como el nuestro en el que nuestra adicción es de tal tamaño que sólo nos falta acostarnos con los móviles y en el que es de lo más normal encontrar a gente capaz de tuitear 18 horas al día pontificando sobre la actualidad después de haber consultado su teléfono móvil en torno a unas 120 veces en un solo día.

¿No sería mejor, entonces, acercar nuestros modelos de negocio a esa realidad que es la nuestra antes que esperar ilusamente a que la realidad vuelva a ser la que era antes de la llegada de los móviles, las redes sociales y hasta la propia internet, o sea, en el pleistoceno informativo? Igual hasta nos iría mejor.

El cambio del Washington Post: una cuestión de talento, de liderazgo…y de dinero, de muchísimo dinero

Fuente: El espectador.

Andamos todos últimamente glosando las bondades del gran cambio que ha experimentado el Washington Post (WP) desde que fuera comprado por Jeff Bezos, el dueño de Amazon. El periódico de las élites norteamericanas, hasta hace poco con más pasado que futuro, ha pasado de ser el diario local de la capital de los Estados Unidos a ser un diario nacional con vocación global que le disputa el liderazgo en usuarios únicos en la web al New York Times. Y encima es rentable. Y todo esto ha pasado en sólo tres años.

Bezos dice que hay tres factores que son clave para poder acometer una transformación tan radical: talento, perseverancia y dinero. Y se afana en que al Washington Post no le falte ninguna de las tres cosas. De hecho, el WP, a diferencia de otros grandes medios, se ha dedicado a contratar en vez de a despedir y ha invertido en periodistas con perfiles digitales y en desarrolladores que les están ayudando a entender mejor a su audiencia y a ofrecerles mejores productos informativos que les han permitido, en un bucle perfecto, ganar visitas en sus portales y en las cuentas que tienen abiertas en las redes sociales.

Fuente: Clases de periodismo.
Fuente: Clases de periodismo.

Todo esto ya es conocido. Por eso me voy a centrar en dos cuestiones que a mi juicio son determinantes a la hora de analizar este proceso.

En primer lugar, Bezos sabe que el futuro pasa por experimentar todas las posibilidades que le ofrece el entorno digital con el objetivo de crear grandes comunidades de seguidores de su marca en este territorio. Y por eso se dedica sin descanso a invertir tiempo, talento, dinero y toda su experiencia en Amazon en lograr su objetivo cueste lo que cueste.

Su visión y su objetivo son claros. A diferencia de otros grandes medios cuyos propietarios vienen de ganar muchísimo dinero en la era analógica, no tiene dudas. Bueno, no tiene dudas y no tiene intereses creados que satisfacer ni lastres imposibles de soltar. Aquí no hay grandes debates sobre qué hacer con el periódico de papel o sobre qué pasará en un futuro con las rotativas del planeta. Le da exactamente igual. Todas las energías las concentra en que se siga haciendo buen periodismo y en mejorar la experiencia del usuario en el entorno digital. Y la apuesta le está saliendo más que bien.

Ahora bien, debe quedar claro que el ejemplo del WP no puede generalizarse (en esto se parece al New York Times). No todos los medios pueden contar con un mecenas experto en las innovaciones disruptivas que les ponga sobre la mesa todo el dinero que necesiten, permitiéndoles olvidarse de la cuenta de resultados.

Bezos es como esos inversores asiáticos que llegan al fútbol europeo y son capaces de cambiar el curso de un equipo a base de cheques y talones. Puede que haya algunos más como él, pero seguramente se puedan contar con los dedos de una mano.Y no todos pueden tener su claridad de criterio y su visión de futuro.

El Washington Post tiene la suerte de contar con él, pero la gran mayoría no puede hacerlo. Y sin la ayuda de un mecenas que tenga el dinero para hacer este cambio y la claridad de criterio para ejecutarlo, la transformación se hace más cuesta arriba. Se puede y se debe acometer, pero es más difícil y cuesta un dinero que la mayoría ni tiene ni puede soñar con tener algún día.

La gota malaya de los socios de eldiario.es

Escuchamos tanto sobre las cifras de tráfico y de suscriptores de los grandes periódicos que cuando ahora llega uno como eldiario.es y nos anuncia hoy que han llegado a los 20.000 socios, puede que haya quien tenga la tentación de responder: ¿20.000 nada más? ¿tan sólo 20.000? Pues sí, 20.000, pero no “nada más”, sino “nada menos que 20.000”. Eldiario.es tiene sólo cuatro años de existencia y en este tiempo ha logrado esa cifra de socios y también 5,6 millones de usuarios únicos en el primer semestre de 2016 según Comscore. No está mal para un grupo de periodistas que se jugó sus ahorros y muy poco más.

 

Este portal informativo ha cumplido su objetivo de hacerse un hueco en el mercado con una propuesta de periodismo enfocado y anclado ideológicamente en la izquierda y con un modelo de negocio mixto en el que a la casa madre de la redacción central se le unen las franquicias regionales y una verdadera infinidad de portales temáticos especializados a la que ahora se unen acuerdos como el suscrito con The Guardian o compras como la de vertele.com que les ayudan a ganar tráfico. Todo un universo mediático en torno a una marca central. Y, por cierto, controlado por los periodistas fundadores del proyecto, lo que les permite ampliar su libertad editorial.

No es fácil lo que han logrado. Eldiario.es se dirige a un público comprometido y susceptible de pagar por un periodismo que se asemeje a lo que ellos reclaman. Pero para qué negarlo. Una cosa es tener potenciales suscriptores y otra cosa bien distinta es tener suscriptores de verdad. Y si además, a esos suscriptores se les dice que van a pagar para que los demás puedan leer todas las informaciones y opiniones del medio, las posibilidades de que esos potenciales y comprometidos socios te den un corte de mangas en la cara y se pongan de perfil a la hora de dar el número de la cuenta bancaria se multiplican de forma exponencial.

Ah, y una cosa más: te piden que te hagas socio igual que te lo piden unos cuantos medios más que se sitúan en su misma horquilla ideológica (de memoria, recuerdo ahora a los compañeros de Infolibre, a los de Contexto y a los de La Marea), con lo cual nos podemos encontrar con la situación paradójica de que hay una bolsa de lectores de esa determinada horquilla ideológica que sufren un verdadero bombardeo de ofertas de donaciones,  suscripciones y afiliaciones que no hay bolsillo que resista, salvo que me digáis que conocéis a mucha gente que está suscrita a cuatro o cinco medios digitales, en cuyo caso empezaré a pensar que tenéis unos amigos muy extraños.

El caso es que eldiario.es está creciendo. Poco a poco, como gotas malayas que suman una a una, han logrado una cifra estimable que socios que pagan a partir de cinco euros al mes cada uno de ellos para que el resto de los ciudadanos pueda leer eldiario.es. A cambio, además de la gratitud infinita y el aplauso de los periodistas que promueven el proyecto, tienen las noticias unas horas antes que los demás y poquito más.

A mi juicio, eldiario.es se ha movido en el alambre editorial propio de una apuesta arriesgada, pero con inteligencia, apostando por una propuesta informativa sólida y entendiendo que había un hueco entre un tipo de lector joven, inconformista y de izquierdas que estaba buscando una oferta periodística que ya no encontraba entre los medios de comunicación tradicionales más cercanos (El País).

Y si no lo creéis así, os invito a que veais algunas de las entrevistas que hicieron a los primeros socios del proyecto y que detectéis qué producto reclamaban estos lectores. Yo pongo siempre este vídeo en las clases que doy porque explica muy claramente lo que estoy diciendo.

Ese producto innovador fue eldiario.es, un proyecto hijo de un momento determinado de este país (15-M, movimientos sociales, la nueva izquierda…) y de la audacia editorial de un puñado de periodistas como Ignacio Escolar o Juan Luis Sánchez a los que la jugada editorial les ha salido más que bien, algo de lo que deberíamos alegrarnos todos los que creemos que todavía se puede hacer, como dice su lema, “periodismo a pesar de todo”. Enhorabuena. Y a seguir.

¿Adiós al 21% de IVA para los medios on line?

Bruselas anuncia el permiso para que los países miembros de la Unión Europea puedan bajar el IVA de los libros y medios de comunicación digitales. Ya era hora. En realidad, la noticia no debería ser que abra la puerta a rebajar este IVA sino que no lo haya hecho hasta ahora. En el caso del periodismo, la parsimonia del gigante europeo ha provocado una situación tan absurda como que en España los periódicos de papel paguen un 4% de IVA mientras que los medios on line, que compiten con ellos, pagan por un producto similar un 21%, es decir, 17 puntos más de gravamen que no hay quien entienda.Un ejemplo de libro de agravio comparativo, de falta de comprensión de los cambios radicales que ha provocado la irrupción de internet y, sobre todo, una muestra inequívoca de cómo, también en la industria de los medios, la realidad ha ido siempre por delante de las Administraciones.

Habrá que ver todavía si España se decide a rebajar este IVA ahora que entramos en otra etapa de fiebre alcista de los impuestos, con Rajoy y Montoro rebuscando donde ya no saben para rascar dinero con el que aumentar la recaudación. Pero hay un hecho irrefutable: ya no hay excusas en España para acabar con este absurdo. Los nuevos medios que nacen en el ecosistema digital no tienen porqué seguir soportando una situación tan indefendible en la que han sido tratados por el Fisco como empresas de segunda, hijas de una casta inferior obligadas a pagar cinco veces más por el IVA que sus hermanas mayores del papel. 

Actualización: El ministro de Economía, Luis de Guindos, ha anunciado que el Gobierno de España hará efectiva esta rebaja del IVA para los libros y los medios digitales. No dice cuándo, pero se compromete a hacerlo. Veremos, que hay promesas que se eternizan.

El EGM, las audiencias de los periódicos y la mudanza digital

Se podrían analizar muchas cosas sobre el estudio general que mide la audiencia de los medios de comunicación en España, el EGM. Utiliza criterios discutidos en el seno de la industria del periodismo, pero es el medidor que usan las agencias, las empresas y las instituciones para colocar la publicidad en los soportes informativos. Y mientras siga siendo así, el EGM será la biblia de este negocio para los periódicos impresos y las radios.

Hoy, que se han publicado los datos de la última oleada de audiencias, me quería detener en un aspecto llamativo. Algunos portales se han apoyado en ellos para certificar el desplome de los grandes periódicos de este país, haciendo hincapié en las pérdidas de lectores de sus ediciones impresas por encima de los dos dígitos en casos tan señalados como los de El País y El Mundo.

Los números no son nada sorprendentes en un contexto de abandono masivo del papel como elemento transmisor y distribuidor de las noticias (¿de verdad alguien se va a extrañar en la era de los móviles, las pantallas planas y las redes sociales), pero sí que hay que ponerlos en cuarentena en todo lo que supone de certificado del presunto desplome de las grandes cabeceras.

No, las audiencias de las grandes marcas periodísticas no están desapareciendo. Lo que están haciendo es trasladarse al digital.Y si algo se desploma no son las marcas, sino un modelo de distribución industrial que hunde sus raíces no en el siglo XX, sino incluso en el anterior. Nada más.

Voy a poner simplemente el ejemplo de El País y El Mundo. Leemos que el principal diario de Prisa ha perdido en un año el 16,2% de sus seguidores hasta quedarse en 1,2 millones de lectores y que el de Unidad Editorial ha bajado un 15,5% y se sitúa en la frontera de los 700.000.

Los datos no son discutibles, pero no dan una idea exacta de la importancia de las marcas si no les sumamos sus audiencias digitales. Aquí también hay mucho vaivén de cifras, pero me quedaré con la polémica que desataron los últimos datos de Comscore.

En noviembre El Mundo y El País se enzarzaban en una pelea pública por ver quién era de verdad el líder de medios en este país.El primero decía ser el líder con 14 millones de usuarios en octubre y el segundo reclamaba ese liderazgo afimando tener 15 millones.

La discusión nos dice mucho sobre el gran camino que aún queda por recorrer para medir de forma correcta las audiencias digitales, pero en este caso las cifras sí que nos sirven para medir el alcance real de estos medios. Ni El País tiene sólo 1,2 millones de lectores ni El Mundo tienen 700.000. En todo caso, tendrán unos 15 millones de lectores. O al menos eso es lo que yo defendería si trabajara en esos medios y tuviera que convencer a los anunciantes de que apostara por mis productos.

Las grandes cabeceras ya son mucho más que sus ediciones de papel. Pero hace falta que se lo crean ellas mismas: que salgan de sus zonas de confort y que defiendan más sus ofertas digitales.

No hace mucho, leía un artículo en el que Michael Golden, vicepresidente del The New York Times, decía que ellos no eran un periódico con una página web, sino una compañía digital de medios de comunicación que saca un diario. Igual hace falta que aquí, en España, los grandes medios se den cuenta también de que no son periódicos, sino compañías digitales de noticias que, no se sabe por cuánto tiempo, todavía sacan un diario a diario.

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

A los granjeros de Iowa les importa un rábano lo que piensen los periódicos

Escribo estas líneas bajo la misma conmoción personal que millones de personas de todo el planeta que seguimos preguntándonos, y lo que nos queda, cómo demonios va a ser el nuevo inquilino del ala oeste de la Casa Blanca un tipo que ha dado muestras de ser misógino, machista, racista y antisistema y que colecciona denuncias por agresión sexual.

Donald Trump ya puede ir preparando su mejor traje para la ceremonia de su proclamación como nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Y nosotros ya podemos empezar a preguntarnos cuál es la verdadera influencia de los medios de comunicación en esta era postmoderna donde son más importantes las emociones que las razones y donde ya estamos viendo que se puede ganar las elecciones más importantes del globo pese a tener a casi todos los medios de comunicación en contra.

En artículos muy atinados como el de Inma Aguilar en eldiario.es se explica con detenimiento cómo Trump ha representado el voto a la contra, ha sabido canalizar el descontento de esa América profunda y ha construido un relato simple de un luchador contra ese mismo sistema reencarnado en una gran dama del stablishment de Washington como Hillary Clinton.

Ahora me quiero quedar con un par de interrogantes sobre Donald Trump y los medios a los que habrá que dar alguna vez respuesta. La primera es qué influencia y relevancia real tienen ahora los grandes medios cuando se posicionan en masa contra un candidato como Trump y a los ciudadanos les resbala lo que puedan decirles.

Aquí ya no se trata de que los granjeros de Iowa pasen de lo que pueda decir un editorial del New York Times. Aquí de lo que se trata es de que una parte muy importante del pueblo norteamericano le ha pegado una patada a lo que ellos consideran el sistema, incluidos sus grandes periódicos y cadenas de televisión.

Y una segunda cuestión, fruto de la anterior: ¿Significa eso que los grandes medios están siendo desplazados y que ya no son el centro en el que se dirimen las grandes cuestiones de las comunidades a las que sirven? ¿Acaso lo que pasa es que en esta nueva era de la sociedad espectáculo da lo mismo lo que digan los periódicos serios y lo que vale es ser agresivo en las televisiones más populistas y aderezarlo con una buena campaña de anuncios en Facebook?

Siempre he pensado que tenemos los dirigentes políticos que nos merecemos. Igual es que nos merecemos un castigo como Trump. Y los medios, tan enredados en decidir si damos informacion, espectáculo o entretenimiento, ni nos habíamos dado cuenta. Hasta hoy.

Los medios ya no somos el centro del universo social, la plaza pública donde se reunían los ciudadanos y mucho menos todavía esa nación hablándose a sí misma de la que hablaba Arthur Miller. Y sea por lo que sea, no parece que estemos por la labor de admitirlo.

Seguramente el mismo vértigo que nos ha tenido a  casi todos mirando a ver qué pasaba con Trump se apagará, correremos con la misma ansiedad de siempre hasta el siguiente foco informativo y se nos olvidará reflexionar sobre lo que nos está pasando como industria, pero no vamos a poder mucho tiempo con los ojos más cerrados que un muerto, sobre todo si no queremos terminar precisamente muertos. 

 

El NO ejemplo del New York Times

Los últimos datos sobre la cuenta de resultados del periódico The New York Times ratifican que el camino emprendido tras levantar su primer muro de pago hace ahora cinco años es el correcto. La vieja dama neoyorquina tiene mas de millón y medio de suscriptores digitales y está trasladando su modelo de negocio del papel a la pantalla. La publicidad impresa ha bajado en los tres últimos meses un 18,5%, pero la digital ha subido un 21,4%, representando ya más de un tercio de los ingresos de la compañía. Y el New York Times empieza a ser menos un periódico impreso y más una compañía que tiene abonados en foma de suscriptores.

Si queréis más detalles, os paso por aquí un enlace a un artículo de Ismael Nafría en el que lo explica con detenimiento. Ahora me detendré en algo que no se me va de la cabeza: al New York Times le puede ir muy bien, pero el diario de la familia Sulzberger no puede ser un ejemplo para los demás. Es un referente, pero no puede ser EL REFERENTE.

No se trata de que me haya vuelto un obtuso enfermizo que reniegue del cambio digital o que me haya dado por el postureo de ir a la contra. Se trata simplemente de que veo improbable que el modelo de negocio de la gran cabecera norteamericana pueda ser ejemplo para los miles de periódicos de papel del orbe terráqueo del mismo modo que estoy convencido de que los equipos de Regional preferente de todas las ligas del planeta no pueden imitar las estrategias del Real Madrid, del Barcelona o del Manchester United.

Ni tienen la dimensión, ni tienen el volumen ni tienen la capacidad de arrastrar grandes audiencias y, por tanto, no pueden imitar una estrategia que no le corresponde.

The New York Times sólo hay uno. Es el líder, la gran referencia, la marca más aposentada y, en consecuencia, es la cabecera que tiene más posibilidades de éxito cuando se trata de pedirle a sus lectores más comprometidos que paguen por los contenidos que les ofrecen.

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Otros diarios también lo pueden hacer, pero no da la sensación de que el pago por contenidos pueda universalizarse. Más bien lo que se observa es que los periódicos tendrán que comportarse como esos armadores que cuando los bancos de pesca se vacían, deciden llevarse sus barcos a otros territorios en busca de esa pesca que les permitirá sobrevivir dignamente.

Esos bancos de pesca de la prensa podrán ser en algunos casos los muros de pago, pero serán los menos. Lo más lógico es que los ingresos vengan de una mezcla en la que se incluirán los contenidos patrocinados, la publicidad nativa, la organización de eventos o cualquier otra vía por la que las empresas de noticias puedan vender un servicio que no sea una publicidad como la que se estan comiendo Google y Facebook.

Es decir, que tendrán que buscarse la vida y asumir que, en el caso de los modelos de negocio de la prensa, lo que haga el líder no puede ser el ejemplo al que agarrarse…ni aunque se llame el New York Times.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

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Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

Prisa, El Confidencial y un puñado de publicidad gratuita

El Confidencial

Prisa va a por El Confidencial. Y va muy en serio. Tan en serio que acaba de demandar a la sociedad que edita este medio por la vía mercantil, exigiéndole 8,2 millones de euros por daños morales y patrimoniales. Estos daños habrían sido causados presuntamente por la publicación de informaciones provenientes de los llamados papeles de Panamá que ligaban al presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, con una empresa petrolífera.

No voy a entrar en consideraciones sobre quién tiene razón en este litigio (ya veremos qué deciden los tribunales), pero sí me voy a parar en una derivada periodística llamativa: la demanda sirve para que Prisa le enseñe los dientes a El Confidencial en un asunto que afecta a su principal ejecutivo, pero, paradójicamente, también sirve para certificar a ojos de todos el gran éxito de El Confidencial como modelo de negocio de medio digital y para comprobar que ya está jugando en la liga de los grandes grupos, compitiendo de tú a tú con grandes cabeceras como El País y El Mundo.

elconfidencial

¿O no es una buena tarjeta de visita que el grupo de comunicación más poderoso de este país diga que ambos medios compiten por el liderazgo “en lo que a la información en español se refiere”? Al final, es Prisa la que ha terminado por elevar a El Confidencial a medio que compite directamente con El País.

No sabemos dónde acabará todo esto, pero da la sensación de que, en términos de comunicación,  El Confidencial ha logrado dos cosas nada desdeñables en el primer envite: 1. Ganarse el apoyo de los que entienden poco o nada que un grupo de comunicación ataque a otro por publicar unas informaciones cuya veracidad no parece que se esté discutiendo. Y 2. Lograr que el líder del mercado le haga una publicidad impagable señalándole ante el mundo como su gran rival por el favor de los lectores de habla española. Ahí es nada.

El Vogue se harta de las blogueras

Cuatro periodistas de Vogue han firmado un artículo contra las blogueras de moda cuyo contenido tiene más de alegato y de desahogo que cualquier otro adjetivo que queramos emplear. Según leo en El País, el alegato las describe como unas adolescentes advenedizas incapaces de mantener un estilo más o menos definido y las acusa de ser las futuras causantes de la muerte de la industria de la moda. Así, sin matices ni mayores explicaciones.

Más allá del berrinche, lo que llama la atención no es la virulencia del ataque, sino lo que se esconde detrás de él. Si un transantlántico del glamour como Vogue arremete de esta forma contra unas blogueras es que algo está cambiando en una industria editorial, la del periodismo de moda, que mueve millones de dólares y de euros y que parecía salvarse del gran cambio provocado por la irrupción de internet.

Vogue, con Anna Wintour a la cabeza, se ha vanagloriado durante décadas de ser la revista que marcaba las tendencias en el mundo de la moda. Y ahora se encuentra con que el enemigo que les está comiendo el terreno no es ninguna otra revista o publicación del sector, sino un grupo de blogueras que viven en Youtube y en Instagram y que desde allí marcan tendencia que siguen religiosamente millones y millones de seguidores de todo el mundo.

En el reino de las ‘influencers’

En un mundo en el que las grandes marcas editoriales se construyen a base de tiempo, constancia y calidad, las blogueras han roto todas las hojas de ruta del manual de cómo ser una reina de las revistas y se han convertido en unas influencers capaces de cambiar en cuestión de días las modas que se dictaban en los despachos de Manhattan de las grandes publicaciones del sector.

En realidad, algo así no nos debe sorprender. Internet ha roto las barreras del acceso a la información y ha permitido la entrada de nuevos actores en una industria como la del periodismo que funcionaba como un coto cerrado al que sólo podía acceder quien tuviera el músculo financiero para hacerlo.

Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue
Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue

Y en el terreno que nos ocupa, ha permitido que muchas personas se hayan convertido en medios en sí mismos con una capacidad para conectar e influir en sus seguidores que ya quisieran para sí muchas publicaciones tradicionales.

El resultado es que todos conocemos a aficionados al fútbol que tienen más influencia que unos cuantos periódicos deportivos, a cinéfilos de cuya crítica depende que una película vaya bien en las taquillas mucho más que lo que pueda decir una revista de cine o a algún bloguero o bloguera de moda que tienen medio millón de me gusta cuando ponen una foto con su pantalón favorito.

Ante ello, las marcas periodísticas que son líderes en sus segmentos tienen dos opciones: intentar atraerlos a la causa, integrándolos en el sistema, o arremeter estérilmente contra los nuevos enemigos. A juzgar por su pataleta editorial, el Vogue ha elegido la primera opción y se ha decidido por defender agresivamente su imperio ante la llegada de estas bárbaras armadas con sus smartphones y sus cuentas de Instagram.

El tiempo dirá si esta arremetida les sirve para algo más que para un desahogo.

Manual de darwinismo para periodistas

Están disfrutando un eco más que merecido las ideas lanzadas por el director del Washington Post Martin Baron durante la entrega de los premios de periodismo García Márquez en Colombia. Por resumir telegráficamente, el periodista hace hincapié en la necesidad de que los periodistas y las organizaciones de noticias aceptemos la necesidad de adaptarnos a un ecosistema donde no podemos esperar a que los lectores se nos acerquen, sino que hay que ir a por ellos.

Baron no ve alternativas. Casi todas las noticias llegarán a los lectores través de los teléfonos móviles y serán distribuidas en las redes sociales. Y para competir en ese terreno, será necesario  establecer todo tipo de alianzas tecnológicas en un mundo incierto y cambiante que no sabemos quién terminará liderándolo.

A mi juicio, lo más determinante del discurso no son sus predicciones sobre los móviles o las redes (tienen mucho de apoteosis de la obviedad), sino la actitud mental y predisposición de Martin Baron, un señor periodista que, entre otros galones profesionales, dirigió el Boston Globe cuando este periódico destapó los abusos sexuales a niños de miembros de la Iglesia Católica, una historia luego llevada al cine en la película Spotlihgt.

Ponerse de parte de la solución o del problema

Martin Baron ni se deslumbra ni recela de las nuevas realidades tecnológicas, pero hace algo esencial: ponerse de parte de la solución y no del problema, o sea, asumir que el cambio ha venido para quedarse y que no hay otra opción que aceptar el darwinismo digital de adaptarse o morir con las rotativas puestas.

Martin Baron juega con ventaja, pues no es lo mismo trabajar en un medio donde las cuentas de resultados terminan en ERES y despidos que hacerlo teniendo a un editor como el propietario de Amazon, Jeff Bezos, que se comporta como un mecenas  dispuesto a poner dinero para financiar esta transformación digital.

Pero lo importante no es eso, sino que sabe aprovechar esa ventaja para exprimirla y ponerla de parte del periodismo.

¿Cómo? Asumiendo que ponerle puertas al campo en el que ya jugamos todos es una tarea estéril que no evitará lo inevitable y que la única opción es utilizarlas para seguir haciendo más y mejor periodismo que luego se consumirá dónde y como quieran los lectores.

La Sexta, la política y el espectáculo de la televisión

La Sexta noche

Leo en un blog muy recomendable de televisión de La información que La Sexta TV ha arrasado en las audiencias del sábado con sus programas maratonianos de cobertura de la crisis del PSOE. A quien haya seguido esta crisis en las redes sociales no le ha podido sorprender. Un número nada desdeñable de usuarios comentaba las últimas jugadas del partido a partir de los datos, opiniones y análisis que proporcionaba esta cadena de televisión y otros tantos cuantos alababan o despotricaban a Antonio García Ferreras, a Ana Pastor y a otros integrantes del universo mediático de la Sexta como si todos ellos también votaran en ese Comité Federal o trabajaran en favor o en contra de alguien.

Vehemencias y esoterismos editoriales aparte, lo de ayer en La Sexta  es un acierto más de una cadena que ha sabido posicionarse y que sabe aprovechar cualquier acontecimiento de este tipo para consolidarse como una marca de referencia cuando se trata de seguir lo que ocurre en la política en España.

Hasta no hace tanto, cada vez que ocurría algo importante todos poníamos el telediario de TVE. Ahora no, ahora ponemos La Sexta. Y les aseguro que no es porque las hadas se han confabulado en favor de un canal por razones desconocidas.

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Posicionados en un nicho de mercado

La cadena de perfil progresista de Atresmedia ha encontrado su nicho en un ecosistema saturado y lo aprovecha hasta exprimir la última gota del share. Y muy bien que hace.

La fórmula es hija de quien dirige informativamente la cadena: Antonio García Ferreras. Pasión por la política, pasión por el periodismo de trinchera que se arriesga en el área, sentido del espectáculo y un sentido del ritmo que es marca de la casa desde que García Ferreras empezó a trabajar en la Cadena SER a finales de los ochenta.

Antonio Garcçia Ferreras.

La Sexta es el nuevo ‘Parlamento catódico’ de España

La Sexta se ha convertido en el nuevo Parlamento catódico que alimenta a las redes sociales, en un Congreso escorado a la izquierda pero donde todos los adictos a la política de cualquier sensibilidad ideológica se sienten más o menos representados.

Y todo eso es porque se ha especializado, ha focalizado sus esfuerzos y ha sabido entender que para hacerse un hueco en el ecosistema de la televisión, tenía que buscar una voz muy definida y a la que todo el mundo pudiera identificar.

Ese objetivo ha sido alcanzado. La Sexta se ha convertido en la CNN de las noticias en español y ahora se dedica a consolidar su posición y a ampliar su nicho en el mercado. Como vimos el sábado, lo está consiguiendo.

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.

Honestos contra malvados: la última gresca de los periodistas

Pixabay.com

Dos grandes medios de España, El País y El Mundo, titulan del mismo modo sus ediciones de papel el día posterior al fracaso en la investidura de Rajoy como presidente del Gobierno y las redes sociales se inundan de artículos y comentarios, hasta de algunos de sus periodistas de esos medios, dejando caer que es la demostración irrefutable de que el periodismo de este país ha sido tomado por los corruptos y los dueños de las empresas del ÍBEX 35, que para el caso deben ser más o menos lo mismo.

Portadas de El País y El Mundo. Fuente: lamarea.com

Una cadena de radio como la SER prescinde de cuatro de sus tertulianos y los comentarios se centran en cómo los bancos y otras instituciones del lado más oscuro del poder se han confabulado con el Darth Vader de los editores españoles, Juan Luis Cebrián, para apagar las voces discordantes con la ‘gran coalición’/abstención que defiende Prisa, grupo que, a su vez,  se ha enzarzado en una guerra con La Sexta y ha pasado de editar el diario independiente de la mañana a la categoría de brazo ejecutor de las brigadas del capitalismo malvado tras su conversión a las fuerzas del mal.

Sobra tremendismo

Ambas acusaciones pueden ser discutibles, pero sobra algo de tremendismo en el debate acerca de las nuevas líneas editoriales de nuestros medios.

El periodismo en España está atrapado en un bucle tóxico.

Sufrimos una doble crisis, económica y de adaptación al modelo digital, que ha derivado en una  crisis de confianza que ha aumentado la debilidad de los propios medios. Y esa debilidad ha traído como consecuencia la precariedad entre cientos y cientos de periodistas que han terminado por marcarse como prioridad seguir pagando las hipotecas de sus casas y los colegios de sus hijos y la polarización de muchos medios, cada día más alineados ideológicamente para fidelizar a sus lectores, recibir publicidad o para ambas cosas.

Ahora bien, el que éste pueda ser el diagnóstico de lo que estamos viviendo, que no lo niego,  no puede llevarnos a hacer una enmienda a la totalidad de todo lo que se hace en los periódicos o emisoras de mayor audiencia ni a ponernos en plan maniqueo a distinguir entre los medios malos, que se ponen a las órdenes de los ejércitos de Lucifer, y los buenos, inmaculados e impolutos que nos defienden del mal y que son poseedores casi en exclusiva de las banderas de la libertad, de la rigurosidad y de la honestidad.

Como en tantas cosas de la vida, en el debate sobre la independencia de los medios también hay matices. Y lo mismo que se puede denunciar el estado comatoso de la prensa tradicional, también hay que asumir que dos periódicos pueden titular un día de la misma manera sin que eso signifique que estan rendidos al Leviatán financiero o que una emisora de radio puede cambiar a algunos de sus colaboradores  sin que eso implique que haya violado la libertad de expresión de esos periodistas, cuya solvencia, por cierto, está más que constrastada.

Necesitamos compromiso

Y una cosa más, si queremos medios fuertes y creíbles, aparte de clamar contra los malvados, sean quienes sean, igual conviene pensar más en comprometernos en favor de una prensa más libre. Y no sólo poniéndonos un avatar solidario en facebook o vociferando en twitter contra los poderes fácticos. Igual lo que hay que hacer es pagar más o simplemente pagar algo por las noticias que consumimos. E igual entonces, y sólo entonces, tendremos esos medios que tanto deseamos.