La publicidad en los periódicos y el puritanismo de salón

Esta fábrica de indignaciones sobrevenidas en la que se han convertido redes sociales como Twitter y Facebook ha sido escenario estos días, otra vez, de lamentos y quejas generalizadas por la decisión de los principales periódicos de este país de insertar en sus ediciones de papel páginas de publicidad que recubren sus portadas.

Hace unos días, fue una marca que vendía lavadoras. Y hoy, es una fabricante de automóviles. En ambos casos, como en otras ocasiones, asistimos a la habitual avalancha de criticas cargadas de vehemencia dirigidas contra una presunta y gravísima vulneración de los principios y valores éticos de las organizaciones periodísticas.

Estas críticas son legítimas, pero, como ya he dicho en alguna ocasión, también son injustas, muy injustas.

La ética y la transparencia de las empresas periodísticas no dependen de la publicidad de sus portadas. En todo caso, dependen, sobre todo, de que NO haya publicidad ni en sus portadas, ni en sus páginas interiores ni en sus ediciones digitales. En ese caso, ya les digo que la honra también puede terminar quebrándose por culpa de la debilidad de las empresas y la precarización del trabajo.

Las empresas editoras atraviesan una etapa de transformación radical que está arrasando el viejo ecosistema tradicional. Pretender que no vendan las primeras páginas de sus ediciones es un ejercicio de puritanismo de salón que sonroja a todo el que conozca el grado de sufrimiento que comporta la crisis que están soportando.

Si de verdad hay ciudadanos que sufren tanto por este tipo de publicidades, lo único que se me ocurre es animarles a abandonar estos lamentos farisaicos y a comprometerse pagando por las noticias, que es el modo más efectivo y real de apostar por el periodismo de calidad y, por supuesto, es la única manera de que, por ejemplo, no tengan que vender sus portadas por un puñado de euros.

Pero entretanto sucede esto, solicitaría que no nos pongamos tan puristas y aceptemos que los medios de comunicación, mientras respeten las reglas y jueguen dentro del cuadrilátero ético, deben hacer todo lo que sea posible para sobrevivir, buscando vías de ingresos que hasta ahora ni se planteaban.

Los periodistas no ‘sobran’

Javier Ricou firma en La Vanguardia un artículo sobre una tendencia cada vez más consolidada en las relaciones entre los líderes y referentes de la política, la economía, el deporte o el espectáculo y quienes les siguen: la de cargarse la intermediación de los periodistas y establecer una relación directa con esos receptores a través de las redes sociales.

El artículo se titula ‘Si no es periodismo, es propaganda’ y en él, el periodista pone ejemplos de referencia como las actuaciones mediáticas de Donald Trump, quien gobierna a golpe de tuits incendiarios, o el futbolista Gerard Piqué y su intención de montar un medio de comunicación a su gusto, para constatar que hay quienes piensan que los periodistas sobran, o que, al menos, son un estorbo que no hay porqué soportar.

Se trataría de un paso más en la desintermediación que ha desplazado a los periodistas del papel central que tenían en el ecosistema informativo y, si se quiere, hasta de un aviso de que esta práctica se puede generalizar, convirtiendo a los portales de las marcas y a los perfiles personales de políticos y deportistas en competidores directos de los medios en la guerra por la atención de los lectores.

Por mi parte, no le veo especiales problemas, pero asumiendo un par de cuestiones.

La primera es que que lo que hacen estos personajes mediáticos es contar sus propias historias, pero que eso, que objetivamente no es no bueno ni malo, tiene poco que ver con el ejercicio del periodismo.

Y la segunda es que las instituciones, las organizaciones políticas, sociales o deportivas y los líderes y referentes pueden generar contenidos y marcar sus propias agendas mediáticas, pero eso no les va a librar del escrutinio de los medios de comunicación.

En todo caso, ganan en canales y herramientas con los que comunicarse y necesitan menos a los medios, son menos dependientes de ellos, pero no pueden ‘desterrarlos’.

De escrutadores a escrutados

De hecho, no es negativo por sí mismo sino lo contrario que cualquier ciudadano, tenga la relevancia social que tenga, haga uso de sus cuentas en las redes sociales para dar su versión de lo que consideren oportuno. Y si ésa contradice a la de un medio, pues bienvenida sea la discusión, pues permite contraponer puntos de vista y también nos recuerda a los periodistas que no vivimos y escribimos desde atalayas inalcanzables en las que no se admite la crítica.

Recuerdo ejemplos recientes bastante notorios de este nuevo intercambio de opiniones como el del futbolista Isco refutando en sus redes una información del periodista de El País Diego Torres o las peleas en las redes del ex futbolista Álvaro Arbeloa con el informador deportivo Manolo Lama en las que lo más llamativo era que estos futbolistas contaban con muchísimos más seguidores que los periodistas y, por tanto, alcanzaban mayor repercusión sus palabras (en las redes y, por extensión, luego en los medios).

Comunicar es bueno, pero no es periodismo

Pero no perdamos la perspectiva. No hace periodismo el que transcribe literalmente una declaración (salvo en las agencias, pero esa es otra historia) ni el que cuenta la historia según le va en una cuenta de Twitter o de Instagram o en un portal de una marca , sino el que es capaz de aportar criterio, poner contexto e interpretar y cuestionar todo aquello que se le pone por delante. Más si cabe en estos tiempos en los que los ciudadanos terminan viviendo, por efecto de los algoritmos, en burbujas endogámicas en las que sólo leemos y escuchamos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos.

En todo este asunto, se atisba un cierto desprecio al periodismo y a los periodistas, a quienes se trata poco menos que como a carroñeros mediáticos y a fabricantes compulsivos de mentiras a granel de los que ahora se puede prescindir.

Y no, no es así. Las redes sociales y los portales de marca pueden ayudarnos a comunicar más, mejor y de una manera más directa. Pero que nadie se confunda: comunicar y hacer periodismo no es lo mismo, aunque algunos empiecen a pensar lo contrario. Conviene no olvidarlo. Y menos ahora que tan necesitados estamos de que haya un buen periodismo que sea capaz de guiarnos en medio de esta saturación informativa que vivimos.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Periodismo homeopático

Un artículo del periodista de El Mundo, Vicente Lozano, en el que analiza cómo Google y Facebook están asumiendo que son los mayores editores de medios del planeta ha suscitado un comentario muy interesante al respecto del también periodista Pepe Montero en el grupo de Facebook de este blog, El post blanco.

Os pongo primero aquí el artículo de Lozano para que entréis en materia:

Y aquí el análisis de Montero, que es muy sugerente:

“La verdadera reflexión va más allá de lo que dice Vicente Lozano. Eso se veía venir, y de hecho ya es una realidad: Google y las redes sociales se han convertido en potentes medios de comunicación. Efectivamente, no al estilo tradicional, pero ¿quién de nosotros no usa twiter para conocer una noticia antes que otro medio? Pero, como digo, la reflexión va más lejos, y es que si Google y las redes nos entregan las noticias que, en función de nuestras preferencias, ellos seleccionan como “más adecuadas”, ¿no estaremos generando, sin darnos cuenta, uno de los sectarismos informativos más sutiles de la historia?

Me explico: Google, que en función de la huella que dejamos tras cada búsqueda, va perfilando nuestras preferencias informativas para ofrecernos “el periódico ideal”, lo que en realidad está haciendo es excluir de nuestras fuentes aquellos contenidos hacia los que rara vez prestaríamos atención, y, en definitiva, seleccionando, de una forma sutil y casi imperceptible, una información sectaria, poco plural, cada vez más restringida a nuestra manera de pensar.

Y eso, a mi juicio, es una de las amenazas más sutiles y peligrosas al futuro de la libertad de información y, sobre todo, del derecho a la información. Si me lo permites, me gustaría abrir en tu blog un debate sobre este tema: ¿No estará creando Google, con sus algoritmos de búsquedas y selección de noticias, un medio de comunicación tan perfecto y confortable que, al final, acabará estrechando nuestra mente (no la de los periodistas, sino la de los lectores), reduciendo nuestras opciones de acceso a la información, empobreciendo la pluralidad informativa, y, en definitiva, propiciando el pensamiento único?”.

La dictadura de los algoritmos

Pues sí. Seguramente estamos viviendo una situación muy paradójica: tenemos la mayor oferta informativa de la historia de la humanidad, pero al final sólo leemos aquello que consolida nuestra visión social, política y económica, aquello que constituye nuestra zona de confort y que no es más que una burbuja endogámica.

Así, las redes y el gran hermano de Google terminan teniendo un efecto placebo sobre nuestras mentes a cambio de hurtarnos el debate de ideas más o menos contrapuestas que, se supone, permite mejorar las sociedades y fortalecer sus usos democráticos.

Se trataría de una suerte de dictadura del algoritmo al que nos estaríamos sumando alegremente sin reflexionar ni por un segundo sobre el hecho de que ahora no somos más libres a la hora de decidir qué consumimos sino que, en realidad, lo que hacemos es leer y ver lo que deciden los ingenieros de Google o de Facebook con sus fórmulas matemáticas.

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El periodismo homeopático

Pura homeopatía para una sociedad que podría caminar hacia ese pensamiento único mediático sin darse ni cuenta de lo que le está pasando.

Y todo esto, en un contexto de ‘hooliganización’ de la opinión pública en el que se asiste a discusiones en los medios generalistas que tienen más que ver con el espectáculo, con el show y con la propaganda que con la información y el análisis.

No voy a entrar en visiones distópicas sobre el futuro que nos espera, pero pensad en lo que ya tenemos: una parte importante de la opinión pública sólo consume lo que ve en sus muros sociales sin importarles si lo que están leyendo es una noticia comprobada o es una noticia falsa y, de otro lado, una parte importante de los medios generalistas se dedica a practicar la viralidad más sensacionalista, en detrimento de la calidad de su producto, para buscar los ingresos publicitarios necesarios para seguir sobreviviendo.

La sociedad del espectáculo le está ganando la partida a la sociedad de la información. Y quien pierde no son los medios; quienes pierden son los ciudadanos.

¿Cómo cambiar esta dinámica? No desde luego abandonando las redes sociales, sino aprovechando sus grandísimas potencialidades para apostar por productos de calidad que enriquezcan el debate y lo alejen del amarillismo histérico y compulsivo y de las mentiras fabricadas que estamos soportando.

Se trata, como he dicho en otras ocasiones, de una toma de conciencia clara: los culpables de que haya tanta toxicidad informativa no son las redes sociales como Facebook o motores de búsqueda como Google.

Los culpables son (somos) los ciudadanos, a quienes nadie nos pone una pistola en la cabeza para que achiquemos nuestros cerebros y nos dediquemos a leer sólo a quienes opinan como nosotros y a desterrar, de nutre gritos y aspavientos, a todo el que disienta.

 

Si de verdad caminamos hacia ese pensamiento único que denuncia Montero, la culpa es nuestra, así que sólo queda quejarse menos y comprometerse más con los productos de calidad enlazando artículos de calidad, debatiendo sobre ellos y, por cierto, pagando por ellos para que podamos disfrutar de un sistema informativo plural, honesto y sano. Toca ponerse en marcha. Y si no, ya sabéis lo que nos espera a todos…

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Cuando los Torquemadas se hacen con las redes sociales

Ya no nos gustan tanto las redes sociales. O mejor dicho, nos siguen enganchando, seguimos atrapados por la catarata de informaciones que nos ofrecen al instante, pero hemos descubierto su lado más oscuro y ya nos las miramos como si se tratara de eso tan inmaculado, tan cool y a la vez tan democrático a quien entregamos gran parte de nuestras horas de ocio (y unas cuantas de trabajo).

Sabíamos que las redes podían generarnos adicción, pero no imaginábamos que eran capaces de albergar tanta excrecencia mediática ni que sus gestores serían incapaces de establecer diques de contención para frenar el vertido. Y ahora ya no hay que imaginárselo. Basta con leer los contenidos de algunos de los hastag más populares para certificar que siempre se puede ir a peor.

Por supuesto que se puede filtrar lo que se lee en ellas, pero ni aun así nos libramos del ambiente crispado y asfixiante. Podemos depurar la lista de amigos para sanear el timeline o los muros de Facebook, confeccionar listas especializadas y huir de los hiperventilados, pero sabemos que los justicieros, los ultraindignados y los trolls vocacionales siempre se buscan una rendija por la que asomarse. Y la encuentran.

Los demagogos digitales se multiplican

No tengo datos para comparar y dar cifras fehacientes, pero creo que no hemos visto en años una concentración tan grande de demagogos digitales, populistas de sofá de todo pelaje ideológico dedicados con la entrega ciega de los fanáticos a la nueva religión de las infamias a granel. Ahora nos queda por saber si se trata del sarampión de un adolescente al que todavía le queda mucho por madurar o si lo que de verdad pasa es estamos ante un problema que puede ser fatal para la propia existencia de algunas de estas redes sociales. A mi juicio, se trata de lo primero, pero como algunas redes se descuiden, puede ser lo segundo. Nada es para siempre. Y todos tenemos a mano ejemplos de marcas que lo eran todo y de las que ya casi nadie se acuerda.

La Santa Inquisición de las redes

Twitter y Facebook, como principales exponentes de este nuevo escenario, son conscientes del problema, pero también demuestran que no son infalibles: han construido plazas sociales que están transformando la conversación global de la sociedad, pero no tienen ni la más remota idea de cómo luchar contra los bulos y las inmundicias. Y, entretanto, el ambiente de enrarece aún más y más, las redes se ponen el traje de la Santa Inquisición y asistimos a los linchamientos diarios de quienes discrepan o, simplemente, no comparten nuestras mismas trincheras ideológicas.

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Tengo curiosidad por ver cómo acabará este fenómeno, pero me barrunto que, como siga por estos despeñaderos mentales, unos cuantos terminarán por abandonar estas tierras y emigrarán a otras redes sociales menos agresivas y más especializadas en las que se sientan más cómodos, tal vez hasta a redes de pago, siguiendo la estela de las plataformas televisivas a las que huyen los que antes sólo veían las cadenas generalista. Y, por cierto, me reafirmo en lo que llevo diciendo hace ya un tiempo: la conversión de las redes sociales en un basurero se ha convertido en el mejor aliado de quienes defienden la necesidad de medios de comunicación creíbles, serios y comprometidos con unos determinados estándares de calidad.

Pidiendo refugio en los medios

Seguro que muchos de vosotros habéis llegado a la misma conclusión a la que pueda llegar cualquier adicto a la información: después de haber despotricado tanto de ellos, ahora lo que entran es ganas de pedir asilo mediático en un periódico.

Después de escuchar con qué naturalidad se repudiaba a los periódicos tildándolos de máquinas de mentir cuyo final nos importaba un bledo, ahora observamos con cierto asombro cómo vuelven a considerarse una especie de último refugio a salvo del aluvión incesante de noticias falsas, juicios tabernarios y bulos de medio pelo que ha inundado nuestras cuentas sociales de Twitter y Facebook y nuestros grupos de whatsapp, reconvertidos en juzgados populares donde algunos sentencian con la vehemencia de un Torquemada posmoderno. Así que volvemos al punto de partida: los periódicos, como bálsamo frente a la impostura social de las redes. Y en ésas seguimos.

El Post y la nostalgia por un periodismo…que no ha desaparecido

No he visto aún Los archivos del Pentágono (The Post, en su versión original), la película de Spielberg sobre el Washington Post, pero sí he leído algunos comentarios de periodistas en los que se percibe la añoranza de épocas pasadas e idealizadas que se contraponen con el periodo actual, supuestamente marcado por la derrota del periodismo ante no sé cuántas fuerzas del mal.

Sobre la película y los hechos que narra, poco puedo decir más allá de recomendar la lectura de un par de libros imprescindibles para quienes amamos este oficio: La vida de un periodista, de Ben Bradlee, y Una historia personal, la autobiografía de la editora del Post Katharine Graham. Es difícil leerlos y no terminar queriendo dedicarse al periodismo. Vaya lecciones de honestidad y de compromiso con un oficio tan adictivo como el nuestro.

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Katharine Graham, la mítica editora del The Washington Post, y quien fuera también director del periódico durante la cobertura del caso de los papeles del Pentágono, Ben Bradlee.

Pero sí que me parece que hay que hacer algunas puntualizaciones sobre el presunto apocalipsis mediático que estamos soportando para no dejarnos llevar por el trazo grueso y el tremendismo.

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Como punto de partida, no les quito razón a quienes piensan que el periodismo vive inmerso en un agujero negro. El cambio en los hábitos de consumo de la información propiciado por el nuevo entorno digital ha devastado el engranaje industrial en el que nos hemos movido los periodistas desde poco después de que Gutenberg inventara la imprenta. Y eso se ha traducido en oleadas masivas de despidos, en la precarización del empleo y en un recorte de las expectativas laborales que son insoportables.

Si a tal paisaje le añadimos que la debilidad de la industria, y lo que eso ha generado en la proliferación de prácticas muy poco profesionales (y no sólo hablo de las noticias falsas), se ha llevado también por delante el prestigio social del periodista, pues poco más se puede comentar.

No os dejéis llevar por el pesimismo

Pero creo que nos equivocamos si analizamos esta situación dejándonos llevar por la melancolía, el escepticismo o la desazón. Seguramente no sea mejor momento para motivar a quienes quieran ser periodistas, pero eso no significa que sea un mal momento para hacer periodismo.

Salvo que nos queramos poner catastróficos, todos los días podemos ver, leer y escuchar buenos ejemplos de periodismo en los medios de comunicación tradicionales y en los que han nacido en el nuevo entorno, Hay mucha más basura que antes, pero si se sabe buscar, también hay muchísimas más posibilidades de encontrar buenas piezas periodísticas. Todo se multiplica de forma exponencial. Basta con disponer de una buena conexión a internet. 

En ese sentido, no me gustaría que nos quedáramos con la idea de que el periodismo que se ve en la película sea ya una parte de la historia que jamás volverá. Por muy mal que esté todo (y lo está), el periodismo no es un oficio en vías de extinción, sino en vías de transformación, que es muy distinto.

Lo que toca es comprometerse

Por eso, lo que más me interesa es el debate que puede generar esta película en torno a la función social del periodismo como contrapeso de los poderes políticos, económicos y sociales y a la necesidad de que los ciudadanos tomen conciencia de que, si quieren sociedades democráticas fuertes, con instituciones sólidas, también necesitan comprometerse sin postureo alguno con los medios de comunicación de esa sociedad. 

Y eso, reitero, implica no quedarse anclado en el discurso de decir que todos los periodistas somos unos malvados y unos vendidos o limitarse a solidarizarse con quienes  pierden sus puestos de trabajo, sino que nos debería llevar a un paso más, a algo en realidad tan sencillo como reconocer que si queremos medios fuertes, tendremos que pagar por ellos. 

En eso nos puede ayudar una película así, en recordarle una vez más al gran público que el periodismo, el buen periodismo, sólo puede sobrevivir, ahora que la publicidad se hunde, si hay alguien que lo paga y ese alguien no esconde intenciones que tiene muy poco que ver con el derecho a una infomación veraz y honesta.

Toca mojarse como ciudadanos. Y si no, entonces sí que podrá decirse que corren tiempos peores para los periodistas…y también para el periodismo.

P.D. (I). Merece muchísimo la pena leer este artículo del periodista Vicente Lozano, a quien la película le ha permitido recordar la importancia de tener empresas periodísticas fuertes si se quiere hacer el mejor periodismo. Muy interesante.

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Y P.D. (II) Decía al principio de este artículo que todavía no había visto la película. Bueno, tal vez lo haga, pero reconozco que, pese a mi afición peliculera, apenas piso ya las salas de cine. Ahora lo consumo en casa a través de una plataforma de contenidos a la que pago una cantidad asequible y que me permite disfrutar de una cartelera amplísima en la pantalla de nuestra televisión familiar con el resultado de que ahora veo más películas que antes. 

Algo que nos está pasando a casi todos con las películas y las series y que también puede valer para el periodismo. ¿O no nos hemos dado cuenta de que a, pesar de nuestra fuga de los quioscos, hoy en día se consume muchísimo más periodismo que cuando nuestra oferta de contenidos era tan escasa? Todo cambia. Y ante el cambio, no cabe otra que adaptarse para sobrevivir. Y eso vale para cualquier sector. Por supuesto, también para el periodismo.

A las noticias falsas no se las combate sólo con leyes

En las últimas semanas hemos escuchado voces en España y en Francia en favor de la aprobación de nuevas leyes destinadas a luchar contra la distribución de todas esas noticias falsas que pueblan las redes sociales, los grupos de whatsapp y también las propios portales de los medios de comunicación. Sí, la respuesta de siempre: como no sabemos muy bien cómo luchar contra los desafíos de internet, digo que voy a hacer una ley y a ver cómo salimos.

En este caso de las noticias falsas, es comprensible el intento de ponerle coto legal a una práctica que es capaz de saltarse todas las reglas del juego de las sociedades democráticas y de influir perniciosamente en las opiniones públicas de esas mismas sociedades y hasta en los resultados de las consultas electorales que se celebran en las democracias liberales en las que vivimos.

Pero convendría identificar con más claridad a qué fenómenos nos enfrentamos antes de dejarnos llevar por esa mala costumbre de pensar que la mejor manera de atajar un problema es siempre la de legislar específicamente contra la práctica que queremos combatir. 

Podemos distinguir dos tipos de noticias falsas: en primer lugar, aquéllas que se producen de modo industrial, con intereses políticos bien definidos estratégicamente y con una distribución planificada para lograr un impacto en la opinión pública (ejemplo: las campañas supuestamente emprendidas por el gobierno ruso de Putin para influir en la campaña electoral estadounidense) y, en segundo lugar, aquéllas destinadas simplemente a engordar el tráfico de determinadas webs de medios que ganan dinero fabricando estas noticias falsas y bulos.

No es lo mismo querer desestabilizar Occidente que ganar dinero a base de publicar infamias y patrañas.

En el primero de los casos, es evidente que se trata de un problema que trasciende de la industria del periodismo y la comunicación, que se adentra en el terreno de la guerra  de propaganda y contrapropaganda propio de los Estados modernos y que, en consecuencia, necesita de herramientas para combatirlas que van mucho más allá de una ley ‘anti-fake’ que sería simple papel mojado antes de ser publicada en los boletines oficiales.  Ante las amenazas que se ciernen, pensar que se puede luchar contra ellas proponiendo una ley suena, como mínimo, pueril y pastoril.

Y en cuanto al segundo, tampoco se intuye precisamente eficaz en un ámbito como el de internet, en el que es tan fácil esquivar legislaciones que se antojan decimonónicas.

¿De verdad alguien se piensa que quienes ganan tanto dinero fabricando noticias falsas se van a asustar porque uno o dos gobiernos europeos anuncien que van a legislar contra ellos? Os hago una predicción: si finalmente sale adelante alguna ley específica contra las noticias falsas, antes de que se promulgue ya se habrán abierto las vías para sortearla. Y, por cierto, si lo que se publica en esas noticias pudiera ser delictivo, para eso ya tenemos códigos penales que pueden aplicarse, ¿no? 

¿Cómo luchar, pues, contra estas noticias falsas? Pues, mirad, no lo sé, pero llevo tiempo pensando que la única manera es informarse sólo con aquellas marcas periodísticas que sean lo suficientemente creíbles como para que confiemos en ellas y, por el contrario, por creerse muy poco o casi nada de lo que nos llegue a través de los grupos masivos de whatsapp o de algunas páginas de Facebook (por desgracia, ya reconvertida en el mayor vertedero de informaciones manipuladas de la historia de la humanidad) cuya podredumbre huele de lejos. 

En definitiva, que nos comportemos como ciudadanos mínimamente críticos y no como consumidores dispuestos a creernos sin dudar las burradas más siderales que nos podamos imaginar. 

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Scientific American

Para que este negocio funcione, tiene que haber un público amplio dispuesto a tragarse con lo que sea con tal de que satisfaga su manera de ver y entender el mundo. Ese público existe y seguirá existiendo, con lo cual habrá que acostumbrarse a convivir cada vez más con este fenómeno mediático. Pero siempre habrá un lugar donde refugiarse de tantas toneladas de inmundicia, y ese lugar, con sus imperfecciones, maldades y defectos, es el de los medios de comunicación que siguen basando sus modelos editoriales y de negocio en la capacidad de generar la confianza de que lo que ellos venden no es mercancía caducada. 

Ah, y la lucha contra los Fake rusos y similares, dejémosla para otras instancias que no son precisamente las del periodismo. 

Si quieres una prensa fuerte, comprométete

Unas cuantas certezas entre tanta incertidumbre. El modelo tradicional de negocio del periodismo está roto. Los lectores se mudan a las redes sociales y encuentran en los motores de búsqueda las noticias que les faltan. La publicidad va tras ellos y abandona a los medios a su suerte. Y tanto los lectores que se quedan en los soportes tradicionales como aquellos que sólo picotean aquello que encuentran en sus muros se abonan a la gratuidad: ¿para qué entonces pagar si casi todo lo que queremos lo tenemos gratis y al instante?

Exploramos y exploramos en busca de nuevas vías de ingresos para sostener el negocio del periodismo, pero los resultados son los que son. A día de hoy, esto de vivir del periodismo se está haciendo más y más difícil y nos está costando encontrar el santo grial de los beneficios mucho más de lo que nos podíamos imaginar hasta los más optimistas.

Sabíamos que iba a haber muchos fracasos a la hora de encontrar un modelo que dé beneficios para sostener una empresa periodística. Pero seguramente no nos esperábamos que fueran tantos y tan variados. Hay casos de éxito, que siempre son aquellos que han sabido entender los nuevos lenguajes de entender y los nuevos modos de distribuir y consumir las noticias. Pero no son tantos como esperábamos y, como cualquier otra organización periodística, también se ven amenazados por el huracán nivel cinco de Facebook y Google. 

Nadie está libre de ser arrasado por las grandes plataformas. Ya sea grande, mediano o pequeño. Nacional, internacional, regional o local. De izquierdas o de derechas. Del Madrid o del Barça. Sólo aguantan los más flexibles. Y, a veces, ya hemos visto que ni eso. 

¿Qué pasará entonces cuando, como parece, se seque dramáticamente el caladero tradicional de los medios de la publicidad?

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Como no estoy dispuesto a apuntarme a los vaticinios apocalípticos, os aventuro que, más allá de la caída y reconversión de algunas grandes organizaciones, seguro que también saldrán nuevos medios capaces de equilibrar ingresos y gastos mientras hacen periodismo.

Pero lo que ya no tengo tan claro es que esos medios tengan el músculo financiero y editorial necesario para convertirlos en actores capaces de ejercer su papel de contrapoder de los poderes polítios, económicos y sociales y, en segundo lugar, capaces de hacer de contrapeso de quienes hacen de la desinformación y de la propaganda más torticera un medio para el logro de sus objetivos y, en el caso de las informaciones falsas, hasta un medio de vida y un modelo de negocio exitoso.

Los medios han sido en la era moderna un contrapoder, un rasgo de modernidad. Pero nadie nos garantiza que puedan seguir siéndolo a medio y largo plazo. Y si eso ocurre, el problema no será de esos medios de comunicación sino de la sociedad en general, pues perderá la posibilidad de fiscalizar a sus poderes públicos (y privados) y verá cómo se empobrece el nivel de su debate público. 

Y no hablo de un futuro a largo plazo sino del presente. Mirad, por ejemplo, en aquellos lugares donde los medios son débiles o directamente han desaparecido y no han sido reemplazados por oros. Hablo de pequeñas localidades, comarcas, provincias o regiones donde ya no hay periódicos y apenas queda alguna emisora de radio o televisión que se hace literalmente entre tres o cuatro entusiastas.

Allí, quien quiera criticar o rebatir una decisión política, puede hacerlo si le apetece en una cuenta de Facebook o de Twitter, pero ahí termina la posibilidad de controlar a quien manda. No hay medios que fiscalicen a quien manda y, en consecuencia, los controles se resquebrajan.

No voy a decir ahora eso tan pomposo de que sin periodismo no hay democracia, pero tened claro que una sociedad con medios débiles tiene más papeletas para dejarse llevar por los totalitarismos, los populismos y por las corruptelas que una que cuente con organizaciones periodísticas sólidas y creíbles.Y, por desgracia, nadie nos garantiza que no estemos más cerca de lo primero que de lo segundo.

Así que no lo olvidemos. Los periodistas somos los primeros interesados en buscar salidas para esta crisis, pero lo de mantener un buen ecosistema de la información no es un problema que sólo nos concierna a los periodistas, sino que corresponde a la gran mayoría de los ciudadanos.

Esto no va de salvar a unos cuantos periódicos de la quiebra, esto va de que una democracia necesita de unos medios fuertes para seguir siendo eso, una democracia. Y eso no puede ser sólo tarea de unos cuantos. Así que ya sabéis, si queréis una prensa fuerte, toca comprometerse de alguna manera. Es lo que hay.

Un cortafuegos para el cuñadismo extremo de los bulos de Doñana

Foto de eldiario.es

Por razones de trabajo, he seguido casi todo lo que se ha dicho y escrito sobre el incendio desatado en el entorno del Parque Nacional de Doñana que ha arrasado 8.486 hectáreas en parajes de alto valor de una zona comprendida entre Moguer, Mazagón y Matalascañas, en la provincia de Huelva, en el sur de España.

El fuego ha concitado una atención extraordinaria por su cercanía a una de las reservas naturales más valiosas del continente europeo y ha servido para comprobar un par de cuestiones: la primera es que, en líneas generales, los medios de comunicación siguen teniendo un papel relevante a la hora de trasladar con rigor, en sus soportes y en sus redes sociales, la información de servicio que se requiere en situaciones tan extremas como las que se ha vivido en la zona afectada; y la segunda es que es muy difícil luchar contra los bulos, pero que también se pueden organizar cortafuegos para que estos bulos y leyendas urbanas no terminen por arraigarse y crecer como monstruos en cuestión de minutos o de horas.

Me detendré en este segundo punto. No pasaron ni horas de que se desatase el fuego y ya empezaron a circular por las redes unos cuantos bulos inflamables que parecían imposibles de controlar. Y en concreto, había uno que resumía todas las teorías conspiranoicas y que se extendía de una forma inusitada por las autopistas de Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp. Leedlo con atención:

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Os reconozco mi fascinación con este mensaje. Quien lo ha escrito es un intoxicador capaz de urdir en segundos toda una trama conspiranoica sin fundamento alguno para el deleite de los consumidores de leyendas urbanas fabricadas para su distribución en las cadenas de whatsapp y similares.

La teoría es delirante. Un ejercicio de cuñadismo extremo. Pero no os os creáis que se quedó entre las cuatro paredes de los conspiranoicos que estuviera de guardia ese fin de semana. Este mensaje caló tanto que en muy pocas horas se organizó hasta una recogida de firmas en Change.org para que la Junta reforeste Doñana e impida las recalificaciones que, al día en que escribo estas líneas, lleva casi trescientas mil firmas.

Algunos medios escribieron artículos muy interesantes desmontando estas teorías tan delirantes (os paso por aquí las de El Confidencial y las del portal Verne, de El País), pero el bulo sigue. Y tengo la sensación de que ni se ha apagado ni va a terminar de apagarse nunca. Y en este caso, no por responsabilidad de quien lo propaga, sino de quienes son capaces de tragarse cualquier bulo o difamación con tal de reafirmarse en sus convicciones truculentas.

Seguramente todos conocemos gente que ha propagado estos bulos desde la buena fe, pero también conocemos a transmisores de infamias que saben perfectamente que se trata de mentiras siderales y, aun así, las siguen propagando.

Y eso pasa porque todo esto que conocemos como posverdad (las patrañas, bulos y mentiras de toda la vida) no son patrimonio de algunos políticos y periodistas, sino que también son frecuentemente usados por muchos ciudadanos que anteponen su activismo a la verdad y que, en consecuencia, aplican eso tan cínico de no dejar que la realidad les estropee un buen titular o un buen tuit.

Foto tomada de El Confidencial
Foto tomada de El Confidencial

No pasa nada por reconocerlo. Algunos guardianes de la pureza democrática que ejercen en las redes sociales se hinchan de proferir proclamas tan denagógicas como alejadas de la verdad. Y os puedo asegurar que les importa más bien poco que lo que digan sea o no sea mentira ni el daño que hagan con sus delirios. Lo que importa es que sus discursos prendan. Y cuanto más, mejor. Y ante eso, poco se puede hacer más que seguir confiando en quienes se lo merecen (tanto en los soportes tradicionales como en las redes) y seguir poniendo cortafuegos para las mentiras mediante la transparencia y el rigor. No hay otra.

 

P.D. Al inicio del artículo os decía que he seguido con intensidad las incidencias del incendio por motivos de trabajo. Aprovecho para explicaros: desde hace un par de semanas, ejerzo como portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía. Un reto del que me siento muy orgulloso y que me tiene lo suficientemente ocupado como para dedicarle menos tiempo a alimentar este blog y el grupo sobre periodismo que monté en Facebook. Quiero seguir escribiendo sobre este oficio y esta industria que tanto quiero, pero si veis que escribo menos, ya sabéis porqué. Un abrazo para todos.

Los hooligans invaden el periodismo deportivo

Ronaldo y Messi

El periodista y profesor universitario José Luis Rojas ha hecho hincapié este pasado fin de semana en un hecho bastante llamativo: el diferente tratamiento que le han dispensado los grandes periódicos deportivos de España a las finales de la Copa de Europa de fútbol jugadas por el Barcelona (2015) y el Real Madrid (2017) frente a la Juventus. Así, en un fotomontaje, contraponía lo que publicaban en las visperas el Marca y los dos grandes diarios de la Ciudad Condal, Sport y Mundo Deportivo. En el primero de los casos, el diario deportivo de Madrid titulaba con una foto a toda página de Messi y un titular en el que aventuraba lo obvio: que la estrella argentina podría ser la clave de esa final. Y en el segundo de los casos, los dos periódicos catalanes se sumaban a la fiebre transalpina y jaleaban como tifosis al equipo turinés.

No voy a entrar a comparar una y otras portadas y en el sesgo de cada una de ellas, pero sí que voy a poner el acento en lo que representan: una vuelta de tuerca más en el fenómeno de hooliganización que está viviendo el periodismo deportivo en España (y también, porqué no decirlo, el propio periodismo político, cada vez más hundido en una guerra de trincheras ideológicas en la que muchos periodistas se reconvierten en militantes de las causas de sus diarios y en la que la primera víctima es la credibilidad).

Después de ver estas portadas y algunos otros comportamientos propios del periodismo ultra (y aquí caen casi todos, no sólo los dos grandes periódicos de Barcelona), cabe preguntarse es en qué momento algunos periódicos deportivos y algunos canales, sobre todo de televisión, terminaron convirtiéndose en algo similar a un medio oficial de club y, en los peores casos, en panfletos alejadísimos del periodismo deportivo donde sólo parecen escribir exaltados y hasta payasos mediáticos dispuestos a prender todas las mechas que tengan a mano en defensa de las causas más bélicas del lugar.

Es legítimo que los periódicos muestren cercanía con un club y que empleen un lenguaje en el que se apele a las emociones, a la épica y a la pasión (de las mejores crónicas que he leído nunca, una parte importante han sido piezas deportivas). Y es comprensible también que en ocasiones se confunda hacer periodismo con dar espectáculo, sobre todo en la televisión. Pero no hay ningún manual de estilo que obligue a los medios a comportarse como las barras bravas de los clubes argentinos ni a tratar a sus lectores, oyentes o telespectadores como a exaltados cuyas pasiones hay que exarcebar para poder hacerse un hueco.

El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo 'El chiringuito'.
El ex portero Gatti intenta agredir a Cristóbal Soria en una emisión en directo del programa deportivo ‘El chiringuito’.

No sé si será porque la crisis aprieta, porque hay más competencia o porque se juega mucho dinero en torno al espectáculo del fútbol, pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, un sector de la información deportiva de este país ha sido tomado por los hooligans periodísticos, quienes han impuesto la ley de que gana el que más grita y el que más rebuzna.

Tal vez por eso, tantos aficionados empezamos a refugiarnos en otro tipo de programas y medios de información deportiva que han apostado por no subir los decibelios, por no practicar el forofismo fanático y, lo que es más importante, por intentar hablar o escribir de fútbol haciendo lo de siempre, haciendo periodismo, que ya es suficiente tarea.

El bucle más tóxico del periodismo

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Llevo tiempo insistiendo en que el periodismo no está en crisis, sino que lo que está en crisis es el modelo de negocio sobre el que ha pivotado la industria de la información en las últimas décadas. Sigo pensando en los mismos términos, pero con una diferencia sustancial: es innegable que a la crisis en el modelo de negocio hay que sumarle una crisis alarmante en el modelo editorial a la que también hay que enfrentarse para salir vivos de la escabechina que están soportando gran parte de los medios de comunicación del planeta.

La agonía provocada por las dificultades en la búsqueda de modelos que permitan seguir financiando el periodismo ha provocado que nos hayamos centrado mucho más en el negocio que en el periodismo, en cómo hacer dinero con el periodismo y no en hacer periodismo.Y esto, al final, está permitiendo mejorar algunas cuentas de resultados, pero también está teniendo consecuencias nefastas en un negocio que se basa en la credibilidad del que da noticias y las distribuye.

Cualquier directivo de una empresa de comunicación en crisis lo puede atestiguar: la obsesión es cómo ganar dinero para que el medio no muera de inanición. Y así, esos mismos directivos que deberían de estar pensando en nuevos modelos editoriales que sustituyan a los antiguos y en cómo sortear los nuevos desafíos éticos y periodísticos de la profesión se ven obligados a hacer de invitados en un reality para supervivientes, a centrarse en sacar como sea unos cuantos euros al anunciante de turno, convirtiéndose en una especie de multiusos que lo mismo ejerce de periodista que de comercial o de gerente. Es lo normal cuando el dinero de la publicidad y de las ventas no dan para pagar las nóminas de una redacción ni para encender el interruptor de la luz. Pero tiene su lado oscuro y lo tenemos que asumir.

Ahora ya no sólo asistimos al desafío de encontrar nuevos ingresos en una industria marcada por la gratuidad de los contenidos, la pérdida del papel de mediadores en favor de las redes sociales, la entrada de elefantes como Google y Facebook en el negocio de la publicidad que antes pertenecía casi en monopolio a los medios de comunicación o el mismo impacto que va a tener desde ya la implantación masiva de bloqueadores de publicidad en los dispositivos móviles en los que consumimos mayoritariamente la información.

Ahora tambien estamos teniendo un gravísimo problema editorial, de credibilidad y de confianza, fruto de diversas causas como, por ejemplo, la constatación de que la posverdad es un buen negocio, de que la saturación informativa puede terminar creando ciudadanos incapaces de ir más allá de los titulares que leen en Twitter o en Facebook y de que a veces confundimos la información con el espectáculo.

El resultado de todo eso es que muchos de nuestros lectores, oyentes y espectadores ya no confían en nosotros ni aunque les pongan una pistola en la cabeza. Y eso no es un problema de modelo de negocio, sino de modelo editorial y de valores y principios.

A ningún medio se le obliga por decreto a practicar el sensacionalismo, a caer en espectáculos burdos y zafios en busca del click o en utilizar las mentiras y las intoxicaciones como si se trataran de un género periodístico más. No vale esconderse en que “eso es lo que pide la gente” porque en ese caso todavía podríamos estar linchando herejes en las plazas públicas (bueno, en realidad se sigue haciendo, pero en vez de utilizar guillotinas, se usan algunas cuentas de Twitter, pero ésa es otra historia).

Y aquí insisto en una de mis últimas fijaciones periodísticas: la necesidad de pensar que la calidad en el periodismo puede ser una herramienta magnífica para diferenciarse entre tanta basura mediática y debe servir para restablecer el contrato de confianza con los lectores que, a medio o largo plazo, permita encontrar nuevas vías de ingresos.

La apuesta por la calidad es la única vía que se me ocurre para abandonar el bucle tóxico en el que estamos metidos y sustituirlo por un bucle benigno donde la calidad llevara a los ingresos. Una apuesta difícilisima en un mercado donde la publicidad se vende como si fueran melocotones de una frutería, pero  necesaria, sobre todo si seguimos pensando que en el periodismo, por ahora, no vale todo o casi todo.

Nuestra vida por un ‘like’

Ilustración tomada de la web 'La Wikia de Pokéfanon'.

He participado en el Hangouts de Periodismo que dirige el periodista colombiano Mauricio Jaramillo. Una hora de conversación sobre un asunto que nos afecta como periodistas lo queramos o no: el impacto de Google y de Facebook en los medios de comunicación y su relación, casi de amor-odio. Ambos coincidimos en que hay que adaptarse a la realidad de un ecosistema en el que tanto Google como Facebook y otras redes sociales se han convertido en los escenarios donde acuden los ciudadanos a informarse y que, en consecuencia, los medios están obligados a aprovechar estas herramientas para distribuir sus contenidos y acercarse a su audiencia. Ahora bien, con un matiz: los medios tienen que aprovecharse de Google y de Facebook, pero cuidando en no caer en una dependencia absoluta de estas plataformas.

La advertencia no es menor: Google y Facebook pueden ser ‘adictivos’ para un medio, pues le pueden garantizar la audiencia necesaria para rentabilizar u producto, pero, a cambio, tiene dos desventajas evidentes: 1. No fomenta las audiencias fieles y comprometidas y, por tanto, no crea una comunidad que se aglutine en torno a la marca. Y 2. Pone a los medios en una situación de debilidad estructural, pues los somete a la dictadura de los algoritmos de ambas empresas.

¿Consecuencia? Los medios ya no son sólo esclavos del SEO, ahora también son esclavos de la viralidad. Damos nuestra vida por un like o por un artículo compartido. Y caemos en las tentaciones del click fácil, de las emociones que sustituyen a las reflexiones, de las posverdades como modelo de negocio y del griterío que aplasta al pensamiento crítico. Un bucle tóxico que nos atrapa, desangrando la credibilidad y poniendo bajo sospecha los productos informativos ante una ciudadanía que desconfía más y más.

Como soy un optimista antropológico, sí veo algo bueno en todo esto: cuanta más basura mediática, más crecerá el valor de las acciones de los medios que apuesta por la calidad como un ‘valor refugio’ de seriedad y credibilidad, tan necesario ahora que las patrañas han invadido el paisaje mediático de una sociedad que, cada día más, ha terminado por aceptar que la información es una rama más del entretenimiento y que todo, absolutamente todo, puede servir para darle espectáculo a los lectores, oyentes y espectadores.

Si os interesa y tenéis tiempo (dura algo más de una hora), os dejo por aquí la charla.

Tres ideas y una conclusión sobre la libertad de prensa en España

pixabay.com

El debate sobre la libertad de prensa en España corre el peligro de perderse en un popurrí de ideas tópicas y pobretonas que nos alejan de un diagnóstico más o menos razonable sobre su estado. Escuchamos demasiados mensajes apocalípticos sobre la libertad de prensa y, como postre, soltamos conclusiones tremendas que se acompasan bien poco con la realidad.

Sobre este particular, merecen destacarse tres ideas:

En primer lugar, si lo comparamos con otros países, el estado de nuestra libertad de prensa no es tan negativo. No es idílico, pero tampoco tan terrible como en otros lugares. Aquí no hay detenciones ni asesinatos de periodistas y el periodismo no es una profesión de riesgo. Lo que acabo de decir es una obviedad, lo sé; pero conviene recordarlo cuando leemos sentencias tan exageradas y simplonas sobre el estado de nuestra libertad de prensa que normalmente se emiten desde la comodidad de un sofá o la silla de una redacción. Pregúntenle, por ejemplo, a los periodistas de Venezuela, de México o de Rusia y sabrán lo que es de verdad trabajar en una profesión peligrosa donde un periodista se puede jugar literalmente la vida por ejercer su profesión.

En segundo lugar, lo que ocurre en España, como en otros países de nuestro entorno, es otra cosa. Preocupante, pero nada que ver con lo anterior. Aquí, nuestros males, que son graves, vienen por otros caminos. La corrupción, el clientelismo, la utilización torticera de los medios como canales de presión en favor de determinados intereses, la baja calidad general de los contenidos periodísticos, la banalización de la información reconvertida en espectáculo para masas cada vez más acríticas, la proliferación de las noticias falsas y el activismo demagógico de algunos periodistas y medios han terminado por causar confusión y un descrédito cada vez mayor del periodismo y de los periodistas.

Todas las crisis contienen sus oportunidades. Y ésta también. La credibilidad bajo cero de los medios de comunicación abre la oportunidad a quienes quieran trabajar en proyectos periodísticos de largo aliento en los que se haga una apuesta por la calidad como fórmula más o menos razonable para seguir adelante, es decir, que se alejen de esta carrera alocada por los clicks tan  parecido al pan para hoy y hambre para mañana en el que se han embarcado la mayoría de los medios.

Pero aquí viene la tercera idea de este artículo: nada de esto último será posible sin la complicidad y la toma de conciencia de los ciudadanos. O, al menos, de esa parte de la ciudadanía que sea más consciente de que, si queremos tener una sociedad  que sea capaz de consolidar sus instituciones democráticas, necesitamos también un sistema de medios de comunicación públicos y privados que participen en el control de esos poderes y sean capaces de fortalecer el debate público mediante el análisis y la reflexión de los asuntos que nos conciernen a todos.

Menos activismo de salón y más compromiso real con nuestros medios

En demasiadas ocasiones, nos hartamos de reclamarle a los periodistas que sean valientes y ejerzan su profesión sin miedo a las presiones que se reciben en un oficio como éste, pero luego somos incapaces de pagar un solo euro por un periódico, somos alérgicos a las suscripciones a los medios y buscamos cualquier medio para evitar la publicidad con la que, hasta ahora y con permiso de Google y de las redes sociales, financian las informaciones que publican.

Cabe entonces preguntarse cuál es el verdadero compromiso que tenemos los ciudadanos con la libertad de prensa, entendida ésta como una pieza clave en el engranaje de cualquier sociedad democrática.  Podemos seguir vociferando contra todos los males que amenazan al periodismo y quejarnos de cómo los malos corrompen a los medios para fastidiar a los buenos, pero si nuestro compromiso cívico se limita a soltar en Twitter o en Facebook unas cuantas soflamas pomposas del estilo de que “sin periodismo no hay democracia” y luego somos incapaces de comprometernos de alguna manera con los medios que leemos y escuchamos, ya os digo que el futuro puede pintar más negro aún de lo que os pensáis.

No hay nada mejor para tener una prensa fuerte, de calidad y creíble que una sociedad que sea capaz de reconocerse en esa prensa y que esté dispuesta a luchar por ella para defenderla. Pero eso no se hace limpiando nuestras conciencias de activistas de salón detrás de un hastag más o menos incendiario o sentimental, sino financiando en la medida de nuestras posibilidades a quienes ejercen ese periodismo que tanto decimos defender.

Ah, y que no se me olvide una cosa más. Hace ya muchos años, cuando empecé a trabajar en la Cadena SER a principios de los noventa, le escuché a alguien decir que la mejor manera de que un medio de comunicación sea independiente es que tenga las cuentas saneadas. Qué razón tenía y qué razón sigue teniendo. Salvo excepciones, que siempre las hay, a mayor independencia económica, mayor independencia editorial. Eso es así. Y el que no lo quiera ver, que despierte.

Viviendo en una burbuja mediática

Ocurre siempre después de cada cita electoral. Miras los resultados y, si son contrarios a tus preferencias ideológicas, te asomas luego a tus redes sociales y observas cómo una parte de tu comunidad se indigna y se pregunta cómo es posible que la gente haya votado lo que haya votado cuando en Twitter todo el mundo piensa como ellos.

Es un ejemplo, pero hay muchos más de la burbuja política y mediática en la que vivimos. Pasa en todos lados, pero en España se recrudece esta tendencia, y si es en el periodismo, más todavía: estamos acostumbrándonos a leer, escuchar y ver sólo a aquellos medios de comunicación que confirman nuestra visión del mundo y de la sociedad y esta tendencia tribal a refugiarse en las ideas de los nuestros intensifica la polarización y la radicalización de los discursos que dominan la escena pública en un debate en el que la información ha empezado a ser sustituida por el activismo y el espectáculo de masas.

No es nuevo, pero sí llamativo. En la era previa a internet, la escasez de oferta (dos o tres televisiones, cuatro emisoras de radio y unos cuantos periódicos) tenía como consecuencia que los ciudadanos, a la hora de consumir información, tenían una visión más o menos sesgada o parcial de la realidad, pues sólo se asomaban a ella a través de los ojos de la única cabecera que consumían o de los únicos programas de radio y televisión que escuchaban y veían. Algunos sólo leían El País y escuchaban la Ser y otros apenas salían de las cuatro paredes del Abc y la Cope. Y era lo normal. Era la época en la que nos decían que para tener una mirada más plural de la actualidad había que leer al menos dos o tres periódicos al día, cosa que hacía sólo una minoría.

Llegó Internet y la oferta infinita de los medios y pensamos que había llegado el momento de confrontar todas las ideas en este parque temático de la información que eran las redes sociales, donde no había tiempo para leer todo lo que estaba a nuestro alcance.

Era el escenario perfecto para la pluralidad democrática en el consumo de los medios. Ya no había que gastarse un buen puñado de euros en comprar una pila diaria de periódicos para tener una mirada más amplia y panorámica de los asuntos públicos; bastaba con hacer una buena selección de contenidos en Twitter o en Facebook (yo, por ejemplo, me he hecho mis propias listas en Twitter con los temas que me interesan) y podías leer lo que quisieras y cuando quisieras. El paraíso para los adictos a la información, un vergel para quienes creen en las sociedades abiertas que respetan los derechos civiles de sus ciudadanos.

Ocurre, sin embargo, que, pese a la oportunidad que ya tenemos a nuestro alcance con sólo pagar nuestra factura por los megas de nuestra conexión, esta pluralidad no se manifiesta en el consumo de los contenidos. Seguimos leyendo a los nuestros.

Al contrario, con la eclosión de las redes sociales, hemos terminado por concentrarnos en guettos que orbitan alrededor de lo que opinan los líderes políticos, sociales, periodísticos y hasta humorísticos de nuestras tribus. Y el resultado es que sólo leemos y escuchamos aquello que se acerca a lo que pensamos y sentimos, restringiendo nuestra capacidad de entender al que no piensa como nosotros y, por extensión, nuestra propia capacidad de aceptar que el otro puede algo o mucha razón en lo que defiende.

Este achique de espacios tan endogámico, además, aporta las condiciones ambientales necesarias para que afloren las intoxicaciones, las mentiras y las medias verdades, utilizadas como combustible para la agitación. Todo vale contra un adversario reconvertido en enemigo al que hay que deshumanizar.

No pasa nada por reconocerlo. Preferimos ratificarnos en lo que pensamos que discutir honestamente nuestras convicciones y nuestros planteamientos. Es legítimo, pero asumamos que también es empobrecedor, pues achica nuestra visión crítica y anula la confrontación de las ideas, sustituyendo la discusión por una agitación histérica y agresiva en la que no vence el que convence, sino quien es capaz de soltar la frase más epatante, sin importar para nada si esa frase responde a una realidad comprobable o es una simple carcasa vacía para consumidores compulsivos de píldoras demagógicas.

 

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

Sobre Cassandra, Wyoming y la libertad de expresión

Cassandra, durante el juicio por enaltecimiento del terrorismo

Andan los ánimos revueltos en España por los supuestos ataques a la libertad de expresión que se estarían produciendo con fallos judiciales como el que ha condenado a una joven tuitera, Cassandra, a un año de prisión por publicar tuits donde se mofaba de una víctima del terrorismo, en su caso Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España en las postrimerías del régimen del dictador Francisco Franco que murió en 1973 por la explosión de un coche bomba que hizo saltar por los aires el coche en el que se desplazaba.

A la sentencia se suma ahora también la admisión a trámite de una denuncia presentada por una asociación franquista contra los humoristas y presentadores de televisión El gran Wyoming y Dani Mateo por un chiste sobre el Valle de los Caídos (un monumento bajo el que está enterrado Franco y que se construyó con el esfuerzo de los presos durante los primeros años de la Dictadura que soportó este país durante 36 años) que supuestamente habría ofendido los sentimientos religiosos de los católicos y podría encuadrarse como un delito de odio tipificado en el Código Penal.

En ambos casos, participo de la idea de que hay que defender la libertad de expresión en su más amplio sentido de la palabra y aunque nos duela o nos ofendan algunas manifestaciones. Y, como ocurre en el segundo de los casos expuestos, más si cabe si se ejerce en un programa de humor, como es el caso de Wyoming y Dani Mateo, cuyo chiste se emitió en el programa El Intermedio, que se emite de lunes a jueves en La Sexta TV. Denunciar a unos humoristas por ofender a alguien debería de estar muy limitado, así que esperemos que se archive la causa.

Ahora bien, cuidado con sacar de quicio estas cuestiones y con apuntarnos al tremendismo y las exageraciones. Quienes, al hilo de estos y algunos otros casos, sostienen que en España no hay libertad de expresión o que los jueces actúan como torquemadas de una nueva inquisición actúan con una frivolidad y un desahogo que está fuera de lugar.

¿Que hay problemas? Sí, pero no caigamos en el trazo grueso y facilón de los que ven conspiraciones a todas horas. Ni España es un país bananero donde la libertad de prensa está amenazada ni hay una involución democrática ni por supuesto la libertad de expresión es un derecho que se puede ejercer sin límite alguno.

Queda muy solemne decir que la libertad de expresión está siendo atacada en este país, pero de ahí a que sea verdad hay un trecho que no hay quien atraviese. Y, por cierto, lo que sí me parece de una frivolidad supina es que algunos vendan que España es esta especie de infierno en la tierra para los periodistas cuando vemos, a diario, que en otros países se viola sistemáticamente la libertad de expresión y los periodistas son represaliados, se juegan la vida por informar y son asesinados. ¿O si no, cómo calificáis, por poner un solo ejemplo, lo que está pasando en algunos estados de México?

Aunque sea por respeto a lo que sufren en algunas partes del mundo quienes quieren ejercer su libertad de expresión sin tener que convertirse en héroes cotidianos, deberíamos ser algo más equilibrados a la hora de hacer afirmaciones tan pomposas y grandilocuentes como carentes de rigor y de verdad. No, aunque a algunos os lo pueda parecer, la libertad de expresión en España no esta en peligro. No nos volvamos locos.

Cómo luchar contra la posverdad

He asistido a una charla de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la sede del Consejo Audiovisual de Andalucía en torno a la amenaza de la posverdad no sólo para el periodismo sino para el conjunto de valores sobre los que se han construido las sociedades abiertas y democráticas en las que vivimos. Gallego-Díaz es una periodista del diario El País que se ha ganado su sólido prestigio a base de trabajo, capacidad analítica y un respeto por la rigurosidad y la honestidad que sobresale todavía más ahora que el ecosistema informativo produce tantas cantidades de basura mediática.

Soledad Gallego-Díaz entiende que este fenómeno de la posverdad va más allá de  las intoxicaciones que siempre han existido y que son fruto de estrategias premeditadas de grupos que han construido verdaderas maquinarias industriales de fabricación de mentiras destinadas a sembrar dudas y confundir a la opinión pública para lograr sus objetivos políticos y periodísticos. Y una de las novedades estribaría en que este tipo de estrategias no se aplicaría ya sólo en regímenes totalitarios sino también en sistemas democráticos, como bien se prueba con el caso de Donald Trump.

Soledad Gallego-Díaz, en el Consejo Audiovisual de Andalucía. Foto: Laura León.
La presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucia, Emelina Fernández, acompaña a la periodista Soledad Gallego durante Los Dialogos organizados por el consejo en Sevilla, 22/3/2017. Foto/ Laura León

Muy poco que añadir a la radiografía de la situación. Comparto con Soledad Gallego-Díaz su idea de que la mejor manera de luchar desde nuestra posición modesta contra estos fenómenos es haciendo nuestro trabajo periodístico, el que nos corresponda, con rigurosidad y honestidad, pero no tanto con su idea de que no debemos de obsesionarnos con rebatir todas las mentiras que se publiquen y de que es mejor emplear las fuerzas en marcar la agenda pública con los temas que de verdad le pueden interesar a los ciudadanos.

Entiendo su argumento, pero soy más partidario de emplear todas las herramientas y energías posibles en combatir un virus que puede ser letal no sólo para el periodismo sino para el conjunto de las sociedades democráticas. Si se quiere, hasta practicando incluso una guerra de guerrillas, trinchera a trinchera, contra las mentiras y las infamias. Y no sólo en los medios, sino en las redes sociales y hasta en los canales de mensajería como el whatsapp, convertidos en pozos sin sin fondo ni filtros para la expansion masiva de bulos y noticias falsas que muchos ciudadanos asumen sin el menor sentido crítico.

Los medios de comunicación no tienen que emprender cruzada alguna, pero todos los que estamos en este negocio tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad en el tráfico de las mentiras, bien sea porque las podamos propagar o, como es el caso, porque terminemos aceptando estas mismas mentiras como animales de compañía y asumamos su difusión general como un mal menor con el que hay que aprender a convivir.Y algo hay que hacer para combatirlas más allá de hacer bien nuestro trabajo, que ya de por sí a veces no es fácil.

Internet y en particular las redes sociales son herramientas extraordinarias que han facilitado la desaparición de las barreras de entrada en el negocio periodístico y han democratizado la conversación social, pero también son el caldo de cultivo perfecto para la propagación de posverdades cancerígenas que erosionan la confianza y la credibilidad de todos. Mirar hacia otro lado es un ejercicio saludable (probad a ‘limpiar’ vuestras cuentas sociales de trolls y activistas desatados), pero eso no va a impedir que este problema de las noticias falsas vaya a más.

¿Significa eso que los medios tienen que habilitar una especie de brigadas de verificación como si pudiéramos erigir pomposamente en los guardianes de la verdad verdadera? No, no hay que exagerar, pero sí pienso que todos los que nos dedicamos al periodismo, en nuestros ámbitos particulares de atención, en nuestros medios, en nuestras redes y hasta en nuestros grupos particulares de whatsapp, tenemos un cierto deber: el de ayudar en la medida de nuestras posibilidades a desmontar la catarata de infamias, bulos y mentiras burdas que tanto daño hacen al periodismo y a la sociedad en la que vivimos.

¿Por qué no dejamos de rasgarnos las vestiduras con la publicidad de los periódicos?

Un anuncio publicitario de un teléfono móvil a página completa en las portadas de los diarios El País y El Mundo ha suscitado el tradicional rasgado de vestiduras en el gremio en el que se han mezclado lamentos por la supuesta degradación editorial de estos dos periódicos con ataques directos a lo que, también supuestamente, es un ejemplo palpable de cómo la prensa se ha rendido al capital y es esclava servil de intereses ajenos a los sagrados principios del periodismo.

Me parece que estamos exagerando un poco. El derrumbe del modelo tradicional de la prensa ha metido a las grandes cabeceras del periodismo en una crisis que los ha debilitado y precarizado hasta convertirlos en presas más o menos fáciles para los depredadores que siguen interesados en influir en la opinión pública a través de estos medios de comunicación. Pero de ahí a ver conspiraciones y demostraciones de servilismo por todos los rincones va todo un mundo que no hay porqué admitir. Entre otras razones, porque las acusaciones en este caso tienen poco o ningún fundamento.

Mirad, puedo entender que no os guste ver un anuncio publicitario a página completa en un periódico, pero es que resulta que los periódicos siguen viviendo todavía la publicidad. Yo he sido director de un periódico, El Correo de Andalucía, y os puedo asegurar que ojalá hubiese tenido el dilema de tener que aprobar la inserción de un anuncio en toda la portada. Bueno, os lo digo ya, hubiese dicho que sí al anuncio y al dinero que llegase con él salvo que atentase contra principios y valores irrenunciables, que no es precisamente el caso de un teléfono móvil.

De verdad, podemos ponernos todo lo estupendos que queramos, pero no nos confundamos: el problema de los periódicos no es que tengan que poner publicidad en sus portadas; el problema es el contrario, el problema es que apenas tienen publicidad y, encima, sus ventas van bajando y bajando.

Pongo este ejemplo mismo de hoy. Estoy convencido, y si me equivoco me corregís, que la mayoría de los que os estáis llevando las manos a la cabeza por este presunto sacrilegio no os habéis escandalizado cuando habéis ido al quiosco y habéis comprado un ejemplar de alguno de estos periódicos. No, lo más seguro es que os haya entrado el soponcio cuando hayáis visto la imagen al abrir vuestra cuenta de Facebook o cuando estábais echándole un vistazo a las últimas noticias en Twitter. Lo de comprar periódicos para permitir que sigan subsistiendo mejor lo dejamos para otro día.

No quiero reconvenir a nadie, pero sí poner un poco de contexto para acotar este caudal de indignación y honores mancillados. Si yo estuviera otra vez en un periódico, me gustaría que mi medio hiciera todo lo posible por hacer sostenible el negocio y lo último que haría sería ponerme exquisito porque a alguien se le ocurre poner un anuncio a página completa en la portada.

A mí me puede no gustar esta acción publicitaria, pero también me aburren, me cansan y me irritan las cascadas de anuncios que aparecen de repente en mi móvil cuando abro determinadas páginas de las ediciones digitales de los medios o cuando abro mis cuentas en las redes sociales, pero no por eso me comporto como si fuera un caballero medieval al que han mancillado su honor y tampoco por eso afirmo alegremente que los periódicos se han vendido a los malvados que utilizan a los periódicos como brazos armados para engañar y corromper a los ciudadanos.

Por alguna razón que se me escapa, de un tiempo a esta parte, la profesión también se nos está llenando de salvadores del periodismo que se dedican a dar lecciones de ética y decencia a cientos de profesionales que suficiente tienen con intentar hacer bien su trabajo en medio de tantas dificultades. Vamos a respetar a los compañeros, que tampoco es tan difícil.

Podemos y sus problemas con el periodismo

Pablo Iglesias. Podemos. Foto: web de El País.

La Asociación de la Prensa de Madrid ha recibido una petición de amparo de un grupo de periodistas por el supuesto acoso y presión que sufren a manos de altos cargos de Podemos. Y en vista de las pruebas documentales aportadas por estos compañeros, ha emitido una nota pública en la que exige a este partido político “que deje de una vez por todas la campaña sistematizada de acoso personal y en redes que viene llevando a cabo contra profesionales de distintos medios, a los que amedrenta y amenaza cuando está en desacuerdo con sus informaciones”.

En primer lugar, no parece recomendable lanzar una acusación tan grave sin aportar las pruebas que confirmen las denuncias. Si hay periodistas que se sienten amedrentados, desde mi punto de vista deberían de decirlo públicamente. Con sus nombres y apellidos (no sería la primera vez: ya hemos visto casos de periodistas que han tenido que defenderse de ataques lamentables) y cuanto antes. Y si tienen miedo o prefieren no dar sus nombres porque no quieren ser protagonistas de nada, que salga la APM y el resto de asociaciones de prensa y que demuestre lo que está diciendo, pero con pruebas y testimonios. Podemos, como cualquiera, tiene derecho a saber exactamente de qué se le acusa y quién le acusa. Es elemental.

En segundo lugar, que no se nos olvide que la presión de políticos y medios (y también en ocasiones en sentido contrario) es consustancial al ejercicio del periodismo político y no entiende de siglas ni de ideologías. Puede ocurrir en cualquier parte y afectarle a cualquiera. También al PP, al PSOE, a Ciudadanos y al último de los grupúsculos políticos que conozcamos. Y también puede ocurrir con la Banca, con las grandes empresas y con otras instituciones con mayor o menor fuerza. Es ley de vida y hay que saber en qué territorio nos movemos. Las presiones a los periodistas no son patrimonio de Podemos. Así que, por favor, no nos caigamos de un guindo ni tampoco en visiones maniqueas.

Otra cuestión es el nivel al que lleva Podemos sus presiones y la concepción que tiene Podemos de los periodistas y en general del periodismo, más propia de regímenes populistas semitotalitarios que de democracias avanzadas de corte occidental.

Muchos dirigentes de esta formación, empezando por Pablo Iglesias, han demostrado en su trayectoria un gran desprecio por la mayor parte del trabajo periodístico de este país y se han encargado de calificar cualquier crítica a su labor como un ataque de periodistas lacayos y miedosos que están las 24 horas del día al servicio de una malvada oligarquía de intereses políticos y empresariales cuya única labor es fastidiar a Podemos por ser quien de verdad representa al pueblo.

No hay que bucear en hemerotecas ni navegar mucho por Google para saber lo que piensa Pablo Iglesias de los periodistas. Sólo soporta a los que él considera que están de su lado, del lado de la verdad, y encima hasta se molesta con aquellos de los suyos que, en un momento dado, osan discrepar.

A los demás, que son mayoría, no los puede ni ver, los detesta. Y ya sabemos qué es lo que haría con los medios de comunicación privados. Así que tampoco puede sorprender que los ataque o que mande a sus terminales en las redes sociales a vociferar contra los periodistas. Total, si lo hicieron el día de la Nochebuena con Íñigo Errejón, que es uno de los suyos, ¿por qué no lo van a hacer con un periodista que por su condición de informador pasa a ser de inmediato un enemigo del pueblo que no merece ni el beneficio de la duda?

 

 

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Tres cosas que me siguen gustando de los periódicos de papel

Periódicos de papel. Fuente: Pixabay

Soy un entusiasta del cambio digital. Hace ya demasiado tiempo que perdí el habito de comprar periódicos de papel y, si tengo que hacer el cálculo, puedo asegurar que consumo más noticias, análisis y reportajes en mi teléfono móvil que en mi tableta o en mi ordenador portátil. Pero no reniego de las bondades que mantienen los periódicos de papel, bondades que no los van a salvar de la quema, pero que merece la pena subrayar para ser honestos con un producto periodístico industrial que ha marcado la vida de millones de ciudadanos a lo largo de un par de siglos.

Seguro que se os ocurren más ventajas, pero yo he elegido tres.

La primera es que los periódicos de papel siguen pareciéndome el producto periodístico que mejor jerarquiza y aporta criterio a la hora de seleccionar las noticias que tenemos que leer. Yo utilizo listas en twitter para ‘monitorizar’ aquellas noticias que más me interesan en función de mis intereses (política, periodismo, fútbol…), pero no dejo de ser un poco rara avis. Lo normal es que el común de los mortales picotee en su muro de Facebook o navegue por su cuenta de Twitter y abra poco más de dos o tres enlaces. La tarea de curación de contenidos no es fácil. Y ahí el periódico de papel conserva su valor añadido: te hace la labor de rastrear y producir artículos para que no te pierdas en la maraña de la red.

La segunda de las ventajas reside en su capacidad de ofrecer artículos y reportajes en profundidad que puedes leer en un formato impreso que, al menos a mi juicio, resulta más cómodo que el de una pantalla de cuatro o cinco pulgadas como el del móvil. Yo leo muchísimos artículos largos en internet, pero percibo que digiero mejor las historias cuando leo en papel. No sé si será porque siempre he sido un lector de periódicos y libros impresos y forma parte de mi educación o porqué será, pero ésa es la verdad: me entero mejor cuando leo en papel.

Y la tercera de las ventajas la ligo a la educación. No se me quita de la cabeza la idea de que una de las mejores maneras de lograr que los chavales vayan adquiriendo capacidades críticas y analíticas, mejoren su capacidad de comprensión lectora y de comprensión del mundo que les rodea y que fomenten su curiosidad intelectual que la disciplina de leer de forma recurrente un buen periódico. Me parece una receta muy aconsejable para que no sólo seamos consumidores sino también ciudadanos.

Que conste que no me ha dado un ataque de nostalgia ni tampoco estoy haciendo un panegírico de la prensa de papel. Con lo que acabo de contar, no creo que baste para frenar un proceso que acabará con un modelo como el de la prensa impresa diaria.

Quienes me seguís sabéis que defiendo la necesidad de que sepan adaptarse a los nuevos hábitos de consumo de los lectores. Y que sostengo que los editores deben trabajar por la consolidación de sus marcas en el nuevo ecosistema digital y apostar por una nueva estrategia comercial que atienda menos a la publicidad tradicional, en caída libre por la competencia con Google y Facebook, y explote nuevas vías de ingresos como los contenidos de marca, la organización de eventos o las propias suscripciones digitales, entre otras posibles fuentes.

Pero ésa es otra historia. Y aquí de lo que se trata es de reconocer lo que es justo y darle al Cesar lo que es del César y a los periódicos de papel lo que es suyo…y ya nadie les podrá quitar: su capacidad de haber sido durante siglos quien ha puesto orden y criterio a un mundo que bien que lo necesitaba.

Trump enfurecido y el periodismo “fuera de control”

Donald Trump sigue enredado en su obsesión patológica con la prensa, a la que atribuye casi todos los desastres que ha provocado en su primer mes en el despacho oval de la Casa Blanca. Lo último ha sido su actuación estelar en la rueda de prensa en la que se defendió con argumentos surrealistas de las acusaciones sobre los contactos de su equipo de campaña con miembros de la Inteligencia rusa. Allí, Trump ha acusado a la prensa de estar “fuera de control”, lo cual sólo ha servido para convencernos a todos de que quien está fuera de control es el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Trump tenía tres opciones en sus relaciones con el periodismo: moderarse y norrmalizar estas relaciones, actuar como un presidente populista y demagógico al estilo de Maduro en Venezuela o ejercer de presidente freaky, convirtiendo cada una de sus intervenciones públicas en un espectáculo imprevisible y disparatado para deleite de sus imitadores de la televisión. Por ahora, se ha decantado por situarse entre la segunda y la tercera opción. Y va a más en su delirio.

La estrategia de Trump con los medios de comunicación es transparente: utilización masiva de la televisión para colocar su mensaje simple y primario y ataque enfurecido a todos aquellos medios y periodistas que se atrevan a denunciar sus excesos y mentiras. Trump se ha aprovechado del desprestigio general de la prensa, en esta época en que a las mentiras las llamamos posverdades, para presentarla como el brazo armado de las élites que han reventado el sueño de millones de norteamericanos que supuestamente viven mucho peor que sus padres y que sus abuelos. Y le ha funcionado.

El presidente americano sueña con acabar con los medios que le atacan y está convencido de que se puede gobernar a golpe de decreto y de Twitter. Y por eso se enfurece cuando comprueba que los jueces suspenden sus decretos y los periodistas de los medios hostiles siguen recordándoles todos los días que es una máquina de mentir y de difamar. Literalmente, no lo soporta. Y de ahí los ataques patológicos y su obsesión con destruir al que no le sigue el juego.

Se trata de dos concepciones radicalmente distintas de cómo entender la importancia de los medios en las sociedades libres. Y como es evidente, ambas concepciones chocan. A Trump le gustaría que cerraran unos cuantos medios. Y a esos medios les gustaría ver a Trump muy lejos de la Casa Blanca.

La prensa más o menos seria es consciente de lo que ha llegado. No se arredra. Y hasta ha descubierto que desvelar las mentiras de Trump también es rentable para sus cuentas de resultados. Periódicos como The New York Times o The Washington Post están viendo cómo aumenta sustancialmente el número de personas que se suscriben a sus medios en la creencia de que el papel de los medios de comunicación como contrapeso del poder es indispensable en cualquier democracia que se precie. Más si cabe cuando un tipo de la caladura mental de Donald Trump hace y deshace desde el despacho del hombre más poderoso del planeta.

Wikipedia y la credibilidad bajo cero de los periódicos

Wikipedia. Ilustración: web de mejoracompetitiva.es

Wikipedia es ya la enciclopedia universal de la red, la página donde está todo lo que hay que saber, una web de construcción colectiva que ha saltado por encima de todos los prejuicios y vaticinios que auguraban el fracaso de una biblioteca cibernética cuya credibilidad se ponía siempre en cuestión. Wikipedia ha ganado en credibilidad. Y la ha ganado hasta tal punto que se produce una situación paradójica: antes, los medios de comunicación se cuestionaban su fiabilidad y, ahora, es Wikipedia la que se cuestiona la fiabilidad de los medios y de los periodistas que trabajan en ellos.

Ahí está el ejemplo del Daily Mail, un diario londinense de gran aceptación, pero cuyas informaciones ya no pasan el filtro de los editores de Wikipedia. La enciclopedia universal de internet acaba de anunciar que va a vetar los enlaces que lleguen desde este medio de comunicación (tiene ahora unos 12.000 en su página) porque no se fía de las informaciones que publica.

El Daily Mail no es precisamente un sinónimo de credibilidad, hace del sensacionalismo y la viralidad mas desahogada sus señas de identidad y digamos que tenía todas las papeletas para que le pasase algo como lo que le acaba de ocurrir. Pero la pregunta que nos podemos hacer todos es si el Daily Mail va a ser el único caso de un medio expulsado de una página como Wikipedia por su demostrada falta de credibilidad.

Si Wikipedia u otras páginas similares empiezan a hacer el mismo ejercicio de verificación con otros medios de reputación más sólida, igual se pueden encontrar también con artículos poco rigurosos o con noticias que, cuando se hurga en ellas, se comprueba que son simplemente falsas. Y en ese momento, muchos medios caerán en cascada.

El problema no es que haya noticias falsas (siempre las ha habido); el problema es que los ciudadanos han dejado de creer a pies juntillas en lo que dicen los medios de comunicación y, por el contrario, sospechan y recelan de todo lo que les pueda llegar de unos medios que están tan enredados en la carrera de los clicks y las visitas al peso que han terminado por perder la credibilidad a jirones a base de publicar lo impublicable y de olvidarse de los mínimos controles de verificación que debería de aplicar cualquier organización de noticias que quiera respetar a sus seguidores.

Lo del Daily Mail y Wikipedia puede ser una anécdota, peor esto último que digo no lo es. La credibilidad es básica para nuestra supervivencia, pero se ha resquebrajado en un mercado saturado por las noticias falsas y la alocada carrera por ganar trafico en un mercado que sigue viviendo de la publicidad generalista. Y entre los más jóvenes, el daño a nuestra credibilidad es aún mayor. Esta semana le pedía en una clase a un grupo de alumnos universitarios de Publicidad que levantaran la mano si confiaban en los medios de comunicación y ni uno solo de ellos levantó la mano. Ellos y los demás jóvenes son el futuro. Y sin embargo no parecen contar con nosotros. Algo tendremos que hacer para recuperar su confianza, ¿no?

 

Buzzfeed se apunta al periodismo cínico

Buzzfeed es un ejemplo de innovación en periodismo, de cómo un medio es capaz de entender el fenómeno de la viralidad para crear un formato que es un híbrido de un producto de entretenimiento y de información. Un medio que entiende lo emocional y que ha sabido explotar en su beneficio la necesidad de compartir en un ecosistema informativo dominado por las plataformas sociales como Facebook, Twitter o Instagram y por el Gran Hermano de Google.

Pero no nos pongamos estupendos. Buzzfeed no es un ejemplo de periodismo de calidad. Podrá pontificar lo que considere oportuno y podrá evangelizarnos sobre cómo adaptarnos al nuevo paisaje virtual de las redes sociales, pero sobra cualquier intnto de hacernos creer que también está transformando la industria de los medios que trabajan la credibilidad.

Y no lo digo sólo por sus titulares disparatados, que parecen destinados a adolescentes con las hormonas desatadas o a devotos de los canales de youtubers , ni por su tendencia a convertir cualquier anécdota o chascarrillo en lo más importante que haya podido pasar en el mundo, sino por el alarde de cinismo periodístico que demuestra en asuntos mucho más serios como, por ejemplo, el de la noticia falsa sobre unos supuestos documentos comprometedores sobre Donald Trump que estarían en poder de los servicios de Inteligencia de Rusia.

Esos documentos olían a distancia a mercancía caducada, pero, pese al tufillo a montaje podrido, Buzzfeed decidió publicarlos como si se trataran de la reencarnación del Watergate. Y no sólo eso. Según leo en clases de periodismo, también ha defendido que se pueden publicar documentos sin verificar porque ¡hay que ser transparentes con los lectores¡

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Ben Smith. Editor jefe de Buzzfeed. Fotografía tomada de la web Clases de periodismo.

No, miren, déjense de declaraciones tan pomposas como falsas. Un medio de comunicación que tenga un mínimo de aprecio por las reglas esenciales del periodismo no publica ni difunde cualquier excrecencia que le llegue para que los lectores puedan saber que esa misma basura está circulando por las redacciones y por los despachos del poder.

La verificación sí es importante

La verificación en periodismo no es una elección, es una obligación. Y pretender que sean los lectores los que decidan si lo que les llega es verdadero o es falso tiene un punto como mínimo surrealista, y eso por no utilizar un término más grueso en esta era en la que a las mentiras les llamamos posverdades.

Si algo no se puede comprobar, no se publica. Y defender lo contrario sólo puede interpretarse como un alarde de cinismo inaudito o como un desprecio monumental al oficio por parte de quienes piensan que el periodismo es un simple entretenimiento, un espectáculo en el que lo que lo que menos importa es si lo que se publica es verdad o es mentira.

Si Buzzfeed cree que ése es su negocio, perfecto. Pero, por favor, que no nos vendan que es periodismo.Si quieren, que digan que hacen espectáculo con las noticias, pero periodismo, no. De ninguna de las maneras.

 

Algo bueno de la guerra de los medios de comunicación y Donald Trump

Fuente: Univisión

Que no se sorprenda nadie. Donald Trump seguirá atizándole a la prensa como si ésta fuese una plaga bíblica a la que habría que expulsar del nuevo paraíso norteamericano. En sus primeros días como presidente de la nación más poderosa de la tierra, ya ha tenido tiempo de golpearle por dos flancos para empezar a ajustarle las cuentas.

En una reunión con altos cargos de la CIA ha dicho de los periodistas que son la gente más deshonesta de la tierra (si hay algo que le gusta al nuevo presidente es el matonismo verbal y las acusaciones hiperbólicas) y, por otra parte, su nuevo portavoz ha acusado a la prensa de mentir a la hora de dar los datos de asistencia a su toma de posesión (por cierto, sin aportar datos sobre su acusación y además mintiendo con un descaro sólo superado por el del nuevo comandante en jefe de los ejércitos americanos).

Trump no esconde su estrategia, simple y machacona: la demonización de los medios y su asimilación a ese stablishment contra el que piensa actuar desde su despacho oval. Considera que los periodistas son sus enemigos. Y los trata como tal.

La prensa cambia de estrategia

Pero lo que sí va a cambiar es la actitud de la gran mayoría de los medios de comunicación hacia él.

Antes, lo criticaban por su discurso insultante y agresivo, pero también daban todos sus mítines en directo en TV y le proporcionaban publicidad gratuita gracias a cientos y cientos de horas en los principales espacios televisivos que él aprovechaba para abonar su discurso ultranacionalista y populista.

Ahora, van a seguir contando todo lo que se le ocurra (como para no hacerlo: es el presidente de los Estados Unidos de América), pero también van a chequear sus afirmaciones para detectar sus mentiras, ponerlas en contexto y exponerlas al público.

En este hilo en twitter de la periodista Dori Toribio se puede comprobar este cambio estratégico.

Y aquí un ejemplo en la cuenta de Twitter del New York Times:

 

Seguramente Trump está encantado de que esta guerra vaya a más, pues como buen populista no quiere adversarios sino enemigos y necesita de confrontaciones como ésta para seguir alimentando la leyenda de que él es un hombre que defiende a las clases sencillas frente a los poderosos, segmento en el que incluye a las principales cabeceras estadounidenses, con el New York Times, el Washington Post y la CNN a la cabeza.

Pero a la mayoría de los medios de comunicación no les queda otra que no sea desmontar las barbaridades que suelta Trump casi sin despeinarse. Entre otras razones, porque el periodismo no consiste sólo en contar lo que ocurre como si en vez de periodistas fuésemos drones, sino en explicar lo que ocurre poniéndole ese contexto que tanto se echa de menos.

Y sí, queda en el aire una pregunta inevitable: ¿y por qué los medios no hicieron esto antes y ayudaron a evitar que un tipo como Donald Trump llegara a ser el inquilino de la Casa Blanca con un discurso tan infumable? ¿de verdad que no se pudo haber destapado el perfil más oscuro de un personaje tan grotesco como el del ya presidente norteamericano?

Bienvenida la verificación de los discursos de Trump, pero llega tarde, demasiado tarde.

P.D. Se me olvidaba otro dato bueno para los medios: el efecto reacción de muchos ciudadanos que han decidido comprometerse con los medios a los que ataca a Trump y han empezado a suscribirse a ellos para defenderlos ante las bravuconadas del empresario y ahora dirigente mundial. Mira que, irónicamente, Trump les está permitiendo descubrir una nueva vía de ingresos gracias a sus improperios.

Confesadlo: ustedes también habéis retuiteado a Eduardo Inda

Eduardo Inda en La Sexta Noche. Fuente: publico.es

Os propongo un ejercicio: que levante la mano el que no haya compartido en alguna ocasión en las redes sociales un artículo de investigación firmado por Eduardo Inda. Sí, muchos me diréis que es imposible. Para muchos, Inda es al periodismo lo que Satanás al Vaticano. Alguien a quien tener muy lejos. Pero si miramos el asunto con más frialdad, igual resulta que algunos de los que despotrican de él también han aplaudido algunas de sus informaciones en el Mundo o ahora en OkDiario…y luego las han compartido en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Puede que sea una contradicción inaudita, pero es real. Y no sólo pasa con este periodista sino con muchos otros que ni son tan viscerales como el ex director del Marca ni comparten sus fobias políticas y periodísticas.

Vivimos en un tiempo en el que la credibilidad de los periodistas, como diríamos de los niños que suspenden, “necesita mejorar”. Pero tampoco ayudan a fortalecerla quienes practican, sobre todo en las tertulias de televisión y radio y en las redes sociales, el juego de la credibilidad a la carta.

¿En qué consiste ese juego? Es sencillo. Si la noticia en cuestión satisface mis intereses personales o los de mi tribu política, social o deportiva, la aplaudo y la comparto compulsivamente allí por donde puedo y sin importarme un comino su procedencia, es decir, quién la escribe y qué medio la publica.

Lo de menos es que tal noticia tenga menos papeles que el pequeño Nicolás o que huela de lejos a eso que ahora le llaman noticia falsa. Si ayuda a mis intereses, la comparto y paso por alto que quien publica no me merece confianza alguna. Y si la publicación ayuda al bando contrario, o la menosprecio con sorna o la castigo con la indiferencia de mi silencio. Puro hooliganismo de salón y un ejemplo de sectarismo mediático del que algunos y algunas no tienen intención de curarse.

Pongo un último ejemplo que me ha resultado curioso. OkDiario publica que la actriz Bárbara Rey recibió dinero de fondos reservados para que mantuviera oculta su supuesta relación ilícita con el rey Juan Carlos y multitud de personas comparten la información como si fuera la palabra de Dios.

Por mi parte, poco que objetar, más allá de que se trata de una acusación que viene supuestamente avalada por unas pruebas que se aventuran muy endebles, pero me pregunto lo siguiente: ¿no habrá entre todos los que han viralizado esta información personas que consideran que Eduardo Inda hace un periodismo carente de credibilidad y que su diario es más o menos lo mismo que un panfleto? Y sigo: ¿Y entonces qué hacen dándole carta de naturaleza a esta noticia?

Pues seguramente lo que están haciendo es dejar que sus filias y fobias terminen por anular su sentido crítico, lo que provoca que den pábulo a algunas informaciones compartiéndolas de modo instintivo y sin preocuparse por su veracidad, una veracidad que, en este caso en concreto, de verdad que no discuto porque no tengo elementos para poder enjuiciarla.

Me limito, en todo caso, a constatar la contradicción. Y a recordar que si el periodismo tiene un problema de credibilidad, no es sólo culpa de los periodistas, sino también de todos aquellos que sólo le dan crédito a las noticias que les interesan y que, con su permisividad, terminan permitiendo que el periodismo, para algunos, se parezca cada día más a un circo televisado que a otra cosa.

¿Por qué le llamamos posverdad a lo que sólo son mentiras?

Fuente: pixabay.com

A los periodistas, cuando nos da por rebautizar una realidad, no nos gana nadie. Ahora nos ha dado por llamar posverdad a algo que nos acompaña desde que nacieron los primeros periódicos con el nacimiento de la imprenta: la fabricación de mentiras que se envasan como noticia con el objetivo de defender suciamente los intereses bastardos de alguien que puede acreditar cualquier cosa menos su honestidad y sus escrúpulos.

Pues perdonadme, pero me niego a llamar posverdad a lo que no son más que simples patrañas y mentiras cuyo ‘valor’ se multiplica en la actualidad por el efecto multiplicador de las redes sociales, plataformas que han asumido el papel que antes ejercían los medios de comunicación, el de ser las plazas  públicas globales donde conversamos, discutimos y nos entretenemos, pero sin querer asumir su responsabilidad, que en este caso consistiría en no lavarse las manos irresponsablemente cuando se denuncia que una parte importante de lo que circula por ellas es falso y no tiene nada que ver con el periodismo.

trash-can-23640_1280Llamarle posverdad a lo que no son más que infamias e intoxicaciones suena demasiado sofisticado. Es un término cool que no hiere a la vista. Como si producir estas mal llamadas posverdades fuera lo mismo que fabricar camisas de color azul, construir puentes o redactar sonetos cervantinos. Algo que no tiene por qué molestar ni zaherir conciencias y que, en todo caso, debemos asumir como un mal menor que sufrimos a cambio de recibir toneladas de información gratuita a través de las redes sociales. Total, qué más da que la mercancía está caducada y huela a podrido desde lejos.

Ahora leemos recomendaciones de todo tipo para que los periodistas detectemos cuando estamos ante noticias falsas. Bienvenidas sean, pero no me parece que a alguien que se considere periodista haya que darle manual alguno para darse cuenta de cuándo se está o no se está ante una noticia falsa.Entre otras cosas, porque se supone que en el oficio se aprende a distinguir entre lo que es fiable y lo que no lo es.

A la mayoría de estas informaciones se les nota de lejos que son simple basura. Y si a veces nos tragamos estas informaciones, no es porque sus editores/delincuentes las hayan sabido armar muy bien. Habrá casos en que sea así, pero en demasiadas ocasiones, lo que constatamos es que si funcionan es porque somos los propios periodistas los que damos carta de naturaleza a estas infamias llevados por nuestros prejuicios personales, nuestra desidia, nuestro cansancio o ese hábito tan tóxico de la profesión de no querer que la realidad nos estropee un buen titular.

Y en cuanto a los propios medios de comunicación, no deberían ver esta proliferación de noticias falsas como un problema sino como una oportunidad. Cuanta más basura se acumule en los depósitos de las redes sociales, más se acrecentará la necesidad de contar con medios de comunicación que huyan de los clicks desaforados y que actúen como refugios a las que acudir en busca de algo de credibilidad.

Estos medios creíbles ya no tendrán las audiencias masivas de antes, pero podrán construir comunidades en torno a la capacidad de generar confianza en sus marcas. Igual hasta generan un modelo de negocio en torno a ellas. Y si no es así, al menos podrán decir que no han caído en el error de aceptar las posverdades como animales de compañía con las que hay que convivir si queremos sobrevivir.

El odio enfermizo al periodismo del nuevo ‘Mister tuit’

CNN.com

A Trump no sólo no le gustan los periodistas, sino que parece haber decretado una orden de alejamiento que les impide acercarse a él. Los quiere cuanto más lejos mejor. Ya ha demostrado que se puede ganar en las elecciones presidenciales despreciando a los medios. Y ahora está empeñado en demostrar que se puede gobernar sin comparecer ante ellos y tratándolos como a enemigos del pueblo soberano.

Han pasado más de dos meses desde que los estadounidenses le eligiesen como presidente del país más poderoso del planeta y el nuevo inquilino de la Casa Blanca sigue sin dar ruedas de prensa ni entrevistas. Si quitamos las que concedió a las pocas horas de su victoria, el balance es cero. Nada de nada. Como si los medios estadounidenses de referencia no existiesen. Y los periodistas, menos todavía.

Dos factores juegan a favor de Trump: el primero es que su desprecio por la prensa es compartido por muchos que ven a los medios de comunicación como otros representantes de ese sistema tradicional, el stablishment, que ellos rechazan con ahínco por considerarlo la fuente de todos sus males. Y el segundo es que ahora tiene alternativas para comunicarse con los ciudadanos que antes no existían: las redes sociales. Y está más que dispuesto a emplearlas.

Trump lo sabe bien. Y por eso se ha convertido en mister Tuit, el nuevo rey Midas de Twitter. El millonario que ha ganado las elecciones bramando contra todo y casi todos ha convertido esta red social en su oráculo personal, en un inmenso megáfono desde el que suelta sus comentarios a golpe de tuit.

Le da igual el asunto: lo mismo desvela las intenciones de la nueva Casa Blanca sobre la política de armamento nuclear de los Estados Unidos que sale al paso de los ataques más que justificados de Meryl Streep en la entrega de los Globos de oro. Todo se puede comunicar en 140 caracteres. Y encima sin tener que responder a las preguntas supuestamente insidiosas de los periodistas. El paraíso para cualquier político con pocas ganas de responder a la prensa crítica.

 

Se puede suponer que cuando sea designado presidente, Trump deberá comparecer ante los medios, pero esto no deja de ser una suposición. La tentación de seguir dirigiéndose a los norteamericanos sólo desde su teléfono móvil a través de Twitter o retransmitiendo mensajes televisados para todo el mundo desde la web oficial de la Casa Blanca está ahí. Y no es para nada descartable. Trump está dispuesto a ir a la guerra contra los medios tradicionales. Y su primera intención es ningunearlos. ¿Lo conseguirá? A mi juicio, no sólo no lo va a lograr, sino que los va a terminar fortaleciendo. Y como muestra, mirad lo que ha pasado con los medios a los que ha atacado con saña, como el New York Times o el Vanity Fair, que han visto cómo aumentaban sus suscripciones gracias a los ataques del inminente presidente.

La relación de Trump con los medios promete ser huracanada, pero quién sabe, igual se trata de huracanes con efecto boomerang. Al tiempo.

P.D. El vídeo de Meryl Streep en el que ataca a Trump y defiende los valores del periodismo para hacer frente a los excesos del nuevo presidente norteamericano es literalmente imprescindible. Echadle un vistazo y lo comprobaréis. Fantástico.

Y segunda P.D: Trump ha dado por fin una rueda de prensa. Y sólo puede aventurarse una conclusión: si alguien pensaba que iba a moderar su discurso, ya puede ir despertándose del sueño. Se ha mostrado tan zafio, histérico, conspiranoico y maleducado como siempre. Y ha seguido atacando a la prensa como si fuese la reencarnación americana de Jesús Gil. Un santísimo desastre que se va a sentar en el sillón más poderoso de la tierra en muy pocos días.

Zuckerberg y los problemas del mayor periódico de la historia: el ‘Facebook Times’

Marck Zuckerberg. Fuente: SiliconBeat

Facebook está reventando de éxito. En su carrera impetuosa con Google por ver quién de los dos se convierte en el Gran Hermano global que controlará internet ha mostrado sus poderes. Uno de cada cuatro habitantes del planeta tierra tiene abierta una cuenta en la red social y se entretiene, cotillea o se informa en la plataforma de Palo Alto. Facebook gana muchísimo dinero con ellos y quiere más. Pero antes, va a tener que solucionar un par de problemas. Uno grave y el otro gravísimo.

El problema grave es que en los últimos cuatro meses, Facebook ha tenido que reconocer que ha cometido hasta cuatro errores a la hora de medir las métricas de sus anuncios publicitarios. Ha inflado los resultados de visitas como si hubieran engordado las visualizaciones con productos que jamás pasarían un control antidoping de audiencias y  los han pillado. Imaginaos cómo les puede sentar esta catarata de errores a los anunciantes.

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Ilustración. The Valley Report

Y el problema gravísimo es que los muros de facebook se han llenado de trolls y no tan trolls que han descubierto el inmenso negocio que supone publicar noticias falsas en la red social más visitada del mundo.

En un primer momento, Zuckerberg restaba importancia a estos problemas y subrayaba, en una peculiar versión del “a mí que me registren”,  que Facebook no era ningún medio, sino que se limitaba a poner la plataforma para que los demás distribuyeran allí sus contenidos, como si Facebook fuera la autopista por donde circulaban los coches de las noticias y poco más.

Pero la fuerza de los hechos le está obligando a rectificar y a reconocer que sí, que Facebook sí es un medio. Para ser exactos, es el mayor medio de la historia del planeta, una especie de ‘Facebook Times, un lugar al que acuden a día de hoy decenas y decenas de millones de ciudadanos a informarse de lo que ocurre en su entorno más cercano. Y esa condición obliga a Zuckerberg a reconocer su responsabilidad y adoptar decisiones para evitar lo que más le puede doler a un medio, por muy grande y poderoso que sea: que pierda la credibilidad.

Si Facebook engorda sus métricas y convierte en territorio abonado a los farsantes, los freakies y los trileros de medio pelo, no tardará entonces el día en el que esta máquina de hacer dinero se gripe porque los mismos consumidores que son devotos de esta red social se trasladen en masa a otra red social en la que empiecen a confiar más. Ha pasado en otras ocasiones y puede volver a ocurrir. Y ese día, a nadie le importará que Facebook publique noticias falsas o que infle sus anuncios, pero porque se habrán olvidado hasta de la contraseña con la que entran en la red de los likes.

Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista…

Los periodistas tenemos que ejercer la critica y hacernos la autocrítica. Pero no hay necesidad de flagelarse. En estos días, nuestra credibilidad, que ya está por los subsuelos, ha bajado aún más a los avernos por las críticas al tratamiento mediático que se le dispensó en vida a Rita Barberá, la ex alcaldesa de Valencia fallecida en noviembre  de un infarto después de haber vivido en los últimos meses una suerte de linchamiento que, en cualquier caso, no sólo ha sido periodístico sino también político y social.

A cada cual, su responsabilidad. Y a ser posible, sin generalizaciones ni trazos gruesos. Ni todos los periodistas somos iguales, ni todos los políticos tienen las mismas actitudes ante una tragedia humana ni, por supuesto, todos los ciudadanos son seres inmaculados que jamás osarían a condenar a una persona antes de ser juzgada.

Rita Barberá fue víctima de un mal trato casi inevitable en una sociedad crispada que ha cambiado la presunción de inocencia por la de culpabilidad y que ha convertido algunos platós televisivos en tabernas donde se degüella a quien corresponda. Pero la responsabilidad por ese mal trato tendría que ser compartida por muchos.

En el ámbito del periodismo, sugiere también otra reflexión: si los medios y los periodistas quieren ganar la credibilidad perdida, no pueden seguir sumergidos en la espiral de la información-espectáculo como si fueran una organización de fanáticos del click dispuestos a convertir el mercado de las noticias en un supermercado de mercancías caducadas.

Raúl Magallón alude en un artículo en bez.es a un término que también me gusta emplear: el del contrato de confianza de los medios con sus lectores. Magallón lo hace para reclamar que los medios establezcan controles de verificación semanales o diarios de lo que publican si quieren recuperar esa confianza.

Estoy de acuerdo. Pero añadiría algo más: no se trata sólo de recuperar la confianza sino de sobrevivir a medio y largo plazo. Se trata de un problema de subsistencia profesional.

En un mundo donde la información fluye por las redes sociales y los motores de búsqueda, si quieren seguir existiendo, los medios y los periodistas sólo tienen un valor añadido que puede distinguirles entre tanto ruido y tantas mentiras revoloteando por ahí: el de la capacidad de que los lectores se crean que lo que les decimos es verdad.

Si lo conseguimos, seguiremos siendo útiles a las comunidades a las que prestamos nuestros servicios. Y si no, seguiremos cayendo en un descrédito de tal tamaño que algún día podremos decir aquello de “no le digas a mi madre que soy periodista; ella se cree que soy pianista en un burdel”.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

“Facebook, tenemos un problema: las noticias falsas”

Trump y Zuckerberg

Me gusta Facebook. Y lo uso a diario para leer análisis y reportajes. Pero he tenido que recurrir a un remedio casero para evitar que mi muro se convierta en un almacén de noticias disparatadas que muy poco tienen que ver con el periodismo. Cada vez que me encuentro con una publicación que es falsa hasta niveles esotéricos, pulso en el botón de ‘dejar de seguir’ al amigo que ha publicado la chorrada en cuestión. Seguimos siendo amigos, pero me reservo mi derecho a que no me atiborre Facebook de historias conspiranoicas y noticias falsas y tan ridículas que parece que han sido escritas por el pequeño Nicolás.

Ahora vemos que este problema no es puntual. Que lo sufre la inmensa mayoría de quienes acuden a Facebook a lo largo del día. Y que además puede ser aún más grave, como hemos comprobado con las denuncias sobre las noticias falsas sobre Hillary Clinton que habrían favorecido los intereses de Donald Trump.

¿Mira que si controlando Facebook se puede lograr el control de centros de poder tan importantes como la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ya no se trata de que cualquiera pueda atiborrarnos de memeces absurdas disfrazadas de noticias para ganar dinero con la publicidad que genera viralizando estas informaciones a través de esta red social . En ese caso, el problema sería simplemente que habría gente que usaría Facebook como si estuviera en el loco mundo de los payasos cibernéticos, pero allá cada cual con lo que quiera hacer con su vida, tanto la real como la digital.

Es mucho peor. Ahora de lo que se trata es de que muchos pueden estar utilizando Facebook para intoxicar a la opinión pública para intereses en los que todos nos jugamos muchísimo. Y eso es una crisis de credibilidad en toda regla que puede perjudicar los intereses de la compañía de Palo Alto y que quién sabe si determinará también sun propio futuro.

Zuckerberg puede tener razón cuando sostiene que es disparatado acusar a Facebook de haber favorecido que Donald Trump pueda ser presidente de los Estados Unidos. Pero si algo demuestra lo que está pasando en este caso es que Facebook ya no podrá seguir lavándose las manos cada vez que le acusan de distribuir mercancías informativas en mal estado bajo la excusa de que se trata simplemente de una red donde no se fabrican contenidos, sino que simplemente se comparten entre los usuarios.

Pues no. Digan lo que digan Marck Zuckerberg y sus directivos, Facebook se ha convertido ya en la mayor compañía de medios del planeta. En la más influyente, en la más exitosa y en la más lucrativa. Es la plaza en la que se informan cerca de  2.000 millones de personas. Y se supone que cuando distribuye periodismo, vigila que no te den morrala por liebre.

Como dice el clásico, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este caso, parece obvia: la de verificar que lo que se cuenta y se comparte en su red social no es fruto de las granjas de mentiras que se han montado alrededor del universo de los canales sociales.De ahí, el que el gigante californiano, y también Google, hayan decidido luchar contra las noticias falsas.

Con esto no quiero decir que deba contratar a unos cuantos cazadores de la verdad para que decidan qué se puede publicar y qué no se puede publicar en las cuentas de sus usuarios. Pero sí que no puede dejar la tarea de verificación de las noticias a unos robots ni que puede fiarse esta misión a unos algoritmos a los que los piratas de la web de noticias falsas pueden engañar con una facilidad pasmosa.

Si Facebook quiere jugar en el terreno de los medios, tendrá que asumir un cierto control sobre lo que se publique en su red y deberá gastarse unos cuantos dólares y unos cuantos euros en contratar a quienes sean capaces de evitar que esta red social sea invadida por los que llevan camino de convertir sus muros personales en un repositorio de intoxicaciones y falacias.

Y quién sabe. Igual hasta tiene que contratar periodistas y nos encontramos con una nuevo yacimiento de empleo para el sector: el de verificadores de noticias en las redes sociales.

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

El periodismo y la leyenda urbana de la presunción de inocencia

Justicia.

He participado en unas jornadas de la Unión de juristas independientes de Andalucía en torno al proceso penal, los medios de comunicación y la presunción de inocencia. Y quiero pasaros algunas de las reflexiones que trasladé sobre una presunción que, a mi juicio, ni existe ni se la espera en el mundo del periodismo y los periodistas.

Vamos a dejarnos de correcciones políticas. A día de hoy, no existe la presunción de inocencia en los medios de comunicación. La que habita entre nosotros es otra, es la presunción de la culpabilidad de casi todo el que se vea envuelto en cualquier causa penal. Y en ocasiones, incluso de los que ni siquiera han sido llamados por la Justicia.

Discutir, hoy día, si existen o no las denominadas penas de telediario es una cuestión tan estéril como debatir si internet ha cambiado o no nuestras vidas. Pues claro que sí. Y además han amplificado su espectro gracias a las redes sociales, unas herramientas que fabrican Torquemadas en cantidades industriales dispuestos a condenar a quien se les ponga por delante con la sola ayuda de un smartphone y de una cuenta en Twitter o en Facebook.

 La prensa

Si quieren buscar culpables, no hagan generalizaciones ni se dirijan a quienes hacen información política, judicial o policial. A ellos sí que se les puede aplicar la presunción de inocencia. Lo digo tras conocer a grandísimos profesionales especializados en la información de tribunales y de sucesos, gente que se ha pateado hasta la última comisaría de barrio y a la que le han crecido las uñas haciendo guardias a las puertas de los juzgados de instrucción.

Por supuesto que los hay que cargan con ligereza en los adjetivos y que usan el dedo acusatorio en sus crónicas como si en vez de periodistas fueran jueces omnímodos, pero no son mayoría. Aunque a algunos se los parezca, no lo son.

Lo que ocurre es que hay derivas que tienen sus consecuencias. Y en el periodismo son palpables. Me voy a referir a dos de ellas que están relacionadas: la precariedad laboral y la deriva hacia el periodismo espectáculo.  

Con tantísimos despidos en los medios, no había que ser Einstein para pensar que las redacciones se iban a llenar de compañeros  que no tienen ni la solvencia ni el conocimiento necesario para enfrentarse a determinados asuntos. No es su culpa. Eso se gana con el tiempo y aprendiendo de los más veteranos. Y en periodismo, ya no hay tiempo y casi que no hay ni veteranos: han sido expulsados.

Y en segundo lugar, como vivimos a la caza del click o de un par de puntos más de audiencia, los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Y lo estamos pagando también con el descrédito.

Basta con acercarse al soporte donde se conforma y moldea la opinión pública, la televisión, y al tratamiento que se le dan a las informaciones judiciales ligadas con la política.

Los medios y los periodistas estamos contribuyendo a convertir la información en un sucedáneo más cercano al entretenimiento informativo, en combustible para una audiencia que reclama espectáculo y sensaciones nuevas.

Los programas políticos de las televisiones de mayor audiencia son una reencarnación catódica de las tabernas medievales en las que gana quien grita más y quien conecta mejor con una audiencia que reclama un castigo fulminante a quienes supuestamente nos roban y nos saquean.

Los platós se convierten en escenarios de películas de Berlanga donde el pueblo, soberano, pide la cabeza de todos los sinvergüenzas que  nos explotan. Y el público, el pueblo o como quieran llamarlo, pide justicia, pero no de la que se asienta en el Estado de Derecho sino de la que algunos utilizan sin pudor como sinónimo de carnaza y de linchamiento.

Pues bien, en ese contexto: ¿alguien nos va a decir de verdad que la presunción de inocencia se cuida, o que al menos intentamos recordar que existe? Estamos hartos de condenar a la gente sin necesidad de que lleguen a juicio. Y en eso, los medios de comunicación tenemos nuestra parte de culpa. ¿O es que alguien nos obliga a convertirnos en tribunales populares?

La balanza de la justicia. Fuente: pixabay.com
La balanza de la justicia.

No se trata de que quienes nos dedicamos a esta profesión tengamos la maldad en nuestras venas. En ocasiones, simplemente nos olvidamos de que existe porque nos creemos que lo que dice un juez, la Policía o la Guardia Civil en la instrucción de un caso es más o menos la palabra de Dios y que, por tanto, todo aquello que ellos concluyan en sus investigaciones no puede ser puesto en cuarentena.

Pero en lo que sí tenemos mucha responsabilidad, y en eso por supuesto me incluyo el primero, es en haber pervertido el lenguaje por encima de nuestras posibilidades:

Pondré un ejemplo clasico, el de la utilización torticera del término ‘imputado’. Yo estudié Derecho en la Universidad de Sevilla en los años ochenta y, si mal no me acuerdo, a mí me dijeron que la imputación era una garantía procesal.

Vargas Llosa se hacía en el arranque de su obra ‘Conversación en la Catedral’ la pregunta de ¿cuándo se jodió el Perú? Parafraseándolo, yo me sigo preguntando como periodista cuándo se jodió la palabra imputación y cuándo decidimos los medios de comunicación que si alguien era imputado (ahora es investigado), automáticamente había que tratarlo como alguien condenado en sentencia más que firme.

La dictadura de la afirmación rotunda

Los periodistas cometemos errores, pero una cosa es cometer errores y otra bien distinta es instaurar la dictadura de la afirmación rotunda, un régimen de verdades absolutas que condena a los encausados sin dejarles ni el derecho a la más mínima defensa.

¿Qué podemos hacer? En las mismas jornadas a las que asistí le escuché decir al periodista Diego Suárez que una de las mejores maneras de luchar contra nuestros errores es apostar más si cabe por la especialización de los profesionales, que son quienes tienen que aportar el rigor y la solvencia con la que hay que manejarse en estos asuntos.

Pues sí, así que sólo añadiré tres ingredientes a esta receta: una mayor templanza y mesura por parte de quienes dirigen las redacciones, libertad editorial para no dejarse llevar por intereses espurios y, sobre todo, no olvidarnos que los periodistas nos podemos equivocar y que podremos ser más subjetivos que objetivos, pero que sobre todo lo que tenemos es que ser honestos con la audiencias y con nosotros mismos. No hay otra.

Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?

El Vogue se harta de las blogueras

Cuatro periodistas de Vogue han firmado un artículo contra las blogueras de moda cuyo contenido tiene más de alegato y de desahogo que cualquier otro adjetivo que queramos emplear. Según leo en El País, el alegato las describe como unas adolescentes advenedizas incapaces de mantener un estilo más o menos definido y las acusa de ser las futuras causantes de la muerte de la industria de la moda. Así, sin matices ni mayores explicaciones.

Más allá del berrinche, lo que llama la atención no es la virulencia del ataque, sino lo que se esconde detrás de él. Si un transantlántico del glamour como Vogue arremete de esta forma contra unas blogueras es que algo está cambiando en una industria editorial, la del periodismo de moda, que mueve millones de dólares y de euros y que parecía salvarse del gran cambio provocado por la irrupción de internet.

Vogue, con Anna Wintour a la cabeza, se ha vanagloriado durante décadas de ser la revista que marcaba las tendencias en el mundo de la moda. Y ahora se encuentra con que el enemigo que les está comiendo el terreno no es ninguna otra revista o publicación del sector, sino un grupo de blogueras que viven en Youtube y en Instagram y que desde allí marcan tendencia que siguen religiosamente millones y millones de seguidores de todo el mundo.

En el reino de las ‘influencers’

En un mundo en el que las grandes marcas editoriales se construyen a base de tiempo, constancia y calidad, las blogueras han roto todas las hojas de ruta del manual de cómo ser una reina de las revistas y se han convertido en unas influencers capaces de cambiar en cuestión de días las modas que se dictaban en los despachos de Manhattan de las grandes publicaciones del sector.

En realidad, algo así no nos debe sorprender. Internet ha roto las barreras del acceso a la información y ha permitido la entrada de nuevos actores en una industria como la del periodismo que funcionaba como un coto cerrado al que sólo podía acceder quien tuviera el músculo financiero para hacerlo.

Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue
Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue

Y en el terreno que nos ocupa, ha permitido que muchas personas se hayan convertido en medios en sí mismos con una capacidad para conectar e influir en sus seguidores que ya quisieran para sí muchas publicaciones tradicionales.

El resultado es que todos conocemos a aficionados al fútbol que tienen más influencia que unos cuantos periódicos deportivos, a cinéfilos de cuya crítica depende que una película vaya bien en las taquillas mucho más que lo que pueda decir una revista de cine o a algún bloguero o bloguera de moda que tienen medio millón de me gusta cuando ponen una foto con su pantalón favorito.

Ante ello, las marcas periodísticas que son líderes en sus segmentos tienen dos opciones: intentar atraerlos a la causa, integrándolos en el sistema, o arremeter estérilmente contra los nuevos enemigos. A juzgar por su pataleta editorial, el Vogue ha elegido la primera opción y se ha decidido por defender agresivamente su imperio ante la llegada de estas bárbaras armadas con sus smartphones y sus cuentas de Instagram.

El tiempo dirá si esta arremetida les sirve para algo más que para un desahogo.

La credibilidad frente al éxtasis del periodismo pop

Buzzfeed

Cuando Bill Clinton encaró en 1992 el asalto a la presidencia de los Estados Unidos, su equipo de campaña utilizó un leiv motiv machacón que el político de Arkansas utilizó hasta que se le quedó grabada en la mente a millones y millones de norteamericanos: ¡Es la economía, estúpidos¡

Hoy, en el periodismo, a poco que excavemos, vemos que tal frase nos sirve a casi todos con sólo cambiar una palabra: no, no es la economía…¡es la credibilidad, estúpidos¡

Llevamos tanto tiempo buscando atajos en esa búsqueda del Santo Grial de un modelo de negocio que nos permita sobrevivir en un sector con brotes de canibalismo que, a veces, nos hemos olvidado de lo esencial: la calidad nos lleva a la credibilidad y ésta a la confianza de los lectores, clave de acceso para quienes establecer una relación que les permita la generación de ingresos.

Con esto no quiero decir que haya que ir de Torquemada contra las listas de gatitos, los artículos sobre las diez maneras diferentes de hacer café cuando te deja tu pareja y otros portentos del periodismo pop que encontramos tanto en lo nuevos medios como en los tradicionales.

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Si la publicidad reposa en un pool de agencias de medios que reclaman visitas, visitas y luego visitas, no podemos esperar que los editores de los medios salgan en masa a defender que antes que la cantidad está la calidad y que el tiempo de permanencia cuenta más que el número de páginas vistas. Eso lo dejamos para los eslóganes.

Pero hay una realidad que hay que analizar con calma. Cuando casi todo lo que nos rodea en el paisaje mediático es ruido y griterío, pocas maneras hay de distinguirse que no vengan de la mano de la calidad, que no es sinónimo de aburrido, en el desempeño del oficio.

Pensemos, por ejemplo, en lo que leemos a diario en las redes sociales. Junto a informaciones más o menos veraces, nos encontramos una sucesión hilarante de montajes chuscos, intoxicaciones burdas, virales alarmantes y noticias que podría haber firmado Pinocho después de una noche de drogas y alcohol.

El menú informativo que recibimos en nuestras cuentas se parece cada vez más a un vertedero en el que hay que escarbar como un Mad Max mediático para encontrar algo de lo que podamos fiarnos.

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Mad Max: Fury road

Nos parecerá agotador y asfixiante, pero ése el terreno de juego. La dieta de noticias de fast food ha hecho metástasis y se agiganta, dejando muy poco espacio a quienes se creían que iban siempre los que iban a imponer sus reglas.

Ante este escenario, caben dos opciones: ponerse moralistas y denunciar lo mal que trata la vida a los medios o pasar del lamento a la acción y convertirnos, en la medida de nuestras posibilidades, en productores de credibilidad dispuestos a abrir la puerta para recuperar la confianza de los lectores.