Periodismo, sexo y un negocio que también se derrumba

Foto: can stock

El diario El País anuncia que deja de publicar anuncios de contactos. Según leemos en una información publicada por este diario madrileño lo hace por “coherencia editorial” y después de un profundo debate interno. Saludo la decisión. Es importante que el principal diario de este país siga la línea de otras cabeceras (de memoria, recuerdo que 20 Minutos ya lo decidió hace muchísimo tiempo) y le dé una patada de una vez a los mal llamados anuncios de contactos, es decir, a los anuncios de prostitución. La empresa editora pierde así una fuente de ingresos nada despreciable (en dircomfidencial barajan una cifra de unos 13.000 euros diarios por este concepto), pero no sólo gana en coherencia sino en una seriedad que tiene poco que ver con el moralismo mal entendido y sí con la convicción de que un periódico tiene que tener un mínimo de conciencia social si aspira a querer lo mejor para la comunidad a la que presta sus servicios.

En muchas ocasiones, los periodistas hemos denunciado que los periódicos se han dejado llevar siempre por la hipocresía ciega de denunciar en sus primeras páginas todo tipo de casos de explotación…para luego publicitar en sus últimas páginas servicios que todos sabíamos que, en ocasiones, tenían por detrás historias de explotación y de miseria a las que dábamos de lado.

Ésa ha sido siempre la versión periodística de no dejar que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha. En portada, siempre indignados contra la explotación. Y en las páginas más cercanas a la contraportada, haciendo caja con aquello que decíamos detestar y guardando la coherencia en el armario no vaya a ser que nos hiciera perder un dinero que venía muy bien pagar unas cuantas nóminas.

No me voy a poner moralista. He sido director de periódico y en su momento no tomé decisión alguna sobre este asunto y ni lo planteé a la gerencia y a los dueños del periódico.  Como se dice en el mismo artículo donde se anuncia la decisión, la prostitución no es ilegal en nuestro país y muchos ni nos planteábamos la publicación de estos anuncios igual que tampoco discutíamos la de las esquelas: formaban parte del paisaje tradicional de los periódicos y daban dinero.

Y volviendo a la decisión de El País. Se podrá decir, y con razón, que no se justifica tardar casi cuarenta años en darse cuenta de que detrás de estos anuncios hay muchos casos de explotación cruel de las mujeres y, en segundo lugar, que tal vez la decisión no sólo sea una cuestión ética sino que se deba también a que la industria de los contactos se ha trasladado a internet, pero en cualquier caso, es mejor celebrar esta decisión y pensar que un periódico serio y de calidad ha hecho, por fin, lo que tenía que haber hecho hace ya muchísimos años y le ha dicho adiós a una incoherencia que más que sumar le restaba. Que cunda el ejemplo.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Razones para pensar que no tenemos una prensa tan maligna

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha acusado a grupos editoriales como Prisa y a grandes empresas como Telefónica de haberse embarcado en una operación para lograr que él no fuese bajo ningún concepto presidente del Gobierno mediante una alianza con Podemos. La ‘revelación’ ha derivado en una catarata de comentarios sobre cómo los poderes económicos y políticos de España se han adueñado de los medios de comunicación y los utilizan a su antojo para revertir las decisiones de los españoles que van supuestamente en contra de sus intereses.

Si queréis, podemos unirnos a la orquesta que toca partituras incendiarias sobre lo podrido que está el periodismo, mezclando realidades con tópicos baratos y eslóganes demagógicos, acusando a los periodistas en general de todos los crímenes de la humanidad y pensando que la gran mayoría escribe a los dictados del malvado de turno, pero entonces no haremos una aproximación más o menos certera y honesta a lo que está ocurriendo.

Tienen razones de peso quienes afirman que los poderes económicos intentan influir en la vida pública a través de los medios de comunicación. Pero no es nuevo el que haya empresas privadas y partidos políticos que quieran influir en sus esferas y que lo quieran hacer a través de un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Y cuidado con aquellos medios que no se sientan presionados, pues eso significará que son irrelevantes.

La prensa sufre graves problemas de credibilidad, agravados por su debilidad como modelo de negocio, pero de ahí a ver que está subordinada por entero a oscuros intereses financieros empieza a ser un delirio.

En todo caso, lo que sí es nuevo es el estado calamitoso de las cuentas de resultados de una parte muy gruesa de los principales medios de comunicación de España, fruto de una combinación letal:  la crisis y de la dificultad con la que muchos de ellos afrontan la transformación digital y el cambio en los hábitos de consumo de la información, distribuida a través de los teléfonos móviles y las redes sociales.

Este hundimiento de la prensa los convierte en carne de cañón para quienes los quieren utilizar para intereses que pueden ser legítimos, pero que casan muy mal con los valores y los principios de independencia, de ética y de honestidad que deben de presidir las acciones de cualquier empresa de noticias.

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Pero insisto, el trazo grueso no funciona aquí. La prensa atraviesa un estado comatoso, pero ni los grandes medios de este país están vendidos de forma general a una oligarquía que quiere acabar con el bienestar de los ciudadanos, ni todos los que trabajan en ellos se han vendido por plato de lentejas en forma de nómina ni, por supuesto, vivimos en un país donde los periodistas libres viven bajo las mordazas de belcebús sin escrúpulos que se dedican a fabricar mentiras desde los periódicos, las radios y las televisiones.

Por el contrario, vivimos en un país donde lo mismo leemos artículos de El País, El Mundo o Abc que podemos atiborrarnos de artículos de eldiario.es, Público o Contexto; que lo mismo podemos informarnos a través de El Confidencial que lo podemos hacer con La Marea; que escuchamos la Ser o la Cope o que vemos Telecinco, TVE o La Sexta.

Y no me disgusta ni me asquea. Ya sé que hay unos cuantos que piensan que vivimos en una dictadura informativa y que ven conspiraciones judeomasónicas a derecha y a izquierda cada vez que alguien de los suyos se ve envuelto en algún asunto más o menos turbio. Pero con todos sus defectos, deficiencias  y debilidades, que los tiene a raudales, sigo viendo y leyendo una prensa que me parece en general plural y libre. Y en la que los ciudadanos pueden elegir e informarse. ¿Podría ser una prensa de mayor calidad? Sí ¿Está sometida a presiones? También. ¿Debería ser capaz de soportar más presiones? Ni lo dudéis. Pero de ahí a hacerle una enmienda a la totalidad hay un trecho que no se puede pasar…si no se quiere faltar a la verdad.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

Prisa, El Confidencial y un puñado de publicidad gratuita

El Confidencial

Prisa va a por El Confidencial. Y va muy en serio. Tan en serio que acaba de demandar a la sociedad que edita este medio por la vía mercantil, exigiéndole 8,2 millones de euros por daños morales y patrimoniales. Estos daños habrían sido causados presuntamente por la publicación de informaciones provenientes de los llamados papeles de Panamá que ligaban al presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, con una empresa petrolífera.

No voy a entrar en consideraciones sobre quién tiene razón en este litigio (ya veremos qué deciden los tribunales), pero sí me voy a parar en una derivada periodística llamativa: la demanda sirve para que Prisa le enseñe los dientes a El Confidencial en un asunto que afecta a su principal ejecutivo, pero, paradójicamente, también sirve para certificar a ojos de todos el gran éxito de El Confidencial como modelo de negocio de medio digital y para comprobar que ya está jugando en la liga de los grandes grupos, compitiendo de tú a tú con grandes cabeceras como El País y El Mundo.

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¿O no es una buena tarjeta de visita que el grupo de comunicación más poderoso de este país diga que ambos medios compiten por el liderazgo “en lo que a la información en español se refiere”? Al final, es Prisa la que ha terminado por elevar a El Confidencial a medio que compite directamente con El País.

No sabemos dónde acabará todo esto, pero da la sensación de que, en términos de comunicación,  El Confidencial ha logrado dos cosas nada desdeñables en el primer envite: 1. Ganarse el apoyo de los que entienden poco o nada que un grupo de comunicación ataque a otro por publicar unas informaciones cuya veracidad no parece que se esté discutiendo. Y 2. Lograr que el líder del mercado le haga una publicidad impagable señalándole ante el mundo como su gran rival por el favor de los lectores de habla española. Ahí es nada.

Honestos contra malvados: la última gresca de los periodistas

Pixabay.com

Dos grandes medios de España, El País y El Mundo, titulan del mismo modo sus ediciones de papel el día posterior al fracaso en la investidura de Rajoy como presidente del Gobierno y las redes sociales se inundan de artículos y comentarios, hasta de algunos de sus periodistas de esos medios, dejando caer que es la demostración irrefutable de que el periodismo de este país ha sido tomado por los corruptos y los dueños de las empresas del ÍBEX 35, que para el caso deben ser más o menos lo mismo.

Portadas de El País y El Mundo. Fuente: lamarea.com

Una cadena de radio como la SER prescinde de cuatro de sus tertulianos y los comentarios se centran en cómo los bancos y otras instituciones del lado más oscuro del poder se han confabulado con el Darth Vader de los editores españoles, Juan Luis Cebrián, para apagar las voces discordantes con la ‘gran coalición’/abstención que defiende Prisa, grupo que, a su vez,  se ha enzarzado en una guerra con La Sexta y ha pasado de editar el diario independiente de la mañana a la categoría de brazo ejecutor de las brigadas del capitalismo malvado tras su conversión a las fuerzas del mal.

Sobra tremendismo

Ambas acusaciones pueden ser discutibles, pero sobra algo de tremendismo en el debate acerca de las nuevas líneas editoriales de nuestros medios.

El periodismo en España está atrapado en un bucle tóxico.

Sufrimos una doble crisis, económica y de adaptación al modelo digital, que ha derivado en una  crisis de confianza que ha aumentado la debilidad de los propios medios. Y esa debilidad ha traído como consecuencia la precariedad entre cientos y cientos de periodistas que han terminado por marcarse como prioridad seguir pagando las hipotecas de sus casas y los colegios de sus hijos y la polarización de muchos medios, cada día más alineados ideológicamente para fidelizar a sus lectores, recibir publicidad o para ambas cosas.

Ahora bien, el que éste pueda ser el diagnóstico de lo que estamos viviendo, que no lo niego,  no puede llevarnos a hacer una enmienda a la totalidad de todo lo que se hace en los periódicos o emisoras de mayor audiencia ni a ponernos en plan maniqueo a distinguir entre los medios malos, que se ponen a las órdenes de los ejércitos de Lucifer, y los buenos, inmaculados e impolutos que nos defienden del mal y que son poseedores casi en exclusiva de las banderas de la libertad, de la rigurosidad y de la honestidad.

Como en tantas cosas de la vida, en el debate sobre la independencia de los medios también hay matices. Y lo mismo que se puede denunciar el estado comatoso de la prensa tradicional, también hay que asumir que dos periódicos pueden titular un día de la misma manera sin que eso signifique que estan rendidos al Leviatán financiero o que una emisora de radio puede cambiar a algunos de sus colaboradores  sin que eso implique que haya violado la libertad de expresión de esos periodistas, cuya solvencia, por cierto, está más que constrastada.

Necesitamos compromiso

Y una cosa más, si queremos medios fuertes y creíbles, aparte de clamar contra los malvados, sean quienes sean, igual conviene pensar más en comprometernos en favor de una prensa más libre. Y no sólo poniéndonos un avatar solidario en facebook o vociferando en twitter contra los poderes fácticos. Igual lo que hay que hacer es pagar más o simplemente pagar algo por las noticias que consumimos. E igual entonces, y sólo entonces, tendremos esos medios que tanto deseamos.

El País y el invierno de la prensa escrita

Diario ElPaís

La carta que ha enviado el director de El País, Antonio Caño, a sus redactores anunciándoles una vuelta de tuerca más en el proceso de transformación digital del periódico puede calificarse de lo que se quiera, pero si hay algún adjetivo que no le cuadra es el de sorpresivo. En todo caso, lo que nos debería de sorprender es que alguien se sienta sorprendido.

Hace ya mucho tiempo que los gestores de este periódico han declarado en todos los foros y escenarios posibles que El País será más pronto que tarde un diario esencialmente digital y con vocación de liderazgo en América Latina. Y hace ya mucho tiempo que este periódico, como el resto de los grandes buques de papel, es mucho más leído en los teléfonos móviles y en las tablets que en sus ediciones impresas.

La venta de ejemplares decrece. Pero la lectura no. Al contrario. Cada día se consume más y más información, sólo que en otros soportes. Se trata de un hecho objetivo que se ha convertido en una obviedad, pero, reconozcámoslo, en una obviedad que todavía es capaz de causar una gran inquietud en la industria de la comunicación.

¿Por qué? En primer lugar, porque no se despide uno del papel y de toda una manera de entender la producción y distribución el periodismo durante generaciones como quien dice adiós al fin de semana.

En segundo lugar, porque un cambio de estas características aventura también la posibilidad de más recortes laborales en una plantilla que ha sufrido como tantas la gran crisis de la industria del periodismo impreso. Y eso, vistos los antecedentes, se mira con recelo y resquemor en ése y en cualquier cabecera del planeta de las noticias.

Y en tercer lugar, porque no se trata de un periódico cualquiera, porque El País sigue siendo el principal diario de España y seguramente el más importante en lengua española del mundo, porque ha sido el estandarte informativo de unas cuantas generaciones de españoles y porque cualquier movimiento que se haga en este periódico se puede tomar como referencia para lo que le puede llegar al resto de la industria mediática en menos tiempo de lo que muchos se esperan.

Las alusiones más o menos veladas al final de El País como rotativo impreso hacen pensar a muchos que el invierno de la prensa escrita está a punto de llegar. Puede ser. Pero, en ese caso, puede ser que también nos tengamos que preguntar si vale la pena aferrarse a modos de distribución de las noticias que se antojan decimonónicos y, sobre todo, si todavía vale la pena mantener la ficción de que los ciudadanos volverán a comprar periódicos de papel cuando hayamos dejado atrás la crisis.

¿No sería más rentable reconocer la realidad y asumir que los lectores decidieron, también hace ya mucho tiempo, que a ellos lo que les gusta es leer las noticias en las pantallas de sus móviles y en los muros de sus redes sociales?

¿No sería mejor  adaptarse que quedarse atrapado en la nostalgia de un pasado que no tiene intención de volver?

En El País parece que ya han decidido su respuesta. Pronto sabremos en qué consiste realmente.