La gota malaya de los socios de eldiario.es

Escuchamos tanto sobre las cifras de tráfico y de suscriptores de los grandes periódicos que cuando ahora llega uno como eldiario.es y nos anuncia hoy que han llegado a los 20.000 socios, puede que haya quien tenga la tentación de responder: ¿20.000 nada más? ¿tan sólo 20.000? Pues sí, 20.000, pero no “nada más”, sino “nada menos que 20.000”. Eldiario.es tiene sólo cuatro años de existencia y en este tiempo ha logrado esa cifra de socios y también 5,6 millones de usuarios únicos en el primer semestre de 2016 según Comscore. No está mal para un grupo de periodistas que se jugó sus ahorros y muy poco más.

 

Este portal informativo ha cumplido su objetivo de hacerse un hueco en el mercado con una propuesta de periodismo enfocado y anclado ideológicamente en la izquierda y con un modelo de negocio mixto en el que a la casa madre de la redacción central se le unen las franquicias regionales y una verdadera infinidad de portales temáticos especializados a la que ahora se unen acuerdos como el suscrito con The Guardian o compras como la de vertele.com que les ayudan a ganar tráfico. Todo un universo mediático en torno a una marca central. Y, por cierto, controlado por los periodistas fundadores del proyecto, lo que les permite ampliar su libertad editorial.

No es fácil lo que han logrado. Eldiario.es se dirige a un público comprometido y susceptible de pagar por un periodismo que se asemeje a lo que ellos reclaman. Pero para qué negarlo. Una cosa es tener potenciales suscriptores y otra cosa bien distinta es tener suscriptores de verdad. Y si además, a esos suscriptores se les dice que van a pagar para que los demás puedan leer todas las informaciones y opiniones del medio, las posibilidades de que esos potenciales y comprometidos socios te den un corte de mangas en la cara y se pongan de perfil a la hora de dar el número de la cuenta bancaria se multiplican de forma exponencial.

Ah, y una cosa más: te piden que te hagas socio igual que te lo piden unos cuantos medios más que se sitúan en su misma horquilla ideológica (de memoria, recuerdo ahora a los compañeros de Infolibre, a los de Contexto y a los de La Marea), con lo cual nos podemos encontrar con la situación paradójica de que hay una bolsa de lectores de esa determinada horquilla ideológica que sufren un verdadero bombardeo de ofertas de donaciones,  suscripciones y afiliaciones que no hay bolsillo que resista, salvo que me digáis que conocéis a mucha gente que está suscrita a cuatro o cinco medios digitales, en cuyo caso empezaré a pensar que tenéis unos amigos muy extraños.

El caso es que eldiario.es está creciendo. Poco a poco, como gotas malayas que suman una a una, han logrado una cifra estimable que socios que pagan a partir de cinco euros al mes cada uno de ellos para que el resto de los ciudadanos pueda leer eldiario.es. A cambio, además de la gratitud infinita y el aplauso de los periodistas que promueven el proyecto, tienen las noticias unas horas antes que los demás y poquito más.

A mi juicio, eldiario.es se ha movido en el alambre editorial propio de una apuesta arriesgada, pero con inteligencia, apostando por una propuesta informativa sólida y entendiendo que había un hueco entre un tipo de lector joven, inconformista y de izquierdas que estaba buscando una oferta periodística que ya no encontraba entre los medios de comunicación tradicionales más cercanos (El País).

Y si no lo creéis así, os invito a que veais algunas de las entrevistas que hicieron a los primeros socios del proyecto y que detectéis qué producto reclamaban estos lectores. Yo pongo siempre este vídeo en las clases que doy porque explica muy claramente lo que estoy diciendo.

Ese producto innovador fue eldiario.es, un proyecto hijo de un momento determinado de este país (15-M, movimientos sociales, la nueva izquierda…) y de la audacia editorial de un puñado de periodistas como Ignacio Escolar o Juan Luis Sánchez a los que la jugada editorial les ha salido más que bien, algo de lo que deberíamos alegrarnos todos los que creemos que todavía se puede hacer, como dice su lema, “periodismo a pesar de todo”. Enhorabuena. Y a seguir.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

prensa

Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

Los muros de pago se topan con el ‘muro’ de Facebook

Muro de facebook del periódico The New York Times

Una pregunta en periodismo que ya es un clásico: ¿salvarán los muros de pago de su agonía a los periódicos nacidos en los siglos XIX y XX? Desde que el New York Times implantara su paywall hace ahora cinco años, se ha convertido en la gran esperanza de los editores y gerentes de periódicos de todo el globo. El tiempo ha pasado, pero la panacea ha resultado no ser universal. Los muros sólo funcionan en algunos casos. En otros, han fracasado con estrépito.

¿Culpa del sistema? No, culpa de quienes han pensado que en los tiempos de Google y las plataformas sociales se pueden cerrar las puertas del club y pedir a los lectores dinero a cambio de algo que ya tienen gratis, en abundancia, en el móvil y a sólo un click de distancia.

La gran dama del periodismo neoyorquino tiene casi un millón de suscriptores digitales, pero en esto sirve muy poco de ejemplo, pues nadie tiene ni la audiencia, ni la credibilidad ni el músculo financiero que tiene el New York Times (NYT). Es tan poco representativo de la clase media del periodismo como el Real Madrid o el Barcelona no son el ejemplo de la clase media del fútbol español.

Se puede emular su modelo, pero hagamos cuentas: ¿cuántos medios conocéis que, a día de hoy, aporten el suficiente valor añadido para pedir dinero a sus lectores a cambio de noticias en el contexto de saturación informativa en el que vivimos? Los hay, como el ejemplo tan singular de Mediapart en Francia, pero son los menos.

En España, Unidad Editorial, Vocento y Prisa apostaron en su momento por la creación de plataformas de suscripción (Orbyt y Kiosco y mas) para trasladar su modelo de papel al digital, pero estos productos se han convertido a sí mismos en unos quebraderos financieros para sus editores.

Vocento ha empezado también a experimentar en cabeceras regionales como El Correo con una propuesta de paywall flexible que está por ver que funcione.

Y medios como eldiario.es, Infolibre o El Español han apostado por un modelo de pago que apela más al compromiso de los lectores con un proyecto periodístico y social que al intercambio mercantil. Y ni aun así logran cifras estimables por esta vía.

Si acaso, el único que sí las logra es eldiario.es, pero el medio fundado por Ignacio Escolar, por su singularidad, tampoco entra en la categoría de los paywall. Es un medio en abierto que no cierra sus contenidos, sino que adelanta sus contenidos a sus socios y les ofrece ventajas premium frente al resto de sus usuarios. Según los datos de comscore del mes de junio, supera los 5,6 millones de usuarios únicos en el mes de junio. Y, además, han logrado ya 19.000 socios, una grandísima cantidad, pero que supone que sólo el  0,33% de sus lectores se ha decidido pagar por los contenidos.

 

Muros de pago…y estériles

Las tendencias ya están bien definidas: aparte de los que han decidido pelear por las grandes audiencias, quienes han intentado alzar muros sin resquicios han visto cómo se hunde el tráfico web y con él las posibilidades de entrar en las grandes campañas publicitarias y quienes han establecido sistemas más o menos porosos han tenido algo más de éxito, pero sólo en función de su capacidad de ser flexibles y de adaptarse a las exigencias reales del mercado.

Nada que no podamos confirmar desde nuestra experiencia de usuario. La gran mayoría de quienes estén leyendo este artículo no estarán suscritos a ningún diario y, además, harán exactamente lo mismo cada vez que no logran acceder a un contenido restringido: darse la vuelta y, como máximo, buscar ese mismo contenido en otra parte.

En estos tiempos en los que una parte tan importante de los ciudadanos sólo consume la información que le llega a su cuenta de Google o a sus muros personales de Facebook, Twitter o Instagram, la construcción de muros de acceso a la información se antoja un esfuerzo estéril, salvo que se cuente con anterioridad con una audiencia fiel que confía casi a ciegas en la visión del mundo que le ofrece su periódico. Los muros de pago se han topado con los muros de Facebook. Y ante eso, poco pueden hacer.

En tal sentido, lo que sí parece una dirección correcta es trabajar en convertir esa audiencia en una comunidad para, a más largo plazo, construir en torno a esas comunidades modelos de negocio en los que se puedan incluir ofertas premium de contenidos para los lectores más recurrentes y fieles.

Seguramente eso sea lo que veamos a partir de ahora en los grandes medios tradicionales. Tras el derrumbe del modelo industrial, tanto los medios nacidos en la era de la imprenta como los nativos digitales están explorando nuevas fuentes de ingresos entre las que la instalación de muros de pago no es más que una posibilidad más de rentabilización del contenido, una posibilidad que sólo estará al alcance de quienes tengan audiencias/comunidades sólidas y estén dispuestos a que sus negocios no vivan de la publicidad de las grandes campañas.